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domingo, 22 de abril de 2018

EL LIDERAZGO CUBANO: LISTO, ¿"SANSEACABÓ"?

EL PAÍS, Madrid, 21 de abril de 2018
 En análisis
Cuba, tres escenarios
Viñetas del comunismo para Díaz-Canel
Héctor E. Schamis

El nuevo presidente de Cuba fue elegido a dedo por Raúl Castro en una votación que ni siquiera califica como mala copia de la competencia democrática. Es una sucesión forzada por el paso del tiempo con la que el castrismo busca reproducirse como régimen. Miguel Díaz-Canel, así se llama este virtual desconocido, lo confirmó ni bien fue ungido en el cargo. Ratificó su lealtad a los Castro y su alineamiento con los principios del Partido Comunista, cuyo primer secretario será precisamente Raúl hasta 2021.

Pero eso se dice el primer día, es frecuente que el Delfín termine siendo un traidor. Es más, asegurar que todo seguirá igual cuando el dictador ya no se llama Castro es una proposición a verificar. Por ello me aventuro a decir que habrá cambios, si bien en lo inmediato estarán lejos de producir una Cuba democrática. Aquí van tres escenarios hipotéticos, viñetas históricas de transición dentro del comunismo.

Primer escenario: Díaz-Canel revisionista

En febrero de 1956, Nikita Krushchev pronunció su “Discurso Secreto” ante el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética. En él denunció los crímenes y las purgas de Stalin, a quien denostó por fomentar el culto a la personalidad. Dicho discurso señaló el inicio del período revisionista, según lo caracterizó Mao, pero también un regreso a los fundamentos del marxismo-leninismo, marcadamente anti-personalista. El estalinismo constituía una desviación de dicha ortodoxia.

Sesenta años más tarde, no habrá idolatría posible en Cuba. Un Castro es difunto. El otro, sin carisma y octogenario avanzado, se retira de a poco del poder. Lo único viable para el régimen es despojarse del personalismo y volcarse hacia lo institucional. Cuba deberá comenzar su transición hacia el post-sultanismo y, obligadamente, por medio del revisionismo.

Lo cual implicará un sinnúmero de conflictos dentro del bloque en el poder. El Macondo comunista no se podrá reproducir, la dinastía se termina. Institucionalmente, además, Díaz-Canel es un burócrata del partido, no un oficial del ejército. Como tal, es pensable el rediseño de dicha relación. El socialismo de Estado se gobierna por medio de un partido de elites profesionales, con la institución militar subordinada al poder civil. Una dictadura militar personalista siempre fue la heterodoxia caribeña de Fidel Castro.

Segundo escenario: Díaz-Canel reformista

Bajo la larga sombra de la revuelta de 1956, reprimida por los tanques soviéticos, en enero de 1968 el gobierno de János Kádár introdujo el Nuevo Mecanismo Económico, un programa de reformas destinado a incrementar la eficiencia agregada. Si bien no era el único de ese tipo en el bloque socialista—de hecho, una relativa liberalización de precios fue introducida en esa época en Polonia, Bulgaria y Alemania Oriental—el “Comunismo Gulash” fue el más ambicioso de todas las versiones de socialismo de mercado.

Se liberalizó el comercio, se eliminaron las cuotas de producción y se descentralizó la estructura de la propiedad. Las firmas de propiedad estatal comenzaron a ser evaluadas por sus utilidades, lo cual hizo que los gerentes se preocuparan por costos, precios y calidad de sus productos. La transformación capitalista fue lenta pero de dirección clara. No suele recordarse hoy que en Hungría la privatización de empresas públicas comenzó en 1988, bajo la dirección del partido oficial y anticipándose a la disolución del mundo socialista.

Cuba inició un camino parecido en 1991. El fin de la Unión Soviética significó la perdida de los subsidios agrícolas y energéticos, la recesion obligó a las reformas del “Período Especial.” Se instauró el sistema bimonetario y se modificó la constitución a fin de legalizar la propiedad privada e incrementar la competitividad en la agricultura. Parecía que pronto llegarían la apertura política y la democratización.

Pero la democracia no era el objetivo del estado-partido, como tampoco lo era una transicion al capitalismo. La liberalización parcial fue un instrumento para sortear la crisis política descomprimiendo la economía hasta encontrar la manera de atraer recursos financieros externos. Lo cual ocurrió gracias a Petrocaribe a partir de 2005. Venezuela comenzó a vender a Cuba petróleo fuertemente subsidiado, que Cuba a su vez exporta aún hoy a precio de mercado.

Dicho esquema es insostenible a ambos lados de la ecuacion. Para la nomenclatura oficial es una renta parasitaria sin efecto cascada en la sociedad. La capacidad de Venezuela de continuar con el subsidio, a su vez, decrece con el deterioro paulatino del gobierno. Esto indica que el nuevo presidente deberá encarar más reformas y más en serio. Lo hecho hasta ahora en el contexto del descongelamiento con Obama, no mucho más que cuentapropismo, es insuficiente para producir riqueza y generar empleo.

Es racional para los jerarcas del partido desmilitarizar el regimen y transformar la economía. Si en el camino pierden el poder, que siempre es finito de todas formas, podrán mirar a Hungria, justamente, con esperanza. Los comunistas volvieron en 1994 como socialdemocratas y con elecciones libres. La opcion China, por su parte, capitalismo pero conservando el monopolio del poder político, no parece muy probable. Cuba es un país pequeño y Estados Unidos está a solo 90 millas.

