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viernes, 12 de agosto de 2016

PALADAR

Del relativo contrasentido
Luis Barragán


Adscrito a otra comisión de trabajo, por amable invitación del presidente de la Comisión Permanente de Cultura, diputado Freddy Paz, asistimos a su sesión próxima pasada. El motivo de nuestra visita se debía al reconocimiento que la Comisión le hizo a un insigne trabajador, recientemente jubilado, pero tuvimos también la fortuna de testificar dos puntos adicionales de la agenda de gran interés.

En orden sucesivo, por una parte, acudió el ex – parlametantario Walter Márquez para exponer la necesidad de legislar respecto a los cronistas, acompañado por una calificada representación.  Ciertamente, el  cronista de nuestras localidades ha perdido no sólo el peso y la consideración que por siempre – antes – mereció, sino peligra la propia memoria histórica de todo un país, sin que ello contradiga la urgencia impuesta por la  actualísima tragedia de la (auto) censura y del bloqueo informativo gubernamentales.

Por otra, escuchamos con atención a las representantes de la Asociación Culinaria de Venezuela, Grisell Hernández y Marichef Gil, quienes plantearon la necesidad y posibilidad de validar académicamente a los profesionales del ramo. Por cierto, tres años atrás, infructuosamente planteamos la inclusión de la gastronomía en la Ley Orgánica de Cultura, a sabiendas de su importancia para la reindustrialización cultural del país.

Por las razones harto conocidas, ambas hicieron el sacrificio de ejemplificarnos sobre las generosas promesas de la cocina venezolana, permitiéndonos degustar sendos postres, como los llamados “Negro en camisa”, “María Luisa” y “Juan Sabroso”, realizados con frutos, tubérculos, cacao, mermelada de guayaba, puré de batata y leche de coco venezolanos.  Degustamos y celebramos las modestas porciones, las que apuntan al país que cuenta con extraordinarios recursos y oportunidades para solventar una crisis que nos ha llevado a la hambruna – la literal y prolongada hambruna – que nos atormenta por la tozudez del régimen que, por cierto,  dibujó la paradójica escena asamblearia.

Finalmente, la Comisión aprobó un Acuerdo alusivo a Agapito Hernández, quien ya goza de su justa jubilación, presumiendo una contradicción, porque él ha sido un convencido partidario del gobierno y compartimos tareas, esfuerzos y discusiones con motivo de la citada ley en años anteriores. Por fuertes – aunque respetuosas – que fuesen sus posturas, la sola presencia del otrora diputado y presidente de la Comisión, Miguel Angel Rodríguez, la del diputado Paz y la nuestra en el homenaje, quienes por entonces  confrontamos al gobierno que no era precisamente esa suma de debilidades de ahora,  constituyó una señal poderosa de lo que deseamos para todo el país: el reconocimiento del otro y de los otros, la tolerancia, el respeto y el afecto por encima de las diferencias.

Fuente:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/27245-del-relativo-contrasentido

miércoles, 4 de febrero de 2015

EL PALADAR PORTUARIO

EL NACIONAL, Caracas, 29 de enero de 2015
¿Quién se robó “mi” gusto?
Alberto Soria

El suyo, el que heredó, si usted no se deja, nadie.
Y en el peor de los escenarios –si se deja– aunque se lo roben siempre está ahí, en la memoria. Regresa. Y cuando lo hace, pide cuentas.
Es lo que le pasa a la arepa bien resuelta, a las caraotas de la abuela, a los  garbanzos y las lentejas, que la modernidad, la vanguardia y la crisis han querido arrinconar con nuevo estilo. Como en el XIX cuando la cocina campesina comenzó a ser relegada por cosas más “finas”, más de ciudad (como si en el cemento se cultivasen manjares).
I
En El diseñador de laberintos, Peter Robb recuerda sus años en Sicilia, los enfrentamientos entre los ciudadanos y la mafia, el gusto y la mesa. La subsistencia cotidiana pues, y sus transiciones.
“Para mí, la caponata empezó siendo un plato frío y barato que comí una noche, en una mesa de tijera, entre el tráfico de Nápoles. Quería un cambio en mi dieta de mejillones al vapor. Me sirvieron un plato con anchoas, rodajas de pulpo y aceitunas negras, un poco de ensalada y un poco de caldo, sobre un panecillo duro como una piedra. Elizabeth David dijo, con toda razón, que se trataba de un plato de pescadores y marineros”.
Robb después descubrió en Palermo que la caponata era muy diferente: berenjena, aceitunas negras, tomate y aceite de oliva cocinados a la vez a fuego lento y mucho tiempo. “La caponata es uno de los grandes platos agridulces del mundo. Agridulce y salado. Eso jamás se olvida”.
II
Así, entre la satisfacción, la escasez, el deslumbramiento en la memoria, viven también los marineros que pescan en Oriente, y los llaneros rodeados de escasas vacas que no almuerzan carne, sino espaguetis con caraotas.
Mientras, en el cemento, el atún llega enlatado en contenedores, las papas se convierten en algo exótico (las multinacionales de comida rápida la sustituyen por yuca), la carne ya no viene del campo. Es también un producto de puerto. Se aproxima así –como la primera caponata, servida a Robb–, a los marineros.
Ahora que el café es escaso o ajeno, los desayunos tienen un aroma diferente. No saben al país que heredamos, el que siempre quisimos y tuvimos. Ése es el momento en que el gusto y la memoria se enfrentan al olfato y a la televisión. Pasa todos los días. Pero la nariz y el paladar aprecian, recuerdan, diferencian. Y no se rinden.
Fotografía: Tomada del grupo "Caracas pa'locos"/Facebook: https://www.facebook.com/photo.php?fbid=10152023606766230&set=gm.10152368208173798&type=1&theater

jueves, 25 de diciembre de 2014

RELACIONA-MIENTO

EL NACIONAL, Caracas, 16 de noviembre de 2014
Principios básicos del vino y la gastronomía
Guillermo Vargas

La elección del vino adecuado a un plato en particular es algo relacionado principalmente con nuestros gustos. Se habla de armonía, alianza y  maridaje a la combinación de los vinos con las comidas y la armonía es perfecta cuando se produce un equilibrio entre los aromas y sabores de ambos. Es una cuestión de equilibrio. Lo ideal es que se unan para convertirse en algo más placentero y delicioso, que el disfrute de cada unopor separado.Al no existir dominio de unosobre el otro se percibe el sabor de la comida exaltado por el gusto del vino.
Se combinan vinos blancos con carnes blancas y vinos tintos con carnes rojas. No es algo estricto aunque sí recomendable. Evidentemente los primeros tienen sabores suaves y armonizan perfectamente con preparaciones que también los tienen. De allí la excelente armonía de pescados, mariscos y frutos de mar con vinos blancos jóvenes, al igual que con entradas, arroces, pastas suaves y  pollo. Pescados azules como la trucha, el carite, la aguja y el salmón también pueden combinarse con vinos blancos de mucho cuerpo, incluyendo los añejados en barrica,  y tintos medianos de cuerpo pero hay que tener cuidado con el  sabor metálico que puede sentirse al combinar algunostintos robustos con estos platos. Pavo, pato y conejo van bien con tintos entre ligeros a medianamente estructurados.
Las carnes rojas más elaboradas ocon mucha grasa, horneadas y también a la brasa, requieren de tintos de mucho cuerpo y estructura, al igual que las carnes de chivo, cordero, e incluso la cacería de pelo. La recomendación también es válida para charcutería y fiambres en general.
El queso combina perfectamente con el vino. Los suaves y frescos van bien con blancos jóvenes y rosados seco,  mientras que los madurados maridan  con tintos robustos y estructurados. La grasa láctea equilibra la usual astringencia del tinto y sus taninos resaltan el sabor delqueso.Los vinos rosados son una verdadera opción cuando se trata de comidas de sabores agridulces y exóticos, típicos de algunos platos asiáticos.Cuando se trata de postres y frutas es delicioso y elegante acompañarlos con vinos ligeramente dulces, tanto blancos como rosados, frizzantes y especialmente espumosos.
Finalmente la armonía perfecta entre vinos y comidas será una elección estrictamente personal, razón por la cual la mejor siempre será laque nos guste más. ¡Buen apetito!

Fotografía: LB, 2014.

domingo, 1 de diciembre de 2013

GENERACIÓN AS

El Nacional Todo en Domingo - Domingo 01 de Diciembre de 2013     TODO EN DOMINGO/42
Gastroetc
Tributo al libro rojo
Nuestra cocina a la manera de Caracas está a la venta en librerías como TecniCiencia. También en El Buscón, Kalathos y Sopa de Letras en Caracas.
Rosanna Di Turi

El chef Héctor Romero tomó las recetas del libro rojo de Armando Scannone y propone una galantina de gallina, con chutney de frutos secos y gelatina de oporto. El pastelero Pascal Cherance imagina un particular bienmesabe en su versión punk-me-sabe. Elias Murciano parte de Mi cocina a la manera de Caracas y propone una lengua de res con ciruelas pasas. El libro rojo, que se reproduce por millares en las cocinas venezolanas recordando la riqueza de los sabores propios, ahora merece un tributo cocinado a varias manos y con recetas de varios chefs: Edgar Leal, Carlos García, Mercedes Oropeza y José Luis Álvarez, María Fernanda Di Giacobbe y Sumito Estévez son algunos de los cocineros que tomaron este libro, partieron de sus recetas y ofrecen su nueva visión en una obra que ahora se estrena: Nuestra cocina a la manera de Caracas. Ahi cada uno hace el ejercicio de tomar platos de ese recetario y hacer sus propuestas personales. Su colega italiano Massimo Bottura comparte un ensayo junto al mexicano Enrique Olvera. Un tributo pertinente ahora que el libro rojo, en su versión compacta, celebra sus 30 años.
Cfr.http://cocinayvino.net/gastronomia/personalidades/2355-armando-scannone-90.html

