EL NACIONAL, Caracas, 02/04/1981.
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sábado, 11 de abril de 2020
domingo, 24 de noviembre de 2019
NOTICIERO RETROSPECTIVO
- Pedro Pablo Barnola. "Noto y anoto: Nueva luz sobre Miranda". El Nacional, Caracas, 02/04/1981.
- Julián Chela-Flores. "La nueva ciencia de la astrobiología en Iberoamérica". El Universal, Caracas, 19/09/98.
- Luis Loreto. "¿Un satélite de comunicaciones para la región andina?. Resumen, Caracas, nr. 335 del 13/04/80.
- Faitha Nahmens. "Jorge Rodríguez, duda razonable". Exceso, nr. 173 del 04/04.
- Alberto Eduardo Rengifo. "Eurobuilding: un monstruo desconocido". Punto, Caracas, 31/05/90.
Reproducción: Orlando Letelier y Diego Arria. Resumen, Caracas, nr. 45 del 15/09/1974.
- Julián Chela-Flores. "La nueva ciencia de la astrobiología en Iberoamérica". El Universal, Caracas, 19/09/98.
- Luis Loreto. "¿Un satélite de comunicaciones para la región andina?. Resumen, Caracas, nr. 335 del 13/04/80.
- Faitha Nahmens. "Jorge Rodríguez, duda razonable". Exceso, nr. 173 del 04/04.
- Alberto Eduardo Rengifo. "Eurobuilding: un monstruo desconocido". Punto, Caracas, 31/05/90.
Reproducción: Orlando Letelier y Diego Arria. Resumen, Caracas, nr. 45 del 15/09/1974.
sábado, 20 de abril de 2019
NOTICIERO RETROSPECTIVO
- Arturo Sosa A. "A Dios nadie lo ha vito nunca". Últimas Noticias, Caracas, 21/02/1982. Suplumento Cultural.
- Jano Granados y los 75 años de vida de Pastor Oropeza. El Nacional, Caracas, 12/10/76.
- Pascual Venegas Filardo. "Lección de los movimientos sísmicos". El Universal, Caracas, 04/08/87.
- Amable Sánchez Vivas. "¿Se convertirá el lago de Valencia en un nuevo infierno de Dante?". El Nacional, 26/10/65.
- Angel Grisanti y la ascendencia portuguesa de Miranda. El Universa, 07/05/78.
Reproducción: Encabezamiento de la columna de Guillermo José Schael. El Universal, Caracas, 06/01/1964. Ana Cecilia Lander, Gran Ferrocarril de Venezuela, Locomotora Gavilán, Museo del Transporte, Río Tuy, Ambiente, Colonia Tovar.
- Jano Granados y los 75 años de vida de Pastor Oropeza. El Nacional, Caracas, 12/10/76.
- Pascual Venegas Filardo. "Lección de los movimientos sísmicos". El Universal, Caracas, 04/08/87.
- Amable Sánchez Vivas. "¿Se convertirá el lago de Valencia en un nuevo infierno de Dante?". El Nacional, 26/10/65.
- Angel Grisanti y la ascendencia portuguesa de Miranda. El Universa, 07/05/78.
Reproducción: Encabezamiento de la columna de Guillermo José Schael. El Universal, Caracas, 06/01/1964. Ana Cecilia Lander, Gran Ferrocarril de Venezuela, Locomotora Gavilán, Museo del Transporte, Río Tuy, Ambiente, Colonia Tovar.
martes, 1 de mayo de 2018
CAZA DE CITAS
"A pesar de sus sesenta y tantos años, Miranda viaja de Caracas a Valencia reiteradas veces; instruye tropas, discute con los políticos, trata de que se organice la decaída hacienda de la Confederación, libra un trágico combate con todas las fuerzas oscuras que ya desatan un caos incontrolable"
Mariano Picón Salas
("Miranda", Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 2016: 230 s.)
Ilustración: Francisco de Miranda. Billiken, Caracas, nr. 2019 de 05/1955.
Breve nota: LB: Por suerte, Monte Ávila tiene los derechos sobre el importante títulos de varias décadas atrás. Lo poco que reedita la casa, quebrada por estos años, está en deuda con el pasado denostado.
Mariano Picón Salas
("Miranda", Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 2016: 230 s.)
Ilustración: Francisco de Miranda. Billiken, Caracas, nr. 2019 de 05/1955.
Breve nota: LB: Por suerte, Monte Ávila tiene los derechos sobre el importante títulos de varias décadas atrás. Lo poco que reedita la casa, quebrada por estos años, está en deuda con el pasado denostado.
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viernes, 12 de agosto de 2016
NOTICIERO RETROSPECTIVO
- José Nucete Sardi. "Miranda o el hombre que removió los cimientos de un imperio". El Nacional, Caracas, 14/08/1966.
- Reportaje sobre Miami. Élite, Caracas, nr. 1214 del 08/01/49.
- Ramón Escovar Salom. "La colaboración de clases y el desarrollo nacional". El Nacional, Caracas, 10/07/61.
- La casa de campo de Bolívar. El Universal, Caracas, 01/11/64.
Reproducción: Tomada de"Una aureola para Gómez" (III) de John Lavine. Élite, Caracas, nr. 1535 del 05/03/1955.
- Reportaje sobre Miami. Élite, Caracas, nr. 1214 del 08/01/49.
- Ramón Escovar Salom. "La colaboración de clases y el desarrollo nacional". El Nacional, Caracas, 10/07/61.
- La casa de campo de Bolívar. El Universal, Caracas, 01/11/64.
Reproducción: Tomada de"Una aureola para Gómez" (III) de John Lavine. Élite, Caracas, nr. 1535 del 05/03/1955.
domingo, 29 de noviembre de 2015
lunes, 23 de noviembre de 2015
NOTICIERO RETROSPECTIVO
- José Nucete-Sardi. "Miranda y el Cuatricentenario de Caracas". El Nacional, Caracas, 07/12/1965.
- Arturo Uslar Pietri. "Pizarrón: Liberales y Libertadores". El Nacional, 22/04/88.
- Jesús Bandres. "Valores guariqueños: El General Hipólito Rondón". El Universal, Caracas, 02/10/63.
- Carlos Edsel. "El sistema penitenciario visto por Miranda". El Nacional, 16/10/79.
Reproducción: Enríque Betancourt y Galíndez, según Beltrán. El Nacional, Caracas, 20/09/72.
- Arturo Uslar Pietri. "Pizarrón: Liberales y Libertadores". El Nacional, 22/04/88.
- Jesús Bandres. "Valores guariqueños: El General Hipólito Rondón". El Universal, Caracas, 02/10/63.
- Carlos Edsel. "El sistema penitenciario visto por Miranda". El Nacional, 16/10/79.
Reproducción: Enríque Betancourt y Galíndez, según Beltrán. El Nacional, Caracas, 20/09/72.
domingo, 8 de noviembre de 2015
CAZA DE CITAS
"En esa curiosa relación de amor y odio que Bolívar tuvo con su memoria, el fantasma del legado mirandino planeó, en efecto, como el del Banquo de Macbeth, por todos los actos del endiosado Libertador"
Xavier Reyes Matheus
("Miranda más liberal que libertador", Libros El Nacional, Caracas, 2014: 196)
Xavier Reyes Matheus
("Miranda más liberal que libertador", Libros El Nacional, Caracas, 2014: 196)
domingo, 26 de julio de 2015
CONSTATACIÓN

Luis Barragán
Nos animó personalmente
conocer la escultura de Johan González,
al finalizar el caraqueño bulevard de Sabana Grande: puede decirse que
estrechamos la mano de Armando Reverón, ícono cultural de múltiples usos para
el gobierno actual. Nos satisfizo el importante y merecido tributo, aunque nos
asaltaron inmediatamente las dudas sobre
la permanencia e integridad de una pieza desguarnecida, susceptible de
los actos recurrentes de vandalismo que retrata muy bien la desolación del
ciudadano que ha de vivir prisionero en su casa, realizar las puntuales e
inevitables diligencias de calle para
volver a la relativa seguridad del hogar.
Suponiéndola hecha de un noble
y resistente material, temimos menos por las lluvias inclementes o el choque de
un atrevido vehículo automotor que por la burla de un delincuente que
disfrutaría con la amputación de la obra. La inicial sospecha recayó sobre el
block de dibujo, toda una tentación para el zarpazo del hampón gozoso de una
ignorancia imperial que se duplica, pues, todavía no se entera que el pintor
también hizo este país que lo vio nacer y crió, negándole – por lo menos – un
cortés agradecimiento.
Nos ha molestado la
verborrea cultural o culturosa del régimen, pródigo en homenajes que resultan
excelentes maquinaciones propagandísticas y publicitarias, antes que un genuino
testimonio de reconocimiento compartido. Dos veces, por lo menos, desde que
conocimos esta versión de don Armando,
tronó su nombre en las sesiones plenarias de la Asamblea Nacional, en la que
prácticamente el gobierno se exhibió como su descubridor y redentor.
E, igualmente, nos irrita
que el hábito inducido y consolidado sea el de inhibirnos de salir de casa,
tener piezas artísticas en la vía pública dignas de admiración y refugio de
nuestras tensiones personales, así sea por un instante, severamente amenazados por la delincuencia.