Tercer escenario: Díaz Canel chavista

Pocos días después de la elección del 6 de diciembre de 2015, parlamentarias en las que el chavismo fue derrotado abrumadoramente, Maduro se dirigió al país. Lo hizo con pasmosa sinceridad. “Ese voto lo entiendo, pero fue un error. Fue un voto contra ustedes mismos, hermanos. Yo quería construir 500 mil viviendas el próximo año, pero ahorita estoy dudando. No porque no pueda, yo puedo construirlas. Pero te pedí tu apoyo y no me lo diste”.

Es la venganza del rechazo. Se podría reemplazar viviendas por alimentos y medicinas y así explicar la tragedia humanitaria venezolana, el Holodomor del chavismo, estrategia para impedir la transición política. Es la guerra de un gobierno contra su pueblo, como la de Stalin contra el pueblo de Ucrania.

Ello supone un importante grado de sadismo, desde luego, si bien la crueldad de Maduro no es puramente personal, está enraizada en una formulación conceptual. Son las coartadas intelectuales del marxismo, su razonamiento ad-hoc. Si el pueblo nos apoya, elabora el comunista, es la estrategia correcta, la emancipación proletaria en acción. Si no nos apoya, es por falsa conciencia. Igual nos quedamos, pues nos necesitan aunque no lo sepan. De ahí el terror, necesario para reeducar y corregir la falsa conciencia.

Así ha operado el castrismo, con el terror de baja intensidad, la privación en cuotas, la opresión quirúrgica y el exilio por goteo. Ello a diferencia de Venezuela donde, al encontrar a una sociedad civil más movilizada, Maduro respondió con ferocidad y a control remoto desde La Habana. Sin los Castro, la sociedad civil cubana se activará, habrá que ver la respuesta del régimen. A similares grados de opresión y mayor oposición, la baja intensidad podría cambiar.

Claro que, ante esa hipótesis, el nuevo presidente tiene la oportunidad de no ser Maduro creando un cuarto escenario: el de Gorbachov, quien tuvo la grandeza de evitar derramamientos de sangre, reescribiendo en parte la trágica historia de Budapest en 1956 y de Praga en 1968. Anunciando en 1988 que no intervendría en Europa Oriental, aceleró él mismo las revoluciones democráticas en curso.

Allí tiene Díaz-Canel un comunista a imitar y convertirse en un noble Delfín traidor. Con ello podría entrar en la historia como el hacedor de la transición democrática cubana, nada menos. La otra opción que tiene es ser el vasallo que Raúl Castro imaginó.

Fuente:
https://elpais.com/internacional/2018/04/21/america/1524342079_809025.html
Fotografía:  El nuevo presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, y Raúl Castro. ALEXANDRE MENEGHINI REUTERS)


EL NACIONAL, Caracas, 18 de abril de 2018
Cuba: cómo se elige al sucesor de Raúl Castro

Cuba tiene su propio guion en la política y lo sigue sin desviarse un ápice.

La República socialista se dispone a nombrar al sucesor de Raúl Castro en la jefatura del Estado.

El menor de los hermanos Castro se atiene a la norma promovida por él mismo y deja el cargo al terminar su segundo mandato de 5 años como presidente.

Aunque hubo otros dos presidentes después del triunfo de Revolución (Manuel Urrutia, 1959 y Osvaldo Dorticós, 1959 - 1976) antes del nombramiento de Fidel Castro como tal y de la aprobación en 1976 de la constitución vigente, los observadores destacan la importancia del momento.

Su sistema político no se parece al de ningún otro país del continente y el momento que se apresta a vivir también es excepcional.

¿Por qué es importante?

Por primera vez desde el triunfo de la Revolución cubana, no será un miembro de la familia Castro ni del grupo que se alzó en armas contra Fulgencio Batista e inauguró el actual sistema político quien asuma el gobierno del país.

Estos son los candidatos:


Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/bbc-mundo/cuba-como-elige-sucesor-raul-castro_231508
Fotografía: Raúl Castro junto al vicepresidente Díaz-Canel a su llegada este miércoles a la reunión de la Asamblea Nacional de Cuba. Foto: GETTY IMAGES.

viernes, 24 de noviembre de 2017

SOCIALISMO FERRETERO

EL PAÍS, 01 de octubre de 2017 
EN ANÁLISIS
Psiquiatría soviética en Venezuela
Héctor E. Schamis
 
"¿Existen enfermedades y desórdenes nerviosos en una sociedad comunista? Evidentemente que sí. Entonces, habrá delitos que son propios de personas con mentes anormales...En relación a aquellos que se oponen al comunismo, podemos decirles claramente que el estado mental de dichas personas no es normal".

Las palabras precedentes, de Nikita Khrushchev, fueron pronunciadas en 1959. Son por demás elocuentes. Quien se opone al comunismo no puede ser una persona normal. Su filosofía fundante, el marxismo-leninismo, es el gran recipiente de sabiduría y verdad. Ergo, el disidente solo puede ser alguien con una alteración mental.

Así fue el comienzo de la psiquiatría soviética: el diagnóstico como mecanismo de control social, el confinamiento hospitalario como estrategia represiva.

