Mostrando entradas con la etiqueta Eddy Reyes Torres. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Eddy Reyes Torres. Mostrar todas las entradas

domingo, 22 de marzo de 2020

ADEMÁS, LAS ACREENCIAS COMO PESTE

El coronavirus y la situación económica venezolana
Eddy Reyes Torres 

El coronavirus o covid-19, con “relativamente” pocas muertes a nivel mundial, ha puesto en evidencia su poderosa y terrible potencia letal en muy poco tiempo. Al igual que Hidra (figura de la mitología griega, hija del monstruo Tifón y hermana del can Cerbero), un aborrecible dragón de cien cabezas, este nuevo virus tiene una enorme capacidad destructora si no se controla a tiempo. Nunca antes en la historia de la humanidad un hecho catastrófico de esta naturaleza había afectado a todo el planeta. Lo más resaltante del inédito evento es que ha puesto en evidencia con descarnada gravedad lo frágiles que somos los seres humanos.
En el maremágnum noticioso que se ha producido, ha sido Angela Merkel, canciller de Alemania, la que ha hablado con mayor contundencia y realismo. «Haremos lo necesario para superar esta situación», indicó la mandataria germana, el pasado miércoles 11 de marzo. Dicho lo anterior, no dudó en comunicar a sus compatriotas los alcances del mal: “Entre 60% y 70% de la población germana podría contagiarse”.
A renglón seguido anunció que el Parlamento alemán procedería a aprobar una partida extraordinaria de hasta 1.000 millones de euros para las contingencias derivadas de la epidemia de coronavirus, agregando que “por fortuna, el país disfruta de una salud fiscal robusta y puede afrontar en los mejores términos la crisis”.
Esa holgura económica, lamentablemente, no la tenemos ahora en Venezuela por la manirrotura de los gobiernos de Hugo Chávez Frías y Nicolás Maduro Moros. A diferencia de los árabes, rusos y otros países productores de petróleo, los dos gobernantes rojos dilapidaron los altos ingresos que tuvimos en la época de las vacas gordas.
No está demás rememorar que al momento de iniciar Chávez su primer mandato (1999), el precio del barril de petróleo venezolano era de 11 dólares. Desde entonces el mercado empezó a moverse favorablemente, alcanzándose a lo largo del año un precio promedio de 16 dólares por barril. Cinco años más tarde, el precio anterior se duplicó. Para 2008 su valor se elevó a 88 dólares y vino entonces un pequeño recule. Pero en 2010 y hasta 2004 el boom continuó, elevándose el precio hasta el pico de 103 dólares por barril.
Junto con esos incrementos de precios vino una práctica gastadora, sin control, por parte del mando superior del gobierno nacional que, con el deliberado propósito de conseguir un contundente y más firme apoyo político, benefició a las clases populares. Pero lo más perverso fue que también se empleó el dinero de los venezolanos para apoyar gobiernos ideológicamente afines, como son los de Cuba, Nicaragua, Bolivia (en la gestión de Evo Morales), Ecuador (en la gestión de Rafael Correa), Argentina (en la gestión de los Kirchner) y Uruguay (en la gestión de Tabaré Vázquez), entre otros.
La guinda del pastel fue el brutal endeudamiento con China, en el que subyacía un evidente propósito geopolítico. Pekín es el gran acreedor de Venezuela. El gobierno de Xi Jinping le ha prestado al binomio Chávez-Maduro la friolera de 62.000 millones de dólares (fondos estos que han sido desembolsados en moneda china (renbinbi), lo cual favorece enormemente a los productores chinos. Hay que resaltar que esa suma es aproximadamente 40% de la financiación que Pekín ha concedido a toda América Latina; adicionalmente, la mayor parte está formada por créditos pagaderos en petróleo, lo cual implica que Pdvsa no recibe pago alguno. Se estima que a la fecha de hoy nuestro país le adeuda a China poco más de 19.000 millones de dólares, monto que es impagable por la escualidez de nuestras reservas internacionales.
Y como si todo lo anterior no bastara, una nueva “plaga de Egipto” nos hundirá más: el desacuerdo de los rusos en bajar la producción petrolera propuesta por Arabia Saudita. Eso ha originado que los saudíes hayan aumentado su producción con el riesgo de que el barril de hidrocarburos se ubique en 20 dólares.
No debe extrañar entonces a nadie que en el Índice de Seguridad Sanitaria Global elaborado por un panel de expertos internacionales, Venezuela haya quedado en el puesto 176 de un total de 195.
Hace pocos días el conductor de Miraflores se refirió a cómo nos preparamos para hacer frente al coronavirus. Al respecto, dijo lo siguiente: «He aprobado todos los recursos necesarios para que el país esté dotado de todos los test». Aunque malsonante, en el aire quedó una sola pregunta: ¿Y con qué culo se sienta la cucaracha?
Eso último explica el giro de 180° que dio Nicolás Maduro, el domingo 15 de marzo, al firmar la carta –que se hizo pública dos días después- dirigida a la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, en la que solicita al “honorable organismo” un financiamiento por 5.000 millones de dólares para “robustecer los sistemas de detección y respuesta”.
Solo nos queda algo más por decir: A buen entendedor, pocas palabras.

