domingo, 22 de marzo de 2020

DE UNA A OTRA PANDEMIA

PERSPECTIVAS
Cuando el fantasma toca la puerta: la influenza de 1918-1919 en Venezuela
Rogelio Altez

El 26 de noviembre de 1918 el Dr. Luis Razetti firmaba una lista de recomendaciones para prevenir el rebrote de la epidemia de gripe que azotaba al país. Entre esa fecha y el 28 de octubre anterior el virus había cobrado, solo en Caracas, 1.665 vidas. En el momento más álgido, entre el 1 y el 5 de noviembre, fallecieron 542 personas en la ciudad. La situación era crítica. Los sepultureros trabajaban día y noche. Las visitas al cementerio fueron prohibidas y las iglesias cerradas; para evitar aglomeraciones, ya no se hacían velorios. La madera para fabricar urnas se acabó y eventualmente se enterraba a los muertos envueltos en su propia hamaca o amortajados con la ropa de cama, cuando la tenían. En la carpintería de la esquina de La Palma, donde se fabricaban ataúdes, apenas podían responder a la demanda, y cuando lograban terminar un féretro, era cargado en los vehículos destinados al efecto por la Junta de Socorros que el gobierno conformó ante el problema. Para facilitar el traslado de los cadáveres la Junta compró un camión, dispuso de otro que era propiedad de la policía, contrató uno más y se asoció con la funeraria La Equitativa Nacional para agilizar el asunto. Solo en camiones fue posible llevar tantos cadáveres.

En el Cementerio General del Sur, según lo informó la Junta de Socorros, no se contaba con personal para atender la emergencia. A comienzos de noviembre de ese año, y ante un crecido número de cadáveres insepultos, contrataron hasta sesenta y dos enterradores de ocasión. Cavaron fosas individuales a paso acelerado, y también se abrió «una fosa grande», según lo comunicó el Arzobispo, presidente de la Junta de Socorros. Todo parece indicar que esa fosa, así como los enterramientos de personas «no pudientes» cubiertos por la Junta, se llevaron a cabo en el Cuerpo 6º, Sección 1ª Sur del cementerio, lugar que con el tiempo ha sido identificado como «Peste Vieja»; el actual nombre «La Peste» se lo ganó otra terraza, la más alejada del recinto, donde van a dar los cuerpos no identificados, o los que se quieren ocultar para siempre, como los que se hallaron en las fosas comunes del Caracazo.

En otros lugares del país la labor con los muertos de la epidemia no resultó tan sistemática. En Maracaibo los llevaban en el único carro disponible para traslados al cementerio dentro de un mismo ataúd que, a la sazón, iba y volvía, como el carro. Eran enterrados en una sola fosa hasta tres cuerpos, y en el caso de los indígenas apenas se sepultaban a ras de tierra y se envolvían en sábanas, o se abandonaban en campo abierto. Allá fue creada una Liga Sanitaria para atender la emergencia, se prohibieron las reuniones públicas y se cerraron los comercios. En algunas esquinas de la ciudad se encendían fogatas para espantar «las miasmas», en un intento de repeler la enfermedad. La Caribbean Oil Company regalaba petróleo para el caso, en medio de un estado de ánimo en extremo abatido. Ese fue el único año en que la Virgen de la Chiquinquirá no salió en procesión.

La Junta de Socorros de Caracas, presidida por el arzobispo Felipe Rincón González, estaba integrada por Santiago Vegas y el presbítero Rafael Lovera, encargados de los enterramientos y de las disposiciones en el cementerio; los médicos Luis Razetti, Rafael Requena y Francisco Antonio Rísquez, quienes coordinaban los hospitales dedicados a la atención de los contagios ubicados en la esquina de Castán, en La Pastora y en San Juan (al lado de la iglesia); Luis Alvarado manejaba el servicio de desinfección en las calles al frente de vehículos armados con pipas cargadas de abundante creolina; J. M. Herrera Mendoza y Héctor Pérez Dupuy administraban los almacenes de víveres, y también funcionaban como tesoreros de la Junta; el almacén de medicinas estaba a cargo de Pedro Manuel Ruiz, junto con los médicos mencionados. Completaba el grupo Vicente Lecuna, sin función conocida.

