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domingo, 12 de julio de 2020

FRENTE A LA BANALIDAD CORRESPONDIDA

Del aguafiestas indispensable
Luis Barragán

A Víctor Maldonado

Tratando de desmentirlo, somos cada vez más convencionales en la crítica.  Ésta trilla los caminos que el régimen ha empedrado, por lo que requerimos de un poco más de ilustración para romper los nudos de las intrigas y los estereotipos que retrotraen el debate político a la barbarie devenida espectáculo.

El formidable y antes impensable analfabetismo ideológico (o ideológico-cultural) de los socialistas del XXI, urgió del predominio de sectores de la oposición que les fuesen equivalentes, consiguiéndolo. El poder establecido se ha esmerado en promover y consolidar la interlocución  de  quienes, forzados a un Tweed de duelo, por vez primera, recibieron  noticia de la existencia de  Emeterio Gómez o Asdrúbal Baptista, por citar un par de ejemplos recientes,  en tránsito hacia la nada. Y es que ser, siéndolo de acuerdo  al canon, es como un ilimitado instante de numerosos y melódicos  selfies en el que cualesquiera gestos y palabras, por banales que fuesen, prometen una buena escalada en el trending topics de la política cohabitadora. 

Por esta suerte de banalidad correspondida, nadie osará molestar al opinante con preguntas que le obliguen a congregar el mínimo necesario de neuronas; en  todo caso,  a la mano se encuentran las etiquetas y, no faltaba más, los etiquetadores dispuestos al sacrificio que pocos saben cómo paga. ¿Para qué hablar de la trascendencia e interpelación del 5 de  julio de  1811,  pues, unas horas después, nadie siquiera sabrá si hubo  o no desfile militar?  Sin embargo, los hay – algo más que disidentes – atrevidos a preguntar y a responder, aguándoles la fiesta a los sembradores de la resignación circense.

Versamos sobre el atípico dirigente político que denuncia una historia mal contada, asegurándonos en 1814, y trae a colación a Picón-Salas y a Briceño-Iragorry para extenderse en los cargos fiscales.  Acaso, con más de Lacan que de Proust, dice buscar una fecha patria que ya  ha encontrado en sus frecuentes reflexiones, comprometiéndose en un esfuerzo histórico hasta donde sus fuerzas lo permitan, como los atípicos dirigentes políticos que construyeron este país con razones y pasiones de imposible prefabricación.

Para coincidir y discrepar, auténticas voces críticas, avisadas, informadas, ilustradas, comprometidas que serán aún más necesarias para el futuro  (re) enderezamiento del  país. Preparadas para asumir altas responsabilidades de Estado, tienen el talento indispensable para acabar con los festines del (auto) engaño, precisando a los payasos y a los dueños del circo, como muy pocos se atreven a hacer hoy.

Cfr.
06/07/2020:

sábado, 11 de julio de 2020

EL CAMINO PENDIENTE

En busca del 5-J
Víctor Maldonado C.  
  
A Luis Barragán

Doscientos nueve años y un inmenso vacío. Ese sería un epitafio perfecto para un país fallido. Es poco lo que se puede evocar de la declaración de independencia y de aquellas gestas gloriosas que se narran todavía hoy en tono peripatético e infatuado, cuando la realidad es otra. Si acaso hubo independencia, ahora mismo no somos libres. Si alguna vez tuvimos país, en la actualidad eso es poco menos que una nostalgia. Ahora somos más colonia bastarda que país libre. Y el millón de kilómetros cuadrados que casi somos se lo disputan cualesquiera de las variopintas versiones de fuerza cuyo único interés es el saqueo y la depredación. Hemos vuelto al pavoroso año 1814, cuando las ciudades se vaciaron, queriendo huir de Boves, esa tiranía hecha de resentimiento, y que iba montada a caballo para arrasar con todo. Nuestro éxodo contemporáneo huye de lo mismo, de la reivindicación del odio, capaz de matarnos de hambre mientras suena al fondo la última versión de “patria querida”. La historia sirve para apreciar la secuencia que nos ha traído hasta aquí.

Ahora todo el tiempo del país transcurre encerrados en una terrible cuarentena que hiede a control social y a condicionamiento operante. El miedo a todo y a todos es la negación fisiológica de la libertad y la esperanza. Y no es que alguno piense que la pandemia sea eterna, como si lo parece ser el control férreo que tiene el caos que nos aplasta bajo el imperativo ideológico tenaz del socialismo del siglo XXI. La pandemia cesará, solo para indicarnos que no tenemos independencia alguna. Que vivimos la ruina y el fallido en la inmensa soledad de lo poco importante. Pero además lo experimentamos sabiendo que quienes deberían dirigirnos son tan fatuos y escasos, más aún que los que debieron improvisar un rol en aquellos tiempos de nuestra revolución germinal.

¿Acaso tuvo sentido? Los venezolanos solemos perdernos en los recovecos de una historia mal contada, pero que nos ha acomplejado hasta el presente. Porque ¿cómo podemos volver a ser esos héroes magnánimos que arruinaron sus vidas y haciendas para parir la libertad de todo el continente? Peor aún ¿acaso lo fueron? ¿Hubo alguna vez esa coincidencia de semidioses esclarecidos que se dedicaron a la libertad? ¿Y si no fue así? ¿Si solo fueron intereses, emociones, envidias y desencuentros que al final se sintetizaron en un curso de acción posible, el más posible, el que aprovechó las circunstancias de la debilidad y la confusión de los borbones? 

¿Qué pasa si en lugar de ser nosotros los protagonistas de nuestro destino, solamente fuimos la consecuencia de la capacidad rapaz y depredadora del “emperador de los franceses”, que puso de rodillas a una familia real venida a menos por las conjuras internas y el fétido manejo de la sucesión? ¿Y si los interinatos de aquellas épocas, las cortes y la regencia, lo hicieron tan mal que nos abrieron un espacio de justificación de los hechos cumplidos, tan incapaces que eran de comprender nada, víctimas de su propia contradicción, y si, de las brutales embestidas del ejército napoleónico? ¿Qué vamos a responder si llegamos a la conclusión de que para la época el imperio ya no era posible, y finalmente fuimos resultado y no causa, a pesar del guión que dijimos que interpretamos con esa solidez de las proclamas? ¿Y si solo fue una huida hacia ningún sitio? ¿Y cómo podemos justificar lo que después ocurrió? La primera república estaba condenada antes de nacer. ¿Por qué?

Mariano Picón Salas en su ensayo sobre Francisco de Miranda nos va relatando la trama. Para finales de 1.810 los saldos eran agridulces. La Junta Suprema no había podido incorporar al movimiento autonomista a Maracaibo, Coro y Guayana. Ellas seguían como garantes del poder español. Divididos llegaron al 5 de julio, y por eso el documento fundamental de la nacionalidad fue suscrito por representantes de las provincias de Caracas, Cumaná, Barinas, Margarita, Mérida, Barcelona y Trujillo. Un sitio, la capilla del seminario Santa Rosa de Lima. Una hora, 3:00 p.m. “Nosotros, reunidos en Congreso, queremos reafirmar nuestros derechos y autorizar el libre uso que vamos a hacer de nuestra soberanía”. ¿Nosotros? 

Al parecer pugnaban tres partidos, digamos que tres puntos de vista sobre las razones y alcances de la movida independentista. No había, por lo tanto, una antorcha de luz que los guiara hacia los senderos inefables de la unidad. Ni luz, ni música de fondo. Cada grupo tenía una apuesta que poco a poco iba a colocar sobre la única mesa posible. Tres partidos y “algunas individualidades sobre salientes y enérgicas como Rivas y Bolívar”, y de seguro, la de Francisco de Miranda. 

El primer grupo estaba integrado por “los aristócratas autonomistas que querían aprovechar la excelente coyuntura de la guerra española para mandarse solos”. Picón Salas sigue escudriñando en las razones. “Su vigorosa patria potestad, sobre hijos, esclavos, hatos de ganado, haciendas de cacao y tanques de añil, no encuentra otra restricción que la política. Ser poder político, así como ya son poder familiar y poder económico, es lo que en el fondo auspician. Hay buenos y malos hombres en esta primera ficción autonomista”.  Como siempre, a un preclaro Martín Tovar Ponte se opondrá un tortuoso e integrante Marques de Casa León. 

El segundo grupo estará formado por una juventud ilustrada, y embriagada con la lectura de los textos y autores de la revolución francesa. Estos “sienten, románticamente, el deseo de un cambio; abominan de todo lo viejo, ven en la revolución una maravillosa aventura cargada de sorpresas, y para escándalo de las antiguas familias y los prejuicios vigentes, cultivan la amistad de los pardos y gentes de color. Ellos serán el núcleo dirigente de la Sociedad Patriótica. 

El tercer grupo es la reacción. Son los comerciantes y funcionarios españoles que se ven desplazados por el patriarcado criollo, demasiado cerca, y, por lo tanto, una imposición más interesada que el lejano rey. Ellos, y el pueblo mismo, preferían esa justicia y ley aplicadas en nombre del borbón, y no lo que se venía venir, “el ensoberbecido patricio criollo que subrayaba su altanera preeminencia”.