sábado, 30 de noviembre de 2013

INEVITABLEMENTE, CULTOS

EL NACIONAL - DOMINGO 18 DE JULIO DE 1999
¿La sexta disciplina?
Alberto Soria

La gastronomía forma parte de la vida profesional moderna. Tanto, como conocer a Peter Drucker, a Senge y su Quinta Disciplina, las teorías de Covey, los métodos de Demmings, o el interpretar las ansiedades de la vida a la pirámide de necesidades del profesor Maslow.
La buena mesa y la otra, son altar, podium o guillotina en la vida de proyectos y negocios. Se cierran en ella los acuerdos, se las utiliza para iniciar una relación, y es sobre su superficie donde se festejan los resultados.
En algunas culturas, como la latina, el sentido de confianza,por ejemplo, no se transmite por fax o por teléfono. Aquí a nadie se le llama "amigo" hasta haber compartido una comida. Y en otras culturas, las de Asia o el Medio Oriente, se considera falta de educación ir rápidamente al fondo de un asunto de negocios, si antes no se ha seguido un rito y tradición asociado con las hábitos de la cortesía y la buena mesa.
Expresión de tradiciones y culturas de diverso origen; capacidad que se adquiere sólo a través de un proceso sostenido de ensayo y error; conocimiento del que, como la riqueza, sólo quien no lo tiene o lo ha conseguido de manera súbita, hace ostentación, la gastronomía es información. Información y vivencias.
La gastronomía, como información y expresión de civilización, no se estudia donde se aprende gerencia o liderazgo: esa cultura se presume. O lo que es peor, se asume que alguien, por ejemplo especializado en ingeniería, finanzas, banca o marketing, es reductivamente eso: un especialista.
Con lo que caemos en aquel lapidario comentario de Ortega y Gasset según el cual, rumbo a la muerte del enciclopedismo, era muy fácil definir al especialista de la nueva sociedad: "un bárbaro, que sabe mucho, de una sola cosa". En la cultura europea y en la oriental, el refinamiento hace parte de la calidad. Pues no existe una calidad de servicio, ni de producto, disociada de un sentido de calidad de vida.
Una adecuada cultura de la mesa, además de complementar la cultura de los profesionales y de la mujer y el hombre de negocios, nos permitiría rescatar tradiciones, apreciar en su verdadera intensidad la calidad de una serie de productos nacionales y aumentar nuestra calidad de vida, encontrando en la mesa lo que muchas veces se busca con esfuerzo y dolor en el gimnasio, el sauna o la farmacia.
La desinformación, los falsos mitos, y las exageraciones de la moda en el consumo cotidiano afectan al comensal, no importa qué edad tenga, ni dónde esté. Lo acaba de demostrar esta semana el tema de portada de la revista Time que distribuyó El Nacional. Las verdades médicas formuladas en los últimos 50 años sobre el colesterol, por incompletas e inexactas están siendo sometidas a revisión. Así, por ejemplo, miles de personas se enteran hoy que sin razón, perdieron durante 30 años el placer de comerse un par de huevos a la semana. Y que las abuelas sabían más sobre desayunos que los expertos en perseguir gordos de algunas universidades norteamericanas.
Por todo eso, ya va siendo hora entre nosotros de que le demos a la alimentación los estilos de vida y buena mesa, el espacio, tiempo y la importancia que la cultura gastronómica tiene en la vida cotidiana y en el mundo de los negocios.
asoria@reacciun.ve
Pieza: Naoko Ito.

NOTA INMATERIAL

EL NACIONAL - Domingo 24 de Noviembre de 2013     Papel Literario/5
En Venezuela, la gastronomía contemporánea también tiene una historia mestiza y cosmopolita
Las líneas que vienen intentan responder la pregunta de si el país tiene una gastronomía que pueda declararse Patrimonio Cultural Inmaterial como ha pasado antes con la comida de México y la dieta mediterránea
DIAJANIDA HERNÁNDEZ MICHELLE ROCHE RODRÍGUEZ

En la última década, un intenso movimiento dentro de la UNESCO ha llevado a que los países aprendan a apreciar la gastronomía de sus pueblos como un patrimonio intangible de su cultura. Como elemento esencial de la calidad de vida de los ciudadanos de un país, este patrimonio es un poderoso instrumento de cohesión social y si hay algo que una definitivamente a un pueblo es su comida, quizá por eso el lugar común señale que "la familia que cena junta permanece unida".
Las dos primeras cocinas que se han visto beneficiadas por este replanteamiento son la mexicana y la mediterránea, a las cuales el organismo multilateral elevó hace un par de años al estatus de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, reconociendo como fundamentales los aportes de la cultura azteca y de la gala al mapamundi de la alimentación. Ahora que en Venezuela hay un intenso movimiento gastronómico caracterizado por la difusión nacional e internacional del trabajo de sus chefs ­entre los que están Sumito Estévez, Helena Ibarra, Carlos García, María Fernanda Di Giacobbe y Víctor Moreno­ y que las discusiones sostenidas por académicos y artistas sobre las nociones de diversidad cultural, propulsadas por la discusión y aprobación en la Asamblea Nacional de la Ley de Cultura, han ocupado la mayor parte del año, poco se ha dicho sobre las opciones reales que tiene el país de que su gastronomía llegue a reconocerse internacionalmente.
"Nadie esperaba que en la Ley de Cultura la gastronomía se incluyera", se lamenta Ileana Matos, especialista de la fuente de Gastronomía de El Nacional: "La situación política está tan polarizada que el único objetivo es mantenerse del poder o sacar del poder, no hay tiempo para pensar en nada".
Para comerse las regiones Entre las particularidades que debe tener una gastronomía nacional para ser tomada en cuenta por los especialistas de la UNESCO es que sus regiones tengan alimentos y recetas bien diferenciadas. Y en este punto, la experiencia híbrida venezolana también es una ventaja: la cocina de Oriente está influenciada por la trinitaria e hindú, mientras que la zuliana recibió influencias de las antillas curazoleñas. En Los Llanos ­por ejemplo­ comen, además de verduras, proteínas como el chigüire, el pescado ­el salado, no el dulce, que es el del río como es la regla en Los Andes. Al sur del país la influencia de la gastronomía de Brasil es enorme. Y las recetas para cocinar caraotas o pollo o carne de una manera típicamente venezolana son innumerables. De hecho, refiriéndote a este asunto, el cocinero Sumito Estévez dijo en una entrevista el año pasado que "la cocina nacional llega a un grado de sutileza tal que no hay manera de definir inequívocamente qué es una caraota a la venezolana, por las enormes diferencias que hay entre una andina, una zuliana, una llanera, una central y una oriental".
Para Matos, la riqueza culinaria de este país es indiscutible: "Y nosotros en Caracas apenas podemos mencionar unos diez platos, a lo sumo.
Agrega que antes de 1982, cuando Armando Scannone organizó su recetario Mi cocina, a la manera de Caracas, al que coloquialmente se le llama "El libro rojo de Scannone", no se había organizado aún el recetario de la comida nacional. Esto fue una inspiración para que a partir de los años noventa comenzara a extenderse por el país la necesidad de conocer su cocina autóctona. Así, comenzaron a surgir iniciativas apegadas a la cocina nacional, promovidas por los cocineros venezolanos que trabajaban como sous chef de los franceses, que eran quienes manejaban la comida acá durante gran parte del siglo XX. "Esto, además, es parte de una tendencia latinoamericana con el trabajo de Gastón Acúreo en Perú y el boom de la comida mexicana". Por cierto que Estévez se ha constituido como uno de los muchos defensores de esta posición. "En las escuelas le han hecho creer a los muchachos que quien espesa con Maizina no es tan buen cocinero como el que espesa con harina de trigo.
Este es un discurso gastronómico que viene de otro imperial: `Nosotros, los dueños del trigo, sí cocinamos bien; ustedes, los dueños del maíz, son cocineros menores’", ha dicho.
Comer: una historia nacional
La historia de la gastronomía nacional es tan accidentada como la del país y es un ejemplo perfecto de la relación entre los pueblos y lo que comen. Si el mestizaje de razas tuvo su equivalente culinario, los venezolanos de la actualidad lo asumen con tanta naturalidad como los colores de la piel de sus contemporáneos. Quienes saben de estos asuntos señalan que, como en la constitución de la República, el siglo XIX fue crucial para conservar o perder definitivamente recetas culinarias de la dieta nacional. Pero como entonces se sucedieron guerras interminables, entre las que destacaron la de Independencia y la Guerra Federal, el ganado casi desapareció y la mayoría de los alimentos de la que era entonces la dieta básica de los venezolanos eran muy difíciles de conseguir.
Con el hallazgo del petróleo, la mesa de los venezolanos se hizo más cosmopolita y en épocas de la dictadura de Juan Vicente Gómez se comía en este país de todo lo que podía encontrarse en las principales capitales del mundo. Pero con la modernidad, también entró otro aporte crucial a la gastronomía nacional: la inmigración europea.
Por eso los venezolanos sienten que el pasticho es tan criollo como la arepa. Para Ileana Matos, esa manera de ver a la comida continental como autóctona es un rasgo idiosincrático fundamental de este gentilicio: "El venezolano no sólo es buen diente, sino que asimila fácilmente".
Ilustración: Dalia Ferreira.-

domingo, 30 de diciembre de 2012

LA INQUIETUD GASTRONÓMICA (1)

El Nacional - Jueves 11 de Noviembre de 2004     C/6
El refinado sabor de la mesa criolla
FRANCESCA CORDIDO

