Tribuna Popular, Caracas, 05 al 02/06/1967.
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lunes, 30 de diciembre de 2019
sábado, 23 de marzo de 2019
¿Y QUÉ DIRÍA, HOY?
Reventón, Caracas, nr. 13 del 01/11/1971. Colas, Ultraizquierda, Reventón, Armando Valero, Testimonio.
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lunes, 26 de marzo de 2018
ENTRE EL ARDID Y LA EPOPEYA (4)
De una insuperable y dramática contradicción
Luis Barragán
Incluido en la extraordinaria compilación que dirige, junto a José Alberto Olivar (“Entre el ardid y la epopeya. Uso y abuso de la simbología en el imaginario chavista”, Negro Sobre Blanco, Caracas, 2018), Luis Alberto Buttó aporta un texto de muy oportuna e indispensable lectura, dada las cruciales circunstancias hoy vividas: “La antinomia democracia-socialismo del siglo XXI” [19-80]. Desde una decidida perspectiva liberal, defiende las libertades hoy conculcadas por el socialismo que, faltando poco, ha hambreado a la Venezuela petrolera para una insólita quiebra, en más de un sentido.
Necesario “ejercicio de deconstrucción del marxismo” [77], ejemplifica muy bien, más que los yerros, las improvisaciones de los que, no sin arrogancia, se dicen adalides en la construcción de un modelo que se jura de la presente centuria, con la hábil, paciente y cruel administración de la violencia que lo explica. “Falacia descomunal”, suelen equiparar el socialismo y la democracia, reelaborado febrilmente un lenguaje de tergiversación y falsificación de las realidades, sumergido en una verborrea que constituye toda una técnica de comunicación política [19 ss., 77],
Los adalides en cuestión, suelen piratear o plagiar a Marx, Lenin, Stalin o Mao, convertidas las citas en un recurso mecánico de autoridad ante los propios, siendo preciso y recurrente el contraste de Buttó con las fuentes originales. Por cierto, toda una curiosidad, amplios sectores de la oposición nunca cuestionaron la invocación oficialista del marxismo, su naturaleza y alcances, porque – es nuestra la convicción – tampoco lo conocen y, por ello, de un modo u otro, facilitaron su entronización.
Vaga acotar, una invocación delatora, pues, muy escasos son los que, en ejercicio del poder, conocen de una corriente o movimiento susceptible de adaptaciones o transformaciones en otras latitudes, a veces, sinceras y, otras, abiertamente deshonestas, cuyas mutaciones son meramente tácticas. Acá, los más avisados, acostumbran a dispensar algún asesoramiento y, recordamos, al hábito de la remisión formal de sendos proyectos a la Asamblea Nacional, en años anteriores, se sumaba alguna cita descontextualizada de Castoriadis o Foucault que no dejaba de sorprendernos, para la veleidad del firmante que jamás los encontró en la guía telefónica.
El capitalismo sirve de pretexto para el desarrollo de la propuesta totalitaria en curso, como si fuese – precisamente – el manchesteriano, con el que cerramos la anterior centuria. Hay más de argumentación falaz, efectista y maniquea al caracterizarlo, lo cual permite evadir las características del socialismo del siglo XXI que nunca Chávez Frías, su más excelso promotor, aceptó discutir amplia o restringidamente, con actores políticos internos o foráneos. Por ello, compartimos la observación en torno al “anacronismo evidenciado en el descubrimiento retardado de lecturas desfasadas (…) Lecturas incompletas; lecturas apresuradas; lecturas de breviarios; lecturas de títulos de capítulos, introducciones y/o conclusiones” [35].
Por lo demás, Buttó señala o, mejor, denuncia que la propiedad colectiva (estatal) de los medios de producción, equivale a un gigantesco e hipertrofiado capitalismo de Estado, generador de una consecuente estructura y relaciones de clase, ilustrada por una trilogía perversa, inherente a la nomenklatura que hace y deshace: la del funcionariado, la del sistema de privilegios y prebendas que lo explican, como de los grupos de testaferros que logran accederlo, convirtiendo la propuesta socialista en toda una estafa teórica o “descomunal añagaza ideológica” [49 ss., 53, 61, 77]. Las cifras de pobreza y desnutrición esbozadas, dibujan – apenas – las consecuencias del socialismo, un “sistema económico rabiosamente excluyente” [58 ss.].
El chavismo, denominación coloquial y mediática [21, 57], pendiente otra que lo inscriba como un fenómeno político más amplio de la crisis estructural que nos aqueja por décadas, ahora, asombrosamente agudizada, ha pretendido banal y vanamente equiparar democracia y socialismo, harto comprobada la incompatibilidad de los términos. Agreguemos, persistente el dato pretoriano en el “bosque relicto” del socialismo real [29], por mucho que Jorge Giordani, otrora estelar figura del régimen, hubiese hecho del MAS objeto de viejos trabajos académicos, el chavismo de estricto origen militar olímpicamente ignora el debate que los sectores marxistas dieron en Venezuela en torno a tamaña equiparación, en el que tampoco estuvo interesada la ultraizquierda reacia aceptar la derrota de la consabida lucha armada.
Buttó toma una posición definida y definitiva al aseverar que “sólo existe una democracia verdadera y efectiva: la liberal-representativa”, deslindándose de sus más interesadas adjetivaciones [22, 24 s., 65]. Y considera “fundamental y obligatorio propiciar que el hombre se enriquezca, en el estricto sentido material del término, lo cual sólo puede ocurrir cuando es propietario de medios de producción y dicha propiedad no depende del favor o benevolencia del Estado y/o del carácter más o menos permisivo de sus gobernantes” [71].
Insistimos, el promedio ágrafo de la dirigencia política de ambas aceras, facilitó el ascenso y la entronización del socialismo que no ha aportado novedad alguna, replicando las recetas amargamente conocidas en otras latitudes, añadiendo la dramáticamente más cercana: la de la dictadura cubana. El texto de Buttó, como los otros que integran la valiosa antología de ensayos, puede decir, constituye un exitoso ataque a la extemporaneidad que ahora embarga al país.
Ilustraciones: José Félix Rivas, según Martín Tovar y Tovar; y portada de la obra.
26/03/2018:
http://www.opinionynoticias.com/opinioncultura/32239-barragan
https://www.noticiasdevenezuela.org/2018/03/26/de-una-insuperable-y-dramatica-contradiccion-entre-el-ardid-y-la-epopeya/
http://www.entornointeligente.com/articulo/4061850/VENEZUELA-De-una-insuperable-y-dramatica-contradiccion-entre-el-ardid-y-la-epopeya-26032018
Luis Barragán
Incluido en la extraordinaria compilación que dirige, junto a José Alberto Olivar (“Entre el ardid y la epopeya. Uso y abuso de la simbología en el imaginario chavista”, Negro Sobre Blanco, Caracas, 2018), Luis Alberto Buttó aporta un texto de muy oportuna e indispensable lectura, dada las cruciales circunstancias hoy vividas: “La antinomia democracia-socialismo del siglo XXI” [19-80]. Desde una decidida perspectiva liberal, defiende las libertades hoy conculcadas por el socialismo que, faltando poco, ha hambreado a la Venezuela petrolera para una insólita quiebra, en más de un sentido.