“En nombre de Dios, todopoderoso, nosotros los representantes…”. Así comienza la larga fundamentación encomendada al diputado Juan Germán Roscio y al secretario del congreso, Francisco Isnardi. España no puede seguir rigiendo debido al “trastorno, desorden y conquista que tiene ya disuelta a la nación española”. No deja de considerarse una larga y exhaustiva lista de agravios, desencuentros y desplantes practicados por los gobiernos de España, que no les dejan ninguna otra alternativa que declarar solemnemente que las provincias unidas de Venezuela son, de hecho y de derecho, estados libres, soberanos e independientes, creyendo y defendiendo la santa, católica y apostólica religión de Jesucristo, como el primero de los deberes.

El diccionario de Historia de Venezuela de la Fundación Polar señala que el manuscrito original se perdió. Cosas de la larga guerra. No se tiene el original que llevaba las firmas de los cuarenta y un diputados, el sello del congreso, la firma de secretario Isnardi y el decreto refrendatorio suscrito por los triunviros Mendoza, Escalona y Padrón. Afortunadamente el texto había sido reproducido en El Publicista de Venezuela del 11 de julio de 1811, y en la Gaceta de Caracas del 16 de julio del mismo año. Los primeros cien años de independencia tuvieron como referencias esas fuentes. Pero en 1907 se consiguió en Valencia un libro de actas manuscrito del Congreso Constituyente de 1811-1812. Ese es el que está en el Salón Elíptico del Palacio Federal, que se abre solemnemente una vez al año. 

Al llegar Chávez al poder, lo primero que hizo fue abrir el cofre y manipular el libro de actas. Las profanaciones siempre van contra los símbolos. El que haya sido él, debió advertirnos sobre la catástrofe que luego nos iba a venir por él. Pero antes a alguien se le ocurrió que el mismo día de la independencia se celebrara también el día de la fuerza armada venezolana. Ese maridaje constante entre la ficción militar y una independencia que fue proclamada por civiles siempre ha atentado contra la comprensión de lo que somos, por una parte, y lo que nunca fuimos por la otra. Buscando el 5 de julio caigo en cuenta que todas nuestras efemérides se han perdido entre marchas militares, arengas marciales y esa visión epopéyica, ridícula y mentirosa que no nos pone a pensar en las fisuras de lo humano, que bien nos haría saber y reconocer para comprender esta inercia laberíntica que nos asola una y otra vez.

Los días previos fueron obviamente tensos. Tres partidos y dos puntos de vista. ¿Centralistas a favor de Caracas, o federales en desmedro de la fortaleza que iba a ser necesaria para enfrentar una guerra civil pavorosa, y la reacción de un imperio que no iba a quedarse de brazos cruzados? La decisión no fue la más conveniente. Y la república se perdió. Había quienes preferían hacer las cosas con calma, apostando a la progresividad. Bolívar respondía febrilmente que “vacilar es perdernos”. La sabiduría a veces no se lleva demasiado bien con el ímpetu. Miranda, diputado por El Pao, gracias a uno de los varios desplantes de la petulancia caraqueña, observaba con temor. Él quería la independencia, pero sabía de riesgos, y presentía el bochinche.

En el congreso, un arrollador discurso de Miranda a favor de la independencia fue respondido con una bofetada de Ramón Ignacio Méndez. Se fueron a las manos porque los argumentos en contra se habían agotado. La verdad es que declararon dejar de ser colonia española, pero no podían dejar de ser cultura colonial, esa que por más de trescientos años había regido sus vidas. No es fácil dejar de ser a través de un acta. No es fácil dejar de ser, por más que la emoción del momento suscriba lo contrario. Esta búsqueda nos confronta con algunos hallazgos: No fueron todos, no estaban claros, no estaban realmente unidos alrededor de un propósito unívoco, no previeron los costos. Fue una época de confusa agitación. El bochinche estaba a la vuelta de la esquina.

El resultado no podía ser otra que “la patria boba”. Una cosa era la declaración de la independencia, además suscrita con la prosa encendida de Roscio, y otra muy diferente encarar la realidad, que tuvo efectos telúricos para los que no estaban preparados los constituyentes. Mariano Picón Salas lo describe maravillosamente: “la guerra había sido actividad ajena a aquellos patricios caraqueños que gozaron de un mundo tan próspero y pacífico como el de los últimos años del coloniaje. Los capitanes de milicia de la provincia venezolana apenas lucían su hermoso tricornio, su espadín diplomático, su casaca azul, su camisa de seda en las fiestas oficiales, además regidas por el más cortesano ceremonial”. Será la guerra de las primeras sorpresas con que tropezarán los magnates. La guerra y la necesidad de reconocer la capacidad de quien la tuviera, que no todo podía darse graciosamente por el merecimiento de un buen nombre, o por riqueza.

Dos mundos se enfrentaban fratricidamente. Por una parte, los privilegios que pretendían conducir lo que ignoraban. Por la otra, la experiencia comprobada de Miranda, que por pardo, tenía los días contados. Lo odiaban. Le envidiaban su trayectoria. No lo soportaban. Pero más allá de la inquina, del quítate tú para ponerme yo, de la pretensión de que fueran los demás los que pagaran los costos, lo cierto es que después de las proclamas, y más allá de los encendidos debates del congreso, la realidad se iba a imponer y a dar todas las lecciones que fueran necesarias.

El pretender que fue un momento idílico es totalmente falso. Seguían siendo colonia. Culturalmente restringidos a sus propios fueros, tuvieron que ocurrir muchas cosas para que cayeran en cuenta que el desafío podía atropellarlos hasta dejarlos fuera de combate. Que podía ser más grande que ellos y lo que significaban. Y que nada ni nadie podía asegurarles nada. Que probablemente iban a perderlo todo, que el camino era largo, sangriento y extenuante. Pero, sobre todo, que las categorías con las que trataban de comprender al mundo no les iban a servir. Estaban inmersos en una revolución saturniana, ávida de devorar a sus perpetradores. 

Lo cierto es que en los albores de esa primera experiencia de adultez republicana la acción política y militar de 1811 estaba atascada entre el problema regionalista, el de las castas, el problema hacendado, el miedo a la igualdad que en realidad pocos, muy pocos querían, la querella constitucional, y los costos de ese experimento que, invocando a Dios todopoderoso, llamaron independencia. Desde nuestra época fundacional improvisamos, despreciamos la realidad tal y como es, creemos que los detalles que estorban a nuestros planes, ellos mismos se disuelven. Desde el principio el delirio se posesiona de nuestras decisiones. 

A doscientos nueve años mi parecer es que queda poco de esa independencia proclamada. Pasaron cosas. No nos hemos reconciliado con nuestros propios mitos. Bolívar fue también profanado, no solamente en sus huesos, peor aún, en su significado, quedando sumergido en la vorágine que nunca quiso ser. Su nombre pisoteado e igualado a la peor barbarie posible. Su legado escarnecido. Su pueblo diezmado.  ¿No habrá llegado el momento de ofrendarle la paz y el silencio que nunca le hemos dado? Y nosotros ¿advertiremos que llevamos poco más de dos siglos sin encontrar el reposo de la libertad y la verdadera prosperidad, que solo producen repúblicas con instituciones fuertes y un apego irrestricto al derecho? ¿Seguiremos invocando los trágicos espectros del caudillismo, la violencia, el poder mal entendido, la corrupción y el populismo? ¿No tenemos acaso los mismos problemas de la época fundacional? 

Mario Briceño Iragorry señaló alguna vez que Venezuela se debía a sí misma un mea-culpa colectivo. Porque mientras no adoptemos una aptitud humilde y serena, no seremos capaces de tener la claridad requerida para entender nuestra función social. Yo coincido con el intelectual trujillano en que necesitamos abrirnos a un proceso de sinceridad y austeridad capaz de llevarnos a la salvación de nuestro destino histórico y darnos las razones de nuestro desfigurado rostro presente. No podemos dejar de buscar la ocasión para que ese proceso, doloroso pero fructuoso, se dé alguna vez. Mientras tanto yo seguiré buscando en el 5J los rastros perdidos de esa libertad que quiero y que no encuentro. 

05/07/2020:
Capturas de imágenes:

lunes, 29 de junio de 2020

CRISIS MORAL

Razones para la ruptura
Víctor Maldonado C.  

¿Cómo se debe sentir un país enajenado, confinado a ser espacio para el saqueo y la brutal corrupción? ¿Cómo se debe sentir una sociedad anulada, devastada por sus dirigentes, asediada por la ruina, que anticipa por todos los confines un colapso que ya llegó, pero que nos negamos a reconocer? ¿Cómo se va a sentir un país que todos los días comprueba que las promesas no se honran, que los compromisos no se cumplen, que cualquier curso estratégico es subastado al mejor postor?

Hay muchas razones para rechazar lo que está ocurriendo. Pero eso no es suficiente. Hay que buscar las causas y reconocer que tenemos cierta capacidad de dominio para intentar el cambio, sí y solo sí a nosotros nos parece que hay un problema social que debe resolverse. No es poca cosa, porque sin esa predisposición a intentar el cambio, podría ocurrir una adaptación a una situación incómoda que favorezca a las estructuras de dominación y se ceben en la integridad del ciudadano. Dicho de forma más precisa: Sólo tendremos un problema para resolver si antes declaramos que una determinada situación tiene que ser superada. ¿Qué es lo que hay que superar? 

