martes, 19 de abril de 2011

SUELE OCURRIR


Economía Hoy, Caracas, 18 y 20 de Mayo de 1999, Nrs. 2.935 y 2.937
República, guerra y confusión
Luis Barragán


Todo cambio genera confusión entre propios y extraños, promotores y receptores, protagonistas y testigos, víctimas y victimarios, mudos y relatores. Es válida la observación consignada por Perogrullo, en sus “Obras Completas”, si nos referimos al impacto de la tragedia española de los treinta en la Venezuela que dijo haber entrado tarde al siglo XX.

Al fundarse la II segunda república en 1931, tras las elecciones municipales que alcanzaron un carácter referendario para obligar a marcharse al rey Alfonso XIII, padecíamos la férrea dictadura gomecista. El triunfo de Franco, en 1939, nos sorprende con un régimen de mayor flexibilidad como el lopecista. Nuestra percepción de los acontecimientos peninsulares está, obviamente, condicionada.

Además, los esfuerzos democratizadores que desembocaron en la guerra de allá, con la estampida de los secretos y distorsiones inherente a toda conversión histórica, mostrando los límites mismos del lenguaje, supieron del maniqueismo político que también ejerció un inmenso peso acá. La “casi unanimidad con que fue recibida la República comenzó a resquebrajarse”, y cosas, como la sustitución de la bandera, increíblemente preocuparon a muchos venezolanos hipotecados por el pasado, como si Colón hubiera recorrido medio mundo teñido de rojo y gualda (A: 469).

Fueron variados los marxismos, diversos los conservadores, múltiples los liberales, variopintos los fascistas, en medio de un catolicismo que también comenzaba a zafarse de los moldes de la contrarreforma para ventilarse en el compromiso social. No obstante, el choque, visto, aceptado y digerido, fue entre las fuerzas del bien y del mal, el cristianismo (preconciliar) y el comunismo (stalinista), aunque Yolanda Segnini habla de un “metadebate” entre el espíritu de la libertad y el de la autocracia en los cuadros de nuestra “intelligentzia” (B:368).

Nuestros funcionarios diplomáticos y consulares, como la prensa de mayor circulación, son rehenes (in) voluntarios de la confusión y portadores de una versión interesada del conflicto. Será demasiado evidente la simpatía de nuestro gobierno con los insurgentes de 1936, año en el que el venezolano Oscar Pantoja muere por la causa republicana. El monseñor Sixto Sosa, obispo de Cumaná, visita complacido la zona rebelde en 1938. Rufino Blanco Fombona, naturalizado español al proclamarse la república, fue gobernador de Tenerife, Almería, Navarra, hasta regresar a Caracas en 1938.

“La Patria” y “La Reforma” serán las revistas de los fascistas y hasta pronazis de Venezuela (A: 302 y 306). Está abierto el compás de un anticomunismo obstuso, pero el apoyo al franquismo, en nuestro medio juvenil católico, motivo de una perdurable aunque inconsistente polémica, no alcanza los fervores del nacional-catolicismo argentino (C).

Hay simpatías por José María Gil Robles, líder de un partido con matices democristianos, siendo necesario abundar en un contexto muy particular para no quedarse en la superficie, pues, amén del forzado maniqueísmo al que hemos hecho referencia, asomemos un poco la situación en la que se encontraba la Iglesia Católica venezolana que había sufrido los embates del guzmancismo y luchaba por reestablecerse institucionalmente, crecer y consolidarse, asediada por el positivismo ya en boga, como ha señalado Wagner Rafael Suárez en una obra sobre el pensamiento teológico de Mario Briceño Iragorry y el proceso de restauración de la Iglesia. Y no olvidemos a Guillermo Luque, quien ha disertado en torno a las corrientes representadas en su tiempo por Lara Peña (simpatizante de Primo de Rivera) y Caldera (más inclinado a Gil Robles), incluídas las congregaciones religiosas, luchando por el control de la dirección juvenil de Acción Católica, donde la capacidad simbólica del franquismo despliega toda su fuerza al esgrimirse como un cruzada contra el comunismo y el ateísmo republicanos. Por consiguiente, ejercicio de precisión, es demasiado cómodo acusar de fascistas absolutamente a todos, sin asumir los códigos de la época.

Tardamos en reconocer la república y fue pronta la aceptación del gobierno franquista, supeditados a Washington. Será la Junta Revolucionaria de Gobierno la que reconocerá oficialmente a los vencidos, en 1945, con todos los inconvenientes que trae la relación con un gobierno republicano extraterritorial, por ejemplo, en la aplicación de un tratado de doble ciudadanía o de amistad, comercio y navegación. Caído Rómulo Gallegos, Augusto Mijares será nuestro embajador ante Franco, en 1950 (D).

Ojalá estos apuntes, a vuelo de pájaro, susciten la reflexión sobre la inevitable confusión que generan los cambios, aún frente a los geográficamente distantes y presuntamente ajenos. No hay el menor amago conservador en ello, todo lo contrario. Existe el peligro de un discurso político limitado, estereotipado, maniqueo, capaz de frenarlos, negarlos, destrozarlos.

Referencias:

A: Víctor Sanz. “Venezuela ante la república española (1931-1939)”. El Centauro Ediciones – Talleres Gráficos de la Nación. Caracas. 1997.

B: Yolanda Segnini. “España viva en los caballeros del postgomecismo”, en: AA.VV. “Los grandes períodos y temas de la Historia de Venezuela (V Centenario)”. UCV. Caracas. 1993.

C: Olivier Compagnon. “Rafael Caldera, de la Unión Nacional Estudiantil au Partido Social-Cristiano Copei: les chemins de la démocratie chrétienne (1936-1948)”. URL: http: // www. sigu7. jessieu. fr / hsal/ hsal 96 / oc96. hml.

D: Odahilda G. Jimeno Malavé. “Venezuela y los gobiernos del general Francisco Franco y de la República Española en el exilio (1945-1950)”. Boletín del Archivo de la Casa Amarilla. Caracas. Nr. 4. 1997.

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