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martes, 14 de abril de 2020

REPRESALIA

Llegó la peste: Venezuela, un país en emergencia sanitaria
Luis Fernando Castillo Herrera
  
Los primeros veinte años del siglo XX no podían ser más convulsos en Venezuela. Una revolución caudillista dirigida por andinos, conflictos con potencias mundiales, la traición entre compadres que concluyó con el ascenso de un régimen arbitrario; el reventón petrolero del Zumaque I, y como si no fuera suficiente debemos sumar a la lista brotes epidemiológicos: la peste bubónica y la gripe española. De esta manera, el país que recibe el alba de una nueva centuria presentaba serios rasgos de agotamiento político y económico; mientras tanto, su sociedad rural se encontraba en gran medida desprotegida ante las enfermedades.
Cipriano Castro, presidente de Venezuela, evoca con fulgor la victoriosa Revolución Liberal Restauradora, aquella época cuando los hombres de las encumbradas regiones andinas marcharon para defenestrar al inadvertido Ignacio Andrade. Curiosamente, este presidente tuvo también que lidiar en su momento con los estragos de una epidemia: la viruela. En su libro ¿Por qué triunfó la Revolución Restauradora? expondría cómo aquella situación debilitó su gobierno (1898-1899) y lo hizo presa de sus opositores (“El Mocho” Hernández, Ramón Guerra y el propio Cipriano Castro).
Corría el año de 1908 y al despacho presidencial llegaría una delicada noticia proveniente de La Guaira: ¿algún alzado?, ¿una revolución armada? Nada de eso, no se trataba de una montonera. Un enemigo aún más letal se aproximaba: la peste bubónica había llegado a Venezuela. La bacteria Yersinia pestis se aloja en las ratas negras y se transmite a través de las pulgas que estas poseen. Durante la Edad Media Europa se vio afectada dramáticamente por la enfermedad, que además de ser mortífera produce grotescas inflamaciones de los ganglios; la coloración oscura de estos generó que el padecimiento fuese bautizado como peste negra.
Todo parece indicar que un barco proveniente de Trinidad había traído ratas infectadas. El indeseado polizón rápidamente hizo de las suyas y las pulgas se empezaron a propagar generando la infección. El gobierno de Castro delegó a Rafael Rangel para enfrentar la situación, un médico nacido en Betijoque, poblado del estado Trujillo. Rangel, primer director del laboratorio del hospital Vargas y reconocido bacteriólogo, era a todas luces el hombre más calificado ante la emergencia sanitaria.
Sin embargo, Rangel no pudo detectar la presencia de la bacteria luego de una primera evaluación; por consiguiente, confirmó que sólo se trataba de una falsa alarma. Es importante señalar que el puerto de La Guaira formaba parte del sistema de importación y exportación de la economía nacional, por lo que su clausura temporal significaba un problema mayúsculo, de manera que la noticia fue recibida con agrado por el Ejecutivo Nacional. No obstante, las muertes continuaban registrándose, algo no andaba bien. Rangel debía volver al puerto y realizar una nueva evaluación.
Finalmente, los resultados arrojarían la presencia de la enfermedad. Con celeridad se tomaron las medidas pertinentes, el puerto fue decretado en cuarentena: ropa, ranchos y otros espacios infectados fueron incendiados para eliminar la bacteria, situación que más tarde traería consecuencias negativas para Rafael Rangel. Poco más de un mes fue suficiente para controlar la enfermedad y evitar que se propagara.
Con todo, tras el derrocamiento de Cipriano Castro, Rangel sería acusado de negligente, culpándolo de las muertes ocurridas por su errado primer diagnóstico; al mismo tiempo se le señaló como causante de la pérdida de viviendas y comercios. La animadversión fue tan marcada que el gomecismo le negaría recursos para continuar estudios en Europa. Sumido en la desdicha, el doctor Rangel terminaría suicidándose el 20 de agosto de 1909, a los 32 años.
En 1919, Juan Vicente Gómez controlaba el panorama político. Algunas obras de comunicación vial parecían conjugarse muy bien con los mecanismos coercitivos, simbiosis que aseguraba una sólida administración. Sin embargo, un enemigo biológico regresaba. La peste bubónica, aunque había sido controlada en 1908, tuvo esporádicas apariciones en años sucesivos demostrando que las insalubres condiciones del país eran más que evidentes. En esta ocasión, la cruzada contra la peste estuvo a cargo de Luis Gregorio Chacín Itriago, un galeno oriundo del oriente de Venezuela (Clarines, estado Anzoátegui); durante el período 1919-1922 ocupó la dirección de Sanidad Nacional de Venezuela.
El foco de la epidemia fue ubicado en los Valles del Tuy. Entre las acciones que fueron asumidas destacó el aislamiento de las ciudades vecinas; las fronteras se custodiaron con oficiales armados que impedían el tránsito entre las localidades. Chacín Itriago sectorizó en tres lugares la epidemia: Valles del Tuy, Caracas y Las Canales. Entre las personas más afectadas por la enfermedad se hallaban los trabajadores y frecuentes usuarios de mercados públicos.
En la octava Conferencia Sanitaria Panamericana desarrollada en Lima entre el 12 y 20 de octubre de 1927, Luis Chacín Itriago explicaría que los mercados eran los lugares por excelencia para albergar ratas, sus condiciones eran de alta insalubridad y en su mayoría los productos que allí se vendían procedían de los Valles del Tuy; las pulgas infectadas fácilmente podían viajar con la mercancía.
Para disminuir y controlar la emergencia en Caracas se tomaron tres medidas fundamentales; en primer lugar, reclusión en locales de aislamiento durante siete días para los enfermos y personas que convivan con ellos. En segundo lugar, fue clausurado el Mercado Público, y las casas aledañas debían realizar modificaciones “anti-ratas”, reforzando puertas y ventanas, todo ello para evitar el acceso de los roedores. Finalmente, se realizaron fumigaciones con azufre en espacios específicos.
En el caso de los Valles del Tuy, fue común el desalojo de viviendas; muchas fueron incendiadas. Se consideraba que los materiales utilizados en su construcción facilitaban la presencia de ratas y pulgas, impidiendo su exterminio a través de la fumigación. Pasadas las semanas el escenario fue cada vez más favorable, hasta el control general de la emergencia.
La peste en Venezuela en tiempos de Castro y Gómez no fue únicamente un asunto de la medicina, también fue aprovechada para las acciones políticas, las represalias contra Rafael Rangel resultan un claro ejemplo de ello. Por su parte, durante la octava Conferencia Sanitaria Panamericana, Chacín Itriago expuso la guerra contra la Yersinia pestis como una acción que demostraba el gran avance científico y administrativo en la Venezuela regida por el benemérito Juan Vicente Gómez; empero, los episodios de peste desde 1908 mostraban un cuadro totalmente distinto.

Fuente:
Fotografía:  Rafael Rangel.

