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domingo, 17 de junio de 2018

CAZA DE CITAS

“ Los verdaderos secretos son los que no se esconden”

Carlos Fuentes

 (“La cabeza de la hidra”, Caracas, 2001: 160)

domingo, 11 de marzo de 2018

LÍNEA DE FLOTACIÓN

Ante la democracia traicionada
Luis Barragán

Desde los tiempos más remotos, herederos de las distintas rebeliones que hicieron nuestra etapa colonial hasta desembocar en la gesta independentista, rehaciéndose constantemente con posterioridad, la libertad y la democracia constituyeron demandas por siempre vivas e infranqueables que, de un modo u otro, expresamos los venezolanos. E, incluso, puede aseverarse con Carlos Fuentes al escribir sobre el Quijote, en tiempos que el Premio Rómulo Gallegos fue un referente de real trascendencia internacional, recibimos también las frustraciones de lo que resultó la España que arribó a América, perdiendo la oportunidad de democratizarse con la derrota de los comuneros de Villalar, por 1521,  y la expulsión de los árabes y judíos, como no ocurrió, ni podía ocurrir,  con la heredad harto absolutista de incas o aztecas, por ejemplo. 

Procuramos superar el sistema censitario e irrumpió un hecho de fuerza, en 1945, a objeto de imponer la elección universal, directa y secreta de nuestros gobernantes. Luego del duro y largo  interín militar, desde 1958 definitivamente prosperó la fórmula  tercamente oportuna, además, cerrando el siglo XX con demandas de un mayor perfeccionamiento que tendieron integrarse a nuestra cultura política promedio.

Lucía impensable que alguien se declarase pública e impunemente partidario de los comicios de segundo, tercer o cuarto grado para seleccionar las autoridades públicas, incomodando el mecanismo en cualesquiera organizaciones de la sociedad civil, aunque – detrás, muy detrás, delictivamente escondida – estuvo la interpretación de una tal democracia participativa o directa, orientada a la fulminación de toda una conquista histórica. Poco a poco, plebiscitándose con un infinito ventajismo, convertidas las triquiñuelas en una hazaña tecnológica,  este régimen, en esta y no en otra centuria, pacientemente fue minando nuestras convicciones democráticas y, chantajista,  afincándose insólitamente en el hambre, jura que elegimos, por el sólo acto de votar, y hace llamar “poder popular” a la clientela política de la que no siente ya con el deber de  proteger, pues, mafioso, todos quedan a su suerte.

Lo peor es que, huérfanos de las más elementales condiciones y garantías, un sector de la oposición concurrió a las elecciones regionales y municipales, aparentemente reacio a hacerlo para las presidenciales, en abierta contradicción consigo mismo y, obviamente, con el mandato del 16 de julio de 2017, descalificando y atacando a los inconformes tras el discurso fetichista del sufragio, aunque no tuviese sentido alguno, porque ahí están los cuatro  gobernadores juramentados por la tal constituyente, colaborando “inocentemente” con el poder central. Muy pocos parpadean porque hay un cambio “democrático” en Cuba, mediante unos comicios, bajo la égida de la rosca de  un solo partido, que dará con un parlamento que, faltando poco, no es tal, para que “elija” el gobierno de “reemplazo” de Raúl Castro, dándole carta de legitimidad a un modelo inconcebible e incompatible con la devoción democrática de los venezolanos.

En medio de tan inaudito retroceso, culturalmente nos empinamos con una de nuestras banderas históricas: la democracia y la libertad que, por lo menos, una vez tuvimos y que, llamada a su perfeccionamiento con la nueva centuria, fue abiertamente traicionada por los epígonos del poder establecido al que, voluntaria o involuntariamente, contribuyen aquellos que pretenden reemplazarlos desde partidos resueltamente antidemocráticos, por mucha estridencia que hagan, pretendiendo versionar y modelar un frente tan amplio como lo pauten sus intereses. Por ello, el planteamiento de Soy Venezuela, sintetizadas en un conjunto de propuestas bajo el común título de Tierra de Gracia: una coalición política y social que aporta iniciativas y planteamientos diferentes a la rutina y al convencionalismo que hace estragos.

domingo, 17 de septiembre de 2017

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Carlos Rivero Blanco. "La escena ecológica: Nuestra fauna". El Nacional, Caracas, 17/09/1972.
- Domingo Alberto Rangel. "Naturaleza y problema social" (Editorial). El Nuevo Venezolano, Caracas, 07/08/81.
- Manuel Rodríguez Cárdenas. "El tranvía de los domingos: Perros cerca e hijos lejos". El Nacional, 12/12/50.
- Julio Ortega. "Carlos Fuentes: El linaje barroco". Últimas Noticias, Caracas, 01/04/90. Suplemento Cultural.
- Alicia Segal entrevista a Ramón J. Velásquez. Resumen, Caracas, nr. 125 del 28/03/76.

Reproducción: Miguel Conde entrevista a Renny Ottolina. Fotografía de Ubaldo Medina. 2001, Caracas, 28/07/1977.

sábado, 19 de noviembre de 2016

CAZA DE CITAS

"Recorro las personas, los lugares, las situaciones que tú y yo hemmos visitado desde la crisis de enero y en mi boca no hay sabor. Quiero invocar alguna dulzura, la hiel también, por qué no el vómito. Mi lengua y mi paladar no saben a nada"

Carlos Fuentes

(María del Rosario Galván a Bernal Herrera: "La silla del águila", Punto de Lectura, Madrid, 2004:  430)

Ilustración: масло холст.

viernes, 18 de septiembre de 2015

CAZA DE CITAS


"Doble víctima de la lectura, don Quijote pierde dos veces el juicio: primero, cuando lee; después,cuando es leído"

Carlos Fuentes

("Cervantes o la crítica de la lectura", Joaquín Mortiz, México, 1976: 77)

CRÍTICA DE LA LECTURA

jueves, 25 de diciembre de 2014

CLAROSCURO

EL PAÍS, Madrid, 5 de diciembre de 2014
TRIBUNA
El capital según Carlos Fuentes
Thomas Piketty 
     
