martes, 7 de abril de 2020

LA ACTUACIÓN DILIGENTE

El planeta como gran laboratorio
Montserrat Gomendio / El Mundo

A medida que la pandemia del Covid-19 se extiende, los gobiernos de los países más afectados toman medidas drásticas que pretenden frenar en seco los contagios. En muchos casos, ello implica el confinamiento de la mayoría de la población en sus hogares y el cese de gran parte de la actividad social y económica (excepto la virtual), como ocurre en España desde hoy. Así pues, un número cada vez mayor de países se va sumando al apagón, con la esperanza de cortar rápidamente la pérdida de vidas y disminuir el número de contagios, hasta acabar con la epidemia. El problema es que la evidencia disponible sugiere que la lucha contra el coronavirus podría durar más de lo que la mayoría de los gobiernos reconoce. Es importante entender por qué, con el fin de poder elaborar estrategias realistas a medio-largo plazo y para que la población ajuste sus expectativas. Esta crisis nos enfrentará a dilemas mucho más difíciles de los que han supuesto epidemias anteriores, pues las estrategias más eficaces para controlar la expansión del coronavirus tendrán un coste económico y social enorme, cuya sostenibilidad a largo plazo hay que calibrar.
¿Qué hemos aprendido en los meses transcurridos desde la aparición de este nuevo virus denominado SARS-CoV2? Vayamos por partes.
La pandemia del coronavirus se originó en Wuhan (China) y se extendió rápidamente por todo el mundo. Sin embargo, el impacto está siendo muy diferente en distintos países. España se encuentra entre los países más afectados: tiene una de las tasas de crecimiento en el número de contagiados más rápida del mundo, la proporción de fallecidos en relación a los casos detectados es elevada, y la proporción de personal sanitario contagiado es también una de las más elevadas. Lamentablemente, desde el 25 de marzo pasó a ser el segundo país en número de fallecidos después de Italia, superando a China. Es fundamental comprender las causas por las que la pandemia se ha ensañado aquí.
El Covid-19 es muy difícil de detectar, porque la mayoría de las personas infectadas no presentan síntomas o son leves. Por lo tanto, en ausencia de medidas que restrinjan el movimiento de toda la población, la mayoría de los portadores asintomáticos siguen haciendo vida normal. Los datos de China indican que, aunque estos portadores asintomáticos tienen una tasa de contagio inferior a la de los casos que sí presentan síntomas (aproximadamente la mitad), al tratarse de un número tan elevado fueron el origen de la infección de la gran mayoría. El hecho de que haya tantos portadores no identificados hace que sea muy difícil controlar la epidemia si no se hacen suficientes test de detección del virus a la población.
¿Cómo se puede frenar el virus en las etapas iniciales? La clave del éxito de países como Corea del Sur, Singapur o Hong Kong está precisamente en que realizaron test masivos a la población al principio de la epidemia que les permitieron identificar a muchos portadores del virus (aunque no presentasen síntomas), aislarlos y poner en cuarentena a las personas que habían estado en contacto con ellos. En Europa, el país que más esfuerzo está realizando en este sentido es Alemania, con un número de fallecidos en proporción mucho menor que otros países.
En España hasta ahora los test de detección del virus se realizan casi exclusivamente a las personas que desarrollan síntomas de una envergadura suficiente como para solicitar atención sanitaria. Por tanto, en las comunidades autónomas más afectadas es demasiado tarde para poder desarrollar estrategias más focalizadas que podrían suprimir la expansión en etapas iniciales sin necesidad de recluir a la mayoría de la población, pero podría ser de utilidad en regiones que se encuentran en fases anteriores. En todos los casos, dichos test son fundamentales para conocer el grado real de expansión de la epidemia. Hacer los test sólo a personas enfermas supone que el número de casos detectados es muy inferior al número real de personas infectadas. Una de las estimaciones calcula que en España sólo se identifica el 5% de los casos (una de las tasas más bajas junto a Italia), lo que supondría que los 47.610 casos detectados el 25 marzo en realidad nos indican que el total de personas contagiadas en esa fecha habría llegado a 952.000.
¿Cuándo se expandió realmente la epidemia? El rápido crecimiento del Covid-19 en nuestro país probablemente se debe a razones similares a las de Italia. Allí el primer caso de coronavirus se detectó el 20 de febrero, pero análisis recientes indican que había comenzado a expandirse alrededor del 1 de enero. Por tanto, cuando se informó del primer caso, el coronavirus ya estaba presente en la mayoría de los pueblos y ciudades del sur de Lombardía. En España el primer caso fue detectado el 31 de enero, alcanzamos la cifra oficial de 100 personas detectadas el 2 de marzo, pero no se decretó el estado de alarma hasta el día 14. Es más, a finales de febrero se modificó el criterio y se comenzó a hacer el test a pacientes con neumonía de origen desconocido, lo que permitió detectar casos que habían fallecido a mediados de febrero en Valencia. La rapidez con la que ha crecido el número de casos a partir de entonces, que en España representan mayoritariamente a personas con síntomas serios de salud, y la tasa tan elevada de mortandad parecen indicar que la epidemia ya estaba muy extendida cuando el Gobierno decidió imponer las primeras medidas.