Todos ellos se esmeraron en hacer pública la información, y para el caso se alcanzaban noticias y disposiciones en los impresos caraqueños de la época, como El Nuevo Diario, El Universal, La Religión, e incluso en La epidemia febril de Caracas, «periódico científico ocasional». Se publicaron artículos especializados, con estadísticas y debates sobre la epidemia, en la Gaceta Médica de Caracas, órgano de la Academia Nacional de Medicina, y a partir de 1919 se comenzaron a editar los Anales de la Dirección de Sanidad Nacional, de aparición trimestral, en donde se divulgaban datos de alta precisión sobre todas las enfermedades y sus afecciones a nivel nacional. Fue un contexto crítico, pero de gran estímulo para la organización científica de la salud pública.

La situación más allá de Caracas no resultaba tan auspiciosa. Por ejemplo, el Hospital Municipal y el Asilo de Puerto Cabello colapsaron. Frente al problema, las hermanas de San José de Tarbes prestaron su hospicio, y la logia masónica «Independencia y Libertad» cedió su edificio. Se habilitaron comedores populares, medida que tuvo lugar en casi todo el país, y para fortuna de los porteños la Compañía de Carnes Congeladas colaboró con alimentos. El cementerio municipal se quedó corto frente a los fallecimientos masivos, y fue necesario habilitar uno provisional en la sabana de Santa Lucía, donde se inhumaron hasta 620 griposos. La avanzada fatídica de la influenza fue general.

Se estiman tres oleadas mundiales en el desplazamiento del contagio. La primera, entre marzo y abril de 1918, impactando en Europa, Asia y el norte de África; en julio llegó a Australia; y en octubre llega a México y al resto de América Latina. Una vez que entra en Venezuela, se advierten tres momentos decisivos: entre octubre y diciembre de 1918; entre enero y abril de 1919; y de allí hasta diciembre de ese año. El contagio llegó de fuera por los puertos, desde luego, y se vehiculizó hacia el resto del territorio mediante el ferrocarril; pero las ciudades portuarias jugaron asimismo un papel determinante para esparcir la epidemia por el resto del país. Desde La Guaira, por ejemplo, el virus se trasladó a Cumaná, Puerto Cabello y Maracaibo, y entra por el mismo camino en La Vela de Coro, Adícora y Cumarebo. En el caso de las vías terrestres la escalada hacia lo interno del territorio tuvo otro ritmo, al paso de trenes, caballos o a pie.

Las muertes por gripe se reportan desde octubre de 1918 en La Guaira, Distrito Federal, Miranda, Puerto Cabello, Zulia, Cojedes, Falcón, Anzoátegui, Bolívar y Lara (aquí, en realidad, comienza a ser crítico a partir de enero de 1919). Aragua, Guárico, Mérida, Sucre y Nueva Esparta lo hacen a partir de noviembre de 1918. Yaracuy se suma desde diciembre; Monagas, Trujillo y Táchira en enero de 1919; Portuguesa, Apure y Barinas (entonces estado Zamora), desde febrero de este año. El caso del estado Monagas es llamativo, pues si bien hay reportes de fallecimientos entre enero y diciembre de 1919, su afectación más rotunda vendrá en 1920, cuando se contaron hasta 800 muertes en ese año.