En 1865, Karl Marx afirmó que fue leyendo a Balzac como más aprendió sobre el capitalismo y el poder del dinero. En 2014 uno tendería a decir lo mismo: basta con actualizar los autores y los países. En La voluntad y la fortuna, un magnífico lienzo publicado en 2008, pocos años antes de su muerte, Carlos Fuentes hace un retrato edificante del capitalismo mexicano y de las violencias sociales y económicas por las que atraviesa su país, a punto de convertirse en la narconaciónque hoy cubre las primeras planas de los periódicos.
También nos cruzamos con personajes pintorescos, con un presidente que se comunica al estilo Coca-Cola y que en último término no es más que un patético arrendatario del poder frente a aquel, eterno, del capital, representado por un multimillonario todopoderoso que se parece mucho al magnate de las telecomunicaciones Carlos Slim, poseedor de la mayor fortuna del mundo. Unos cuantos jóvenes vacilan entre la resignación, el sexo y la revolución. Terminarán siendo asesinados por una mujer bella y ambiciosa que quiere su herencia y no necesita la ayuda de un Vautrin para cometer su crimen, prueba clara de que el nivel de violencia ha subido desde 1820. La transmisión patrimonial —objeto de deseo para todos los que están al margen del círculo familiar privilegiado, y a la vez una fuerza destructora de la personalidad individual para todos los que pertenecen a él— se encuentra en el corazón de la meditación del novelista.
Vemos también la influencia nefasta de los gringos, esos estadounidenses que poseen “el 30% del territorio mexicano” y de su capital, y hacen que la desigualdad sea incluso un poco más insoportable. Las relaciones de propiedad son siempre relaciones complejas, difíciles de organizar de manera pacífica en el marco de una misma comunidad política: nunca es sencillo pagarle la renta a un propietario ni ponerse de acuerdo tranquilamente sobre las modalidades institucionales que rodean esa relación y sobre la continuidad de la situación misma. Pero cuando es un país entero el que le paga rentas y dividendos a otro, aquello se vuelve francamente complicado. A menudo siguen ciclos políticos interminables que alternan fases de ultraliberalismo triunfante, autoritarismo y breves periodos de expropiación caótica, que desde siempre han minado el desarrollo de América Latina.
Y sin embargo el progreso social y democrático sigue siendo posible en el continente. Más al sur, en Brasil, Dilma Roussef acaba de ser reelecta por poco gracias al voto de las regiones pobres y de los sectores sociales más necesitados, que, a pesar de las decepciones y de los rechazos que sufrieron por parte del Partido de los Trabajadores (en el poder desde la elección de Lula en 2002), siguen apegados a los avances sociales de los cuales se han beneficiado y que temían ver suprimidos por el regreso de la “derecha” (en realidad, el partido socialdemócrata, porque en América Latina casi todo el mundo dice ser de izquierda, a condición, al menos, de que no le cueste demasiado caro a las élites).
Y sin embargo el progreso social y democrático sigue siendo posible en el continente
De hecho, la estrategia de inversión social adoptada por Lula y Roussef, con la creación de la “bolsa familia” (una suerte de ayuda familiar reservada a los más pobres), y sobre todo el incremento del salario mínimo, permitieron una reducción notable de la pobreza en el transcurso de los últimos 15 años. Estos frágiles logros sociales ahora están amenazados por factores internacionales que afectan gravemente a la economía brasileña y la empujan a la recesión (la caída de los precios de las materias primas, particularmente del petróleo; los avatares de la política monetaria estadounidense; la austeridad europea), y sobre todo por las enormes desigualdades que aún lastran al país.
Volvemos a encontrar el peso de la maldición de la historia de la que nos habla Carlos Fuentes. Brasil fue el último país en abolir la esclavitud, en 1888, en un momento en que los esclavos todavía representaban cerca de un tercio de la población, y las clases poseedoras no han hecho nada para revertir esa desigualdad heredada.
La calidad de los servicios públicos y de las escuelas primarias y secundarias abiertas a todos sigue siendo baja. El sistema fiscal brasileño es terriblemente regresivo y a menudo financia gastos públicos que también lo son. Las clases populares pagan impuestos indirectos muy elevados, con tasas que llegan hasta el 30% en el caso de la electricidad, mientras que las grandes herencias pagan un impuesto irrisorio del 4%. Las universidades públicas son gratuitas, pero no benefician más que a una pequeña minoría privilegiada. Con Lula se instauraron tímidos mecanismos de acceso preferencial a las universidades para las clases populares y las poblaciones negra y mestiza (lo cual causó debates interminables sobre los problemas acarreados por la autodeclaración racial en los censos y en los documentos administrativos), pero su presencia en las aulas sigue siendo irrisoria.
Se necesitarán muchos combates más para romper la maldición de la historia y mostrar que la voluntad política puede ganarle a la buena y mala fortuna.
(*) Thomas Piketty, autor de El capital en el siglo XXI (FCE, 2014, presentado ayer en la FIL de Guadalajara, México), es director de estudios en la École de Hautes Études en Sciences Sociales y profesor en la École d'Economie de Paris (piketty.pse.ens.fr).
Traducción de Adriana Beltrán del Río.

domingo, 3 de marzo de 2013

CAZA DE CITAS

Nota LB: Por lo menos para el suscrito, una de las tareas más difícil es el adecuado marcaje de agua. Tomamos la cita de Carlos Fuentes ("Cervantes o la crítica de la lectura", Joaquín Mortíz, México, 1976:31), e intentamos varias posibilidades de incluirla en una fotografía tomada el pasado mes de febrero hasta decidirnos. Todo un divertimento, la hemos preferido en el marco de algún motivo visual. Lamentablemente, nos vemos en la obligación de colocar otra marca de agua en el centro, lo más disimuladamente posible, por la frecuente apropiación y distorsión de imágenes que están acompañadas de una mínima curaduría. Es distinto tomar en el gran bazar de la red las gráficas que no tienen la data de origen, procurando indagarla siempre, a saquear o asaltar las redes sociales, obviando los motivos que permitieron orbitarlas, e - incluso - deliberadamente distorsionándolas hasta - otra marca de agua por el medio -  formalizar el hurto digital.

jueves, 6 de diciembre de 2012

RÉPLICA

EL NACIONAL - Jueves 06 de Diciembre de 2012     Opinión/8
Carlos Fuentes y Venezuela
ANTONIO LÓPEZ ORTEGA