Necesario “ejercicio de deconstrucción del marxismo” [77], ejemplifica muy bien, más que los yerros, las improvisaciones de los que, no sin arrogancia, se dicen adalides en la construcción de un modelo que se jura de la presente centuria, con la hábil, paciente y cruel administración de la violencia que lo explica. “Falacia descomunal”, suelen equiparar el socialismo y la democracia, reelaborado febrilmente un lenguaje de tergiversación y falsificación de las realidades, sumergido en una verborrea que constituye toda una técnica de comunicación política [19 ss., 77],
Los adalides en cuestión, suelen piratear o plagiar a Marx, Lenin, Stalin o Mao, convertidas las citas en un recurso mecánico de autoridad ante los propios, siendo preciso y recurrente el contraste de Buttó con las fuentes originales. Por cierto, toda una curiosidad, amplios sectores de la oposición nunca cuestionaron la invocación oficialista del marxismo, su naturaleza y alcances, porque – es nuestra la convicción – tampoco lo conocen y, por ello, de un modo u otro, facilitaron su entronización.
Vaga acotar, una invocación delatora, pues, muy escasos son los que, en ejercicio del poder, conocen de una corriente o movimiento susceptible de adaptaciones o transformaciones en otras latitudes, a veces, sinceras y, otras, abiertamente deshonestas, cuyas mutaciones son meramente tácticas. Acá, los más avisados, acostumbran a dispensar algún asesoramiento y, recordamos, al hábito de la remisión formal de sendos proyectos a la Asamblea Nacional, en años anteriores, se sumaba alguna cita descontextualizada de Castoriadis o Foucault que no dejaba de sorprendernos, para la veleidad del firmante que jamás los encontró en la guía telefónica.
El capitalismo sirve de pretexto para el desarrollo de la propuesta totalitaria en curso, como si fuese – precisamente – el manchesteriano, con el que cerramos la anterior centuria. Hay más de argumentación falaz, efectista y maniquea al caracterizarlo, lo cual permite evadir las características del socialismo del siglo XXI que nunca Chávez Frías, su más excelso promotor, aceptó discutir amplia o restringidamente, con actores políticos internos o foráneos. Por ello, compartimos la observación en torno al “anacronismo evidenciado en el descubrimiento retardado de lecturas desfasadas (…) Lecturas incompletas; lecturas apresuradas; lecturas de breviarios; lecturas de títulos de capítulos, introducciones y/o conclusiones” [35].
Por lo demás, Buttó señala o, mejor, denuncia que la propiedad colectiva (estatal) de los medios de producción, equivale a un gigantesco e hipertrofiado capitalismo de Estado, generador de una consecuente estructura y relaciones de clase, ilustrada por una trilogía perversa, inherente a la nomenklatura que hace y deshace: la del funcionariado, la del sistema de privilegios y prebendas que lo explican, como de los grupos de testaferros que logran accederlo, convirtiendo la propuesta socialista en toda una estafa teórica o “descomunal añagaza ideológica” [49 ss., 53, 61, 77]. Las cifras de pobreza y desnutrición esbozadas, dibujan – apenas – las consecuencias del socialismo, un “sistema económico rabiosamente excluyente” [58 ss.].
El chavismo, denominación coloquial y mediática [21, 57], pendiente otra que lo inscriba como un fenómeno político más amplio de la crisis estructural que nos aqueja por décadas, ahora, asombrosamente agudizada, ha pretendido banal y vanamente equiparar democracia y socialismo, harto comprobada la incompatibilidad de los términos. Agreguemos, persistente el dato pretoriano en el “bosque relicto” del socialismo real [29], por mucho que Jorge Giordani, otrora estelar figura del régimen, hubiese hecho del MAS objeto de viejos trabajos académicos, el chavismo de estricto origen militar olímpicamente ignora el debate que los sectores marxistas dieron en Venezuela en torno a tamaña equiparación, en el que tampoco estuvo interesada la ultraizquierda reacia aceptar la derrota de la consabida lucha armada.
Buttó toma una posición definida y definitiva al aseverar que “sólo existe una democracia verdadera y efectiva: la liberal-representativa”, deslindándose de sus más interesadas adjetivaciones [22, 24 s., 65]. Y considera “fundamental y obligatorio propiciar que el hombre se enriquezca, en el estricto sentido material del término, lo cual sólo puede ocurrir cuando es propietario de medios de producción y dicha propiedad no depende del favor o benevolencia del Estado y/o del carácter más o menos permisivo de sus gobernantes” [71].
Insistimos, el promedio ágrafo de la dirigencia política de ambas aceras, facilitó el ascenso y la entronización del socialismo que no ha aportado novedad alguna, replicando las recetas amargamente conocidas en otras latitudes, añadiendo la dramáticamente más cercana: la de la dictadura cubana. El texto de Buttó, como los otros que integran la valiosa antología de ensayos, puede decir, constituye un exitoso ataque a la extemporaneidad que ahora embarga al país.
Ilustraciones: José Félix Rivas, según Martín Tovar y Tovar; y portada de la obra.
26/03/2018:
http://www.opinionynoticias.com/opinioncultura/32239-barragan
https://www.noticiasdevenezuela.org/2018/03/26/de-una-insuperable-y-dramatica-contradiccion-entre-el-ardid-y-la-epopeya/
http://www.entornointeligente.com/articulo/4061850/VENEZUELA-De-una-insuperable-y-dramatica-contradiccion-entre-el-ardid-y-la-epopeya-26032018
domingo, 26 de noviembre de 2017
sábado, 28 de octubre de 2017
jueves, 28 de septiembre de 2017
CLAVE DE INTERPRETACIÓN
EL NACIONAL, Caracas, 27 de septiembre de 2017
Síndrome del ex radical
Carlos Blanco
Los radicales venezolanos de hoy buscan salir del régimen de Maduro lo más pronto, sin desviarse de los objetivos del 16 de julio pasado. Su radicalismo no los hace salir con fusiles, sino defender una posición firme frente a otras más –digamos– pausadas. Los radicales de hoy esgrimen una posición política sin violencia, a diferencia de los alzados en armas hace más de medio siglo. Estos mataron y murieron en combates; fusilaron a los blandos o “traidores” y numerosos fueron víctimas de tortura, algunos asesinados. Ellos desataron la lucha armada de la década de los sesenta.
La democracia incipiente derrotó en toda la línea a esos radicales armados. Comenzó la pacificación cuando gobernaba Raúl Leoni y tuvo un punto de excelente culminación con el primer gobierno de Rafael Caldera. La mayor parte de los radicales de la época, alzados en armas contra la democracia, tuvieron luego una entrada al escenario democrático, derrotados sin apelación, pero no humillados. Algunos grupos quedaron rezagados, llegaron después a la paz, y unos pocos desperdigados se quedaron como hampa común hasta su extinción.
