domingo, 1 de marzo de 2020

TENSANDO EL ARCO

Milicianidad
Luis Barragán

La tal constituyente dijo sancionar o promulgar, o ambas cosas a la vez, la denominada Ley Constitucional de la FANB, cuya versión – antes y después – luce aún inaccesible, como lo es la propia Gaceta Oficial usurpada. La legítima Asamblea Nacional,  cuyos órdenes del  día frecuentemente son cuestionados, abordó la normativa fiscal y tributaria que aquél parapeto aprobó en su momento, quedando todavía pendiente hacerlo con la particularísima reforma militar que exige un mensaje de precisión, sobriedad y claridad del liderazgo opositor.

Incluso,  la Comisión Permanente de Defensa del parlamento, a la que pertenecemos, ya debidamente instalada,  debe considerar tan delicada materia que, en evidente violación  a la Constitución, sabe de la reciente jerarquización institucional de las milicias, afectando a la misma corporación castrense. No obstante, existe una legislación municipal y también laboral que las contempla, esperando  el régimen por consagrarla en todas las universidades, lo que equivale – por consiguiente – al sometimiento de la población desavisada a la jurisdicción miliar.

Entendemos a las milicias, o fuere otro el eufemismo, como una fuerza, personal o contingente de empleo eventual, espontáneo y, por tanto, no profesional o especializado, capaz de aportar sus esfuerzos, sin afectar el desempeño cotidiano, oficio o profesión de sus miembros. No obstante, como se le ha improvisado por  todos estos años, añadida ahora la exacta imitación de la fórmula cubana, paradójicamente se impone su profesionalización, etérea todavía la ubicación y  especialidad aspirada en el sector defensa.

Sabemos de una multifuncionalidad de las milicias conocidas, mano de obra BBB (buena, bonita y barata), recurso de supervivencia para muchos, que igual se desempeñan en la recepción de los boletos del metro caraqueño, protagonizan  las campañas de terrorismo psicológico con su entrenamiento (serio en las fronteras, en nada respecto al  resto del país), animadas para el espionaje y la delación, o lo que se dio en llamar grandilocuentemente inteligencia social. 

Sentimos, la institucionalización en cuestión es la de la  precariedad y, aunque la estampa de todo miliciano así lo corrobore, no es difícil imaginarse lo que acarreará su financiamiento de igual o mayor opacidad de compararlo  con  las adquisiciones de la Fuerza Armada, mientras hay soldados desnutridos. Vicisitudes del Estado Cuartel que cede el paso a otro estadio antes impensable, por cierto.

Cfr.

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