jueves, 2 de abril de 2020

LA PANDEMIA DE ENTONCES

La pandemia de Gripe Española de 1918
Samir Kabbabe
 
La gripe española ha sido posiblemente el evento más mortífero en la historia de la humanidad. Se estima que el virus de la influenza, responsable de la pandemia de gripe española, afectó a la tercera parte de la población mundial y causó la muerte de no menos del 2,5 % de los habitantes del planeta (1).
Ha habido mucho avance en conocimientos y estrategias de salud pública, pero a un siglo de la pandemia que mató alrededor de 100 millones de personas entre los años 1918 y 1920, las evidencias sugieren que en cualquier momento podría surgir una nueva pandemia con potencialidad de producir unas 150 a 300 millones de muertes (2).
Las investigaciones sobre la gripe española nos enseñan cómo un virus puede causar una pandemia y nos permite implementar medidas para enfrentar brotes locales y globales que puedan evitar un nuevo cataclismo por el virus de la influenza o por cualquier otra enfermedad de alta contagiosidad.
Los estudios históricos han podido caracterizar los patrones epidemiológicos de la gripe española de 1918, y permiten comprender el porqué del trágico impacto de hace un siglo. La pandemia del virus de la influenza de 1918 quedó solapada por la primera guerra mundial y parece ocupar poco espacio en la memoria colectiva de las crónicas letales del siglo XX. 
Las ondas de la pandemia
Algunas publicaciones sugieren que el virus tuvo su origen en Asia, de donde migró, pero el primer paciente identificado, caso cero o índice, fue Albert Gitchell, cocinero del campamento Funston, en Fort Riley, Kansas, EEUU, quien en la mañana del 4 de marzo de 1918 acudió a la enfermería por fiebre, dolor de cabeza y de garganta.
Al mediodía, permanecían en la enfermería más de cien personas con síntomas similares, y a partir de entonces se experimentó una violenta propagación entre la tropa y la población civil. En el campamento Funston se adiestraba a reclutas que iban a otros campamentos militares o directamente a las trincheras de la gran guerra en Francia.
En abril ya era epidémica la gripe en las zonas urbanas del centro y en las ciudades costeras del este de los Estados Unidos, desde donde embarcaban las tropas, para hacerse epidémica en los puertos franceses. Luego en el frente occidental y, a finales de abril, en toda Francia.
En mayo, la onda expansiva de la gripe alcanzaba Inglaterra, Italia y España, propagándose por todo el norte de África, India, China y Japón, llegando a Australia en junio. Desde el frente occidental, la onda alcanzó a Alemania en el mes de mayo, avanzó por Suiza, Austria, Hungría, Bulgaria, Grecia, la disuelta Polonia y Rusia (3). En julio parecía haber amainado la epidemia, pero surgió una segunda onda expansiva mucho más letal. 
La segunda onda
La gripe reapareció con magnificada capacidad de contagio e índice de mortalidad. La segunda onda se inició a mediados de agosto de 1918, a partir de tres ciudades portuarias del Atlántico, distantes entre sí: Freetown (Sierra Leona), Boston (EEUU) y Brest (Francia).
Algo aumentó su virulencia. Quizás el gas mostaza que inhalaban los soldados contribuyó, pero lo que permitió la segunda onda fue el movimiento marítimo de tropas aliadas portadoras del virus hacia esas ciudades, desde las estáticas trincheras del frente occidental o desde el Étaples (Pas-de-Calais, Francia), donde un campamento hospitalario concentraba gran cantidad de enfermos de gripe y de afectados por gas mostaza.
Desde esas tres ciudades, la onda expansiva invadió todo el planeta, respetando solo la Antártida y las islas de Santa Helena en el Atlántico sur, y la de Marajó en la desembocadura del río Amazonas.
La mayor parte de los muertos por la pandemia ocurrieron en esta segunda onda, entre la segunda mitad de septiembre y la primera mitad de diciembre, en tan solo tres meses. 1918, quinto y último año de la Primera Guerra Mundial, fue el único año del siglo pasado en que decreció la población del planeta, y no por causa de la guerra sino por la pandemia de influenza.
La segunda onda amainó a finales de diciembre. Ya desde noviembre en el mundo se celebraba el final de la gran guerra y el retorno de los soldados. En Australia, donde se contuvo la epidemia porque se impuso tempranamente la cuarentena en el mismo mes de junio, las autoridades decidieron levantarla a inicios de 1919, pero la medida resultó prematura y fatal, apareciendo entonces la tercera onda, de virulencia intermedia entre las dos primeras, la cual se expandió desde Australia castigando nuevamente la población de numerosas zonas del planeta, prolongándose hasta 1920, principalmente en el hemisferio sur.
Venezuela
La gripe española alcanzó nuestro país en octubre de 1918, durante la dictadura de Juan Vicente Gómez, cuando iniciaban los ingentes ingresos por petróleo y era poco lo que se invertía en salud.
Con una población de unos 2.500.000 habitantes, 75% de ella rural, se vivía en condiciones de miseria, insalubridad y analfabetismo, precarios servicios sanitarios en el ámbito urbano y prácticamente nulos en el campo. Se disponía de un médico por cada 5.000 habitantes.
El crecimiento poblacional era bajo: la tasa de natalidad superaba por escaso margen a la de mortalidad. Más de 120 de cada 1.000 niños morían antes de cumplir el año de edad. La expectativa de vida era inferior a 42 años y 50% de los que fallecían no tenían diagnóstico de causa de muerte.
Uno de cada cuatro venezolanos era portador de tuberculosis. La población se hallaba expuesta a numerosas enfermedades endémicas y brotes epidémicos recurrentes de paludismo, fiebre amarilla, viruela, peste bubónica, sarampión, difteria, tifus, tétanos, cólera, disenterías y lepra.
En ese escenario de miseria y desnutrición, no muy distinto al del resto del mundo no desarrollado, se registró el primer caso en un soldado el 16 de octubre en La Guaira. Al final del día eran 40 los soldados con gripe y en tan solo 24 horas el número llegó a 500. Comenzaron a diagnosticarse casos en toda Caracas y a finales de octubre en Carabobo, Cojedes, Falcón, Bolívar, Zulia, Mérida, Trujillo, Táchira y Apure.
Se instaló una Junta de Socorro Central en Caracas, presidida por el Dr. Luis Razetti, conformada por representantes de parroquias y estados, con el fin de coordinar las medidas sanitarias para el control de la epidemia. Caracas entró en cuarentena y la población en fobia. Se habilitaron hospitales en casas, se suspendieron actividades escolares y misas, se cerraron teatros y prohibieron actos públicos y fiestas.
El subregistro de casos para todo el país debió ser importante. Se contabilizaron más de 25.000 muertos por la gripe española, equivalente a no menos del 1% de la población, entre ellos, Alí Gómez, hijo del dictador. El benemérito permaneció en Maracay, y se cuenta que no tuvo apariciones públicas durante los tres meses que duró la epidemia en Venezuela.
El resto de las calamidades infecciosas endémicas que luego superaríamos gracias a la gesta de brillantes médicos y sanitaristas que le dieron abolengo a la medicina venezolana, continuaron matando unas 50.000 personas al año por causa infecciosa (4, 5, 6).
El nombre de la pandemia
Hasta el mes de mayo, en los países involucrados en la guerra no se hablaba de la gripe. La prensa no difundía información sobre la epidemia, quizás para no desmoralizar a las tropas. Algún nombre había que ponerle a la enfermedad. Los médicos franceses comenzaron a denominarla crípticamente la maladie onze (enfermedad once), los alemanes el blitz katarrh (catarro relámpago).
Cuando apareció la gripe en mayo de 1918 en España, dos terceras partes de los madrileños se infectaron en tan solo tres días. España se mantuvo neutral en la conflagración, sin censura de prensa. Los titulares de los periódicos apuntaban a la epidemia y no a la guerra. Los españoles sospechaban que venía de otro país, pero no sabían nada de los estragos de la gripe en EEUU y en Francia.
Los madrileños la apodaron Soldado de Nápoles que era una canción pegajosa de la zarzuela de moda “La canción del olvido”. En España se infectaron no menos de 8 de sus 20 millones de habitantes, incluyendo al Rey Alfonso XIII, al presidente del gobierno y varios ministros, y murieron unas 300.000 personas. La población francesa, británica y estadounidense, al recibir noticias desde España y de la gripe de Alfonso XIII, comenzó a llamarla gripe española. Para los polacos era la peste bolchevique, para los brasileños gripe alemana y para los senegaleses gripe brasileña.
Cuando se firmó el armisticio entre Alemania y los países aliados el 11 de noviembre de 1918, con un saldo de unos 19 millones de muertos entre soldados y civiles, ya la gripe había hecho explosión exponencial. En la memoria colectiva, la pandemia quedó a la sombra de la primera guerra. Los aliados ganaron la guerra e impusieron las condiciones del armisticio, y en el lenguaje oficial llamaban española a la gripe. A pesar del error histórico y las protestas de los españoles, se impuso el espurio nombre.
Crónicas y testimonios
Laura Spinney, periodista científica británica, autora del libro El Jinete Pálido (Crítica, 2018) recoge numerosas crónicas, testimonios y análisis de lo que fue la madre de las pandemias en distintas partes del planeta. El pánico y la incertidumbre se habían apoderado de la población. Comercios y factorías cerradas, escasez de productos básicos, colapso de servicios, afectada gran parte de la vida cotidiana y obstaculizadas las actividades. Todos perdían un familiar o amigo cercano. Los hospitales atestados de pacientes con enfermedad respiratoria, galpones convertidos en hospitales, algunos al aire libre, cadáveres amontonados en las calles, morgues y cementerios, déficit de urnas y sepultureros, filas de procesiones funerarias, velatorios cortos, fosas comunes. La atmósfera pestilente, el ambiente lúgubre, sombrío, y numerosos huérfanos deambulando por las calles.
En los países en guerra, los médicos y enfermeras eran transferidos a hospitales militares para la atención de los heridos, por lo que se incorporaba a estudiantes de medicina y se improvisaba personal de enfermería para la atención de la población civil, pero el personal de salud también se contagiaba y se profundizaba su déficit.
La mortalidad fue más elevada en poblaciones que nunca habían sido afectadas por la influenza, que no tenían desarrollada alguna memoria inmunológica contra el virus, como sucedió en el Puerto de Bristol, Alaska, con mortalidad del 40% de sus habitantes y hasta el 100% de los de aldeas cercanas. En Samoa Occidental, donde los nativos tampoco habían conocido la gripe, el virus mató al 25% de la población. Las condiciones de pobreza y desnutrición, así como la ausencia de medidas sanitarias efectivas fueron también determinantes para la mortalidad: en Ciskei (Suráfrica) murió el 9,9% de la población, en Gujarat (India) el 6,1%, y en Masshad (Irán) el 5%.
A mayor pobreza y hacinamiento, mayor morbimortalidad. La pandemia golpeó mucho más a los países pobres que a los desarrollados (7). La notificación y registro de casos no era práctica establecida en gran parte de los países, por lo que los datos estadísticos eran difíciles de obtener. No obstante, se ha estimado que solo en China pudieron morir unas 30.000.000 de personas.   
Qué hacían los médicos
En primeria línea ante cualquier epidemia, los médicos corrían peligro en su afán y deber de tratar y curar mientras sus fuerzas lo permitieran. William Carlos Williams, médico y gran poeta estadounidense que ejerciera en Nueva Jersey, escribió en su autobiografía: «Entonces nos golpeó la gripe. Los médicos hacíamos hasta sesenta visitas al día. Varios de nosotros perdimos el conocimiento, uno de los más jóvenes murió, otros se contagiaron y no teníamos nada que fuera eficaz para controlar ese potente veneno que se estaba propagando por el mundo» (8).
Aparte del reposo, la hidratación y el cuidado por enfermería y familiares que indicaban, se disponía de pocas alternativas de tratamiento. Era muy poco con lo que contaban los médicos en su maletín y recetaban las sustancias conocidas en su intento de aliviar los síntomas de los enfermos, recurriendo a sangrías, catárticos, purgantes, lavativas, pócimas y extractos de plantas, desinfectantes con iodo, arsénico, mercurio, estricnina y hasta alcohol y tabaco.
Había incertidumbre entre los médicos porque las muertes sucedían tras pocos días de enfermedad y los tratamientos no parecían ser efectivos. La gripe, que en sus inicios hasta podía confundirse con un catarro común, no era tradicionalmente una enfermedad mortal que ameritara de alertas. No solo morían personas de grupos vulnerables como los niños y ancianos o quienes tenían enfermedades crónicas como tuberculosis o diabetes, sino personas entre los 20 y 40 años previamente sanas.
Quienes sobrevivían permanecían deprimidos y fatigados por meses, y quienes no lograban sobrevivir morían en pocos días, con fiebre, fatiga extrema, palidez azulada, dificultad respiratoria, tos sanguinolenta, frecuentes delirios y trastornos psiquiátricos, para finalmente expirar con respiración débil, en narcosis.
Médicos y autoridades sanitarias debatían, cuestionaban, improvisaban e imponían medidas de contención y de prevención, muchas veces impopulares y no siempre exitosas, en un mundo con incipiente sistema de atención médica, un mínimo y dudoso arsenal terapéutico, en pobreza, hambreado por la guerra, poco instruido, con altos índices de analfabetismo, poca precisión de lo que es la contagiosidad. Recién se conocía de bacterias, y los virus eran una abstracción. Prevalecían creencias de que las enfermedades aparecían a causa de miasmas, olores o aires viciados, influencia de astros, castigo de Dios u otras causas sobrenaturales.
La industria farmacéutica recién comenzaba. La aspirina era excelente para bajar la fiebre y quitar los dolores, pero se desconocía que la dosis máxima era de 4 gramos diarios y se indicaban entre 8 y 32 gramos al día. Hoy se sabe que por encima de 8 gramos la aspirina puede producir hiperventilación y que por encima de 30 se genera edema del tejido pulmonar. Es probable que un pequeño porcentaje de enfermos haya fallecido a causa de intoxicación por aspirina, disponible en pocos países de mundo, principalmente en naciones europeas y en EEUU (9).
En Brasil, como en otros países, se prescribía quinina, efectiva contra la malaria e ineficaz contra la gripe, y también a dosis tóxicas, añadiéndole a los enfermos síntomas que no producía la gripe, mas sí la quinina, como zumbido de oídos, vértigo, sordera, orina con sangre, vómitos, perversión de los colores, temblores e incoordinación de los movimientos. (10).
Las autopsias revelaban una neumonía bacteriana masiva (neumonía de múltiples focos) intercalada con cambios inflamatorios en la que no se identificaban siempre las mismas bacterias, aunque predominaban los coccus (bacterias esféricas) agrupadas en racimos (Staphyloccus) y en cadenas (Steptococcus). El Dr. Richard Pfeiffer, microbiólogo y alumno del afamado Robert Koch (a quien debe su nombre el bacilo de la tuberculosis), había publicado que era una bacteria la productora de la gripe al identificar un bacilo al que llamó Haemphilus influenzae (bacilo de Pfeiffer) en las autopsias de la gripe rusa de 1892. Pero ese germen también estaba presente en la saliva de gente sana y muy rara vez se identificaba en los esputos y las autopsias de quienes morían durante la pandemia de 1918.
Al bacilo de Pfeiffer, que no es causante de la gripe, se le sigue llamando Haemophilus influenza a pesar del error. Se hablaba entonces del origen en un virus, algún agente contagioso no observable por el microscopio óptico. Los virus conformaban un cuadro no perteneciente al mundo físico, y no fue sino hasta 1933 cuando se desarrolló el microscopio electrónico y se pudo ver y documentar finalmente la existencia del virus de la influenza. 
Medidas sanitarias
Había que instruir a la población que la enfermedad se transmitía por el contacto de persona a persona a través de las microgotas de secreciones que expulsa el enfermo al toser, estornudar o al hablar. La difusión de informaciones era a través de la prensa escrita. No había radio sino telégrafo, muy pocos teléfonos, las vías y medios de transporte eran escasos y lentos.
El alcalde de la ciudad francesa de Lyon, Eduard Herriot (1872-1957), fue quien primero entendió la importancia de la higiene pública y tomó algunas medidas efectivas para enfrentar su extrema contagiosidad y limitar el número de enfermos y muertes. Desinfectó los tranvías, prohibió reuniones públicas, funerales y procesiones, organizó un sistema de entierros rápidos e hizo mezclar el agua bendita de las iglesias con antisépticos (11).
Pero las medidas eran insuficientes. Los oficiales de aduanas permitían el paso entre países a todos los que parecían estar saludables. En guerra, los políticos y militares desatendían las decisiones sanitarias; el mismo presidente Woodrow Wilson cedió a las presiones del mando militar y desatendió a las autoridades de salud permitiendo el traslado de tropas. Murieron más soldados estadounidenses por gripe que por causa del combate. Wilson incluso convocó un desfile el 12 de octubre para celebrar el entonces Día de la Raza en la Avenida de los Aliados (hoy 5ª avenida) en Nueva York, en pleno apogeo de la epidemia en la ciudad, con asistencia de unas 25.000 personas, aumentando la incidencia de nuevos casos (12). En España, como en otras partes del mundo, algunos sacerdotes se negaban a la “dictadura sanitaria”. Álvaro y Ballano, Obispo de Zamora, atacaba a las ciencias médicas, a las alertas y recomendaciones de la prensa y al ayuntamiento, en el entendido de que el mal era “debido a nuestros pecados e ingratitud, por lo que el brazo vengador de la justicia eterna ha caído sobre nosotros”.
Qué pasó
El virus de la influenza A se logró identificar en 1933 cuando se desarrolló el microscopio electrónico y en 2005 se logró secuenciar completamente el ARN del virus que causó la pandemia, a partir de tejidos conservados de autopsias de hace un siglo y de cuerpos congelados en Alaska.
El virus identificado (y hoy muy bien guardado) es una cepa A (H1N1), precursora del que circula actualmente por el mundo, muy similar al que habita en las aves y para el cual el sistema inmunológico del ser humano no tenía memoria inmunológica en 1918.
Eso es lo que explica la alta e inusual mortalidad en el grupo etario de los 20 a 40 años. Las aves albergan un centenar de cepas distintas de virus de influenza. Una hipótesis sugiere un “salto” del virus entre especies. El Dr. Jeffery Taubenberger, médico especialista virólogo que logró secuenciar el genoma del virus de 1918, tiene la hipótesis de que pudo tratarse de un virus de influenza A estacional, de esos que anualmente producen un aumento de casos de gripe en invierno, el cual sufrió una mutación (13).
En cualquier caso, el virus de 1918 difería significativamente de otros virus de influenza humana o animal e indujo una aberrante respuesta inmunológica a causa de la virulencia de una de sus proteínas, que provocaba una marcada inflamación de tejido bronquial y pulmonar, y a la cual se añadía alguna infección bacteriana.
Miles de autopsias publicadas revelaban una neumonía bacteriana masiva que se diseminaba en todas las direcciones del árbol bronquial (neumonía de múltiples focos) intercalada con cambios inflamatorios propios de los virus. La gente moría principalmente por insuficiencia respiratoria, por incapacidad para el intercambio gaseoso que permite el ingreso del oxígeno y la salida del dióxido de carbono, asfixiada, estertorosa, cianótica y letárgica.
Algunas autopsias no mostraban presencia de bacterias sino cambios inflamatorios difusos y severos de lo que hoy conocemos como Síndrome de Distress Respiratorio del Adulto (SDRA), una muy exagerada y destructiva respuesta inmunológica del huésped contra su propio tejido pulmonar, desencadenada por algún agente como un virus. 
Protagonismo de la pandemia
Las enfermedades y el empobrecimiento que generan las guerras han sido responsables de más muertos que los fallecen en combate. Si la movilización de tropas, la hambruna y el empobrecimiento fueron determinantes que favorecieron la letalidad de la pandemia, esta última también tuvo protagonismo en el resultado de la guerra.
Luego del tratado de paz Brest-Litovsk que firmó el gobierno bolchevique con las potencias centrales en marzo de 1918, y que representó el final del frente oriental de la gran guerra, varias divisiones de tropas alemanas fueron trasladadas al frente occidental, y hubo victorias importantes entre marzo y junio por parte de los imperios centrales, antes de la incorporación del grueso de contingentes de tropa estadounidense.
Cuando el Káiser Guillermo II y su alto mando se enteraron que las tropas francesas eran víctimas de la epidemia, planificaron ofensivas confiando en una pronta victoria final. Pero la suerte cambió. El mismo Káiser enfermó y la gripe, que afectó al 75% de los soldados franceses y al 50% de los británicos, diezmó a la crónicamente desnutrida tropa alemana desmovilizando a 900.000 soldados. El Káiser abdicó el 10 de noviembre y el 11 se firmó el armisticio.
En junio del 1919 se firmó el Tratado de Versalles. Woodrow Wilson promovía entre los cincuenta países firmantes, la creación de la Sociedad de Naciones, pero enfermó y no pudo disuadir a los participantes para evitar las severas medidas punitivas que se imponían a los alemanes y que quizás representaron la semilla de la Segunda Guerra Mundial. Wilson desarrolló delirio y una psicosis transitoria -quizás una meningoencefalitis- como complicación de influenza (14) y/o un evento cerebro vascular (era hipertenso). Hay versiones que refieren que, en pleno delirio, debió ser rescatado mientras caminaba desnudo por los Campos Elíseos.
La pandemia también alimentó xenofobia, racismo y conductas clasistas. En el oeste de EEUU se acusaba a inmigrantes chinos de haber llevado la enfermedad. Los chinos acusaban a los misioneros occidentales. En España segregaban a los portugueses acusados de ser responsables de la gripe, y cerraron los pasos fronterizos, mientras los portugueses acusaban a los españoles. En Polonia señalaban a los liberados prisioneros rusos “muertos vivientes” que regresaban a pie a su tierra. En Nueva York a los inmigrantes italianos que habitaban los suburbios pobres de la ciudad. En Suráfrica se precipitó el Apartheid cuando se acusó a los negros de ser los causantes. En varias partes del mundo, como en Brasil, se imponían cercos a las clases pobres en la creencia de que se infectaban más por ser “inferiores” (8).
Salud universal y control de epidemias
La pandemia sirvió para sembrar la idea de la sanidad universal y también para la creación de ministerios de salud en todos los países del mundo. En 1902 se había creado la Organización Panamericana de la Salud (OPS) en Washington, con la participación de once países del continente para abordar los problemas de salud que interferían los comercios internacionales en América.
En 1907 se había creado la Oficina Internacional de Higiene Pública, con sede en París, con la participación de 23 estados europeos, para difundir informaciones sobre las enfermedades infecciosas. Pero se requería de iniciativas que pusieran en marcha programas de salud pública y prevención de epidemias coordinados para todas las naciones.
En 1919 se creó en Viena, con el respaldo de la Cruz Roja, una oficina internacional cuya misión expresa era el combate de las epidemias, pero estuvo sesgada desde su nacimiento por pugnas ideológicas, políticas y raciales. Se discutía si debían mantenerse aislados en cuarentena a los judíos liberados de los campos de concentración, si debía incluir a los famélicos prisioneros rusos, si los prisioneros alemanes liberados por los rusos serían agitadores bolcheviques.
El concepto de salud universal y de sanitarismo universal no se consensuaba. Ya formaba parte del léxico comunista, generaba suspicacia y rechazo cual si fuera semilla suya. En 1920, la Sociedad de las Naciones creó entonces su organización sanitaria. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial en 1939, se disolvió la organización, y junto con ella su oficina sanitaria. La ONU se constituyó en 1945. Y a partir de ella se creó la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 1946, como institución independiente, consagrando un derecho totalmente igualitario de la salud, sin distinción de raza, religión, ideología política o condición económica o social. 
En 1952 la OMS creó la Red Mundial de Vigilancia de la Gripe (GISN en inglés), la cual funciona como un mecanismo mundial de vigilancia, preparación y respuesta a la gripe estacional y pandémica en humanos, y la de animales que puedan transmitirse a humanos (zoonótica), así como un sistema de alerta mundial ante nuevos virus gripales.
La integran unos 114 países. En Venezuela es el Instituto Nacional de Higiene (INH) el que asume tales responsabilidades. Las GISN, con el Programa Mundial de Influenza de la OMS (GIP) han monitorizado, respondido y contenido las epidemias de gripe que siguieron a la pandemia de 1918, como la asiática de 1957-1958, la de Hong-Kong de 1968-1969, la amenaza de gripe aviar de 1997 y 2003-2004, así como la última pandemia de influenza A (H1N1) del 2009, con origen porcino y que comenzara en México.
Es así como la Red de Vigilancia de la Gripe de España detectó la actual epidemia de gripe que iniciara en la penúltima semana del 2018 y que se ha extendido por todo el territorio español. Tempranamente se identificaron los virus de influenza causantes, el A (H1N1) correspondiente a la cepa de la pandemia de 2009 (pdm09) y el A (H3N2), tomándose ya las medidas pertinentes para su contención.
El virus de la influenza es uno de los más adaptables. Evoluciona constantemente para burlar nuestros intentos de combatirlo. La gripe sigue siendo misteriosa en muchos aspectos, y sabemos que en cualquier momento puede surgir una nueva pandemia (14). La batalla es permanente. Necesitamos de la vigilancia continuada, el desarrollo de una nueva vacuna cada año, optimizar el porcentaje de vacunados y continuar investigando sobre la naturaleza y comportamiento del virus.