El total de fallecidos por la influenza entre octubre de 1918 y diciembre de 1919 en toda Venezuela fue de 23.318 personas. Sobre una población total que se estimaba en 2.362.977 habitantes esto representa prácticamente el 1 % de ese total. Estas cifras, repartidas en un año y tres meses de contagio, son rescatadas de entre las publicaciones científicas de la época, así como de los informes de la propia Junta de Socorros y otras fuentes. No obstante, el gobierno de Juan Vicente Gómez, ante el descenso de los fallecimientos en Caracas, finalizó la epidemia por decreto: el 30 de diciembre de 1918 se decidió que, «constando por datos oficiales en este despacho que la gripe aparece ya extinguida en esta capital», quedaban derogadas todas las medidas restrictivas que habían sido dictadas para evitar el contagio, entre ellas la suspensión de clases, clausura de templos, teatros «y demás lugares de concurrencia pública». Todos los casos y fallecidos posteriores, de acuerdo con este criterio, ya no formarían parte de la epidemia; por fortuna, sabemos de ellos gracias a las publicaciones académicas.

La epidemia de influenza en esos años es el desastre de muertes masivas de mayor impacto en la historia de Venezuela. A pesar de que los medios de comunicación de la época algo habían advertido sobre la pandemia en noticias esporádicas unos meses atrás, la violencia de la propagación y la alta mortalidad azotó con gran estrago a la sociedad de entonces. El desconocimiento del problema hizo que se hicieran búsquedas inútiles tras una bacteria, cuando en realidad se estaba frente a un virus de gripe. Razetti, uno de los más activos durante la crisis, afirmó con contundencia que «aquella epidemia fue de gripe, y no de otra cosa», en franca discusión con los bacteriólogos del momento. Él mismo indicó que el porcentaje de contagios en Caracas fue del 75 % sobre la población de la ciudad, y en aquel mes fatídico entre octubre y noviembre, la mortalidad, según sus cálculos, alcanzó el 1,9 % del total de enfermos. Esta es una tasa muy alta, y si se toma en cuenta la velocidad del contagio se podrá notar la magnitud del impacto.

El virus de influenza H1N1, causante de la pandemia, parece haber tenido origen entre los contingentes de soldados norteamericanos que se sumaron a la Primera Guerra Mundial en 1917, cuando Estados Unidos decidió apoyar a Francia en el conflicto. El contagio halló un medio ambiente muy favorable para su transmisión en las trincheras y campos de batalla. El hacinamiento entre soldados, la insalubridad y las luchas cuerpo a cuerpo fueron un acelerador notable de la propagación. De allí se trasladó rápidamente hacia Alemania y España. No obstante, el virus fue más allá de los soldados, y al viajar entre pueblos y ciudades se encontró con un mundo cuyas condiciones de vida estaban muy lejos de ser las más saludables. Las ciudades europeas y norteamericanas, en general, venían arrastrando el impacto de la industrialización masiva e indiscriminada desde el siglo XIX, plagadas de suciedad y con saneamientos insuficientes. La miseria, la desnutrición y las viviendas deplorables daban cuenta de una importante mayoría empobrecida en esos lugares. Todo esto fue una autopista para los contagios.

Las condiciones de vida en las ciudades no industrializadas del planeta no eran mejores. La pobreza, la precariedad material, la mala alimentación y la falta de aseo personal, contribuyeron decididamente con la pandemia. Venezuela no fue la excepción y la vida en las ciudades portuarias resultaba el peor ejemplo. Diez años atrás, cuando tuvo lugar la epidemia de peste bubónica, La Guaira fue uno de los sitios más golpeados; entre las medidas tomadas al respecto se sabe del incendio profiláctico de casas con muertos por la enfermedad dentro de ellas, y quizás en algunos casos con contagiados aún vivos, ya sin remedio ni salvación. A pesar de que la salubridad era una preocupación pública desde finales del siglo XIX, la realidad más íntima de la sociedad era tan tétrica como las enfermedades que padecía.