Inhibición forzada porque la inseguridad se impone e importa más no pasear ni
recrearse y hasta contar con el deterioro trastocado en monumento, ausente toda
manifestación auténticamente cultural, antes de contar con una policía atenta,
confiable y eficaz, debidamente asalariada y socialmente protegida: a veces,
sospechamos que algunas de estas obras de permanencia incierta, frágiles y de
pronta caducidad, constituyen un burdo negocio para el decisor público o el burócrata
ornamentalizador que lo sabe y no le
importa su consistencia o duración.
Pasamos de vez en cuando a
saludar al marido de Juanita Carrizalez, anotando la preñez de toda la
precariedad que abunda en la ciudad. Nos atrevimos - en uno o dos años – a
ventilarlo con nuestro móvil celular, clickeándolo con rápidez inusitada: del
block partido llegamos a la reciente toma de un pintor ofendido, injuriado,
burlado, pues, despintándose, descubrimos que no lo sostiene una fuerte
aleación de metales y, amputado, que ha de rogar por el resto de unas
extremidades que le ayuden a trazar el cielo en el día y en la noche.
En otra ocasión y lugar, nos
enteramos de un contraste. Caminando hacia las oficinas administrativas del
parlamento, nos detuvimos por un momento al notar que el busto de Miranda, en
la avenida Universidad, recibía la cuidadosa atención de un señor que lo
escrutaba contra el sol. Nos aventuramos y empuñamos de nuevo la cámara del
celular hasta que decidimos acercarnos y conversar un poco con él: vela por
algunos bustos de la zona y, con detergente y trapo en mano, procura
mantenerlos limpios e intactos.
El señor nos dijo que labora
en la alcaldía de Caracas y, al bajar juntos hacia la esquina de Pajaritos,
aseguró que le tomó amor a su trabajo, a sabiendas que el prócer de la
Independencia o Billo Frómeta, la otra pieza a su cuidado en la esquina de
Padre Sierra, eran importantes para el país. Poco le importó nuestra condición
de diputado de la oposición, pues, ya desconfiaba de nuestras indagaciones, y
con naturalidad nos explicó lo difícil que es mantener esas obras,
contribuyendo más allá con su personal esfuerzo, como quizá no lo hacen otros
trapeadores o limpiadores de innegables y superiores méritos que el burócrata
ornamentalizador que las ordenó.
Sentimos una enorme tristeza
por don Armando, compensada por la satisfacción que concede don Francisco de
Miranda. O, mejor todavía, orgullo por el trapeador que inadvertidamente le da
continuidad a todo un país frente al burócrata ornamentalizador, gustoso del
oropel hasta con fines comerciales.
Fuente:
http://www.opinionynoticias.com/opinionnacional/23218-del-trapeador-cultural-y-del-burocrata-ornamentalizador
Fuente:
http://www.opinionynoticias.com/opinionnacional/23218-del-trapeador-cultural-y-del-burocrata-ornamentalizador
lunes, 29 de junio de 2015
PASAJE HISTÓRICO
Érase la plena independencia
Guido Sosola
Marcando una pauta continental, la independencia venezolana arrancó de la plenitud de la deliberación inicialmente municipal. Luego de los consabidos acontecimientos de 1810, creado el principal partido de propulsión, no otro que la Sociedad Patriótica, tuvimos un congreso constituyente.
Congreso que el 5 de julio de 1811 no sólo declaró la independencia plena, sino que parió una Constitución que, para su tiempo, fue expresión de una modernidad que llegaba con retraso. Carta ésta que, con el indebido anacronismo de siempre, fue tan mal juzgada por todos los que legítimamente, por ejemplo, aspiraban a la definitiva liquidación de la esclavitud, aunque señalaba el camino para hacerlo – por cierto – adelantándose quizás a los modos de producción.
El caso está en que ese Congreso reivindicó la deliberación de todos los sectores alfabetizados y semialfabetizados de la injusta sociedad de entonces, siguiendo el ritmo que la política – fundamento de la experiencia - reportaba con pasión. Prontamente, asomada la guerra que nos tragaría por completo, quedó pulverizada – por lo menos – en la dimensión que había alcanzado.
Un par de obras de Giovanni Meza Dorta, “Miranda y Bolívar. Dos visiones” (Bid&Co., Caracas, 2007) y “El olvido de los próceres. La filosofía constitucional de la Independencia y su distorsión producto del militarismo” (Jurídica Venezuela, Caracas, 2012), rompe el esquema. Lo que se vivió como extraordinaria y viva deliberación, concluirá como el apogeo de las irremediables dictaduras que, so pretexto de la guerra, molieron muchísimas e innovadoras posibilidades.
La pérdida de la Primera República supuso el sacrificio de toda la civilidad que aportó a su construcción, luego del golpe de Estado contra Francisco de Miranda. Los posteriores congresos constituyentes, algunos de ellos de dudosa representación y hasta de asistencia (o quórum), nunca supieron de la vivacidad de la polémica del parlamento de 1811 que también – motivo de celebración por el coraje de manifestarlo, aunque discrepemos – añadió la negativa de un diputado, procedente de La Grita para tamaña declaración, salvando Maya el voto.
Reproducción: Realizaciones del Ministerio de Obras Púlicas, sede de la Cancillería. Billiken, Caracas, nr. 76 del 21/05/1921.
Fuente: http://www.opinionynoticias.com/opinionnacional/23020-erase-la-plena-independencia
Guido Sosola
Marcando una pauta continental, la independencia venezolana arrancó de la plenitud de la deliberación inicialmente municipal. Luego de los consabidos acontecimientos de 1810, creado el principal partido de propulsión, no otro que la Sociedad Patriótica, tuvimos un congreso constituyente.
Congreso que el 5 de julio de 1811 no sólo declaró la independencia plena, sino que parió una Constitución que, para su tiempo, fue expresión de una modernidad que llegaba con retraso. Carta ésta que, con el indebido anacronismo de siempre, fue tan mal juzgada por todos los que legítimamente, por ejemplo, aspiraban a la definitiva liquidación de la esclavitud, aunque señalaba el camino para hacerlo – por cierto – adelantándose quizás a los modos de producción.
El caso está en que ese Congreso reivindicó la deliberación de todos los sectores alfabetizados y semialfabetizados de la injusta sociedad de entonces, siguiendo el ritmo que la política – fundamento de la experiencia - reportaba con pasión. Prontamente, asomada la guerra que nos tragaría por completo, quedó pulverizada – por lo menos – en la dimensión que había alcanzado.
Un par de obras de Giovanni Meza Dorta, “Miranda y Bolívar. Dos visiones” (Bid&Co., Caracas, 2007) y “El olvido de los próceres. La filosofía constitucional de la Independencia y su distorsión producto del militarismo” (Jurídica Venezuela, Caracas, 2012), rompe el esquema. Lo que se vivió como extraordinaria y viva deliberación, concluirá como el apogeo de las irremediables dictaduras que, so pretexto de la guerra, molieron muchísimas e innovadoras posibilidades.
La pérdida de la Primera República supuso el sacrificio de toda la civilidad que aportó a su construcción, luego del golpe de Estado contra Francisco de Miranda. Los posteriores congresos constituyentes, algunos de ellos de dudosa representación y hasta de asistencia (o quórum), nunca supieron de la vivacidad de la polémica del parlamento de 1811 que también – motivo de celebración por el coraje de manifestarlo, aunque discrepemos – añadió la negativa de un diputado, procedente de La Grita para tamaña declaración, salvando Maya el voto.
Reproducción: Realizaciones del Ministerio de Obras Púlicas, sede de la Cancillería. Billiken, Caracas, nr. 76 del 21/05/1921.
Fuente: http://www.opinionynoticias.com/opinionnacional/23020-erase-la-plena-independencia
sábado, 28 de marzo de 2015
BITÁCORA
Hace poco, recibimos un inusual mensaje de texto: "@MCEFM # OrgulloDeSerMirandino HOY # 28MARZO natalicio de Fco de Miranda Gran Procer, Precursor y Venezolano Universal por su legado y lucha, hoy reafirmamos nuestro compromiso con Venezuela, viva MIRANDA!Atte.@JonathanPatti". Inmediatamente, recodamos la ilustración recientemente escaneada y, por supuesto, la obra de Giovanni Meza Dorta ("Miranda y Bolívar. Dos visiones", Caracas, quien definitivamente nos puso en síntonía con el extraordinario venezolano. Huelga comentar sobre la autoría de los trazos.
LB
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domingo, 7 de diciembre de 2014
NO HAY MÁS PARADAS
El autobús ya se fue
Luis Barragán
En la sesión ordinaria del día 2 de los corrientes, según el hábito, la Asamblea Nacional fue escenario de otro apabullamiento que la oposición resiste y debe resistir con el estoicismo de sus mejores convicciones. La bancada oficialista presentó y aprobó un proyecto de Acuerdo relacionado con el paro petrolero de 2002, a objeto de darle continuidad al enfermizo libreto de su ya ahogada victimización.
