martes, 17 de febrero de 2015

SEMILLEROS

¿Vientos de paz en Ucrania?
Jonathan Benavides

El pasado miércoles 12 de febrero culminó en la capital de Bielorrusia la intensa ronda de negociaciones que por más de diez y seis horas sostuvieron el denominado “Cuarteto de Normandía”, integrado por los presidentes de Rusia Vladimir Putin, Francia François Hollande, Ucrania Petró Poroshenko y la canciller de Alemania Ángela Merkel. Este encuentro, que se celebró como parte de las acciones que se adelantan para buscar una definitiva solución a la denominada Crisis de Ucrania, arrojó como resultado la firma de un documento donde se acuerda lograr un “alto al fuego” que entrará en vigencia a partir del domingo 15 de febrero, como primer paso para la solución al conflicto que ya ha costado más de cinco mil vidas en la región de Donbás.
Ahora bien, la muy difundida información por las agencias de noticias mundiales no ha sido del todo precisa, ya que en la misma se reseña la firma de un acuerdo que presentan como novedad, cuando el mismo nombre del documento (Paquete de medidas para la implementación de los acuerdos de Minsk) demuestra que sobre la mesa de negociación lo que siempre ha estado presente es la imperiosa necesidad de llevar a cabo lo acordado en el “Protocolo de Minsk”, firmado por el Grupo de Contacto (Rusia, Ucrania, OCSE) el 5 de septiembre del pasado año. Sin embargo, a más de cinco meses, este acuerdo no ha sido respetado; desde entonces no se ha cumplido con el punto número uno que establecía un inmediato cese al fuego, así como también se violó el punto número nueve que increpaba a las autoridades de Kiev a garantizar y respetar un proceso electoral libre y democrático en las Repúblicas de Donetsk y Lugansk, el cual se celebró el 2 de noviembre pero que de inmediato fue rechazado por las autoridades centrales de Ucrania.
Celebramos el hecho de que se insista en la necesidad de detener las acciones armadas, que exista la voluntad política de lograr un efectivo alto al fuego a partir del próximo 15 de febrero, sobre todo por la elevada cifra de víctimas mortales que ha dejado ya el conflicto en el oriente ucraniano, porque la reconciliación nacional en Ucrania comienza por el cese de la agresión contra la región de Donbás; pero vale acotar que resulta imperativo profundizar las negociaciones para hacer efectivos cada uno de los puntos previstos en el ya mencionado acuerdo de Minsk, para lo cual el siguiente paso sería iniciar un diálogo que permita la aplicación del punto número tres, en el cual se señala la necesidad de respetar la autodeterminación de los pueblos con la aplicación de leyes que garanticen un estatus especial y la descentralización del poder, abriendo el camino hacia una federalización en Ucrania a través de una reforma de su sistema político que contemple un incremento radical del nivel de autogobierno en las regiones, respetando identidades culturales y sociales, así como los derechos de las minorías étnicas, lo cual muy probablemente reduciría los niveles de tensión social y política, garantizando el mantenimiento de las actuales fronteras.
En lo inmediato apreciamos tres hechos adicionales positivos. En primer lugar, que en las rondas de negociaciones un problema europeo se está resolviendo por intermedio de los propios europeos, sin la intervención de actores internacionales ajenos al viejo continente, por un lado con el “Cuarteto de Normandía” como garantes del proceso de paz, por el otro con el Grupo de Contacto signatarios del original Protocolo de Minsk, y por último, Bielorrusia como promotor y anfitrión neutral de las reuniones, anotando para sí un gran logro diplomático. En segundo lugar encontramos la actitud de Alemania y Francia, tomando distancia de los lineamientos radicales anti rusos al acercar posturas y puntos de encuentro con Rusia en cuanto al tema ucraniano, en particular porque reconocen la importancia de las relaciones e intercambio que benefician a ambas partes, y que la aplicación de sanciones a Moscú no solo perjudica a los rusos, sino también a sus propios nacionales, ya que la principal llave energética europea proviene precisamente de la tierra de Tolstoi. Finalmente tenemos en tercer lugar que el tiempo transcurrido desde la firma del Protocolo de Minsk ha demostrado la certeza y sinceridad de la posición del Kremlin, ya que en todo momento el presidente Putin ha manifestado la total disposición al diálogo por parte de Rusia, así como la entera confianza de Moscú para encontrar una vía pacífica que logre poner fin a la matanza de civiles inocentes en la región de Donbás.
Por los momentos esperemos a partir del próximo domingo que cese el fuego, y que progresivamente observemos el desmantelamiento y retirada de las mortales artillerías pesadas con las que a diario el ejército ucraniano bombardea Donetsk y Lugansk; confiemos que en las próximas semanas se establezca definitivamente la zona desmilitarizada que ha sido propuesta, pero más allá de estos acuerdos militares, que se avance también en el tan necesario acuerdo político que lleve al restablecimiento de la normalidad en la vida de los habitantes de la región de Donbás. Lo contrario, el intentar continuar resolviendo la crisis por medio de la fuerza militar, o congelando las negociaciones a través de un escenario inerte con intentos fingidos de lograr acuerdos, solamente perjudicarán a Ucrania y al futuro de los habitantes de ese país, pues una escalada en la guerra civil significaría en el mediano plazo la destrucción material y moral de la sociedad ucraniana, de la cual solo serán responsables aquellos fanáticos ultranacionalistas neonazis que intentan acabar con las minorías étnicas del oriente de su propio país.