(1) Johnson NP, Mueller J. Updating the accounts: global mortality of the 1918-1920 “Spanish” influenza pandemic. Bull Hist Med 2002;76:105-115.
(2) Morens DM, Taubenberger JK. The mother of all pandemics is 100 years old (and going strong). Am J Public Health 2018;108:1449-1454.
(3) Patterson DK, Pyle GF. The geography and mortality of the 1918 influenza pandemic. Bull Hist Med 1991; 65(1):4-21      
(4) Nava, Melvin. Historia de la gripe Española en Venezuela. Veneología. 13/08/2014.  www.venelogia.com/archivos/6562
(5) Archila Medina, R. Epidemias. Diccionario de Historia de Venezuela. Fundación Polar. Tomo 2. 227-229.
(6) Ereu, Aljer. www.senderosdeapure.net/2016/10/cronica-la-gripe-espanola-de-1918.
(7) W. C. Williams, The Autobiography of William Carlos Williams, Nueva York. Random House. 1951, pp. 159-160
(8) Laura Spinney. “El jinete pálido. 1918: La epidemia que cambió el mundo”. Editorial Crítica. 2018.
(9) Starko, K. Salicylates and pandemic influenza mortality, 1918-1919 pharmacology, pathology, and historic evidence. Clin Infect Dis. 2009 Nov 1;49(9):1405-10
(10) A gripe espanhola nas memórias de Pedro Nava. Revista Rio de Janeiro, n. 11, set-dez, 2003.
(11) F. Aimone, «The 1918 influenza epidemic in New York City: a review of the public health response», Public Health Reports, 2010; 125(S3):71-7
(12) Taubenberger, J. The Origin and Virulence of the 1918 “Spanish” Influenza Virus. Proc Am Philos Soc. 2006 Mar; 150(1): 86–112.
(13) espanol.cdc.gov/enes/flu/pandemic-resources/1918-commemoration/pandemic-timeline-1918.

(14) Morens, D. Taubenberger, J. Influenza Cataclysm, 1918. N Engl J Med 2018; 379:2285-2287.

Fuente:
https://prodavinci.com/la-pandemia-de-gripe-espanola-de-1918/
Fotografías:
National Museum of Health and Medicine, Estados Unidos. Epidemia de gripe española en Kansas: https://prodavinci.com/la-pandemia-de-gripe-espanola-de-1918/
Cuerpo de la Cruz Roja en St. Louis durante la epidemia de gripe de 1918. (Universal History Archive)  https://www.elconfidencial.com/tecnologia/ciencia/2018-05-02/gripe-espanola-100anos-podria-ocurrir-otra-vez_1557495/