Negándose a discutir los vitales problemas de la actualidad, empina cualquier fecha para propagandizar al mismo y único gobierno que tenemos por más de década y media. Desde la tribuna de oradores, el ponente no sólo extremó sus ya nada originales epítetos contra la oposición, por lo demás, presumiéndola intacta desde principios del presente siglo, sino que dejó otra vez constancia de una lectura anacrónica del asunto petrolero, como si estuviese inaugurando la célebre y lejana década de los sesenta.
El diputado Arcadio Montiel respondió desde su curul, ubicada en la profundidad del hemiciclo, incluso, intentando transmitir la vivencia de aquellos difíciles días que se conmemoran. No puede decirse de un vocero radical de la oposición, pues, suele también moderarse en sus discursos, por lo que la reacción de las huestes gubernamentales lució neciamente desproporcionada y, como muchísimas veces le tocó a la colega parlamentaria María Corina Machado y también a varios de los que hemos intervenido en la plenaria a contracorriente, lidió con la golosa indiferencia de la dirección de debates ante el grito ensordecedor de los palcos y de los diputados del gobierno.
Subrayemos tres notas recurrentes en la conducta oficialista: por una parte, la movilización nada espontánea de los trabajadores de PDVSA que, por una obvia obligación, al hacerle barra a sus parlamentarios, convierten la estridencia en la mejor credencial de lealtad. Ocupan el balcón de invitados, cuya administración monopoliza la directiva de la Asamblea Nacional, y – después de cumplido el objeto de la visita – se retiran ordenadamente, pues, el siguiente Orden del Día no ameritará de sus gritos u otros lo relevarán de acuerdo a un específico motivo necesario de difundir a través de ANTV.
Frecuente la sopesada, serena y punzante argumentación de los opositores, por otra, no hay contrarréplica que pueda llamarse tal, ya que el escaso ingenio del vocero oficial trepa el terreno pantanoso de la descalificación personal y, como ha ocurrido, arrastra o intenta arrastrar al resto de su bancada para corear gruesas interjecciones. Empero, como ya no basta, las barras requeridas, obsequiadas con café y el saludo a distancia de los augustos dirigentes que tiene apenas la ocasión de ver cercanamente, cumplen - con el rigor de sus quincenas - el deleznable cometido de apabullar la palabra, la razón, la sobriedad y la paciencia de quienes la contradicen corajudamente.
Finalmente, esta movilización selecta de apabulladores es con nómina en mano, porque – absolutamente democratizada la inseguridad personal, la pobreza, el desempleo – jamás será espontánea y, menos, reflejará aquél antiguo e ingenuo entusiasmo que generó el extinto presidente. Revisando por estos días a Giovanni Meza, por casualidad hallamos una fotografía en la que el autobús de Chávez Frías inexorablemente se fue ante la vista de Francisco de Miranda, alcanzada otra significación por la sede parlamentaria que ocupa la escena.
Fuente:
http://www.noticierodigital.com/2014/12/el-autobus-ya-se-fue/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=1064138
Fotografía: Irremediable ida, bajo la mirada de Francisco de Miranda, teniendo por fondo el Palacio Legislativo. Caracas, 30/11/2012.
Breve video: Apabullamiento en la sesión de la Asamblea Nacional, Caracas, 02/12/14.
viernes, 29 de agosto de 2014
IMPERDIBLE
La primera vez que lo leímos, nos
impresionó. Se agotó por entonces y, por suerte, nos lo prestaron. Hace poco,
lo conseguimos a Bs. 50,oo en el remate del puente de las Fuerzas Armadas. E,
inevitable, reconfirmar la calidad del trabajo de Giovanni Meza Dorta. El libro
(Bid&Co, Caracas, 2007), bien escrito, muestra la enorme capacidad de
síntesis del autor. Comparado con otros que sienten la tentación de una
exposición prolongada, frecuentemente innecesaria, Meza Dorta va al grano. Lo
mejor es que conoce las fuentes y, sobre todo, los archivos mirandinos. Es
capaz de la refutación puntual y precisa, sin rodeos. Y, como un sabueso
policial, elabora y despeja hipótesis que apelan, incluso, a los silencios y
omisiones de los testigos de la época, para alumbrar el camino.
Los capítulos iniciales aportan
una perspectiva profunda del pensamiento
político de Miranda, enfatizando el aspecto constitucional. Ciertamente,
precursor de ideas que después resultaron distorsionadas en provecho de las
circunstancias. Indaga la eficaz red mirandina, en tiempos impensables para el
Twitter que hoy dice solventar todo, por ejemplo. Y, al colocarlo en los días
inaugurales de la Independencia, desmonta convincentemente el mito de la “patria
boba”. Avanza para darnos noticias de la aprehensión de La Guaira y nos pone,
finalmente, en la senda del golpe de Estado que, por cierto, se llevó a la
generación que soñó, pensó y declaró la Independencia, nada más y nada menos. Veinte documentos que anexa, ratifican y
prueban sus hipótesis. Por ello, lo creemos un libro imperdible.
LB
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domingo, 9 de febrero de 2014
CAZA DE CITAS
"La
necesidad obligará a Miranda a rodearse de oficiales con cuya
competencia y fidelidad creía poder contar, prefiriéndolos a los
criollos salidos en su mayor parte de las clases elevadas de la capital
que lo combatían ferozmente, o del pueblo que le tenía a él mismo por
extranjero e, injustamente, por jacobino enemigo de la religión. La
carrera del gran patriota entra entonces en su período final, iniciado
con un error trágico"
Caracciolo Parra Pérez
("Historia de la Primera República de Venezuela", Biblioteca Ayacucho/BCV, Caracas, 2011: 438)
Fotografía: http://albaciudad.org/wp/wp-content/uploads/2013/03/Francisco-de-Miranda-en-el-Leander.jpg
Caracciolo Parra Pérez
("Historia de la Primera República de Venezuela", Biblioteca Ayacucho/BCV, Caracas, 2011: 438)
Fotografía: http://albaciudad.org/wp/wp-content/uploads/2013/03/Francisco-de-Miranda-en-el-Leander.jpg
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CUADERNO DE BITÁCORA
El texto de Fernando Falcón relacionado con la formación militar de Francisco de Miranda (http://lbarragan.blogspot.com/2014/02/del-mito-mirandino.html), igualmente suscitó un rápido interés por la interpretación plástica que el caraqueño ha generado. Por cierto, si se quiere escasa al recordar el poderoso ícono creado por Arturo Michelena. Filmografía aparte, contamos con una inconmovible versión escolar que lo reduce a la prisión de La Carraca, prevenidos frente a cualquier gesto de audacia artística.
Es - todavía - el gran desconocido, propenso a las redes propagandísticas del régimen actual, a pesar de una circunstancia que lo favoreció décadas atrás: la edición de sus Obras Completas que engalanó más de una biblioteca familiar, ya que - hasta hace algunos años atrás - podían conseguirse varios volúmenes en los conocidos remates de libros caraqueños. Seguramente, fue generoso el tiraje de los tomos muy sencillos.
Miranda es el de La Carraca y, a lo sumo, el gran conqistador de hermosas mujeres de la nobleza, varias poderosas de las que se también se aprovechó, si no interpretamos mal la opinión que merece más allá de su prisión. Poco se dice de las dificultades que afrontó al iniciarse la Primera República, añadidas las traiciones que lo condujeron al fracaso o al definitivo calabozo.
Halladas todas la red de redes, la primera gráfica fue tomada en la Isla de Margarita, siendo amordazado; la segunda, es un divertimento que se basa en la imagen de la actriz venezolana Chiquinquirá Delgado; la tercera y cuarta, pertenecen a una serie de Pedro Morales; y, la quinta, es de Nelson Garrido: "Miralda en la Carraca". Hubo una vez que se nos ocurrió, en el blog o en la cuenta de Facebook, invertir horizontalmente el consabido Miranda de Michelena, y alguien protestó por el irrespeto.
LB
Es - todavía - el gran desconocido, propenso a las redes propagandísticas del régimen actual, a pesar de una circunstancia que lo favoreció décadas atrás: la edición de sus Obras Completas que engalanó más de una biblioteca familiar, ya que - hasta hace algunos años atrás - podían conseguirse varios volúmenes en los conocidos remates de libros caraqueños. Seguramente, fue generoso el tiraje de los tomos muy sencillos.
Miranda es el de La Carraca y, a lo sumo, el gran conqistador de hermosas mujeres de la nobleza, varias poderosas de las que se también se aprovechó, si no interpretamos mal la opinión que merece más allá de su prisión. Poco se dice de las dificultades que afrontó al iniciarse la Primera República, añadidas las traiciones que lo condujeron al fracaso o al definitivo calabozo.
Halladas todas la red de redes, la primera gráfica fue tomada en la Isla de Margarita, siendo amordazado; la segunda, es un divertimento que se basa en la imagen de la actriz venezolana Chiquinquirá Delgado; la tercera y cuarta, pertenecen a una serie de Pedro Morales; y, la quinta, es de Nelson Garrido: "Miralda en la Carraca". Hubo una vez que se nos ocurrió, en el blog o en la cuenta de Facebook, invertir horizontalmente el consabido Miranda de Michelena, y alguien protestó por el irrespeto.