Los disidentes eran internados bajo custodia psiquiátrica y sus puntos de vista políticos, tomados como evidencia de su enfermedad. Habitualmente, dichas opiniones eran catalogadas como síntomas de esquizofrenia o paranoia. Y con frecuencia se los sometía a régimen de aislamiento, privados de aire y luz natural y, muy especialmente, privados de material de lectura y escritura.

La literatura sobre el tema es amplia. Buena parte de ella ha sido producida por las propias víctimas, Vladimir Bukovsky entre los más renombrados. A partir de dichos testimonios se abrió un verdadero campo de estudio—la utilización política de la psiquiatría—que se extendió más allá de la Unión Soviética—por ejemplo, a China y a Cuba—y más allá del período comunista. Existe evidencia de que el mismo método de coerción continúa vigente en Rusia, Bielorrusia y Kazakstán.

No existe evidencia que sea usado en Venezuela, aunque tal vez solo hasta ahora. Hay una historia que contar al respecto. En marzo de 2014, el entonces presidente de la Asamblea Nacional y hoy diputado Diosdado Cabello demandó a la directiva del medio periodístico Tal Cual por difamación. El director del medio es Teodoro Petkoff.

Los acusados recibieron medidas preventivas que incluyen la prohibición de salida del país desde entonces, en un proceso plagado de arbitrariedades y por un delito que prescribe al año de haber sido supuestamente cometido. Pero, lejos de emitir sentencia, el tribunal ha procedido de manera soviética.

Ocurre que el juez de la causa ha dictaminado que Petkoff padece de "demencia vascular" y que no es apto para afrontar un juicio. Sus derechos jurídicos quedan así en manos de un tutor provisoriamente designado por el juzgado. Como tal, Petkoff pierde su entidad civil. Algunos usaron el término "muerte civil".

En otras palabras, el régimen ha declarado a Petkoff incapaz, demente. Como en la Unión Soviética, es un mecanismo de estigmatización. Es que la locura es más efectiva que la cárcel. Es una humillación con la cual se busca invalidar las ideas del intelectual disidente; o sea, descalificar su propia identidad y propósito vital.

La libertad se puede perder por encarcelamiento, como los cientos de presos políticos venezolanos. Se puede perder por confinamiento psiquiátrico, como en la Unión Soviética. Y se pierde por un diagnóstico con intencionalidad política hecho decisión judicial, como en el caso de Petkoff. Es inevitable pensar en alguna influencia del alcalde del municipio Libertador, el Doctor Jorge Rodríguez, médico psiquiatra.

La medicina convertida en el instrumento del abuso. A su ya larga lista, el régimen de Maduro le está agregando un nuevo tipo de crimen.

Fuente:

sábado, 5 de agosto de 2017

UNA PATOLOGÍA

EL PAÍS, Madrid, 5 de agosto de 2017
 EN ANÁLISIS
El castrismo, enfermedad infantil del izquierdismo
La crisis de Venezuela viene a desnudar a una izquierda desconectada de su propio pasado, a la deriva moral y abrumada por una hipocresía casi inimaginable
Héctor E. Schamis

En febrero de 2014 escribí aquí mismo La desmemoriada izquierda latinoamericana. Nótese la fecha. La amnesia en cuestión era por el silencio ante los atropellos de Maduro. Decía allí que la represión de las fuerzas regulares y los paramilitares, los “colectivos motorizados”, evocaba las violaciones a los derechos humanos en la América Latina de los setenta y ochenta.

Ello porque la izquierda, sus partidos, sindicatos y movimientos sociales, habían sido especialmente victimizados en aquellos años. En la posterior transición, y la paz en América Central, esa misma izquierda concluyó que la democracia constitucional —arreglo por el cual el poder público está dividido y limitado por normas permanentes— era el único régimen político capaz de proteger los derechos fundamentales de las personas. Y sobre todo de aquellas sin poder estructural, es decir, los más pobres.

Ergo, la democracia era condición necesaria para la vigencia de los derechos humanos y, de manera transitiva, sin constitucionalismo liberal no podría haber progresismo. Nos damos cuenta hoy que semejante revolución copernicana en buena parte de la izquierda vernácula, al final siempre obediente de la dinastía de los Castro, fue mero oportunismo.

Es que si son incapaces de decir que no hay diferencia alguna entre un asesinato perpetrado por sujetos que circulan en un Ford Falcon sin placas, como en Argentina, o por un escuadrón de la muerte, como en El Salvador, o por quienes van en motocicleta vestidos de camisa roja, como los colectivos chavistas, aquella tragedia de los setenta —la sangre derramada, en su propio argot— ha sido completamente en vano.

La sociedad venezolana vive aterrorizada y dicho terror se origina en el Estado, tal como era entonces en el cono sur. Pero si medimos —miden— los derechos humanos en base a la ideología de quien los vulnera, pues allí mismo está el fin de los derechos humanos. La crisis de Venezuela viene a desnudar a una izquierda desconectada de su propio pasado, a la deriva moral y abrumada por una hipocresía casi inimaginable.

Hay una historia que sirve para entender. Las transiciones de los ochenta coincidieron con la Perestroika y el Glasnost en la Unión Soviética. Reforma económica y transparencia, reestructuración y apertura; el mismo Estado-partido iniciaba el cambio. Acabado el monopolio sobre los recursos materiales y políticos, también comenzó a erosionarse el monopolio de la verdad. Con la caída del muro de Berlín, el edificio enteró implosionó.

