sábado, 27 de junio de 2020

CRITERIOS

Evangelio Dominical: Discípulo verdadero
José Martínez de Toda, S.J.

Comentario dialogado sobre el evangelio que se proclama el 13° Domingo del tiempo ordinario, ciclo A, correspondiente al domingo 28 de junio 2020.  La lectura es tomada del evangelio según San Mateo 10, 37-42

“Discípulo verdadero” 

¿Qué nos caracteriza como cristianos?

Ser como Jesús. Lo más importante en el cristiano es amar a Dios y al prójimo como a sí mismo. Así respondió Jesús, cuando le preguntaron: “¿Cuál es el precepto más importante?” (Mc 12, 28-31)

Éste es un camino bello. Pero es difícil, exigente, y tiene muchos aspectos. Es un recorrido, que hay que aprender a hacerlo. Debemos ser discípulos de Jesús. Discípulo es la persona que ha identificado su vida con la de Cristo.

Hoy el evangelio presenta cinco criterios del discípulo de Jesús. Son bastante exigentes.

¿Cuáles son esos criterios?

El primero es: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí;
y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.”

Esto es tremendo. ¿Amar a Jesús verdaderamente es amarlo más que a su propia familia? En realidad en el evangelio hay ejemplos de ello:

-Jesús a los 12 años se queda en el Templo. Sus papás lo encuentran después de tres días de búsqueda. Y le regañan. Pero Él responde: “¿No sabían ustedes que yo debo estar en los asuntos de mi Padre?” (Lc 2, 41-49).

-El papá del Hijo Pródigo regaña al hijo mayor, porque no acepta a su hermano pródigo: “Estaba perdido y ha sido encontrado.” (Lc 15, 11-32).

-La Virgen María y algunos parientes visitan a Jesús, que está predicando a las multitudes, y quieren saludarlo. Los discípulos le informan a Jesús. Y Él responde: “¿Quién es mi madre y mis parientes? El que haga la voluntad de mi Padre.” (Mc 3,31-35). Y por cierto, la Virgen Madre cumplió a maravilla la voluntad de Dios.

También en nuestra vida familiar real nos encontramos con disyuntivas:

-El que va de misionero a tierras lejanas debe abandonar su familia.

-A veces un familiar tiene un puesto público. Pero, si no respeta los derechos humanos de la ciudadanía, sus parientes se lo echan en cara también en público. La justicia está sobre el amor a la familia.

Jesús ciertamente debe ocupar un lugar central en la vida de toda persona cristiana. Esto requiere el encuentro personal y la identificación total con Él, como se exige, por ejemplo, en los Ejercicios Espirituales de S. Ignacio. Todo lo demás queda relativizado.

Pero vivir como Jesús puede requerir llevar una cruz pesada, como la cargó Jesús. ¿Nos exige Jesús llevar la cruz como Él la llevó?

Éste es el segundo criterio para ser discípulo verdadero de Jesús. Él dice: “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.”

Tomar cada uno/a su cruz significa amar y vivir como lo hizo Jesús. Es un cambio en la escala de valores. Si queremos crecer, madurar y caminar hacia nuestro ideal y destino definitivos, debemos asumir la vida en su totalidad; porque ella tiene alegrías, penas, salud, enfermedad, satisfacciones, contrariedades...

La propuesta de Jesús requiere atención, esfuerzo, renuncia de lo que esclaviza y deshumaniza..., para ganar libertad, alegría y humanidad.

¿Qué es lo más importante en la vida?

Aquí entraría el tercer criterio para ser discípulo verdadero de Jesús. Jesús dijo: “El que quiera conservar su vida, la perderá, y el que la pierda por mí, la conservará.”

Conservar la vida es preocuparse de los propios intereses, ambiciones y seguridades,
desinteresarse de los demás, ser esclavos de las apariencias, perder la compasión, renunciar a la trascendencia...
Y perder la vida es arriesgar, compartir, darse a los demás, vivir con austeridad y solidaridad, no buscar ni necesitar aplausos...

El modelo siempre es Jesús, seguir su ejemplo, sus criterios, sus valores, su coherencia, su decisión de ser Hijo. Vivir como vivió Él es vivir la vida en plenitud.

 ¿Cómo nos deberíamos relacionar con los demás?

Aquí Jesús en su cuarto criterio del buen discípulo es muy enfático: “El que recibe a Ustedes, me recibe a mí, y el que me recibe a mí, recibe al que me envió. El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta;  el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.”

Acoger es abrir puertas, escuchar, dialogar, dar nuestro tiempo, nuestra ayuda, nuestra amistad; ser hospitalarios, acogedores y solidarios.

¿Son acogedoras nuestras familias y nuestras comunidades? ¿Soy yo persona acogedora?

¿Nuestras iglesias y Misas son lugares de encuentro y bienvenida? Gandhi, entusiasmado con Jesús al leer los evangelios, quiso un día entrar en una iglesia cristiana y participar en su culto. Pero no le permitieron entrar. Se disgustó tanto, que jamás quiso volver a pisar una iglesia.
¿Ocupan en ellas los primeros puestos las personas pobres, las mal vistas y marginadas por la sociedad? ¿Realmente vemos en ellas al mismo Jesús y actuamos en consecuencia?

¿Cuál es el último criterio del buen discípulo de Jesús?

Jesús dice: “Y quien dé un vaso de agua a uno de estos pequeños por ser discípulo mío, les aseguro que no se quedará sin recompensa.”

La mayoría de las veces lo que los demás esperan y necesitan de nosotros no son milagros, ni gestos solemnes, sino un detalle, una atención, una mano tendida, una palabra amable, un vaso de agua fresca.

Es verdaderamente rica la persona que es capaz de regalar algo de sí mismo a los demás. Es dar sin buscar recompensa, sin esperar nada a cambio.

Lo que nos caracteriza como cristianos no es un libro ni una doctrina ni la mera proclamación verbal de un mensaje, sino actuar como Jesús actuaría.

Fuente:
https://radioevangelizacion.org/noticia/evangelio-dominical-discipulo-verdadero-0
Ilustración: Joseph Brickey.
Papa Francisco: https://www.youtube.com/watch?v=IyDjik4AsJ8
Homilía Mons. Munilla:
https://www.youtube.com/watch?v=LtoczXGOJ8E

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