TESTIMONIO

José Rafael Pocaterra, cronista de la gripe española
Jesús Piñero

Una crónica basada en las Memorias de un venezolano de la decadencia nos acerca a la Venezuela de 1918, cuando la gripe española hacía estragos y el hombre fuerte se refugiaba en su escondite, mientras la gente moría de mengua. Un relato para tiempos de pestes y dictaduras.
Cuando nadie se lo esperaba, la peste vino a empeorar las cosas. Como si el fin de la Gran Guerra en Europa no hubiera dejado ruinas. Como si con Gómez no fuera suficiente para Venezuela. La gripe española se propagaba por todo el mundo y de inmediato ocupó las páginas de la prensa opositora que, a pesar de estar censurada, no dejaba de circular de forma clandestina. En Caracas se editaba y se imprimía Pitorreos, el periódico que ridiculizaba con sátiras al gobierno. Uno de sus socios y principales escritores, José Rafael Pocaterra, concibió la pandemia como un nuevo flanco para contrarrestar a la tiranía que huía de la mortífera influenza, nacida en un campamento militar de los Estados Unidos.
Pero Pocaterra no se burló como solía hacerlo la línea editorial del periódico dirigido por Francisco Pimentel, también conocido bajo el seudónimo de “Job Pim”. Denunciaba el abandono de Gómez hacia el país. “El amo de los venezolanos, el ‘hombre fuerte y bueno’, que ama a sus compatriotas y tiene tres lustros sacrificándose por ellos, huyó a refugiarse en su caverna, estableciendo prevenciones ridículas”, escribió en las Memorias de un venezolano de la decadencia, que publicó años más tarde. Maracay, la ciudad elegida por el dictador como sede de su poder, no estuvo exenta de la gripe española. Allá murió su hijo Alí y, según el testimonio de Pocaterra, el tirano ni siquiera quiso verle por temor al contagio.
En Caracas la peste hizo desastre. Una mañana, a mediados de octubre, llegó a La Guaira y allí empezó la gira nacional. “Un caso, dos, tres, seis, cien. Sobre la capital cayó como una niebla. La ráfaga barrió implacable desde los extramuros hasta el centro”. Muertos y enfermos, un cuadro oprimido, signa los testimonios de los cronistas de la época, siendo, el de Pocaterra, el relato que más nos aproxima al momento, tal vez por sus descripciones tan vivas y grotescas. El frío de noviembre facilitó el contagio y ante el arribo de la gripe a los valles de Aragua, el general Gómez salió disparado a San Juan de los Morros.
La tribu familiar lo siguió, entre ellos su hermano Juanchito, entonces gobernador del Distrito Federal: “El ‘héroe de diciembre’, por falta de abnegación rudimentaria, de noción de responsabilidad, con mayor miedo a las toses que ahogan a los tiros que oró siempre desde lejos, voló a refugiarse en una aldea de aguas sulfurosas que está ante el abra de los llanos”.
En Caracas los gomecistas también se enclaustraron. Victorino Márquez Bustillos, presidente de la república desde 1914, se mudó a Los Dos Caminos, temiéndole más al tirano que a la pandemia. La capital era presa de la represión, sobre todo hacia las obras pías que atendían a los contagiados. El miedo a perder el poder era el móvil de sus armas.
Delgado Briceño y Pedro García estaban ciegos de poder. Su inquisición no discriminó entre conspiradores y castos. En tiempos de caos, todos son culpables. Persecuciones infantiles, acusaciones sin sustento y sospechas baldías llevaron a una anarquía local. Pero el orden impuesto por el Benemérito no era desobedecido. El Estado vivía de la disciplina que se impuso por la fuerza contra los caudillos. Recluido en Guárico, sin recibir a nadie ni regresar a su morada en Maracay, su palabra seguía siendo ley. Sus designios tampoco tardaron en escucharse en la sede de Pitorreos y hasta allá llegaron las inculpaciones. Los escritores estaban en cama. Los cajistas trabajaban solos en las ediciones. También hubo aquellos que más nunca se levantaron: los poetas Carías, Ríos y Gorrondona, asiduos colaboradores.
Entre las asechanzas policiales, también cundía la corrupción y la miseria. La junta recaudadora se peleaba con la gobernación por los bolívares colectados. El celador del cementerio hacía su agosto con la profanación: “Desenterraba los muertos ricos para revender las urnas, que, como artículo de primera necesidad, estaban por las nubes”. Sin leyes y sin gobernantes, el país se hundía en la decadencia. Alguien tenía que dejar registro. Pocaterra apunta que la indiferencia gubernamental era tal que “¡No se les vio en una obra de caridad, en una recaudación pública, en el ejemplo vivo que hasta el último limpiabotas daba llevando víveres y medicinas por los vecindarios!”. La gripe mataba a los buenos y no a los canallas.
Tal vez, de esa sociedad corrompida salió Panchito Mandefuá, su célebre personaje. Ejemplo de sensibilidad como forma de denuncia, que conmueve con su historia y realza los valores y principios que parecen perderse: “Este conjunto de circunstancias hizo erguirse la vieja Caracas, que halló en sí misma recursos y que vio a todas sus clases en una comunión sagrada, desde el licenciado Aveledo hasta Juan Nadie, arrojarse valientemente a socorrer a los hermanos en desgracia, sin temor al peligro común”. Los universitarios lideraban las obras pías, las labores sociales, las cruces rojas filantrópicas ultrajadas por la tiranía. Todos sin poder estudiar, ya que la Universidad Central estuvo clausurada desde 1912 hasta 1923.
“Un grupo de niñas valerosas abrió un local y púsose a la obra de preparar medicinas y organizar servicios de alimentación. Mientras Caracas alimentaba y curaba y hasta remitía dinero y recursos para otras poblaciones del interior atacadas ya por la epidemia, Gómez, sus familiares y sus jenízaros engullían en San Juan de los Morros tajadas de buey y esperaban los periódicos de la capital, previamente desinfectados, para enterarse de los ‘muérganos centrales’ que se iban muriendo”. Generaciones marchitas, sin florecer, con grilletes que se soldaban por doquier. Esos eran los tiempos turbulentos del general Gómez.
Un día de noviembre de 1918, Pocaterra se anotó junto a 15 estudiantes en las jornadas sociales que realizaban para atender a los contagiados de la gripe española en Caracas. La experiencia le permitió vivir en primera persona una realidad desconocida en la urbanidad caraqueña, la miseria del gomecismo. El recorrido empezó en el Dispensario de la Cruz Roja en Tienda Honda, que era administrado por el Consejo Central de Estudiantes. Un bunker de medicinas y víveres para repartir en las adyacencias del centro capitalino. Varias zonas todavía conservan sus nombres. Otras ya no. Agua Salud, Catia, Guarataro, Santa Rosa, Sarria y Pagüita eran algunos de los más de 40 sectores beneficiados con la caridad universitaria. 17 automóviles se despachaban del dispensario para suministrar los recursos.
Dice Pocaterra que era una obra de muchachos acomodados, que decidieron tender la mano a los menesterosos, muertos de hambre y de enfermedades: “Se tendrá una idea de lo que significan los estudiantes de Caracas en la actual epidemia al constatar que ellos tienen a su cargo el reparto de víveres, la asistencia médica y el despacho de fórmulas a domicilio (…) Y cuando ocurre alguna defunción en uno de estos lugares y se solicita auxilio, parte inmediatamente un automóvil con la urna respectiva, que se fabrica en la carpintería de la esquina de La Palma, y que se envía del mismo modo que el carro mortuorio especial”.
Las condiciones que hallaban eran diversas, pero todas infrahumanas. Escenas que luego recreó en algunos de los relatos que conforman el volumen de Cuentos Grotescos publicado en 1922. De las casuchas sacaban banderitas, y así sabían quién necesitaba. Era la señal de auxilio. Comparó el arte y la literatura europea con la realidad venezolana: “(…) rostros de pena, de hambre, de demacración; rostros que habíamos visto sólo en el Greco, en Goya, en los aguafuertistas alemanes del siglo XVI o en aquella procesión del hambre y de la peste que trazó la mano tremenda de Gustavo Doré; obreros cruzados de brazos, junto al taller abandonado, pálidos como espectros, llenos de fiebre, de vergüenza, de ansiedad”.
Incredulidad, ironía, desprecio y amargura también hallaban. Pero los muchachos no se molestaban tampoco. Entendían que habían sido engañados y ultrajados. “(…) comprendo la sorpresa dolorosa de esos muchachos, su buena fe maltratada y admiro más todavía que eso no influya para desanimarlos (…) Esas amarguras de la hez tienen su origen, nacen y brotan del terreno agrio, infecundo y torpe de la educación”. En otra casa conversa con un hombre honrado. Un herrero conocido en la zona que esperaba junto a sus tres hijos pequeños:
—A mí me da vergüenza señor —y tenía los ojos llenos de lágrimas rabiosas contra el destino—. Estoy solo, la madre está en el hospital. Me dicen que ha muerto. Usted ve: yo no podía tenerla aquí, grave. Deme algo, présteme algo, para esta tos que me va a matar a las criaturitas, para mí…, ya que ella habrá descansado de esta pobreza. Yo trabajaré, yo les pagaré algún día. Un Hiero, cualquier cosa de automóvil…
Durante el trayecto hacia Caracas, no paró de llover. Calles desoladas, abastos y casas cerradas. Un par de sujetos con sobretodos hablando sobre la guerra que terminaba en Europa. Indiferentes al hambre de la montaña que acaba de ver. Eran dos realidades desconocidas mutuamente. Al pasar por Santa Teresa, la sombra del gran muro amarillo lo sacó del velo que traía. La Rotunda se ubicaba en la actual plaza La Concordia. Allí, sin alimentos ni medicinas, sus condenados, con grillos entre 40 y 60 libras, recibieron la muerte, pero ella pasó de largo. No les dio el lujo de llevárselos consigo. En unas cuantas semanas el mismo Pocaterra lo certificó, al ingresar como prisionero en enero de 1919.
***
Los fragmentos, datos y referencias de este relato se encuentran en el capítulo XIX de Memorias de un venezolano de la decadencia, testimonio escrito por José Rafael Pocaterra.

Fuente:
https://prodavinci.com/jose-rafael-pocaterra-cronista-de-la-gripe-espanola/?fbclid=IwAR2Gww-f59cEFan80_zyTkNZgudTFfVjRHR11b7oFE-u-2ZtCsRKj-dp5UY
Fotografía: Sala de gripe del hospital Walter Reed. Circa 1918. Fotografía de Harris & Ewing | Library of Congress.

lunes, 23 de marzo de 2020

BREVÍSIMA COMPARACION

De la gripe española a la peste china
Luis Barragán

Cierto, la humanidad ha pasado por incontables pestes, plagas y pestilencias superadas a la postre, como refirió días atrás Vargas Llosa, apuntando a la aparición y superación del sida, entre otras enfermedades,  por ejemplo. No obstante, por la universalidad, prontitud y simultaneidad, las consecuencias del coronavirus no deben subestimarse, sobre todo en países otrora potencias petroleras, como el nuestro, ahora literalmente quebrados.

Contamos con una importante – aunque insuficiente – historiografía en Venezuela sobre una materia no tan olvidada, gracias a los brotes que la (auto) censura impide actualmente conocer y jerarquizar, en un insólito regreso al más remoto pasado. Oportunos, Luis Heraclio Medina Canelón y Luis Altez, recientemente, aportan sobre el impacto y las consecuencias de la llamada gripe española en la Venezuela de 1918-19 que, inevitable, suscita la comparación con lo que ya acaece respecto al coronvirus.

Negada la influenza por la dictadura, la una completó los estragos causados por la otra. Antaño, la inimaginable calamidad sanitaria venezolana  dio alcance a un hijo de Juan Vicente Gómez; hogaño tarde o temprano se sabrá con tristes exactitudes de la  otra inimaginable calamidad que recibe al Covid-19.

Paradójicamente, hasta el momento, no alcanzando la cuarentena para hacer todo lo deseable, emerge de la remoción de papeles en casa un par de piezas reveladoras que estaban olvidadas: la una, un ejemplar del Boletín de la Fundación para el Rescate del Acervo Documental Venezolano (FUNRES), meritorísima entidad extinguida con el socialismo, dedicado a la situación política del país hacia 1918  (Caracas, nrs. 12-13 de 1992), el cual da cuenta de la nada aplacada lucha contra un régimen de espléndidos y obscuros negocios, cuando todavía no se sabía de la importancia decisiva de la batalla de Ciudad Bolívar de 1903.  La otra, los apuntes definitivos de Arturo Uslar Pietri para sus discípulos (“Sumario de economía venezolana para alivio de estudiantes”, CED, Caracas, 1945), constatando los más bajos porcentajes de crecimiento vegetativo de la población entre 1905 y 1915, en todo en siglo (1840-1940), o la tardanza de los beneficios de la producción y exportación del petróleo que apenas despegaba entre 1921 y 1922.

En la actualidad, no existe información oficial alguna,  cuya publicidad ordena la propia Constitución de 1999, conociéndose por fuentes alternas, internacionales y confiables, el descenso de la producción diaria de hidrocarburos y la hemiplejia de los precios que ya están por debajo de los costos de producción, ignoradas las más elementales estadísticas en torno a la población ahora expuesta al coronavirus. Y, a pesar de los errores y demás entuertos, el persistente rechazo y oposición a un régimen, cuyos prohombres han sido sancionados más allá de  las fronteras por motivos nada baladíes. Valga la coletilla de indignación,  en tiempos de cuarentena, proveniente de un fiestón playero, el presunto hijo de Motta Domínguez fue herido de bala en el curso de otra fiesta.

Cfr.
http://lbarragan.blogspot.com/2020/03/de-una-otra-pandemia.html
http://lbarragan.blogspot.com/2020/03/la-otra-peste_18.html
24/03/2020:
https://caraotadigital.org/opinion-1/de-la-gripe-espanola-a-la-peste-china

domingo, 22 de marzo de 2020

DE UNA A OTRA PANDEMIA

PERSPECTIVAS
Cuando el fantasma toca la puerta: la influenza de 1918-1919 en Venezuela
Rogelio Altez

El 26 de noviembre de 1918 el Dr. Luis Razetti firmaba una lista de recomendaciones para prevenir el rebrote de la epidemia de gripe que azotaba al país. Entre esa fecha y el 28 de octubre anterior el virus había cobrado, solo en Caracas, 1.665 vidas. En el momento más álgido, entre el 1 y el 5 de noviembre, fallecieron 542 personas en la ciudad. La situación era crítica. Los sepultureros trabajaban día y noche. Las visitas al cementerio fueron prohibidas y las iglesias cerradas; para evitar aglomeraciones, ya no se hacían velorios. La madera para fabricar urnas se acabó y eventualmente se enterraba a los muertos envueltos en su propia hamaca o amortajados con la ropa de cama, cuando la tenían. En la carpintería de la esquina de La Palma, donde se fabricaban ataúdes, apenas podían responder a la demanda, y cuando lograban terminar un féretro, era cargado en los vehículos destinados al efecto por la Junta de Socorros que el gobierno conformó ante el problema. Para facilitar el traslado de los cadáveres la Junta compró un camión, dispuso de otro que era propiedad de la policía, contrató uno más y se asoció con la funeraria La Equitativa Nacional para agilizar el asunto. Solo en camiones fue posible llevar tantos cadáveres.