La tradición gastronómica nacional ha ganado seguidores.
Marginada secularmente de los menús, vituperada por quienes incluso niegan su existencia y enaltecida por costumbristas de exaltado corazón patriota, la culinaria tradicional venezolana estuvo, hasta hace poco, circunscrita a las hornillas domésticas, a las manos amorosas de madres, tías y abuelas que guardaban con celo las recetas de familia. Hoy, la sazón vernácula relustra sus blasones y disfruta del merecido reconocimiento de la mesa pública, que ha decidido incorporarla a su repertorio.
Relanzada en fechas recientes con el remoquete de mantuana, la tradición gastronómica nacional ha ganado seguidores, y sobre todo reconocimiento, entre los habitués de los comederos públicos. El historiador e investigador del acervo culinario José Rafael Lovera -fundador del Centro de Estudios Gastronómicos, CEGA, donde los estudiantes de cocina aprenden a conjugar el sabor criollo con tendencias contemporáneas- aclara, sin embargo, que no existe eso que los especialistas en mercadeo han bautizado como "cocina mantuana".
"Eso es un invento sin sentido. Lo que ahora llaman cocina mantuana no es más que la cocina tradicional venezolana. Bautizarla como mantuana sería suponer que sólo los mantuanos comían ese tipo de preparaciones, y eso no es cierto", explicó Lovera en una breve conversación telefónica.
Mantuano era el término con que se denominaba a los criollos principales durante la colonia, por lo que suponer que la herencia culinaria se limita únicamente a las preparaciones que regalaban el paladar de ese coto privilegiado es imponerle unas fronteras muy estrechas a nuestros pucheros.
Gusto relegado El menosprecio ha signado la devenir de la cocina venezolana desde que el Tirano Aguirre denominara a los oriundos de estas tierras como "pobres comedores de arepa", un condumio al cual el conquistador no hallaba el menor atractivo.
Sin embargo, más allá del desprecio de quienes no se dignan a reconocer el menor mérito a la culinaria criolla, el mayor obstáculo que ésta ha tenido es la carencia de "una teoría, de una tradición orgánica, de una realidad jerarquizada", según cita Rafael Cartay en su libro El pan nuestro de cada día a Ben Amí Fihman.
Afortunadamente, en años recientes ha florecido un nuevo interés por la cocina local, que se ha manifestado no sólo en la publicación de recetarios insignes o en revisiones históricas de la alimentación en Venezuela -que le han dado cierta organicidad a la cálida cocina hogareña-, sino en esfuerzos prácticos como la creación del CEGA, de la mano de Lovera.
Allí se ha formado buena parte de la nueva camada de cocineros que hoy reinterpreta las fórmulas sacramentales de la que en una época ya ida fue la mesa cotidiana venezolana, como el asado negro, el queso relleno o el pastel de polvorosa.
Recetas que, en muchos casos, apenas se conocen ya, pues como señala el mismo Cartay "la alimentación consiste no sólo en la elección y consumo de alimentos, sino que también está relacionada con la concepción del cuerpo, las relaciones sociales, el sistema de valores y las creencias de la sociedad".
Al rescate Víctor Moreno, José Zapata y Helbrunth Quintero, son algunos de los nombres que pulen los calderos tradicionales.
Cada uno de ellos reivindica el patrimonio gustativo y rescata aromas, esencias, sabores que evocan lo más auténtico de los que somos.
Moreno, quien lleva la batuta en los fogones del CEGA y ha fungido como formador de las nuevas generaciones de especialistas en los condumios venezolanos, afirma que nada hay más importante que mirar hacia adentro, conocer lo nuestro, lo que somos. "Yo soy ají dulce, y ya está. No importa que me disfrace de foie gras ", dice para explicar cómo la memoria ancestral del gusto y el olfato nos guían a la hora de reconocernos en un platillo "Aquí no proponemos cosas a la ligera", dice Moreno, "Estudiamos un tema, profundizamos sobre él y lo atacamos. Aquí intentamos cocinar para emocionar, y para rescatar un país", comenta.
José Zapata, quien dirige desde hace dos meses la cocina del Tarantín de Valentina, fue alumno de Moreno. Afirma que dentro de esta nueva tendencia de nacionalismo gastronómico "la idea es reestructurar, refinar la sazón tradicional sin cambiar su esencia". Cada día cambia el menú e incluye platos de las diversas regiones del país. "Queremos mantener la esencia de las cocinas regionales, ofreciendo un plato visualmente atractivo y placentero al olfato y al gusto. La experiencia sensorial debe ser completa", concluye.
Pero quizás la propuesta de mayor resonancia ha sido la de Tupé, donde según Helbrunth Quintero, quien día a día lleva adelante la orquestación culinaria, se trata no sólo de rescatar los condumios tradicionales del repertorio nacional sino de crear sobre esa base. Habla con orgullo de lo que llama platos de inventiva: "Por ejemplo, tenemos un carpaccio de muchacho redondo, acompañado de una gelatina de papelón y de una compota de cebolla. Es una deconstrucción del asado negro, en la cual utilizo técnicas contemporáneas para combinar sabores conocidos." Quintero afirma que el fragor nacionalista de los últimos años, en los que cada quien reivindica para su causa el tricolor patrio, ha favorecido la redención de no sólo de los platillos nacionales, sino de los productos con los que se fragua el comer y cita los esfuerzos de Chocolates El Rey, Pomar y la finca Aguamiel entre otros.
Mientras, los paladares agradecidos de quienes hasta hace muy poco debían satisfacer sus ansias de sabores criollos en una arepera, esperan que no sea una moda pasajera, sino un movimiento que llegó para quedarse.
Complacer el paladar
La Guía Gastronómica de Miro Popic es una de las pocas publicaciones que ofrece un directorio comentado –y actualizado año a año– de la oferta de la mesa pública caraqueña.
CEGA. Bajo la dirección del chef Víctor Moreno, los fogones están abiertos al público de lunes a viernes en la quinta Herminia, entre la avenida Este 2 y la Plaza Morelos de Los Caobos. Es bueno informarse sobre el menú del día y hacer reservación, pues el cupo es limitado. Sólo sirven almuerzo y no abren los fines de semana.
Teléfono: 571.33.54.
Tupé. En el mismo local donde funcionó La Brasserie, hoy lo más refinado de la cocina tradicional venezolana se da cita en la carta de este restaurante. El pastel de polvorosa, la olleta de gallo y el asado negro son algunos de los estandartes de la casa. 6ta Transversal entre 3ra y 4ta Avenidas.
Teléfono: 283.37.67.
El Tarantín de Valentina. El emblemático nombre de Valentina Quintero amadrina este establecimiento, que cuenta con la batuta de José Zapata –formado en el CEGA– al frente de la orquestación culinaria. Desayuno, almuerzo y cena sin sofisticación ni pretensiones. Tercera transversal, entre 2da Avenida y Andrés Bello. Teléfono: 285.88.39.

LA INQUIETUD GASTRONÓMICA (2)

EL NACIONAL, Caracas, 27 de Octubre de 2001 / Papel Literario
Las escrituras del gusto
Tulio Hernández

A Marianella, Ana María, Antonieta, Alejandro y
 Ricardo, oficiantes del cocinar a la venezolana

Entre los tantos desencuentros que los venezolanos tenemos con nosotros mismos, y con lo que nos define o deja de definirnos como pueblo, sobresalen con especial contundencia las tradiciones culinarias. Tan grande es el desencuentro que, a pesar de la indudable existencia de un extenso repertorio de alimentos que sin duda expresan una especificidad, un orden culinario y una originalidad en sus ingredientes y modos de preparación, respetables analistas sostienen que no existe algo que pueda llamarse con propiedad cocina venezolana, como existe una francesa, italiana, o mexicana.
Otros, en cambio, incluyendo autores extranjeros que se hacen eco de esta posición, sin negar su existencia, prefieren afirmar que la misma es tan pobre, elemental o de escasa tradición que no vale la pena dedicarse a su estudio ni al intento de convertirla en alta cocina. Es lo que se deduce de las opiniones de Elizabeth Lambert Ortiz, autora de El libro de la cocina latinoamericana (EDAF, 1969), quien sin recato se despacha el capítulo afirmando que “la cocina de Venezuela no es demasiado importante, ya que se trata de un país que careció de una civilización india indígena (sic) [y] la base de su cocina es (...) colonial, con préstamos y adaptaciones de otros países latinoamericanos”.
Si revisáramos otros síntomas, por ejemplo, el escaso número de restaurantes que se dedican en Caracas a cultivar una posible y probable cocina nacional, o si comparamos, como lo hizo en tiempos de Guzmán un ilustre visitante, lo que se come en las casas con lo que se ofrece como banquete a los invitados internacionales, efectivamente –aparte de posibles justificaciones: que nuestros platos son de complicada elaboración, que sus preparaciones tienden a ser raciones muy grandes– podríamos concluir que también en el campo de la gastronomía somos un país que en medio del frenesí urbanizador, ocurrido entre los años 30 y 50, extravió el hilo de su discurso.
Para pensar lo contrario
Estas evidencias y consideraciones chocan en cambio, abiertamente, con lo que se percibe en muchos hogares y regiones venezolanas en donde los sabores locales son cultivados con orgullo y forman parte decisiva de sus modos de recibir y agradar a los extraños. Se prestan a más confusión, cuando se incursiona en la bibliografía venezolana existente sobre el tema “cocina y alimentación local” con la certeza de que el número de obras disponibles y la calidad y diversidad de lo publicado conduciría también a una muy diferente apreciación.
Un primer dato de la realidad es cuantitativo. Si nos guiáramos por el número de libros identificados y consultados –más de 60 dedicados a la comida venezolana en su conjunto, a formas específicas de cocina regional o a tendencias internacionales practicadas desde nuestro país– tendríamos que concluir que los venezolanos sienten un especial interés por la cocina en general y por la propia en particular.
Son libros de todo tipo. Estudios rigurosos, realizados con los instrumentos de las ciencias sociales e históricas, como esa referencia ineludible constituida por Historia de la alimentación en Venezuela (Monte Avila Editores, 1988), de José Rafael Lovera. Recetarios resultantes de ambiciosas compilaciones personales convertidos en best sellers ya legendarios, como Mi cocina a la manera de Caracas, de Armando Scannone, que desborda una decena de ediciones. Delirantes y divertidas novelas, armadas alrededor del aprendizaje culinario convertido en experiencia de la picaresca, como Viva la pasta. Las enseñanzas de Don Giuseppe (Venediciones, 1984), de Renato Rodríguez (el mismo autor de aquella novela-desenfreno titulada Al sur del equanil). Amorosas, y no menos rigurosas, incursiones para dar cuenta de la riqueza de gastronomías regionales como La cocina tachirense (Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, 1998), de Leonor Peña, La vuelta a la Isla en 80 platos de Rubén Santiago (Oasis, s/f) o La cocina zuliana de Marlene Navas (J & Eme Editores, 1997).
Manuales muy precisos para enseñar una técnica determinada, como los libros sobre la preparación del pan de jamón de Claudio Nazoa y Miro Popic o Hallacas: aromas de una tradición de Beatriz Páez de Salamé (Delirrelieve, 1995), o Repostería Práctica Venezolana, de Emma De Barboza (Latina, 1982). Libros con consistencia de objetos de arte que mezclan, como en un buen cruzado, recetas prácticas y reseñas históricas, aderezadas con juicios y agudas percepciones personales, como El pan nuestro de cada día (Fundación Bigott, 1999), de Rafael Cartay. O, para concluir por el momento, con la conciencia clara de no poder enumerarlos todos, con estudios antropológicos ya no de las comidas sino de las condiciones que la han hecho posible a lo largo de la historia nacional, como Fogones y cocinas tradicionales de Venezuela (Cavendes, 1993), de Cecilia Fuentes y Daría Hernández, las mismas autoras de Fiestas tradicionales de Venezuela.
A simple vista constituyen un corpus nada desdeñable. Sobre todo si tenemos en cuenta que no hemos mencionado aún libros como Los placeres de la carne (Ediciones Arte Dos Gráfico, 1997) en el que Enrique Hernández-D’Jesús –fiel a su triple condición de sibarita, poeta y cocinero– insiste en su vocación de convertir la enunciación culinaria en acto poético o el acto poético en fiel acompañante del gastronómico. O, y ahora si refreno la tentación de alargar esta lista, Los cuadernos de la gula, que recopila las crónicas de Ben Ami Fihman, quien inauguró por los años 70 un género periodístico que desbordaba los términos del crítico gastronómico para convertir en relato literario y linterna iluminadora sus visitas a restaurantes de todos los rincones del país. Fihman, sin proponérselo, nos enseñó a descubrir secretos ocultos como las conservas de naranja que oficiaban unas monjitas en secretos hornos coloniales de Ciudad Bolívar o el picadillo de carne oculto bajo las inmensas matas de mango de los restaurantes ubicado en las afueras de Barinas.
Una visión del país
Más allá de lo meramente numérico, el segundo dato importante de este corpus lo constituye el maravilloso, complejo y, en buena medida, sorprendente universo de informaciones y visiones de Venezuela, sus saberes, placeres, festines, caprichos y delirios culinarios que de estos libros en su conjunto se puede extraer. Ya nos lo advertía hace años el escritor francés Jean-Francois Revel en Un festín de palabras, cuando escribió en las primeras páginas de su libro: “Aficionado a los tratados de cocina, he terminado por acumular una respetable cantidad, porque son el reflejo inconsciente de la vida cotidiana y el lugar donde confluyen las costumbres a través de los siglos”.
La cita viene al caso porque entre todos los libros revisados hay uno, Geografía gastronómica venezolana (Tipografìa Garrido, 1954) de Ramón David León que, a pesar de haber sido publicado por primera vez en 1954, brilla todavía solitario como uno de los más grandes testimonios de agudeza, compromiso, goce y buen periodismo que se haya realizado alguna vez en torno no sólo a la cocina, sino a las maneras de comer, creer y cultivar que definían a la Venezuela que le tocó vivir a su autor. Una nación –desgarrada por el paso del universo rural al urbano y por el acelerado proceso de ruptura y discontinuidad cultural– que había entrado al mismo tiempo a la lógica capitalista, al proceso de urbanización acelerada, al american way of life y a la experiencia de recibir en su seno una vasta masa de inmigrantes europeos y árabes que venían a enriquecer, sin duda también a modificar, para hablar en sus términos, la geografía espiritual del país.
Precisamente, y así lo explica José Rafael Lovera en la presentación a la edición más reciente (Línea Editores, 1984), este libro se produce en un momento cuando otros venezolanos, como protesta o a modo de resistencia al abrupto cambio de costumbres que amenazan al país, deciden reivindicar nuestra tradición culinaria a través de otros libros: La cocina de Casilda de Graciela Schael Martínez (Excelsior, 1953); Menú vernaculismos (Edime, 1953), de Aníbal Lisandro Alvarado, y La alegría de la tierra, pequeña apología de nuestra agricultura antigua (Avila, 1952), de Mario Briceño Iragorry.
Lo que hace grandioso al libro de León –una colección de 92 crónicas publicadas a comienzos de los años 50 en el diario La Esfera– es su capacidad de revelación. A la manera de un viajero antiguo o de un moderno cronista de Indias, y con la buena escritura y capacidad de observación de un buen periodista de oficio, el autor nos va poniendo en contacto en cada crónica no sólo con una receta –lo que ya se le agradece– sino con una manera de preparar un plato que está a la vez asociado a los modos de vida de una región, a sus productos locales y, en algunos casos, a un sistema de creencias o tradiciones. Allí están explicados los manjares que mejor conocemos todavía en el presente –hallacas, arepas, casabe, sancochos, cachapas, calalú, corbullón, tarcarí– junto a otros cuya sonoridad los ha convertido en exotismo: el chungute trujillano, el tortuguillo guayanés o el chupe trasandino. Y junto a ellos, las creencias eróticas elaboradas alrededor de las huevas de lisa, o los pecaminosos simulacros de ayuno criollo con el pisillo de chigüire o los carapachos de morrocoy.
De este manera en cada relato, producto de viajes por todos los rincones del país –no hay otra manera de escribir esos textos–, se construye antes que un mero documento gastronómico un testimonio etnográfico lleno de vida real. La sentencia de Ravel sobre el carácter de los tratados de cocina se torna absolutamente tangible y valedera, el tratado de cocina como “lugar donde confluyen las tradiciones a través de los siglos”.
Gratitud de la memoria
La escritura otra vez ha acudido a oficiar de sagrado lugar de la memoria. Adelantándose en el tiempo a las nuevas teorías sobre el patrimonio cultural que valoran la cultura viviente –los saberes populares, la tradición oral o las fiestas tradicionales– tanto como a las piezas arqueológicas o las grandes edificaciones, nuestros escritores han celebrado su trabajo de guardianes de algo que suponían con certeza valioso. La cocina venezolana hecha letra de imprenta se convierte de este modo no en una fuente para cultivar nostalgias –criollismos, folclorismos o nacionalismos que ya no tienen ni cabida ni sentido en una nación plenamente urbana– sino para retomar una calidad de vida, una imaginación particular, un derecho a la diferencia, una memoria que es a la vez afectiva y familiar.
Lo sabían bien los doctos. Tulio Febres Cordero cuando escribió un breve libro sobre cocina merideña a finales del siglo pasado, Cocina criolla o guía del ama de casa (Tip El Lapiz, 1899); Mario Briceño Irragory quien definió a la hallaca como “el pan arcaico que se ofreció de molde para recibir los mil sabores de la mesa eurpoea”; o Arturo Uslar Pietri quien agregó, a propósito del mismo plato: “En la carne de gallina, las aceitunas y las pasas está España en su historia ibérica, romana, griega y cartaginesa”. Son visionarios de un proceso cada vez más rico en donde las gastronomías además de haberse convertido en objeto de investigación y de estudios superiores, es un tema importante dentro de las políticas culturales de los organismos internacionales, un preciado campo para la industria editorial y lo que es más importante uno de los mejores modos universales de recibir y dar afecto.