La Junta de Socorros de 1918, no obstante, tenía muy clara la situación, especialmente ante un virus que ya había demostrado su eficacia en otras latitudes. «La experiencia ha demostrado que la profilaxia colectiva contra la gripe es imposible y hasta ahora ningún servicio sanitario ha podido impedir la importación de la enfermedad, ni detenerla en su marcha invasora a través de los continentes». Aun así, las medidas tomadas apuntaban a impedir el contagio: «El papel del higienista se limita a aconsejar la profilaxia individual, cuya expresión más cabal es el aislamiento, porque el contagio de la gripe es siempre inter-humano». Con todo, esta medida resultaba (y resulta) muy difícil de generalizar, y Razetti lo sabía; por eso pensaba que ese aislamiento era «cosa dificilísima, casi imposible en la práctica».

Las medidas impuestas desde el gobierno, bajo sugerencia de la Junta, eran tan elementales como asertivas: desinfección diaria de los vehículos en las empresas de transporte (ferrocarriles, tranvías, coches y automóviles); clausura de todos los eventos públicos (teatros, iglesias, procesiones), así como las clases; denuncia obligatoria de cada caso nuevo; y la principal de esas medidas, que hoy nos resulta muy cercana: evitar entrar en contacto con pacientes infectados, «esta enfermedad no se transmite sino por el contagio inter-humano, por intermedio del aire expirado, la tos, el estornudo y los esputos de los enfermos». A pesar de todo ello, la propia Junta era escéptica: «La profilaxia pública es imposible, y la individual casi impotente».

«La gripe se ha burlado siempre de los más formidables cordones sanitarios», sentenciaban con resignación. En circunstancial coincidencia con las medidas de los médicos, pero con otros criterios, los editores del periódico católico La Religión atribuían la epidemia a causas propias de una vida social impúdica, como el «afán inmoderado de divertirse». No obstante, intuían igualmente que «el aire viciado, la oscuridad y la humedad», resultaban factores determinantes en las enfermedades contagiosas. Se enfocaron en luchar contra los microbios, «microscópicos enemigos del hombre» que se aprovechan de esas condiciones. Se quejaban de la común opinión sobre las corrientes de aire como causantes de enfermedades, y proponían que «la brisa siembre salud en vuestra casa«, que «los niños jueguen al aire libre», y que entre el sol a los hogares, «no hay mejor destructor de los gérmenes que el sol».

Los religiosos estaban describiendo las condiciones de vida de los menos favorecidos. Oscuridad y aire viciado eran sinónimos de hacinamiento y poco espacio, de viviendas sin mayor diseño ni objeto que el dar techo a familias numerosas que excedían la capacidad de esos hogares tan pobres como insalubres. «Dejad que andrajos y basura se apoderen de los rincones oscuros de la casa, y ya podéis contratar al enterrador». En su preocupación por impartir hábitos de higiene no se escondía el razonamiento sobre una de las causas más inevitables del contagio: el beso. «Entre las medidas profilácticas, además de las ya publicadas, se debe apuntar la necesidad de suprimir el beso de las mujeres». Quizás por ello, muy probablemente, uno de los nombres con el que se identificó a la influenza de entonces fue ese, la gripe del beso.

Para Razetti la gripe había sido el «mayor cataclismo» desde el terremoto de 1812 y el cólera de 1855. «La muerte no hizo distinción en su obra destructora y con el mismo aletazo trágico derribó al sabio y al gañán, a la virgen y a la cortesana, al rico y al pobre, a la matrona distinguida y al hombre eminente». Desde entonces, con cada epidemia, con cada contagio, se asoma el fantasma de aquella mortandad. Como todos los fantasmas, es tan importante en presencia como en ausencia; asusta aunque no esté, y si está, es aún más aterrador. Su recuerdo envuelve al planeta con un halo de oscuridad que asoma desde cada tumba, cada fosa común, cada agonía sufrida en hospitales y sitios de convalecencia. Es una guadaña que se arrastra con chirridos de dolor, salpica el barro de trincheras malditas, y silba entre pulmones anquilosados.