La pregunta no es de fácil respuesta porque nos coloca en la necesidad de discriminar los síntomas de sus causas (otra vez esa palabra, ese llamado de atención a ser radicales). ¿Qué es lo que debemos resolver para que la situación cambie, no solamente de apariencia, sino en su esencia? Porque la realidad indica que la gente frente a los problemas tiene un dossier de respuestas adaptativas. Uno vanamente puede creer que la sociedad es un rompehielos dispuesto para quebrar cualquiera que sea la resistencia, pero no siempre es así. Frente a una dificultad cada uno lo encara poniendo en juego su capacidad de análisis, su fortaleza para mantener el curso de acción que permite la solución, y todo el coraje que necesita para resistir los embates. Como esa mezcla nunca es perfecta, algunos se la juegan todo para para resolverlo, pero como no somos infalibles, a veces lo exacerban, otras tantas se rinden frente al trance, o tratan de olvidarlo, mientras que otros, ya sabemos, deciden doblarse para no partirse. 

La diversidad de afrontamientos personales frente a una misma situación obliga a los líderes a intentar una narrativa social que homogeneice la diversidad de interpretaciones y encaramientos con el fin de lograr la fuerza suficiente para encarar y resolver la dificultad. Para los que quieren una versión preliminar de lo que significa “fuerza”, aquí la tienen: Es la capacidad que se despliega para que muchos tengan la disposición de asumir como propia una versión unívoca de una situación social que es propuesta por el líder. Que todos la vean de la misma forma. Que todos la llamen de la misma manera. Pero sigamos. Es también la capacidad que algunas veces tienen los dirigentes para alterar la percepción y evaluación que sobre la realidad tiene la gente.

Pero encarnar una opción de fuerza tienen como requisitos la diferenciación y el contraste. ¿Qué significa asumir un proceso de diferenciación? Significa tener la capacidad para demostrar que hay diferencias, que se encarnan y se asumen sistemas de valores, intenciones, capacidades y metas que son distintas a la de los otros cuando se plantean resolver un problema o allanar una situación. Eres distinto cuando te perciben diferente, hasta el punto de que, cuando te comparan con los otros, tienen que asumir que hay discrepancias insalvables, oposiciones cruciales, puntos de vista estratégicos irreconciliables, y, por lo tanto, es imposible no tener la necesidad de optar por uno u otro. No hay puntos medios. 

Por eso la ruptura es necesaria, porque en este momento de la política, los más peligrosos son los indefinidos. Aquellos que creen que pueden surfear sobre las olas sin caerse, incluso, manteniendo la estética del hombre erguido y musculoso, pero que a la hora de la verdad,no pasan de ser versiones alucinantes de la mentira y la mediocridad. En este momento “o eres chica, o limonada”, y asumes el riesgo. Porque los agazapados, los que creen que pueden pescar en río revuelto, los imprecisos, creen que son lo que no son, y creen ver lo que no ven. Tal y como lo sentencia el ángel apocalíptico a la iglesia de Laodicea: “Conozco tus obras, que no eres ni frío ni caliente. Ojalá fueras frío o caliente, pero como eres tibio, ni frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca. Dices que eres rico, que tienes abundancia, que no te falta nada; y no te das cuenta de que eres desgraciado, miserable y pobre, ciego y desnudo”. (Ap. 3,15-16) ¡El ángel lo dijo todo!

Para hacer ruptura nos encontramos con una primera gran dificultad: la cultura rentística-familística-clientelar-particularista que define a los venezolanos. Con la costra nostra nadie quiere romper. Nadie quiere sacrificar un esquema de relaciones en el que obtiene reconocimiento y prebendas, y fuera del cual nada funciona con las reglas de la afiliación, que son las únicas que saben usar los venezolanos. En Venezuela “tú eres las relaciones que tienes”, y por lo tanto, la pregunta que siempre debe tener respuesta es dónde los conocidos que reparten poder, influencia y beneficios.

En Venezuela se ha practicado un estatismo socialista de compinches, donde todo el mundo se reconoce familísticamente, y la regla que no se puede romper es precisamente la que impone que nadie puede ir contra nadie hasta el punto de dejarlo fuera, porque así no se trata a la familia. Efectivamente hay peleas y contradicciones dentro del grupo, pero eso sí, que la sangre no llegue al río, “que no hayga peos”, porque de eso no se trata. En Venezuela la meritocracia que funciona es la del adulador, la del jalabolas, la del compinche, la del que mantiene la armonía del grupo, la del alcahueta y la del relativista moral. Porque ya ustedes saben, hay que doblarse para no partirse, y los malos y los corruptos son los otros, porque nuestra propia maldad y corrupción tiene que ocultarse bajo el velo de nuestra propia condescendencia. Vivimos bajo el argumento de los dos raseros. 

El problema está es que desde el relativismo y la alcahuetería no se construyen repúblicas, ni se abunda en la modernidad, y tampoco se puede garantizar libertad y derechos. El familismo es saqueo con malas justificaciones. Es populismo depredador y sectario. Es la cultura de la injusticia y los déficits de criterio para valorar al ciudadano. Es la vivencia de la mordaza y la reducción a la servidumbre del bufón, que tiene que vivir en las márgenes de la lisonja y la zalamería. Y por supuesto, la demagógica apelación a la lástima, porque “pobrecito, él, que ha dejado el pellejo, merece nuestra consideración”, aunque sea mediocre, no haya hecho nada, sea un traidor, un corrupto o un indeseable.  En Venezuela el poder y el dinero son los grandes baremos de la más repugnante incondicionalidad, en relación de los cuales, está prohibido indagar, preguntar, razonar, considerar o valorar. Es un todo o nada tribal y fisiológico que deja al ciudadano desprevenido en la peor sumisión, y coloca a los liderazgos en la tentación de no romper, sino tratar de surfear las violentas olas del dejar hacer. 

Porque si fuera más fácil no tendríamos la política que hoy nos pesa tanto sobre nuestras espaldas. Esa política es la representación más conspicua de lo que somos como sociedad, y de esa asfixia de inconformidad, tristeza y desolación que algunos ciudadanos tenemos. ¿Cómo es posible que dependamos del G4 y sus satélites? ¿Cómo es posible que tengamos tan mala calidad de dirigentes en una asamblea nacional que por eso mismo incumplió, se corrompió, e intentando ser gobierno interino, a través de su presidente, nos ha dado tantas razones para la vergüenza? ¿Cómo es posible que una semana tras otra debamos llevarnos las manos a la cabeza porque cuando no están negociando a espaldas del país están ocupados en sus propios asuntos, que nunca son los del país? 

¿Cómo es posible que no exijamos responsabilidad sobre el tiempo derrochado, sobre los recursos recibidos, sobre una gestión tan permisiva? ¿Cómo es posible que nadie se pregunte cómo viven, de qué viven ellos y sus círculos de familiares y amigos? ¿Cómo es posible que aceptemos como buena la mentira, la tergiversación, el eufemismo y el vacío de sinceridad de este liderazgo? ¿Por qué no marcamos distancia de la futilidad, la improvisación y la falta de reflexión? 

¿Cómo es posible que todavía hoy sean ellos los que nos dirigen sin que haya ocurrido rebelión, ruptura, corte radical y expulsión del juego? ¿Por qué seguimos creyendo en milagros súbitos, en “datos confidenciales” que se riegan por cadenas de whatsapp, en las mascaradas discursivas? ¿Por qué seguimos suplicando que haya unidad, como si la unidad exculpara de culpas o absolviera los déficit de carácter y compromiso de los defraudadores de nuestra confianza? ¿Cómo es posible que no vomitemos a los que firman hoy una cosa y mañana otra, a los que se bambolean en la ponchera de sus propios intereses, que antier se abrazaban, ayer endosaban y hoy dicen que se oponen? 

¿Saben cual es el común denominador de todas las respuestas a esas preguntas? Que todos ellos cuentan con nuestra desmemoria, nuestra pertinaz indulgencia, nuestro arraigo caudillista, nuestra predisposición servil, y ese aturdimiento social que quiere forzar una relación carismática donde no hay esa energía extrema que pueda posibilitarlo. Ellos nos suponen erotizados, atolondrados y miserables. Ellos pretenden nuestra solidaridad automática, esa que nos hace comportar como familia mafiosa y no como republica liberal. Pero ¿somos eso que suponen y pretenden?

Romper es apostar a tres situaciones incómodas pero necesarias: A la soledad que se provoca cuando nos quedamos sin referentes; a la necesidad de comenzar de cero en la lucha por la liberación del país; y a la necesidad de replantearnos la cualidad que deberían tener los nuevos liderazgos, sin caer en la trama perversa de sustituir un caudillo por otro. Y todas estas decisiones suponen el dolor de la separación, del marcar distancia, de la reconstrucción del sistema de valores, y de la exigencia de responsabilidad y justicia. 

O rompemos o estamos condenados. Porque estos políticos no son nuestros liberadores. Son nuestros carceleros. Se lucran de nuestra desdicha. Han convertido nuestro desierto en su empresa. Les interesa nuestra desmoralización para que no caigamos en cuenta de sus verdaderas intenciones. Sus programas son la continuación del saqueo estatista. Su discurso es la connivencia institucionalizada en un “gobierno de unidad y emergencia nacional”. Su práctica es la complicidad en competencia corrupta. Su mérito es el tiempo perdido y entregado como ofrenda al ecosistema de relaciones perversas a la cual pertenecen. Y nuestro aporte es, ya lo dijimos, la conmiseración con la que los tratamos. Pero romper ya va siendo cuestión de vida o muerte. 

