jueves, 2 de diciembre de 2010

del surco al track


EL NACIONAL - Lunes 29 de Noviembre de 2010 Escenas/2
1001 discos
PALABRAS SOBRE PALABRAS
LETRAS
FRANCISCO JAVIER PÉREZ

Signada por la suficiencia, deviene insuficiente. "La música es suficiente para la vida, pero toda una vida es insuficiente para la música", aclara Rachmaninov. El péndulo que estas dos instancias exige, resultan repetido afecto cuando recorremos el guarismo que pareciera ajustado para el dominio de la actividad, pero que la obra entiende aproximación, entrada magnífica, para legos y cultivados, sobre lo que significa degustar los 1001 discos de música clásica que hay que escuchar antes de morir (Grijalbo, 2008).

Obra colectiva, la dirigirá Matthew Rye y la versionará al español Luis Suñén, forma parte de una colección de libros de referencia que, bajo el motivador y alertador título, se ha ocupado de otras actividades, como el cine o la literatura. Pensada para el público atento, no deja de tener utilidad para el conocedor, al que informa sobre grabaciones estelares, muchas de ellas del tiempo más reciente. La pretensión comprometida por el título obliga a revisar el decurso de la creación musical de toda época y a recorrer las márgenes de la historia de las grabaciones de discos clásicos, de las que, además de indicar críticamente la seleccionada en cada ficha, se anotan otras producciones. El lujo de las imágenes contribuye no poco a fortalecer el encanto del libro, pues permite que los sonidos puedan también proponer rostros, dibujos y colores que hacen prosperar el musicalismo del compendio y que permiten soñar con la música cuando aún no ha sonado la primera nota.

El repertorio hace el intento de seleccionar las mejores firmas en el arte de la composición y en el de la interpretación. El intento se logra muy cabalmente y ello no obsta para que echemos de menos algunos nombres de ayer y hoy, algunas piezas de aquí o de allá. Sin embargo, como antología, la selección es bien intencionada y los olvidos son sólo ausencias dictadas por la infinitud de la materia y por la finitud del objeto.

Un solo nombre venezolano es reseñado en esta obra.

Cómo dudar que se trate del de Reynaldo Hahn, el más internacional de nuestros músicos clásicos. Lo prestigian aquí, no tanto por sus trabajos teatrales que tanto éxito le depararon en vida (llegaría a sentarse en la butaca del director de la Ópera de París y a ejercer el discipulado estelar de Massenet, mientras exhibía su amistad con Proust en los bulevares de Guermantes), sino por la exquisitez de sus melodías, entre las que destacaron las Canciones grises, sobre textos de Paul Verlaine, y su celebérrima Si mes vers avaient des ailes, para los versos del gran Víctor Hugo.

Intentar revisar el contenido de esta obra sería temerario, pues la tarea no podría ni cumplirse medianamente. Lo que sí se cumple a plenitud es el hecho de que en cada una de sus páginas habita el encanto incuestionable que la mejor música ejerce sobre los mejores espíritus.

Este es un libro que hay que conocer para encantarse con la alusión de los contenidos, tanto como con los contenidos aludidos. Escuchar con parsimonia, su mejor enseñanza, para no despertar la profecía anidada en el sintagma titulador: el principio de que mientras más de esta música escuchemos, estaremos más cerca de la muerte. Morir de música, en todo caso, sería, con mucho, la más noble de las desapariciones.

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