El socialismo realmente existente resultó ser aún peor que aquel sistema burocrático criticado por el Eurocomunismo. La izquierda tuvo que abandonar el estalinismo. En América Latina, la estrategia de la lucha armada llegó a su fin, siendo el proceso de paz colombiano de hoy tal vez el último y tardío capítulo. Y los partidos comunistas se reciclaron como socialdemocracias en Budapest, Varsovia y casi todas partes.

Con excepción de Cuba, claro está. Abandonados por Moscú, los Castro se atrincheraron para resistir el período especial de los noventa, una década de penurias. Del socialismo de Estado solo quedaban ruinas, económicas, desde luego, pero sobre todo éticas e intelectuales. El relato era un disco rayado sin contenido. El hombre nuevo por cierto que no residía en la Sierra Maestra.

Sin embargo, la longevidad de los Castro fue recompensada por Chávez. Después del fallido golpe de 2002, Venezuela se acercó más a Cuba, una trascendental consecuencia no buscada por los miopes golpistas. En 2004 se creó ALBA, en 2005 se fundó Petrocaribe y más tarde, la Celac. La política exterior del chavismo abrió la puerta para el ingreso pleno de Cuba a América Latina, quizás por primera vez.

Y ni que hablar de la renta petrolera sin tener petróleo. Ahora con recursos que jamás tuvieron, los Castro reciclaron la épica de la vieja, nueva trova y un poco de aquel romanticismo guevarista. Tuvieron que ocultar que algunos de los trovadores más talentosos ya habían hecho explícito su desencanto y que, una generación después, se trataba de una restauración, estalinista por supuesto y, como toda restauración, conservadora.

A partir de la enfermedad y muerte de Chávez, dicha influencia se profundizó. Ya no eran solo los médicos sino también los oficiales militares. En 2010 se calculaba que había 500 cubanos cumpliendo funciones de inteligencia. Hoy algunos estiman esa cifra en 17.000. Siempre se supo que Maduro era el mejor súbdito de la monarquía de los Castro. Es la venganza de playa Machurucuto, dicen varios, lugar que la izquierda latinoamericana no tiene idea dónde queda. En su mapa solo aparece playa Girón.

Este desenlace en las relaciones internacionales de Venezuela, y estas sí que son relaciones carnales, explica la fraudulenta constituyente de soviets que acaba de instalarse. Curiosamente, también liquida la experiencia populista del chavismo y su viabilidad futura.

Ocurre que es inherente al populismo la crisis sucesoria, todos la han tenido. Ello debido a que el momento plebiscitario es fugaz y jamás sobrevive al líder fundador. Muere con él, lo cual exégetas como Laclau prefirieron ignorar. Ergo, el gran dilema es cómo reproducir esa identidad, ausente la figura carismática originaria.

Post Cárdenas, el PRI institucionalizó la norma de no reelección presidencial y luego se sometió a la competencia electoral. Supo cuándo, y cómo, dejar el poder para seguir existiendo. Getúlio Vargas preparó su partida formando dos partidos que le sobrevivieron, el PSD y el PTB. Hasta la llegada de los Kirchner, el peronismo resolvió la crisis de la muerte de su fundador creando “un partido político normal”, como decía Cafiero, para ganar y también perder elecciones, lo cual ocurrió en varias ocasiones.

El chavismo maduro-cabellista no tiene regla sucesoria, se suicida en esta conversión al estalinismo, protectorado cubano bajo un Estado policial. Así sacrifica su viabilidad política, su proyección en el tiempo. Sorprende, por cierto, que no sean muchos más los chavistas en disidencia, aquellos genuinamente interesados en mantener viva su propia identidad política, pero tanta inteligencia cubana también tiene tiempo para ellos.

Y mientras tanto, Raúl Castro desde La Habana, Maduro en Caracas y sus repetidores de “izquierda” en el resto del continente siguen hablando de la agresión imperialista. Las comillas porque el imperialismo en cuestión acaba de confiscarle activos por cifras astronómicas a la primera línea de funcionarios del gobierno de Venezuela. El capitalismo es robo, por aquel concepto de plusvalía, entonces que también robe el camarada El-Aissami, dicho esto en marxismo chatarra.

Pero, ¿cuál izquierda? Nadie les pregunta cómo justifican esas cuentas, habiéndose pasado los últimos 18 años en el sector público. Nadie objeta que hayan invertido de tal manera en Estados Unidos, siendo tan antiimperialistas. Y que, además, si es que hay una inminente invasión, según repiten ad nauseam, ¿pues por qué la están financiando ellos mismos?

En definitiva, no hay tal izquierda, ni invasión, ni imperio. Se trata solo de una patología. En América Latina, el castrismo es la enfermedad infantil del izquierdismo.

Fuente:
https://elpais.com/internacional/2017/08/05/america/1501960015_574083.html
Fotografía: http://www.libertaddigital.com/opinion/federico-jimenez-losantos/muere-fidel-castro-cuba-con-cuba-contra-castro-80714/

domingo, 25 de diciembre de 2016

DESORDEN CONCEPTUAL

EL PAÍS, Madrid, 24 de diciembre de 216
 EN ANÁLISIS
Identidades y discurso populista en el siglo XXI
Héctor E. Schamis  

Una clarificación preliminar. “Populismo” es una polisemia, término con varios significados. Tanto que Trump, Le Pen, Putin, Farage, Tsipras e Iglesias son populistas. Presumiblemente al igual que Maduro, los Kirchner, Morales, Correa, Ortega, Lula y sigue la lista. Y eso solo entre los vivos, dejando a los populistas muertos descansar en paz. Cuando todos son populistas, nadie lo es. Populismo y política terminan siendo sinónimos.