En su libro Geografía de la novela, Carlos Fuentes cita una conversación con Milan Kundera en la que el escritor checo afirma: "La novela no está amenazada por el agotamiento, sino por el estado ideológico del mundo contemporáneo. Nada hay más opuesto al espíritu de la novela, profundamente ligada al descubrimiento de la relatividad del mundo, que la mentalidad totalitaria, dedicada a la implantación de la verdad única". Hoy podríamos decir que no sólo la novela, sino la vida misma. Quizás esa afirmación encierre la devoción que Fuentes tenía por una novela como Doña Bárbara. Los tiempos modernos la han convertido en una novela esquemática, incluso escolar, pero qué vigencia retoma hoy a la luz de la resurrección del militarismo en Venezuela, una peste que el historiador Ramón J. Velásquez creía perfectamente enterrada. La barbarie de la antipolítica, de la concentración de poder en un solo hombre y de la muerte paulatina de la democracia en la Venezuela de hoy es muy semejante a la que existía en 1929, año de publicación de Doña Bárbara, en plena dictadura de Juan Vicente Gómez.
Carlos Fuentes, por lo demás, a diferencia de muchos otros intelectuales que son muy críticos en sus respectivos países pero enmudecen cuando en nuestro país reciben premios o prebendas, siempre tuvo mucha claridad de lo que ocurre en Venezuela, y lo denunció permanentemente con precisión e hidalguía. Desde los años sesenta o incluso antes, Venezuela tuvo una trayectoria intachable como país anfitrión ante el exilio republicano español y ante la diáspora masiva de intelectuales sureños que le huían a las dictaduras sucesivas. Una editorial como Monte Ávila Editores o un Premio de Novela como el Rómulo Gallegos, ambos creados en los años sesenta, fueron receptáculos para esas inteligencias sin hogar que recorrían el espinazo andino con no poco dolor y desconcierto. Hoy en día, ya quisiéramos un ápice de reciprocidad para un país que cobijó a los mejores escritores de países que tildaban como enemigos a sus hombres de letras.
En 1967, se le confiere el Premio de Novela Rómulo Gallegos a Mario Vargas Llosa por La casa verde.
Cuenta el escritor peruano que don Rómulo fue invitado al acto y, para emoción suya, lo sentaron a su lado. Para entonces, a dos años de su muerte en 1969, la mente del gran novelista venezolano literalmente bogaba por un caño del río Arauca, pues no atinaba a saber de qué se trataba el acto. Dicen que don Rómulo acerca su boca a la oreja de Vargas Llosa y le susurra: "Y ya que lleva mi nombre, ¿por qué no me dan este premio a mí?". A Vargas Llosa no le quedó sino sonreír y grabar en su memoria un gesto que no dejaba de ser risueño. Diez años después de este desvarío, en 1977, Carlos Fuentes recibe su premio por Terra Nostra. Ya no estaba Gallegos para sonreírle una ocurrencia similar, pero sí se aseguró Fuentes de que, a falta del maestro que tanto hubiera querido ver, buenos eran el diploma y el medallón que lo consagraban como el tercer ganador del premio.
La última visita de Carlos Fuentes a Venezuela fue en 1998. En esa última ocasión no dejó de pasar por la Casa de Rómulo Gallegos, y con discreción y vergüenza se acercó al director de entonces, el historiador Elías Pino Iturrieta, para explicarle que, por razones desconocidas, había extraviado el medallón del premio. En la Casa de Rómulo Gallegos se las arreglaron para hacerle una réplica y entregársela antes de su fecha de retorno. Con el tiempo, podemos entender esa insistencia del gran escritor mexicano, pues más vale para la cultura venezolana el nombre de Rómulo Gallegos que la mayoría de los despropósitos que hoy, en nuestro desdichado país, se nos quiere vender o postular como Cultura.

martes, 29 de mayo de 2012

FERVOR

EL NACIONAL - Sábado 26 de Mayo de 2012     Papel Literario/2
Fuentes volvió a "La región más transparente"
Un centenar de volúmenes, miles de páginas, decenas de genuinos personajes y un férreo compromiso por la comprensión de la identidad latinoamericana conforman el legado más duradero del hombre conocido como "la conciencia estética de América Latina"
ALBINSON LINARES

Al rayar el alba cuando todas las cosas despertaban, el escritor debió sentir que se apagaba y enardecido se aferró a la rutina que tantas veces lo salvó durante sus 86 años. Sin hacer ruido se levantó, entró al baño y miró su rostro frente al espejo, caro objeto de su estética que siempre le sirvió para entender al otro y fungir como metáfora del continente que le vio nacer.

"La vida imita al arte" debió pensar antes de sumirse en la negrura de la inconsciencia, mientras la boca se le llenaba del regusto salino, ardoroso y abundante de la sangre fresca. En uno de sus juegos indescifrables, el raro destino de los escritores quiso que Carlos Fuentes muriese el pasado 18 de mayo de una hemorragia masiva del tubo digestivo. Esta afección que le costó la vida debió recordar a los lectores La muerte de Artemio Cruz, una de sus célebres narraciones donde el protagonista agonizó por afecciones gástricas. La vida, a veces, es un juego kitsch.

Llorado por familiares y amigos, recordado por lectores del mundo entero, respetado por estudiosos, admiradores y enemigos, la figura de Carlos Fuentes no deja indiferente al que se le acerca. Como todo titán su poderío reside en el genio que lo llevó a concebir --desde su temprana veintena-- el corpus de "La edad del tiempo", magno proyecto literario en el que englobó todas sus ficciones.

Novelas como La región más transparente(1958), La muerte de Artemio Cruz (1962), Terra Nostra (1975), Gringo Viejo (1985), Cristóbal nonato (1987), La silla del águila (2003), La voluntad y la fortuna (2008) y numerosos libros de cuentos entre los que destacan Los días enmascarados (1954), Aura (1962), Cantar de ciegos (1964), Agua quemada (1983) y La frontera de cristal (1995), lo ubican como una de las figuras renovadoras del concierto literario hispanoamericano.

Su obra ensayística aparece permeada por las reflexiones sobre el oficio literario y la constante indagación en la obra de autores que considera claves para comprender procesos temporales como el Siglo de Oro español o los fundadores de la literatura moderna norteamericana como John Dos Passos, William Faulkner y Francis Scott Fitzgerald. Otra vertiente de singular valía abarca la atenta observación de las crisis nacionales en el continente y los procesos de conformación de la identidad latinoamericana.

Hitos que atestiguan su labor como pensador e investigador de nuestra herencia cultural son La nueva novela hispanoamericana (1969), Cervantes o la crítica de la lectura (1976), Valiente mundo nuevo (1990), El espejo enterrado (1992), En esto creo (2002) y La gran novela latinoamericana (2011), entre otros.

El reciente homenaje desde el Palacio de Bellas Artes, ágora cultural de la nación mexicana, donde fue despedido por artistas, literatos, influyentes políticos como Felipe Calderón, actual presidente de México, y diversas personalidades del mundo literario son prueba de la influencia de Fuentes en la intelligentsia latinoamericana.

Sin embargo, el universo creado por este autor ha penetrado con hondura el alma mexicana como pudo advertirse por los centenares de personas que aguardaron pacientemente la salida de diversas personalidades para presentarle sus últimos respetos, mientras gritaban con denuedo: "¡Fuera Calderón!".

La edad del tiempo En la primavera de 1958, un joven de 29 años publica un libro que con el paso de los años habría de convertirse en una paradoja para los mexicanos. La región más transparente, es una novela total y globalizadora que usa el fracaso sociológico de la Revolución Mexicana como la "temperatura mental" de todas sus páginas.

Con el fragor de su juventud, Carlos Fuentes quiso englobar el gran experimento social que constituye la sociedad mexicana al cubrir medio siglo, desde 1900 a 1954, pero su clímax será la atmósfera calcinante de 1951 en las postrimerías del gobierno civil de Miguel Alemán donde la pugna entre civilización y barbarie estuvo presente en todos los estratos sociales. La historia cambiaba a diario, y eso se respira en el libro.