De su paso por Venezuela queda una memoria borrosa. Es el desastre de mayor impacto mortal y el menos estudiado. Quizás por no invocarlo no se consulta. Como lo dijo el propio Razetti, incansable y crítico en aquellas circunstancias, todos fueron estremecidos por tan implacable mal, impotentes ante un enemigo invisible y fatal. De pronto el silencio ha servido de conjuro; sin embargo, enterrar el pasado nunca ha sido solución, como tampoco lo es convertirlo en monstruo o épica de las mentiras. Una pandemia es un golpe mayor, pero nunca el final. La lucha de entonces viene de ejemplo, gallarda en un mundo que poco entendía lo que estaba pasando. O se convierte al pasado en lección o volverá por nosotros, uno a uno. De aquella batalla «solo quedó en pie, formidable como la muerte misma, para hacerle frente a la crueldad del espantoso cataclismo y vencerlo, la inagotable filantropía de la sociedad caraqueña». En eso creyó Razetti, y de pronto hoy se vuelve profecía.

Fuente:
Fotografía: Luis Razetti (1862-1932).

PERSPECTIVAS
Una pandemia sin memoria: el nuevo coronavirus
Rogelio Altez

El 1 de octubre de 1918 fallecía en Caracas la primera víctima de la influenza H1N1, conocida históricamente como «gripe española». Entre esa fecha y el 31 de diciembre de aquel año, las muertes por el contagio sumaron 9.009 personas en todo el país. El abril de 1919 el cómputo ascendía a 22.191; la curva fue descendiendo hasta diciembre del mismo 1919 para totalizar, finalmente, 23.318 fallecimientos. Si pensamos que por entonces Venezuela contaba con una población de 2.362.977 habitantes, podríamos estimar que el 1 % de ella perdió la vida por el virus. No obstante, la carencia de conocimiento especializado, así como la confusión con otros síntomas, como paros respiratorios y colapsos orgánicos probablemente asociados con la enfermedad, harían que esa cifra aumente en varios miles. Esta pandemia, de efectos devastadores a nivel global, es considerada la más mortífera en siglos. En pocos meses mató a millones de personas en países tan distantes como diferentes alrededor de todo el planeta.

Por entonces el desplazamiento de viajeros a nivel mundial estaba muy lejos de lo que representa actualmente, y sin embargo el virus recorrió con rapidez los continentes. Las vías de expansión fueron aceleradas por barcos y ferrocarriles, más lentos que los aviones de este siglo. Su veloz diseminación desafía las comparaciones. Con todo, el virus encontró el foco de contagio más preponderante en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Influyó en su alcance global el hecho de que buena parte de los contingentes que lucharon allí retornaron a sus países en ese año 1918. Si tenemos en cuenta que Europa todavía contaba con amplias posesiones coloniales en África, Asia y Oceanía, los contagios en esas regiones se explican por dichos retornos. Todavía se debate dónde se originó el virus; pudo ser en China, Francia o Estados Unidos. De todas maneras, su arribo a las trincheras, ámbitos altamente insalubres, fue decisivo para su alcance global.

Más cerca en el tiempo, entre abril de 2009 y agosto de 2010, tuvo lugar la pandemia de la gripe A-H1N1. En catorce meses, el virus mató entre 151.700 y 575.400 personas, según el estudio realizado en los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades, adscritos al Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos: «Se produjo una estimación de entre 105.700 y 395.600 muertes por causas respiratorias, mientras que 46.000 a 179.900 muertes adicionales fueron atribuidas a complicaciones cardiovasculares», indica el informe. Tal oscilación de cifras solo puede ser indicador del problema que, aún en la actualidad, representa lidiar con muertes masivas y con datos que provienen de instancias intervenidas políticamente, como ministerios e instituciones que operan desde los Estados, y no a través de cuerpos académicos o investigaciones independientes. En cualquier caso, el número de fallecidos por este virus resulta elevado, aunque ciertamente incomparable con la pandemia de 1918-1919.

