lunes, 21 de junio de 2010

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EL NACIONAL - Domingo 20 de Junio de 2010 Siete Días/4
Sábato en la antesala del siglo
El hombre y sus repliegues. Dejó el camino de la razón para dedicarse a un mundo lleno conjeturas y ficción. Formado para la ciencia, el novelista y ensayista argentino que encarna el paradigma del intelectual comprometido con la condición humana, cuya obra ha sido traducida a más de 30 idiomas, cumplirá el próximo jueves 99 años de edad
TAL LEVY

Cuentan que ya no escribe. Tampoco pinta.

Ni sale regularmente a pasear por las calles de Santos Lugares, en la provincia de Buenos Aires, donde ha vivido desde hace más de medio siglo. La vista le ha ido abandonando con los años, los mismos que hoy deciden por él. Pero seguro el próximo 24 de junio, cuando cumpla 99 años de edad, a Ernesto Sábato le ilusionaría, además de compartir con su familia, recibir algún obsequio de su buen amigo José Saramago, como aquel ramillete de palabras con el que el premio Nobel portugués le homenajeó el año pasado en su blog.

Aparte de una sensibilidad que roza el extremo, ambos han donado a la galería de personajes de la literatura algunos de los ciegos más memorables sin que, como han coincidido, los problemas de visión que han sufrido hayan tenido que ver. Aunque uno esperanzado y el otro pesimista irredento, a los dos les duele por igual el mundo.

--¡Ah, es que el mundo es un horror! Demasiadas pavadas hay, pero ustedes no, los jóvenes no. Pudieran estar en otro sitio y vienen aquí, a oírme, porque el mundo les importa-- recuerdo que exclamó Ernesto Sábato, con esa confianza depositada en la juventud que le hizo dedicarle la fundación que lleva su nombre, al vernos llegar en vísperas del otoño de 2002.

El desayuno del día: palabras. Un día antes le había pedido a Elvira González Fraga, compañera inseparable de Ernesto Sábato, una entrevista, pero sólo conseguí que me ofreciera hacerle unas preguntas por escrito, que aseguró él luego respondería. Tras insistir, me lanzó una mirada y, en ese momento, sentí que pasé el examen al menos con un aprobado, pues me invitó, como lo haría después con Laila y Milagros, dos admiradoras del novelista y ensayista argentino, a compartir una mañana con él en el hotel Gallery de Barcelona, España. Bueno, a hacerle compañía, mientras ella hacía diligencias.

--Sólo las minorías son las que pueden cambiar el mundo. ¿Cuántos años decís que tenés? ¡32! No, no podés tener 32 ­y ríe como un chiquillo quien fue nombrado Caballero de la Legión de Honor de Francia en 1979­. Vos tenés 15.

Si quería presentarte a uno de 12. Cada vez los jóvenes son más chicos.

El piropo merecía ser devuelto, pero Laila se adelantó con la certeza de quien la noche anterior había revisado junto con su madre la contraportada de un libro suyo, en la que constató que tenía poco más de 90 años de edad, aunque "parece de 70". De pronto, Sábato se había tragado la risa.

--Matilde era muy joven. Matilde era menuda. Matilde, pobre Matilde. Matilde era fuerte, cómo decir, cómo encontrar la palabra exacta... Es que todavía estoy dormido.

Milagros intenta rellenar los puntos suspensivos con un "tenía garras", al tiempo que Sábato asiente pero sin interrumpir su propia búsqueda dando muestras de ser quien es: un escritor, un hombre que dona a cada palabra el justo lugar que se merece.

--Matilde era... corajuda.

Matilde, pobre Matilde. Matilde se escapó conmigo. Éramos unos chicos, ella menor de edad. Y nos buscaron. Matilde era judía, pero se convirtió al cristianismo por convicción.

Hasta con la policía nos buscaron. ¡Ay, la familia de Matilde! --¿Pero después la familia se reconcilió con usted? ­pregunté.

--Después de mucho, mucho tiempo. Yo bromeaba con Matilde, le decía que era la yiddishe mame. Era muy fuerte, una gran mujer, inteligente.

La frase estaba servida para replicar con el típico "detrás de todo gran hombre hay una gran mujer".

--Sí, Matilde era una gran mujer ­sentenció el premio Cervantes 1984, mientras yo pensaba en esa grandeza que le hizo a ella, a Matilde Marta Kusminsky Richter, salvar los manuscritos de su esposo del fuego­. Era judía y los judíos se ha visto en la historia que son excepcionales. Bueno, un amigo mío decía que los judíos eran jodidos ­ríe­. Pero era una broma. Era inteligente. Estudiamos juntos. Escribía, Matilde.

--¿Escribía libros? ­asoma su sorpresa Milagros.

--Sí, muchos se publicaron.

Matilde, pobre Matilde. Matilde era corajuda e inteligente.

Matilde era judía ­reitera desde su vejez­. Matilde, pobre Matilde. ¿Dónde estará?

Melancolía como plato fuerte. El recuerdo fue enjuagando sus ojos, que parecían adentrarse en un pasadizo oscuro, como en el que entró después de la muerte de su hijo Jorge Francisco en un accidente en 1995, seguida tres años después por la de su esposa, la mujer que tenazmente lo alentó en "los momentos de descreimiento, que son los más", según la dedicatoria de Sobre héroes y tumbas. Aunque cierto es que hubo otras, Matilde fue la mujer, en mayúsculas, de su vida.

