jueves, 17 de mayo de 2012

FALACIA

EL GLOBO, Caracas, 01 de Diciembre de 1997
¿Desideologización de la política del  Siglo XXI?
Luis Barragán


Desde ya se anuncia un nuevo apocalipsis: el desencuentro de todos en el marco de un nuevo milenio. La política  atenta contra nuestra felicidad individual. Cuatro jinetes la cabalgan en medio de una tempestad silenciosa: para reanimarla, reclamando el esplendor de los viejos tiempos;  para desmentirla, enmascarando las ambiciones de poder; para exacerbarla, en promesa de nuevas experiencias totalitarias; o simplemente para liquidarla, vaciando de sentido la historia.

La desideologización de la política es una falacia. Tal criterio escamotea una doble abstención. Preservando la pureza de propósitos, no nos atrevemos a oler la realidad para subvertirla. Pefeccionando las fórmulas de supervivencia, no incurrimos en la audacia de repensar la vida misma. Por consiguiente,  luce más cómoda la pretensión de deslegitimar a quienes, de una forma u otra, tienen principios y (anti) valores que realizar.

No hay tal desideologización, sino un asalto a la política para desfigurarla. Es decir, la materialización de un conjunto de intenciones orientadas a la  exclusión creciente de grupos y personas en las decisiones que les concierne.

La crisis persistirá y la próxima centuria, por muy mítica que sea, no nos relevará de ella y de las responsabilidades personales que acarrea.  No es deseable volver a los antigüos procederes, apostar por una solución única y terminal, someterse al espectáculo y huir despavoridos. Es necesario reencontrarnos y, así, actualizar las instituciones, estimular los consensos alrededor de proyectos claramente definidos y discutidos, reivindicar los espacios y el servicio público, protagonizar los cambios.

Son diversos los modelos que integran nuestras creencias morales y cognitivas en torno al hombre, a la sociedad y al universo. De acuerdo  al grado de claridad y coherencia o de sistematización y - fundamentalmente - asunción de una realidad concreta, podemos hablar de ideología en contraste con la doctrina, la cual versa sobre los principios y valores esenciales que inspiran nuestra acción,  asignándole una serie de fines abstractos; y el programa,  cuya especificidad tiene que ver con la estrategia y táctica de la realización ideológica. Evidentemente, hay distintas corrientes ideológicas consolidadas o en vías de  consolidación de acuerdo a  su nivel teleológico, estructural, globalizante, de conciliación y de prelación.

La preposición inseparable “des”  denota negación   o inversión del significado del simple, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, por lo  que se infiere la fragilidad o inexistencia de una ideología. Siendo así, tomando  una de las nociones básicas de quienes hace décadas versaron sobre el fin de las ideologías, nos movemos en los terrenos de la doctrina, de lo que Edward Shils llama “concepción del mundo” o de lo cultural,  ya que no hay sociedad ni persona sin una trama de orientaciones.

Lo ideológico en Marx tiene otra connotación. Se refiere a la “falsa conciencia”, al enmascaramiento de la realidad y de los intereses de las clases dominantes;  Althusser, por ejemplo,   habla de la lógica y papel histórico de las representaciones (imágenes, mitos, ideas, conceptos).  Tenemos que, por una parte, el fin de la ideología en Marx sobrevendrá con el comunismo; y, por otra,  en una tendencia liberal, ya finalizó en razón del bienestar generalizado de las sociedades altamente avanzadas cuyas diferencias y tensiones no tienen un carácter existencial.

Siendo así, presente el componente ideológico en forma explícita o implicita,  manifestación realizada o por realizar, expresión estancada o por innovar en una sociedad dada, difícilmente puede negarse.  El dilema de la (des) ideologización cede el paso a otro más importante y crucial referido a la lucha del (anti) humanismo. En consecuencia puede hablarse de las ideologías (des) humanizantes, aunque también de anomia en cuanto hay, de un lado, razones y conductas paralelas que dicen llamarse “ideología” y realmente obedecen a un asiento de actitudes y visiones; y, de otro, la confesión,  apego formal a una ideología cuando, en los hechos, se la adultera y traiciona.