Los más prominentes de los alzados representaron dos hechos significativos: negociaron su entrada en la lucha democrática desde una derrota total; y, segundo, por haber sido autores de la violencia más cruel, adquirieron un recelo al borde del pánico a aventuras, a impromptus mesiánicos y, en general, a audacias juveniles. Llegaron a la democracia por la puerta de atrás; unos cuantos no superaron esa huella. Muchos de esos líderes forjaron una corriente cultural más que política, lo cual drenó hacia una porción de la generación siguiente que los veneró. Así se tiene una corriente zurda, más o menos progre, izquierdosa, que conserva dos características de sus mentores: negocian, cuando de negociar se trata, desde una actitud derrotista en vez de hacerlo desde posiciones de fuerza, cuando las tienen; y son extremadamente conservadores: cualquier intrepidez es aventura; lo que no esté escrito en los manuales, es locura.
El peso de esta cultura conservadora forjada desde la derrota ha permeado con mucha fuerza el ambiente político de hoy, y puede ser lo que explique la disonancia no solo entre los radicales y los ex radicales, sino que muchos líderes mundiales vean con estupor cómo bajo esa “sensatez” se ha abandonado el mandato del 16 de julio en pos de un diálogo tramposo y unas elecciones cuyo problema es que desvían de los objetivos aprobados por 7,6 millones de venezolanos. Parece el suicidio de los “prudentes”.
Fuente:
sábado, 5 de agosto de 2017
UNA PATOLOGÍA
EL PAÍS, Madrid, 5 de agosto de 2017
EN ANÁLISIS
El castrismo, enfermedad infantil del izquierdismo
La crisis de Venezuela viene a desnudar a una izquierda desconectada de su propio pasado, a la deriva moral y abrumada por una hipocresía casi inimaginable
Héctor E. Schamis
En febrero de 2014 escribí aquí mismo La desmemoriada izquierda latinoamericana. Nótese la fecha. La amnesia en cuestión era por el silencio ante los atropellos de Maduro. Decía allí que la represión de las fuerzas regulares y los paramilitares, los “colectivos motorizados”, evocaba las violaciones a los derechos humanos en la América Latina de los setenta y ochenta.
Ello porque la izquierda, sus partidos, sindicatos y movimientos sociales, habían sido especialmente victimizados en aquellos años. En la posterior transición, y la paz en América Central, esa misma izquierda concluyó que la democracia constitucional —arreglo por el cual el poder público está dividido y limitado por normas permanentes— era el único régimen político capaz de proteger los derechos fundamentales de las personas. Y sobre todo de aquellas sin poder estructural, es decir, los más pobres.
Ergo, la democracia era condición necesaria para la vigencia de los derechos humanos y, de manera transitiva, sin constitucionalismo liberal no podría haber progresismo. Nos damos cuenta hoy que semejante revolución copernicana en buena parte de la izquierda vernácula, al final siempre obediente de la dinastía de los Castro, fue mero oportunismo.
Es que si son incapaces de decir que no hay diferencia alguna entre un asesinato perpetrado por sujetos que circulan en un Ford Falcon sin placas, como en Argentina, o por un escuadrón de la muerte, como en El Salvador, o por quienes van en motocicleta vestidos de camisa roja, como los colectivos chavistas, aquella tragedia de los setenta —la sangre derramada, en su propio argot— ha sido completamente en vano.
La sociedad venezolana vive aterrorizada y dicho terror se origina en el Estado, tal como era entonces en el cono sur. Pero si medimos —miden— los derechos humanos en base a la ideología de quien los vulnera, pues allí mismo está el fin de los derechos humanos. La crisis de Venezuela viene a desnudar a una izquierda desconectada de su propio pasado, a la deriva moral y abrumada por una hipocresía casi inimaginable.
Hay una historia que sirve para entender. Las transiciones de los ochenta coincidieron con la Perestroika y el Glasnost en la Unión Soviética. Reforma económica y transparencia, reestructuración y apertura; el mismo Estado-partido iniciaba el cambio. Acabado el monopolio sobre los recursos materiales y políticos, también comenzó a erosionarse el monopolio de la verdad. Con la caída del muro de Berlín, el edificio enteró implosionó.
El socialismo realmente existente resultó ser aún peor que aquel sistema burocrático criticado por el Eurocomunismo. La izquierda tuvo que abandonar el estalinismo. En América Latina, la estrategia de la lucha armada llegó a su fin, siendo el proceso de paz colombiano de hoy tal vez el último y tardío capítulo. Y los partidos comunistas se reciclaron como socialdemocracias en Budapest, Varsovia y casi todas partes.
Con excepción de Cuba, claro está. Abandonados por Moscú, los Castro se atrincheraron para resistir el período especial de los noventa, una década de penurias. Del socialismo de Estado solo quedaban ruinas, económicas, desde luego, pero sobre todo éticas e intelectuales. El relato era un disco rayado sin contenido. El hombre nuevo por cierto que no residía en la Sierra Maestra.
Sin embargo, la longevidad de los Castro fue recompensada por Chávez. Después del fallido golpe de 2002, Venezuela se acercó más a Cuba, una trascendental consecuencia no buscada por los miopes golpistas. En 2004 se creó ALBA, en 2005 se fundó Petrocaribe y más tarde, la Celac. La política exterior del chavismo abrió la puerta para el ingreso pleno de Cuba a América Latina, quizás por primera vez.
Y ni que hablar de la renta petrolera sin tener petróleo. Ahora con recursos que jamás tuvieron, los Castro reciclaron la épica de la vieja, nueva trova y un poco de aquel romanticismo guevarista. Tuvieron que ocultar que algunos de los trovadores más talentosos ya habían hecho explícito su desencanto y que, una generación después, se trataba de una restauración, estalinista por supuesto y, como toda restauración, conservadora.
A partir de la enfermedad y muerte de Chávez, dicha influencia se profundizó. Ya no eran solo los médicos sino también los oficiales militares. En 2010 se calculaba que había 500 cubanos cumpliendo funciones de inteligencia. Hoy algunos estiman esa cifra en 17.000. Siempre se supo que Maduro era el mejor súbdito de la monarquía de los Castro. Es la venganza de playa Machurucuto, dicen varios, lugar que la izquierda latinoamericana no tiene idea dónde queda. En su mapa solo aparece playa Girón.
Este desenlace en las relaciones internacionales de Venezuela, y estas sí que son relaciones carnales, explica la fraudulenta constituyente de soviets que acaba de instalarse. Curiosamente, también liquida la experiencia populista del chavismo y su viabilidad futura.
Ocurre que es inherente al populismo la crisis sucesoria, todos la han tenido. Ello debido a que el momento plebiscitario es fugaz y jamás sobrevive al líder fundador. Muere con él, lo cual exégetas como Laclau prefirieron ignorar. Ergo, el gran dilema es cómo reproducir esa identidad, ausente la figura carismática originaria.
Post Cárdenas, el PRI institucionalizó la norma de no reelección presidencial y luego se sometió a la competencia electoral. Supo cuándo, y cómo, dejar el poder para seguir existiendo. Getúlio Vargas preparó su partida formando dos partidos que le sobrevivieron, el PSD y el PTB. Hasta la llegada de los Kirchner, el peronismo resolvió la crisis de la muerte de su fundador creando “un partido político normal”, como decía Cafiero, para ganar y también perder elecciones, lo cual ocurrió en varias ocasiones.