Fuente:
Cfr.
Fotografía:

sábado, 29 de septiembre de 2018

POR LAS RAMAS

EL NACIONAL, Caracas, 18 de agosto de 2018
Los líderes que tenemos
Eddy Reyes Torres

Después del contundente triunfo de la Mesa de la Unidad Democrática en las elecciones parlamentarias que se celebraron el 6 de diciembre de 2015, se pensó que habíamos alcanzado la gloria y que lo demás sería coser y cantar. Para ese momento nadie en la oposición visualizó que el retorno a la democracia ofrecería gran dificultad para concretarse.

El 6 de enero de 2016, esa ilusión se acrecentó todavía más cuando Henry Ramos Allup, una vez elegido presidente del Parlamento, hizo acto de presencia en la Asamblea Nacional y dio instrucciones al personal de limpieza para que procediera a retirar la imagen malandra del Libertador Simón Bolívar, que fue un lamentable producto colateral de la profanación de sus restos, ordenada por Hugo Chávez para “determinar las causas de su muerte”, el 18 de diciembre de 2007.

(Para nadie era un secreto que el ceremonial llevado a cabo a las 3:00 de la madrugada se ajustaba al rito palero que practican los santeros. Según ellos, la noche pertenece a los muertos y Chávez no ignoraba esa realidad. Sobre ese tipo de prácticas hay dos autores clásicos que escribieron al respecto con rigurosidad científica: Lydia Cabrera y Fernando Ortiz. Con un enfoque periodístico, el ritual realizado por el “comandante eterno” fue tratado por el venezolano David Placer en Los brujos de Chávez).

La euforia duró varios meses y a cuenta gotas se fue diluyendo para derivar en total desesperanza. En ese lapso, la dictadura mostró sus horribles tragaderas y con hechos puso en evidencia que se mantendría en el poder a sangre y fuego, sin importarle lo más mínimo el número de muertos que su accionar implicara, ni las desgracias de todo orden que la población tuviera que sufrir.

En esa vuelta de la tuerca ocurrió lo más catastrófico: la unión de la oposición implosionó, dejando una concentración de desaliento y encono. Así, el sector mayoritario se hizo minoritario por voluntad propia y su variada representación se transformó en grupos de leprosos que son repelidos por los “líderes” de las redes sociales, con 50, 500, 1.000 y hasta 40.000 seguidores, pero sin nada más.

Sin arrastre sustantivo, ahora hay dos grandes bandos: los que no descartan seguir negociando con el gobierno y los que se inclinan por el choque de trenes. En esas posiciones pareciera no haber puntos medios, aunque ambas fracciones coinciden en la necesidad de un cambio de rumbo radical en las políticas que ahora ejecutan Nicolás Maduro y su grupo.

La pregunta que surge de la situación anterior es elemental: ¿es necesario un nuevo liderazgo opositor? Si esa fuera la aspiración de la mayoría de los venezolanos, tenemos que empezar por aceptar que ello implica un proceso de desarrollo y maduración que llevará varios años. Salvo situaciones muy excepcionales, los líderes políticos son producto de años de trabajo exigente y entrega total a la causa que se promueve. Además, la realidad se ha encargado de evidenciar que las figuras mesiánicas son caminos seguros al fracaso y la desgracia.