Ahora bien,  esa realidad que es materia prima de la política ha sufrido una serie de transformaciones que tienden a alterar sustancialmente el sentido de lo colectivo.  Es cierto que los decisores públicos han incurrido en errores, fracasos y ligerezas al lado de sus aciertos, éxitos y previsiones, pero también lo es que la apatía, la indiferencia, el escepticismo, la anomia afectan crecientemente a todo el conjunto social, como factores a la vez condicionantes  y condicionados.  Todos los males de la sociedad se le imputan al obrar político.

El desinterés por el origen y las consecuencias reales de  los problemas, lleva a un debate superficial donde apenas cabe la política como un espectáculo más. Y es de suponer que los profesionales de la diversión, en este marco, cuentan con mayores posibilidades, imponiéndose por encima de las trayectorias que digan del estudio profundo de las realidades así como de los remedios y diligencias que son necesarios de acordar.

El lenguaje doctrinario, ideológico y programático es reemplazado por el que apela a los instintos. Este es un camino que intenta reconstruir nuestra realidad, porque también aquél ha fracasado en hacerlo y, más de las veces, libra un combate desigual con los medios de comunicación social. Se hacen cada vez más complejos los asuntos que conciernen a todos y no hay un código que los asuma íntegramente. Y es que el poder, en lo que se ha dado en llamar la postmodernidad, sufre progresivamente los embates de la dispersión y, en el imaginario popular, sus agentes deben distinguirse por la frivolidad y el exhibicionismo, supuestamente capaces de sacarnos del retraimiento.

El Siglo XXI levanta toda suerte de expectativas. Le conferimos un carácter mágico a su llegada. Y la ingenuidad puede arrinconarnos hasta negar las posibles tendencias en el desarrollo político, en nombre de las sorpresas que puede depararnos la ciencia y la tecnología en un milenio que se supone su exacto domicilio.

Las ideas e imágenes que tenemos y nos hacemos de la próxima y decisiva centuria provienen de una serie de autores que dibujan el futuro, desde una perspectiva optimista, como Alvin Toffler y Francis Fukuyama, o pesimista, como Paul Kennedy y  Zbigniew Brzezinski.

En Toffler se evidencia lo que se ha dado en llamar un marxismo redefinido, debido al desarrollo de las fuerzas productivas (estructura) que influye a la política (superestructura). Fukuyama es devoto de los viejos vaticinios en torno al fin de las ideologías. En todo  caso, deducimos una franca agudización de la individualidad (que no personalización) y la conquista del poder por aquellos grupos formales e informales que alcancen el rango de gladiadores, bajo los supuesto de un liberalismo victorioso. ¿ El fin de la historia significa la superación de los grandes relatos o su extravío y adulteración?.

La transición inconclusa que experimentamos hacia otro estadio histórico muestra una riqueza simbólica que contrasta con las incertidumbres conceptuales. El Siglo XXI  aparece como un mito alimentado por la fantasía, en el podemos invertir todas las ilusiones y enfatizar los más variados estereotipos que den cuenta de una realidad insuficientemente comprendida. Símbolos e imágenes  que sirven de orientación cognoscitiva, estimativa y afectiva, sirviendo a una actitud política. La tecnociencia, con sus productos y servicios, deslumbra a todos y es capaz de fraguar un optimismo exagerado al pretenderla un sustento básico de la democracia o de la vida pública, para unos, así como un factor de legitimación de una dictadura en la que los tecnócratas sean el eje central y nos releven de conocer asuntos muy complicados y casi esotéricos.

Simplicidades que obedecen a ciertos determinismos en relación a la economía y el consumo, como si el hombre sólo produjera, consumiera y se divirtiera; o al Estado, único ámbito de realización colectiva y personal.  Para Pedro Mario Bazán   se evidencia una “compulsión al gozo y al narcisismo: para el consumidor ha nacido una nueva ética, la de la compulsión al gozo supliendo la tradicional ética del trabajo: si no se consume no se tiene derecho a ser feliz”, impuesta crecientemente la “democracia del ocio, de la autopista y del refrigerador” .  Lo irónico está en no contar  con  una adecuada vialidad, una sana   recreación y  menos comer en buena parte del globo terráqueo.

