domingo, 30 de diciembre de 2012

... NO, ODA

EL NACIONAL - SÁBADO 16 DE DICIEMBRE DE 2000 / PAPEL LITERARIO
ANATOMIA DE LA ENVIDIA
El abominable poeta de los árboles
Jorge Rodríguez

Es delgado y pálido como uno supone deben ser los poetas confiables. El mundo transcurre como luz, como suicida inoportuno, como rodilla dolorida, como nevera trasatlántica, como la sombra naranja de una madre que trasiega un café desalentado, el mundo transcurre por el lóbulo recatado de una oreja y Alfredo Antonio Herrera Salas lo percibe desde su autismo militante, lo congela con un rayo azul, nos devuelve la nostalgia, la rescata y nos obliga a sumergirnos en el detalle. Si viviera en el siglo XVIII sería Cósimo, el barón rampante, que conminado a descender, camina por las aceras de esta ciudad rumorosa y cansada y comparte con nosotros su experiencia entre los árboles. Así titula el libro por el que le confirieron el Premio Paz Castillo del 98, Cinco árboles, que a ratos es susurro, a ratos grito:
Necesito que alguien
Me dé un parque
Atardecer este desorden
Atardecerme
Yo
La poesía es la reinvención de las cosas, sacarle chispas a las palabras gastadas, donde antes hastío ahora el instante que desanuda el yugo.
Sospecho que es ese el sino maldito de la poesía de Alfredo, todo rechina cuando lo señala, ya sea el código penal (al que por cierto intervino poéticamente logrando cosas como ésta: "Todo cadáver tiene derecho a su propio cuerpo") o un patio abandonado. Como un terrorista, como un marciano extraviado, toca lo deleznable, lo cotidiano, el bostezo de la existencia y no los acerca, lo cerca, lo estruja hasta hacerlo doloroso, lo transforma con una impunidad que a veces abruma. Mira de nuevo, parece decir, mira esa hoja de nuevo, mira el llanto en la palidez de ese rostro, mira los gusanos explotando en esa carne, mira la oscuridad de la nieve, mira de nuevo la cama desecha:
Vi en el balcón
a una persona que había muerto
tenía el alma en el lugar del alma
la boca en paz
los omóplatos oscuros
no le dije nada
sobre los gusanos que había en mis plantas
ni le dije
que la luz del balcón era mía
También asume la derrota. La muestra con sus manos temblorosas:
la tarde hace conmigo
lo que quiera
A estas alturas ya es fácil percatarse de que Alfredo es un individuo peligroso, un expósito sonriente que saca a los planetas de su quicio, un monje loco que desentraña las muecas de los ciegos, una mano tensa pegada a la tierra, atenta al rumor de las corrientes subterráneas. Alfredo vuelve del sufrimiento y nos entrega una esperanza mínima, un manual para sobrevivir a los días, un calendario de noviembres luminosos, tardes que yugulen los saltos del pecho, códigos secretos. Desde que lo conocí, gracias a la audacia de Manuel Llorens que lo llevó a leer sus textos frente a los psicoanalistas de la Sociedad Psicoanalítica de Caracas, desde que leo sus poemas certeros como balazos de plata, entiendo mejor de los infinitos usos del silencio, asumo el mensaje inexpugnable de ciertas aves que se estrellan contra los vidrios, acepto que hay una revancha que espera por nosotros. La voz de Alfredo, como la de Martha Kornblit, generosa con el propio desaliento. Cuando un poeta le gana la batalla a la soledad, estamos salvados. Aunque deje los huesos en el intento, aunque se le corte el resuello, basta con levantarlo como a la bandera rota de los vencidos, basta con inventar padrenuestros íntimos, vale decir, humanos:
Hay algo
algo
entre esas piedras
algo

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