En este caso no vale hacer el intento de Abraham para salvar a las insalvables Sodoma y Gomorra. ¿Se puede salvar un sistema de relaciones perversas porque suponemos que hay un justo en medio de ellos? ¿Es que acaso “ese justo” no ha tenido tiempo para reflexionar, para apartarse, para denunciar la trama perversa, para pedir justicia y luchar por la libertad? ¿Es que acaso la omisión interesada, la permisividad agazapada, el colegiar la perversidad, no provoca responsabilidad? ¿Van a decir que no sabían nada? ¿Cuánto más debemos esperar por su conversión? ¿Cuánto más vamos a sostener una institucionalidad parlamentaria que se ha vuelto progresiva e irrevocablemente espuria? ¿Cuándo vamos a dar una lección de madurez y arrojo político que haga la diferencia? ¿Cuándo vamos a dejar de sentir la pajita para apreciar la viga que pesa sobre nuestro ojo y nos niega la visión de la realidad? ¿Cuándo vamos a dejar de castigar a los que tienen una mirada radical y crítica sobre nuestro proceso político?

No se avanza más porque hay un sistema de intereses creados en salvar el particularismo venezolano. Los caza rentas son variopintos, la renta que se percibe también. Algunos no quieren perder posición, otros no quieren enfrentarse al escrutinio de su grupo de amigos, otros no quieren perder su privilegiada capacidad de saqueo, otros no quieren perder la oportunidad de llegar al poder. Los intereses creados se encarnan en creencias y prácticas asociadas a la lealtad perruna y a la exclusión de los que piensan diferente. 

No hay institución venezolana que no esté al menos rasguñada por la tentación mafiosa que pretende el unanimismo impracticable y una sumisión primitiva a la palabra y designios del grupo que toma las decisiones. Un particularista nunca hará justicia porque no cree en criterios de valoración universal. Un particularista nunca creará instituciones porque la abundancia institucional les resta poder y los pone en evidencia. Un particularista nunca será el heraldo de la libertad sino el reemplazo de la tribu con la que compite en la caza de la renta nacional, porque no tiene ética sino amigos, gente en la que puede confiar, y los otros, a los que desplazan. 

Debo finalizar con lo que en 1969 escribió José Luis López Aranguren sobre la crisis moral, que a veces se confunde con una crisis política: “Es una crisis consistente en desmoralización. Desmoralización de los vencidos, originada en la impotencia, o en la conciencia -justa o errónea- de la impotencia. Desmoralización de los “vencedores” cuyo proyecto se limita, desde hace mucho tiempo, a la conservación a todo trance del poder. Y desmoralización de los ciudadanos, al margen de la política que, como masa neutra, apoya de modo pasivo a los detentadores del poder, porque solo están pensando en su propia condición de sobrevivientes”. Es una crisis moral que debemos atajar intentando la ruptura para la que tenemos muchas razones. 

28/06/2020:
Ilustración: Ashley Wood.

lunes, 30 de marzo de 2020

CORONAVIRUS O LA CUESTIÓN DE FONDO

Del contraste coronario
Luis Barragán

El socialismo real, algo más que un comodín del lenguaje, no soportará otra prueba adicional. Lo curioso es que, demostrada la inmensidad de sus fracasos, en la versión del socialismo del siglo XXI, en nada distinto a sus realizaciones históricas, logró emboscarnos, llegando  al colmo del llamado daño antropológico, extendido con mayor eficacia e intensidad que el propio coronavirus.

Desmentido por la propia y trágica biografía personal de Li Wenliang, los venezolanos nos sabemos en el curso de una pandemia a la que ha contribuido la dictadura anti-sanitaria que sufrimos, por muchos que sean los mitos que ha inoculado y todavía intenta  inocular. El neopopulismo encontró el cauce generoso de la videopolítica con Chávez Frías para la paradójica recuperación del populismo tradicional, a la vez sintomático de una patología social (Alfredo Ramos Jiménez, “El experimento bolivariano”, CIPCOM, Mérida, 2009: 255-259). No obstante, imposibilitado de repetir la suerte, el discurso y el propio carisma del antecesor, Maduro Moros queda reducido a los mitos que también traiciona y a la mera coerción y represión de propios y extraños. 

Inveterada prédica de  los marxistas del patio, el Fondo Monetario Internacional (FMI) siempre fue el monstruo colonizador y propulsor de las exageradas inversiones extranjeras que, a modo de ilustración, tomando un  artículo de Domingo Alberto Rangel de 1960 (https://lbarragan.blogspot.com/2020/03/inveterada-postura.html), so pretexto del ahorro nacional alcanzado,  rechazaba las diligencias del entonces ministro de Hacienda, José Antonio Mayobre,   al gestionar – cual Carlos V -  un préstamo por el orden de $ 100 millones para la construcción de autopistas y casas; por cierto, recordamos,  ridiculizada la petición de los socialismos reales en franca crisis que acudieron al FMI, hacia 1990, por Peli (Economía Hoy, Caracas, 07/08/90), además, ilustrador empleado por la usurpación en estos años. Sin embargo, Maduro Moros no tuvo reparo alguno en acudir recientemente al organismo internacional para gestionar $ 5 mil millones justificándose con la expansión coronaria, el cual fue negado.

El otro mito nos lleva a los médicos cubanos y es tan poderoso que, pocos días atrás, corrió la denuncia del gobierno italiano que los prefirió frente a más de 200 venezolanos que ofrecieron sus servicios voluntarios en la península, llevando al rector Giannetto a manifestar su pesar al tratarse de la Venezuela que le dio un extraordinaria acogida a la inmigración de antaño (https://twitter.com/RECTORGIANNETTO/status/1242446459972333569). Por más de veinte años, los isleños  han operado en Venezuela, concursando en el desastre social, médico y sanitario que nos caracteriza y, al igual que los norcoreanos, extremada y consolidada la represión respecto a la Venezuela que les está dando alcance, nada se sabe ni se sabrá de los estragos causados por el coronavirus en territorios seguros para el hambre y las enfermedades.

Ineludible comparación, el coronavirus – precisamente, extendido desde China – no cursa igual en las democracias liberales del mundo ante los socialismos reales y, por mucho que se ofrezca el ejemplo europeo, muy bien ha sido respondido Slavoj Žižek por Byung-Chul Han (o los arquetipos de Bjung), respecto a las maquilas asiáticas que dejaron desprovisto a occidente hasta de la más elemental mascarilla. No por casualidad, se asoma – desde ya – una futura y necesaria polémica en torno al contraste, arrancando con Víctor Maldonado (https://lbarragan.blogspot.com/2020/03/el-estallido-de-una-realidad.html), y la joven María Oropeza (http://lbarragan.blogspot.com/2020/03/lo-que-evidencio-wenliang.html), cuyos textos recomendamos para r más allá de la pandemia.

Ilustración: Peli. Economía Hoy, Caracas, 07/08/1990.
Captura de pantalla: Tweed de Giuseppe Gianneto.
30/03/2020:

martes, 24 de marzo de 2020

EL ESTALLIDO DE UNA REALIDAD INSOSLAYABLE

La fuerza demoledora de la realidad
Víctor Maldonado C. 

¿Qué es la realidad? La realidad es la verdad, el espacio de la experiencia donde todo se pone a prueba, los planes, las promesas, la fidelidad y la esencia de las personas. En este plano de la experiencia vital lo que es, es. Y llegado el momento, la realidad pasa factura. Como lo advierte la fábula de la cigarra y la hormiga, si no te preparas apropiadamente para los ciclos cambiantes de la vida, más temprano que tarde caerás en las redes de tu propia desgracia. Porque las desgracias de las gentes son, en buena parte, labradas a cincel por las malas decisiones, las propias, y las que permitimos a los demás.  Esa también es la enseñanza de los sueños de Faraón que se nos narra en el capítulo 41 del Génesis. Las siete vacas flacas que devoran a las gordas, o las siete espigas secas y maltratadas que acaban con las espigas hermosas y granadas, indican que a los períodos de abundancia siguen los de escasez, y que cualquier gobierno sensato administra los buenos tiempos para encarar los peores, que siempre van a venir, siempre. Por eso, la irreflexividad de la cigarra es inaceptable y no sujeta a la compasión de la laboriosa hormiga.

Es precisamente lo que expresa el hexagrama 41 del I Ching:  SUN / La merma. La reflexión asociada a este hexagrama anuncia que “El aumento y la merma llegan cada cual a su tiempo”. No asumirlo es de estúpidos. No es cuestión de deseos sino de la forma como las civilizaciones han abierto surcos para que el progreso sea estable y la sobrevivencia no sea un dilema crucial que se presenta cada cierto tiempo. “Es cuestión entonces de adaptarse al momento, sin pretender encubrir la pobreza mediante una huera apariencia. En los momentos de merma, la sencillez es precisamente lo indicado, lo que confiere fuerza interior gracias a la cual podrá uno volver a emprender algo”. Solo así se logrará transitar el ciclo infinito de las mutaciones, porque si de algo podemos estar seguros es que la vida está llena de experiencias indeseables. Solo los más fuertes, los que se preparan mejor, los que tienen el carácter apropiado tendrán la posibilidad de afrontarlas con éxito.

Por eso el capitalismo es infinitamente superior al saqueo socialista. Porque el trabajo incesante y pertinaz, continuo y sistemático, es el que permite la acumulación que al final hace la diferencia entre la posibilidad de sobrevivir o darnos cuenta de lo irrecuperable que resulta el tiempo perdido. La esencia del buen gobierno es precisamente la previsión. Insisto, los buenos tiempos son oportunidades valiosas que debemos aprovechar “para cuando llegue el invierno”.

