En ningún momento, el servicio de vigilancia intervino por más que le avisamos. Además, uno de ellos, con suma cordialidad reverencial, le prestó el baño a uno de los agresores que, luego, se paseó con los suyos como si hubiese terminado una faena taurina. Ya presente, a quien esperaba, MF y yo convinimos en esperar unos minutos, pues - suponía el suscrito - que, por la fecha y el calibre de la agresión, habría un mínimo de movilización e indignación entre el estudiantado más cercano que reivindicaría la Plaza por su número, pero no ocurrió así.
Fuímos a buscar un par de títulos al pasillo de Ingeniería y, como pareció en el resto de la universidad, todo transcurría con una normalidad pasmosa. Digamos que, a falta de medios de comunicación, esa indolencia se multiplicó: es tanta la costumbre que, aún recibida la noticia, a la postre los hechos no existieron. Por cierto, envíamos un par de "pines" a algunos dirigentes estudiantiles conocidos y, por la red, avisamos del evento a un par de profesores, sin respuesta alguna excepto una persona que manifestó su repudio y nada más. Ahora, creemos entenderla, por todo el miedo medioambiental, aunque en el momento nos causó mucha rabia la impotencia y la displicencia generalizada.
LB
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