¿Qué efecto tienen las diferentes medidas de contención? Al igual que ha sucedido en otros países donde el número de casos detectados ha aumentado hasta niveles preocupantes, como Italia o Francia, en España se ha adoptado un paquete de medidas diseñado para suprimir la epidemia. Un equipo de epidemiólogos de Imperial College en Londres liderado por Neil Ferguson ha realizado una serie de simulaciones con el objetivo de comprender el efecto de diferentes medidas de contención, así como la capacidad de los sistemas de salud para poder atender al número de personas que se estima desarrollen síntomas graves en cada escenario. Estas simulaciones se han realizado con los datos disponibles para el Reino Unido y EEUU. Los resultados ponen de manifiesto que ninguna medida implementada de forma aislada tiene la capacidad de reducir el número de enfermos de forma sustancial. Es necesario combinar varias medidas (aislamiento de casos detectados, cuarentena de personas con las que han tenido contacto y distanciamiento social de los mayores de 70 años) para tener un impacto significativo. Aun aplicando este paquete de medidas, la capacidad de los sistemas sanitarios en estos dos países se vería sobrepasada en unas semanas. Sólo si se aplica un conjunto de medidas aún más restrictivas, que disminuyen al límite toda interacción social, se consigue disminuir el número de enfermos hasta el punto en que el sistema sanitario tiene los medios suficientes como para atenderlos.
¿Habrá más olas? El problema es que cuando se relajan las medidas vuelve a surgir el número de casos infectados. La razón es que no hay un número de personas suficientemente elevado que hayan desarrollado inmunidad en la primera ola de la epidemia. Es decir, cuanto más efectiva sea la estrategia en frenar rápidamente la expansión del coronavirus aislando a toda la población, mayor riesgo habrá de que surja una nueva ola de la epidemia cuando se relajen las medidas de contención. Los investigadores concluyen que la forma más eficaz de conseguir que una proporción cada vez mayor de la población adquiera la inmunidad es pasar por ciclos en los que se imponen medidas restrictivas y otros en los que se relajan. Lo preocupante es que estos cálculos estiman que al menos dos terceras partes del tiempo se tendrían que imponer medidas radicales de aislamiento y restricción a la movilidad hasta que se encuentre una vacuna. Y es muy difícil predecir cuánto tiempo podría tardarse.
¿Hay alternativas? Un equipo de la Universidad de Oxford ha puesto de manifiesto la importancia de identificar también a las personas que han sido infectadas y se han recuperado, pero no lo saben por no haber tenido síntomas serios. Ello es posible empleando otro tipo de test que detecta los anticuerpos producidos para combatir el virus. La probabilidad de nuevas olas, y su intensidad, depende de la proporción de la población que se haya inmunizado en la primera ola, siendo menos probable si hay una parte sustancial que ya está protegida. El Gobierno de Holanda ha seguido una estrategia diferente que combina el aislamiento de los más vulnerables con la posibilidad de que el resto de la población desarrolle la inmunidad. Las medidas de contención se centran en los mayores y se permite que los más jóvenes continúen desarrollando cierto grado de actividad social y laboral.
El problema es de una enorme complejidad. Las estrategias de supresión suponen unas medidas tan radicales que tendrán un impacto muy negativo sobre la economía y sobre la vida social si es necesario mantenerlas por mucho tiempo. Por otra parte, las estrategias que tan sólo mitigan la epidemia suponen aceptar un número de fallecidos más elevado y el colapso de los sistemas sanitarios. Cuanto más dure en el tiempo, más necesario será encontrar un balance adecuado.
En el caso de España, mientras no se disponga de datos sobre la magnitud real de la epidemia y la proporción de la población que se ha inmunizado, sólo es posible la aplicación de medidas muy restrictivas de forma indiscriminada a toda la población cuya duración es por el momento impredecible. Es fundamental conseguir esta información que debería guiar las decisiones de los gobiernos, para diseñar las estrategias más eficaces.
(*) Montserrat Gomendio es profesora de Investigación del CSIC y ha sido secretaria de Estado de Educación.

Fuente:
https://www.almendron.com/tribuna/el-planeta-como-gran-laboratorio
Fotografía: https://bnn.de/nachrichten/politik/viruskarten-und-apps-sollen-gegen-corona-helfen

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