Por lo pronto, me aventuro a pensar que no nos queda más alternativa: con los líderes que ahora tenemos, que ostentan más méritos de los que sus detractores se niegan a reconocer, habrá que acometer la solución de los serios problemas que nos abruman. Eso sí, deberán ponerse desde ya las pilas.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/los-lideres-que-tenemos_248250

sábado, 25 de noviembre de 2017

FALSO DILEMA

EL NACIONAL, Caracas, 04 de noviembre de 2017
Política, legítima defensa y moralidad
Eddy Reyes Torres

Podría decirse que la política y la legítima defensa son asuntos de características diferentes, sin ninguna vinculación. Una revisión general de cada tema así lo pone de manifiesto.

En primer lugar, según el DRAE, el término “política” se define como arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados; actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos; y actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo.

Por su lado, la legítima defensa es una cuestión que atañe al derecho penal y que, según el jurista español Luis Jiménez de Azúa (SIC), es repulsa de la agresión ilegítima, actual o inminente, por el atacado o tercera persona, contra el agresor, sin traspasar la necesidad de la defensa y dentro de la racional proporción de los medios empleados para impedirla o repelerla.

Nuestro Código Penal regula expresamente dicha figura al estipular, en su artículo 65, que no es punible el que obra en defensa de su propia persona o derecho, siempre que concurran las circunstancias siguientes: a) agresión ilegítima por parte del que genera el hecho; b) necesidad del medio empleado para impedirla o repelerla; c) falta de provocación de parte del que pretenda haber obrado en defensa propia; d) el que obra constreñido por la necesidad de salvar su persona, o la de otro, no haya dado origen al peligro grave e inminente.

A pesar de que lo señalado hasta aquí parece obvio, los venezolanos que hoy sufren los diferentes males generados por el régimen de Nicolás Maduro podrían preguntarse si, ante un gobierno que actúa indiscriminadamente sin ningún apego a la ley, es legítimo defenderse con todas las acciones que sean necesarias para evitar su destrucción y la del orden democrático en su conjunto. En otras palabras, ¿quedamos eximidos de toda responsabilidad moral si ejecutamos acciones que, no estando ajustadas a los criterios éticos, nos permiten encausar las acciones del gobierno actual en el terreno de la legalidad o, de ser necesario, instaurar uno nuevo que se someta a lo que dispone la Constitución y las leyes?

Obviamente que la respuesta a la inquietud anterior no está en la disposición penal que procedimos a registrar –para llamar la atención y como gran marco de referencia– a fin de poner de manifiesto la procedencia de una acción extrema (quitarle la vida a un ser humano), cuando nos enfrentamos a situaciones excepcionales que ponen en riesgo nuestra propia vida. Sin embargo, conclusiones parecidas se fueron decantando en desarrollos que desde antiguo se han llevado a cabo en la doctrina política.

Ciertamente, en este último campo encontraremos luces sobre tan delicado asunto en los estudios que se han realizado a partir de Platón, quien fue el primero en plantear la necesidad de investigar el modo en que ha surgido un gobierno y el modo como, una vez surgido, pueda ser conservado el mayor tiempo posible.

Cuando Maquiavelo toma la batuta sobre la cuestión, la aborda con crudeza: “El que deja lo que se hace por lo que se debería hacer, aprende más bien su ruina que su preservación, porque un hombre que en todas partes desee hacer profesión de bueno, conviene que arruine a muchos que no son buenos. De donde a un príncipe le es necesario, queriéndose mantener, aprender a poder no ser bueno y usarlo y no usarlo según la necesidad”. Su posición conduce a que se califique de maquiavelismo el modo de proceder con astucia, doblez y perfidia.