El chavismo maduro-cabellista no tiene regla sucesoria, se suicida en esta conversión al estalinismo, protectorado cubano bajo un Estado policial. Así sacrifica su viabilidad política, su proyección en el tiempo. Sorprende, por cierto, que no sean muchos más los chavistas en disidencia, aquellos genuinamente interesados en mantener viva su propia identidad política, pero tanta inteligencia cubana también tiene tiempo para ellos.
Y mientras tanto, Raúl Castro desde La Habana, Maduro en Caracas y sus repetidores de “izquierda” en el resto del continente siguen hablando de la agresión imperialista. Las comillas porque el imperialismo en cuestión acaba de confiscarle activos por cifras astronómicas a la primera línea de funcionarios del gobierno de Venezuela. El capitalismo es robo, por aquel concepto de plusvalía, entonces que también robe el camarada El-Aissami, dicho esto en marxismo chatarra.
Pero, ¿cuál izquierda? Nadie les pregunta cómo justifican esas cuentas, habiéndose pasado los últimos 18 años en el sector público. Nadie objeta que hayan invertido de tal manera en Estados Unidos, siendo tan antiimperialistas. Y que, además, si es que hay una inminente invasión, según repiten ad nauseam, ¿pues por qué la están financiando ellos mismos?
En definitiva, no hay tal izquierda, ni invasión, ni imperio. Se trata solo de una patología. En América Latina, el castrismo es la enfermedad infantil del izquierdismo.
Fuente:
https://elpais.com/internacional/2017/08/05/america/1501960015_574083.html
Fotografía: http://www.libertaddigital.com/opinion/federico-jimenez-losantos/muere-fidel-castro-cuba-con-cuba-contra-castro-80714/
EN ANÁLISIS
El castrismo, enfermedad infantil del izquierdismo
La crisis de Venezuela viene a desnudar a una izquierda desconectada de su propio pasado, a la deriva moral y abrumada por una hipocresía casi inimaginable
Héctor E. Schamis
En febrero de 2014 escribí aquí mismo La desmemoriada izquierda latinoamericana. Nótese la fecha. La amnesia en cuestión era por el silencio ante los atropellos de Maduro. Decía allí que la represión de las fuerzas regulares y los paramilitares, los “colectivos motorizados”, evocaba las violaciones a los derechos humanos en la América Latina de los setenta y ochenta.
Ello porque la izquierda, sus partidos, sindicatos y movimientos sociales, habían sido especialmente victimizados en aquellos años. En la posterior transición, y la paz en América Central, esa misma izquierda concluyó que la democracia constitucional —arreglo por el cual el poder público está dividido y limitado por normas permanentes— era el único régimen político capaz de proteger los derechos fundamentales de las personas. Y sobre todo de aquellas sin poder estructural, es decir, los más pobres.
Ergo, la democracia era condición necesaria para la vigencia de los derechos humanos y, de manera transitiva, sin constitucionalismo liberal no podría haber progresismo. Nos damos cuenta hoy que semejante revolución copernicana en buena parte de la izquierda vernácula, al final siempre obediente de la dinastía de los Castro, fue mero oportunismo.
Es que si son incapaces de decir que no hay diferencia alguna entre un asesinato perpetrado por sujetos que circulan en un Ford Falcon sin placas, como en Argentina, o por un escuadrón de la muerte, como en El Salvador, o por quienes van en motocicleta vestidos de camisa roja, como los colectivos chavistas, aquella tragedia de los setenta —la sangre derramada, en su propio argot— ha sido completamente en vano.
La sociedad venezolana vive aterrorizada y dicho terror se origina en el Estado, tal como era entonces en el cono sur. Pero si medimos —miden— los derechos humanos en base a la ideología de quien los vulnera, pues allí mismo está el fin de los derechos humanos. La crisis de Venezuela viene a desnudar a una izquierda desconectada de su propio pasado, a la deriva moral y abrumada por una hipocresía casi inimaginable.
Hay una historia que sirve para entender. Las transiciones de los ochenta coincidieron con la Perestroika y el Glasnost en la Unión Soviética. Reforma económica y transparencia, reestructuración y apertura; el mismo Estado-partido iniciaba el cambio. Acabado el monopolio sobre los recursos materiales y políticos, también comenzó a erosionarse el monopolio de la verdad. Con la caída del muro de Berlín, el edificio enteró implosionó.
El socialismo realmente existente resultó ser aún peor que aquel sistema burocrático criticado por el Eurocomunismo. La izquierda tuvo que abandonar el estalinismo. En América Latina, la estrategia de la lucha armada llegó a su fin, siendo el proceso de paz colombiano de hoy tal vez el último y tardío capítulo. Y los partidos comunistas se reciclaron como socialdemocracias en Budapest, Varsovia y casi todas partes.
Con excepción de Cuba, claro está. Abandonados por Moscú, los Castro se atrincheraron para resistir el período especial de los noventa, una década de penurias. Del socialismo de Estado solo quedaban ruinas, económicas, desde luego, pero sobre todo éticas e intelectuales. El relato era un disco rayado sin contenido. El hombre nuevo por cierto que no residía en la Sierra Maestra.
Sin embargo, la longevidad de los Castro fue recompensada por Chávez. Después del fallido golpe de 2002, Venezuela se acercó más a Cuba, una trascendental consecuencia no buscada por los miopes golpistas. En 2004 se creó ALBA, en 2005 se fundó Petrocaribe y más tarde, la Celac. La política exterior del chavismo abrió la puerta para el ingreso pleno de Cuba a América Latina, quizás por primera vez.
Y ni que hablar de la renta petrolera sin tener petróleo. Ahora con recursos que jamás tuvieron, los Castro reciclaron la épica de la vieja, nueva trova y un poco de aquel romanticismo guevarista. Tuvieron que ocultar que algunos de los trovadores más talentosos ya habían hecho explícito su desencanto y que, una generación después, se trataba de una restauración, estalinista por supuesto y, como toda restauración, conservadora.
A partir de la enfermedad y muerte de Chávez, dicha influencia se profundizó. Ya no eran solo los médicos sino también los oficiales militares. En 2010 se calculaba que había 500 cubanos cumpliendo funciones de inteligencia. Hoy algunos estiman esa cifra en 17.000. Siempre se supo que Maduro era el mejor súbdito de la monarquía de los Castro. Es la venganza de playa Machurucuto, dicen varios, lugar que la izquierda latinoamericana no tiene idea dónde queda. En su mapa solo aparece playa Girón.
Este desenlace en las relaciones internacionales de Venezuela, y estas sí que son relaciones carnales, explica la fraudulenta constituyente de soviets que acaba de instalarse. Curiosamente, también liquida la experiencia populista del chavismo y su viabilidad futura.
Ocurre que es inherente al populismo la crisis sucesoria, todos la han tenido. Ello debido a que el momento plebiscitario es fugaz y jamás sobrevive al líder fundador. Muere con él, lo cual exégetas como Laclau prefirieron ignorar. Ergo, el gran dilema es cómo reproducir esa identidad, ausente la figura carismática originaria.