En el Cementerio General del Sur, según lo informó la Junta de Socorros, no se contaba con personal para atender la emergencia. A comienzos de noviembre de ese año, y ante un crecido número de cadáveres insepultos, contrataron hasta sesenta y dos enterradores de ocasión. Cavaron fosas individuales a paso acelerado, y también se abrió «una fosa grande», según lo comunicó el Arzobispo, presidente de la Junta de Socorros. Todo parece indicar que esa fosa, así como los enterramientos de personas «no pudientes» cubiertos por la Junta, se llevaron a cabo en el Cuerpo 6º, Sección 1ª Sur del cementerio, lugar que con el tiempo ha sido identificado como «Peste Vieja»; el actual nombre «La Peste» se lo ganó otra terraza, la más alejada del recinto, donde van a dar los cuerpos no identificados, o los que se quieren ocultar para siempre, como los que se hallaron en las fosas comunes del Caracazo.

En otros lugares del país la labor con los muertos de la epidemia no resultó tan sistemática. En Maracaibo los llevaban en el único carro disponible para traslados al cementerio dentro de un mismo ataúd que, a la sazón, iba y volvía, como el carro. Eran enterrados en una sola fosa hasta tres cuerpos, y en el caso de los indígenas apenas se sepultaban a ras de tierra y se envolvían en sábanas, o se abandonaban en campo abierto. Allá fue creada una Liga Sanitaria para atender la emergencia, se prohibieron las reuniones públicas y se cerraron los comercios. En algunas esquinas de la ciudad se encendían fogatas para espantar «las miasmas», en un intento de repeler la enfermedad. La Caribbean Oil Company regalaba petróleo para el caso, en medio de un estado de ánimo en extremo abatido. Ese fue el único año en que la Virgen de la Chiquinquirá no salió en procesión.

La Junta de Socorros de Caracas, presidida por el arzobispo Felipe Rincón González, estaba integrada por Santiago Vegas y el presbítero Rafael Lovera, encargados de los enterramientos y de las disposiciones en el cementerio; los médicos Luis Razetti, Rafael Requena y Francisco Antonio Rísquez, quienes coordinaban los hospitales dedicados a la atención de los contagios ubicados en la esquina de Castán, en La Pastora y en San Juan (al lado de la iglesia); Luis Alvarado manejaba el servicio de desinfección en las calles al frente de vehículos armados con pipas cargadas de abundante creolina; J. M. Herrera Mendoza y Héctor Pérez Dupuy administraban los almacenes de víveres, y también funcionaban como tesoreros de la Junta; el almacén de medicinas estaba a cargo de Pedro Manuel Ruiz, junto con los médicos mencionados. Completaba el grupo Vicente Lecuna, sin función conocida.

Todos ellos se esmeraron en hacer pública la información, y para el caso se alcanzaban noticias y disposiciones en los impresos caraqueños de la época, como El Nuevo Diario, El Universal, La Religión, e incluso en La epidemia febril de Caracas, «periódico científico ocasional». Se publicaron artículos especializados, con estadísticas y debates sobre la epidemia, en la Gaceta Médica de Caracas, órgano de la Academia Nacional de Medicina, y a partir de 1919 se comenzaron a editar los Anales de la Dirección de Sanidad Nacional, de aparición trimestral, en donde se divulgaban datos de alta precisión sobre todas las enfermedades y sus afecciones a nivel nacional. Fue un contexto crítico, pero de gran estímulo para la organización científica de la salud pública.

La situación más allá de Caracas no resultaba tan auspiciosa. Por ejemplo, el Hospital Municipal y el Asilo de Puerto Cabello colapsaron. Frente al problema, las hermanas de San José de Tarbes prestaron su hospicio, y la logia masónica «Independencia y Libertad» cedió su edificio. Se habilitaron comedores populares, medida que tuvo lugar en casi todo el país, y para fortuna de los porteños la Compañía de Carnes Congeladas colaboró con alimentos. El cementerio municipal se quedó corto frente a los fallecimientos masivos, y fue necesario habilitar uno provisional en la sabana de Santa Lucía, donde se inhumaron hasta 620 griposos. La avanzada fatídica de la influenza fue general.

Se estiman tres oleadas mundiales en el desplazamiento del contagio. La primera, entre marzo y abril de 1918, impactando en Europa, Asia y el norte de África; en julio llegó a Australia; y en octubre llega a México y al resto de América Latina. Una vez que entra en Venezuela, se advierten tres momentos decisivos: entre octubre y diciembre de 1918; entre enero y abril de 1919; y de allí hasta diciembre de ese año. El contagio llegó de fuera por los puertos, desde luego, y se vehiculizó hacia el resto del territorio mediante el ferrocarril; pero las ciudades portuarias jugaron asimismo un papel determinante para esparcir la epidemia por el resto del país. Desde La Guaira, por ejemplo, el virus se trasladó a Cumaná, Puerto Cabello y Maracaibo, y entra por el mismo camino en La Vela de Coro, Adícora y Cumarebo. En el caso de las vías terrestres la escalada hacia lo interno del territorio tuvo otro ritmo, al paso de trenes, caballos o a pie.

Las muertes por gripe se reportan desde octubre de 1918 en La Guaira, Distrito Federal, Miranda, Puerto Cabello, Zulia, Cojedes, Falcón, Anzoátegui, Bolívar y Lara (aquí, en realidad, comienza a ser crítico a partir de enero de 1919). Aragua, Guárico, Mérida, Sucre y Nueva Esparta lo hacen a partir de noviembre de 1918. Yaracuy se suma desde diciembre; Monagas, Trujillo y Táchira en enero de 1919; Portuguesa, Apure y Barinas (entonces estado Zamora), desde febrero de este año. El caso del estado Monagas es llamativo, pues si bien hay reportes de fallecimientos entre enero y diciembre de 1919, su afectación más rotunda vendrá en 1920, cuando se contaron hasta 800 muertes en ese año.

El total de fallecidos por la influenza entre octubre de 1918 y diciembre de 1919 en toda Venezuela fue de 23.318 personas. Sobre una población total que se estimaba en 2.362.977 habitantes esto representa prácticamente el 1 % de ese total. Estas cifras, repartidas en un año y tres meses de contagio, son rescatadas de entre las publicaciones científicas de la época, así como de los informes de la propia Junta de Socorros y otras fuentes. No obstante, el gobierno de Juan Vicente Gómez, ante el descenso de los fallecimientos en Caracas, finalizó la epidemia por decreto: el 30 de diciembre de 1918 se decidió que, «constando por datos oficiales en este despacho que la gripe aparece ya extinguida en esta capital», quedaban derogadas todas las medidas restrictivas que habían sido dictadas para evitar el contagio, entre ellas la suspensión de clases, clausura de templos, teatros «y demás lugares de concurrencia pública». Todos los casos y fallecidos posteriores, de acuerdo con este criterio, ya no formarían parte de la epidemia; por fortuna, sabemos de ellos gracias a las publicaciones académicas.

La epidemia de influenza en esos años es el desastre de muertes masivas de mayor impacto en la historia de Venezuela. A pesar de que los medios de comunicación de la época algo habían advertido sobre la pandemia en noticias esporádicas unos meses atrás, la violencia de la propagación y la alta mortalidad azotó con gran estrago a la sociedad de entonces. El desconocimiento del problema hizo que se hicieran búsquedas inútiles tras una bacteria, cuando en realidad se estaba frente a un virus de gripe. Razetti, uno de los más activos durante la crisis, afirmó con contundencia que «aquella epidemia fue de gripe, y no de otra cosa», en franca discusión con los bacteriólogos del momento. Él mismo indicó que el porcentaje de contagios en Caracas fue del 75 % sobre la población de la ciudad, y en aquel mes fatídico entre octubre y noviembre, la mortalidad, según sus cálculos, alcanzó el 1,9 % del total de enfermos. Esta es una tasa muy alta, y si se toma en cuenta la velocidad del contagio se podrá notar la magnitud del impacto.

El virus de influenza H1N1, causante de la pandemia, parece haber tenido origen entre los contingentes de soldados norteamericanos que se sumaron a la Primera Guerra Mundial en 1917, cuando Estados Unidos decidió apoyar a Francia en el conflicto. El contagio halló un medio ambiente muy favorable para su transmisión en las trincheras y campos de batalla. El hacinamiento entre soldados, la insalubridad y las luchas cuerpo a cuerpo fueron un acelerador notable de la propagación. De allí se trasladó rápidamente hacia Alemania y España. No obstante, el virus fue más allá de los soldados, y al viajar entre pueblos y ciudades se encontró con un mundo cuyas condiciones de vida estaban muy lejos de ser las más saludables. Las ciudades europeas y norteamericanas, en general, venían arrastrando el impacto de la industrialización masiva e indiscriminada desde el siglo XIX, plagadas de suciedad y con saneamientos insuficientes. La miseria, la desnutrición y las viviendas deplorables daban cuenta de una importante mayoría empobrecida en esos lugares. Todo esto fue una autopista para los contagios.

Las condiciones de vida en las ciudades no industrializadas del planeta no eran mejores. La pobreza, la precariedad material, la mala alimentación y la falta de aseo personal, contribuyeron decididamente con la pandemia. Venezuela no fue la excepción y la vida en las ciudades portuarias resultaba el peor ejemplo. Diez años atrás, cuando tuvo lugar la epidemia de peste bubónica, La Guaira fue uno de los sitios más golpeados; entre las medidas tomadas al respecto se sabe del incendio profiláctico de casas con muertos por la enfermedad dentro de ellas, y quizás en algunos casos con contagiados aún vivos, ya sin remedio ni salvación. A pesar de que la salubridad era una preocupación pública desde finales del siglo XIX, la realidad más íntima de la sociedad era tan tétrica como las enfermedades que padecía.

La Junta de Socorros de 1918, no obstante, tenía muy clara la situación, especialmente ante un virus que ya había demostrado su eficacia en otras latitudes. «La experiencia ha demostrado que la profilaxia colectiva contra la gripe es imposible y hasta ahora ningún servicio sanitario ha podido impedir la importación de la enfermedad, ni detenerla en su marcha invasora a través de los continentes». Aun así, las medidas tomadas apuntaban a impedir el contagio: «El papel del higienista se limita a aconsejar la profilaxia individual, cuya expresión más cabal es el aislamiento, porque el contagio de la gripe es siempre inter-humano». Con todo, esta medida resultaba (y resulta) muy difícil de generalizar, y Razetti lo sabía; por eso pensaba que ese aislamiento era «cosa dificilísima, casi imposible en la práctica».

Las medidas impuestas desde el gobierno, bajo sugerencia de la Junta, eran tan elementales como asertivas: desinfección diaria de los vehículos en las empresas de transporte (ferrocarriles, tranvías, coches y automóviles); clausura de todos los eventos públicos (teatros, iglesias, procesiones), así como las clases; denuncia obligatoria de cada caso nuevo; y la principal de esas medidas, que hoy nos resulta muy cercana: evitar entrar en contacto con pacientes infectados, «esta enfermedad no se transmite sino por el contagio inter-humano, por intermedio del aire expirado, la tos, el estornudo y los esputos de los enfermos». A pesar de todo ello, la propia Junta era escéptica: «La profilaxia pública es imposible, y la individual casi impotente».

«La gripe se ha burlado siempre de los más formidables cordones sanitarios», sentenciaban con resignación. En circunstancial coincidencia con las medidas de los médicos, pero con otros criterios, los editores del periódico católico La Religión atribuían la epidemia a causas propias de una vida social impúdica, como el «afán inmoderado de divertirse». No obstante, intuían igualmente que «el aire viciado, la oscuridad y la humedad», resultaban factores determinantes en las enfermedades contagiosas. Se enfocaron en luchar contra los microbios, «microscópicos enemigos del hombre» que se aprovechan de esas condiciones. Se quejaban de la común opinión sobre las corrientes de aire como causantes de enfermedades, y proponían que «la brisa siembre salud en vuestra casa«, que «los niños jueguen al aire libre», y que entre el sol a los hogares, «no hay mejor destructor de los gérmenes que el sol».

Los religiosos estaban describiendo las condiciones de vida de los menos favorecidos. Oscuridad y aire viciado eran sinónimos de hacinamiento y poco espacio, de viviendas sin mayor diseño ni objeto que el dar techo a familias numerosas que excedían la capacidad de esos hogares tan pobres como insalubres. «Dejad que andrajos y basura se apoderen de los rincones oscuros de la casa, y ya podéis contratar al enterrador». En su preocupación por impartir hábitos de higiene no se escondía el razonamiento sobre una de las causas más inevitables del contagio: el beso. «Entre las medidas profilácticas, además de las ya publicadas, se debe apuntar la necesidad de suprimir el beso de las mujeres». Quizás por ello, muy probablemente, uno de los nombres con el que se identificó a la influenza de entonces fue ese, la gripe del beso.

