José Rafael Pocaterra, cronista de la gripe española
Jesús Piñero
Una crónica basada en las Memorias de un venezolano de la decadencia nos acerca a la Venezuela de 1918, cuando la gripe española hacía estragos y el hombre fuerte se refugiaba en su escondite, mientras la gente moría de mengua. Un relato para tiempos de pestes y dictaduras.
Cuando nadie se lo esperaba, la peste vino a empeorar las cosas. Como si el fin de la Gran Guerra en Europa no hubiera dejado ruinas. Como si con Gómez no fuera suficiente para Venezuela. La gripe española se propagaba por todo el mundo y de inmediato ocupó las páginas de la prensa opositora que, a pesar de estar censurada, no dejaba de circular de forma clandestina. En Caracas se editaba y se imprimía Pitorreos, el periódico que ridiculizaba con sátiras al gobierno. Uno de sus socios y principales escritores, José Rafael Pocaterra, concibió la pandemia como un nuevo flanco para contrarrestar a la tiranía que huía de la mortífera influenza, nacida en un campamento militar de los Estados Unidos.
Pero Pocaterra no se burló como solía hacerlo la línea editorial del periódico dirigido por Francisco Pimentel, también conocido bajo el seudónimo de “Job Pim”. Denunciaba el abandono de Gómez hacia el país. “El amo de los venezolanos, el ‘hombre fuerte y bueno’, que ama a sus compatriotas y tiene tres lustros sacrificándose por ellos, huyó a refugiarse en su caverna, estableciendo prevenciones ridículas”, escribió en las Memorias de un venezolano de la decadencia, que publicó años más tarde. Maracay, la ciudad elegida por el dictador como sede de su poder, no estuvo exenta de la gripe española. Allá murió su hijo Alí y, según el testimonio de Pocaterra, el tirano ni siquiera quiso verle por temor al contagio.
En Caracas la peste hizo desastre. Una mañana, a mediados de octubre, llegó a La Guaira y allí empezó la gira nacional. “Un caso, dos, tres, seis, cien. Sobre la capital cayó como una niebla. La ráfaga barrió implacable desde los extramuros hasta el centro”. Muertos y enfermos, un cuadro oprimido, signa los testimonios de los cronistas de la época, siendo, el de Pocaterra, el relato que más nos aproxima al momento, tal vez por sus descripciones tan vivas y grotescas. El frío de noviembre facilitó el contagio y ante el arribo de la gripe a los valles de Aragua, el general Gómez salió disparado a San Juan de los Morros.
La tribu familiar lo siguió, entre ellos su hermano Juanchito, entonces gobernador del Distrito Federal: “El ‘héroe de diciembre’, por falta de abnegación rudimentaria, de noción de responsabilidad, con mayor miedo a las toses que ahogan a los tiros que oró siempre desde lejos, voló a refugiarse en una aldea de aguas sulfurosas que está ante el abra de los llanos”.
En Caracas los gomecistas también se enclaustraron. Victorino Márquez Bustillos, presidente de la república desde 1914, se mudó a Los Dos Caminos, temiéndole más al tirano que a la pandemia. La capital era presa de la represión, sobre todo hacia las obras pías que atendían a los contagiados. El miedo a perder el poder era el móvil de sus armas.
Delgado Briceño y Pedro García estaban ciegos de poder. Su inquisición no discriminó entre conspiradores y castos. En tiempos de caos, todos son culpables. Persecuciones infantiles, acusaciones sin sustento y sospechas baldías llevaron a una anarquía local. Pero el orden impuesto por el Benemérito no era desobedecido. El Estado vivía de la disciplina que se impuso por la fuerza contra los caudillos. Recluido en Guárico, sin recibir a nadie ni regresar a su morada en Maracay, su palabra seguía siendo ley. Sus designios tampoco tardaron en escucharse en la sede de Pitorreos y hasta allá llegaron las inculpaciones. Los escritores estaban en cama. Los cajistas trabajaban solos en las ediciones. También hubo aquellos que más nunca se levantaron: los poetas Carías, Ríos y Gorrondona, asiduos colaboradores.