LA INQUIETUD GASTRONÓMICA (3)

EL NACIONAL, Caracas, 2 de Febrero de 2002
Cacerolas
Luis Britto García

Durante décadas la vida caraqueña pareció un tango: Silencio en la noche, ya todo está en calma, el músculo duerme, la ambición descansa. Sólo se oían disparos, que garantizaban el descanso eterno a quien turbaba la paz sindical o intelectual.
Pues antes no había cacerolas, sino sartenes y ollas. A los primeros los tenía por el mango el bipartidismo, y las populares ollas estaban como calladas a pesar de que se morían por resonar porque no tenían nada adentro.
La primera marmita que escandalizó fue chilena, sepultó a la mitad de sus compatriotas en la pobreza y a la otra mitad en el estadio.
Después del 27 de febrero las baterías de cocina de los ranchos enfrentaron las baterías de fuego del puntofijismo al grito de ¡Pueblo, escucha: ésta es tu lucha! ¡Pueblo, colabora, suena tu olla ahora! Y es que la cacerola es una olla participativa, opinadora de oficio, activista, olla refractaria a cualquier guiso, que sube cerro y brinca barranco sin temor a los tropezones.
Nunca se vio en el fuego al puchero sifrino, teflón mayamero decorativo de la cocina americana cuya dueña ni lo toca aunque a cada rato la agarran con las manos en la masa.
Tampoco se quemó el pecho durante décadas cierta cazuela intelectual, ni resonó mientras acompañaba a su dueño de restoranes de haute cuisine a templos de cuisine nouveau en sacrificadas misiones diplomáticas por la ruta del Chanel: Madrid, Roma, Londres, París.
En cuarenta años nunca dio una nota destemplada la quinta paila sindicalera, demasiado ocupada en repartirse con los patronos las presas del sancocho de la ilegalización de huelgas y el robo de prestaciones sociales.
La marmita puntofijista fue sólo tapadera que durante cuarenta años pretendió que no pasaba nada en el país, para estallar en pedazos como olla a presión de tanto freír al pueblo para servírselo a Fedecámaras.Dijo Santa Teresa de Jesús que Dios anda en los cacharros de la cocina, pero nunca repicaron por los pobres las caldera ahítas de patronato eclesiástico de los curitas de misa y olla.
Como las señoritas de antaño, que recibían serenatas en sus balcones, estas escuálidas suntuarias ahora dan conciertos desde sus ventanales, tañidas delicadamente por la cachifa a quien la patrona dice vaya y percútame ese utensilio pero con extremo cuidado no me le vaya a rayar el cromo mire que se lo descuento del sueldo.
La verdad es que a cada tequichazo todas envidian a la olla virtual, a la olla CD que desde decodificadores láser mediante ecualizadores digitales con circuitos DVD y amplificadores cuadrafónicos monopoliza a control remoto todos los oídos sin jamás haberle quitado el hambre a nadie. A la hora de montar la olla, así como transmite el cacerolazo que no está siento tocado, difunde la noticia que no sucede y el país que no es, sin importarle que en realidad no haya nada en dos platos. Este es el repique único de la Única Olla del Pensamiento Único, que quiere sancochar al planeta en un caldo global de jugadas financieras y especulaciones bancarias en el cual no se le vea la sustancia al hervido.
Bienvenido el escándalo, pero hay que afinar el oído para distinguir entre las cacerolas de la turba, que se cansó de que todos las representaran, y el utensilio culinario de la sociedad civil, que no se cansa de decir que representa a todos. Las primeras son demasiadas y se conforman con poco, la segunda es muy poca y no se conforma con demasiado. Claman la una por el golpe y las otras por los tres golpes.
Algo se está cocinando.

Fotografía: http://www.fmspacio.com/2012/01/26/incendio-acccidental-en-san-carlos-sud.html
Breve nota LB: La metáfora gastronómica.