Fuente: http://www.noticierodigital.com/2015/02/vientos-de-paz-en-ucrania/

Comprender Oriente Medio desde el factor religioso
Jonathan Benavides

El concepto de Oriente Medio no está definido con precisión. Normalmente, se suele considerar que pertenecen a dicha región algunos países africanos y del Mediterráneo oriental, como Libia, Egipto, Sudán y Turquía; y que se extiende hasta el Golfo Pérsico, comprendiendo a países como Líbano, Israel, Siria, Palestina y Jordania; así como Irak, Irán, Arabia Saudita, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Omán, Qatar y Yemen. También se podrían incluir en el concepto de Oriente Medio a Afganistán y a Paquistán. Por consideraciones geoestratégicas, EEUU ha acuñado un concepto más amplio que es el de “Gran Oriente Medio” en el que, además de los países citados, también se incluiría al resto de los países del Magreb así como algunos de Asia Central y del Cáucaso.
Oriente Medio es el marco geográfico en el que surgieron las tres grandes religiones monoteístas, el judaísmo, el cristianismo y el islamismo. Pero, con el paso del tiempo y como consecuencia de una serie de hechos históricos que resultaría largo de relatar en este artículo, el islam llegó a convertirse en la religión dominante en toda esta región. Por ello, su influencia ha sido y sigue siendo esencial en esta zona del planeta.
Hay que tener en cuenta que, en general, las sociedades del Oriente Medio han tenido una base económica esencialmente agrícola y ganadera (pastoreo) o artesanal y mercantil, pre-capitalista. En ellas no ha tenido lugar una significativa acumulación previa de capital ni un proceso de industrialización endógeno. Y, aunque en las épocas de mayor esplendor, durante la Edad Media, tuvieron un desarrollo científico y cultural superior al del occidente cristiano, no llegaron a pasar por una fase de revolución tecnológica e industrial.
La religión y, más en concreto, el islam, ha constituido un elemento de cohesión social, de refugio y de resistencia, frente a las adversidades derivadas de la dominación extranjera y del colonialismo (especialmente el anglo-francés, aunque también el portugués, español e italiano), desde mediados del siglo XIX.
Con el colonialismo, estas sociedades sufrieron un fuerte impacto económico-cultural que provocó su desestructuración y que dislocó sus economías, impidiendo su propio desarrollo natural. El capitalismo les fue introducido desde el exterior. Se acabó con su agricultura de autosuficiencia y se les impusieron nuevos cultivos foráneos. También se arrasó su incipiente manufactura. Los colonialistas orientaron la producción de estos países de acuerdo con las necesidades de sus respectivas metrópolis. Igualmente, el colonialismo introdujo en ellos unas formas de organización política, como el Estado nacional, que les eran desconocidas.
En esa situación, las redes sociales de solidaridad y ayuda mutua que se crearon a partir de las mezquitas, contribuyeron a atenuar la penosa situación de las masas populares en los países de Oriente Medio, aliviando las situaciones de extrema pobreza. La importancia de estas redes de asistencia social se ha acrecentado en los últimos años, como consecuencia de la crisis económica.
Con el desarrollo del capitalismo y el creciente predominio del capital financiero, se han agudizado al máximo todas las contradicciones sociales (de clase, nacionales y de género), lo que ha conducido a que el factor religioso cobre una importancia aún mayor, si cabe, de la que hasta ahora ha tenido. Todo esto ha incidido de forma desigual sobre el conjunto del mundo islámico. Este se encuentra dividido en dos grandes ramas. Una, la mayoritaria, es la sunnita. La otra, minoritaria, que viene a representar de un 15 a un 20% de los creyentes musulmanes, es la chiíta. A su vez, cada una de ellas se subdivide en distintas escuelas islámicas (madhabs) o corrientes.
La rama sunnita se manifiesta en el plano político de dos maneras diferentes. Por una parte, el movimiento de los Hermanos Musulmanes, con fuerte presencia en Túnez, Egipto, Jordania, Palestina (franja de Gaza) y Turquía, de carácter moderado, que se ha adaptado a las estructuras socioeconómicas capitalistas y a la democracia occidental. La otra, más radical tanto en el terreno religioso (se nutre del wahabismo y el salafísmo) como en el político, aspira a la instauración de Estados teocráticos feudales (emiratos islámicos) y a imponer por la fuerza la Sharia (ley islámica). Esta corriente es la yihadista, y es afín con las monarquías autocráticas semifeudales del Golfo Pérsico.
Podría decirse que el yihadismo es la expresión de la añoranza de un pasado glorioso (el califato) que subsiste, de algún modo, en el subconsciente colectivo de un amplio sector de la sociedad islámica. Un sentimiento que se ha ido transmitiendo, muchas veces a través de relatos orales, de generación en generación, hasta nuestros días.
Por otra parte, resulta significativo que, si observamos el mapa de los flujos de circulación de ideas, armas y combatientes yihadistas, lo que algunos autores llaman la “autopista de la insurgencia” (Alain Gresh y Dominique Vidal), podremos ver que existe un “nudo” en la Península Arábiga, donde confluyen o desde donde se distribuyen los flujos procedentes de o dirigidos al Magreb (Marruecos, Túnez y Argelia), Libia y Egipto; Sudán, Eritrea y Etiopía; Yemen y Somalia; Emiratos Árabes y Omán; Palestina, Siria, Irak, Irán, Kirguizistán y Afganistán-Pakistán; así como Chechenia.
Hay que recordar que aproximadamente desde 1980, las potencias occidentales y especialmente EEUU comenzaron a apoyar económica y militarmente a los muyahidines (guerrilleros islámicos) que luchaban en Afganistán contra las tropas soviéticas (1979-1989), y que el yihadismo tuvo su origen, precisamente, en ese movimiento armado. Es significativo que, aunque después de finalizada la guerra contra la URSS, los yihadistas comenzaron a enfrentarse a las potencias occidentales, en los últimos años su objetivo principal parece que ha pasado a ser el movimiento chiíta (y en algunas ocasiones también las minorías cristianas).