Entre las asechanzas policiales, también cundía la corrupción y la miseria. La junta recaudadora se peleaba con la gobernación por los bolívares colectados. El celador del cementerio hacía su agosto con la profanación: “Desenterraba los muertos ricos para revender las urnas, que, como artículo de primera necesidad, estaban por las nubes”. Sin leyes y sin gobernantes, el país se hundía en la decadencia. Alguien tenía que dejar registro. Pocaterra apunta que la indiferencia gubernamental era tal que “¡No se les vio en una obra de caridad, en una recaudación pública, en el ejemplo vivo que hasta el último limpiabotas daba llevando víveres y medicinas por los vecindarios!”. La gripe mataba a los buenos y no a los canallas.
Tal vez, de esa sociedad corrompida salió Panchito Mandefuá, su célebre personaje. Ejemplo de sensibilidad como forma de denuncia, que conmueve con su historia y realza los valores y principios que parecen perderse: “Este conjunto de circunstancias hizo erguirse la vieja Caracas, que halló en sí misma recursos y que vio a todas sus clases en una comunión sagrada, desde el licenciado Aveledo hasta Juan Nadie, arrojarse valientemente a socorrer a los hermanos en desgracia, sin temor al peligro común”. Los universitarios lideraban las obras pías, las labores sociales, las cruces rojas filantrópicas ultrajadas por la tiranía. Todos sin poder estudiar, ya que la Universidad Central estuvo clausurada desde 1912 hasta 1923.
“Un grupo de niñas valerosas abrió un local y púsose a la obra de preparar medicinas y organizar servicios de alimentación. Mientras Caracas alimentaba y curaba y hasta remitía dinero y recursos para otras poblaciones del interior atacadas ya por la epidemia, Gómez, sus familiares y sus jenízaros engullían en San Juan de los Morros tajadas de buey y esperaban los periódicos de la capital, previamente desinfectados, para enterarse de los ‘muérganos centrales’ que se iban muriendo”. Generaciones marchitas, sin florecer, con grilletes que se soldaban por doquier. Esos eran los tiempos turbulentos del general Gómez.
Un día de noviembre de 1918, Pocaterra se anotó junto a 15 estudiantes en las jornadas sociales que realizaban para atender a los contagiados de la gripe española en Caracas. La experiencia le permitió vivir en primera persona una realidad desconocida en la urbanidad caraqueña, la miseria del gomecismo. El recorrido empezó en el Dispensario de la Cruz Roja en Tienda Honda, que era administrado por el Consejo Central de Estudiantes. Un bunker de medicinas y víveres para repartir en las adyacencias del centro capitalino. Varias zonas todavía conservan sus nombres. Otras ya no. Agua Salud, Catia, Guarataro, Santa Rosa, Sarria y Pagüita eran algunos de los más de 40 sectores beneficiados con la caridad universitaria. 17 automóviles se despachaban del dispensario para suministrar los recursos.
Dice Pocaterra que era una obra de muchachos acomodados, que decidieron tender la mano a los menesterosos, muertos de hambre y de enfermedades: “Se tendrá una idea de lo que significan los estudiantes de Caracas en la actual epidemia al constatar que ellos tienen a su cargo el reparto de víveres, la asistencia médica y el despacho de fórmulas a domicilio (…) Y cuando ocurre alguna defunción en uno de estos lugares y se solicita auxilio, parte inmediatamente un automóvil con la urna respectiva, que se fabrica en la carpintería de la esquina de La Palma, y que se envía del mismo modo que el carro mortuorio especial”.
Las condiciones que hallaban eran diversas, pero todas infrahumanas. Escenas que luego recreó en algunos de los relatos que conforman el volumen de Cuentos Grotescos publicado en 1922. De las casuchas sacaban banderitas, y así sabían quién necesitaba. Era la señal de auxilio. Comparó el arte y la literatura europea con la realidad venezolana: “(…) rostros de pena, de hambre, de demacración; rostros que habíamos visto sólo en el Greco, en Goya, en los aguafuertistas alemanes del siglo XVI o en aquella procesión del hambre y de la peste que trazó la mano tremenda de Gustavo Doré; obreros cruzados de brazos, junto al taller abandonado, pálidos como espectros, llenos de fiebre, de vergüenza, de ansiedad”.
