Ox Armand
A todas estas, el votante del 6-D
quiso normalizar la vida del país. Respirar un poco de tranquilidad, de paz, de
concordia. Pareció deshacer todas sus tensiones al día siguiente. Un ambiente
más sosegado caracterizó a las aldeas, pueblo y ciudades. No obstante, el
gobierno apretó las tuercas psicológicas y desde el martes 8-D volvió a
embestir. A ponerle ácido de batería a todo el mundo. La violencia entró de
nuevo en la posible agenda. Terrorismo psicológico que le facilitaron las
sesiones ordinarias y extraordinarias de la Asamblea Nacional. De Maduro y
Diosdado para abajo, lanzaron sus dardos del odio. En nombre de quién sabe qué
trazos ideológicos, reapareció el conflicto unilateral queriendo obligar a una
respuesta encendida. Es, como ha sido, la clave para gobernar por toda esta
década y media valiéndose de cualesquiera de los resentimientos a la mano.
Resentimientos artificiales. Son un caso clínico. No responden por sus
fracasos. Huyen temerariamente hacia
adelante.
Si algo está muy pendiente por estos
días, es conocer cuán lejos hemos llegado este año con las cifras de muertes y
lesiones violentas en las calles. Ya son varios los años que nos acercamos a
las 25 mil muertes. No parece casual, sino inscritas en el modelo que está en
curso debido a su sostenimiento. ¿Es casual que Jorge Rodríguez invierta Bs 13
millones en seguridad y Bs. 220 millones en las fiestas decembrinas como
denunció días atrás el concejal Jorge Millán? Preocupante, por decir lo menos.
Cuando Chávez Frías llegó al
poder ya había prometido resolver el problema de la delincuencia que no era ni
remotamente del calibre que hoy alcanza, por cierto. Además, los gobiernos que
le precedieron, pagaron el costo político correspondiente que él y su sucesor
se niega a pagar, agrediendo a los venezolanos con un verbo violento. A Maduro,
hijo como se dice del extinto, debe responder. Sobre todo porque ha logrado un
contramilagro: conjugar la violencia política con la ordinaria, prevaleciendo
ésta – como era de esperarse – y, por ello, las grandes mafias y bandas que
dictan la pauta.
Roberto Briceño-León al disertar
sobre el efecto perverso del petróleo, aclara que el fenómeno no es intencional
de los agentes que intervienen en el proceso y sus efectos no son deseados por
la sociedad venezolana (“Los efectos perversos del petróleo”, El Nacional,
Caracas, 2015: 244). No lo creo, residiendo acá otro de los grandes peligros:
la modalidad delictiva de acceso a la tal riqueza petrolera, está legitimada
desde las más altas esferas del poder que fieramente se niega a toda
investigación y, además, cuando pesa más el circo del jolgorio decembrino que
la calamitosa inseguridad personal en Caracas, de bolas que hay una intención.
Entonces, ¿la paz no sigue siendo un objetivo histórico y político?
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