En la mirada de Sábato en esa mañana otoñal, en la que no llevaba sus habituales anteojos oscuros, ya se podía advertir esa melancólica situación en la que vive, razón por la cual su otro hijo, Mario, tan sólo le mostró los primeros 20 minutos, los más alegres, del documental Ernesto Sábato, mi padre, que el año pasado estrenó con material inédito o muy poco conocido. Un legado para nietos y bisnietos sobre la persona y no la celebridad que un día será sólo una calle o una estatua, según llegó a manifestar públicamente el cineasta.

Qué decir en respuesta a ese túnel en el que Ernesto Sábato había entrado, imagen que con los años ha vuelto a cruzarse en su camino, según atestiguó en esa memoria-testamento que es Antes del fin: "¡Qué extraño, qué terrible es que al acercarse la muerte vuelvan estas tristísimas metáforas!".

Sólo alcancé a exclamar: "¡Hay que resistir! Y el autor de El túnel, novela editada en 1948 que todo buen alumno suramericano ha leído y que Albert Camus elogió por su sequedad e intensidad, sonrió.

--Resistir. La resistencia, como mi libro ­asintió satisfecho.

El segundero en marcha. En ese momento, como un eco resonaba el fragmento de Sobre héroes y tumbas que Sábato, al inaugurar el día anterior la Cátedra de las Américas en la Pedrera de Barcelona, dejó que hablara por él: "Todo era tan frágil, tan transitorio. Escribir al menos para eso, para eternizar algo pasajero. Un amor, acaso (...) Además, no sólo era eso, no únicamente se trataba de eternizar, sino de indagar, de escarbar el corazón humano, de examinar los repliegues más ocultos de nuestra condición".

--Hace un año vino Saramago y me causó mucha gracia que afirmara que Dios es como la coca-cola, porque está en todas partes ­dijo Laila.

--Sí, eso se ha dicho mucho sobre la coca-cola y en su boca esa palabra nos suena extraña, rara ­su mirada refulge, igual que minutos antes al asomarse el nombre de otro grande: Gabriel García Márquez.

Su camisa de pana parecía aún más roja en compañía de unas medias que imitaban ese color y unos vaqueros oscuros que no terminaban de decidirse entre ser azules o negros. El rojo le ha rondado los pasos, desde los tempranos tiempos de su militancia en el marxismo, cuando fue secretario de la Juventud Comunista de La Plata, e incluso después, contrariado por el comunismo soviético, cuando decidió continuar por esa senda de justicia social pero apostando por el hombre. En 1983, se enfrentó cara a cara con la maldad humana cuando presidió la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas que redactó el informe Nunca Más, conocido como Informe Sábato, sobre los crímenes cometidos por la cruenta dictadura militar en Argentina.

--Siempre viste de rojo.

También en sus pinturas hay mucho rojo ­comento.

--Y negro ­acota Milagros.

--Pero ¿acaso te podés imaginar hacer una revolución vestido de amarillo o de lila? --Sí, con una camisa como la mía jamás pudiera­ cándidamente confirma desde su vestimenta Laila, quien acto seguido, y al ver a Elvira llegar, le entrega Abaddón, el exterminador, que en 1976 fue reconocido en Francia como mejor libro extranjero, a la espera de una firma.

El tiempo hacía de las suyas y no había reloj, al menos no el mío, del que me despojé décadas atrás, poco después de leer Hombres y engranajes, para no tener que consultarle a él si tenía hambre. "Uno se embarca hacia tierras lejanas, indaga la naturaleza, ansía el conocimiento de los hombres, inventa seres de ficción, busca a Dios.

Después se comprende que el fantasma que se perseguía era Uno-Mismo", reza la "Justificación" de ese libro en el que quien fuera doctor en Ciencias Físico-Matemáticas y que trabajó en el Laboratorio Curie, en París, daba cuenta de su divorcio con la ciencia por creer más en el hombre, con todo y sus contradicciones, igual que lo dejó bien sentado en su primer ensayo: Uno y el universo.

--Para Laila­ comenzó Sábato y allí se detuvo.

--Ponele algo hermoso ­sugirió su Elvirita.

--Para Laila ­repite Sábato, al tiempo que ella le dice que así está bien, que es bonito, pues Laila, la noche, como el significado de su nombre en hebreo, actuando con más luz que el mismísimo día, no quería fatigar sus años.

Y Ernesto Sábato va escribiendo con esa letra que nos recordaba a su Matilde, menuda como nos la había pintado, y agrega: "Con la que compartí una hermosa mañana". Esa que jamás olvidaremos.

Hoy, casi centenario y con varios otoños más a cuestas, no podemos menos que imaginarle aún rodeado de sus fantasmas. Sí, porque fue él quien precisamente acuñó, con una obra suya, El escritor y sus fantasmas, aquella frase tan iluminada sobre el quehacer literario.

Entre tanto, el Premio Nobel sigue escabulléndose, pese a tantas postulaciones, como la de la Sociedad General de Autores y Editores de España que en 2010 lo ha propuesto ya por cuarto año consecutivo.

No queda, pues, más que pacientes esperar a 2011, cuando Sábato cumpla 100 años y Buenos Aires lo celebre convertida en la Capital Mundial del Libro.

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