El desorden conceptual—y, por ende, taxonómico—nunca ayuda. En función de ello restringiré aquí el uso de populismo en el tiempo y el espacio. Algunas consideraciones serán tal vez de aplicabilidad general, pero me referiré al “populismo” del siglo XXI en América Latina. Las comillas ahora por mi propio agnosticismo sobre qué es, y qué no es, el populismo. Pero no obstante se trata del populismo tal cual está instalado en el debate.

Nótese, entonces, la siguiente curiosidad. Maduro habla de líderes y “lideresas”, palabra que desafina pero que hace un explícito reconocimiento de género. Rafael Correa y Evo Morales siempre reivindican a los pueblos indígenas. De hecho, este último incluso utiliza la palabra “indio”, con énfasis y orgullosamente. Cristina Kirchner, por su parte, se definía como una luchadora por el matrimonio igualitario—durante su gobierno se legisló sobre ello. También reivindicaba el derecho a la definición autónoma de la identidad de género. Por momentos se presentaba como una líder(esa) natural del movimiento LGBT.

Lo de la curiosidad es porqué el populismo de este siglo ha incluido en su discurso la “política de la diferencia”. La cual es una forma de hacer política anclada en el reconocimiento de la diversidad y la distintiva identidad de los grupos que conforman ese espacio social diverso. La igualdad en este contexto no es homogeneizar; es reconocer esa diferencia y otorgar derechos para institucionalizarla. Y esto representa una cierta heterodoxia, sino una completa herejía populista.

En el marco de la política de la diferencia la justicia opera como reparación simbólica más que material, esta última propia del populismo. Es el acto de introducir un reconocimiento postergado: reafirmar la identidad de grupos que reclaman derechos específicos a efectos de proteger su singularidad. Como es el caso del matrimonio igualitario, las cuotas de género y las constituciones de Bolivia y Ecuador que norman los derechos indígenas, a propósito de Morales y Correa.

Pero al mismo tiempo ello ilustra la tensión entre la uniformidad que emana de la noción de pueblo (y de nación)—premisa original en la concepción de ciudadanía del populismo—y la desagregación derivada de reconocer derechos especiales. Es decir, la contradicción surge de la idea de ciudadanía como agregación y homogeneidad, o de entenderla como heterogeneidad y expresión multicultural.

En el discurso de los populistas esta tensión se ve con regularidad: su retórica va y vuelve entre estas dos concepciones, aparentemente sin fricción alguna. Subrayo “aparentemente” por la inherente disonancia del populismo con la desagregación. Es que si las partes son reconocidas y legitimadas, la representación exclusiva del todo—que el populismo encarna por definición—se vuelve imposible. En otras palabras, si las partes y sus subjetividades son legítimas se complica la básica tarea de reificar al pueblo. Y sin dicha reificación ya no hay populismo.

En definitiva, y paradójicamente, así se erosiona el populismo como sistema de representación y, ergo, de dominación. El reconocimiento a la particularidad otorga recursos simbólicos—“empodera”, repiten incesantemente los mismos populistas—lo cual quiere decir que los constituye como sujetos autónomos. Y cuando el ejercicio de esa autonomía sobrepasa los mecanismos de control social, la coerción se hace manifiesta, como en la represión del Tipnis en Bolivia en 2011, por marchar contra la construcción de una carretera, o de la comunidad Shuar en Ecuador la semana pasada, por oponerse a un proyecto minero.

Pero todo esto es aún más problemático para los sufrientes populistas. Sin duda como efecto no buscado, la reivindicación de la diferencia y la desagregación de la identidad—con la consiguiente autonomía de los actores sociales—los lleva en dirección de lo que tanto aborrecen: el constitucionalismo liberal, cuyo principio fundamental es la protección de los derechos de las minorías. Ello a sabiendas de que la definición de minoría es a la carta: quien se sienta minoría, pues lo es.

Siempre dije que el populismo es un fenómeno democratizador. Claro que en el largo plazo y, a menudo, a pesar de sí mismo.

Fuente:
http://internacional.elpais.com/internacional/2016/12/23/america/1482520856_385059.html

domingo, 13 de septiembre de 2015

BARREIROS: MALETAS PARA CHILE

EL PAÍS, Madrid, 11 de septiembre de 2015
TRIBUNA
América Latina antes y después de la condena a Leopoldo López
La contraofensiva del ALBA en las últimas dos semanas explica esta sentencia
La Justicia venezolana condena a Leopoldo López a 13 años de prisión
Héctor E. Schamis 