 En cuanto a la rama chiíta, hay que decir que aunque es minoritaria en el conjunto de Oriente Medio, sin embargo, es mayoritaria en Irán, Irak, Bahréin, Azerbaiyán y en el Líbano; y cuenta con importantes minorías en Afganistán y Pakistán, Yemen y Siria. También es significativo que, desde hace varios años, los creyentes de esta rama del islam estén siendo atacados sistemáticamente por los yihadistas (atentados contra mezquitas, mercados, ceremonias religiosas, etc.) que les están provocando una auténtica sangría.
Si antes, para entender la ideología yihadista, hablábamos del subconsciente colectivo, en lo que respecta a la añoranza de unos tiempos gloriosos ya pasados; ahora nos referiremos a otro componente de ese mismo subconsciente colectivo, en el caso de la rama chiíta. En este caso, habría que hablar de los movimientos igualitaristas que durante varios siglos de la Edad Media se desarrollaron en la zona en la que hoy día es mayoritario el chiísmo.
Así, como antecedente más remoto nos tenemos que referir al movimiento mazdaquita, en el Irán pre-islámico (siglos V y VI). Posteriormente, ya en la época islámica, en el siglo VIII, estallaron varios movimientos entre los que debemos citar al de Simbad el Mago (754); al de Al-Muqanma (el “profeta oculto”), en el Jurasán iraní (777); al de Babek, también en el Jurasán y en Armenia (primeras décadas del s. VIII). Entre los siglos VIII y X el movimiento de los esclavos negros, los zanny, en la baja Mesopotamia, cuyo apogeo se situó entre 868 y 883. Por último, nos referiremos al movimiento Cármata que llegó a instaurar una especie de proto-Estado en Irak y Bahréin, entre el 900 y el 950. Salvo el movimiento mazdaquita, todos los demás estuvieron promovidos o apoyados por alguna de las corrientes chiítas. Todo lo cual nos lleva a la conclusión de que en el subconsciente de estas últimas, a diferencia de lo que ocurre con las de carácter sunnita, existe un componente que podríamos calificar de “progresista” y que podría ser lo que las ha llevado a adoptar unas posturas objetivamente más enfrentadas al imperialismo. Por supuesto que estas consideraciones están hechas con todas las reservas.
Para terminar, y a modo de conclusión, podemos decir que el peso del factor religioso en Oriente Medio es de una gran importancia y no se puede infravalorar ya que los enfrentamientos “sectarios”, tal como por aquí se definen, y en los que casi siempre los chiítas son las víctimas (en algunas ocasiones también los cristianos maronitas, coptos, etc.), obedecen a una estrategia deliberada para sembrar el terror y el caos y así justificar la creciente militarización de la zona, el debilitamiento de los distintos Estados y lograr un mayor sometimiento de éstos, para lo cual no se duda en instrumentalizar las diferencias religiosas entre la población.