Para Razetti la gripe había sido el «mayor cataclismo» desde el terremoto de 1812 y el cólera de 1855. «La muerte no hizo distinción en su obra destructora y con el mismo aletazo trágico derribó al sabio y al gañán, a la virgen y a la cortesana, al rico y al pobre, a la matrona distinguida y al hombre eminente». Desde entonces, con cada epidemia, con cada contagio, se asoma el fantasma de aquella mortandad. Como todos los fantasmas, es tan importante en presencia como en ausencia; asusta aunque no esté, y si está, es aún más aterrador. Su recuerdo envuelve al planeta con un halo de oscuridad que asoma desde cada tumba, cada fosa común, cada agonía sufrida en hospitales y sitios de convalecencia. Es una guadaña que se arrastra con chirridos de dolor, salpica el barro de trincheras malditas, y silba entre pulmones anquilosados.

De su paso por Venezuela queda una memoria borrosa. Es el desastre de mayor impacto mortal y el menos estudiado. Quizás por no invocarlo no se consulta. Como lo dijo el propio Razetti, incansable y crítico en aquellas circunstancias, todos fueron estremecidos por tan implacable mal, impotentes ante un enemigo invisible y fatal. De pronto el silencio ha servido de conjuro; sin embargo, enterrar el pasado nunca ha sido solución, como tampoco lo es convertirlo en monstruo o épica de las mentiras. Una pandemia es un golpe mayor, pero nunca el final. La lucha de entonces viene de ejemplo, gallarda en un mundo que poco entendía lo que estaba pasando. O se convierte al pasado en lección o volverá por nosotros, uno a uno. De aquella batalla «solo quedó en pie, formidable como la muerte misma, para hacerle frente a la crueldad del espantoso cataclismo y vencerlo, la inagotable filantropía de la sociedad caraqueña». En eso creyó Razetti, y de pronto hoy se vuelve profecía.

Fuente:
Fotografía: Luis Razetti (1862-1932).

PERSPECTIVAS
Una pandemia sin memoria: el nuevo coronavirus
Rogelio Altez

El 1 de octubre de 1918 fallecía en Caracas la primera víctima de la influenza H1N1, conocida históricamente como «gripe española». Entre esa fecha y el 31 de diciembre de aquel año, las muertes por el contagio sumaron 9.009 personas en todo el país. El abril de 1919 el cómputo ascendía a 22.191; la curva fue descendiendo hasta diciembre del mismo 1919 para totalizar, finalmente, 23.318 fallecimientos. Si pensamos que por entonces Venezuela contaba con una población de 2.362.977 habitantes, podríamos estimar que el 1 % de ella perdió la vida por el virus. No obstante, la carencia de conocimiento especializado, así como la confusión con otros síntomas, como paros respiratorios y colapsos orgánicos probablemente asociados con la enfermedad, harían que esa cifra aumente en varios miles. Esta pandemia, de efectos devastadores a nivel global, es considerada la más mortífera en siglos. En pocos meses mató a millones de personas en países tan distantes como diferentes alrededor de todo el planeta.

Por entonces el desplazamiento de viajeros a nivel mundial estaba muy lejos de lo que representa actualmente, y sin embargo el virus recorrió con rapidez los continentes. Las vías de expansión fueron aceleradas por barcos y ferrocarriles, más lentos que los aviones de este siglo. Su veloz diseminación desafía las comparaciones. Con todo, el virus encontró el foco de contagio más preponderante en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Influyó en su alcance global el hecho de que buena parte de los contingentes que lucharon allí retornaron a sus países en ese año 1918. Si tenemos en cuenta que Europa todavía contaba con amplias posesiones coloniales en África, Asia y Oceanía, los contagios en esas regiones se explican por dichos retornos. Todavía se debate dónde se originó el virus; pudo ser en China, Francia o Estados Unidos. De todas maneras, su arribo a las trincheras, ámbitos altamente insalubres, fue decisivo para su alcance global.

Más cerca en el tiempo, entre abril de 2009 y agosto de 2010, tuvo lugar la pandemia de la gripe A-H1N1. En catorce meses, el virus mató entre 151.700 y 575.400 personas, según el estudio realizado en los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades, adscritos al Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos: «Se produjo una estimación de entre 105.700 y 395.600 muertes por causas respiratorias, mientras que 46.000 a 179.900 muertes adicionales fueron atribuidas a complicaciones cardiovasculares», indica el informe. Tal oscilación de cifras solo puede ser indicador del problema que, aún en la actualidad, representa lidiar con muertes masivas y con datos que provienen de instancias intervenidas políticamente, como ministerios e instituciones que operan desde los Estados, y no a través de cuerpos académicos o investigaciones independientes. En cualquier caso, el número de fallecidos por este virus resulta elevado, aunque ciertamente incomparable con la pandemia de 1918-1919.

El mundo parece hoy amenazado nuevamente. El coronavirus 2019 (COVID-19) no es un juego, es una amenaza real. Sin embargo, la realidad es una construcción social y no resulta una verdad única, sino una percepción muy relativa. Todos los medios de comunicación del planeta poseen noticias que van y vienen sobre el tema, y no necesariamente sobre el problema. Algunos trabajos van aclarando el asunto, aunque se trata de esfuerzos que aparecen aplastados entre titulares bañados en cifras de contagios y muertes que figuran más una alarma que una certeza. Alarma no significa lo mismo que prevención, ni mucho menos solución.

Para una explicación más acertada de la amenaza real, especialmente desde Venezuela, recomendamos la lectura del artículo publicado en Prodavinci por los infectólogos Julio Castro y Carlos Torres-Viera, «El nuevo coronavirus: ¿Y ahora qué?»; o bien el trabajo de Luisa Salomón, también en Prodavinci, «Combatir la infodemia: ¿cómo informar de manera responsable sobre el Covid-19?». Consideramos de gran utilidad, igualmente, lo escrito por el catedrático de microbiología de la Universidad de Navarra, Ignacio López-Goñi, «Diez buenas noticias sobre el coronavirus», publicado en The Conversation, con un foco más amplio. En los trabajos de Castro y Torres-Viera, como en el de López-Goñi, se aprecia que la pandemia debe entenderse como el alcance geográfico del contagio, y no necesariamente como el apocalipsis de Guerra Mundial Z. Nos queda claro, por ejemplo, que la mayoría de los pacientes infectados se ha recuperado, y no han fallecido; que la tasa de mortalidad ha descendido en la propia China; que el virus fue identificado en apenas una semana (con el SIDA, por ejemplo, se tardó más de dos años); que el 80 % de los casos detectados son leves; que solo el 3 % de ellos ha tenido lugar en menores de veinte años (a diferencia del A-H1N1 que impactó duramente en los jóvenes);  y, lo más importante: que «el virus se inactiva fácilmente», como lo indica López-Goñi.

Ciertamente, «el virus puede ser inactivado de las superficies de forma eficaz con una solución de etanol (alcohol al 62-71 %), peróxido de hidrógeno (agua oxigenada al 0,5 %) o hipoclorito sódico (lejía al 0,1 %), en solo un minuto». Esto significa que hay que lavarse las manos con frecuencia, algo en lo que José María Vargas insistió mucho, como otros médicos en el siglo XIX, y que al parecer todavía es una materia pendiente entre muchas personas. Buena parte de los contagios de virus y bacterias en el mundo proviene de un asunto tan elemental como la falta de higiene. Si algo le debemos a la modernidad ha sido hacernos entender que por miles de años nuestra especie vivió en condiciones de insalubridad que redujeron la esperanza de vida a unas pocas décadas. No obstante, tal parece que eso no lo han entendido todos al mismo tiempo.

El mayor éxito de este contagio ha sido mutar en noticia común, en distracción vuelta encabezado, comidilla de redes sociales. El acceso a la información sobre el coronavirus cuenta ya con infinidad de entradas y enlaces, leídos con la misma voracidad con la que se consumen las imágenes de Instagram, o bien reproducidos en miles de mensajes que pasan de mano en mano con mayor asiduidad que la higiene que se necesita para mantenerse a salvo. La pandemia es de los tapabocas, supuesta protección que puede acelerar el contagio al facilitar que las manos se toquen la cara cada vez que se acomoda este accesorio. El Ministro de Salud de Singapur, Gam Kim Young, en una alocución ante el gobierno de su país, explicó de forma clara y didáctica que nos exponemos al contagio del coronavirus si los fluidos expulsados por un estornudo o la tos alcanzan nuestros ojos, nariz o boca, pero fundamentalmente podríamos contagiarnos si tocamos con nuestras manos una superficie antes expuesta a esos espasmos, y luego nos llevamos las manos a la cara. Es mucho menos probable que nos alcancen las gotas de un estornudo en la calle a que toquemos cosas que sí han sido salpicadas por toses. El virus puede sobrevivir varios días en cualquier superficie, de manera que al tocar un área que haya entrado en contacto con el virus, nos infectaríamos si luego nos tocamos la cara, lo que sucede con reiteración cuando utilizamos tapabocas, pues lo acomodamos con frecuencia. En resumen: lavarse las manos es la mejor prevención.

La misma indicación fue alcanzada ante la pandemia de 2009: higienizar las manos. El uso del tapabocas solo es recomendable si la persona está infectada, para evitar contagiar a los demás. Cuanto más se use el tapabocas en el planeta, más probabilidades hay de aumentar los contagios, especialmente si no se garantiza la higiene rutinaria (y ahora intensificada) de nuestras manos.

El coronavirus es una amenaza, sin lugar a dudas, y el asunto no es minimizarla. En Europa se están jugando partidos de fútbol a puertas cerradas, y eso no es un detalle menor en un continente donde el fútbol mueve miles de millones de euros. Pero esta amenaza no debe hacernos olvidar el dengue hemorrágico, el zika, o la chikungunya; y en la Venezuela actual se debe sumar a la difteria, la hepatitis, el HIV o la malaria. Esta última, según cifras del MPPS, registró en 2016 un aumento del 76,4 % con relación al año anterior. Datos de ONUSIDA indican que desde 2010 el HIV en Venezuela se ha incrementado en un 24 %, mientras que las muertes relacionadas con el virus han aumentado en un 75 % desde 2011. En el caso de la hepatitis C, en el país ha habido 113.500 muertes entre 2010 y 2015, según lo publicado por el propio MPPS. Estas cifras indican claramente que los venezolanos viven entre numerosos riesgos de contagios. Se trata de uno de los países más expuestos a estos virus en toda América Latina, pero no es el único. Tales enfermedades suman millones de muertes en la región, mientras el coronavirus apenas cuenta, por ahora, con unos pocos pacientes.

Los mecanismos de prevención recientemente desplegados en los países latinoamericanos parecen dar cuenta de una respuesta rápida ante la amenaza. No obstante, al comparar este nuevo contagio con los efectos de enfermedades emergentes y reemergentes que campean en la región, nos hallamos ante un teatro de contradicciones que no alcanza a borrar las muertes y afecciones de millones de personas por virus y bacterias que se pasean libremente y sin control desde hace varios años. Nunca antes una amenaza había despertado tanta atención ni campañas tan veloces. Mientras tanto, los vehículos de esos y otros contagios largamente arraigados en América Latina continúan compartiendo nuestra cotidianidad: carencia de asistencia médica, ámbitos insalubres, falta de continuidad en las campañas de prevención, o bien el descuido de hábitos tan elementales como el aseo personal.

Una buena parte de los contagios que nos afectan comúnmente llegan a través de nuestras manos. El gran descubrimiento de la modernidad, el aseo personal, es el medio más eficiente para prevenirlos. El incremento de la esperanza de vida en nuestra especie se hizo popular gracias al aseo, antes que la medicina. La salubridad es cuestión de disposición al respecto, asunto que pasa por garantizar el acceso público al agua corriente, por ejemplo. En países subdesarrollados, o ferozmente empobrecidos por Estados depredadores, el acceso al agua no es un derecho garantizado, y en ello los países latinoamericanos enseñan condiciones críticas. La falta de agua corriente afecta el aseo, pero también incide en los alimentos y en su preparación. El trato higiénico de los alimentos, que pasa por unas manos limpias, está condicionado por el acceso al agua, además del buen hábito de la higiene personal.

Preparar la comida con asepsia no es algo común en el planeta, y esto resulta más grave cuando se consumen animales, portadores de virus y bacterias que pueden atacar a los seres humanos y transformarse en enfermedades mortales para las cuales no existe cura. El acceso al agua corriente, así como los hábitos de higiene más elementales, no son una realidad global. Cuando cruzamos estas variables comprendemos que las epidemias no solo provienen de amenazas biológicas, sino que resultan de problemas sociales no resueltos. Inducir el miedo ante esos problemas es una forma de evadir su comprensión crítica.