La juez Susana Barreiros ha pasado a la historia: condenó a Leopoldo López a 13 años, 9 meses, 7 días y 12 horas de reclusión en la prisión de Ramo Verde. Para muchos era previsible, no les sorprende. Pero ello es así solo en las últimas dos semanas, no antes. Es que nada es hoy como era hace tres semanas.
Entonces, Maduro estaba solo, casi aislado regionalmente. La sociedad civil latinoamericana estaba en la calle. En Sao Paulo y Rio, Quito, Guatemala o Tucumán el grito era el mismo: el hartazgo con la corrupción, la perpetuación en el poder y el autoritarismo. Con Dilma acorralada, Lula acusado por primera vez de corrupción, Correa ocupándose de las incesantes protestas y Cristina Kirchner tratando de imaginar como aferrarse al poder cuando su constitución le dice que debe abandonarlo, nadie tenía demasiado tiempo para ocuparse de Maduro. Tal vez Leopoldo tenía chance.
Pero ya nada es como era entonces. Maduro inventó una crisis, conduciendo la política exterior con estrategia, mejor que jamás pudo haber conducido su autobús. Cerró y militarizó la frontera con Colombia y además comenzó a expulsar colombianos residentes en Venezuela: el riesgo de una guerra, como Galtieri, y con refugiados, como El Assad. La respuesta de Colombia fue tibia, por decir lo menos, y su política exterior, inoperante. Una ayuda inesperada, debe haber pensado Maduro.
Santos convocó a los países miembros a tratar la crisis en el seno de la OEA, donde corresponde de acuerdo a estatutos, convenios internacionales y la Carta Democrática. Se votó si esa crisis debería ser tema de la OEA, como quería Colombia, o debía radicarse en Unasur, el aparato regional del chavismo. Ganó Maduro, con los votos previsibles del ALBA más la inestimable abstención de Panamá, no puede olvidarse, a propósito de la inefectiva política exterior de Colombia. Y ganó por un voto, precisamente.
Maduro emergió fortalecido de allí. Se cargó a Colombia y a la región, escribí aquí mismo tan solo el último domingo, pero con ello también se cargó a Leopoldo López y la esperanza de los demócratas venezolanos. Maduro recibió un cheque en blanco en esa votación. Anoche escribió la cifra de su preferencia, 13 años, y pasó por ventanilla a cobrar.
Nótese lo que vino ocurriendo desde entonces: Correa ha desmantelado Fundamedios, organización de la sociedad civil que promueve la libertad de prensa, y avanza sobre las enmiendas constitucionales en pos de su reelección indefinida. Morales ha lanzado una nueva ofensiva por su propia perpetuación. Y Lula está de viaje por Argentina haciendo campaña electoral por Scioli y Cristina Kirchner. A propósito, el gesto debería ser reciproco: Scioli y Kirchner deberían viajar a Brasil a prestar apoyo para resguardar a Dilma del posible juicio político y destitución, y a Lula, de la fiscalía que lo tiene en la mira. Nadie cree que daría resultado, pero ese es otro tema.
Lo que ha pasado en estas dos semanas es la contraofensiva del ALBA, el reagrupamiento de la internacional de la corrupción latinoamericana, cuya tan declamada solidaridad no es otra cosa que la complicidad por los negocios compartidos. También se rasgaban las vestiduras tratando de salvar el cuello de Otto Pérez Molina, un militar de derecha, valga la aclaración, destituido por corrupción. No hay ideología alguna en esto, no es más que el temor a la caída en dominó.
Hace tres semanas, el autoritarismo, la perpetuación y la corrupción parecían estar replegadas. Hoy han contraatacado. En la condena de Leopoldo López le han asestado un golpe a la democracia de la región. El golpe no es mortal, pero se ha cruzado una línea.
Ya es más difícil pensar que las elecciones del 6 de diciembre en Venezuela sean limpias, o incluso que se lleven a cabo. Ya no se avizora la manera en que el chavismo algún día dejaría el poder. Ya nadie espera que en las elecciones argentinas de octubre no haya fraude, como ocurrió en la provincia de Tucumán. Ya nadie espera que Correa y Morales no se perpetúen. Y ya nadie espera que el 2015 termine con más democracia, sino con menos.
América Latina, región autoritaria. Ya nada es como era hace tres semanas.

domingo, 5 de octubre de 2014

ESAS MANOS QUE VES ...

EL PAÍS, Madrid, 5 de octubre de 2014
TRIBUNA
Podemos, en América Latina
No deja de ser irónico que un politólogo español devenido en político legitime el propio vocablo “populismo”.
Héctor E. Schamis
 