Post Cárdenas, el PRI institucionalizó la norma de no reelección presidencial y luego se sometió a la competencia electoral. Supo cuándo, y cómo, dejar el poder para seguir existiendo. Getúlio Vargas preparó su partida formando dos partidos que le sobrevivieron, el PSD y el PTB. Hasta la llegada de los Kirchner, el peronismo resolvió la crisis de la muerte de su fundador creando “un partido político normal”, como decía Cafiero, para ganar y también perder elecciones, lo cual ocurrió en varias ocasiones.
El chavismo maduro-cabellista no tiene regla sucesoria, se suicida en esta conversión al estalinismo, protectorado cubano bajo un Estado policial. Así sacrifica su viabilidad política, su proyección en el tiempo. Sorprende, por cierto, que no sean muchos más los chavistas en disidencia, aquellos genuinamente interesados en mantener viva su propia identidad política, pero tanta inteligencia cubana también tiene tiempo para ellos.
Y mientras tanto, Raúl Castro desde La Habana, Maduro en Caracas y sus repetidores de “izquierda” en el resto del continente siguen hablando de la agresión imperialista. Las comillas porque el imperialismo en cuestión acaba de confiscarle activos por cifras astronómicas a la primera línea de funcionarios del gobierno de Venezuela. El capitalismo es robo, por aquel concepto de plusvalía, entonces que también robe el camarada El-Aissami, dicho esto en marxismo chatarra.
Pero, ¿cuál izquierda? Nadie les pregunta cómo justifican esas cuentas, habiéndose pasado los últimos 18 años en el sector público. Nadie objeta que hayan invertido de tal manera en Estados Unidos, siendo tan antiimperialistas. Y que, además, si es que hay una inminente invasión, según repiten ad nauseam, ¿pues por qué la están financiando ellos mismos?
En definitiva, no hay tal izquierda, ni invasión, ni imperio. Se trata solo de una patología. En América Latina, el castrismo es la enfermedad infantil del izquierdismo.
Fuente:
https://elpais.com/internacional/2017/08/05/america/1501960015_574083.html
Fotografía: http://www.libertaddigital.com/opinion/federico-jimenez-losantos/muere-fidel-castro-cuba-con-cuba-contra-castro-80714/
sábado, 31 de mayo de 2014
ALGO MÁS QUE UNA PUNZADA
EL PAÍS, Madrid, 01 de junio de 2014
LA CUARTA PÁGINA
Decadencia de Occidente
Tras las elecciones europeas, irrumpen torrencialmente los enemigos populistas del euro y de la UE; mientras tanto, Estados Unidos se está retirando discretamente del liderazgo democrático y liberal
Mario Vargas Llosa
Aunque en apariencia los partidos tradicionales —populares y socialistas— han ganado las elecciones al Parlamento Europeo, la verdad es que ambos han perdido muchos millones de votos y que el hecho central de esta elección es la irrupción torrencial en casi toda Europa de partidos ultraderechistas o ultraizquierdistas, enemigos del euro y de la Unión Europea, a los que quieren destruir, para resucitar las viejas naciones, cerrar las fronteras a la inmigración y proclamar sin rubor su xenofobia, su nacionalismo, su filiación antidemocrática y su racismo. Que haya matices y diferencias entre ellos no disimula la tendencia general de una corriente política que hasta ahora parecía minoritaria y marginal y que, en esta justa electoral, ha demostrado un crecimiento espectacular.
Los casos más emblemáticos son los de Francia y Gran Bretaña. El Front National de Marine Le Pen, que, hasta hace pocos años era un grupúsculo excéntrico, es ahora el primer partido político francés —de no tener un solo diputado europeo tiene ahora 24— y el UKIP, Partido de la Independencia de Reino Unido, luego de derrotar a conservadores y laboristas, se convierte en la formación política más votada y popular de la cuna de la democracia. Ambas organizaciones son enemigas declaradas de la construcción europea y quieren enterrarla a la vez que acabar con la moneda común y levantar barreras inexpugnables contra una inmigración a la que hacen responsable del empobrecimiento, el paro y la subida de la delincuencia en toda Europa occidental. La extrema derecha triunfa también en Dinamarca, en Austria los eurófobos del FPÖ alcanzan el 20%, y en Grecia el ultraizquierdista antieuropeo Syriza gana las elecciones y el partido neonazi Amanecer Dorado (10% de los votos) envía tres diputados al Parlamento Europeo. Catástrofes parecidas, aunque en porcentajes algo menores, ocurren en Hungría, Finlandia, Polonia y demás países europeos donde el populismo y el nacionalismo aumentan también su fuerza electoral.
Los movimientos antisistema pueden enterrar, a la corta o a la larga, la Unión Europea
Algunos comentaristas se consuelan afirmando que estos resultados denotan un voto de rabia, una protesta momentánea, más que una transformación ideológica del viejo continente. Pero como es seguro que la crisis de la que han resultado los altos niveles de desempleo y la caída del nivel de vida tardará todavía algunos años en quedar atrás, todo indica que el vuelco político que muestran estas elecciones en vez de ser pasajero, probablemente durará y acaso se agravará. ¿Con qué consecuencias? La más obvia es que la integración europea, si no se frena del todo, será mucho más lenta de lo previsto, con la casi seguridad de que habrá desenganches entre los países miembros, empezando por el británico, que parece ya casi irreversible. Y, acosada por unos movimientos antisistema cada vez más robustos y operando en su seno como una quinta columna, la Unión Europea estará cada vez más desunida y conmovida por crisis, políticas fallidas y una contestación permanente que, a la corta o a la larga, podrían enterrarla. De este modo, el más ambicioso proyecto democrático internacional se iría a pique y la Europa de las naciones encrespadas regresaría curiosamente a los extremismos y paroxismos de los que resultaron las matanzas vertiginosas de la II Guerra Mundial. Pero, incluso si no se llega al cataclismo de una guerra, su decadencia económica y política seguiría siendo inevitable, a la sombra vigilante del nuevo (y viejo) imperio ruso.
Al mismo tiempo que me enteraba de los resultados de las elecciones europeas yo leía, en el último número de The American Interest, la revista que dirige Francis Fukuyama (May/June 2014), una fascinante encuesta titulada America self-contained? (que podría traducirse como ¿América ensimismada?), en la que una quincena de destacados analistas estadounidenses de distintas tendencias examinan la política exterior del Gobierno del presidente Obama. Las coincidencias saltaban a la vista. No porque en Estados Unidos haya hecho irrupción el populismo nacionalista y fascistón que podría acabar con Europa, sino porque, con métodos muy distintos, el país que hasta ahora había asumido el liderazgo del Occidente democrático y liberal, discretamente iba eximiéndose de semejante responsabilidad para confinarse, sin traumas ni nostalgia, en políticas internas cada vez más desconectadas del mundo exterior y aceptando, en este globalizado planeta de nuestros días, su condición de país destronado y menor.
