miércoles, 16 de febrero de 2011

NOSTALGIA PREMATURA

EL NACIONAL - MARTES 15 DE FEBRERO DE 2011 OPINIÓN/9
Los nostálgicos
ANTONIO LÓPEZ ORTEGA

Son hasta ahora una especie invisible, pero quizás hacia 2013, cuando se trate de hacer balances, descubrirán que en catorce años desperdiciaron el más fabuloso capital político de la historia moderna venezolana. Deambularán por estas mismas calles absortos, cansados, pensando cuáles pudieron ser los errores del pasado. Los más alimentarán bajos sentimientos; los menos, se inclinarán hacia la autocrítica, confiando en que la política del futuro los acoja en función de pensamientos renovados. Pero un aire de nostalgia, dominante, los abrumará, los silenciará: no se pasa fácilmente de la cúspide, donde todo se ha manejado, al terreno de la plebe, donde todos nos confundimos como iguales. Es de esperar que como minoría, ya lejos del poder, construyan el pensamiento edificante que no tuvieron en ejercicio, emulando las mejores prácticas que vecinos o socios remotos han llevado a cabo para el crecimiento y felicidad de sus respectivos países.

Si el concepto aún tiene vigencia, ¿cuál es el balance de la izquierda política en la Venezuela de los últimos cincuenta años? Al noble papel de resistencia encarnado por el PCV en tiempos de dictadura perezjimenista, el foquismo guerrillero de los años sesenta debe por lo menos calificarse de iluso o romántico. Debimos esperar hasta los años setenta para ver los primeros atisbos de una incursión política seria, liderada por el naciente MAS, en cuyas proclamas se reivindicaba un socialismo democrático. Pero de allí a estas orillas, con el lastre gubernamental de estos años, todo ha sido regresión y vuelta al pasado. ¿Costaba mucho mirar ­para no irnos a las antípodas­ hacia la experiencia del renovado socialismo chileno o hacia la trayectoria fulgurosa de PT brasileño para copiar patrones exitosos: tanto mercado o tanto Estado como hagan falta? La nuestra no ha dejado de ser una verdadera colcha de retazos, con índices de ineficiencia extrema, confundida entre los modelos, anacrónica, despilfarradora y esencialmente irresponsable. Y sin embargo, la era democrática reinstaurada desde 1958 la acoge en su seno para tambalearse y desdecirse hasta la anomia. Razón tenía Joaquín Marta Sosa al reconocer entre las bondades de nuestra democracia el hecho de admitir en las riendas de gobierno a todos los grupos de poder que han dominado la escena política venezolana de las últimas décadas. Sólo que este último casi destruye la propia continuidad del modelo.

Si en algunas mentes la guerrilla de los años sesenta dejó unas secuelas nostálgicas, es de esperar que en corto tiempo estos años se recuerden bajo un manto de lo que pudo haber sido y nunca fue.

Verdadero Siglo de Oro para cambiar las bases del país y dar un salto astronómico hacia el futuro, colocándose a la cabeza de las naciones latinoamericanas, Venezuela cosecha tristemente, a la inversa de lo que se promulga, los indicadores más bajos en cuanto a desarrollo humano se refiere de la región. Y esto no es atribuible ni a potencias extranjeras, ni a enemigos foráneos, ni a precios bajos de petróleo, ni a carencia de finanzas públicas... Tan sólo a pura y simple calidad de gestión, tan sólo a falta de criterio y eficiencia.

Históricamente hablando, las naciones aprenden de las derrotas, porque al llegar al foso no queda otra huida posible que conquistar el futuro. Dios quiera que estos años aciagos, para quienes han detentado el poder, se conviertan en palanca de transformación política. Nos hace falta una izquierda que vele por el desarrollo social, que vea en la producción de bienes un mecanismo de redención colectiva, que valore el esfuerzo de los individuos. No es mucho pedir una dosis de modernidad. Las horas del dogmatismo, el insulto y la discordia llegan a su fin.

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