Son diversas las cosmovisiones y la razón tiene una variedad de dimensiones, en el que la ciencia y la tecnología es el único saber fuerte. Hay cupo para las creencias trivializadas que tiene que ver con la inacabable multiplicación de las sectas o el interés centrado en los horóscopos y los “ovni”, con el debido respeto a los que ciertamente se esmeran en el estudio de ambos temas.    Anomia ideológica donde no hay conciencia del momento histórico, no se es hijo de su tiempo, está ausente lo deliberativo (y, por supuesto, lo crítico), que lleve a un proyecto capaz de representarse en cada uno de nosotros. Puede hablarse de  desideologización de la política en unos términos y, no obstante, creemos que el enlace con el humanismo científico y tecnológico nos remite a una ideología subyacente o, mejor, sin asumirlo en su justa dimensión, a un tejido de orientaciones  individuales  alternas, paralelas,  que sirven para un proyecto que se alimenta de credos, ilusiones, predisposiciones, mitos. Por una parte,  no hay una participación y canalización política que permita someter a prueba la consistencia teórica y fáctica de tales orientaciones; y, por otra, aunque no cuente con los requisitos que la hagan una ideología de una forma u otra se realiza en la sociedad,  influye y es influida en esa colcha de retazos que es   debilidad pero también fortaleza del “pensamiento” en el marco de la postmodernidad.

La política como espectáculo tiene una magnífica plataforma en esta debilidad de las convicciones sobre la vida pública. Es, ante todo, moralista. Es prisionera del discurso moral, de los enunciados grandilocuentes. Así podemos entender a Kolakowski cuando afirma que la idolatría de lo político es la fabricación de “idolos para un uso ad hoc en el juego del poder político” y confirma que “no se trata de nuestra incapacidad técnica para enfrentar los problemas, sino más bien de nuestra incapacidad para tratar los problemas que no son técnicos”  .

La socialización es la progresiva multiplicación de las relaciones de convivencia, según dijera Juan XXIII en su “Mater et Magistra”.  Multiplicación  que debe llevar el signo del humanismo cristiano para asumir las tareas históricas que tenemos pendientes. Realización concreta y acorde a nuestras particularidades de valores como el amor, justicia, bien común, calidad protagónica del hombre, perfectibilidad de la sociedad, libertad, igualdad, democracia, participación, solidaridad, cooperación, austeridad. Estamos en el medio político. No se trata de una mera divulgación, sino de la urgencia de traducirlos en iniciativas políticas concretas. Ustedes, los jóvenes herederos de una crisis de la que son culpables en la medida que no realizan un esfuerzo de búsqueda de soluciones,  deben dar el combate. Nosotros, los más adultos, quienes compartimos la mesa de discusión en este Congreso,  no podemos descansar y esperar que otros libren la lucha. Es el buen combate con la fuerza que da la fe y la buena conciencia en San Pablo.


Post-data (17/05/12):

Quisimos que el texto quedara en la red, a través de: http://www.analitica.com/va/politica/opinion/5967533.asp . No obstante, nos permitimos acotar una circunstancia. La versión adicional, cercana a la setentena de páginas, la imprimimos artesanalmente, como ya habíamos visto con un diccionario de la democracia cristiana, publicado por el departamento de Formación del PDC de Chile (nos lo hizo llegar Jorge Picón). Sacamos unos cien ejemplares fotocopiados y encuadernamos con una tapas duras que - imagino - diseñó Rafael Mourad. Enviamos esa versión a la Biblioteca Nacional para el correspondiente registro, junto a la resumida que publicó el extinto diario El Globo, Caracas. ¿Qué ocurrió? En el sistema bibliotecario apareció únicamente esta versión, cuatro o cinco hojas, mas no el folleto de setenta páginas. Al solicitar, a mediados de la década, el material simplemente no lo hallaron. Semanas atrás, chequeando la posible aparición de una declaración enviada sobre el Proyecto de la Ley Orgánica de Cultura, a diarios del interior del país, nos sorprendió encontrar: http://libreroonline.com/venezuela/libros/22213/barragan-luis/desidelogizacion-de-la-politica-de-siglo-xxi.html . No disponible. ¿Website alimentado por el sistema de la B.N., por cierto, la que ya conoce de la desastrosa situación de su plataforma tecnológica?

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