Incredulidad, ironía, desprecio y amargura también hallaban. Pero los muchachos no se molestaban tampoco. Entendían que habían sido engañados y ultrajados. “(…) comprendo la sorpresa dolorosa de esos muchachos, su buena fe maltratada y admiro más todavía que eso no influya para desanimarlos (…) Esas amarguras de la hez tienen su origen, nacen y brotan del terreno agrio, infecundo y torpe de la educación”. En otra casa conversa con un hombre honrado. Un herrero conocido en la zona que esperaba junto a sus tres hijos pequeños:
—A mí me da vergüenza señor —y tenía los ojos llenos de lágrimas rabiosas contra el destino—. Estoy solo, la madre está en el hospital. Me dicen que ha muerto. Usted ve: yo no podía tenerla aquí, grave. Deme algo, présteme algo, para esta tos que me va a matar a las criaturitas, para mí…, ya que ella habrá descansado de esta pobreza. Yo trabajaré, yo les pagaré algún día. Un Hiero, cualquier cosa de automóvil…
Durante el trayecto hacia Caracas, no paró de llover. Calles desoladas, abastos y casas cerradas. Un par de sujetos con sobretodos hablando sobre la guerra que terminaba en Europa. Indiferentes al hambre de la montaña que acaba de ver. Eran dos realidades desconocidas mutuamente. Al pasar por Santa Teresa, la sombra del gran muro amarillo lo sacó del velo que traía. La Rotunda se ubicaba en la actual plaza La Concordia. Allí, sin alimentos ni medicinas, sus condenados, con grillos entre 40 y 60 libras, recibieron la muerte, pero ella pasó de largo. No les dio el lujo de llevárselos consigo. En unas cuantas semanas el mismo Pocaterra lo certificó, al ingresar como prisionero en enero de 1919.
***
Los fragmentos, datos y referencias de este relato se encuentran en el capítulo XIX de Memorias de un venezolano de la decadencia, testimonio escrito por José Rafael Pocaterra.
Fuente:
https://prodavinci.com/jose-rafael-pocaterra-cronista-de-la-gripe-espanola/?fbclid=IwAR2Gww-f59cEFan80_zyTkNZgudTFfVjRHR11b7oFE-u-2ZtCsRKj-dp5UY
Fotografía: Sala de gripe del hospital Walter Reed. Circa 1918. Fotografía de Harris & Ewing | Library of Congress.
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jueves, 2 de abril de 2020
domingo, 29 de octubre de 2017
COMO TRAGEDIA Y FARSA
La historia se repite
Nicomedes Febres
* Terminando el tercer tomo del libro “Memorias de un Venezolano en la Decadencia” de José Rafael Pocaterra, un libro testimonial con el lujo de detalles propios del positivismo en boga durante la dictadura de Gómez, encontré esta frase del autor de hace 100 años, mientras estaba preso en La Rotunda y en relación a su época: ”Hay en las cosas y en los hombres tanto de heterogéneo y de incoherente que si no estuvieran sacando muertos de aquí (La Rotunda) y dando palo y robando y vilipendiando al país difícilmente podría escribirse en serio la historia de esta época. A Gómez le traen al mismo tiempo la ley de elecciones, una carta autógrafa del káiser y dos vacas enanas de la Guajira”. Lo traigo aquí para que vean ustedes como nuestras tragedias se repiten por la misma causa: la ignorancia de la gente y que cada quien quiere ser el jefe en la oposición. Digo además que éste régimen es con mucho, peor que el gomecismo en su peor momento. Peor en sus torturas, asesinatos y sacrificios de las presos políticos. Peor en la piratería de sus intelectuales, que no sirven ahora ni para escribir una esquela mortuoria, o pintar un cuadro suficiente o escribir el guion de una obra teatral o de una película pornográfica de medio pelo. Imposible que sean más infames en las ejecutorias de sus diplomáticos que pasan del analfabetismo funcional a ser secuaces del terrorismo global y desconocen las normas elementales de convivencia. Y así en los campos que usted elija, además Gómez, pese a sus simpatías por el Kaiser, jamás involucró al régimen contra la Historia de Occidente, ni Venezuela fue una nación delictiva dirigida por terroristas y narcos.