Fuente: http://www.noticierodigital.com/2015/01/comprender-oriente-medio-desde-el-factor-religioso/

El yihadismo, una guerra de muchos años
Jonathan Benavides

Hace pocos meses escuché decir al primer ministro británico David Cameron en un tono impresionantemente patético que sería “…Una guerra de años…” el plazo del compromiso de su país con la intervención multinacional en contra el Estado Islámico en Irak y Siria. ¿Exageraba?, no Cameron tiene razón; aunque ahora se desmantele al Estado Islámico (EI), todo el mundo sabe que la actual guerra no va a ser sino el semillero de guerras nuevas. Y esto durará años o décadas.
No puede caber la menor duda que la actual ofensiva multinacional contra el Estado Islámico va a aniquilar a este grupo que ha sembrado de terror las castigadas tierras de Siria e Irak. Tampoco puede caber duda que, mañana, otros tomarán el testigo. La destrucción del Estado Islámico debe verse pues, como sólo un paso en la larguísima guerra contra el yihadismo. Pronto volverá a manifestarse con otro rostro: Abu Sayyaf en Filipinas, los salafistas del AQMI (Al Qaeda en el Magreb Islámico) en Argelia o en cualquier otro lugar… El problema, en efecto, va a durar años.
La única ventaja, sobre el terreno, es que el Estado Islámico (EI) se ha quedado solo. Ni un solo estado musulmán le apoya. Tampoco los que, por motivos de orden práctico, han puesto algún “pero” a la intervención, como Turquía o Irán, cada cual por sus propias razones. Turquía no ve con buenos ojos que la operación contra el EI se haya convertido, por conveniencia americana, en ofensiva general contra el régimen de Bashar Al-Assad en Siria, porque eso va a crear un problema de imprevisible salida en las mismas fronteras turcas. Irán, por su lado, no acepta que se actúe contra un estado soberano (Siria) sin acuerdo pleno del Consejo de Seguridad de la ONU. Lo mismo piensa Rusia, por cierto. Pero esos reparos no implican un apoyo al EI. El Estado Islámico es indefendible.
En el momento actual todas las fuentes de ingresos del EI han quedado cegadas, y hasta la extorsión a las poblaciones locales le resulta cada vez más difícil. El desmantelamiento de sus instalaciones petrolíferas a base de bombardeos localizados ha dejado al Estado Islámico literalmente sin respiración (algún día habrá que ver, por cierto, si existe la verdadera voluntad de tomar represalias contra las empresas petroleras que han estado comprando ese crudo manchado de sangre). Incluso la heteróclita red de Al Qaeda se ha quitado de en medio. El EI, recordemos, formó parte de Al Qaeda y se separó del “supergrupo” porque quería concentrar todos sus esfuerzos en la recuperación del territorio iraquí. Ahora Al Qaeda, sí ha condenado la intervención militar internacional contra suelo de Siria e Irak, pero por otra parte tampoco ha movido un dedo en favor del Estado Islámico, cuyas matanzas sobre población musulmana lo ha convertido en cualquier cosa menos en un aliado presentable (no tanto por razones humanitarias como porque, a ojos de Al Qaeda, esa crueldad bárbara es un grave error estratégico).