El conflicto entre ética y política ha estado a la orden del día a través de los siglos, y del tema se han ocupado figuras de primer orden como Kant, Hegel, Hobbes, Locke, Schmitt, Arendt, Habermas y Rawls, entre otros. Más recientemente, haciendo uso de una teoría que se aproxima al ideal científico verificable que elimina todo juicio de valor, Bobbio señala que el criterio con base en el cual se considera buena o mala una acción política es diferente del criterio con base en el cual se considera buena o mala una acción moral. Según él, los dos criterios son inconmensurables y esa inconmensurabilidad se expresa mediante la afirmación de que en política tiene validez la máxima que dice que los fines justifican los medios.

Lo antes expuesto pone en evidencia el problema que se confronta entre nosotros, cuando un sector de la oposición califica de “inmoral” la juramentación que ante la asamblea nacional constituyente hicieron los cuatros gobernadores de la oposición que fueron elegidos en las elecciones del 15 de octubre, mientras que, por el contrario, se manifiesta que fue “digna” la decisión que adoptó el gobernador electo por el estado Zulia, de negarse a hacer la mencionada juramentación.

Ante tal forma de proceder cabe preguntarse qué ocurriría si el año entrante, de concretarse la fecha de la elección presidencial en nuestro país, el presidente Donald Trump (o el secretario general de la OEA, Luis Almagro) le pide a los opositores venezolanos que, por razones de alta política, participen en la contienda electoral con el mismo CNE de hoy. ¿Tendría entonces ese requerimiento la dignidad que hoy se les niega a los gobernadores de AD? Y más aún, ¿en consideración a la doctrina política y las necesidades profundas del país, debería la dirigencia nuestra del momento apoyar dicha propuesta con el solo apego a las motivaciones políticas que la justifican y nada más?

Ahí les dejo el dilema a nuestros aguerridos amigos opositores que toman todas sus decisiones políticas con estricta adhesión a la moral y el deber ser.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/politica-legitima-defensa-moralidad_210389
Breve nota LB: Interesante y sugerente la premisa, pero banalizó su desarrollo.

jueves, 1 de diciembre de 2016

ERRARE HUMANUM EST

EL NACIONAL, Caracas, 18 de noviembre de 2016
La antipolítica como error humano
Eddy Reyes Torres