Se trata de una obra donde personajes como Ixca Cienfuegos, Teódula Moctezuma, Norma Larragoitia, Manuel Zamacona, Federico Robles y Hortensia Chacón devienen magníficas criaturas dramáticas que recrean la polifonía única de la verdadera protagonista del libro: Ciudad de México.

No existe otra novela basada en la vida de la capital mexicana a mediados del pasado siglo, cuyo destino manifiesto haya sido convertirse en una obra-mural, un libro-artefacto en el que se experimente como apunta Gonzalo Celorio con "la linealidad argumental; la alternancia de la narración omnisciente con el monólogo interior, el diálogo inmoderado o el flujo lírico y atemporal".

Sorprende la fiel reproducción de las voces callejeras y aristocráticas, líricas y marciales, sublimes y bastardas al punto de que nos parece oír a Cienfuegos mientras canta su peculiar gesta en la que salmodia: "Aquí nos tocó. Qué le vamos a hacer. En la región más transparente del aire".

Este libro se inscribe dentro de la búsqueda del "ser mexicano" que impregnaba la zeitgeist imperante a mediados del pasado siglo que tenía correspondencias en los trabajos de Octavio Paz, Luis Villoro, Emilio Uranga y el gran historiador Leopoldo Zea. En la travesía iniciada por Fuentes en pos de su identidad nacional se abre un vasto compás de motivos temáticos que serían recurrentes en su obra posterior. La muerte de Artemio Cruz, Cambio de piel, Terra Nostra y Cristóbal Nonato son puntos de fuga donde se refina el gusto por la arquitectura ritual de la fábula y un complejo entramado de referencias simbólicas que funcionan como ejes narrativos arbitrarios.

Críticos como Adolfo Castañón consideran que La región más transparente, funciona en el Universo-Fuentes como El Silmarillión en la obra de Tolkien. Es decir: en esta ópera prima ya estaba prefigurada toda la "Comedia Mexicana" que el autor desarrollaría en su prolífica carrera. "No sólo es un ensayo general de sus grandes novelas sino que es una miniaturización de su proyecto novelístico total: La edad del tiempo", apunta Castañón.

El largo arco de su mundo narrativo parece cerrarse con la publicación de La voluntad y la fortuna. Para lectores clarividentes como el poeta José Emilio Pacheco, las décadas transcurridas entre ese primer manuscrito ambicioso finalizan con la vuelta de Fuentes a fijar su imaginario en México D.F.: "La región más transparente fue la primera y la última novela sobre la Ciudad de México, su mitificación literaria y su elegía anticipada poco antes de que la capital se disolviera en la catástrofe urbana llamada D.F.".

El infierno de un país azotado por las mafias del narco donde Josué Nadal, un imposible narrador decapitado nos muestra una ciudad que se extiende hasta el infinito, inabarcable, mientras los cadáveres de la guerra se disuelven en ácido por doquier y una sociedad asiste, estupefacta, al fin de todas sus esperanzas fueron los vértices de esta ficción que deja un regusto amargo sobre el posible futuro de México. Y muestra un narrador cansado, desencantado de una realidad que le cuesta ficcionalizar. O que quizá, ya no puede imaginar.

Sin embargo, huelga recordar el optimismo de Fuentes como hombre de ideas. Situado en el ensayo creía fervientemente en el futuro continental como sentencia en la última página de El espejo enterrado: "Los Estados democráticos en la América Latina están desafiados a hacer algo que hasta ahora sólo se esperaba de las revoluciones: alcanzar el desarrollo económico junto con la democracia y la justicia social (...) La oportunidad de hacerlo a partir de hoy es nuestra única esperanza".

miércoles, 23 de mayo de 2012

EXPE (N) DIENTE

EL GLOBO, Caracas, 27 de Marzo de 2001
El triunfo del lenguaje
Luis Barragán

 
“Escribía muchas formas y fórmulas de palabras
que eran escondites de la verdadera palabra ... “
Guillermo Meneses
(“Un destino cumplido”)


El ascenso de Chávez no se explica sin el impacto de un lenguaje que recoge promesas y emociones, expectativas y razones, donde fracasaron los clásicos de la publicidad política desde hace más de una década. El impulso creativo del hacer público encuentra las naturales dificultades de los señalamientos, códigos, gestos verbales (y no verbales)  o lenguas que explican la búsqueda o consolidación de una determinada legitimidad.
No aludimos a las ocurrencias éxitosas que contribuyeron a una caracterización de la realidad, como “carraplana”, “despelote” o “barragana”. Apuntamos a otras que que simplificaron una intención programática: “La Gran Venezuela”, “Pacto Social” y  “Democracia Nueva”, sin que olvidemos la relativa entronización de la “antipolítica” frente a la denostada “partidocracia”.
¿Cómo sugerir una ilusión huérfanos de toda imaginación expresiva? ¿La espontaneidad crecientemente compartida de una locución siempre se resiste al laboratorio? ¿Los señalamientos y las señalizaciones no forman parte de la crisis inadvertidamente prolongada? ¿La elevación de las promesas no depende de los sabios acentos positivos y negativos colocados en una situación concreta, con los aciertos, errores y eufemismos propios de una cruda lucha por el poder? ¿Acaso las consignas pretendidamente circunstanciales no forman el asombroso piso doctrinario de  conductas tenidas por díscolas?.
Era difícil alcanzar un adecuado elenco verbal (y no verbal), cuando las propuestas no gozaban de una convincente coherencia, profundidad y concreción y la amplitud del compromiso electoral aconsejaba la suficiente ambigüedad para captar las más variadas y encontradas posturas. Y lo hicieron.
El mensaje triunfó sobre los hombros del emisor, del receptor, del objeto a que hizo referencia y de sí mismo en razón de una funcionalidad aún promisoria si tardamos en correr los velos. Es evidente el triunfo mediático del gobernante que no del gobierno, conminados a su aceptación afectiva y racional, sentidas las urgencias de la hora en atención a una determinada arquitectura propagandística y publicitaria, pendiente la tarea democrática de una oposición que hurgue los resquicios del metalenguaje.
El enunciado progrmático pronto quedó convertido en un lema de iinspiración histórica, con envidiables consecuencias en la jerga cotidiana. Y hasta la vestimenta oficial, exclusiva del timonel, ancló en la más profunda psicología colectiva.
La “Quinta República” constituye una bandera dispuesta a flamear, como algún día se dijo de la “Gloriosa Revolución de Octubre” y la “Segunda Independencia”, aunque contradiga la contabilidad histórica y no sepa de una mejor versión respecto a la democracia de 1958 e, incluso, el cepalismo que le dió orientación al problema de la renta. Afortunada ha sido la expresión “Soberano” que no cuestiona la diversidad de una sociedad civil llamada a organizarse en forma igualmente múltiple, y tampoco las evidencias llegan a actualizar las viejas denuncias sobre los “Cogollos Partidistas” y los “40 años de Corrupción”, por la muy blindada connotación del “Puntofijismo” que nos hace prisioneros del pasado, tanto como el régimen batistiano es un monigote fantasmal para los cubanos.
Alguien dirá de un victorioso itinerario semiótico del régimen, término que me intimida. Una clave que va despejando la oposición difusa, requerida de tiempo y madurez para que se haga democráticamente concreta y viable.