Sobre las razones de esta “decadencia” los críticos discrepan, pero todos están de acuerdo que esta última se refleja en una política exterior en la que Obama, con el apoyo inequívoco de una mayoría de la opinión pública, se desembaraza de manera sistemática de asumir responsabilidades internacionales: su retiro de Irak, primero, y, ahora, de Afganistán, tras dos fracasos evidentes, pues en ambos países el islamismo más destructor y fanático sigue haciendo de las suyas y llenando las calles de cadáveres. De otro lado, el Gobierno de Estados Unidos se dejó derrotar pacíficamente por Rusia y China cuando amenazó con intervenir en Siria para poner fin al bombardeo con gases venenosos a la población civil por parte del Gobierno de El Asad y no sólo no lo hizo sino toleró sin protestar que aquellas dos potencias siguieran suministrando armamento letal a la corrupta dictadura. Incluso Israel se dio el lujo de humillar al Gobierno norteamericano cuando éste, a través de los empeños del secretario de Estado Kerry, intentó una vez más resucitar las negociaciones con los palestinos, saboteándolas abiertamente.
Nuevas formas de autoritarismo, como las de Rusia y China, han sustituido a las antiguas
Según la encuesta de The American Interest nada de esto es casual, ni se puede atribuir exclusivamente al Gobierno de Obama. Se trata, más bien, de una tendencia que viene de muy atrás y que, aunque soterrada y discreta por buen tiempo, encontró a raíz de la crisis financiera que golpeó con tanta fuerza al pueblo estadounidense ocasión de crecer y manifestarse a través de un Gobierno que se ha atrevido a materializarla. Aunque la idea de que Estados Unidos se enrosque en solucionar sus propios problemas y, a fin de acelerar su desarrollo económico y devolver a su sociedad los altos niveles de vida que alcanzó en el pasado, renuncie al liderazgo de Occidente y a intervenir en asuntos que no le conciernan directamente ni representen una amenaza inmediata a su seguridad, sea objeto de críticas entre la élite y la oposición republicana, ella tiene un apoyo popular muy grande, la de los hombres y mujeres comunes y corrientes, convencidos de que Estados Unidos debe dejar de sacrificarse por los “otros”, enfrascándose en costosísimas guerras donde dilapida sus recursos y sacrifica a sus jóvenes, en tanto que escasea el trabajo y la vida se vuelve cada vez más dura para el ciudadano común. Uno de los ensayos de la encuesta muestra cómo cada uno de los importantes recortes en gastos militares que ha hecho Obama han merecido el respaldo aplastante de la ciudadanía.
¿Qué conclusiones sacar de todo esto? La primera es que el mundo ha cambiado ya mucho más de lo que creíamos y que la decadencia de Occidente, tantas veces pronosticada en la historia por intelectuales sibilinos y amantes de las catástrofes, ha pasado por fin a ser una realidad de nuestros días. ¿Decadencia en qué sentido? Ante todo, en el papel director, de avanzada, que tuvieron Europa y Estados Unidos en el pasado mediato e inmediato, para muchas cosas buenas y algunas malas. La dinámica de la historia ya no sólo nace allí sino, también, en otras regiones y países que, poco a poco, van imponiendo sus modelos, usos, métodos, al resto del mundo. Esta descentralización de la hegemonía política no estaría mal si, como creía Francis Fukuyama luego de la caída del muro de Berlín, la democracia liberal se expandiera por todo el planeta erradicando la tradición autoritaria para siempre. Por desgracia no ha sido así sino, más bién, al revés. Nuevas formas de autoritarismo, como los representados por la Rusia y China de nuestros días, han sustituido a las antiguas, y es más bien la democracia la que empieza a retroceder y a encogerse por doquier, debilitada por los caballos de Troya que han comenzado a infiltrarse en las que creíamos ciudadelas de la libertad.
Ilustración: Fernando Vicente.
LA CUARTA PÁGINA
Decadencia de Occidente
Tras las elecciones europeas, irrumpen torrencialmente los enemigos populistas del euro y de la UE; mientras tanto, Estados Unidos se está retirando discretamente del liderazgo democrático y liberal
Mario Vargas Llosa
Aunque en apariencia los partidos tradicionales —populares y socialistas— han ganado las elecciones al Parlamento Europeo, la verdad es que ambos han perdido muchos millones de votos y que el hecho central de esta elección es la irrupción torrencial en casi toda Europa de partidos ultraderechistas o ultraizquierdistas, enemigos del euro y de la Unión Europea, a los que quieren destruir, para resucitar las viejas naciones, cerrar las fronteras a la inmigración y proclamar sin rubor su xenofobia, su nacionalismo, su filiación antidemocrática y su racismo. Que haya matices y diferencias entre ellos no disimula la tendencia general de una corriente política que hasta ahora parecía minoritaria y marginal y que, en esta justa electoral, ha demostrado un crecimiento espectacular.
Los casos más emblemáticos son los de Francia y Gran Bretaña. El Front National de Marine Le Pen, que, hasta hace pocos años era un grupúsculo excéntrico, es ahora el primer partido político francés —de no tener un solo diputado europeo tiene ahora 24— y el UKIP, Partido de la Independencia de Reino Unido, luego de derrotar a conservadores y laboristas, se convierte en la formación política más votada y popular de la cuna de la democracia. Ambas organizaciones son enemigas declaradas de la construcción europea y quieren enterrarla a la vez que acabar con la moneda común y levantar barreras inexpugnables contra una inmigración a la que hacen responsable del empobrecimiento, el paro y la subida de la delincuencia en toda Europa occidental. La extrema derecha triunfa también en Dinamarca, en Austria los eurófobos del FPÖ alcanzan el 20%, y en Grecia el ultraizquierdista antieuropeo Syriza gana las elecciones y el partido neonazi Amanecer Dorado (10% de los votos) envía tres diputados al Parlamento Europeo. Catástrofes parecidas, aunque en porcentajes algo menores, ocurren en Hungría, Finlandia, Polonia y demás países europeos donde el populismo y el nacionalismo aumentan también su fuerza electoral.
Los movimientos antisistema pueden enterrar, a la corta o a la larga, la Unión Europea
Algunos comentaristas se consuelan afirmando que estos resultados denotan un voto de rabia, una protesta momentánea, más que una transformación ideológica del viejo continente. Pero como es seguro que la crisis de la que han resultado los altos niveles de desempleo y la caída del nivel de vida tardará todavía algunos años en quedar atrás, todo indica que el vuelco político que muestran estas elecciones en vez de ser pasajero, probablemente durará y acaso se agravará. ¿Con qué consecuencias? La más obvia es que la integración europea, si no se frena del todo, será mucho más lenta de lo previsto, con la casi seguridad de que habrá desenganches entre los países miembros, empezando por el británico, que parece ya casi irreversible. Y, acosada por unos movimientos antisistema cada vez más robustos y operando en su seno como una quinta columna, la Unión Europea estará cada vez más desunida y conmovida por crisis, políticas fallidas y una contestación permanente que, a la corta o a la larga, podrían enterrarla. De este modo, el más ambicioso proyecto democrático internacional se iría a pique y la Europa de las naciones encrespadas regresaría curiosamente a los extremismos y paroxismos de los que resultaron las matanzas vertiginosas de la II Guerra Mundial. Pero, incluso si no se llega al cataclismo de una guerra, su decadencia económica y política seguiría siendo inevitable, a la sombra vigilante del nuevo (y viejo) imperio ruso.