El mundo parece hoy amenazado nuevamente. El coronavirus 2019 (COVID-19) no es un juego, es una amenaza real. Sin embargo, la realidad es una construcción social y no resulta una verdad única, sino una percepción muy relativa. Todos los medios de comunicación del planeta poseen noticias que van y vienen sobre el tema, y no necesariamente sobre el problema. Algunos trabajos van aclarando el asunto, aunque se trata de esfuerzos que aparecen aplastados entre titulares bañados en cifras de contagios y muertes que figuran más una alarma que una certeza. Alarma no significa lo mismo que prevención, ni mucho menos solución.

Para una explicación más acertada de la amenaza real, especialmente desde Venezuela, recomendamos la lectura del artículo publicado en Prodavinci por los infectólogos Julio Castro y Carlos Torres-Viera, «El nuevo coronavirus: ¿Y ahora qué?»; o bien el trabajo de Luisa Salomón, también en Prodavinci, «Combatir la infodemia: ¿cómo informar de manera responsable sobre el Covid-19?». Consideramos de gran utilidad, igualmente, lo escrito por el catedrático de microbiología de la Universidad de Navarra, Ignacio López-Goñi, «Diez buenas noticias sobre el coronavirus», publicado en The Conversation, con un foco más amplio. En los trabajos de Castro y Torres-Viera, como en el de López-Goñi, se aprecia que la pandemia debe entenderse como el alcance geográfico del contagio, y no necesariamente como el apocalipsis de Guerra Mundial Z. Nos queda claro, por ejemplo, que la mayoría de los pacientes infectados se ha recuperado, y no han fallecido; que la tasa de mortalidad ha descendido en la propia China; que el virus fue identificado en apenas una semana (con el SIDA, por ejemplo, se tardó más de dos años); que el 80 % de los casos detectados son leves; que solo el 3 % de ellos ha tenido lugar en menores de veinte años (a diferencia del A-H1N1 que impactó duramente en los jóvenes);  y, lo más importante: que «el virus se inactiva fácilmente», como lo indica López-Goñi.

Ciertamente, «el virus puede ser inactivado de las superficies de forma eficaz con una solución de etanol (alcohol al 62-71 %), peróxido de hidrógeno (agua oxigenada al 0,5 %) o hipoclorito sódico (lejía al 0,1 %), en solo un minuto». Esto significa que hay que lavarse las manos con frecuencia, algo en lo que José María Vargas insistió mucho, como otros médicos en el siglo XIX, y que al parecer todavía es una materia pendiente entre muchas personas. Buena parte de los contagios de virus y bacterias en el mundo proviene de un asunto tan elemental como la falta de higiene. Si algo le debemos a la modernidad ha sido hacernos entender que por miles de años nuestra especie vivió en condiciones de insalubridad que redujeron la esperanza de vida a unas pocas décadas. No obstante, tal parece que eso no lo han entendido todos al mismo tiempo.

El mayor éxito de este contagio ha sido mutar en noticia común, en distracción vuelta encabezado, comidilla de redes sociales. El acceso a la información sobre el coronavirus cuenta ya con infinidad de entradas y enlaces, leídos con la misma voracidad con la que se consumen las imágenes de Instagram, o bien reproducidos en miles de mensajes que pasan de mano en mano con mayor asiduidad que la higiene que se necesita para mantenerse a salvo. La pandemia es de los tapabocas, supuesta protección que puede acelerar el contagio al facilitar que las manos se toquen la cara cada vez que se acomoda este accesorio. El Ministro de Salud de Singapur, Gam Kim Young, en una alocución ante el gobierno de su país, explicó de forma clara y didáctica que nos exponemos al contagio del coronavirus si los fluidos expulsados por un estornudo o la tos alcanzan nuestros ojos, nariz o boca, pero fundamentalmente podríamos contagiarnos si tocamos con nuestras manos una superficie antes expuesta a esos espasmos, y luego nos llevamos las manos a la cara. Es mucho menos probable que nos alcancen las gotas de un estornudo en la calle a que toquemos cosas que sí han sido salpicadas por toses. El virus puede sobrevivir varios días en cualquier superficie, de manera que al tocar un área que haya entrado en contacto con el virus, nos infectaríamos si luego nos tocamos la cara, lo que sucede con reiteración cuando utilizamos tapabocas, pues lo acomodamos con frecuencia. En resumen: lavarse las manos es la mejor prevención.