Pero los socialismos “viven la vida loca” del saqueo y la mentira. Un experimento social tras otro, violando todas y cada una de las reglas de la realidad hasta terminar siendo los gestores del exterminio de ciudadanos sometidos a la más brutal servidumbre. Es el desgraciado caso que ahora vivimos los venezolanos, con un país devastado, arruinado, sin reservas, sin capacidad productiva, “somalizado” territorialmente y exprimido hasta los tuétanos por quienes no tienen ningún compromiso con eso que se llama gobierno. Podríamos hacer el inventario de sinsentidos que a lo largo de dos décadas ha propuesto el chavismo. Todas ellas con la única excusa de favorecer la insurgencia del “hombre nuevo” cuya máxima felicidad consiste en consumir lo que antes no ha producido. Una experiencia de repartición que tiene un error de origen insalvable: si no produces primero, no tienes como repartir nada, solo el vacío, solamente la nada.

Ludwig von Mises comienza el prefacio de su libro Gobierno Omnipotente planteando un dilema siempre presente entre las ideologías políticas. Dice que al tratar los problemas de la sociedad y de la economía no hay otro punto más relevante que el siguiente: si las medidas propuestas son adecuadas realmente para producir el efecto que buscan sus autores, o si darán como resultado un estado de cosas que es aun más indeseable que el anterior que se tenía intención de cambiar. ¿Ustedes qué opinan? ¿Estamos mejor que antes? Porque esta etapa terrible comenzó con la crítica feroz a la cuarta república, a su corrupción supuesta, el cerco a “la moribunda constitución”, el abatimiento a todas sus instituciones, el asedio al mercado, la defenestración de los derechos de propiedad, la persecución de la libre empresa, la sustitución del mérito profesional por la lealtad perruna revolucionaria, el desguace de la empresa petrolera, la repartición indebida y criminal de los recursos del país entre los amigotes de la revolución, y el creer que la propia burbuja donde sobrevive la nomenklatura revolucionaria era suficiente barrera para mantenerse protegidos de la indignación de la gente y del rechazo del mundo civilizado. Vuelvo a preguntar: ¿Estamos mejor que cualquier antes imaginable?

Mientras escribo este artículo me consigo con un tuit de Alberto Ray (@seguritips) que lo resume todo: “La economía criminal no cree en el ahorro. Todo lo que gana lo gasta. Es un modelo oportunista y una vez que agota una fuente de recursos se muda a otra más rentable. El problema es que con el virus se cierran las opciones y quienes se alimentan del delito comienzan a desesperar”. Ese es el código moral de los depredadores. Es la norma del socialismo del siglo XXI, que solo se sostiene mientras las condiciones no mutan catastróficamente. Es el caso de la pandemia que nos agobia en este fatídico 2020. Ahora se muestran total e indefectiblemente desnudos de posibilidades. Ni siquiera tienen excusas para un desempeño tan precario, tan infortunado.

Porque el régimen que se ufanaba de la soberanía agroalimentaria no tiene reservas de alimentos. El que decía que ahora el petróleo es del pueblo se encuentra sin reservas de gasolina. El que dijo que iba a hacer realidad la revolución de la salud no tiene un solo hospital bien equipado para hacer frente a la emergencia. El que proclamó una y mil veces que tenía resuelta la emergencia eléctrica ahora no puede controlar los apagones seriales que afectan a todo el país. El que proclamó que tenía satélites para dar el gran salto en telecomunicaciones exhibe un desempeño desastroso en internet, telefonía y banda ancha. Tampoco hay como abastecer de agua a las ciudades, ni se le garantiza a los venezolanos seguridad, justicia, debido proceso y algún tipo de libertad. Y toda esta debacle está siendo escrutada desde “una cuarentena social” que no le hace concesiones a la verdad. El socialismo es un inmenso fraude. Un desastre apoteósico. Es la ruina perfecta. El saqueo llevado hasta sus últimas consecuencias.

Porque la realidad es demoledora. Todo el monumento de mentiras y propaganda se hunde ominosamente cuando usted busca gasolina y no la consigue. Cuando busca efectivo y no lo encuentra. Cuando sufre de apagones y racionamiento inhumano del agua. Cuando está enfermo y se siente totalmente desvalido. Cuando sufre censura, represión y arbitrariedad. Cuando aprecia que el país está inerme, dejado a su suerte, víctima indefensa de cualquier enfermedad, sin poder obtener atención, medicinas o curación. Sin empleos ni oportunidades de sobrevivir, sin poder pensar en un largo plazo que vaya más allá del próximo mes. Con esta forma de contactar con la realidad tan demoledora nadie va a creer en los efectos taumatúrgicos de una ideología inservible para la prosperidad y la buena vida.

El socialismo del siglo XXI es la demostración perfecta de que, sin emprendimiento privado, sin libre mercado, sin respeto a los derechos de propiedad, sin fomento de la innovación, sin un gobierno limitado a hacer lo suyo en términos de abundancia institucional, seguridad, justicia e infraestructura, todos padecemos y experimentamos la ruina social. Porque sus recetas no funcionan y porque las excusas se agotan y pierden potencial explicativo.

El caso venezolano no puede explicar cómo se arruinó un país que venía acumulando sesenta años de infraestructura, desarrollo de talento y capacidad para explotar racionalmente sus recursos. Pero llegó la madre de todas las demagogias, el genoma de todos los populismos, la mezcla perfecta de socialismo y militarismo, el epítome del buen salvaje devenido en mejor revolucionario. El país se entregó a la alucinación perfecta, dejamos su conducción en las manos menos indicadas, la mezcla apropiada de maldad, indiferencia y estupidez que lo que no arruinó lo regaló. Y lo que no regaló lo dejó perder. Las mal llamadas empresas del estado (porque son empresas del partido) son una demostración. Y aquí la realidad también es demoledora: O sabes gerenciar o quiebras aparatosamente. No vale que seas el leal perfecto. No cuenta que muevas la cola cuando oyes el discurso del líder. O tienes talento o no lo tienes. Y si no lo tienes acabas con lo que te han encomendado.

La realidad también es demoledora con ese afán socialista de distribuir sin comprender las leyes más elementales de la economía. Aquí “los leales” saquearon los activos y reservas de las empresas para demostrar compromiso revolucionario. Invirtieron irresponsablemente el proceso económico que solo al final del ciclo productivo tienes utilidades y debes tomar decisiones para distribuir. Estos “genios” primero se repartieron las utilidades y cuando era imposible dijeron que no podían producir. Dieron lo que no tenían, y entonces giraban contra un banco central que fue criminalmente entregando todas las reservas para mantener una orgía de corrupción y desenfreno de la que se lucraron todos los de aquí y también los países de ALBA, esos que ahora no nos mandan “ni una curita” en homenaje a la mentada “solidaridad de los pueblos”.

La realidad es que ahora nadie habla de las reservas porque ya no existen. Estos odiaron tanto que terminaron acabando con el país moderno y decente que recibieron.  Pero hagamos homenaje a la memoria. ¿Recuerdan los desvaríos de la industria petrolera “roja rojita”? ¿Recuerdan los desplantes del monopolio siderúrgico? ¿Y la hegemonía telecomunicacional? ¿Recuerdan esa chequera que se blandía como una extensión genital de la supuesta vitalidad revolucionaria? ¿Recuerdan los “exprópiese” que generaban esa histeria colectiva y los aplausos de los trabajadores supuestamente “dignificados” por la benevolencia de “papá estado”? ¿Recuerdan la euforia reguladora, el congelamiento de las tarifas, la gasolina “regalada”, el cierre de las estaciones de radio, la “extraña” complacencia de las televisoras, y esos “raros propietarios”, ricos súbitos, que ayer eran mediocres de medio pelo y hoy tenían en el bolsillo para comprarlo todo, absolutamente todo? ¿Y las prepago, bendecidas y afortunadas?... ¿De donde salieron todos esos reales para patrocinar tanta osadía alucinógena? ¡Pero llegó la realidad y mandó a parar!

Para los hebreos lo verdadero es lo que es fiel. Lo que cumple o cumplirá su promesa. No es solamente la realidad, sino aquella que ni engaña ni traiciona. La que no defrauda. Y para determinar la fuerza de la verdad solo hay que esperar. Porque a toda cigarra le llega su invierno. A todo Faraón imprevisivo se lo devoran las vacas flacas. El que no obra con sencillez y humildad se lo lleva la merma que siempre, siempre llega. Y llega sin avisar, sin tiempo para las excusas. Llega como el relámpago, y se lo lleva todo.

Ahora, desde la cuarentena y la pandemia, cuando vivimos en un país desprovisto, malogrado por tantos años de socialismo, ojalá esta fábula encuentre en nosotros oídos prestos a la moraleja. No importa lo que prometa. No importa quien lo diga. No importa el punto intermedio ni la apoteosis de la demagogia. El final siempre es el mismo: Socialismo es saqueo, ruina y desolación. Porque la realidad es demoledora.

Fuente:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/36604-realidad
Ilustraciones: Jeremy Geddes.

lunes, 16 de marzo de 2020

CORONAVIRUS: SOCIEDAD CIVIL

De cierta inversión del principio de subsidiariedad
Luis Barragán

Un elevado porcentaje de la población, no accede a las redes digitales. Empero, de una forma u otra, está mínimamente informada de la pandemia.