LB
DEL MITO MIRANDINO
Politeia v.30 n.38 Caracas jun. 2007
La influencia de la formación militar de Francisco de Miranda en su actuación político-militar en Venezuela (1811-1812)
Fernando Falcón
Introducción
El pensamiento político está dotado de una lógica interna mediante la cual la toma de partido por determinadas premisas induce a la adopción de conclusiones congruentes con aquéllas y/o viceversa. En este sentido, es indubitable la relación entre determinadas premisas políticas y sus respectivas conclusiones de carácter militar, cuando se trata de hacer frente a problemas tales como la supervivencia del Estado, las relaciones internacionales, la violencia política y la guerra.
En todo pensamiento político subyace una determinada concepción de la violencia política y de la guerra como su forma más extrema. De igual manera, en todos los niveles del pensamiento militar subyace una determinada idea de la política, fundamentalmente aquella que relaciona la misma con el conflicto (Liddell-Hart,1932). Para la época de formación y actuación de Francisco de Miranda, la estructura de defensa de un Estado, de conformidad con las lecturas ilustradas de finales del siglo XVIII, se desarrollaba como corolario a la organización del Estado. En efecto, Paul Du Chastelet en su Politique militaire ou traite de la guerre (1756) abordaba el problema de la guerra y sus formas en dependencia directa con la estructura del Estado. Henry Lloyd (1777), glosando a Montesquieu en el área militar, establecería las relaciones existentes entre formas políticas y la teoría de la guerra en su Filosofía de la guerra. Guibert en el Essai generale de tactique (1772) plantearía la cuestión en términos que implicaban la necesaria transformación del Estado para llevar a cabo una transformación radical en el Ejército y la Armada.
Del mismo modo, como lo ha demostrado J.A. Pocock (1985) en el campo de la historia intelectual, todo texto de carácter militar puede concebirse como inmerso en un paradigma que crea contextos de significado a las palabras (1985:1-26). La adopción de determinado modelo militar, ya sea político-estratégico, táctico-operacional u organizativo implica en sí mismo un paradigma dentro del cual se mueven los ejércitos y como tal condiciona el pensamiento y el lenguaje. (Fuller, 1979; Boudet, 1967). Desde esa perspectiva, la historia del pensamiento político-militar puede ser definida como "una historia de cambio en el empleo de paradigmas, la exploración de paradigmas y el uso de paradigmas para explorar paradigmas" (Pocock, 1972:23). Siendo Miranda producto de una determinada formación intelectual en el campo político-militar, los aspectos más creativos y originales de su visión en dicho campo deben entenderse como una serie de reacciones y/o adaptaciones basadas en el cuerpo de creencias que heredó y a los que básicamente continuó adhiriéndose. Estas consideraciones jalonan el desarrollo del presente trabajo.
A tales efectos, el propósito de esta contribución es analizar la trayectoria militar de Francisco de Miranda entre 1811 y 1812, fechas de su actuación militar en Venezuela durante la llamada "Primera República". Para el logro de este objetivo dividiremos la presente ponencia en tres partes: en la primera presentaremos el ambiente intelectual militar en que se desarrolla la carrera militar de Francisco de Miranda y los cambios y tendencias prevalecientes en la actividad castrense durante esa época. Una segunda parte estará destinada a describir y analizar la formación y la actuación militar de Miranda, y la tercera parte estará destinada a explicar los factores que incidieron en su actuación pública en Venezuela durante la Primera República. Finalmente, enuncio las conclusiones correspondientes.
La formación militar de Francisco de Miranda en el campo de la práctica, con anterioridad a su actuación militar en Venezuela, puede circunscribirse a tres grandes momentos previos: su proceso de inicio en la vida militar, su experiencia en la Guerra de Independencia de Estados Unidos, y su actuación militar como comandante de Grandes Unidades de Combate durante las guerras de la Revolución Francesa.
La formación militar de Miranda se inicia con un acontecimiento que si hoy pudiera parecernos desusado, no era tal cosa en la Europa del siglo XVIII. Para la época, la formación normal militar empezaba a temprana edad, entre los 10 y los 16 años, mediante el servicio como cadete en una unidad de Infantería o caballería durante un lapso entre año y medio y dos años, luego de los cuales se ascendía a subteniente o alférez. Para el caso de las llamadas armas facultativas (Artillería e Ingeniería), los cadetes estudiaban dos años en institutos especiales de formación (en España, el de Segovia), los cuales dieron origen a las modernas academias militares. Debe notarse, entonces, que Miranda careció de ese tipo de formación básica.
El futuro precursor compraría en la Corte su grado de Capitán en el Regimiento de Infantería de La Princesa y como tal iniciaría sus actividades militares en las posesiones españolas del norte de África. Participa luego en la defensa de Melilla (1774-1775) contra las fuerzas del Sultán de Marruecos y en la expedición española contra Argel (1775). Allí combatirá contra un enemigo inusual para la época, que cree en el sacrificio de la propia persona en interés de la causa mayor, la religión, y allí asimismo dará la primera prueba de su independencia de criterio, al presentar a sus superiores jerárquicos un plan para romper el sitio que sufrían las tropas españolas y batir al enemigo a campo raso. Esta iniciativa, así como las críticas que expresó sobre la conducción de la expedición a Argel, le granjearon la malquerencia de algunos superiores, en especial del propio comandante de dicha expedición, el mismísimo Conde de O?Reilly.
La mayoría de los biógrafos de Miranda, por no decir todos, se limitan a relatar este incidente como muestra de la gran cantidad de vicisitudes por las que hubo de pasar el futuro precursor. No obstante, nos resulta necesario referirnos a las características del hombre a quien se enfrentó Miranda durante esa época. Alejandro O?Reilly, irlandés al servicio de España, inició el proceso de adaptación de las enseñanzas de las últimas guerras europeas al carácter, idiosincrasia y organización del Ejército de Carlos III. O?Reilly, luego de estudiar convenientemente las organizaciones militares prevalecientes en Austria, Prusia y Francia, recomendó la adopción de la táctica prusiana, lo que implicaba una modificación en la estructura regimental adoptada por Felipe V, para sustituir el antiguo Tercio.
En 1764 finaliza la misión reformadora de O?Reilly, mediante el establecimiento de un sistema de Unidades de Milicia de Infantería, Caballería y Dragones y la promulgación del Reglamento de Milicias de la Isla de Cuba, del 15 de junio de 1764, en donde se dictan las pautas del primer modelo reformista llevado a cabo en territorio americano en materia militar, modelo que se extenderá paulatinamente en el mismo. En 1765 es adoptado en Puerto Rico, hacia 1768 en Venezuela y en el decenio posterior a 1770 en Louisiana, Florida, Nueva Granada, Perú, Quito, Guayaquil, Buenos Aires, Santiago y Paraguay. Es considerado el artífice de la modernización militar llevada a cabo por Carlos III. Tal era la influencia y el hombre con el que se malquistase Miranda.
Un poco después, ya transferido a una nueva unidad táctica, la cual es enviada a La Habana, le permitirá en 1781 acompañar a las tropas españolas que refuerzan el sitio puesto por el general Bernardo de Gálvez a la plaza de Pensacola, ocupada por los ingleses en la Florida occidental. Pese a que su conducta en la toma y capitulación de esa Plaza Fuerte en mayo de 1781 le vale ser ascendido a teniente coronel, el elemento más importante de esa etapa de su formación es el contacto con la nueva forma de hacer la guerra que comenzaba a vislumbrarse hacia el futuro, la guerra hecha por ciudadanos armados contra ejércitos profesionales organizados, en la cual estos últimos saldrían ignominiosamente derrotados. En efecto, las victorias de Saratoga, Yorktown y Pensacola abrirán un camino que más adelante vería Miranda repetirse en el continente europeo.
Su experiencia en Francia será mucho más esclarecedora para comprender el pensamiento militar mirandino. Poco después de ingresar como Mariscal de Campo (general de división) al servicio de la Revolución Francesa, Miranda será actor y testigo de una de las batallas más decisivas del hemisferio occidental, por cuanto traza, sin dudas, la línea divisoria, desde el punto de vista práctico de las dos grandes tendencias teóricas en pugna desde mediados del siglo XVIII ( Wanty, 1967; Schnneider, 1964; Parra-Pérez, 1966). Me refiero a la batalla, o duelo artillero como algunos le llaman, que ocurriría en las cercanías de la población de Valmy (en la frontera franco-belga actual) el 20 de septiembre de 1792.
En este hecho de armas, donde a Miranda le corresponde comandar las tropas del ala derecha, se presentarán ante sus ojos dos acontecimientos de naturaleza insólita que contrastaban con el corpus de su formación militar. En primer lugar, que un ejército sin uniformes, disciplina, carentes de instrucción táctica y mal armados pudiesen derrotar a la máquina militar más letal de Europa, el ejército prusiano, formado bajo el molde de Federico II. No sería Miranda el único testigo notable de este hecho. Junto a él, comandando unidades de tamaño compañía, batallón y brigada se hallaban Jourdan, Lecourde, Oudinot, Victor, Mc Donald, Davout, Saint Cyr, Mortier, Soult, Leclerc, Lannes, Massena, Berthier (quien estuvo en Venezuela en 1783), Suchet, La Harpe, Bessières y Kellermann, todos ellos futuros mariscales de Napoleón (Fuller, 1979:II, 395).