La misma indicación fue alcanzada ante la pandemia de 2009: higienizar las manos. El uso del tapabocas solo es recomendable si la persona está infectada, para evitar contagiar a los demás. Cuanto más se use el tapabocas en el planeta, más probabilidades hay de aumentar los contagios, especialmente si no se garantiza la higiene rutinaria (y ahora intensificada) de nuestras manos.

El coronavirus es una amenaza, sin lugar a dudas, y el asunto no es minimizarla. En Europa se están jugando partidos de fútbol a puertas cerradas, y eso no es un detalle menor en un continente donde el fútbol mueve miles de millones de euros. Pero esta amenaza no debe hacernos olvidar el dengue hemorrágico, el zika, o la chikungunya; y en la Venezuela actual se debe sumar a la difteria, la hepatitis, el HIV o la malaria. Esta última, según cifras del MPPS, registró en 2016 un aumento del 76,4 % con relación al año anterior. Datos de ONUSIDA indican que desde 2010 el HIV en Venezuela se ha incrementado en un 24 %, mientras que las muertes relacionadas con el virus han aumentado en un 75 % desde 2011. En el caso de la hepatitis C, en el país ha habido 113.500 muertes entre 2010 y 2015, según lo publicado por el propio MPPS. Estas cifras indican claramente que los venezolanos viven entre numerosos riesgos de contagios. Se trata de uno de los países más expuestos a estos virus en toda América Latina, pero no es el único. Tales enfermedades suman millones de muertes en la región, mientras el coronavirus apenas cuenta, por ahora, con unos pocos pacientes.

Los mecanismos de prevención recientemente desplegados en los países latinoamericanos parecen dar cuenta de una respuesta rápida ante la amenaza. No obstante, al comparar este nuevo contagio con los efectos de enfermedades emergentes y reemergentes que campean en la región, nos hallamos ante un teatro de contradicciones que no alcanza a borrar las muertes y afecciones de millones de personas por virus y bacterias que se pasean libremente y sin control desde hace varios años. Nunca antes una amenaza había despertado tanta atención ni campañas tan veloces. Mientras tanto, los vehículos de esos y otros contagios largamente arraigados en América Latina continúan compartiendo nuestra cotidianidad: carencia de asistencia médica, ámbitos insalubres, falta de continuidad en las campañas de prevención, o bien el descuido de hábitos tan elementales como el aseo personal.

Una buena parte de los contagios que nos afectan comúnmente llegan a través de nuestras manos. El gran descubrimiento de la modernidad, el aseo personal, es el medio más eficiente para prevenirlos. El incremento de la esperanza de vida en nuestra especie se hizo popular gracias al aseo, antes que la medicina. La salubridad es cuestión de disposición al respecto, asunto que pasa por garantizar el acceso público al agua corriente, por ejemplo. En países subdesarrollados, o ferozmente empobrecidos por Estados depredadores, el acceso al agua no es un derecho garantizado, y en ello los países latinoamericanos enseñan condiciones críticas. La falta de agua corriente afecta el aseo, pero también incide en los alimentos y en su preparación. El trato higiénico de los alimentos, que pasa por unas manos limpias, está condicionado por el acceso al agua, además del buen hábito de la higiene personal.

Preparar la comida con asepsia no es algo común en el planeta, y esto resulta más grave cuando se consumen animales, portadores de virus y bacterias que pueden atacar a los seres humanos y transformarse en enfermedades mortales para las cuales no existe cura. El acceso al agua corriente, así como los hábitos de higiene más elementales, no son una realidad global. Cuando cruzamos estas variables comprendemos que las epidemias no solo provienen de amenazas biológicas, sino que resultan de problemas sociales no resueltos. Inducir el miedo ante esos problemas es una forma de evadir su comprensión crítica.