Al Qaeda y el Estado Islámico son cosas bien distintas. Al Qaeda aspira a crear en toda la Umma (la comunidad de creyentes del islam) un estado de insurrección generalizada que conduzca a reimplantar la sharia (ley islámica), y quiere hacerlo mediante una red de células capaces de ejecutar una guerra informal (terrorista) contra las estructuras de poder occidentales, tanto en el mundo musulmán como fuera de él. El éxito de Al Qaeda ha residido precisamente en ese carácter transnacional e informal de su acción, que convierte al movimiento en una suerte de “enemigo fantasma”, y de hecho buena parte de los esfuerzos occidentales se han dirigido a tratar de concentrar a Al Qaeda en un punto (Afganistán, Irak, etc.), para obligar al fantasma a tomar forma material. El Estado Islámico, por el contrario, sigue un patrón táctico mucho más convencional, una guerra terrorista sin cuartel en un territorio determinado a partir del cual construir, primero, un Estado, y después, extendiendo su acción, un califato. Para los estrategas de Al Qaeda, eso es tanto como dar al enemigo exactamente lo que quiere, un enemigo identificable sobre un espacio físico determinado. Para colmo de contratiempos, la proclamación del Califato ha permitido al EI reclutar a miles de voluntarios en todo el mundo precisamente a través de las redes informales (esto es, sin estructura orgánica rígida) establecidas por Al Qaeda, sacándolas a la luz. Por eso a Al Qaeda no le dolerá lo más mínimo que el Estado Islámico sea aniquilado.
A Al Qaeda le preocupa mucho más la suerte de sus socios del Frente Al Nusra, una milicia islamista que creció al calor del apoyo occidental a la guerra civil siria contra el régimen de Bashar Al-Assad y que ahora mismo es la más poderosa de cuantas actúan en territorio sirio. También ellos están siendo hoy objeto de los bombardeos aliados. Al Nusra, en principio, lleva su propia guerra, la bandera de los musulmanes suníes contra los musulmanes chiíes que apoyan a Al-Assad. El Estado Islámico también mata chiíes, pero mira a otros horizontes. No son propiamente aliados. ¿Son entonces enemigos Al Nusra y el EI?, tampoco del todo. En el actual caos de la región, cualquier intento de clasificación es inútil; hace pocas semanas milicianos de Al Nusra y del Estado Islámico atacaban juntos a las fuerzas armadas libanesas. El dato da la medida de la complejidad de la situación.
Por el momento, la estrategia de los Estados Unidos, muy nítidamente apoyados por las principales naciones árabes (de forma particular las monarquías Saudí y jordana, los Emiratos, Bahréin y Qatar), está consistiendo en arrasar cualquier rastro físico del Estado Islámico y, secundariamente, de Al Nusra. Los martillazos aéreos tienen por objeto privar a los yihadistas de cualquier punto de apoyo sobre el terreno: cuarteles, depósitos de armas y víveres, vehículos, campos de petróleo, vías de comunicación… La última hora de hace un mes, era que los satélites y aviones de reconocimiento habían podido identificar columnas de milicianos moviéndose en bicicleta. Es decir que la base material sobre la que el EI aspiraba a crear un ejército y un Estado puede darse por ya destruida o, al menos, en vías de irreversible destrucción. Pero esto sólo es el primer paso.
Y es el primer paso porque después, habrá que decidir qué se hace con Irak y con Siria. En lo que concierne a este último país, el objetivo de Washington es claro: aprovechar esta operación para desequilibrar definitivamente la guerra civil siria, que lleva ya tres años y medio empantanada. Se trata de reforzar a la Coalición Nacional de los llamados “rebeldes moderados” sirios para eliminar al mismo tiempo a Bashar Al-Assad y a los islamistas y, acto seguido, poner en Damasco un régimen aceptable tanto para Occidente como para sus “aliados” árabes. En cuanto a Irak, la actual intervención militar debería servir para aniquilar los focos de agitación islamista surgidos en el país y devolver al gobierno de Bagdad el control sobre todo el territorio. ¿Todo?, ¿y qué pasa con el Kurdistán, que ahora va a reclamar su plena independencia?; esto habrá que decidirlo después. Pero no es lo único que los vencedores tendrán que decidir, porque hay otro asunto aún más peliagudo, a saber, quién se queda allí para garantizar que la victoria no sea efímera.
La guerra contra enemigos como el Estado Islámico tiene su propia problemática. Todos los estrategas que han tenido que bregar con este tipo de grupos en los últimos años saben que el combate presenta dos dificultades principales. La primera concierne al escenario físico del campo; generalmente se trata de regiones de orografía o bien laberíntica, como en Afganistán, o bien desértica como en Malí, que hacen muy difícil la tarea de controlar físicamente el territorio. Es posible barrer literalmente con bombardeos aéreos el espacio físico, destruir bases logísticas y nudos de comunicaciones, e incluso, bajo determinadas condiciones, cabe plantear una batalla convencional adaptando la estrategia al escenario, como han hecho los franceses en Malí, pero no hay manera de concentrar al enemigo en un solo punto para obtener una victoria decisiva. Eso quiere decir que, tarde o temprano, los yihadistas volverán a ocupar los territorios liberados para imponer en ellos su ley, como ha sucedido en vastas zonas de Afganistán. Hace falta, por tanto, que alguien asuma el trabajo de controlar físicamente el territorio después del ataque, y que lo haga con medios suficientes y durante el tiempo necesario para consolidar la victoria. Las coaliciones internacionales pueden sobradamente dar un golpe decisivo en cualquier parte, pero ¿quién se encarga después de la otra parte del trabajo?. Esta pregunta es la mayor incógnita que rodea a la operación vigente contra el Estado Islámico.