LA INQUIETUD GASTRONÓMICA (4)

EL NACIONAL - Lunes 10 de Diciembre de 2012     Opinión/11
Ricardo de Da Guido
CLAUDIO NAZOA

Me encanta ir a restaurantes buenos, no importa si son lujosos o no, siempre me verán por allí probando y repitiendo por años los que considero excelentes. Podría nombrar muchos, pero hoy, serruchándole el puesto al profesor Alberto Soria, querido amigo y sabio sibarita, me tomo la libertad de nombrar tres de mis preferidos: El Mesón de Andrés, en Chacao; El Tizón, en Bello Campo, y el que hoy nos ocupa, el tradicional y parte de la familia de asiduos comensales, el inimitable y espectacular Da Guido de Sabana Grande. Sé que hay otro Da Guido en Altamira, allí no he ido, no por nada malo, sino porque me daría mucho miedo que no sea igualititico al eterno Da Guido donde, literalmente, han nacido y crecido mis hijos Daniel y Valentina. Al primero lo llevé hace 30 años y a Valentina, hace 9 en la barriga de su mamá. Ella ya es parte de Da Guido Sabana Grande, allí aprendió a comer aceite de oliva con parmesano, se hizo fanática del pesto, del pasticho, del mejor pato a la naranja de Caracas y, cuando hay, de la mejor langosta.
Por culpa de los conocimientos culinarios que mi hija ha adquirido en Da Guido, probablemente yo termine en la ruina.
Es increíble la cantidad de momentos felices que he vivido a lo largo de los años en ese sitio único y mágico. No encontraremos en Da Guido Sabana Grande trampas que ha tratado de imponer la moda, como espumas, cocciones criogénicas, picantes de bachaco, mousse de arañas monas ni ninguna de esas cosas absurdas y ridículas parecidas a la comida.
La cocina de Da Guido la consolidó la bella e inolvidable Eddy Peserico de Olivieri, esposa de mi simpático y caballeroso amigo Guido Olivieri.
Eddy, con sueños y ganas de trabajar, logró reunir a un lujoso grupo de cocineros que siguen preparando recetas como lo que ellos son, auténticos maestros. Allí están el gordo Giovanni Parra, José y Felipa Silvera, héroes de esta cocina, quienes, junto con otros ayudantes, se fajan como los buenos para hacernos felices.
Uno de los grandes secretos del restaurante Da Guido, aparte de la comida, es la amabilidad sincera de los mesoneros, quienes atienden con un profesionalismo y cariño pocas veces visto en Venezuela. Quiero destacar mi admiración y especial aprecio por el señor Ricardo Carrera, de quien he tenido el honor de seguir su carrera por 30 años.
El señor Ricardo es una escuela de buen servicio y educación, de esto pueden dar fe sus cientos de clientes fanáticos.
No puedo dejar de nombrar a mis otros estimados amigos que con pasión y cariño nos reciben en Da Guido: el apuesto Alirio Bergara, Tonino Tangredi, quien además de ser simpatiquísimo y eficiente es un excelso intérprete de ópera, con la que, para nuestro deleite, obsequia a comensales y amigos. También están Manuel Palencia, Germán Márquez, Jorge Cornejo, Jesús Gamboa, Fernando Lafi y Henry Eslorche, hombres que merecen este y otros reconocimientos, porque en un país donde nos estamos acostumbrando a que nos pateen en algunos restaurantes y cafeterías, personas de la calidad humana de estos servidores, no merecen menos que admiración y respeto.
Cuando visiten Da Guido Sabana Grande, fíjense en lo bellos que son los mesoneros, es impresionante el cutis perfecto de todos ellos, no sé si será un premio que Dios les dio por su amabilidad y eficiencia, o es algo misterioso que el gordo prepara en la cocina y se lo echan en la cara. Si quieren ver tanta belleza en persona, pasen por Da Guido y me los saludan.

LA INQUIETUD GASTRONÓMICA (5)

EL NACIONAL, Caracas, 27 de Octubre de 2001
Papel Literario
Elogio de la cocina venezolana