Pero el segundo hecho notorio, tanto de la acción en sí de Valmy como de las parciales y preparatorias acciones de Morthomme y de Briquenay, lo constituían la indisciplina y niveles alarmantes de deserción de las tropas que comandaba, situación sólo corregida por Miranda debido a su energía y carácter como comandante de tropas (Jomini, 1818:7; Fuller, 1979).
Esta situación se repetiría a lo largo de su carrera militar al servicio de Francia. En efecto, en las batallas campales en que Miranda tuvo participación directa, tanto la deserción como la desbandada y desorden de las tropas ante los primeros ataques del enemigo, ocasionaron situaciones de derrota o retirada en Maastrich (donde se vio obligado a levantar el sitio) y Neerwinden, donde la dispersión de las tropas francesas ocasionara la ruptura de la línea y con ello la derrota general.
En cambio, en aquellas ocasiones en las que Miranda deba comandar sitios a fortalezas y ciudades aplicando todas las reglas del arte militar prerrevolucionario, como su vieja experiencia de Pensacola o el exitoso sitio de Amberes, la victoria siempre estará de su lado. De modo que la guerra de fortificaciones y los sitios en regla se convertirán para Miranda en la forma más conveniente de hacer la guerra debido, en primer lugar, a su formación teórica y, en segundo lugar, porque de su experiencia francesa recibiría pruebas incontestables ad nauseam, que el arte militar preconizado por Lloyd y Guibert y puesto en práctica por el ejército de la revolución conllevaba en sí mismo el germen de la indisciplina y la anarquía. Así, para diciembre de 1810, fecha de su retorno a Venezuela, sus convicciones y formación sobre ese particular estarían lo suficientemente cimentadas como para determinar su actuación militar durante la llamada Primera República.
La actuación militar de Miranda en Venezuela
Al proclamarse la Independencia en julio de 1811, casi inmediatamente se produce la insurrección de Valencia, que en primera instancia el gobierno de la Confederación pretende combatir sólo con tropas de milicias de la zona (Caracas y valles de Aragua) al mando de los hermanos Rodríguez del Toro, Francisco como Comandante titular y Fernando en su condición de Inspector de Milicias de la provincia.
De conformidad con la organización adoptada, por otra parte muy similar a la adoptada en la expedición a Coro unos meses atrás, la expedición a Valencia pretendía que la sola presencia de las tropas de la Confederación causaría el arrepentimiento y sumisión de los insurrectos. El resultado fue la adopción por parte de los insurrectos de una defensa de reductos dentro de los límites de la ciudad y cubriendo las principales vías de aproximación, lo que terminó paralizando la ofensiva de la Confederación, ocasionando el reemplazo del Marqués del Toro por Francisco de Miranda en el comando de las tropas (Baralt, 1939:I, 112-126).
Al reemprender la ofensiva sobre Valencia, el ejército al mando de Miranda adopta para el logro de sus objetivos las reglas del asedio a la Plaza y la toma de sitios o reductos de manera paulatina a fin de forzar al enemigo a capitular, es decir, una maniobra típica del pensamiento militar anterior a 1760 (Vauban, 1740; Nicolás de Castro, 1760/1953).
El resultado de las disposiciones tácticas de Miranda fue la prolongación del sitio durante más de quince días sin obtener resultados positivos, por lo que no le quedó al futuro Generalísimo otro expediente, previa celebración de una Junta de Guerra, que ordenar un muy "republicano y revolucionario" asalto a la bayoneta sobre las posiciones fortificadas de los insurrectos. El ataque, si bien exitoso, ocasionó que más de la cuarta parte del ejército de la Confederación resultase muerto o herido, estimándose entre 500 y 700 muertos y entre 700 y 1.500 heridos sobre una base total de 5.000 hombres, que conformaban el Ejército Expedicionario (Baralt, 1939:90-92).
El nombramiento de Miranda como Generalísimo, por defección del Marqués del Toro, quien rechazó la designación en abril de 1812, y las sucesivas disposiciones que en materia militar hizo ejecutar, no hicieron más que profundizar la brecha existente entre las dos formas de conducir la guerra, la tradicional, encarnada por Miranda, y la moderna a la que se acogían la mayoría de los comandantes de unidades que servían a sus órdenes.
En efecto, cuando revisamos la formación intelectual de la época y disponible a la mayoría de los comandantes de unidades tácticas (batallones y escuadrones) del ejército de línea o las milicias de la Confederación en el campo militar, observamos que la mayoría de sus lecturas se referían al período comprendido entre Federico II y la Revolución Francesa, es decir, la época de Guibert y Lloyd, mientras que las lecturas de Miranda pudiéramos ubicarlas en el período anterior, es decir, el comprendido entre los escritos de Montecuccoli y Federico II. Sin que esto implique la adscripción estricta a determinada concepción en el campo militar, el tipo de lectura nos permite analizar la formación de una persona en determinado campo del conocimiento humano.
Así, al analizar la formación de Miranda encontramos que cuanto más se discutía en relación con los sistemas modernos de ataque y defensa, según uno de sus contemporáneos, el precursor, "tanto más se encontraba en oposición con el género de nuestros generales modernos que ganaban batallas y tomaban ciudades separándose de las reglas con las cuales los Turenne, los Condé, los Catinat y tantos héroes franceses y extranjeros habían sabido encadenar la fortuna y asegurar la victoria... Creo que Miranda no habría consentido en ganar una batalla, en tomar una ciudad contra las reglas del arte..." (Champagneaux, s.d.:494). En otras palabras, para Miranda, el arte de la guerra tal como se llevaba a cabo desde 1792, no sólo era ineficaz, sino que conllevaba el germen de la anarquía y la indisciplina. Para los oficiales de la Confederación, en especial a los pertenecientes a la llamada Sociedad Patriótica de tendencia jacobina, el arte militar posguibertiano era el más a propósito para desarrollar las virtudes del republicanismo revolucionario (Serviez, 1832:13-24).
Tales desavenencias, entonces, más allá de lo personal, estaban directamente relacionadas con dos concepciones de la guerra en pugna, tanto desde el punto de vista teórico como en relación con su aplicación práctica en los campos de batalla no sólo en Venezuela, sino también en la Europa de entonces. Mal podían oficiales como Bolívar, Montilla, Ribas, Chatillón, Mc Gregor o Du Caylá, formados intelectualmente bajo Saxe, Guibert y Lloyd, estar de acuerdo con su General, que hacía instruir a los reclutas a la prusiana y recomendaba a los oficiales que leyeran Montecuccoli, Vauban, Feuquieres y Du Puget (Mancini, 1910:377).
De allí, del conflicto entre esos dos modos de vida militares partirán las desavenencias que a posteriori lograrán que el papel de Miranda como jefe militar en Venezuela termine siendo objeto de las mayores polémicas historiográficas.
Distintas razones se han esgrimido para explicar las causas del fracaso de Miranda en el plano militar durante el ejercicio de sus funciones de Generalísimo en la Primera República.
Miranda asume el mando del ejército el 1º de mayo de 1812 y emprende la marcha hacia la zona de operaciones, Valencia y valles de Aragua, enviando destacamentos de avanzada sobre San Juan de los Morros, San Carlos y San Felipe, probables vías de aproximación del enemigo. La organización adoptada por el ejército consistía en dos batallones de infantería de línea (de los tres del ejército veterano aprobado por el Plan de Organización de septiembre de 1810), los tres batallones de milicias de blancos de Caracas, los tres batallones de milicias de los pueblos circunvecinos (El Hatillo, El Valle y Petare) (Falcón, 2006:128-132), un batallón de Zapadores ( Ingenieros de Combate), otro de artillería, dos escuadrones de caballería, una representación de los agricultores de Caracas, organizados en una compañía de infantería y un escuadrón de caballería. Completaba la organización un grupo de extranjeros, mayormente franceses e ingleses, agrupados en una unidad independiente de tamaño inferior a la compañía. En otras palabras, Miranda se hace cargo de un ejército de, aproximadamente, 6.000 hombres, el más grande que hubiese operado para la fecha en el territorio de la antigua Capitanía General. (Para el cálculo del número de efectivos del ejército de la dictadura de Miranda, nos basamos en el Plan de Organización de 1810, a razón de 500 hombres para cada batallón de infantería y 150 hombres por escuadrón de caballería. El Batallón de Zapadores lo calculamos como medio batallón de infantería y las unidades de artillería a razón de ocho individuos por pieza.)
Aunque no se dispone de documentación militar sobre los acontecimientos del período, es posible reconstruir el concepto central de la operación militar. Debido a que Monteverde avanzaba hacia el corazón de la provincia de Caracas, con un ejército constituido principalmente por tropas colecticias y cuya base fundamental de combate tenía que basarse en el choque, debido a la falta de municiones y de tiempo para la instrucción del personal, Miranda establece una línea de operaciones destinada a la creación de líneas de fortificación que pudiesen detener la ofensiva enemiga, a fin de desgastar a las tropas de Coro y pasar luego a la contraofensiva destruyendo al adversario impedido de recibir refuerzos por su lejanía con la base de operaciones, todo ello muy de conformidad con los cánones de la guerra de mediados del siglo XVIII.