El impacto real del coronavirus todavía está por evaluarse. Sorprende que haya alcanzado un lugar en tribunas supranacionales de forma tan veloz y que dispare mecanismos de aislamiento y prevención tan extremos como los que ha desplegado Italia recientemente. Los efectos en mercados y estructuras económicas nacionales, regionales y globales parecen responder a temores que hacen ver al dengue hemorrágico o al zika como apocalipsis irremediables. Sin embargo, el COVID-19 puede eliminarse con agua y jabón al lavarse las manos; la chikungunya, la malaria o el SIDA, por ejemplo, necesitan de respuestas mucho más elaboradas y de instituciones realmente comprometidas con la salud pública. El nuevo contagio que actualmente estremece al mundo ha enfermado bolsas de valores y economías nacionales con mayor letalidad que el propio virus.

La pandemia del coronavirus ha sido un eficaz dispositivo de temor que nubla la comprensión del problema. Su mayor expansión ha tenido lugar en los medios de comunicación que entre pacientes reales, y a estas alturas del siglo XXI, los medios son redes sociales que se apoyan en la multiplicación gratuita que cada individuo ofrece al repetir noticias que apuntan a conmover y asustar, antes que a informar con propiedad. Poca atención se presta a la baja mortalidad del virus, a los contados casos más allá del sur asiático, o la facilidad con la que se puede atajar el contagio. Como el Triángulo de las Bermudas en la década de 1970 o la amenaza nuclear de una década más atrás, el coronavirus ha servido como mecanismo de miedo y distracción, una peligrosa cortina de humo que bien puede ser utilizada como una imaginaria «arma biológica del imperialismo contra los pueblos», o como trampolín para el consumo de tapabocas.

Si pensamos en la pandemia de 1918, sin aviones que dieran la vuelta al mundo ni la movilidad global del presente, el COVID-19 es un peligro menor. No obstante, se trata de una amenaza real que debe comprenderse en su justa dimensión, evitando el miedo y combatiendo la desinformación. El asunto es prevenir como corresponde, y no convertirse en multiplicador del efecto velador que persigue una noticia que solo imanta miradas hacia portales y enlaces que están esperando visitas. El miedo también es una percepción, el efecto de algo que asusta, parte de una realidad que no necesariamente es igual para todos, sino para quien la percibe de esa manera. La construcción social del miedo no resulta solo por esa percepción: también es producida desde el poder, y su eficacia es directamente proporcional a sus intereses.

Este virus crece entre consumidores de distracciones, aquellos que desvían su atención hacia problemas que se previenen con higiene elemental. Otros problemas, esos que necesitan verdadera dedicación primaria, siguen acumulando fallecidos por millones en el mundo. Esta pandemia se combate con lavarse las manos frecuentemente; las que producen y explotan al desconocimiento y las desigualdades necesitan remedios más contundentes.

El COVID-19, como tantos otros contagios que provienen del contacto entre humanos y sus fluidos, puede mantenerse a raya con hábitos de higiene elementales. El aseo personal, que comienza por mantener las manos limpias, no logró imponerse de inmediato en el siglo XIX cuando se insistió en ello; miles de años sin pensar en asearse pesaban más que razonar sobre su utilidad. Su gran impulsor, paradójicamente, su la pandemia de la «gripe española». Buena parte de las generaciones impactadas por su irrupción incorporaron la necesidad de lavarse las manos con asiduidad. La lección, sin embargo, no parece haber sido aprendida del todo.

Los hábitos, como el miedo, no son naturalezas que florecen por la evolución de las culturas. Se inducen por diversas causas, y solo se reproducen si se encuentran alineados con los intereses del poder. Sobrevivir en el siglo XXI no pasa por tener miedo al contagio, sino por hábitos instaurados a mediados del siglo XIX que, lamentablemente, han sido menos exitosos que las redes sociales.

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