Al mismo tiempo que me enteraba de los resultados de las elecciones europeas yo leía, en el último número de The American Interest, la revista que dirige Francis Fukuyama (May/June 2014), una fascinante encuesta titulada America self-contained? (que podría traducirse como ¿América ensimismada?), en la que una quincena de destacados analistas estadounidenses de distintas tendencias examinan la política exterior del Gobierno del presidente Obama. Las coincidencias saltaban a la vista. No porque en Estados Unidos haya hecho irrupción el populismo nacionalista y fascistón que podría acabar con Europa, sino porque, con métodos muy distintos, el país que hasta ahora había asumido el liderazgo del Occidente democrático y liberal, discretamente iba eximiéndose de semejante responsabilidad para confinarse, sin traumas ni nostalgia, en políticas internas cada vez más desconectadas del mundo exterior y aceptando, en este globalizado planeta de nuestros días, su condición de país destronado y menor.
Sobre las razones de esta “decadencia” los críticos discrepan, pero todos están de acuerdo que esta última se refleja en una política exterior en la que Obama, con el apoyo inequívoco de una mayoría de la opinión pública, se desembaraza de manera sistemática de asumir responsabilidades internacionales: su retiro de Irak, primero, y, ahora, de Afganistán, tras dos fracasos evidentes, pues en ambos países el islamismo más destructor y fanático sigue haciendo de las suyas y llenando las calles de cadáveres. De otro lado, el Gobierno de Estados Unidos se dejó derrotar pacíficamente por Rusia y China cuando amenazó con intervenir en Siria para poner fin al bombardeo con gases venenosos a la población civil por parte del Gobierno de El Asad y no sólo no lo hizo sino toleró sin protestar que aquellas dos potencias siguieran suministrando armamento letal a la corrupta dictadura. Incluso Israel se dio el lujo de humillar al Gobierno norteamericano cuando éste, a través de los empeños del secretario de Estado Kerry, intentó una vez más resucitar las negociaciones con los palestinos, saboteándolas abiertamente.
Nuevas formas de autoritarismo, como las de Rusia y China, han sustituido a las antiguas
Según la encuesta de The American Interest nada de esto es casual, ni se puede atribuir exclusivamente al Gobierno de Obama. Se trata, más bien, de una tendencia que viene de muy atrás y que, aunque soterrada y discreta por buen tiempo, encontró a raíz de la crisis financiera que golpeó con tanta fuerza al pueblo estadounidense ocasión de crecer y manifestarse a través de un Gobierno que se ha atrevido a materializarla. Aunque la idea de que Estados Unidos se enrosque en solucionar sus propios problemas y, a fin de acelerar su desarrollo económico y devolver a su sociedad los altos niveles de vida que alcanzó en el pasado, renuncie al liderazgo de Occidente y a intervenir en asuntos que no le conciernan directamente ni representen una amenaza inmediata a su seguridad, sea objeto de críticas entre la élite y la oposición republicana, ella tiene un apoyo popular muy grande, la de los hombres y mujeres comunes y corrientes, convencidos de que Estados Unidos debe dejar de sacrificarse por los “otros”, enfrascándose en costosísimas guerras donde dilapida sus recursos y sacrifica a sus jóvenes, en tanto que escasea el trabajo y la vida se vuelve cada vez más dura para el ciudadano común. Uno de los ensayos de la encuesta muestra cómo cada uno de los importantes recortes en gastos militares que ha hecho Obama han merecido el respaldo aplastante de la ciudadanía.
¿Qué conclusiones sacar de todo esto? La primera es que el mundo ha cambiado ya mucho más de lo que creíamos y que la decadencia de Occidente, tantas veces pronosticada en la historia por intelectuales sibilinos y amantes de las catástrofes, ha pasado por fin a ser una realidad de nuestros días. ¿Decadencia en qué sentido? Ante todo, en el papel director, de avanzada, que tuvieron Europa y Estados Unidos en el pasado mediato e inmediato, para muchas cosas buenas y algunas malas. La dinámica de la historia ya no sólo nace allí sino, también, en otras regiones y países que, poco a poco, van imponiendo sus modelos, usos, métodos, al resto del mundo. Esta descentralización de la hegemonía política no estaría mal si, como creía Francis Fukuyama luego de la caída del muro de Berlín, la democracia liberal se expandiera por todo el planeta erradicando la tradición autoritaria para siempre. Por desgracia no ha sido así sino, más bién, al revés. Nuevas formas de autoritarismo, como los representados por la Rusia y China de nuestros días, han sustituido a las antiguas, y es más bien la democracia la que empieza a retroceder y a encogerse por doquier, debilitada por los caballos de Troya que han comenzado a infiltrarse en las que creíamos ciudadelas de la libertad.
Ilustración: Fernando Vicente.
sábado, 18 de enero de 2014
DESCARRILAMIENTOS
EL UNIVERSAL, Caracas, 18 de enero de 2014
¿Ultraizquierda?
Alerta ante el rumbo que tomará la burguesía más parasitaria que haya existido en Venezuela
GUSTAVO LINARES BENZO
Maduro no es Chávez. Realidad evidente, que es menosprecio en boca de quienes lo subestiman, como si el de Sabaneta fuese tan superior a sus seguidores que después de él el diluvio; o rasgo positivo para quienes ven en Chávez una figura esencialmente perjudicial y en Maduro una nueva oportunidad. Sea como sea, el mensaje anual ante la Asamblea Nacional fue una muestra más de cuán diferentes son, así como lo fueron las reuniones con gobernadores y alcaldes de oposición.
Que Maduro no sea Chávez no quita que sea su discípulo, su escogido. Ni mucho menos que carezca de instinto político. En otras palabras, el giro hacia el entendimiento que Maduro ha dado después de las elecciones municipales puede ser estratégico, derivar de un principio político de la actuación del nuevo gobierno; o meramente táctico, necesario para repartir con la oposición las consecuencias políticas del deterioro de las condiciones de vida, que aumentará con el plan de ajuste que ya comienza a ejecutarse (léase aumento de la gasolina y devaluación camuflada). De lo segundo la oposición sabrá cuidarse, ya aprendimos del Gigante Eterno que todo vale, hasta decir que el chavismo se inspiraba en la Tercera Vía de Tony Blair (¿se acuerdan, allá por el 98?). Y la sola posibilidad de que sea un afán permanente de diálogo lo hace positivo.
Estratégico o táctico, fin o medio, es impresionante la diferencia con el Gigante Eterno. Chávez generaba un aire de superioridad repelente para quienes no lo seguían ("águila no caza moscas" llegó a decir de sí mismo, en el cenit de la egolatría) que parece imposible en Maduro. Nicolás es normal, es como tú, al estilo de la campaña del presidente Lusinchi. Es civil, un adelanto cuántico, especialmente porque así lo exige la Constitución (o exigía, con el chavismo y sus tribunales hay la Constitución que haga falta). Y, lo más asombroso, Maduro es de centroizquierda.