Podemos estuvo por América Latina. En Ecuador, Pablo Iglesias participó en el Encuentro Latinoamericano Progresista, foro organizado por el partido del gobierno, PAIS. No solo expuso sus ideas en el evento y ante la prensa. También se explayó con elogios para la llamada Revolución Ciudadana, enfatizando la “notable estabilidad política” lograda por Rafael Correa. Más aun, Iglesias expresó su deseo de aprender de los procesos de participación masiva que se ven en América Latina hoy, admitiendo que Podemos tiene un estilo latinoamericano. Ello sin importarle el mote de populista que ese estilo conlleva.
El evento fue una buena radiografía latinoamericana, con algunas implicancias para España y, consecuentemente, para Europa en general. El “debate” fue tierra fértil para especulaciones posteriores—las comillas porque no fue tal debate, todos estuvieron siempre de acuerdo. Curiosamente, la discusión estuvo centrada en examinar las diferentes “amenazas” que sufren los (mal llamados) progresistas de la región, por parte de la prensa, el capital financiero y el neo golpismo de una supuesta restauración conservadora. El componente conspirativo se ve hasta en el título de los propios paneles, idea que invita a pensar en la existencia de una estrategia concertada. Fernández de Kirchner, por ejemplo, denunció casi simultáneamente haber sido amenazada por el Estado Islámico primero y luego también por el gobierno de EEUU—“si me pasa algo, miren al norte”, dijo sin pestañear.
Hay que destacar la fusión actual entre esta suerte de neo marxismo y las antiguas tradiciones populistas vernáculas. Históricamente, el marxismo latinoamericano despreciaba al populismo. Lo consideraba una forma tardía y periférica de bonapartismo, y por consiguiente funcional a los intereses de la burguesía. A partir de los años sesenta, algunas versiones de la teoría de la dependencia, las más dogmáticas y economicistas, superpusieron el análisis marxista a la narrativa populista. Al plantear que el desarrollo económico nacional—premisa fundamental del populismo—seria inalcanzable dentro del capitalismo, la industrialización sustitutiva y el socialismo pasaron a operar como caras de una misma moneda. La lucha por la liberación nacional implicaba así una lucha por la sociedad sin clases. A la luz de esa interpretación es que debe entenderse la extrema radicalización de la región en esos años.
Históricamente, el marxismo latinoamericano despreciaba al populismo
Aquel relato, desarticulado por la represión de las dictaduras de los setenta y luego por las transiciones de los ochenta, es recreado hoy por la ola bolivariana. El problema es que la ecuación queda sin resolver por la dificultad de caracterizar adecuadamente al populismo latinoamericano; un problema de especificidad histórica. El populismo original del siglo XX fue una fuerza democratizadora, a veces a pesar de sí mismo, que por medio de la expansión de derechos produjo ciudadanía. Es cierto que no se interesaba demasiado por los derechos civiles y constitucionales, que de todas maneras eran por demás frágiles, pero expandió derechos políticos y sociales masivamente.
Los “populistas” del siglo XXI, en contraste, surgidos a posteriori de la democratización de los ochenta y el movimiento de derechos humanos, se encontraron con un constitucionalismo liberal mucho más robusto. Al restringir esa esfera—y, por ejemplo, restringir los derechos de los opositores, los jueces independientes y los periodistas críticos—el llamado “populismo” de este siglo termina siendo profundamente autoritario, produciendo una especie de restauración estalinista. Si ello es así, tal vez convenga usar otro concepto.
La tensión intelectual en juego es el dilema del “mayoritarismo”. La democracia es un sistema que requiere la formación de mayorías, pero que opera sobre normas relativamente permanentes diseñadas para proteger a las minorías. Es esencial al constitucionalismo liberal que las personas tienen derechos fundamentales, y esos derechos están protegidos sólo si el uso del poder público está restringido a priori, o sea, dividido y limitado. Si el populismo original desconfiaba de estos principios, la izquierda bolivariana los combate deliberadamente. Es aquí donde Podemos entra en este esquema político e intelectual, de hecho, por compartirlo. Para ambos, bolivarianos y Podemos, el estado liberal es una argucia de los ricos, el capital financiero y la derecha. No es más que una ideología a desenmascarar.
Intelectualmente, la recreación perpetua y la exaltación romántica del momento plebiscitario original del populismo—siguiendo la noción de democracia radical de Laclau—emparenta a Podemos con los bolivarianos. También emparenta a ambos con Madison, pero en sentido negativo: expresan aquella noción de tiranía de la mayoría que tanto lo atormentaba. Con Laclau como umbral teórico básico, el hecho fundamental de cualquier sistema político mínimamente complejo—que las mayorías son por definición transitorias—permanece oculto. Ese dato solo se puede descubrir con la constitución liberal en la mano, herramienta que reserva derechos y garantías para proteger a las minorías, como quiera que esas minorías se definan, étnicas, religiosas, lingüísticas, o simplemente políticas.
El populismo original del siglo XX fue una fuerza democratizadora, a veces a pesar de sí mismo
Más aun, en nuestras sociedades crecientemente heterogéneas y diversas en lo económico, normativo y cultural, también es minoría un grupo que, independientemente de su número, sea perjudicado por una asignación desigual de recursos materiales—por ejemplo, los pobres o la fuerza laboral femenina—o por una distribución asimétrica del reconocimiento social—por ejemplo, los homosexuales y los discapacitados. Sin liberalismo, esas identidades se disuelven en un supuesto todo mayoritario, y los derechos de esos grupos terminan inevitablemente sin reconocimiento. Con Laclau como dogma, Milosevic podría haber hecho exactamente lo que hizo, la expresión de la pura voluntad de la mayoría en un excelso ritual plebiscitario.
No deja de ser irónico que un politólogo español devenido en político llegue a América Latina para legitimar el propio vocablo “populismo” y, más aun, para sugerir que adoptará algunos de esos rasgos. Habrá que ver que hace con el término una vez de regreso por Europa, donde ser populista quiere decir ser bastante xenófobo, racista y algo nostálgico del fascismo. Y de regreso también, que dirá Podemos cuando los periodistas—libres e independientes—le pregunten por los arrestos de opositores, la perpetuación en el poder y la persecución de periodistas críticos, entre otros hábitos de sus nuevos aliados internacionales.
O tal vez la etiqueta de populismo le convenga a Podemos para navegar las turbulentas aguas de la política de hoy, marcada por una derecha cada vez más xenófoba y anti-europea, y una sociedad cada vez más insatisfecha en un contexto de deterioro de los partidos políticos como agentes de representación, especialmente los partidos de izquierda. Podemos convertido en partido “atrapa todo” es una posibilidad que no se puede descartar a priori. Sería un saco con perros y gatos igualmente desdichados, pero a rio revuelto, para seguir con la metáfora zoológica, Podemos podría ser el pescador beneficiado.
No sería la primera vez que el anti-liberalismo se cruza de calle—de derecha a izquierda o de izquierda a derecha, de ida y de vuelta—sin siquiera ruborizarse. La palabra podemos es la conjugación de la primera persona del plural del verbo poder.