* La foto de hoy es un aviso del año 1929 aparecido en la revista Elite promocionando la venta de terrenos en la urbanización El Conde, tal como dice el aviso, a 5 cuadras del mercado de San Jacinto, ubicado a una cuadra de la Plaza Bolívar. Era una urbanización para la clase media, donde en los planos de la vivienda no estaba incluido el garage para los vehículos, privilegio inicial que le correspondió a la urbanización Los Rosales, pocos años después, y ambas construidas por Juan Bernardo Arismendi, el gran constructor de Caracas en esos años, urbanizaciones que estaban surgiendo gracias al crecimiento fiscal por el petróleo. En la Caracas de Gómez, como ahora, no se construyó ni un edificio público porque todo estaba destinado a Maracay, la ciudad de sus intereses pecuniarios. Caracas era entonces del mismo tamaño desde su fundación y El Conde era una hacienda de caña propiedad del general Guzmán Blanco y la llamaron así en homenaje a la condadura francesa otorgada al Ilustre Americano. Vainas de sapo rabuo digo yo. Las cosas en Venezuela cambian tanto para que no cambien, que por ejemplo la Hacienda Guayabita, la de los toros de casta, ha sido sucesivamente y por volapié, del general Páez, luego del general Guzmán Blanco y después del general Gómez, por ese arte de birlobirloques que son la justicia y la ley en Venezuela y la lenidad en los castigos a los corruptos. Las crónicas y las pocas fotos viejas de esa zona tomadas desde el cerro de La Charneca o Marín solo muestran los escombros del lazareto de Caracas y las crónicas de allí son dantescas porque los hombres y las mujeres enfermos de lepra querían violentar las rejas que los separaban para consolarse mutuamente, hasta que vino mi amado obispo, el sevillano Diego Antonio Diez Madroñero en la segunda mitad del siglo XVIII, quien puso orden en el relajo caraqueño y metió en cintura a los habitantes de la ciudad. Si yo tuviera que hacer un gabinete All Star de la Historia criolla les aseguro que Diez Madroñero sería mi ministro del Interior, el viejo Arismendi estaría en Obras Públicas con el doctor Liendo Coll en Sanidad y con el doctor Calvani en la cancillería. Mejor no sigo porque se me acabó el espacio y me puede sobrar mucho la imprudencia.
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Nicomedes Febres
sábado, 29 de octubre de 2016
NOTICIERO RETROSPECTIVO
- Rafael Caldera. "El mito de Sísifo". El Universal, Caracas, 22/07/1987.
- Descubren plan para asesinar a Diego Arria. El Nacional, Caracas, 08/08/74.
- Carlos del Vecchio, el liro de Petkoff y los elogios de Canache Mata. Tribuna Popular, Caracas, 09/10/69.
- Marcelino Bisbal. "Lo que ya no será jamás como antes". El Diario de Caracas, 07/04/89.
Reproducción: José Rafael Pocaterra niega la censura de prensa por entonces prevaleciente. El Nacional, Caracas, 28/02/1950.
- Descubren plan para asesinar a Diego Arria. El Nacional, Caracas, 08/08/74.
- Carlos del Vecchio, el liro de Petkoff y los elogios de Canache Mata. Tribuna Popular, Caracas, 09/10/69.
- Marcelino Bisbal. "Lo que ya no será jamás como antes". El Diario de Caracas, 07/04/89.
Reproducción: José Rafael Pocaterra niega la censura de prensa por entonces prevaleciente. El Nacional, Caracas, 28/02/1950.
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