Las dos pulsiones más importantes del ser humano son la alimentación y el sexo. Sin ellas no existiría. Sin la alimentación el individuo no sobreviviría. Sin el sexo la especie se extinguiría. Pero en el caso de la alimentación, ¿cuál alimentación? Porque estamos rodeados de alimentos, pero elegimos algunos, ¿por qué? ¿Qué es lo que hace que uno viaje un largo trecho para conseguir cierto ingrediente o plato? ¿Por qué un futbolista caraqueño fichado en La Coruña sintetiza su nostalgia por su país en la nostalgia por la arepa? ¿Por qué un filósofo venezolano declara en una conferencia que, durante su año sabático, la nostalgia por la comida venezolana era la representación más sentida de la patria? Creo que el aparato sensorial, la estructura que usa nuestro cuerpo para comunicarse con el mundo exterior, tiene, aparte del componente biológico, un elevado componente cultural, hasta el punto de que uno de los sentidos, el gusto, es, en muy alto grado, histórico. El gusto de cada uno de nosotros es el resultado de un largo proceso de aprendizaje cultural, que se inicia en la infancia con la educación recibida de la madre, un paisaje geográfico y una clase socioeconómica, hasta llegar a eso que decimos que somos. Al ser interrogado Miranda, luego de haber fracasado en su invasión a Venezuela por la costa de Coro en 1806, confesó, vencido por la nostalgia, que “el originario almuerzo en la casa de su padre hera ayaca, olleta, mondongo y ayaquita en diversidad de días, y que hacía tanto que no lo probaba...”. La gente cuando viaja, además de su pasaporte y de su equipaje, carga su tierra y su gente a cuestas, metafóricamente. Como uno no puede llevarse todo cuanto lo rodea y respira a diario, los afectos, las voces y los paisajes de la infancia, los brazos de la madre, la tierra de sus muertos, se lleva algo simbólico que lo compendia todo: sus bienes culturales y, dentro de ellos, más específico, los elementos alimentarios que a la postre son elementos identitarios. Olores y sabores, traducidos en ingredientes y maneras de cocinar, que recuerdan a la patria ausente. No a una patria creada de la nada, como si un mago la sacara de su sombrero, sino una que se fue haciendo progresivamente y con esfuerzo. Que se fue construyendo, en todas sus partes y como un todo. Una de esas partes, tan mostradora del todo, es la cocina. Una cocina síntesis de todos los que han contribuido a construir esa patria. Fernand Braudel decía que “para una civilización, vivir es, a la vez, ser capaz de dar algo y de recibir, de tomar prestado algo”.
Cuando estamos alejados de la patria (o de la matria), ¿cuál cocina recordamos?, ¿cuáles platos? La cocina de cualquier país procede de dos fuentes y dos saberes. De dos fuentes: el medio inmediato, los recursos locales, las producciones propias; y el medio mediato, los recursos y las producciones ajenas. Y de dos saberes: la tradición y la innovación. El primero, la tradición, da origen a la cocina popular, a la cocina del terruño que se alimenta mayormente de productos locales y frescos, la cocina que hace nuestra madre en la casa y cuyas fórmulas se transmiten oralmente, de generación en generación. El segundo saber, la innovación, corresponde a la cocina de los profesionales que experimentan constantemente, ese que uno elige y que se nutre de elementos de variada procedencia, que se adorna y viaja y que, además de pasión, puede ser negocio. En claro contraste con el primer saber, que uno no siempre elige y que, además de obligación, puede ser pasión.
De Los Teques, el tequeño
Jean-François Revel, sabio francés, cree en la existencia de sólo dos cocinas: la regional y la internacional. Pero, a pesar de su sabiduría, creo que simplifica y exagera. Comparto con él la idea de que la célula gastronómica originaria y esencial es la región y no la nación y de que la cocina regional corresponde a un “corpus de recetas fijas, esencialmente ligadas a una región y a sus recursos”. Pero disiento de él en su rechazo a la existencia de una cocina nacional. Creo que la nacional existe y está formada por un corpus de recetas que varían en el tiempo y se consumen en todas las regiones del país. La cocina nacional es la cocina que ha superado los límites estrechos de una región porque se elabora con ingredientes que pueden encontrarse en todas las regiones del país, y es consumida en otros países de distinta manera a la que la consumimos en el nuestro. La arepa, la hallaca, la cachapa, el casabe, el pan de jamón y el pabellón criollo, por ejemplo, son preparaciones que se consumen en todo el territorio nacional, aunque se den variaciones regionales. En esta lista incluyo algunos platos que son de creación relativamente reciente. Es el caso del pabellón criollo, creado en Caracas a fines del siglo XIX; o del pan de jamón, que nació en una panadería caraqueña regentada por extranjeros en 1905; o, del tequeño, creado en una humilde vivienda de Los Teques durante las primeras décadas del siglo XX. Los ingredientes para preparar estos platos no están sujetos a los recursos de una región determinada (por lo tanto, no pertenecen a la cocina regional), y los platos resultantes están presentes en nuestra alimentación. El primero, omnipresente en la mesa del venezolano, sin distinción de clases sociales. El segundo, representativo de la Navidad venezolana, y el tercero, infaltable en toda fiesta o recepción social.
El oriental, el llanero, el andino o el guayanés no echa tanto de menos en el exterior los platos propios de su cocina regional como los de la “cocina nacional”. No sé muy bien por qué. Aquellos son los platos de su infancia (Baudelaire decía: “La patria es la infancia”), los de su patria chica, y éstos los de su patria grande. Con aquéllos sueña, con éstos se identifica. Uno es lo ideal, lo otro lo posible. Frente a lo que se arraiga a los confines de una región, prácticamente inencontrables en la distancia, a uno no le queda otra alternativa, para llevarse con uno, que tomar lo portátil, lo que viaja, para reproducir alquímicamente la patria en las cosas que uno porta. Así va uno, con su breve equipaje, cargando a todas partes un pedazo de Venezuela. Lo que, en el fondo, no es otra cosa que apropiarse de lo que uno ha sido: la infancia, los brazos de la madre, la solicitud del padre, el paisaje inicial, los primeros amores, la calidez de la amistad, el recuerdo de los muertos, de todas esas cosas que la gente sintetiza con el nombre de patria. De tal manera que la distancia se acorta cuando uno consume una hallaca, no importa lo alejado que se esté. Volvemos, así, siempre a lo mismo: cuando comemos, consumimos alimentos, pero también símbolos, signos, significantes, referentes, representaciones, imaginarios.
La cocina regional, núcleo básico de toda cocina, está intimamente ligada a los recursos disponibles en la localidad. Con ellos, la cocina nace en sus formas primeras, sujeta al origen, a los productos de la tierra, del agua y del aire. Con el tiempo, toda región se abre al intercambio con los espacios extrarregionales, y las cocinas se enriquecen incorporando usos alimentarios ajenos. Todos los observadores desde el siglo XVIII han dividido las regiones naturales del país en cuatro comarcas: la montañosa del norte, la costanera, la de los llanos y la de la selva o de Guayana. Las cadenas montañosas del norte (la de Mérida, del Interior y de la Costa) escinden el cuerpo de Venezuela. Desde la montaña, mirando al norte, se baja al mar y se forma la costa; mirando al sur, se baja al llano, limitado por las aguas caudalosas del Orinoco. Más al sur, viene la selva, grande, casi impenetrable. Con los recursos de cada comarca, se forman las respectivas cocinas regionales o regiones alimentarias de Venezuela: la gastronomía de la montaña, de la costa, de los llanos y de la selva. A esa clasificación habría que agregar, por simple convención, la gastronomía metropolitana, por la gran concentración de población en la región capital, donde se produjo una acelerada urbanización y modernización de los servicios gracias a la actividad petrolera, y a la creciente renta derivada, que enriqueció las arcas del Estado y permitió su intervención en la actividad pública y privada. A la población nativa y a la población que migraba de otras regiones del país, se sumó un importante contingente de inmigrantes venidos principalmente de Europa occidental, en una primera etapa del boom petrolero, y luego de otros países suramericanos y caribeños. Todos ellos contribuyeron a la formación de la cocina venezolana, como antes lo habían hecho durante la Colonia, españoles y africanos.
Variantes del fast food criollo
De la cocina regional se trasciende a la cocina nacional, pero sólo con algunos platos, los que se consiguen en cualquier región. El ámbito de la arepa, por ejemplo, supera las fronteras regionales, e incluso las nacionales, pero sólo en nuestro país su consumo admite tantas variaciones y particularidades, que van desde la arepa de harina de maíz hasta la de harina de trigo; desde la arepa de maíz pelado o integral hasta la de harina precocida y refinada; desde la arepa con sal hasta la dulce con coco; desde la arepa cocida hasta la frita; desde la arepa simple hasta la rellena; desde la pequeña hasta la grande; desde la gruesa hasta la delgada. En ninguna parte del mundo se han inventado tantos rellenos posibles para acompañarla. Estas preparaciones, sin dejar ser regionales, se han amalgamado en una categoría que llamamos “arepa”, en la que sus ingredientes de base son de producción y comercialización generales, y su fórmula culinaria, simple y del dominio de todos. Lo mismo ha pasado con la hallaca, la cachapa, el sancocho o hervido, el pabellón criollo, el mondongo, la carne asada, el arroz con pollo, el perico, el pan de jamón, el tequeño, la chicha, el dulce de lechosa, el tequeño, los panes dulces, y otros platos más.
Título: Licores dulces para hacer en casa
Autor: Gabriella Pelisseo de Macor
Sello: Los Libros de El Nacional. Caracas, 1999
Cuatro naranjas california, un cuarto de litro de alcohol, un litro de agua, kilo y cuarto de azúcar, tres cuartos de litro de alcohol... sería emocionante pronunciar el voilá, pero mejor se sienten las recomendaciones que Gabriella Pelisseo de Macor entrevera en su manual de licores dulces. Los conoce todos porque los ha preparado, y entre ellos se encuentran el Mandarinetto (con su respectivo Pollo al Mandarinetto), los licores de naranja, limón, piña, durazno, fresa (con los pasos para preparar Fresas Ahogadas en su Mermelada), mora, café, parchita, coco, maní y cacao. El cienhierbas, el anisette, el licor de comino, el alquermes, el de miel, el de flores, el Amargo Digestivo y otras bebidas latinoamericanas que, de prepararlas, obligarán al lector-tender a ahogarse en este placentero instructivo.
Título: Historia de la alimentación en Venezuela
Autor: José Rafael Lovera
Sello: Centro de Estudios Gastronómicos, 1998
Fruto de la cátedra que impartió por 27 años en la Escuela de Historia de la Universidad Central de Venezuela, este volumen de José Rafael Lovera compila sus saberes relacionados con los bocados criollos. Es de resaltar el anexo documental en el que se encuentran memoriales, como el siguiente (1777), dedicado a presentar el aguardiente de caña: “Yo, el perseguido Aguardiente/el de la Caña nombrado/aplaudido en todo el mundo / y de todos estimado:/Ante V. S., comparezco/según mi derecho llano/y digo que por agravios/que mi hermano, el de Castilla/me hace ya muchos años, [sic]/he padecido injusticias,/destierros, penas, y agravios/alegando contra mí,/y mi proceder honrrado [sic]/el que por mí se embelezan [sic]/niños, mujeres y ancianos,/y que pierden el sentido/ porque me hallan la mano”.
Título: La recetas olvidadas
Autor: Gamal El Fakkih Rodríguez
Sello: Comertur. Mérida, 1999
¿Qué se come por tradición en los campos de Mérida? Gamal El Fakkih responde a esa pregunta con un ejemplar que agrupa las recetas de 82 abuelas andinas. Son siete capítulos entre potajes, ensaladas, contornos, arepas y panes, dulces y bebidas. Siete entre el chocute y el atol criollo. La ensalada de la vuelta e’Lola y los pepinos rellenos. El ají picante, el arroz de velorio, las carabinas y los buñuelos de apio. El perico de berros, el puré de topocho. El pan andino (como el de la Panadería Torbes). Las almojábanas, el currunchete, el dulce de cambur chopo, la delicada de Maizina, la paledonia. El agua de hinojo, el calentaíto, la chicha andina, el café macho, el fororo de cambur, la kaspiruleta y la horchata de cebada, el miche callejonero, el funche de los siete granos y el refresco de curuba.
Título: Los cuadernos de la gula
Autor: Ben Ami Fihman
Sello: Línea Editores. Caracas, 1983
“Mi amiga Carlota, saludable como un níspero, grande como un caobo, pulposa y suave como un aguacate, cuando se trata de la carne o la pasión humana asume una actitud de neutralidad helvética. Simplemente no entiende. Carlota me atrae por el equilibrio y la buena salud que despide por cada uno de los poros de su cuerpo... Me pasma que desconozca tan profundamente el sentido del pecado... Carlota me observa con curiosidad científica. Le fascinan mis dolencias”. Así inicia Ben Ami Fihman, “Sordina en la sartén”, una de las crónicas que escribiera en los 80, para su columna dominical de crítica gastronómica, en este diario. Los cuadernos de la gula deja al descubierto el testimonio de vida de entonces, sin abandonar el humor, la ironía, la nostalgia, los retratos de ambiente, el análisis y los juicios.
Título: Las recetas de la Yaya
Autor: Sonia González
Sello: Los Libros de El Nacional, 1998
Buscar la llave, subirse a un banco, inclinarse hasta caer de lado, eso sí, tesoro en mano, son los pasos que se deben seguir para encontrar los chocolates escondidos de la abuela. Fueron éstas las pistas seguidas por Sonia González para encontrar el cofre de bombones de la delgada Yaya, doña Amparo Hernández de Cebollada, su abuela. La cosa fue que no encontró precisamente bombones, sino papeles desvencijados como contenido del envuelto. En una edición de Los Libros de El Nacional (colección Quirón), las delicadas palabras de una nieta entretejen los recuerdos de aquellas mesas: “El alivio de una sopa de pan cuando estás cansado. El máximo de la felicidad cuando batiendo la mantequilla con esmero se hace una torta de domingo. El placer de ser recibido frente a las latas que se abren con galletas de mil sabores”.
Título: Diez menús bien pensados
Autor: Varios autores
Sello: Monte Avila. Caracas, 1991
“Caracas es, sin duda, una de las capitales latinoamericanas donde mejor se come y más variado, en la onda de un feliz mestizaje ajeno a procesos degenerativos”, dice Antonio Pasquali, y lo sustentan Oswaldo Capriles, Juan Nuño, Rafael Di Prisco, Joaquín González, Oscar Sambrano Urdaneta, Miro Popic, Carlos Hernández Guerra, Fernando González y Enrique Hernández-D’Jesús. Conozca los menúes y las recetas de esta decena de amantes de la cocina, intelectuales, artistas y suerte de alquimistas culinarios. Permita que aumente la talla de su sabiduría. Esa es la única que puede darse el lujo de aumentar sin remordimientos. Siéntase gourmet por unos instantes, pásese de goloso, que sean los condimentos del libro (y de las recetas recomendadas) los que sazonen su porción diaria de letras.
Título: El pan nuestro de cada día
Autor: Rafael Cartay
Sello: Fundación Bigott. Caracas, 1999
“Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día y perdona nuestras ofensas...”. De seguir así se convertiría esto más en una clase sobre el Padre Nuestro que en el comentario de un libro. Pero de esa frase proviene, precisamente, el título que introduce a el lector-curioso-comensal en El pan nuestro de cada día, libro de Rafael Cartay (Barinas, 1941), editado por la Fundación Bigott. Incluyen sus páginas una sección introductoria con una historia de la gastronomía regional, otra con personajes y escenarios de la gastronomía caraqueña, y un anexo con la tabla de equivalencias y medidas usuales en el siglo XIX. Incluso la bibliografía agua la boca de los más ávidos.
Título: Quién es quién en la cocina
Autor: Varios autores
Sello: Fundación Francisco Herrera Luque, 2000
La cotidianidad está llena de sabores, aromas y presentaciones que nos seducen. Editado por la Fundación Francisco Herrera Luque, este libro se impregna de esa cotidianidad para llevar de la mano a sus lectores por un recorrido gastronómico, adobado con entretenidas anécdotas. El volumen es una puerta de entrada a las cocinas de familias que revelan sus tradiciones para la preparación de diversos platos. Apasionados relatos cuentan los orígenes de las prepaciones. Arepas de colores, flan de berenjena con salsa de aguacate, crema de lechuga y el mousse de berros, cubren las expectativas que generan el delicado compendio. Bajo una impecable presentación, la obra viene protegida por una caja, como obsequio para los amantes del buen comer.
Título: Diccionario de alimentación y gastronomía en Venezuela
Autores: Rafael Cartay y Elvira Ablan
Sello: Fundación Polar. Caracas, 1997
Las arepas se “achicharran”, las tortas quedan “masacotudas” y un aliño puede “chamuscarse”. Comúnmente escuchados en nuestras mesas, son éstos algunos términos de este diccionario perteneciente a la colección Sistema Alimentario Venezolano de las publicaciones de la Fundación Polar. De la A a la Z, estas páginas recorren platos, ingredientes, utensilios, plantas, bebidas y frases relacionadas con el arte culinario nacional. El manual se pasea por las preparaciones típicas de nuestro territorio e incluye voces perdidas. Si desea recordar el pichaque, el raquín o el chirivirí, puede consultar las páginas de ésta útil herramienta, en la que neófitos y expertos buscan relacionarse con estos temas. Un arma de provecho para engordar la jerga culinaria.
Título: La tentación de la carne
Autor: Enrique Hernández-D’Jesús
Sello: Ediciones Arte Dos Gráfico. Bogotá, 1997
Con introducción de Jotamario Arbeláez, poemas de Juan Sánchez Peláez, Carmen Boullosa y Vicente Gerbasi, entre otros, e ilustraciones de Carlos Contramaestre, el autor de este impecable libro resucita las carnes a través de exóticas –y también eróticas– recetas que combinan los aromas y sabores del jengibre, la parchita, la miel, el paprika y el estragón en el espacio poético de la cocina. “Vigilar el estado natural del sabor” es la máxima que el autor-poeta-sibarita propone en estas 181 páginas de recetas originales que, sobre papel Kimberly blanco de 90 gramos, conforman esta celebración del gusto a través de la palabra, la risa, la seducción y el éxtasis que se produce en la buena cama y la buena mesa.

viernes, 28 de diciembre de 2012

COMEDERE (1)

EL NACIONAL, Caracas, 28 de Julio de 2002
Tendencias de la postmodernidad
La nueva pirámide del ascenso social
Alberto Soria