La respuesta social, al menos, en las zonas metropolitanas, es de extrema cautela. Intuimos y sentimos que no existen los recursos necesarios, institucionales y materiales, como se evidencia en otras latitudes, con un mínimo de organización responsable, para afrontar el coronavirus, aunque tensamos el arco entre las escenas del "Nessun dorma"  de Turandot, interpretado por un tenor espontáneo para levantar el ánimo del vecindario en Italia y la resistencia de los llamados chalecos amarillos frente a la cuarentena, en Francia.

La sociedad civil organizada y los partidos políticos de la oposición, agotan sus mejores esfuerzos por orientar a los venezolanos, a través de sendas campañas electrónicas.  Estudiantes, docentes, profesionales o especialistas, aportan su tiempo para orientar a la ciudadanía y, particularmente, Vente Venezuela ha tenido por empeño una tarea de divulgación personal y digital que también contrasta con la sola asunción del fenómeno, por el régimen, como propio de la seguridad y defensa de la nación.

Habrá ocasión para hacer el necesario y exhaustivo balance de esta otra experiencia de supervivencia de los venezolanos, pero – sin duda alguna – no basta con la militarización del problema. Por ello, a pesar de la disparidad de los recursos disponibles, opera una cierta inversión del principio de subsidiariedad: proporcional y crecientemente, con todas  las limitaciones, la ciudadanía sustituye en importante medida el papel que le corresponde al Estado o a quienes lo dirigen de facto.

Una nota esencial es la de jamás generar pánico en la población, como lo ha observado recientemente Víctor Maldonado. Ante las circunstancias más difíciles, serenidad y equilibro, ya referido por María Corina Machado en un video sobrio, responsable y directo.

viernes, 14 de febrero de 2020

CUADERNO DE BITÁCORA

Comenzamos la semana, yendo al programa de Víctor Maldonado en RCR para hablar de la #UniversidadUrgida y necesaria. Al día siguiente, fuímos a la clase magistral de Tulio Alvarez y Nelson Chitty La Roche, en los pasillos repletos de la Escuela de Derecho de la UCV, finalmente lacrimogenado. Acudimos a FACES para realizar, como en efecto realizamos, el Foro sobre el Esequibo. Nos dio tiempo de apersonarnos en la sesión de la Asamblea Nacional, en la Plaza Bolívar de Chacao.

El día jueves, prometido desde hace tiempo a Pedro Urruchurtu, articipamos en su programa de RCR para reiterar nuestras angustias sobre la #UniversidadUrgente y no menos necesaria. Aprovechamos de preguntarle a Jorge Velarde sobre la situación bolviana, hecha la conexión a distancia.

Para el viernes, concurrimos a una reunón en el Pedagógico de Caracas. Fructifera, sobre la realidad de la institución. Una sede deteriorada, la de Caracas. Después, nos coleamos en el cine-foro que versó en torno a "1917", una película ya vieja de Sam Mendes (2019), cuando antes no tardaban mucho en comercializarse en nuestro país los productos estadounidenses, como fanceses, etc.
(LB)

Aqui se habla libertad Victor Madonado 10-02-20
https://www.youtube.com/watch?v=JXtSuyDBuxA
Aqui se habla libertad Pedro Urruchurtu 13-02-20
https://www.youtube.com/watch?v=ShKN3LBkTlA

miércoles, 29 de enero de 2020

LA VIRTUD DEL DESPEGUE

Eso que llaman coraje
Víctor Maldonado C.
26/01/2020

Vivimos épocas de falsa cosecha porque antes no se ha sembrado.

Vivimos tiempos en donde hasta tus mejores amigos te recomiendan docilidad y apaciguamiento. Otros insisten en que no es tanto lo qué se dice sino el cómo se dice, porque al final las formas importan, y por eso mismo alegan que no tiene sentido que el costo sea tanta gente ofendida por una argumentación que insiste en ir a contracorriente, llevando la contraria al humor y a la interpretación convencional, que suele ir de comparsa y en procesión en el mismo sentido errático de sus dirigentes. Lo mismo da que estemos hablando del combate al totalitarismo o si nos estamos refiriendo a las diversas expresiones del flanco democrático. Todos coinciden en el mismo exhorto: la verdad no es tan importante como la necesidad de mantener las ligazones entre nosotros. La recomendación más popular insiste en que es preferible el compadrazgo fundado en la mentira que la soledad que provoca algunas veces mantener el foco en la realidad.

Por esa razón en Venezuela se la hacen olas a una unidad sin deliberación y sin condiciones. Una congregación donde todos deben sumar, aunque sean sus contradicciones y desvaríos. Una forma de avanzar retrocediendo donde lo importante es la falsa liturgia del estar juntos, a pesar de que en el transcurrir se rompa cualquier fundamento de la confianza y el compromiso. Una unidad planteada sin proyecto común, que por esa misma razón es un homenaje a la fuerza y al fraude. Una unidad que aspira a recomponerse luego de la traición y el desprecio, pero que obviamente nunca lo logra. Una ficción alucinante a la que lamentablemente los venezolanos le rinden pleitesía. Son, por lo tanto, épocas donde se le hacen demasiadas reverencias a la flaqueza de espíritu y muy mala propaganda al coraje.

El coraje y el asumir riesgos insensatos no son la misma cosa

Por otra parte, hay una predisposición a confundir el coraje con la temeridad. No son la misma cosa.  El temerario afronta el peligro sin buen juicio. Arriesga todo, lo suyo y lo ajeno, en embestidas irreflexivas que a veces salen mal. El que es excesivamente imprudente termina tarde o temprano atropellado por su propia insensatez. Nada más peligroso que los que asumen la vida como una partida de dados donde en cada lanzamiento se lo juegan todo. Sin embargo, en el imaginario nacional, hay una especial predisposición a estimular en los otros esa conducta, con el pecado adicional de querer sacar provecho político del que se arriesgó y murió o fue cogido preso, para después terminar negociando la renovación de una capitulación que ya lleva veinte años. Lo verdaderamente repugnante es estimular la conducta temeraria en los otros, esperando que ese cálculo convenga a las propias maquinaciones.

Tampoco es equivalente a la simulación de la lucha

Otros afirman que en el camino han “dejado el pellejo”. Eso ni es coraje ni es temeridad. Es simulación de la lucha. Los que lo dicen por lo general gozan de buena salud e inmejorable posición. Pero ellos insisten en hacer valer como bueno el esfuerzo sin resultados, y la ineficacia que aun así exige reconocimiento social, sin importarles en qué medida terminan pervirtiendo el sistema de méritos cuando se insiste en que es más importante la lástima que los efectos esperados de una política. Teniendo presente el creciente número de políticos que reclaman “el haber dejado el pellejo en la lucha”, nuestra época parece, en muchos sentidos, una telenovela donde la protagonista es la lástima, porque el fracasado pide el homenaje debido a su sufrimiento, esperando además que todos acaten su reciente sabiduría política y social “que solo produce el pasar por condiciones extremas”. No está demás decir que es una conocida falacia el hacer pasar una cosa por la otra.

¿Y entonces, qué es el coraje?

El coraje es otra cosa. Juan Pablo II decía que el coraje caracteriza a todos los que tienen el valor de decir “no” o “sí” cuando ello resulta costoso. Es una característica propia de los hombres que dan testimonio singular de dignidad humana y humanidad profunda. Justamente por el hecho de que son ignorados, o incluso perseguidos por su compromiso con la verdad y los valores trascendentales como la vida, la libertad, la propiedad, la verdad y la justicia. El coraje es hacer lo correcto, vivir una moral de interrogaciones que se resiste al endoso automático, y tener claro por qué y por quienes vale la pena asumir el riesgo.

El hombre que tiene coraje cívico sabe que la vida correcta tiene sus peligros. Sabe que debe afrontarlos. Sabe que muchas veces, por defender una causa justa, va a tener que experimentar dificultades y soportar la adversidad. Sabe que tiene que encarar el miedo cotidiano. Y que debe superar la tentación que está allí susurrando que nada vale la pena, que mejor es inclinar la cerviz y dejar pasar, o peor aún, que solo tiene sentido “jugar a ganador” así sea por los mendrugos que recibe de la mesa de sus amos. El que tiene coraje no se da por vencido tan fácilmente, no abandona el esfuerzo sin intentar al menos enfrentar el desafío cuando está en juego lo valioso de la vida. Pero no lo hace irreflexivamente. El coraje es el talante de aquellos que son capaces de diseñar una estrategia y mantenerse en su curso con disciplina.

En el Evangelio según Mateo, capítulo 10, Jesús enseña a sus discípulos la magnitud del compromiso de predicar en su nombre: “Mirad, yo os envío como corderos en medio de lobos. Sed cautos como serpientes y cándidos como palomas”, mantengan la sencillez, prediquen con la verdad, no pierdan la fe ni la confianza en Dios, reúnanse con gente honorable, sean firmes en la adversidad, no teman a la contradicción ni al conflicto, asuman su responsabilidad y sean generosos tanto en el dar como en el recibir. Váyanse de donde no los quieran, y resistan hasta el final. ¿No es ese el coraje que hemos estado buscando como signo de la política buena y sustanciosa?