lunes, 7 de julio de 2014

ALGO MÁS QUE MATICES

La división del chavismo
Héctor E. Schamis  

Es la reunión preparatoria para el tercer congreso del Partido Socialista Unido de Venezuela. El evento tiene algo de secta religiosa. Maduro predica levantando su “biblia”, El libro azul de Chávez, el cual agita como trofeo para aparente regocijo de la militancia. Lo abre y recomienda capítulos. Invoca la sabiduría inagotable de su autor, constituido en deidad. Sitúa a los allí presentes en el periodo de su enfermedad y agonía, previo a su paso hacia la inmortalidad. Sin embargo, el relato no recrea una última cena, como podría pensarse, sino más bien la pedestre orden de Chávez mandándolo a estudiar la constitución. Para quien ya era un alto funcionario de gobierno, la anécdota—real o imaginaria—no deja de tener un cierto rasgo de candidez.
Eso para el agnóstico. En otro tiempo y lugar, un partido hegemónico usaría la ocasión para reforzar la homogeneidad ideológica, incrementar la cohesión entre los cuadros y anunciar líneas programáticas futuras. Pero ese es un lujo que este partido no puede darse. Necesitado, pero también acorralado, Maduro le dedicó más tiempo a los pecadores que a los santos, a los traidores más que a los leales. ¿No es mezquino—palabras más palabras menos, aseveró esa noche—que en este año 2014, plagado de conspiraciones y magnicidios, estos traidores ahora fomenten la fisura y la división en el movimiento revolucionario?
A fuerza de repetición de la misma frase, Maduro no hizo más que admitir y enfatizar su propia debilidad. El chavismo es tan frágil hoy que hasta la contrariada respuesta de un ministro caído en desgracia constituye una amenaza grave. De eso se trató la arenga partidaria. Es la historia de la remoción del ministro de planificación, Jorge Giordani, quien respondió a su destitución con una carta abierta criticando a Maduro por su incompetencia en el manejo de la economía y sus debilidades de liderazgo. A ello le siguió otra carta crítica y de apoyo a Giordani por parte de otro histórico del chavismo, Héctor Navarro, a posteriori suspendido de su cargo directivo en el partido oficial.
Así las cosas, son las grietas del propio chavismo las que van produciendo cambios políticos, y Venezuela se dirime entre varios escenarios. El primero es que el gobierno profundice la purga, eliminando a las voces disidentes y al mismo tiempo disuadiendo a posibles imitadores. El problema para Maduro es que para emprender una purga generalizada contra altos jerarcas del partido se requiere una gran concentración de poder político en sus manos, o una gran dosis de éxito económico.
O ambas, y Maduro hoy no posee ninguna. Su presidencia tiene un déficit congénito de autoridad y está en un proceso de desgaste desde febrero, con bajos niveles de aceptación en la sociedad. Su aliado más importante de hoy parecería ser Diosdado Cabello; su enemigo más temible, toda una definición. La economía, por su parte, no muestra signos de recuperación. Continúan la persistente inflación con estancamiento, la total ausencia de inversión privada y la carencia de bienes de primera necesidad.
Un segundo escenario, entonces, podría ser que Maduro no recupere la cohesión del otrora partido hegemónico, y que los disidentes se multipliquen, aumentando la fragmentación. Se propagarán las críticas y los desencantados, en tanto más voces del chavismo recogerán el dato más abrumador de la calle: que la aprobación de Maduro no pasa del 30 por ciento. Es que para el dogmatismo autoritario, del cual el chavismo es un ejemplo, es difícil entender que en política el pecado de la traición muchas veces se transforma en la virtud del pragmatismo.
Aquí se trata de un escenario de proto-transición, donde la oposición tiene la oportunidad de tender puentes con los chavistas decepcionados y arrepentidos y, otra vez, no hay indicios que ello esté ocurriendo. La historia de la democratización indica que no hay transición a menos que la elite del campo autoritario se divida. La conocida historia de los duros y los blandos, los halcones y las palomas, eso ya está sucediendo y abre la oportunidad del cambio político.
Estas “traiciones” evidencian que el PSUV está perdiendo su lugar de partido hegemónico, un lugar dado no solo por ganar elecciones sino fundamentalmente por ser el generador de la interpretación dominante de la realidad, es decir, la narrativa que relata el orden natural de las cosas. La transición entonces no será de un partido a otro, como en una democracia normal, ni de un régimen a otro, como en el colapso de una dictadura militar. La que viene es una lenta transición de hegemonías. Y esa parte, incierta y riesgosa, ni siquiera ha comenzado. La oposición democrática debe comenzar a trabajar en ello.

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