Para que pudiese llevarse a efecto este plan, hacía falta la posibilidad de controlar la llave de Puerto Cabello a fin de reforzar a la guarnición de Valencia, emprender operaciones ulteriores sobre la línea San Felipe-Barquisimeto-Coro o bien reforzar eventualmente cualquier avance del grueso del ejército sobre San Carlos o Barquisimeto. Así las cosas, se necesitaba en Puerto Cabello un comandante militar amigo de la ofensiva táctica y no un especialista en fortificación o defensa, lo que a nuestro modo de ver explicaría suficientemente el nombramiento de Simón Bolívar como comandante de la plaza de Puerto Cabello como una de las primeras medidas militares tomadas por Miranda (Austria, 1960:I, 298).
Las operaciones realizadas desde la aproximación a Valencia vía Caracas-Valles de Aragua-Guacara, el posterior repliegue y fortificación de La Cabrera, el establecimiento de Maracay como base de operaciones y la ulterior retirada a La Victoria, donde establecería una posición defensiva basada en artillería de alto calibre y fortificaciones de campaña, nos enseñan un Francisco de Miranda practicando el arte militar anterior a los cambios producidos por las revoluciones norteamericana y francesa, lo que en una guerra donde la opinión pública y las victorias en el campo de batalla, así como la ocupación de ciudades a fin de someter a la población a los dictados del régimen que defendía, tenía que implicar forzosamente, dada la formación intelectual militar de sus cuadros, la posibilidad de una conspiración interna para sustituir al mando principal del ejército, como en efecto ocurrió.
Es en este contexto que debe, a nuestro modo de ver, analizarse la conspiración de La Victoria para prender a Miranda y resignar el mando en una junta de jefes de batallón (Austria, 1960:I, 331-333) y el posterior arresto del precursor, luego de la Capitulación de San Mateo, por parte de oficiales descontentos y su entrega a Monteverde, lo que pone, cronológicamente hablando, punto final a la existencia de la Primera República venezolana.
Es fácil darse cuenta de que la concepción militar predominante, basada en el sistema de milicias propio de la tradición española y del lenguaje y la práctica política de la sociedad comercial, no era precisamente la más adecuada para hacer frente a los desafíos de una agresión exterior, que provenía del mismo seno de la Confederación y que, además, por la naturaleza de la estructura militar adoptada, resultaba el menos apropiado para ser adaptado a las medidas enérgicas y eficaces de una dictadura.
El fracaso del generalísimo Miranda, al ser leído desde esta óptica, presenta nuevas perspectivas. Miranda era un dictador republicano a la antigua con un ejército vertebrado en milicias a la manera de la sociedad comercial: un general que intentaba aplicar, dado su cargo, medidas a la romana en una sociedad cuyo edificio militar se calcaba en un modelo norteamericano con una tradición colonial española, utilizando para ello concepciones militares previas a la adopción de los preceptos teóricos del republicanismo militar, tanto liberal como clásico.
Conclusiones
La organización adoptada por Miranda durante su gestión como Generalísimo de la Confederación se basaba en un modelo similar a la antigua dictadura republicana, pero con un ejército vertebrado en milicias a la manera de la sociedad comercial. Esta peculiar organización trajo como consecuencia inmediata que al intentar aplicar, dado su cargo, medidas propias del republicanismo clásico en una sociedad cuyo edificio militar se calcaba en un modelo norteamericano y, además, con una tradición militar propia del antiguo régimen español, sus medidas se vieran paralizadas por la propia inoperatividad del modelo y la resistencia de los cuadros de mando, formados por las nuevas técnicas adoptadas mundialmente por los ejércitos entre 1760 y 1810.
En este sentido, el mito de Miranda como un incomprendido y sabio militar que fracasa ante la imposibilidad de hacer adoptar la disciplina europea a unas tropas colecticias y mal dirigidas, carece de veracidad y debe revisarse. Miranda, como hemos demostrado en el presente trabajo, intentó aplicar en Venezuela un pensamiento y una táctica militar que para 1812 se encontraban completamente superadas en el plano militar mundial. Paradójicamente, sus cuadros de mando estaban mejor informados sobre los cambios ocurridos en el mundo militar y ello, por supuesto, derivó en tensiones y desencuentros que terminaron paralizando la maquinaria bélica de la confederación venezolana y dieron al traste con el experimento republicano que se iniciaba en Venezuela.
Bibliografía
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http://www2.scielo.org.ve/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0303-97572007000100010&nrm=iso
Reproducciones: Estampilla postal aparte, la pieza es de Iván Candeo.
La influencia de la formación militar de Francisco de Miranda en su actuación político-militar en Venezuela (1811-1812)
Fernando Falcón
Introducción
El pensamiento político está dotado de una lógica interna mediante la cual la toma de partido por determinadas premisas induce a la adopción de conclusiones congruentes con aquéllas y/o viceversa. En este sentido, es indubitable la relación entre determinadas premisas políticas y sus respectivas conclusiones de carácter militar, cuando se trata de hacer frente a problemas tales como la supervivencia del Estado, las relaciones internacionales, la violencia política y la guerra.
En todo pensamiento político subyace una determinada concepción de la violencia política y de la guerra como su forma más extrema. De igual manera, en todos los niveles del pensamiento militar subyace una determinada idea de la política, fundamentalmente aquella que relaciona la misma con el conflicto (Liddell-Hart,1932). Para la época de formación y actuación de Francisco de Miranda, la estructura de defensa de un Estado, de conformidad con las lecturas ilustradas de finales del siglo XVIII, se desarrollaba como corolario a la organización del Estado. En efecto, Paul Du Chastelet en su Politique militaire ou traite de la guerre (1756) abordaba el problema de la guerra y sus formas en dependencia directa con la estructura del Estado. Henry Lloyd (1777), glosando a Montesquieu en el área militar, establecería las relaciones existentes entre formas políticas y la teoría de la guerra en su Filosofía de la guerra. Guibert en el Essai generale de tactique (1772) plantearía la cuestión en términos que implicaban la necesaria transformación del Estado para llevar a cabo una transformación radical en el Ejército y la Armada.
Del mismo modo, como lo ha demostrado J.A. Pocock (1985) en el campo de la historia intelectual, todo texto de carácter militar puede concebirse como inmerso en un paradigma que crea contextos de significado a las palabras (1985:1-26). La adopción de determinado modelo militar, ya sea político-estratégico, táctico-operacional u organizativo implica en sí mismo un paradigma dentro del cual se mueven los ejércitos y como tal condiciona el pensamiento y el lenguaje. (Fuller, 1979; Boudet, 1967). Desde esa perspectiva, la historia del pensamiento político-militar puede ser definida como "una historia de cambio en el empleo de paradigmas, la exploración de paradigmas y el uso de paradigmas para explorar paradigmas" (Pocock, 1972:23). Siendo Miranda producto de una determinada formación intelectual en el campo político-militar, los aspectos más creativos y originales de su visión en dicho campo deben entenderse como una serie de reacciones y/o adaptaciones basadas en el cuerpo de creencias que heredó y a los que básicamente continuó adhiriéndose. Estas consideraciones jalonan el desarrollo del presente trabajo.
A tales efectos, el propósito de esta contribución es analizar la trayectoria militar de Francisco de Miranda entre 1811 y 1812, fechas de su actuación militar en Venezuela durante la llamada "Primera República". Para el logro de este objetivo dividiremos la presente ponencia en tres partes: en la primera presentaremos el ambiente intelectual militar en que se desarrolla la carrera militar de Francisco de Miranda y los cambios y tendencias prevalecientes en la actividad castrense durante esa época. Una segunda parte estará destinada a describir y analizar la formación y la actuación militar de Miranda, y la tercera parte estará destinada a explicar los factores que incidieron en su actuación pública en Venezuela durante la Primera República. Finalmente, enuncio las conclusiones correspondientes.
La formación militar de Francisco de Miranda en el campo de la práctica, con anterioridad a su actuación militar en Venezuela, puede circunscribirse a tres grandes momentos previos: su proceso de inicio en la vida militar, su experiencia en la Guerra de Independencia de Estados Unidos, y su actuación militar como comandante de Grandes Unidades de Combate durante las guerras de la Revolución Francesa.
La formación militar de Miranda se inicia con un acontecimiento que si hoy pudiera parecernos desusado, no era tal cosa en la Europa del siglo XVIII. Para la época, la formación normal militar empezaba a temprana edad, entre los 10 y los 16 años, mediante el servicio como cadete en una unidad de Infantería o caballería durante un lapso entre año y medio y dos años, luego de los cuales se ascendía a subteniente o alférez. Para el caso de las llamadas armas facultativas (Artillería e Ingeniería), los cadetes estudiaban dos años en institutos especiales de formación (en España, el de Segovia), los cuales dieron origen a las modernas academias militares. Debe notarse, entonces, que Miranda careció de ese tipo de formación básica.