La ruta del coraje la emprenden los que tienen coraje

Si tuviéramos que hacer un inventario sobre las condiciones del coraje, el primero de ellos sería un indeclinable compromiso con la verdad. Tarea nada fácil porque estamos presionados constantemente para apartar la mirada y dirigirla hacia la mentira por la vía de la ofuscación, el debilitamiento de la voluntad, el relativismo y el escepticismo. Es más fácil vivir aferrados a una mentira condescendiente que asumir la verdad con todos sus requisitos.  Recordemos a Max Weber. Es racional quien hace buenos cálculos entre medios y fines, teniendo como condición que hay un estado de derecho que nos permite predecir la conducta de los otros. Deja de ser racional quien se deja llevar por las emociones o por la tradición, y es más difícil todo cuando se vive bajo el signo de la arbitrariedad totalitaria y la impunidad narco-criminal. Pero nada nos obliga a la evasión. Y mucho menos al silencio cómplice. Este ecosistema se nutre de nuestra complacencia y de la tibieza con la que asumimos la lucha. Nuestro silencio y el constante beneficio de la duda son sus nutrientes, y lo que le ha permitido mantenerse tantos años. La verdad exige el compromiso de proclamarla con claridad y vigor.

Juan Pablo II en su Encíclica “El esplendor de la verdad” nos recuerda el deber ineludible de diferenciar lo que es bueno de lo que es malo, y la búsqueda de la verdad “como acto de la inteligencia de la persona, que debe aplicar el conocimiento universal del bien en una determinada situación y expresar así un juicio sobre la conducta recta que hay que elegir aquí y ahora”. Esta recta razón es la que nos posibilita y exige la disolución de cualquier forma de connivencia con el mal, cualquier arreglo con los que lo provocan, cualquier posibilidad de dejarlo sobrevivir en las estructuras sociales que han medrado hasta aniquilarlas. La ruta del coraje exige ruptura radical con el patrocinio del mal.

Por eso me gustaría decir que la ruta del coraje exige un ineludible sentido de la realidad, ese esfuerzo siempre inacabado de comprender y reconciliarnos con lo que está ocurriendo, sin que necesariamente esto signifique que sea posible la componenda, el perdón o el sometimiento a lo que nos daña y nos reduce al ser animal desprovisto de humanidad. Arendt nos acompaña en este difícil proceso cuando nos propone que entender esto que nos está pasando es reconocer que vivimos en un mundo donde estas cosas que nos ocurren son posibles. Son posibles la crueldad, la traición, la deslealtad, el saqueo, el crimen, el asesinato, la violación de derechos, el desvarío y el alejamiento radical de lo humano. También son realizables sus contrarios, y en eso precisamente consiste el llamado a comprender para luchar por un mundo mejor, en el que la verdad, discernida apropiadamente, puede ser un instrumento de liberación.

El sentido de realidad da paso a otra condición de la ruta del coraje: No se pueden usar medios inútiles, así como tampoco se pueden proponer fines retóricos. La verdad y su concomitante sentido de la realidad, nos exige que evitemos las cláusulas condicionales.

(1)   No es verdad que un ecosistema narco-criminal y terrorista pueda ser derrotado de una forma tan simple como sacar del cargo ejecutivo a uno de ellos. Por lo tanto, proponer esas elecciones donde el retador exige “que ambos se despojen del cargo para ir parejos a unas elecciones” es inútil por incompleto e inconsistente con un diagnóstico apropiado de la situación.

(2)   No es verdad que un ecosistema narco-criminal y terrorista tenga incentivos para dejar el poder mediante procesos de diálogos o negociaciones pactadas. No sólo por su condición de sistema difuso, ambiguo y líquido, sino porque sus condiciones para la cohesión interna exigen el uso impune de la fuerza pura y dura, y que ninguno de ellos caiga en desgracia o sea entregado.

(3)   No es verdad que un ecosistema narco-criminal y terrorista acceda a ceder el poder mediante su sometimiento a elecciones libres, porque es incapaz de garantizarlo y porque el régimen de ventajas, extorsiones, chantajes e impunidad forman parte de la esencia del ecosistema.

(4)   No es verdad que un ecosistema narco-criminal y terrorista se pueda despojar de su propia naturaleza arbitraria, ventajista y mafiosa para abrir espacios al reconocimiento y respeto por otras opciones.

(5)   No es verdad que un ecosistema narco-criminal y terrorista se pueda afrontar eficazmente mediante una rebelión popular que sume testimonialmente más presos y mártires políticos. Porque no hay condiciones de marco institucional que velen por derechos y garantías ciudadanas.

(6)   No es verdad que un ecosistema narco-criminal y terrorista practique la decencia pública y la honestidad en el manejo de los recursos. Todo lo contrario, se enriquece porque practica la corrupción, el saqueo y el cohecho para afianzar su poder y para debilitar moralmente a los que se les oponen. El ecosistema tiene en sus garras a una oposición corrompida, sin principios, incapaz de discernir y diferenciar lo bueno de lo malo, y que se ha visto reducida a ser el contorno del régimen que dicen combatir.

(7)   No es verdad que un ecosistema narco-criminal y terrorista sea derrotado por la vía de una unidad entre corruptos, amorales y honestos. Por eso la unidad ha sido el fetiche explotado e implorado por todos los bandos para simular la lucha e imponer vía trampa y fraude un cómodo modus vivendi entre unos y otros que ahora tiene componentes y escenarios internacionales.

(8)   No es verdad que solos podemos derrotar este ecosistema que se nos ha impuesto por la vía de la fuerza. La oposición honesta, no corrompida y que apuesta al coraje necesita toda la ayuda internacional posible.

Entonces la ruta del coraje exige que, reconociendo la realidad tal y como es, se pida ayuda internacional y se nos reconozca como víctimas cuyas estadísticas de éxodo, enfermedad, violencia política y muerte hablan por nosotros. Esta ruta exige denunciar la impostura de medios que no son tales, de cursos estratégicos que simulan la lucha, tanto como la profesionalización de la política como farsa y espectáculo que pide a cambio recursos sobre los que no rinden cuentas, ni permiten observaciones sobre eficacia y efectividad. El coraje exige de nosotros denuncia y propuesta, sin caer en la tentación de la promesa vana. Es una ruta que se esfuerza por tener resultados, usando el tiempo apropiadamente, teniendo presente todas las consecuencias que el mal inflige a la gente, y que insiste en lo que es obvio: que un régimen de hecho solo sale por la fuerza.

Por eso la ruta del coraje necesita de líderes con coraje: Para atenerse a la verdad, analizar los hechos con sentido de realidad, denunciar el mal y comprometerse con el bien, y solamente usar medios eficaces para intentar lograr los resultados que se buscan. Finalmente alinear y organizar el esfuerzo para lograr la fuerza que necesitamos: Alineación internacional, con un solo diagnóstico, un único significado y una sola modalidad de lucha; Alineación institucional, con un solo discurso de denuncia y necesidad de cambio, sin que sean colonizadas por partidos y programas de partidos; Alineación ciudadana, para que sean partícipes cotidianos de la ruta del coraje. Y todos asociados a la misma fuerza moral, capaces de discriminar lo bueno de lo malo, la paja del trigo, la verdad de la mentira, y lo eficaz de lo inútil.

Quisiera terminan citando a José Antonio Marina: “La valentía (el coraje) es la virtud del despegue, porque nos permite pasar del orbe de la naturaleza, sometido al régimen de la fuerza, al orbe de la dignidad, que está por hacer, y que debe regirse por el régimen de la dignidad. Es también la virtud de la fidelidad al proyecto (de la libertad), porque nos permite perseverar en él a pesar de los pesares, al permitirnos esa transfiguración que transforma nuestra fiereza en valor y el egoísmo en razón compartida”. Dicho de otra forma, debemos convertirnos en adalides de nuestra propia liberación sin ceder, sin dudar, sin caer en el conformismo, sin corrompernos ni prostituirnos. Esa es la ruta del coraje. 

Fuentes:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/36284-maldonado-v-
https://victormaldonadoc.blogspot.com/2020/01/eso-que-llaman-coraje.html

domingo, 4 de marzo de 2018

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Ariel Jiménez. Entrevista a Ernesto Mayz Vallenilla. El Universal, Caracas, 30/03/1986.
- Víctor Madonado Michelena. "Fantasías militaristas". El lobo, Caracas, 02/01/99.
- Emigdio Cañizález Guédez. "A cielo abierto: La juventud vuelve a tocar la puerta". Tribuna Popular, Caracas, 18/05/90.
- Arturo Uslar Pietri. "Pizarrón: La otra Colombia". El Nacional, Caracas, 21/12/69.
- Juan Liscano. "La hora de las rectificaciones". El Nacional, 16/12/60.

Reproducción parcial: María Josefa Pérez entrevista a Rházes Hernández López; fotografía, Oswaldo Tejada. El Nacional, Caracas, 14/10/1977.

lunes, 28 de agosto de 2017

REPASO

Manual del perfecto colaboracionista “opositor” en Venezuela
Victor Maldonado

Comencemos por la definición más elemental. Un colaboracionista es aquel que favorece la agenda y los objetivos de otro. En política, el término tiene un origen terrible, y alude a quien coopera con el enemigo. Nos viene de la experiencia francesa en la segunda guerra mundial. Tuvo que ver con lo que fue el Gobierno de Vichy, remedo de la república francesa, pero con los hilos manejados desde Berlín.