Los monárquicos no dejan de asombrarse sobre cómo ha cambiado el mundo: El marqués de Griñón, por despecho y para lavar la herida se convirtió en viñador y ahora da conferencias sobre el porcentaje de uso del anhídrido sulfuroso como antioxidante en la elaboración de sus botellas. Con gozo y claro ejemplo de que la aristocracia sabe trabajar, reseña ¡Hola! el acontecimiento. Señoritos crían vinos en Ribera del Duero, directores de películas lo hacen en el valle de la Napa, y gigolós famosos ya no frecuentan discotecas en Ibiza sino que van a dejarse ver en restaurantes como el Bulli, o participan en programas como La guerra de los sexos, rellenando pimientos de piquillo. El fenómeno, de fuerza hispánica en televisión, radios y revistas, en absoluto es monoparlante. Habla inglés, alemán y sueco. Griego, galés y ruso. Actrices y actores famosos que ganan millones de dólares por mostrar pectorales o dejarse ver en hilo dental, ponen restaurantes y hablan de cubiertos servidos como si hubiesen trabajado con Escoffier o Ritz. Rostros encantadores que antes pertenecían al mundo de los perfumes y los cosméticos han saltado la cerca hacia la industria que fabrica salsas en tanques de acero inoxidable. Los especialistas en consumo masivo aseguran que si la cara bonita o el trasero perfecto logra ser fotografiado con un príncipe, un cantante de rock o un futbolista, el consumo de lechugas crece. Hijos de familias “bien”, en lugar de mantener distancia como enseñaron los Romanoff se mezclan con la clase media y dedican cinco años de su vida universitaria a estudiar cocina en lugar de ser doctores. Excentricidades de esa naturaleza, antes solo eran vistas en el principado de Mónaco, que por algo es más famoso por su circo que por su teatro de la ópera.
La pirámide del ascenso social ha cambiado. El orgullo se cocina a baño maría. Lo puede observar usted todas las noches cuando las señoritas buena nota de la televisión colombiana le toman el pulso a la fama. Pintores, escritores, futbolistas y ciclistas, héroes por décadas, han sido sustituidos por la F-1 donde los mecánicos no están nunca grasientos, niñas que pasan hambre para ser top-models, y niños ricos que cocinan. Que el hijo de un obrero haya llevado fortuna a su casa por su talento en la cocina, ni es noticia, ni confiere fama. Que lo haga un adinerado sí. Jairo no, Adolfo Enrique sí. Así como los millonarios norteamericanos quieren vivir y comer como los pobres de las riberas del Mediterráneo adaptando su dieta, los ricos de cuna y los que desean aparentarlo desde México hasta la Patagonia, están descubriendo en tareas y oficios antes reservados al servicio, orgullo, satisfacción, talento y fama.
“¡Qué bueno que eso ocurra, no se imagina cómo lo van a disfrutar!” nos contaba Gerard Angelovich, mejor sommelier del mundo en 1968 ya en su retiro cuando enseñaba las virtudes de los vinos del país vasco francés, su pueblo. “No hay mejores hoteleros que los aristócratas y la gente bien. No hay mejores cocineros de sutilezas que aquellos criados en casas donde se sabe usar finas hierbas. Ni mejores sommeliers que muchachos a los que sus papás alguna vez enseñaron lo que son grandes catedrales”. Con él y Xavier Domingo imaginamos una vez una guía de restaurantes basada en cocineros con lecturas o en patrones graduados en ingeniería social, de ésa que se aprende tras un mostrador. El proyecto duró hasta que un restaurador catalán nos enseñó hacia dónde soplaba el viento: “Tíos, ustedes no entienden cómo funciona ahora esto. Ahora, los que ponen restaurantes son los banqueros”.

Fotografía: LB, edificio Ambos Mundos (Caracas, 17/11/12).

COMEDERE (2)

EL NACIONAL, Caracas, 14 de Julio de 2002
Tendencias de la postmodernidad
El asalto a la mesa ajena
Alberto Soria

Lo que se lleva a la olla o cacerola asoma como el próximo escenario de conflicto. En él, los países abandonan la diplomacia y el discurso de hermanos en el mundo todos somos, para tratar que el otro compre, cocine y coma, lo que yo produzco en situaciones ventajosas. Después de veinte años de campañas sobre la moral de los alimentos, de soterradas campañas, para enseñarle a la gente qué es bueno y qué malo por prohibido, y de otros veinte años de despoblar los campos porque el glamour está en las ciudades y los jóvenes prefieren las oficinas al arado, la sociedades que tendencias marcan avanzan hacia una confrontación en la que se aplicará moral de cacerola.
Los veteranos observadores de las tendencias en la alimentación señalaban en el siglo pasado cuando las fronteras eran eso, y además aduanas, que los privilegiados ciudadanos de las naciones industrializadas cuando deseaban comer bien, iban de visita o asaltaban cacerola ajena. Sobre esa convicción de que los industriales saben producir pero no comer se montaron después los estereotipos y chistes sobre cómo se come en Inglaterra, Alemania y después en Norteamérica. Franceses e italianos primero, y después españoles, portugueses y griegos ingresaron tarde a las mesas de las naciones opulentas con derecho a timonel, porque sospechosos eran de disfrutar comiendo, y hacerlo seguido.
Adónde van de vacaciones y qué disfrutan decenas de millones de turistas de sociedades opulentas, sirve más para entender sobre estilos de vida que las estadísticas aburridas de los economistas criados, educados y diplomados con hamburguesas, sandwichs chatarra y bebidas con pitillo. Para paliar las diferencias, los estrategas de la alimentación industrializada crearon en diez años el estereotipo de la felicidad pegada al hueso. La vendieron por cápsulas en el cine, la televisión, los conciertos de rock, y los videoclips, que son los únicos mensajes subliminales que no lo son porque se ven, pero funcionan.
Así, después de ser lo contrario desde la Edad Media hasta la década de los pasados años 70, gordo dejó de ser opulencia y poder para convertirse en fracaso. La estética basada en el hambre autoimpuesto pasó a tener glamour y diferencia ante el hambre sufrido y el vegetarianismo por obligación, como el biafrano por ejemplo. Se terminó asociando la gordura con cosa campesina, impropia en las oficinas y ciudades. Los veteranos campesinos de Francia, España, Italia, Portugal y Grecia no supieron admitir su derrota y siguieron trabajando, cosa que los enfrenta ahora con la tecnología agroalimentaria. Siguieron produciendo animales de granja de primera, junto a huertos de tomates que tienen perfume y saben a tomates, papas con sabor, olivas jugosas, granos, frutas y lechugas.
Los industrializados han decidido meterle mano a la indisciplina del placer del huerto que sobrevive según dicen, gracias al subsidio que los estados recaudan gracias a los famélicos que pagan impuestos para vivir bien y en unión europea y continental. Liquidados estos campesinos improductivos, el mundo será más feliz y equilibrado cuando la leche, la berenjena, la papa frita, el plato de arroz y el guiso sean planetarios. Es decir uniformes, desabridos pero perfectamente empacados. Y lo más importante, económicamente válido para los contables que no tuvieron tetero, pero sí pitillo.


Fotografía: LB, edificio Ambos Mundos (Caracas, 17/11/12).

COMEDERE (3)

El Nacional - Domingo 12 de Diciembre de 2004     A/11
Sustancia y maquillaje
Alberto Soria

En las escuelas de cocina y en los restaurantes de cocina banal, habría que poner este cartel: “Más sustancia que decoración”. Si el mensaje llegara a impactar a 10% de los estudiantes y a los cocineros con menos de ocho años de experiencia, se produciría una revolución en la alimentación moderna. Resulta que ahora el maquillaje propio de los centros de estética y las peluquerías, amenaza con convertirse en estandarte de la cocina fusión y de la cocina de vanguardia. Estamos en el umbral de un inusual y rápido proceso de movilidad social — piensa uno— donde habilidades y profesiones disociadas se funden en un sancocho Thai, en el que las técnicas se confunden, los principios desaparecen, y las herramientas se toman prestadas para no devolverlas jamás.
En los sitios de cocina de elegancia superflua —por ejemplo— los cocineros de uniforme le han robado el tubo de aderezos a los perrocalenteros. Para éstos, el cilindro de plástico con salida regulada como lo puede ser el agua en una manguera, les resulta vital: sirve para dar el toque personal, para esconder (gracias a su condición de no transparente) la salsa “envenenada” que le dará sabor y diferencia a la salchicha hervida.
Mucha carne molida de dudosa procedencia ha cobrado vida y espectacularidad gracias al contenido secreto de este recipiente, que no figura en ningún manual serio de cocina, pero sí en el repertorio de perrocalenteros y cocineros posmo. En algunos sitios de la ciudad, esta herramienta de trabajo de diferentes profesiones, tiene madrina famosa.
Nunca falta la infartante modelo que catalogue como extraordinario el perro caliente del puesto de fulano o zutano, sin advertir que la diferencia no está en la salchicha sino en la salsa. En algunas escuelas de cocina el tubo se llena de chocolate o de parchita y con él se “pintan” los platos. Cuando se quiere fotografiarlos o exhibirlos en la televisión, se le dan dos manos de pintura.
En la trinchera del frente a los de tubo de decoración, están los amantes de la naturaleza y otras hierbas. Para éstos, un plato sólo puede salir de la cocina después de ser decorado con lluvias de perejil, orégano, onoto o semillas tostadas. Si ése día el viento sopla del este y el cocinero está inspirado, las semillas orientales decorarán su plato y contaminarán su comida no importa si usted pidió cordero estofado o parguito al horno. A veces pasa que un cocinero con orígenes italianos le da por decorar con chorritos de aceite de oliva repeliendo salpicaduras de vinagre balsámico de Módena.
Por lo general, el tipo dura en el puesto hasta que lo descubre el dueño o el administrador.
En tierra de nadie pero socialmente abajo están los que decoran con lechugas. En la modernidad, la lechuga es una hoja marginal, un recurso de cocinas pobres o antiguas como las que confeccionan rosas con la piel de los tomates.
Los que no decoran son vistos en la vanguardia culinaria con recelo y al final, con respeto.
Hubo una época en la cual imperaba una regla en la cocina:
todo lo que iba en el plato debía ser comestible. Esa era una época en la que, parafraseando a Felipe Fernández, se podía sostener que los platos que cocinamos y comemos a diario contienen todos los ingredientes de nuestro pasado y nuestro presente; nuestra identidad, nuestro lugar en la sociedad y el lugar que nuestra sociedad ocupa en el mundo.
Por eso a veces uno sale de algunos restaurantes, de una boda o una reunión de fin de año, confundido, sin pasado ni presente. Preguntándose adónde va la autoproclamada vanguardia culinaria. O lo que es lo mismo, cuándo los maquilladores de salón sustituyeron a los cocineros.