¿Quién, en efecto?; los estadounidenses intentaron en Irak y en Afganistán que fueran las tribus locales las que aseguraran el territorio, pero éstas son muy vulnerables a la presión armada, religiosa y económica de unos grupos terroristas que terminan ganándose la voluntad de los clanes locales de buen grado o por la fuerza (sobre todo si los americanos dejan de pagar). Sólo los Estados están condiciones de asumir el esfuerzo militar, económico y humano que exige la tarea de asegurar el territorio después de una guerra de estas características. Y bien, ¿qué Estados?, porque ni el Irak post-Saddam ni el Afganistán post-talibán han sido capaces de hacerlo, en parte por incapacidad propia y en parte porque los americanos nunca se han fiado de ellos. Tampoco en Siria la Coalición Nacional estará en condiciones de imponer su autoridad. Entonces, ¿un Estado tercero?, ¿Arabia Saudí, por ejemplo? o, aún mejor, ¿una coalición exclusivamente árabe como la que ahora secunda a los EEUU en la campaña contra el Estado Islámico?. Esto último es lo más probable, la incógnita es si estos países están realmente decididos a dejar que Irak y, eventualmente, Siria renazcan como Estados o si, más bien, se dedicaran a usufructuar su petróleo y sus oleoductos.
El segundo problema específico al que han de hacer frente las campañas de este tipo es de carácter más conceptual y se trata de la singular cualidad de un enemigo que no pertenece a un país concreto, que no está sujeto al marco de un Estado, que no ofrece a nadie con quién negociar en términos de Derecho Internacional y cuyas fuentes de suministros son tan fluidas como imprevisibles. El hombre que se marcha a Irak para combatir junto al Estado Islámico, a partir de una web consultada en Londres, Madrid, Sydney o Helsinki, y a través de un contacto en la mezquita local, no es un militar, pero tampoco es un mercenario. En cierto modo representa el grado máximo de la figura del partisano tal y como la plasmó Carl Schmitt, es la guerra irregular en estado puro, con el añadido de que su opción por la guerra terrorista ya ni siquiera se limita a un solo país. Esto quiere decir que hoy podemos machacar al Estado Islámico en Irak, pero nada impide que mañana surja otro EI en Libia, Argelia o Pakistán, nutridos de la misma exasperación vital que parece haberse adueñado de un número importante de musulmanes y canalizado a través de las mismas redes que han conducido a miles de musulmanes de todo el mundo a los campos de Siria e Irak. Toda victoria es, pues, provisional.
¿Cómo se cocina esto?, ¿cómo prever el nacimiento de nuevas células terroristas capaces de montar un Estado Islámico en cualquier parte?; en realidad solo hay tres instrumentos eficaces. Primero, sobre el terreno: es imprescindible ejercer un control completo sobre la población y el territorio vencidos para evitar el rebrote de insurgencias. Esto sólo pueden hacerlo eficazmente los propios Estados titulares del territorio o las potencias vecinas. En la plaza: tendrán que ser las potencias árabes las que vigilen in situ. Esta es expresamente la estrategia americana desde hace unos pocos años y, por otra parte, no es un recurso nuevo; lo propio hicieron los romanos cuando encargaron a los visigodos neutralizar a los bárbaros dentro del Imperio. Naturalmente, las naciones árabes exigirán a cambio ventajas políticas y económicas específicas; será inevitable otorgárselas pero, en correspondencia, esos Estados deberán asumir la responsabilidad de cuantos movimientos favorables a los yihadistas se produzcan desde su suelo, y eso incluye las trasferencias de capital al exterior, también las que se efectúan por intermedio de subvenciones culturales, religiosas o asistenciales.
Segundo instrumento, en el plano internacional: dado el carácter esencialmente musulmán del problema, será preciso reforzar el control policial sobre las poblaciones islámicas que viven en Occidente, desde sus movimientos hasta sus comunicaciones pasando por sus mezquitas y sus cuentas corrientes. Esto choca, naturalmente, con el régimen de libertades públicas que Occidente defiende y, además, será con toda seguridad injusto para la mayoría de los musulmanes residentes en Europa y los Estados Unidos, pero lo que hemos visto en Irak y Siria demuestra hasta qué punto el islamismo más radical ha penetrado en las comunidades islámicas occidentales. Habrá que elegir entre libertad y seguridad, y la disyuntiva se plantea hoy en términos todavía más implacables que hace veinte años. La hipótesis aún hoy escandaliza, pero tardará poco en convertirse en realidad.
El tercer instrumento es probablemente el decisivo, y su perspectiva no es de años, como decía Cameron, sino de decenios. Se trata del aspecto cultural, un término que suele generar enojo en los analistas políticos, pero que sin embargo es la clave del problema. O el Islam aprende a distinguir entre autoridad religiosa y poder político y, en consecuencia, acepta un marco elemental de libertad religiosa donde el infiel no sea necesariamente un enemigo, o el problema del fundamentalismo yihadista no tendrá jamás solución. El discurso del papa Benedicto XVI en Ratisbona ha vuelto a la actualidad porque Ratzinger tenía razón. Hay en el mundo cultural islámico un obstáculo estructural para aceptar pacíficamente ya no la modernidad, sino la mera existencia del otro, del extranjero, y eso está en la base de todo cuanto hoy ocurre. La proclamación de la guerra santa en nombre de la ley islámica y su extensión a todo el mundo no es algo que tenga su origen en la explotación neocolonial o en la injusticia del sistema económico, sino que deriva de una evolución cultural y política inherente al propio Islam. Sólo los musulmanes pueden salir de ahí; esto, por cierto, no podrá hacerse imponiendo al mundo musulmán una cultura que no es la suya. La única vía posible es favorecer que los propios musulmanes den el paso.