En medio de una guerra en la que los franceses se dieron por vencidos demasiado temprano, el Mariscal Pétain llegó a una muy rápida conclusión: que nada se podía hacer ante la avanzada nazi, y por lo tanto, no había otra posibilidad mejor que una rendición pactada, un vasallaje disfrazado de supuesta independencia, una situación nada creíble y en la misma medida insostenible, y que al final le costó la vida a más de 130 mil judíos, que bajo su Gobierno fueron deportados hacia la muerte segura, en los campos de concentración nazi. El colaboracionismo, por tanto, no es nuevo. Es un espectro que aparece cada cierto tiempo, cuando el terror aprieta, y el coraje supuesto, desaparece. Se colabora cuando las opciones de decisión se asumen como si no se debieran a la moral o a la ética política, y cuando la excusa de la sobrevivencia se lleva por el medio cualquier amago de dignidad humana.

Los sistemas perversos no son necesariamente intencionados. Y por supuesto, nada que me resulte más perverso que cooperar con el mal, creyendo que se está haciendo lo debido. Decía M. L. King que “la comprensión superficial de los hombres de buena voluntad es más demoledora que la absoluta incomprensión de los hombres de mala voluntad. Resulta mucho más desconcertante la aceptación tibia que el rechazo sin matices”.

En su valiosa Carta desde la Cárcel de Birmingham de 1963, M. L. King hablaba del colaboracionismo pasivo del que se aprovechan los hombres de mala voluntad que “se han valido del tiempo con una eficacia muy superior a la demostrada al respecto por los hombres de buena voluntad”. Se quejaba el líder de los derechos civiles de la tibieza de los muchos que consentían un estatus quo abominable. “Tendremos que arrepentirnos en esta generación no sólo por las acciones y palabras hijas del odio de los hombres malos, sino también por el inconcebible silencio atribuible a los hombres buenos”. Denunciaba ese fatalismo degradado a falsas dicotomías que solo contribuían a asegurar las cadenas de los oprimidos, gracias a la falta de imaginación, y de coraje, de los que necesariamente debían sentirse involucrados. “El progreso humano nunca discurre por la vía de lo inevitable. Es fruto de los esfuerzos incansables de hombres dispuestos a trabajar con Dios; y si suprimimos este esfuerzo denodado, el tiempo se convierte de por sí en aliado de las fuerzas del estancamiento social. Tenemos que utilizar el tiempo de modo creador, conscientes de que siempre es oportuno obrar rectamente…”. Nada peor que la resignación siempre dispuesta a la servil colaboración.

Colabora el que deja hacer, o el que ingenuamente compra como vías amplias los que no son otra cosa que callejones sin salida. Sus resultados son malos, pero a veces se mueven dentro de la lógica de los efectos contraintuitivos, la tragedia de los resultados no deseados, y de eso que señala el refrán popular, que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones. Pétain murió creyendo que él, y solo él, había defendido en esas horas oscuras los supremos intereses de su patria. Pero no fue así, colaboró, reprimió, no ahorró ni muertes ni sufrimientos, y al final fue juzgado severamente. Teniendo a su ejemplo a la vista, y a millares de sus émulos, la mayoría gente anónima, que dice operar de buena fe, para preservar sus intereses genuinos, el bienestar de su familia, sus compromisos ideológicos, pero también asumiendo como buen juicio la conjugación de sus peores vilezas, tal vez podríamos intentar organizar un manual para el colaboracionista perfecto

Niegue que lo que estamos viviendo es un régimen autoritario. Insista en que son exageraciones. Que esto, de ninguna manera puede llamarse dictadura. Que a lo sumo es una “semi-democracia”, presta a volver a la normalidad con las próximas elecciones.

Niegue que vivimos un socialismo marxista con vocación totalitaria. Afirme que esto es una mafia enquistada en el poder, pero que de ninguna manera puede ser calificada como de izquierda. Que ninguno de ellos tiene ideología, que los planes socialistas no existen, y que El Plan de la Patria de ninguna manera conduce al Estado Comunal, o sea, al comunismo.

Compre como buenas todas las consignas pacifistas. Haga muy suyo el lema que dice “o dialogamos, o nos matamos”. Conviértase en un adalid del diálogo con el Gobierno, sin importar la agenda, sin tener presente quienes son los mediadores o facilitadores, sin inventariar los costos. Aplauda esos comunicados en los que la oposición usa el lenguaje y los argumentos del régimen, y espere que, por esa vía, y por solo esa vía, se resuelvan los problemas del país.

Acepte el argumento de que “la violencia de lado y lado” ha deteriorado la convivencia social. Que tanto el Gobierno como la oposición son igualmente culpables de los resultados en términos de víctimas de las protestas. No se ponga a creer esa tontería de que el Gobierno es el único responsable. Reconozca que todos tienen culpa.

Apúntese a la campaña que plantea la dicotomía “o votos o balas”. Argumente con abundancia que la oposición solamente tiene votos. Y que el régimen está dispuesto a usar las balas con frugalidad. Por lo tanto, esas odiosas actividades de calle deben ser detenidas, para pasar al festival electoral, cuyo cronograma y condiciones se debe cumplir sin poner ninguna objeción.

Sea un ferviente defensor de que “no hay que ceder espacios al régimen”. Y, por lo tanto, hay que ir a las elecciones, aun cuando los costos de esa decisión sean legitimar al régimen constituyente y concederle tiempo al Gobierno. Es más, usted no cree eso. Usted no convalida esa falacia interesada y odiosa que insiste en que se reconoce a la constituyente cuando se es interlocutor político de las instituciones que se les han subordinado y han aceptado su supremacía supraconstitucional.

Mantenga la firme convicción de que la MUD nunca se equivoca, pero que está siempre bombardeada por la anti-política, los radicales, el G2 cubano y por supuesto, el régimen. Compre cuanta teoría paranoica de la conspiración haya en el mercado para hacer pasar como conjuras y mala fe de otros lo que es en realidad falta de conducción política y de estrategia.

Erotice sus adhesiones políticas. Convierta a los líderes en santones inmarcesibles y merecedores de todo, absolutamente todo el reconocimiento que pueda darle. Conviértase en su perro de presa, trate de liderar su club de fans y practique con fe de carbonario las actividades propias de las beatas que operan en las redes sociales. Si puede, pídale a Mires su incorporación al chat desde donde se imparten las líneas maestras del establishment comunicacional.Asuma que la juventud de los dirigentes políticos es una condición necesaria y suficiente para que sean infalibles.

Asuma que por la vía de las elecciones regionales se va a lograr el cambio político que todos en aspiramos. Reniegue de aquel que le diga que los gobernadores son solo agentes del ejecutivo nacional, y que la pugna por el presupuesto los aquieta. Apueste a que ganando 23 de las 25 gobernaciones en juego, se va a demostrar suficiente fuerza como para que haya la estampida esperada.

No coma el cuento de que las elecciones son trucadas. Y que la sustitución de la objetada Smartmatic por una empresa de Jesse Chacón no va a terminar ocasionando menos transparencia y más trampa. Asuma que con suficientes testigos de mesa cualquier peligro se puede conjurar. Olvídese de eso que dicen unos malintencionados de que “gana el que cuenta los votos”. Y dispóngase a votar con alegría, entusiasmo y esperanza.

Mantenga la convicción de que es un acto de coraje ciudadano el salir a votar en cualquier condición. No establezca diferencia alguna entre este momento de turbulencia constituyente y cualquiera de las anormalidades anteriores. Es más, ignore el fondo constituyente y no piense en la agenda de centralización del poder que trae consigo.

Por supuesto no piense que hay ninguna otra opción que el ir a votar. No considere que el votar en ambientes totalitarios le concede al régimen tiempo para consolidar el golpe, y reconocimiento por la vía de los hechos. Siga insistiendo que trabajar con el CNE no es reconocerlo, y que reconocer al CNE no es convalidar la Asamblea Constituyente.

Asuma que la política es para entendidos. Lo suyo es el silencio y el seguimiento incondicional a los líderes de hoy. Defiéndalos a capa y espada de cualquier crítica.

Cambie los términos de la relación entre mandante y mandatario. Ocupe el rol de mandatario cuando en realidad es el mandante, y transforme a los políticos en sus amos y señores.

Nunca olvide responder a las críticas con la pregunta “¿Y tú que propones?” que opera como el abracadabra de la incondicionalidad. Úsela siempre que se sienta incómodo con el comportamiento de sus líderes. Practíquelo como un mantra, diez veces al día, escríbalo en sus redes sociales contra todos aquellos que adopten una posición crítica.

Y, por último, practique la desmemoria. Pase por alto las contradicciones y las incongruencias. No se atreva a revisar lo escrito, declarado o dicho de una semana para otra. Finja demencia y no voltee ni hacia atrás ni hacia los lados. Porque si lo hace, puede ser que agarre desprevenido y sin máscaras a su verdadero dueño, esta embestida totalitaria que te necesita así, incondicional y colaboracionista, para mantenerse ellos en el poder, y a algunos selectos adherentes como ficción opositora.

¡Y que Dios nos agarre confesados!

(*)Victor Maldonado es catedrático. Miembro del Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad (CEDICE) y articulista en varios medios. Es parte de la directiva del Centro de Comercio de Caracas. Este artículo fue publicado en el portal La Cabilla el 19 de agosto de este año bajo el título «Manual de un colaboracionista perfecto».
Fuente:
https://es.panampost.com/editor/2017/08/21/manual-colaboracionista-opositor/?utm_content=buffercca69&utm_medium=social&utm_source=facebook.com&utm_campaign=buffer
Ilustración: Thomas Baumgärtel.