EL NACIONAL, Caracas, 3 de Julio de 2001
Notas sobre un rapto
Luis Barragán


Suele ocurrir: nombrar la revolución es muy distinto a hacerla. Agotada la imaginación, la ineptitud es cubierta con etiquetas que la fingen.
No es un mero afán opositor el que nos inspira, porque acá nadie podrá decir jamás habíamos visto nada igual,  parafraseando a Carlos Fuentes (“Casa con dos puertas”, Joaquín Mortíz, México,  1970: 151). Comprobamos con tristeza la pérdida de una inmensa oportunidad para el cambio que siempre soñamos desde la libertad.
Agolpadas las notas sobre la mesa, encontramos una ya antigüa advertencia de Augusto Mijares: “Lo más grotesco es que (el político) quiera ser un revolucionario y no sepa cómo” (Elite, 27/04/63, Nr. 1961).  Desde la izquierda hasta la derecha, la invocación ha servido de mágica fórmula para conjurar las sorpresas que depara el ejercicio de gobierno y, habitual en este lado del mundo, las explosiones verbales dicen frenar el duro oleaje de la realidad.
El convencimiento más profundo que se tiene del tránsito por el poder reside en el empleo de la palabra: por modesta que sea, trasciende a todos los ámbitos. El desliz sintáctico, el neologismo espontáneo y la más atrevida adjetivación, rápidamente adquieren un visado social que también nos recuerda – con Castoriadis- aquello del político como prisionero de lo que dice.
Los dicterios no puede construir una senda diferente, al menos que se tenga por tal la “sinceración” –Rangel dixit-  de una herencia aceptada y recreada. Y es que los pronunciamientos radiales del presidente Chávez provocan las naturales reacciones que abonan a una básica cultura democrática adquirida en décadas que contrastan favorablemente con toda la historia republicana,  por lo que no puede agravarse la oquedad revolucionaria con los caprichosos atropellos verbales.
Atropellos que igualmente avisan de una necesidad inaplazable: la de estatizar al propio gobierno. Sentimos que, al discrepar de la reciente decisión del Tribunal Supremo, estaba en el fondo del recurso interpuesto por Elías Santana.
Insurge el Estado Audiovisual que, confundido con sus circunstanciales seguidores, sacraliza el gesto. No podemos olvidar las viejas experiencias, pues, observaba Fuentes: “La historia del siglo ha demostrado que las palabras también sirven para tiranizar. Hitler hizo algo más que quemar libros. El nazismo corrompió totalmente el lenguaje, al grado de que los significados elementales de la relación verbal se perdieron. Toda una generación de escritores alamenes ha debido dedicarse a la reconstitución del lenguaje primario de los individuos y de la sociedad. Y en los propios Estados Unidos, ¿no fue el macartismo, antes que otra cosa, un rapto verbal?. El Senador Joseph McCarthy fundó su aparato de sospecha, de infundio, de represión, de cacería de brujas, en el uso de epítetos difamantes, de palabras que no podían ser comprobadas, de etiquetas verbales” (115).
Quisiera que fuese una exageración al revisar y citar lecturas de antaño. No obstante, permanece la doble angustia por una revolución inauténtica, sin el compromiso con las razones, las emociones y la realidad misma que la autorizan, y la adulteración expresiva que supondrá una paciente reconstrucción de la esperanza misma: ¡Qué inmenso es el reto para la oposición democrática!.

Tomado de: http://usuarios.multimania.es/antipolitica/

sábado, 19 de mayo de 2012

Y... DE POR ALLÁ TAMBIÉN

EL NACIONAL - Sábado 19 de Mayo de 2012     Cultura/4
Carlos Fuentes, uno de los nuestros
FRANCISCO JAVIER PÉREZ

Como Kafka, Camus o Sábato, tuvo la fortuna de ser escritor de una novela corta que diera sentido a su larga obra de novelista. La tituló, escatimándole todo al lenguaje, con el simbólico y tierno nombre de Aura. Ella, como sus contemporáneos antecesores, sería la metamorfosis, sería el extranjero y sería el túnel. Quizá, nada, o, muy poco, ha sido mejor contado en lengua española. Hace cincuenta años exactos era publicada esta obra de culto que toda mi generación leyó con veneración y como descubriendo a un escritor distinto del atemorizante narrador de Terra Nostra; el novelón prodigioso que había encantado al jurado del Premio Rómulo Gallegos, en 1977.

Estuve cerca del escritor en dos oportunidades. La primera fue en el Celarg de hoy, donde en otro tiempo estuvo una de las últimas residencias caraqueñas de Gallegos, donde vi a Fuentes por primera vez.

De gira por todo el continente, el escritor iba conferenciando sobre El espejo enterrado como demostración de lo que éramos en el nombre América y de lo que el nombre América nos había hecho lo que éramos. Transcurría un indeterminado mes de 1992 o de 1993 o de 1994; cifra grabada en nuestra partida de nacimiento. Y eso quería el ensayista de rigor narrativo (¡y qué bien practican el ensayo los que saben contar de verdad!), recordarnos el modo en que nacimos para el resto del mundo, la razón por la que nacimos y el destino agónico de nuestra natividad. La motivación iba a ser una insistencia a favor de una cultura de la inclusión, cuando nadie aún desde estas latitudes hablaba de ello. Lo que hoy es eslogan gastado y tedioso, Fuentes lo propagó con la honestidad de pensamiento benéfico que lo caracterizó en todo concierto y cuando otros no hacían sino ofrecer diagnósticos, él tenía ya bien ordenadas soluciones.

El segundo encuentro tendría lugar en Cartagena de Indias, el año 2007, junto a García Márquez. Este último asistía al homenaje que la Asociación de Academias de la Lengua Española le rendía en el marco del IV Congreso Internacional de la Lengua Española, en razón de cumplirse los cuarenta años de la publicación de Cien años de soledad. Desde México, el amigo había ido a rendirse, cariñoso y con obsequio fiel, y a darle fuerza y calor al hermano, siempre reacio ante el reconocimiento de actos públicos.

Como Tolstoi en la revolución, escribe también sobre una muerte en la revolución.

Es La muerte de Artemio Cruz y significó el abrazo de la historia con la literatura; simiente profunda de su gestión de escritor: nada en la literatura sin la historia y nada en la historia sin la literatura.

Mirada de águila, dueño de la noche, deviene en el escritor más robusto en el pensar y en el más ansioso en el denunciar. Águila que nos mira, dueño de la vida: "Porque sabemos que no hay sino un largo fracaso que se cumple en prepararla y gastarla para el fin". Ya estamos en La región más transparente del aire, versículo que le pide prestado a Alfonso Reyes, para engastar su personal visión donde todo menos la voz parece hablarnos.