Fotografía: LB, CC Multiplaza, El Paraíso (Caracas, 18/09/12).

COMEDERE (4)

EL NACIONAL - Jueves 01 de Noviembre de 2012     Opinión/9
El menú, por favor
ALBERTO SORIA

Hubo un tiempo en el que uno podía ir a los restaurantes y comer según el menú. Sin sorpresas ni sobresaltos. Sin necesidad de traductor. Sin maldecir después al ver la cuenta.
Eso ha cambiado.
I En el viejo estilo, había tres tipos de sitios para comer: aquellos con los platos de siempre, que a lo largo de la semana además tenían platos del día, y unos pocos donde quien sugería aciertos y antojos era el maître-capitán, o su más audaz mesonero.
Dentro de la categoría de platos de siempre, los peores eran aquellos con el menú impreso en una litografía que cerró hace años, y cuya protección ante el paso del tiempo y los manoseos era un plástico. Menús con 80 platos tienen 4 salsas a las que 6 veces le cambian el nombre, o a Superman y Mandrake en la cocina.
Los sitios que todos los días presentan sus novedades son los más buscados. Se presume que allí alguien sale y hace mercado, o recibe en forma segura y alterna a sus proveedores con productos frescos. Jamás impresas en la cartulina del menú permanente, esas hojas sueltas son la carta de promesas del cocinero, y el ojo del patrón sobre lo que se consigue y lo que presume gustará a sus clientes.
El único problema aquí es la tendencia en boga en los últimos diez años, cuando el cocinero (perdón, Chef ) escribe novedades de "vanguardia". Los no enterados aún siguen insistiendo en espumas y destellos moleculares de una cocina que murió y fue enterrada en silencio. "La crisis está poniendo en su sitio la pomposidad de la alta cocina.
En tres años se ha roto en pedazos la burbuja gastronómica" escriben en El País de Madrid.
"Es la hora de la retirada del Chip de boniato con crema de aguacate y manto escalibado de pimentón ahumado. Y de la torre de foie micuit con frutos rojos y reducción del vino dulce de autor". En el menú, ahora manda el cliente.
En los sitios donde el menú es entregado como al desgano, con resistencia, el mesonero que recita lo que está fuera de la carta convierte la confianza, no el plato, en moneda de intercambio.
No pocas veces el cliente terminará sorprendido: el mensaje oral, sin precio a la vista, requiere haber tomado en la mañana alguna pastilla de memoriol.
II ¿Cuándo regresará el menú a ser lo que siempre fue: seducción, oferta basada en habilidades y productos, reducción de incertidumbre? No se sabe. Pero por la reacción de los comensales, parece que hacia allá vamos.


Fotografía: LB, CC Multiplaza, El Paraíso (Caracas, 18/09/12).

COMEDERE (5)

EL NACIONAL - Jueves 09 de Febrero de 2012     Opinión/9
Comer con ruido
ALBERTO SORIA

Hemos perdido una oreja, dice sin sobresaltarse el especialista en sonidos. "Pero al sentarnos en el restaurante moderno, nos quedamos sin las dos", añade. Una oreja está destinada ahora ­permanentemente­ al celular. La otra, la llenan la música del local y el ruido del ambiente.
¿Y cómo oímos a quienes tenemos enfrente o al lado en la mesa? Ah, eso ya no se estila.
¡Ajá! ¿Y cómo conversan ahora los enamorados?, pregunta con una sonrisa el experto en tecnología que nos acompaña. "Hablan escribiendo en sus celulares, o desde la tablets que cada quien desplegó al lado del plato", responde el del sonido.
I Comer sin poder dialogar con quienes comparten su mesa se ha convertido en tendencia de vanguardia. El ruido impera en los restaurantes. Forma parte del ambiente. Tanto que ya en Londres se ha publicado la primera guía de sitios donde se come con tranquilidad.
Cuente usted cuántos y cuáles son aquellos locales en los que puede hablar con tranquilidad.
Advertirá que son pocos, muy pocos. Para las legiones de urbanitas que utilizan los restaurantes como sitios de encuentro para conversar, escoger un local en el que se pueda hablar y ser oído, se ha convertido hoy en un dilema.
"Lo irónico del fenómeno es que nadie nos oye", afirma el especialista en sonidos. Él y los suyos vienen de la arquitectura, el teatro, la ambientación de interiores. Pero están desempleados.
Nadie los contrata para resolver el problema en locales exitosos viejos, ni para contribuir al diseño de sitios nuevos.
Hay tres vertientes para volver sordo al comensal culto, nos explican. Techos, paredes y piso que convierten el sitio en una caja de resonancia de conversaciones, declamaciones de menús, sonidos de vajilla y copas. Música ambiental o de la televisión, siempre fuera de lugar. Y el discjockey contratado para "darle ambiente" al local.
El crítico cultural español Mikel López Iturriaga agregó desde El País de Madrid leña al fuego: "¿Qué pasa cuando te quejas de lo alta que está la música en un lugar al que vas a comer? El camarero suele reaccionar o bien con sorpresa, o bien con cara de disgusto reprimido, en la que se puede leer la frase: `Ya está el pesado de turno’. En cualquiera de los dos casos, lo normal es que te digan que sí, que ahora la bajan. Y en 99,9% de las ocasiones, la música continúa estando a la misma potencia hasta que te vas".
II Hablar mientras usted y sus acompañantes esperan el discurso del lanzamiento de productos, la celebración de una empresa o la presentación de una novedad de una compañía es imposible: la gente del ruido ubica estratégicamente sus cornetas de sonido para acallar la voz humana. Seguramente puede el lector extender el fenómeno a bodas, cumpleaños y festejos varios.
En la sociedad contemporánea, la hipercomunicada, oír al otro ya no se estila.


Fotografía: Olafur Eliasson, escaleras del  edificio KPMG en Munich.

domingo, 23 de diciembre de 2012

VINTAGE

Del paladar hemerográfico
Luis Barragán


Años atrás, desarrollando una distinta línea de investigación hemerográfica, fue inevitable dar una mirada que se hizo luego sostenida, sobre los ya antiguos recetarios. Inicialmente, reparamos en la variadísima recepción de los términos foráneos para alimentos y utensilios de cocina, sobre todo al aproximarse la primera de nuestras bonanzas petroleras; y, ahora, gracias al amigo Abraham Quintero, en el propio contenido que, prácticamente, los hace indigeribles.

Las secciones de entretenimiento de la vieja prensa,  paulatinamente introdujeron sendos recetarios de cocina que, después, se convirtieron en un inmejorable pretexto para promover toda la manufactura gastronómica importada. Ingredientes y modos de preparación, ciertamente, provocaron lentos cambios en el paladar venezolano. Sin embargo, ahora reparamos que hubo más de temeridad que de sensata innovación, al copiar – y quizá mal – los libros de cocina disponibles en otras latitudes o la base de  datos que generaron, posteriormente corregidos y ordenados,  actualizados y renovados por la programación televisiva – principalmente – a partir de los sesenta.

Por expresa solicitud que le hicimos, gentilmente Abraham Quintero observó: a) los elaboradores de recetas no era profesionales de la cocina, sino promotores de un producto de determinada marca  que las alteraban, exagerando el ingrediente promovido; b) la exageración desembocaba frecuentemente en la confección de un plato indigerible, pues, por ejemplo, cuando bastaban dos o tres cucharadas, la recomendación fue la de poner medio kilo de mantequilla; y c) hubo una proliferación de ingredientes prefabricados (cubitos, enlatados, etc.), los cuales no sólo enmascaraban el sabor del plato principal, sino  le concedían cierto gusto metálico gracias a los elementos químicos de preservación, sustituyendo la necesaria frescura de hierbas y especias. Precisa nuestro amigo que no todas las recetas eran malas, porque hubo marcas que tuvieron a bien no modificar la receta, sino – sencillamente - promoverse, colocando Royal, Nevazúcar o Rika al lado del polvo para hornear, el azúcar impalpable o la mantequilla, aunque confía en la distinción que hizo el ama de casa entre una buena o mala receta, recordando  la marquesa de chocolate de Galletas María, o la ensalada de ensalada de papas con alcachofas en aceite para acompañar las chuletas ahumadas,  ambas preparadas por su señora madre.

En una ocasión, a propósito del menú ofrecido por un gran hotel de Caracas hacia 1923, Abraham hizo contundentes reparos, además, auxiliado por su Larousse Gastronomique: una estafa. Bastará con visitar http://lecturas-yantares-placeres.blogspot.com para apreciar las bondades y defectos de una disciplina en ciernes, quizá comercialmente exitosa, como es la de la gastronomía retrospectiva o – podríamos decir también – la del paladar hemerográfico.

Post-data navideña: Hay importantes, cruciales e insospechados problemas a la vista. No obstante, pendiente por mucho tiempo esta nota tan diferente al inescapable ajetreo político,  nos valemos de la ocasión para desearles a todos los amables lectores una feliz Navidad y un mejor año 2013.

Fuente:
http://opinionynoticias.com/opinioncultural/13600-del-paladar-hemerografico
Fotografía: Aviso publicado en Billiken, Caracas, 1923.

Post-data gastronómica: Originalmente consignada la fotografía en  Caracas en Retrospectiva / Facebook, cuya mejor expresión se encuentra en http://mariafsigillo.blogspot.com, deseamos añadir los comentarios que tuvo a bien realizar Abraham Quintero: "Muchas veces esos nombres eran inventados. voy a averiguar con el libro de Escoffier o el Larousse Gastronomique a ver si corresponden a una preparación clásica (...) duquesa o duchesse es con puré de papas mezclado con yemas de huevo (...) germinal no aparece en el Larousse Gastronomique (...) el coliflor a la polonesa si existe. se coloca en una fuente con mantequilla y se rocían con una mezcla de perejil y yemas de huevo picatitas y luego se baña con matequilla noisette en la que se han frito migas de pan (...)  la royale es una guarnición que no se aplica a pasteles, por ejemplo pollo a la royale lleva salsa velote con crema y acabada con trufas. seguro que el pastel llevaba trufas (...)  Muchos de nombres afrancesados eran inventados aquí, las má de las veces no tenían nada que ver con el homónimo en francés (...) El contrefilet es solomo de cuerito (...)  El almuerzo tiene nombres más normales".

De nuevo, agradecemos a AQ no sólo haber respondido a nuestra solicitud para el modesto texto complementario de un viejo trabajo (http://www.ucm.es/info/especulo/numero29/notigast.html), sino la favorable disposición de orientarnos en torno a los gustos de una época ya lejana. Y valga la ocaión para recomendar su blog: http://lecturas-yantares-placeres.blogspot.com/

LB