Sí, aunque Ud. no lo crea. Maduro llegó a decir en el mensaje que ha recibido críticas de la ultraizquierda y de la ultraderecha, y que se mantenía firme ante ambas. Esta última es vieja, Chávez duró catorce años quejándose de los ataques de la derecha, pero ¿críticas al chavismo desde la ultraizquierda? ¿Es que existía algo a la izquierda de Chávez? Pues apareció ahora y por difícil que sea identificarla, será el PCV, serán los Tupamaros, el hecho es que Maduro no es de ultraizquierda. Luego, está más al centro. Partes de su discurso sonaron a Olof Palme o Felipe González. Al final, nos asombramos ante la posibilidad de que el chavismo sea una versión fuerte de la Internacional Socialista, la del PSOE o la AD del presidente Pérez, una socialdemocracia strong.
Porque esa entelequia del socialismo del siglo XXI no resiste examen alguno. Maduro ha leído al sabio Metszaros y a su eco tropical el maestro Giordani y sabe que sin aterrizar esas ideas no va a aparecer el papel tualé; si a ver vamos, luego del Gigante Eterno el responsable de este desastre es Giordani. Y que la única manera de aterrizarlas honestamente es con un comunismo puro y duro, a la soviética. Así que hay que mirar a otros lados. Maduro dijo a donde: "tenemos quince años estudiando el modelo chino". Como "socialismo capitalista" se definió el Partido Comunista de China, es decir, como algo que o será socialdemocracia o tendrá que regresar al maoísmo, al comunismo.
Este debate se está dando en el chavismo, quizás sin usar esos nombres todavía. En la oposición hay que entrar en esas honduras, a las que parece tenérseles asco, creyendo que un país es recoger la basura y que no haya homicidios. Tales mínimos se plantean aquí porque el Líder de la revolución nos dejó en el esterero. Pero el tema que tocó Maduro de la burguesía comercial y financiera venezolana como opuesta al capitalismo industrial local viene desde Fermín Toro y es un debate que hay que dar en la oposición, por ejemplo, y entre tantos otros.
Alerta pues ante estos cambios, sean aparentes o verdaderos. Alerta ante el rumbo que tomará la burguesía más parasitaria que haya existido en Venezuela y en el mundo, la nacida y criada a la sombra del chavismo, con gran influencia en el manejo de la economía y el reparto de los dineros públicos, boliburguesía que puede ser, entre otras cosas, la gran enemiga de Maduro.
Venezuela puede estar entrando en un debate fundamental. La sola posibilidad de que la economía social de mercado, los arreglos europeos de la posguerra, ahora desarticulados por la hegemonía del sector financiero sobre el sector real, en otras palabras, la social democracia en todas sus versiones, pueda ser un punto de partida común.
¿Ultraizquierda?
Alerta ante el rumbo que tomará la burguesía más parasitaria que haya existido en Venezuela
GUSTAVO LINARES BENZO
Maduro no es Chávez. Realidad evidente, que es menosprecio en boca de quienes lo subestiman, como si el de Sabaneta fuese tan superior a sus seguidores que después de él el diluvio; o rasgo positivo para quienes ven en Chávez una figura esencialmente perjudicial y en Maduro una nueva oportunidad. Sea como sea, el mensaje anual ante la Asamblea Nacional fue una muestra más de cuán diferentes son, así como lo fueron las reuniones con gobernadores y alcaldes de oposición.
Que Maduro no sea Chávez no quita que sea su discípulo, su escogido. Ni mucho menos que carezca de instinto político. En otras palabras, el giro hacia el entendimiento que Maduro ha dado después de las elecciones municipales puede ser estratégico, derivar de un principio político de la actuación del nuevo gobierno; o meramente táctico, necesario para repartir con la oposición las consecuencias políticas del deterioro de las condiciones de vida, que aumentará con el plan de ajuste que ya comienza a ejecutarse (léase aumento de la gasolina y devaluación camuflada). De lo segundo la oposición sabrá cuidarse, ya aprendimos del Gigante Eterno que todo vale, hasta decir que el chavismo se inspiraba en la Tercera Vía de Tony Blair (¿se acuerdan, allá por el 98?). Y la sola posibilidad de que sea un afán permanente de diálogo lo hace positivo.
Estratégico o táctico, fin o medio, es impresionante la diferencia con el Gigante Eterno. Chávez generaba un aire de superioridad repelente para quienes no lo seguían ("águila no caza moscas" llegó a decir de sí mismo, en el cenit de la egolatría) que parece imposible en Maduro. Nicolás es normal, es como tú, al estilo de la campaña del presidente Lusinchi. Es civil, un adelanto cuántico, especialmente porque así lo exige la Constitución (o exigía, con el chavismo y sus tribunales hay la Constitución que haga falta). Y, lo más asombroso, Maduro es de centroizquierda.
Sí, aunque Ud. no lo crea. Maduro llegó a decir en el mensaje que ha recibido críticas de la ultraizquierda y de la ultraderecha, y que se mantenía firme ante ambas. Esta última es vieja, Chávez duró catorce años quejándose de los ataques de la derecha, pero ¿críticas al chavismo desde la ultraizquierda? ¿Es que existía algo a la izquierda de Chávez? Pues apareció ahora y por difícil que sea identificarla, será el PCV, serán los Tupamaros, el hecho es que Maduro no es de ultraizquierda. Luego, está más al centro. Partes de su discurso sonaron a Olof Palme o Felipe González. Al final, nos asombramos ante la posibilidad de que el chavismo sea una versión fuerte de la Internacional Socialista, la del PSOE o la AD del presidente Pérez, una socialdemocracia strong.
Porque esa entelequia del socialismo del siglo XXI no resiste examen alguno. Maduro ha leído al sabio Metszaros y a su eco tropical el maestro Giordani y sabe que sin aterrizar esas ideas no va a aparecer el papel tualé; si a ver vamos, luego del Gigante Eterno el responsable de este desastre es Giordani. Y que la única manera de aterrizarlas honestamente es con un comunismo puro y duro, a la soviética. Así que hay que mirar a otros lados. Maduro dijo a donde: "tenemos quince años estudiando el modelo chino". Como "socialismo capitalista" se definió el Partido Comunista de China, es decir, como algo que o será socialdemocracia o tendrá que regresar al maoísmo, al comunismo.
Este debate se está dando en el chavismo, quizás sin usar esos nombres todavía. En la oposición hay que entrar en esas honduras, a las que parece tenérseles asco, creyendo que un país es recoger la basura y que no haya homicidios. Tales mínimos se plantean aquí porque el Líder de la revolución nos dejó en el esterero. Pero el tema que tocó Maduro de la burguesía comercial y financiera venezolana como opuesta al capitalismo industrial local viene desde Fermín Toro y es un debate que hay que dar en la oposición, por ejemplo, y entre tantos otros.
Alerta pues ante estos cambios, sean aparentes o verdaderos. Alerta ante el rumbo que tomará la burguesía más parasitaria que haya existido en Venezuela y en el mundo, la nacida y criada a la sombra del chavismo, con gran influencia en el manejo de la economía y el reparto de los dineros públicos, boliburguesía que puede ser, entre otras cosas, la gran enemiga de Maduro.
Venezuela puede estar entrando en un debate fundamental. La sola posibilidad de que la economía social de mercado, los arreglos europeos de la posguerra, ahora desarticulados por la hegemonía del sector financiero sobre el sector real, en otras palabras, la social democracia en todas sus versiones, pueda ser un punto de partida común.
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