Hasta que eso ocurra, lo que tenemos en perspectiva es una modificación profunda del paisaje. Después de esta intervención contra el Estado Islámico y contra el régimen de Bashar Al-Assad (porque todo va ya en el mismo paquete), asistiremos sin duda a una redistribución del poder en el Medio Oriente. Siria e Irak, que hace treinta años eran poderosos Estados con agresivos proyectos nacionales, ya no existirán como tales. Los EEUU, escarmentados de sus reveses políticos en Irak y Afganistán, tendrán que confiar ahora el control de la región a sus “aliados” árabes. Arabia Saudí emerge como nuevo gran protagonista mientras, al este, Irán sale fortalecido, aunque a costa de recortar drásticamente sus ambiciones. Es posible que el sistema funcione.
Quedarán vivos, sin embargo, problemas de muy difícil solución. Uno, la guerra civil entre suníes y chiíes, que está lejos de haber terminado y que sólo puede hallar tregua con un acuerdo expreso entre Arabia Saudí e Irán, países ambos que actúan de hecho como cabeza de cada una de estas familias del Islam (ahora bien, ¿es posible tal acuerdo sin que el precio sea señalar a un enemigo común, enemigo que sólo puede ser Occidente?). Dos, los canales de financiación, nunca cegados, desde las fortunas petroleras hacia las redes yihadistas. Tres, la efervescencia victimista en las comunidades musulmanas de todo el mundo. ¿Una guerra de años, dice Cameron? No, lo que hay por delante es una guerra de más de medio siglo. Como poco.

Fuente:http://www.noticierodigital.com/2014/12/el-yihadismo-una-guerra-de-muchos-anos/
Ilustraciones: Pawla Kuczynskiego.

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