El futuro precursor compraría en la Corte su grado de Capitán en el Regimiento de Infantería de La Princesa y como tal iniciaría sus actividades militares en las posesiones españolas del norte de África. Participa luego en la defensa de Melilla (1774-1775) contra las fuerzas del Sultán de Marruecos y en la expedición española contra Argel (1775). Allí combatirá contra un enemigo inusual para la época, que cree en el sacrificio de la propia persona en interés de la causa mayor, la religión, y allí asimismo dará la primera prueba de su independencia de criterio, al presentar a sus superiores jerárquicos un plan para romper el sitio que sufrían las tropas españolas y batir al enemigo a campo raso. Esta iniciativa, así como las críticas que expresó sobre la conducción de la expedición a Argel, le granjearon la malquerencia de algunos superiores, en especial del propio comandante de dicha expedición, el mismísimo Conde de O?Reilly.
La mayoría de los biógrafos de Miranda, por no decir todos, se limitan a relatar este incidente como muestra de la gran cantidad de vicisitudes por las que hubo de pasar el futuro precursor. No obstante, nos resulta necesario referirnos a las características del hombre a quien se enfrentó Miranda durante esa época. Alejandro O?Reilly, irlandés al servicio de España, inició el proceso de adaptación de las enseñanzas de las últimas guerras europeas al carácter, idiosincrasia y organización del Ejército de Carlos III. O?Reilly, luego de estudiar convenientemente las organizaciones militares prevalecientes en Austria, Prusia y Francia, recomendó la adopción de la táctica prusiana, lo que implicaba una modificación en la estructura regimental adoptada por Felipe V, para sustituir el antiguo Tercio.
En 1764 finaliza la misión reformadora de O?Reilly, mediante el establecimiento de un sistema de Unidades de Milicia de Infantería, Caballería y Dragones y la promulgación del Reglamento de Milicias de la Isla de Cuba, del 15 de junio de 1764, en donde se dictan las pautas del primer modelo reformista llevado a cabo en territorio americano en materia militar, modelo que se extenderá paulatinamente en el mismo. En 1765 es adoptado en Puerto Rico, hacia 1768 en Venezuela y en el decenio posterior a 1770 en Louisiana, Florida, Nueva Granada, Perú, Quito, Guayaquil, Buenos Aires, Santiago y Paraguay. Es considerado el artífice de la modernización militar llevada a cabo por Carlos III. Tal era la influencia y el hombre con el que se malquistase Miranda.
Un poco después, ya transferido a una nueva unidad táctica, la cual es enviada a La Habana, le permitirá en 1781 acompañar a las tropas españolas que refuerzan el sitio puesto por el general Bernardo de Gálvez a la plaza de Pensacola, ocupada por los ingleses en la Florida occidental. Pese a que su conducta en la toma y capitulación de esa Plaza Fuerte en mayo de 1781 le vale ser ascendido a teniente coronel, el elemento más importante de esa etapa de su formación es el contacto con la nueva forma de hacer la guerra que comenzaba a vislumbrarse hacia el futuro, la guerra hecha por ciudadanos armados contra ejércitos profesionales organizados, en la cual estos últimos saldrían ignominiosamente derrotados. En efecto, las victorias de Saratoga, Yorktown y Pensacola abrirán un camino que más adelante vería Miranda repetirse en el continente europeo.
Su experiencia en Francia será mucho más esclarecedora para comprender el pensamiento militar mirandino. Poco después de ingresar como Mariscal de Campo (general de división) al servicio de la Revolución Francesa, Miranda será actor y testigo de una de las batallas más decisivas del hemisferio occidental, por cuanto traza, sin dudas, la línea divisoria, desde el punto de vista práctico de las dos grandes tendencias teóricas en pugna desde mediados del siglo XVIII ( Wanty, 1967; Schnneider, 1964; Parra-Pérez, 1966). Me refiero a la batalla, o duelo artillero como algunos le llaman, que ocurriría en las cercanías de la población de Valmy (en la frontera franco-belga actual) el 20 de septiembre de 1792.
En este hecho de armas, donde a Miranda le corresponde comandar las tropas del ala derecha, se presentarán ante sus ojos dos acontecimientos de naturaleza insólita que contrastaban con el corpus de su formación militar. En primer lugar, que un ejército sin uniformes, disciplina, carentes de instrucción táctica y mal armados pudiesen derrotar a la máquina militar más letal de Europa, el ejército prusiano, formado bajo el molde de Federico II. No sería Miranda el único testigo notable de este hecho. Junto a él, comandando unidades de tamaño compañía, batallón y brigada se hallaban Jourdan, Lecourde, Oudinot, Victor, Mc Donald, Davout, Saint Cyr, Mortier, Soult, Leclerc, Lannes, Massena, Berthier (quien estuvo en Venezuela en 1783), Suchet, La Harpe, Bessières y Kellermann, todos ellos futuros mariscales de Napoleón (Fuller, 1979:II, 395).
Pero el segundo hecho notorio, tanto de la acción en sí de Valmy como de las parciales y preparatorias acciones de Morthomme y de Briquenay, lo constituían la indisciplina y niveles alarmantes de deserción de las tropas que comandaba, situación sólo corregida por Miranda debido a su energía y carácter como comandante de tropas (Jomini, 1818:7; Fuller, 1979).
Esta situación se repetiría a lo largo de su carrera militar al servicio de Francia. En efecto, en las batallas campales en que Miranda tuvo participación directa, tanto la deserción como la desbandada y desorden de las tropas ante los primeros ataques del enemigo, ocasionaron situaciones de derrota o retirada en Maastrich (donde se vio obligado a levantar el sitio) y Neerwinden, donde la dispersión de las tropas francesas ocasionara la ruptura de la línea y con ello la derrota general.
En cambio, en aquellas ocasiones en las que Miranda deba comandar sitios a fortalezas y ciudades aplicando todas las reglas del arte militar prerrevolucionario, como su vieja experiencia de Pensacola o el exitoso sitio de Amberes, la victoria siempre estará de su lado. De modo que la guerra de fortificaciones y los sitios en regla se convertirán para Miranda en la forma más conveniente de hacer la guerra debido, en primer lugar, a su formación teórica y, en segundo lugar, porque de su experiencia francesa recibiría pruebas incontestables ad nauseam, que el arte militar preconizado por Lloyd y Guibert y puesto en práctica por el ejército de la revolución conllevaba en sí mismo el germen de la indisciplina y la anarquía. Así, para diciembre de 1810, fecha de su retorno a Venezuela, sus convicciones y formación sobre ese particular estarían lo suficientemente cimentadas como para determinar su actuación militar durante la llamada Primera República.
La actuación militar de Miranda en Venezuela
Al proclamarse la Independencia en julio de 1811, casi inmediatamente se produce la insurrección de Valencia, que en primera instancia el gobierno de la Confederación pretende combatir sólo con tropas de milicias de la zona (Caracas y valles de Aragua) al mando de los hermanos Rodríguez del Toro, Francisco como Comandante titular y Fernando en su condición de Inspector de Milicias de la provincia.
De conformidad con la organización adoptada, por otra parte muy similar a la adoptada en la expedición a Coro unos meses atrás, la expedición a Valencia pretendía que la sola presencia de las tropas de la Confederación causaría el arrepentimiento y sumisión de los insurrectos. El resultado fue la adopción por parte de los insurrectos de una defensa de reductos dentro de los límites de la ciudad y cubriendo las principales vías de aproximación, lo que terminó paralizando la ofensiva de la Confederación, ocasionando el reemplazo del Marqués del Toro por Francisco de Miranda en el comando de las tropas (Baralt, 1939:I, 112-126).
Al reemprender la ofensiva sobre Valencia, el ejército al mando de Miranda adopta para el logro de sus objetivos las reglas del asedio a la Plaza y la toma de sitios o reductos de manera paulatina a fin de forzar al enemigo a capitular, es decir, una maniobra típica del pensamiento militar anterior a 1760 (Vauban, 1740; Nicolás de Castro, 1760/1953).
El resultado de las disposiciones tácticas de Miranda fue la prolongación del sitio durante más de quince días sin obtener resultados positivos, por lo que no le quedó al futuro Generalísimo otro expediente, previa celebración de una Junta de Guerra, que ordenar un muy "republicano y revolucionario" asalto a la bayoneta sobre las posiciones fortificadas de los insurrectos. El ataque, si bien exitoso, ocasionó que más de la cuarta parte del ejército de la Confederación resultase muerto o herido, estimándose entre 500 y 700 muertos y entre 700 y 1.500 heridos sobre una base total de 5.000 hombres, que conformaban el Ejército Expedicionario (Baralt, 1939:90-92).
El nombramiento de Miranda como Generalísimo, por defección del Marqués del Toro, quien rechazó la designación en abril de 1812, y las sucesivas disposiciones que en materia militar hizo ejecutar, no hicieron más que profundizar la brecha existente entre las dos formas de conducir la guerra, la tradicional, encarnada por Miranda, y la moderna a la que se acogían la mayoría de los comandantes de unidades que servían a sus órdenes.