El impacto real del coronavirus todavía está por evaluarse. Sorprende que haya alcanzado un lugar en tribunas supranacionales de forma tan veloz y que dispare mecanismos de aislamiento y prevención tan extremos como los que ha desplegado Italia recientemente. Los efectos en mercados y estructuras económicas nacionales, regionales y globales parecen responder a temores que hacen ver al dengue hemorrágico o al zika como apocalipsis irremediables. Sin embargo, el COVID-19 puede eliminarse con agua y jabón al lavarse las manos; la chikungunya, la malaria o el SIDA, por ejemplo, necesitan de respuestas mucho más elaboradas y de instituciones realmente comprometidas con la salud pública. El nuevo contagio que actualmente estremece al mundo ha enfermado bolsas de valores y economías nacionales con mayor letalidad que el propio virus.

La pandemia del coronavirus ha sido un eficaz dispositivo de temor que nubla la comprensión del problema. Su mayor expansión ha tenido lugar en los medios de comunicación que entre pacientes reales, y a estas alturas del siglo XXI, los medios son redes sociales que se apoyan en la multiplicación gratuita que cada individuo ofrece al repetir noticias que apuntan a conmover y asustar, antes que a informar con propiedad. Poca atención se presta a la baja mortalidad del virus, a los contados casos más allá del sur asiático, o la facilidad con la que se puede atajar el contagio. Como el Triángulo de las Bermudas en la década de 1970 o la amenaza nuclear de una década más atrás, el coronavirus ha servido como mecanismo de miedo y distracción, una peligrosa cortina de humo que bien puede ser utilizada como una imaginaria «arma biológica del imperialismo contra los pueblos», o como trampolín para el consumo de tapabocas.

Si pensamos en la pandemia de 1918, sin aviones que dieran la vuelta al mundo ni la movilidad global del presente, el COVID-19 es un peligro menor. No obstante, se trata de una amenaza real que debe comprenderse en su justa dimensión, evitando el miedo y combatiendo la desinformación. El asunto es prevenir como corresponde, y no convertirse en multiplicador del efecto velador que persigue una noticia que solo imanta miradas hacia portales y enlaces que están esperando visitas. El miedo también es una percepción, el efecto de algo que asusta, parte de una realidad que no necesariamente es igual para todos, sino para quien la percibe de esa manera. La construcción social del miedo no resulta solo por esa percepción: también es producida desde el poder, y su eficacia es directamente proporcional a sus intereses.

Este virus crece entre consumidores de distracciones, aquellos que desvían su atención hacia problemas que se previenen con higiene elemental. Otros problemas, esos que necesitan verdadera dedicación primaria, siguen acumulando fallecidos por millones en el mundo. Esta pandemia se combate con lavarse las manos frecuentemente; las que producen y explotan al desconocimiento y las desigualdades necesitan remedios más contundentes.

El COVID-19, como tantos otros contagios que provienen del contacto entre humanos y sus fluidos, puede mantenerse a raya con hábitos de higiene elementales. El aseo personal, que comienza por mantener las manos limpias, no logró imponerse de inmediato en el siglo XIX cuando se insistió en ello; miles de años sin pensar en asearse pesaban más que razonar sobre su utilidad. Su gran impulsor, paradójicamente, su la pandemia de la «gripe española». Buena parte de las generaciones impactadas por su irrupción incorporaron la necesidad de lavarse las manos con asiduidad. La lección, sin embargo, no parece haber sido aprendida del todo.

Los hábitos, como el miedo, no son naturalezas que florecen por la evolución de las culturas. Se inducen por diversas causas, y solo se reproducen si se encuentran alineados con los intereses del poder. Sobrevivir en el siglo XXI no pasa por tener miedo al contagio, sino por hábitos instaurados a mediados del siglo XIX que, lamentablemente, han sido menos exitosos que las redes sociales.

Fuente:

miércoles, 18 de marzo de 2020

HISTÓRICAMENTE, APESTADOS

102 años de la Gripe Española en Venezuela
Luis Heraclio Medina Canelón

Algunos cuentan la historia sólo como una sucesión de hechos militares: batallas, campañas, combates y alzamientos militares; como que si los únicos personajes dignos de mención son los generales y los soldados en general, pero los hechos trascendentes de una nación también han sido protagonizados por  la gente común, los maestros, los médicos, los periodistas, los estudiantes, en fin, gente que no se ha vestido de uniforme y que no ha empuñado un arma para matar a otro. 
Muy importante es la historia de aquellos que pusieron su vida en riesgo para salvar a los demás, como es el caso de aquellos centenares de médicos, enfermeras, religiosos, estudiantes, voluntarios y gente del común que se enfrentó a la mas devastadora de las pestes que ha sufrido Venezuela en toda su historia: La gripe española.

Ya hace ciento un años del evento más trágico de toda la historia de Venezuela:  la peste española de 1.918.  Ni la guerra de independencia, ni todos los terremotos juntos, ni las guerras civiles y revoluciones mataron a tantos venezolanos en tan corto tiempo.  Hace ciento un años la  gripe o peste española acabó con la vida de decenas de miles de venezolanos sin distinción de edades, clases sociales o profesiones, y prácticamente no es mencionada en los libros escolares de historia y son relativamente pocos los que hoy conocen de ella.

¿Qué fue la Gripe Española? 

La influenza o virus de la gripe existe desde tiempos inmemoriales.  Se le llamaba en los tiempos antiguos “influenza” porque se consideraba que era producida por la mala influencia de los planetas y cuerpos astrales sobre la maldad del mundo.  Es un virus que muta de vez en cuando, variando sus características y es endémica en algunas partes del mundo.  En Venezuela se registraron anteriormente otras epidemias de gripe pero no causaron tantos estragos.  Ahora bien, para 1.918 el mundo estaba enfrascado en la peor tragedia creada por el hombre:  la gran guerra europea o primera guerra mundial, como la llamamos hoy, que desde  1.914 llenaba de muerte, miseria y destrucción los campos y ciudades de Europa. Son los principales factores de propagación de la gripe el hacinamiento, la falta de condiciones de salubridad y  la debilidad de los enfermos.  Todos estos factores están asociados con la miseria y con la guerra.  

A todas estas, se produce un primer brote en Fort Riley, Kansas,  en la costa oeste de los Estados Unidos, en un cuartel donde se concentraban miles de soldados antes de partir al frente europeo.  La tropa, algunos con los primeros síntomas eran trasladada desde la  costa oeste norteamericana hasta los puertos del Atlántico estadounidense para seguir a Europa.  De allí por barco el virus fue llevado por soldados enfermos a Inglaterra y Francia donde eventualmente también contagiaron a británicos y franceses y luego a los enemigos alemanes y los otros aliados.  El virus encontró un excelente caldo de cultivo en los infelices soldados que sufrían las infernales condiciones de insalubridad de la guerra de trincheras: sin agua ni alimentación suficientes, sin baños, viviendo en madrigueras junto a cadáveres, ratas y piojos,  que año tras año se habían incorporado al paisaje.  Allí el virus se hizo más fuerte e infectó a todo a su paso.

¿Y por qué la llaman “española”?Es un lugar común que “las primeras víctimas de la guerra son la verdad y la información”.  En efecto, los países en guerra (Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Alemania, etc.) en esos tiempos de guerra tenían una fuerte censura de prensa: no permitían que ninguna noticia que pudiera desmoralizar o desalentar a sus poblaciones o  a sus tropas se diera a luz pública, por eso no permitieron que se conocieran las noticias de la epidemia en sus países.  Quizás esto fue otro de los factores que ayudó a la generalización de la epidemia.  En algún momento la gripe también llegó a España, que tiene extensas fronteras con Francia, pero éste país no estaba en guerra y gozaba de cierta libertad de prensa y expresión, por lo que las noticias e informaciones de la epidemia rápidamente se hicieron conocer:  “  Hay una peste en España.  Hay una pandemia en España.   La peste que hay en España….LA PESTE ESPAÑOLA¡¡¡¡¡ “   Y así, históricamente se conoce como española a una pandemia que había iniciado muy lejos de España: en un campo de reclutas del oeste norteamericano.

Por La Guaira llegó la peste

Como todos sabemos, España tiene fuertes vínculos comerciales y sociales con Suramérica, y especialmente con el Caribe, donde estuvieron  sus colonia predilectas, Cuba y Puerto Rico  que recién muy pocos años antes habían conseguido su independencia tras la guerra hispano-norteamericana.  Pues bien, en alguno de los tantos vapores mercantes que circulaban entre España y las antillas venía la peste, que eventualmente llegó al puerto de La Guaira a principios de  Octubre de 1.918.  El atraso de la Venezuela de esos tiempos era total, prácticamente todavía vivíamos en el siglo XIX.   Eran pocas o ninguna las medidas de prevención sanitaria que existían en  nuestros puertos, ya que lo único que le interesaba al gobierno de Juan Vicente Gómez era impedir la llegada de sus enemigos políticos.  No se previó la cuarentena de buques con enfermos ni ninguna otra medida preventiva.    Así se conocen los primeros casos en La Guaira el 10 de octubre;  si consideramos que el virus lleva unos pocos días para su incubación, debió iniciarse en la primera semana de ese mes.

Día a día la evolución de la peste

Las autoridades oficiales en los primeros días de la peste no le dieron mayor importancia; más bien, se podría decir que ocultaban o por lo menos minimizaban la gravedad de la situación.  En el BOLETIN DEL ARCHIVO HISTÓRICO DE MIRAFLORES (Nro. 107-108) podemos leer un telegrama enviado a Gómez el 16  de octubre  por Ignacio Andrade, ministro de relaciones interiores señala que:

 “…la novedad que han comunicado de epidemia es exagerada…sólo hay un catarro que dura dos días…”

 Poco a poco las autoridades militares se dan cuenta de que en los cuarteles gran cantidad de soldados caen enfermos  y dan las primeras alarmas.  El 17 de octubre todavía el director de la Sanidad Nacional José A. Tagliaferro le telegrafía a Gómez:

 “La epidemia de gripe es sumamente contagiosa pero no presenta ninguna gravedad…muchos enfermos la pasan caminando y no se registra ningún caso fatal”

El 18 de octubre se constata la aparición de la gripe en Caracas.  Para el 20 de octubre la gripe se ha esparcido por toda la Guaira, tanto así que se tienen que despachar por tren médicos a ese puerto porque todos los galenos guaireños están en cama.  Ante todas estas informaciones Gómez, en su refugio de Maracay,  entra en pánico y el 21 ordena al presidente provisional Marques Bustillos:

 “para evitar que estos lugares de por acá, se contagien también con la referida epidemia, dicte las medidas respecto de pasajeros y mercancías que vengan por tren para estos pueblos del centro, que interesa salvar a toda costa de la referida infección”

Inmediatamente se hace lo que se debió ejecutar mucho antes: se establece un cordón sanitario en Antímano para pasajeros y mercancías que viajen por tren, automóvil, caballo, carreta,  arrieros, etc., que salgan de Caracas hacia el centro por esa vía.  El 25 de octubre Gómez ordena la destitución del médico de Sanidad del Puerto de La Guaira por no aislar al puerto.

Para el 26 de octubre la gripe ha llegado al Castillo de Puerto Cabello, donde la cuarta parte del personal se encuentra enfermo y el jefe de la fortaleza telegrafía al dictador:

  “no sabemos cuántos más caeremos de hoy a mañana, que Dios meta su mano y nos ampare de esta epidemia que se nos ha presentado”

La gente acudía a los remedios caseros y tradicionales, bebían limonadas y hacían ungüentos con limón que se untaban en el cuello y el pecho.  .  Se tomaban gárgaras de agua oxigenada y también la usaban para lavarse las manos. El 25 de octubre empiezan a aparecer los muertos tirados en las calles de los barrios más pobres de Caracas.  Se prohibieron las reuniones públicas, procesiones, funciones de cine, ópera y teatro y corridas de toros. Se suspenden las clases a todo nivel.  Se colapsaron por falta de personal las funciones de los tranvías, telégrafos  y las centrales telefónicas.  Los médicos prohibieron besos y abrazos.   El gobierno prohibió a la prensa hablar de la peste, pero la Sociedad Médica de Caracas convocó por prensa a una asamblea para tratar la epidemia.