He aquí el origen: "No tienes memoria, porque todo vive al mismo tiempo; tus partos son tan largos como el sol, tan breves como los gajos de un reloj frutal: has aprendido a nacer a diario, para darte cuenta de tu muerte nocturna". Sin buscarlo, viví, en 2008, la gestación de la edición conmemorativa de los cincuenta años de esta novela (la precocidad de Fuentes ha hecho que todos sus libros bandera promedien ya una edad superior a la cincuentena), en Madrid, gracias a la acción generosa de Gonzalo Celorio, su discípulo y admirador, otrora director del Fondo de Cultura Económica y secretario de la Academia Mexicana de la Lengua, a la que Fuentes entraría en calidad de miembro honorario.

El poder de su palabra permitió a Fuentes convertir la palabra en poder y, descreyendo de todo cargo público y de toda actuación de figurante estatal, procedió a levantar las auténticas banderas de la libertad.

Ajeno al cacareo de cuánto vale la democracia para los pueblos, colocó piedras miliares en función de lo que significa ser libres en un mundo que verbaliza la libertad, pero que no la hace obra. En el intento, se hizo maestro y entendió que la literatura no era más que enseñanza de vida y para la vida. Si era intelectual, lo era sólo para hacer prosperar la crítica contra la injusticia humana (evito la palabra "social" para que no se cargue al escritor de mala ideología) y contra los bandoleros de cualquier estatus. Así, se pregunta: "¿Nunca se enterará el intelectual mexicano del asco y desprecio con que es visto por la «gente popof»?".

José Emilio Pacheco lo determina. Dice que "nombró lo que no tenía nombre". Dice que "convirtió en personajes a los seres anónimos que recorrían esas calles transfiguradas por la perenne injusticia, la violencia de siempre, la victoria de la miseria, la especulación inmobiliaria y la tempestad del progreso". Dice, en fin, que "recogió sus voces y sus ecos, sus rumores y hasta sus olores".

Su obra fue precursora de modos nuevos de escribir el español desde América como la mejor manera de escribir América para el español. No existe mejor legado en esa prole inagotable que fue su acción verbal.

Preserva la literatura y la transforma, han dicho con insistencia. No existe mayor elogio para un escritor grande que ese entenderse formando parte de una tradición de nobleza y de una élite de cambio. Su valentía y su valor de escritor radican en congeniar, en partes iguales, lo que conserva y lo que renueva, siendo siempre lo uno y lo otro gestión de brillo y de bien.

Ese fue Carlos Fuentes, uno de los nuestros, por nombrarnos, por vivificarnos y por hacernos lenguaje (eco, rumor y olor) más allá de las tempestades, las especulaciones, la violencia y la injusticia.




miércoles, 16 de mayo de 2012

CAMBIO DE PIEL

Fuentes: terra nostra
Luis Barragán

Inmediatamente ha poblado la red de redes, actualizando las enciclopedias de uso diario.  Mereció por todos estos años ser nobelado, quien ahora se marcha a las otras vastedades culturales.

Casualmente, en días pasados, alguien festejó el presumido noviciado lector con “Aura” para darle una nota distinta a la banalidad que cursa en las redes sociales. Un dejo de nostalgia nos remontó hacia mediados del bachillerato, reconociendo al celebérrimo Premio Internacional Rómulo Gallegos gracias a la tarea encomendada por la mecánica profesora que, repitiente de los esquemas del aún fresco pregrado, no sospechó jamás cuán importante sería el mexicano en nuestros afanes de juventud luego de pasearnos en la enorme y fantasmal casona, junto al protagonista de un cuento largo con sobrada dignidad de novela corta.

Algo ahora insospechado, Fuentes era accesible en las librerías y los viejo-libreros de la ciudad. Cubrimos distraídamente las varias etapas del novelista que nos desafió con la premiada “Terra nostra”,  al fin después comprendida gracias al hallazgo de un estudio que, igualmente hoy  insospechado, fue novedad en lo que fue la meritoria Biblioteca Nacional.  Nos acompañaron sus ensayos de comprensión iberoamericana, aunque no hemos alcanzado el más reciente título de actualización de una literatura a la que nos introdujo bajo el sello de Joaquín Mortíz.

De cierta y fundada vanidad, su voz todavía recorre los documentales que nos llegan a través de la televisión por suscripción, colocando el acento crítico en lo que somos, hemos sido y aún deseamos ser. Por las limitaciones del mercado editorial nacional, habida cuenta de un control cambiario que lo afecta para beneficiar otros renglones, faltan títulos viejos y nuevos que las juventudes de ahora necesitan conocer para la coincidencia, discrepancia y superación.

Uno de sus representantes más notables, el llamado boom de la literatura latinoamericana nos permitió identificar y polemizar con sectores intelectuales que, al parecer, no tienen reemplazo. Y no lo tienen, entre otros motivos, porque la banalidad que campea no permite descubrir y apropiarnos de un distinto pensamiento en este lado del mundo.

Se va Fuentes, terra nostra. Esperamos por los que vienen, aún cuando no hayan ido.

Fuente:
http://www.noticierodigital.com/2012/05/fuentes-terra-nostra/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=866290

HALLADO EN LA RED

Mario Vargas Llosa 

Acabo de enterarme de la muerte de Carlos Fuentes y me ha dado mucha pena. Con él desaparece un escritor cuya obra y cuya presencia han dejado una huella profunda. Sus cuentos, novelas y ensayos están inspirados principalmente por la historia y la problemática de México, pero él fue un hombre universal, que conoció muchas literaturas, en muchas lenguas, y que vivió de una manera comprometida todos los grandes problemas políticos y culturales de su tiempo. Fue siempre un gran promotor cultural y trabajó incansablemente por unir a los escritores y lectores de nuestra lengua a ambas orillas del Atlántico. Era un gran trabajador, disciplinado y entusiasta, y al mismo tiempo un gran viajero, con una curiosidad universal, pues se interesaba por todas las manifestaciones de la vida cultural y política y escribía sobre todo con brillantez y buena prosa. No solo sus amigos sino también sus muchos lectores lo vamos a extrañar.

Sergio Ramírez

Carlos Fuentes deja con su muerte un vacío en mi vida, devoto suyo como fue desde mi lectura de Aura y el Cantar de Ciegos, dos libros que abrieron en mí la perspectiva del escritor que yo quería llegar a ser en tiempos de adolescencia. Pero me conquistó también su visión ecuménica de la literatura, como un reflejo revuelto de la historia total de nuestra América, de la que, haciendo uso de la imaginación, el escritor no debía ser sino un cronista osado y aventurado, obligado a verlos todo y contarlo todo, desenterrándolo todo. La lección perpetua del pasado para aprender a mirar el futuro, sin dejarse desalentar por las constantes decepciones de los ideales rotos y de los sueños pervertidos. Su obra es una galería de espejos para mirar la historia y mirarse en la historia, desde La muerte de Artemio Cruz a Adán en Edén, la tragedia de nuestra América que siempre ha navegado en las aguas oscuras de la traición y el crimen. En este sentido, Fuentes enseñó siempre a lo largo de su vida de escritor una incontestable calidad ética teñida de rebeldía juvenil, nunca dispuesto a callarse. Su palabra como un ejercicio constante de la libertad. Siempre persiguiendo la excelencia de la escritura, su novedad, libro tras otro, hasta el mismo final.

(EL PAÍS y revista COROTO)

CRÍTICO DE LA LECTURA

EL NACIONAL - Miércoles 16 de Mayo de 2012     Escenas/1
Carlos Fuentes habita la transparencia
El fundador de la novela moderna de México murió de complicaciones cardíacas a los 83 años de edad sin ver publicado su último libro, Federico en su balcón . Dejó en el tintero El baile del centenario
MICHELLE ROCHE RODRÍGUEZ

Se fue uno más. Un pedazo de la literatura en español que, a pesar de tanto construir para el futuro, pasó a formar parte del pasado. Ayer por la tarde falleció en Ciudad de México, a los 83 años de edad, Carlos Fuentes, debido a complicaciones cardíacas. Más allá de la vorágine mediática que acompaña la muerte de personalidades internacionales de la estatura del autor de La región más transparente (1958), es evidente que comienzan escribirse los últimos párrafos del capítulo dedicado al celebérrimo boom de la literatura latinoamericana. Pero los axiomas que defendieron sus escritores, por estar unidos a las necesidades de la región, siguen vigentes, aunque narradores más contemporáneos escojan otros estilos para desarrollarlos.

El 2 de agosto de 1977, cuando Fuentes agradeció en un discurso haber recibido el Premio de Novela Rómulo Gallegos por Terra nostra y señaló que la cruzada de la literatura latinoamericana era darle voz a los silencios de la historia, impuso un desafío a sus pares: "La muerte del justo ha sido a menudo el precio de nuestras vidas. No lo olvidemos hoy, cuando la América Latina, luminosa utopía fundada una y otra vez en las empresas del descubrimiento, las gestas de independencia y el desgarramiento de las revoluciones, vive una de las noches más negras, largas y tristes de su historia de empecinadas esperanzas".

La cita ­y el discurso entero­ pudieran referirse a la hora y el día en que esta necrológica se escribe, pero tienen más de 30 años. Y fueron el credo de la vida profesional del autor de La muerte de Artemio Cruz y Aurora ­novelas que este año celebran medio siglo de publicadas­, que sigue vigente y mantendrá la sangre fluyendo por dentro de la prosa del escritor que, al contrario de su cuerpo, es inmortal.

Trabajar hasta morir.

Fuentes fue incansable hasta el último día de su vida. Amén del viaje de más de un mes que recientemente realizó a Estados Unidos, a Brasil, a la Feria del Libro de Buenos Aires y a Chile, continuaba escribiendo con el mismo profesionalismo de los primeros días. El sello Alfaguara México está por publicar su ensayo Personas, sobre aquellos que más lo influyeron.

También, según el diario El País de España, recién terminó una novela titulada Federico en su balcón, en la cual Nietzsche aparece resucitado en un balcón a las cinco de la mañana para conversar con él. Por estos días adelantaba capítulos y revisaba notas sobre El baile del centenario, obra que cubre la década de la historia de México entre la celebración que Porfirio Díaz organizó por los 100 años de la independencia de su país, en 1910, y la conmemoración que hicieron Álvaro Obregón y José Vasconcelos al final de la fiesta, en 1920.

Sus libros más recientes fueron La gran novela latinoamericana, que causó revuelo en los círculos literarios por dejar a Roberto Bolaño fuera del canon, la antología de cuentos Carolina Grau y la novela Vlad.

En abril salió a la venta en México el ensayo que escribió con el ex presidente chileno Ricardo Lagos, El siglo que despierta.

Fue por su entrega al trabajo y su vitalidad dentro de las letras mexicanas y, claro está, las latinoamericanas, que Fuentes se hizo acreedor de más de una veintena de premios entre los que se destacan el Cervantes (1987), el Príncipe de Asturias (1994), el Biblioteca Breve (1967) y el Rómulo Gallegos (1977). La última distinción que le adjudicaron en vida fue el doctorado honoris causa de la Universidad de las Islas Baleares, anunciada el lunes.

México acaba de perder al precursor de su novela moderna y la literatura latinoamericana, a uno de los hijos insignes de su boom. Sin embargo, los lectores seguramente extrañarán al hombre laborioso cuya obsesión fue la palabra escrita en castellano, porque de esos quedan cada vez menos.


miércoles, 18 de abril de 2012

IMPUNIDAD


EL NACIONAL, Caracas, 03 de julio de 2001
Notas sobre un rapto
Luis Barragán

Suele ocurrir: nombrar la revolución es muy distinto a hacerla. Agotada la imaginación, la ineptitud es cubierta con etiquetas que la fingen.
No es un mero afán opositor el que nos inspira, porque acá nadie podrá decir "jamás habíamos visto nada igual", parafraseando a Carlos Fuentes (Casa con dos puertas, Joaquín Mortíz, México, 1970: 151). Comprobamos con tristeza la pérdida de una inmensa oportunidad para el cambio que siempre soñamos desde la libertad.
Agolpadas las notas sobre la mesa, encontramos una ya antigua advertencia de Augusto Mijares: "Lo más grotesco es que (el político) quiera ser un revolucionario y no sepa cómo" (Elite, 27 de abril de 1963, número 1961). Desde la izquierda hasta la derecha, la invocación ha servido de mágica fórmula para conjurar las sorpresas que depara el ejercicio de gobierno y, habitual en este lado del mundo, las explosiones verbales dicen frenar el duro oleaje de la realidad.
El convencimiento más profundo que se tiene del tránsito por el poder reside en el empleo de la palabra: por modesta que sea, trasciende a todos los ámbitos. El desliz sintáctico, el neologismo espontáneo y la más atrevida adjetivación, rápidamente adquieren un visado social que también nos recuerda -con Castoriadis- aquello del político como prisionero de lo que dice.
Los dicterios no pueden construir una senda diferente, al menos que se tenga por tal la "sinceración" -Rangel dixit- de una herencia aceptada y recreada. Y es que los pronunciamientos radiales del presidente Chávez provocan las naturales reacciones que abonan a una básica cultura democrática adquirida en décadas que contrastan favorablemente con toda la historia republicana, por lo que no puede agravarse la oquedad revolucionaria con los caprichosos atropellos verbales.
Atropellos que igualmente avisan de una necesidad inaplazable: la de estatizar al propio Gobierno. Sentimos que, al discrepar de la reciente decisión del Tribunal Supremo, estaba en el fondo del recurso interpuesto por Elías Santana.
Insurge el Estado Audiovisual que, confundido con sus circunstanciales seguidores, sacraliza el gesto. No podemos olvidar las viejas experiencias, pues, observaba Fuentes: "La historia del siglo ha demostrado que las palabras también sirven para tiranizar. Hitler hizo algo más que quemar libros. El nazismo corrompió totalmente el lenguaje, al grado de que los significados elementales de la relación verbal se perdieron. Toda una generación de escritores alemanes ha debido dedicarse a la reconstitución del lenguaje primario de los individuos y de la sociedad. Y en el propio Estados Unidos, ¿no fue el macartismo, antes que otra cosa, un rapto verbal? El senador Joseph McCarthy fundó su aparato de sospecha, de infundio, de represión, de cacería de brujas, en el uso de epítetos difamantes, de palabras que no podían ser comprobadas, de etiquetas verbales" (115).
Quisiera que fuese una exageración al revisar y citar lecturas de antaño. No obstante, permanece la doble angustia por una revolución inauténtica, sin el compromiso con las razones, las emociones y la realidad misma que la autorizan, y la adulteración expresiva que supondrá una paciente reconstrucción de la esperanza misma: ¡Qué inmenso es el reto para la oposición democrática!

sábado, 11 de febrero de 2012

CAZA DE CITAS














“...!Perdona mi falta de ignorancia, como quien dice!”

Licha

(“La cabeza de la hidra” de Carlos Fuentes, Biblioteca de El Nacional, Caracas, 2001, p. 245).

Ilustración: Ugo (El Nacional, Caracas, 08/02/12)

domingo, 4 de septiembre de 2011

INVENTARIO


EL NACIONAL - Sábado 03 de Septiembre de 2011 Cultura/3
LITERATURA El canon propuesto por el autor mexicano excluye a Roberto Bolaño
Dos listas de Carlos Fuentes abren una polémica que está por escribirse
La gran novela latinoamericana pone en el tapete la discusión sobre la nueva narrativa
MICHELLE ROCHE RODRÍGUEZ

Décadas después de que movimientos como McOndo y la Generación Crack dieran por muerto el realismo mágico, Carlos Fuentes sigue causando polémicas entre los intelectuales a ambos lados del Atlántico.

Desde hace una semana se encuentra en las librerías españolas su ensayo La gran novela latinoamericana (Alfaguara), en el que analiza la situación de la narrativa contemporánea bajo parámetros que para muchos críticos son cuestionables.

El sábado 28 de agosto la diatriba saltó a la web, cuando Babelia, el suplemento literario del diario El País de España, publicó un artículo del mexicano titulado "Estirpe de novelistas", en el que el autor resume los postulados del libro y propone dos cánones de novelas, uno para el siglo XX y otro para el XXI.

En el primero incluyó El Aleph de Jorge Luis Borges, Los pasos perdidos de Alejo Carpentier, Rayuela de Julio Cortázar, Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, Paradiso de José Lezama Lima, La vida breve de Juan Carlos Onetti, Noticias del imperio de Fernando del Paso, Yo el supremo de Augusto Roa Bastos, Pedro Páramo de Juan Rulfo, Conversación en la catedral de Mario Vargas Llosa y Santa Evita de Tomás Eloy Martínez.

Para el crítico literario Carlos Pacheco, llama la atención que la lista, que reúne los nombres de escritores de sólo 7 países latinoamericanos, comience con Borges, que jamás escribió una novela: "Aunque sí inspiró una nueva estética literaria". Pero el canon de la novela del siglo XXI no le resulta menos extraño. "Se atreve a formularlo apenas a 10 años de su inicio y sin distancia alguna de la primera lectura", señala.

Las novelas incluidas por Fuentes en el catálogo de lo reciente son Historia secreta de Costaguana de Juan Gabriel Vásquez, En busca de Klingsor de Jorge Volpi, Oír su voz de Arturo Fontaine, El desierto de Carlos Franz, Las muertes paralelas de Sergio Missana, Amphitryon de Ignacio Padilla, El síndrome de Ulises de Santiago Gamboa y Abril rojo de Santiago Roncagliolo.

Para el académico Luis Barrera Linares, que prefiere no proponer su propio canon, es entendible que Fuentes se sienta obligado a dar su visión de la narrativa en castellano, pero no justifica su selección: "Para canonizar hay que conocer a todos los santos del cielo y eso no es ni fácil ni probable. Es obvio que, por muchos años que tenga, don Carlos [Fuentes] no ha leído toda la literatura del continente. Da `su’ lista y se arriesga con lo que conoce. Lo que no significa que en el canon no entre aquello que por alguna razón no ha leído".

El ruido de Bolaño. El lector acucioso se habrá dado cuenta de la significativa omisión del innovador de la literatura en español Roberto Bolaño. "No está porque no lo he leído. Prefiero que termine el ruido antes de leerlo en paz", señaló a la agencia Efe Fuentes.

Bolaño ­a quien Volpi califica de "unánime gurú de los nuevos escritores latinoamericanos" en el ensayo El insomnio de Bolívar (Debate, 2009)­ ganó la inmortalidad literaria con los premios Herralde y Rómulo Gallegos. Después de su muerte, fue reconocido en Francia y en Estados Unidos y se convirtió en un ícono de las letras en castellano.

El profesor de la Universidad de los Andes Diómedes Cordero prefiere mantenerse cerca de la definición misma de la palabra contemporaneidad: "Quizás Fuentes, en su lectura canónica, no se distancia lo suficiente de las tendencias novelísticas privilegiadas por las instituciones literarias y el mercado, lo que posiblemente no le permita leer la contemporaneidad de obras como las de Ricardo Piglia, César Aira, Sergio Chejfec, Alan Pauls, Daniel Sada, Juan Villoro, Cristina Rivera Garza, Roberto Bolaño, Adolfo Couve, Victoria de Stefano, José Balza, Ednodio Quintero, Alberto Barrera Tyszka, Antonio López Ortega, Horacio Castellanos Moya y Rodrigo Rey Rosa". También, el crítico residenciado en Mérida resiente que Fuentes no se distanciara de sus propias lecturas: "Tal vez el canon de la narrativa latinoamericana del siglo XXI se defina por la profunda inactualidad contenida en obras que alcanzarían su legibilidad y legitimidad en otro momento histórico. Sólo la obra de Bolaño parece representar plenamente la consideración intempestiva nietzscheana". Según esa consideración, es contemporáneo quien no coincide ni se adecua al presente y, desde el anacronismo y alejamiento, le es más fácil percibir su tiempo.

Para Cordero, la legitimidad de Bolaño para lectores y críticos "es de alcance global y contemporáneo en tiempo `presente’: en su vanguardia desfasada y anacrónica podría radicar su reconocido valor literario y artístico".

Con o sin Bolaño, La gran novela latinoamericana es el más reciente juicio de un apóstol del Boom a las generaciones que le suceden. La última palabra será de los lectores.