En efecto, cuando revisamos la formación intelectual de la época y disponible a la mayoría de los comandantes de unidades tácticas (batallones y escuadrones) del ejército de línea o las milicias de la Confederación en el campo militar, observamos que la mayoría de sus lecturas se referían al período comprendido entre Federico II y la Revolución Francesa, es decir, la época de Guibert y Lloyd, mientras que las lecturas de Miranda pudiéramos ubicarlas en el período anterior, es decir, el comprendido entre los escritos de Montecuccoli y Federico II. Sin que esto implique la adscripción estricta a determinada concepción en el campo militar, el tipo de lectura nos permite analizar la formación de una persona en determinado campo del conocimiento humano.
Así, al analizar la formación de Miranda encontramos que cuanto más se discutía en relación con los sistemas modernos de ataque y defensa, según uno de sus contemporáneos, el precursor, "tanto más se encontraba en oposición con el género de nuestros generales modernos que ganaban batallas y tomaban ciudades separándose de las reglas con las cuales los Turenne, los Condé, los Catinat y tantos héroes franceses y extranjeros habían sabido encadenar la fortuna y asegurar la victoria... Creo que Miranda no habría consentido en ganar una batalla, en tomar una ciudad contra las reglas del arte..." (Champagneaux, s.d.:494). En otras palabras, para Miranda, el arte de la guerra tal como se llevaba a cabo desde 1792, no sólo era ineficaz, sino que conllevaba el germen de la anarquía y la indisciplina. Para los oficiales de la Confederación, en especial a los pertenecientes a la llamada Sociedad Patriótica de tendencia jacobina, el arte militar posguibertiano era el más a propósito para desarrollar las virtudes del republicanismo revolucionario (Serviez, 1832:13-24).
Tales desavenencias, entonces, más allá de lo personal, estaban directamente relacionadas con dos concepciones de la guerra en pugna, tanto desde el punto de vista teórico como en relación con su aplicación práctica en los campos de batalla no sólo en Venezuela, sino también en la Europa de entonces. Mal podían oficiales como Bolívar, Montilla, Ribas, Chatillón, Mc Gregor o Du Caylá, formados intelectualmente bajo Saxe, Guibert y Lloyd, estar de acuerdo con su General, que hacía instruir a los reclutas a la prusiana y recomendaba a los oficiales que leyeran Montecuccoli, Vauban, Feuquieres y Du Puget (Mancini, 1910:377).
De allí, del conflicto entre esos dos modos de vida militares partirán las desavenencias que a posteriori lograrán que el papel de Miranda como jefe militar en Venezuela termine siendo objeto de las mayores polémicas historiográficas.
Distintas razones se han esgrimido para explicar las causas del fracaso de Miranda en el plano militar durante el ejercicio de sus funciones de Generalísimo en la Primera República.
Miranda asume el mando del ejército el 1º de mayo de 1812 y emprende la marcha hacia la zona de operaciones, Valencia y valles de Aragua, enviando destacamentos de avanzada sobre San Juan de los Morros, San Carlos y San Felipe, probables vías de aproximación del enemigo. La organización adoptada por el ejército consistía en dos batallones de infantería de línea (de los tres del ejército veterano aprobado por el Plan de Organización de septiembre de 1810), los tres batallones de milicias de blancos de Caracas, los tres batallones de milicias de los pueblos circunvecinos (El Hatillo, El Valle y Petare) (Falcón, 2006:128-132), un batallón de Zapadores ( Ingenieros de Combate), otro de artillería, dos escuadrones de caballería, una representación de los agricultores de Caracas, organizados en una compañía de infantería y un escuadrón de caballería. Completaba la organización un grupo de extranjeros, mayormente franceses e ingleses, agrupados en una unidad independiente de tamaño inferior a la compañía. En otras palabras, Miranda se hace cargo de un ejército de, aproximadamente, 6.000 hombres, el más grande que hubiese operado para la fecha en el territorio de la antigua Capitanía General. (Para el cálculo del número de efectivos del ejército de la dictadura de Miranda, nos basamos en el Plan de Organización de 1810, a razón de 500 hombres para cada batallón de infantería y 150 hombres por escuadrón de caballería. El Batallón de Zapadores lo calculamos como medio batallón de infantería y las unidades de artillería a razón de ocho individuos por pieza.)
Aunque no se dispone de documentación militar sobre los acontecimientos del período, es posible reconstruir el concepto central de la operación militar. Debido a que Monteverde avanzaba hacia el corazón de la provincia de Caracas, con un ejército constituido principalmente por tropas colecticias y cuya base fundamental de combate tenía que basarse en el choque, debido a la falta de municiones y de tiempo para la instrucción del personal, Miranda establece una línea de operaciones destinada a la creación de líneas de fortificación que pudiesen detener la ofensiva enemiga, a fin de desgastar a las tropas de Coro y pasar luego a la contraofensiva destruyendo al adversario impedido de recibir refuerzos por su lejanía con la base de operaciones, todo ello muy de conformidad con los cánones de la guerra de mediados del siglo XVIII.
Para que pudiese llevarse a efecto este plan, hacía falta la posibilidad de controlar la llave de Puerto Cabello a fin de reforzar a la guarnición de Valencia, emprender operaciones ulteriores sobre la línea San Felipe-Barquisimeto-Coro o bien reforzar eventualmente cualquier avance del grueso del ejército sobre San Carlos o Barquisimeto. Así las cosas, se necesitaba en Puerto Cabello un comandante militar amigo de la ofensiva táctica y no un especialista en fortificación o defensa, lo que a nuestro modo de ver explicaría suficientemente el nombramiento de Simón Bolívar como comandante de la plaza de Puerto Cabello como una de las primeras medidas militares tomadas por Miranda (Austria, 1960:I, 298).
Las operaciones realizadas desde la aproximación a Valencia vía Caracas-Valles de Aragua-Guacara, el posterior repliegue y fortificación de La Cabrera, el establecimiento de Maracay como base de operaciones y la ulterior retirada a La Victoria, donde establecería una posición defensiva basada en artillería de alto calibre y fortificaciones de campaña, nos enseñan un Francisco de Miranda practicando el arte militar anterior a los cambios producidos por las revoluciones norteamericana y francesa, lo que en una guerra donde la opinión pública y las victorias en el campo de batalla, así como la ocupación de ciudades a fin de someter a la población a los dictados del régimen que defendía, tenía que implicar forzosamente, dada la formación intelectual militar de sus cuadros, la posibilidad de una conspiración interna para sustituir al mando principal del ejército, como en efecto ocurrió.
Es en este contexto que debe, a nuestro modo de ver, analizarse la conspiración de La Victoria para prender a Miranda y resignar el mando en una junta de jefes de batallón (Austria, 1960:I, 331-333) y el posterior arresto del precursor, luego de la Capitulación de San Mateo, por parte de oficiales descontentos y su entrega a Monteverde, lo que pone, cronológicamente hablando, punto final a la existencia de la Primera República venezolana.
Es fácil darse cuenta de que la concepción militar predominante, basada en el sistema de milicias propio de la tradición española y del lenguaje y la práctica política de la sociedad comercial, no era precisamente la más adecuada para hacer frente a los desafíos de una agresión exterior, que provenía del mismo seno de la Confederación y que, además, por la naturaleza de la estructura militar adoptada, resultaba el menos apropiado para ser adaptado a las medidas enérgicas y eficaces de una dictadura.
El fracaso del generalísimo Miranda, al ser leído desde esta óptica, presenta nuevas perspectivas. Miranda era un dictador republicano a la antigua con un ejército vertebrado en milicias a la manera de la sociedad comercial: un general que intentaba aplicar, dado su cargo, medidas a la romana en una sociedad cuyo edificio militar se calcaba en un modelo norteamericano con una tradición colonial española, utilizando para ello concepciones militares previas a la adopción de los preceptos teóricos del republicanismo militar, tanto liberal como clásico.
Conclusiones
La organización adoptada por Miranda durante su gestión como Generalísimo de la Confederación se basaba en un modelo similar a la antigua dictadura republicana, pero con un ejército vertebrado en milicias a la manera de la sociedad comercial. Esta peculiar organización trajo como consecuencia inmediata que al intentar aplicar, dado su cargo, medidas propias del republicanismo clásico en una sociedad cuyo edificio militar se calcaba en un modelo norteamericano y, además, con una tradición militar propia del antiguo régimen español, sus medidas se vieran paralizadas por la propia inoperatividad del modelo y la resistencia de los cuadros de mando, formados por las nuevas técnicas adoptadas mundialmente por los ejércitos entre 1760 y 1810.
En este sentido, el mito de Miranda como un incomprendido y sabio militar que fracasa ante la imposibilidad de hacer adoptar la disciplina europea a unas tropas colecticias y mal dirigidas, carece de veracidad y debe revisarse. Miranda, como hemos demostrado en el presente trabajo, intentó aplicar en Venezuela un pensamiento y una táctica militar que para 1812 se encontraban completamente superadas en el plano militar mundial. Paradójicamente, sus cuadros de mando estaban mejor informados sobre los cambios ocurridos en el mundo militar y ello, por supuesto, derivó en tensiones y desencuentros que terminaron paralizando la maquinaria bélica de la confederación venezolana y dieron al traste con el experimento republicano que se iniciaba en Venezuela.
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Reproducciones: Estampilla postal aparte, la pieza es de Iván Candeo.
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