En Caracas un médico de origen judío, el dr. Aarón Benchetrit recomendaba un tratamiento con purgante de aceite de ricino y desaconsejaba los antipiréticos.  Aseguraba estar curando a muchos pacientes con este tratamiento,  Desde los EE.UU. algunos venezolanos comentaban que en el Norte se usaba con éxito un tratamiento similar, pero  el gremio médico en general  no está de acuerdo y se produce un agrio enfrentamiento entre Benchetrit y el resto de la comunidad médica que es partidaria de los tratamientos tradicionales.

En la capital, para principios de noviembre, ya los decesos diarios se acercan a cien.  Se agotan las urnas.  El desfile de carros fúnebres de los más pudientes y de vulgares carretas llenas de cadáveres hacia el cementerio es continuo, día y noche.   Se dan varios casos de humildes enfermos inconcientes  que aún con vida fueron confundidas con los cadáveres y se las fue a enterrar, pero por un ataque de tos fueron rescatados de la fosa común. 

 El arzobispo de Caracas,   Felipe Rincón González, logra que los presos de la Rotunda que habían permanecido sin ningún tipo de atención médica reciban la visita del dr. Rafael Requena, quien les lleva medicinas, cobijas, franelas y alimentos, pero el Dr. Requena cae enfermo también.

Se prohibió cualquier visita a los hospitales y sólo los parientes más inmediatos podían acompañar los entierros.  Se agotan los ataúdes; los fallecidos del hospital Vargas son enterrados sin urnas en fosas comunes en un terreno habilitado para tal fin en las inmediaciones del cementerio de Caracas; se le conoce desde entonces como el sector de “La Peste”.

Se ordenó la desinfección general de tranvías, trenes, oficinas públicas y locales privados con la  utilización masiva de formol y creolina.  Las farmacias también se estaban quedando sin empleados y un grupo de estudiantes voluntarios comenzó a suplir a los empleados enfermos en las boticas.

Las condiciones de escasa higiene de cuarteles, cárceles  y hospitales contribuyen a la virulencia de la peste, los soldados enfermos en sus catres carecen de vasos de cama y sus excreciones eran depositadas en el suelo, lo que saturaba el ambiente, enfermando a médicos y enfermeros.  Los médicos aprecian que la mayor parte de las muertes se producen en el período de convalecencia y no en el período agudo, por lo que recomiendan especial cuidado en la recuperación.

La universidad había sido clausurada por la dictadura, por lo tanto la primera institución científica del  país tenía sus puertas cerradas.  Muchos de los más ilustres médicos y de los mejores estudiantes habían tenido que ir al exilio o estaban presos.  Se constituyó una Junta de Socorro compuesta por el arzobispo Mons. Felipe Rincón González, Vicente Lecuna, Santiago Vegas, Dr. Luis Razetti, Dr. Francisco. Antonio  Risquez, Dr. Rafael Requena, entre otros, encargada de coordinar toda la lucha contra la epidemia.  Treinta mil enfermos había en ese momento en Caracas.  

Los doctores José Gregorio Hernández y Luis Razetti declaran  públicamente que lo que está matando a tanta gente no es la gripe propiamente dicha sino el estado de absoluta pobreza y miseria en que viven la mayoría de los venezolanos, mal alimentados y con escasa o ninguna condiciones de higiene, muchos con padecimientos crónicos de paludismo y tuberculosis.

Ante el clamor y la protesta de los galenos se instalaron cocinas populares que repartían alimentos cocidos a los pobres. Oscar Yanes (“Memorias de Armandito”  p. 198) cita el caso de niños de hasta doce años que jamás habían tomado leche y hombres y mujeres que nunca habían comido carne.

Con su universidad cerrada desde seis años atrás los estudiantes que no están enfermos se organizan para recolectar alimentos y medicinas que reparten en las barriadas más populares de la ciudad. Pocaterra recuerda aquellos miserables barrios donde llevaron su asistencia los muchachos de la clausurada casa de estudios: Camino Nuevo, Placer de Palo Grande, San Isidoro, Pueblo Nuevo, Caserío de la Fábrica de Vidrio, Imataca, Bulevar de Cristo, Caserío del Instituto Anatómico, Casa Madre, Sabana del Blanco, Alto de las Niguas, Bloqueo, Bajo la Tierra, Horno Negro, muchos nombres que ya no se recuerdan en la capital.

Para el 1ero de Noviembre la peste llega a Ciudad Bolívar, la trae un barco proveniente de Trinidad, donde se había desatado días antes.

En vista de la emergencia nacional, el gobierno eroga una cantidad extraordinaria de quinientos mil bolívares para cubrir la contingencia.  Se le pide al dictador, que ya se perfilaba como el hombre más rico de Venezuela,  alguna donación de su inmenso peculio particular en dinero, pero Gómez, hace gala de su egoísmo negándose a ello y señala por vía telegráfica al presidente provisional Márquez Bustillos:
“creo que por el momento no es oportuno, la suma que ha dado el gobierno, bien administrada, juzgo suficiente para llenar el objetivo que se ha propuesto el gobierno”

La gripe en Lara y centro-occidente

La peste entra a Barquisimeto por Duaca a principios de Noviembre. Seguramente el virus llegó en algún pasajero del tren Tucaras-Barquisimeto.  El día 3 el presidente del estado, David Gimón, telegrafía al dictador avisando de la suspensión de los trabajos en las carreteras:

“Invadido ya el Estado por la gripe española por Duaca y amenazado por la vía de Maracaibo he suspendido trabajos carretera, dejando únicamente los trabajadores en los puentes…”

El día 16 Gómez ordena al presidente del estado publicar una “ADVERTENCIA” emitida por la Junta de Socorros del Distrito Federal sobre el peligro de las recaídas, que pueden resultar fatales. Se recomienda una estricta observancia de las normas higiénicas y terapéuticas en la convalecencia, etapa  muy peligrosa de la gripe.

El 27 de Noviembre desde Nirgua la Junta de Socorro implora a Gómez por recursos ya que no existen en esa población medios para socorrer a los pobres.

El 28 el dictador recibe otro telegrama en que se le informa, desde Nirgua, que ese distrito está completamente invadido por la enfermedad.

Para el 26 de noviembre un telegrama enviado desde Duaca hasta Maracay señala:

“El terrible mal de la gripe invadió toda la Línea Ferroviaria, ocasionando muchas víctimas entre sus moradores, sobre todo en el Distrito Bolívar (Aroa) y sus campos,y en este y sus vecindarios”

“El tráfico estuvo casi interrumpido por dos meses”

El avance de la peste

En Maracay cae en cama enfermo el hijo predilecto del dictador, el coronel Ali Gómez.  Para el 4 ya la peste había llegado a Margarita. En todas partes los trabajos están interrumpidos o suspendidos: tranvías, telégrafos, comercios  y carreteras se quedan sin operarios por la enfermedad. El caos es total.   El comercio sufre severas pérdidas por el cierre de sus establecimientos y los productores agropecuarios cercanos a la capital padecen igual por el cordón impuesto sobre Caracas ya que no pueden comercializar sus mercancías.  Muchos están a punto de la quiebra.  Se producen algunos suicidios en Caracas.

Para el 5 de Noviembre la gripe azota el Zulia; seis mil casos declarados para esa fecha. El Zulia no tiene recursos para atender la enfermedad y Santos Matute Gómez, presidente del estado telegrafía al dictador en estos términos:

“Extendida la gripe de modo alarmadísimo hasta llegar a seis mil casos y teniendo muy pocos recursos de qué disponer, le suplicamos prestar su decidido apoyo monetario y su valiosa influencia con el gobierno nacional a favor parte menesterosa que padezca por falta alimentos y medicinas.”

Ya para esa fecha la peste había llegado a los pueblos de Aragua.  El 7 muere Alí Gómez hijo predilecto del dictador y vicepresidente del estado Aragua.  En esos días también muere un hermano del dictador que nunca se nombraba.  .

En Carabobo, el presidente del estado, el general andino Emilio Fernández, quien gobernaba con puño de hierro la entidad, de manera precipitada huye del estado, sin avisar a sus subalternos, no deja encargado del ejecutivo ni disposición alguna para enfrentar la crisis. El general se refugia en las afueras de Los Teques mientras cunde el caos en todo Carabobo.  A todas estas, el secretario general de gobierno Luis Eladio Contreras, le telegrafía desesperado a Gómez:

“…mi deber me obliga a decirle la verdad

…Valencia se considera abandonada moral y materialmente por su presidente en estos momentos conflictivos para ella, y su indignación puede estallar en una manifestación del pueblo …, pues carece de recursos para atender necesidades de la actual epidemia y él ha marchado sin resolver nada en concreto y dejándome sin acción, pues ni siquiera me avisó que se iba. 

El pueblo en masa prorrumpe en una sola queja…según opinión médica tenemos aquí para hoy 5.000 atacados de gripe.”

Gómez, sin salir de su madriguera a su vez telegrafía al presidente de Carabobo a su refugio de Los Teques y le ordena que salga de su escondite y se ponga al frente de su estado:

…hay como 5.000 casos de gripe en Valencia y la ciudad se encuentra justamente alarmada…inmediatamente para allá …para dictar todas las medidas necesarias para combatir el mal y ….   Avíseme salida  

J.V. Gomez

Al poco tiempo, el general Emilio Fernández, vengativo,  destituye al secretario Luis Eladio Contreras.

Para el 11 de Noviembre Maracaibo está siendo azotada por la peste; los muertos diarios pasan de 50 y no hay recursos ni económicos ni materiales para atender la emergencia.  Todos los jefes y oficiales así como el médico del Castillo-prisión  de San Carlos en el lago se encuentran enfermos.  El obispo del Zulia telegrafía a Gómez implorando por los recursos.

Para el 23 las autoridades del Táchira reconocen que está dando un “catarro muy fuerte con mucha calentura”.  Cae enfermo Eleazar López Contreras, quien salvará su vida.

El 28 de noviembre la gripe se extiende con fuerza  por Falcón, Yaracuy Guárico  y Cojedes.  Las juntas de socorro establecidas en todas las ciudades carecen de recursos y piden donaciones al dictador. Resulta conmovedor leer los telegramas de tales juntas transcritos en el BOLETIN DEL ARCHIVO HISTÓRICO DE MIRAFLORES, implorando por limosnas para el pueblo pobre que de mengua y hambre moría por docenas.

Poco a poco en los lugares donde se había iniciado el virus, van bajando los índices de morbilidad y mortalidad. El 29 de Noviembre, casi dos meses después de iniciada la pandemia, se declara extinguida epidemia en el puerto de La Guaira, primer foco de infección. 

A fines de diciembre ya la situación estaba casi normal en Caracas.  Para fin de año se permitieron las reuniones públicas, el cine, la zarzuela, y los toros.  Los esbirros volvieron a sacar a los presos-esclavos a construir carreteras y se normalizaron tranvías y trenes.   Progresivamente irá pasando por todos los pueblos y ciudades del país hasta inicios  de 1.919, aunque en los pueblos alejados de las ciudades el proceso ocurrió más tarde. Los últimos casos registrados fueron en Mucuchíes en Febrero de 1919. Ochenta mil venezolanos murieron en el lapso de unos tres meses, muchos más víctimas de su debilidad, falta de alimentación e higiene y pobreza en general, que potenció los estragos de la influenza.

Fuentes:
 “Boletín del Archivo Histórico de Miraflores” Nro. 107-108.  Abril-Diciembre de 1.979.  Imprenta Nacional.  Caracas.
Colombet, Miguel.  “Documentos que hacen historia”  Editorial Alfabeto.  Valencia, 1.966
Fernández, Carlos Emilio.  “Hombres y Sucesos de Mi Tierra” Madrid. 1.969
Fraino Cordero, «San Carlos Medio Siglo Atrás» Ediciones Rió Tirgua. San Carlos. 1976
Pocaterra, José Rafael. «Memorias de Un Venezolano de la Decadencia» Tomo 1. Editorial Elite. Caracas. 937
Quiñones, Pedro. «Cuando la Medicina Entró en la Historia de Venezuela». Instituto Nacional de Publicaciones. Caracas. 2010
Yanes,  Oscar.  “Memorias de Armandito” Editorial Planeta.. Caracas 2007.

Reproducciones:
1.- Fort-Riley-Kansas.
2.- Puerto de La Guaira.
3.- Muertos en las calles.
4.- Las cocinas establecidas por las Juntas de Socorro.
5.- El general David Gimón, presidente del estado Lara para 1918.
6.- El coronel Alí Gómez, hijo del dictador, muerto durante la epidemia.
7.- Familia desamparada. Consecuencia de la guerra. Fotografía: Avril (1903).
8.- Interior del Hospital Vargas. Departamento de Mujeres. Caracas (Estereoscopio Venezolano).

Fuente: