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domingo, 11 de marzo de 2018

LÍNEA DE FLOTACIÓN

Ante la democracia traicionada
Luis Barragán

Desde los tiempos más remotos, herederos de las distintas rebeliones que hicieron nuestra etapa colonial hasta desembocar en la gesta independentista, rehaciéndose constantemente con posterioridad, la libertad y la democracia constituyeron demandas por siempre vivas e infranqueables que, de un modo u otro, expresamos los venezolanos. E, incluso, puede aseverarse con Carlos Fuentes al escribir sobre el Quijote, en tiempos que el Premio Rómulo Gallegos fue un referente de real trascendencia internacional, recibimos también las frustraciones de lo que resultó la España que arribó a América, perdiendo la oportunidad de democratizarse con la derrota de los comuneros de Villalar, por 1521,  y la expulsión de los árabes y judíos, como no ocurrió, ni podía ocurrir,  con la heredad harto absolutista de incas o aztecas, por ejemplo. 

Procuramos superar el sistema censitario e irrumpió un hecho de fuerza, en 1945, a objeto de imponer la elección universal, directa y secreta de nuestros gobernantes. Luego del duro y largo  interín militar, desde 1958 definitivamente prosperó la fórmula  tercamente oportuna, además, cerrando el siglo XX con demandas de un mayor perfeccionamiento que tendieron integrarse a nuestra cultura política promedio.

Lucía impensable que alguien se declarase pública e impunemente partidario de los comicios de segundo, tercer o cuarto grado para seleccionar las autoridades públicas, incomodando el mecanismo en cualesquiera organizaciones de la sociedad civil, aunque – detrás, muy detrás, delictivamente escondida – estuvo la interpretación de una tal democracia participativa o directa, orientada a la fulminación de toda una conquista histórica. Poco a poco, plebiscitándose con un infinito ventajismo, convertidas las triquiñuelas en una hazaña tecnológica,  este régimen, en esta y no en otra centuria, pacientemente fue minando nuestras convicciones democráticas y, chantajista,  afincándose insólitamente en el hambre, jura que elegimos, por el sólo acto de votar, y hace llamar “poder popular” a la clientela política de la que no siente ya con el deber de  proteger, pues, mafioso, todos quedan a su suerte.

Lo peor es que, huérfanos de las más elementales condiciones y garantías, un sector de la oposición concurrió a las elecciones regionales y municipales, aparentemente reacio a hacerlo para las presidenciales, en abierta contradicción consigo mismo y, obviamente, con el mandato del 16 de julio de 2017, descalificando y atacando a los inconformes tras el discurso fetichista del sufragio, aunque no tuviese sentido alguno, porque ahí están los cuatro  gobernadores juramentados por la tal constituyente, colaborando “inocentemente” con el poder central. Muy pocos parpadean porque hay un cambio “democrático” en Cuba, mediante unos comicios, bajo la égida de la rosca de  un solo partido, que dará con un parlamento que, faltando poco, no es tal, para que “elija” el gobierno de “reemplazo” de Raúl Castro, dándole carta de legitimidad a un modelo inconcebible e incompatible con la devoción democrática de los venezolanos.

En medio de tan inaudito retroceso, culturalmente nos empinamos con una de nuestras banderas históricas: la democracia y la libertad que, por lo menos, una vez tuvimos y que, llamada a su perfeccionamiento con la nueva centuria, fue abiertamente traicionada por los epígonos del poder establecido al que, voluntaria o involuntariamente, contribuyen aquellos que pretenden reemplazarlos desde partidos resueltamente antidemocráticos, por mucha estridencia que hagan, pretendiendo versionar y modelar un frente tan amplio como lo pauten sus intereses. Por ello, el planteamiento de Soy Venezuela, sintetizadas en un conjunto de propuestas bajo el común título de Tierra de Gracia: una coalición política y social que aporta iniciativas y planteamientos diferentes a la rutina y al convencionalismo que hace estragos.

jueves, 1 de diciembre de 2016

SENTENCIA

EL NACIONAL, Caracas, 29 de noviembre de 2016
La historia no lo absolverá. Fidel Castro, obituario urgente
Carlos Alberto Montaner

Fidel Castro ha muerto. ¿Qué leyenda de 10 palabras hay que poner en su lápida? “Aquí yacen los restos de un infatigable revolucionario-internacionalista nacido en Cuba”. Me niego a repetir los detalles conocidos de su biografía. Pueden leerse en cualquier parte. Me parece más interesante responder cuatro preguntas clave.
¿Qué rasgos psicológicos le dieron forma y sentido a su vida, motivando su conducta de conquistador revolucionario, cruce caribeño entre Napoleón y Lenin?
Era inteligente, pero más estratega que teórico. Más hombre de acción que de pensamiento. Quería acabar con el colonialismo y con las democracias, sustituyéndolas por dictaduras estalinistas. Fue perseverante. Voluntarioso. Audaz. Bien informado. Memorioso. Intolerante. Inflexible. Mesiánico. Paranoide. Violento. Manipulador. Competitivo al extremo de convertir el enfrentamiento con Estados Unidos en su leitmotiv. Narcisista, lo que incluye histrionismo, falta total de empatía, elementos paranoides, mendacidad, grandiosidad, locuacidad incontenible, incapacidad para admitir errores o aceptar frustraciones, junto a una necesidad patológica de ser admirado, temido o respetado, expresiones de la pleitesía transformadas en alimentos de los que se nutría su insaciable ego. Padecía, además, de una fatal y absoluta arrogancia. Lo sabía todo sobre todo. Prescribía y proscribía a su antojo. Impulsaba las más delirantes iniciativas, desde el desarrollo de vacas enanas caseras hasta la siembra abrumadora de moringa, un milagroso vegetal. Era un cubano extraordinariamente emprendedor. El único permitido en el país.
¿Cómo era el mundo en que se formó?
Revolución y violencia en su estado puro. Fidel creció en un universo convulso, estremecido por el internacionalismo, que no tomaba en cuenta las instituciones ni la ley. Su infancia (n. 1926) tuvo como telón de fondo las bombas, la represión y la caída del dictador cubano Gerardo Machado (1933). Poco después, le llegaron los ecos de la Guerra Civil española (1936-1939), episodio que sacudió a los cubanos, especialmente a alguien, como él, hijo de gallego. La adolescencia, internado en un colegio jesuita dirigido por curas españoles, fue paralela a la Segunda Guerra (1940-1945). El joven Fidel, buen atleta, buen estudiante, seguía ilusionado en un mapa europeo las victorias alemanas. El universitario (1945-1950) vivió y participó en las luchas a tiros de los pistoleros habaneros. Fue un gangstercillo. Hirió a tiros a compañeros de aula desprevenidos. Tal vez mató alguno. Participó en frustradas aventuras guerreras internacionalistas. Se enroló en una expedición (Cayo Confites, 1947) para derrocar al dominicano Trujillo. Era la época de la aventurera “Legión del Caribe”. Durante el Bogotazo (1948), en Colombia, trató de sublevar a una comisaría de policías. Los cubanos no tenían conciencia de que el suyo era un país pequeño y subdesarrollado. Como “Llave de las Indias” y plataforma de España en el Nuevo Mundo, los cubanos no conocían sus propios límites. Esa impronta resultaría imborrable el resto de su vida. Sería, para siempre, un impetuoso conspirador dispuesto a cambiar el mundo a tiros. No en balde, cuando llegó a la mayoría de edad se cambió su segundo nombre, Hipólito, por el de Alejandro.
¿En qué creía?
Fidel aseguró que se convirtió en marxista-leninista en la universidad. Probablemente. Es la edad y el sitio para esos ritos de paso. El marxismo-leninismo es un disparate perfecto para explicarlo todo. Es la pomada china de las ideologías. Fidel tomó un cursillo elemental. Le bastaba. Le impresionó mucho. ¿Qué hacer?, el librito de Lenin. Incluso, los escritos de Benito Mussolini y de José Antonio Primo de Rivera. No hay grandes contradicciones entre fascismo y comunismo. Por eso Stalin y Hitler, llegado el momento, cogiditos de mano, pactaron el desguace de Polonia. Los comunistas cubanos, como todos, eran antiyanquis y estaban convencidos de que los problemas del país derivaban del régimen de propiedad y de la explotación imperialista auxiliada por los lacayos locales. Fidel se lo creyó. Sus padrinos ideológicos fueron otros jóvenes comunistas: Flavio Bravo y Alfredo Guevara. Fidel no militó públicamente en el pequeño Partido Socialista Popular (comunista), pero su hermano Raúl, apéndice obediente, sí lo hizo. Allí se quedó en prenda hasta el ataque al cuartel Moncada (1953). Fidel se reservó para el Partido Ortodoxo, una formación socialdemócrata con opciones reales de llegar al poder que lo postuló para congresista. Batista dio un golpe (1952) y Fidel se reinventó para siempre, con barba y uniforme verde oliva encaramado en una montaña. Era su oportunidad. Había nacido el Comandante. El Máximo Líder. Solo se quitó el disfraz cuando lo sustituyó por un extravagante mameluco deportivo marca Adidas.

¿Cuál es el balance de su gestión?
Desastroso. Les prometió libertades a los cubanos, los traicionó y calcó el modelo soviético de gobierno. Acabó con uno de los países más prósperos de América Latina y diezmó y dispersó a la clase empresarial, pulverizando el aparato productivo. Tres generaciones de cubanos no han conocido otros gobernantes durante cincuenta y tantos años de partido único y terror. Extendió la educación pública y la salud, pero ese dato lo incrimina aún más. Confirma el fracaso de un sistema con mucha gente educada y saludable incapaz de producir, hambrienta y entristecida por no poder vivir siquiera como clase media, lo que los precipita a las balsas. Fusiló a miles de adversarios. Mantuvo en las cárceles a decenas de miles de presos políticos durante muchos años. Persiguió y acosó a los homosexuales, a los cultivadores del jazz o el rock, a los jóvenes de pelo largo, a quienes escuchaban emisoras extranjeras o leían libros prohibidos. Impuso un macho feroz y rural como estereotipo revolucionario. 20% de la sociedad acabó exiliada. Creó una sociedad coral dedicada públicamente a las alabanzas del jefe y de su régimen. Por su enfermiza búsqueda de protagonismo, miles de soldados cubanos resultaron muertos en guerras y guerrillas extranjeras dedicadas a crear paraísos estalinistas o a destruir democracias como la uruguaya, la venezolana o la peruana de los años sesenta. Carecía de escrúpulos políticos. Se alió a Corea del Norte y a la teocracia iraní. Apoyó la invasión soviética a Checoslovaquia. Defendió a los gorilas argentinos en los foros internacionales. 90% de su tiempo lo dedicó a jugar a la revolución planetaria. Deja un país mucho peor del que lo recibió como a un héroe. La historia lo condenará. Es cuestión de tiempo.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/carlos_alberto_montaner/historia-absolvera-Fidel-Castro-obituario_0_966503397.html
Ilustraciones: Roberto Bizama y Omar Santana.