El 2 de febrero de 1989, Carlos Andrés Pérez asumió por segunda vez la Presidencia de la República de Venezuela. En su elección jugó un papel fundamental la bonanza petrolera que tuvo lugar en su primer mandato. Muchos de los que votaron por él pensaron que eso era garantía suficiente para reeditar la buena situación económica que tuvo el país en su gestión anterior.
En su discurso oficial, sin embargo, envió un mensaje claro respecto a la necesidad que tenía el país de hacer ajustes importantes y apretarse el cinturón: “El Estado deberá despojarse del intervencionismo avasallante de Estado protector y munificente (…) Propongo una política que corrija los profundos desequilibrios económicos, financieros, monetarios y fiscales, antes que se conviertan en estructurales y sea imposible removerlos sin dramáticos traumas colectivos”.
Así, sin una amplia consulta, dos semanas después, Carlos Andrés anuncia un conjunto de medidas dirigidas a liberalizar la economía: adopción de un nuevo régimen cambiario, con un tipo de cambio único y flexible que se iría ajustando en función de la oferta y la demanda de dólares;  la liberación de las tasas de interés que aplican los bancos e institutos de crédito en sus operaciones activas y pasivas; ajustes en el régimen de importaciones y exportaciones; ajustes en el precio de la gasolina, así como de las tarifas de los servicios de electricidad y telefonía; e introducción ante el Congreso Nacional de un proyecto de Ley de Impuestos a la Ventas. Para minimizar el impacto que las decisiones anteriores tendrían en la población, se aprobaron varias medidas de carácter social: incremento del salario mínimo; aumento de los salarios de los funcionarios de la administración pública, así como de las pensiones; subsidios de los alimentos que forman parte de la cesta básica; becas alimentarias para niños; constitución de hogares de cuidado diario para la población infantil; así como la ejecución de otros programas en las áreas de salud, economía popular (microempresas) y seguridad social.
Las acciones de Pérez se insertaban de ese modo dentro del proceso de cambio que experimentaba el entorno económico internacional, el cual mostraba un crecimiento significativo, en especial en muchas economías emergentes del sudeste asiático. En términos generales puede decirse que prevalecía la idea de que los países menos desarrollados podían mejorar su desempeño si llevaban a cabo reformas estructurales, siguiendo las directrices establecidas por el Banco Mundial.
Aunque correctas en el plano macroeconómico, una de las medidas (el aumento de la gasolina) se puso en práctica de forma indebida y terminó por descarrilar el tren del gobierno y la democracia. El “Caracazo” fue el resultado final de los males acumulados en años anteriores (devaluación de la moneda a partir del 18 de febrero de 1983, controles de cambio, inflación, pérdida de la calidad de vida y el descontento en general con el establishment político).       
Hastiado por lo que ocurría, a comienzos de junio de 1990, el escritor Juan Liscano funda el Frente Patriótico, cuyo principal objetivo es “deslastrar” al país de los partidos políticos; ellos eran los que habían llevado a Venezuela a una situación crítica. De esa manera, la prédica de la “antipolítica” comenzó a tomar cuerpo.
En esos días de fuertes ventiscas, Arturo Uslar Pietri, el intelectual más conspicuo del país, hizo una declaración en la que rescató para el habla común una palabra que hasta entonces los venezolanos calificaban de vulgar. El detalle estuvo en que la labor pedagógica se llevó a cabo en un contexto de malestar social generalizado. Señaló Uslar que el país estaba divido en dos, los “pendejos” y los vivos, motivo por el cual había que crear la orden de los pendejos para dársela a todo aquel que ha sido honesto y no se ha robado ni un centavo del erario público. Con esa declaración la mecha prendió de inmediato.
Las acciones precedentes se complementaron con otra más significativa: el 10 de agosto un grupo de intelectuales, encabezados por Arturo Uslar Pietri, dirigen una carta abierta al Presidente de la República, al Congreso Nacional y a los partidos políticos en la que plantean la necesidad de reformas urgentes en virtud del sistema político instaurado en 1958 no da para más y se hace necesario cambios fundamentales: reformar el sistema electoral y judicial; dictar una legislación que regule a las organizaciones políticas; reformar el funcionamiento del Estado y sus órganos para hacerlos más eficaces, y pasar de una economía subsidiada por la renta petrolera a otra más sana (productiva). Resulta curioso que buena parte de esas propuestas eran compartidas por Carlos Andrés. Con esa primera acción hacen su aparición en la escena nacional el grupo que se conocerá como “Los Notables”, cuyos primeros integrantes fueron Arnoldo Gabaldón, Martín Vegas, Miguel Ángel Burelli Rivas, Jacinto Convit, Tulio Chiossone, José Ramón Duque Sánchez, Ignacio Iribarren, Ernesto Mayz Vallenilla, Domingo Maza Zavala, José Melich Orsini, Rafael Pizani, José Vicente Rangel y Arturo Uslar Pietri, entre otros.
El anterior fue el caldo de cultivo que derivó en la insurrección del 4 febrero de 1992, liderada por los comandantes Francisco Arias Cárdenas, Jesús Urdaneta Hernández y Hugo Chávez Frías, cuyo fracaso se apoyó en la inacción del último de los nombrados.
Controlada la asonada militar, se presentó al Congreso Nacional un acuerdo de rechazo al alzamiento militar. Rafael Caldera, quien ya había pasado a “la reserva” tras no ser investido como candidato del partido Copei para las elecciones que ganó Pérez, hizo acto de presencia en el Palacio Legislativo, pidió la palabra y habló por cadena de radio y televisión. Su mensaje sonó como un trueno en aquella hora menguada: “Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y la democracia cuando piensa que la libertad y la democracia no son capaces de darle de comer y de impedir el alza exorbitante en los costos de la subsistencia; cuando no ha sido capaz de poner un coto definitivo al morbo terrible de la corrupción, que a los ojos de todo el mundo está consumiendo todos los días la institucionalidad (…) Yo quisiera que los señores jefes de Estado de los países ricos que llamaron al presidente Carlos Andrés Pérez para expresarle su solidaridad en defensa de la democracia entendieran que la democracia no puede existir si los pueblos no comen (…) No podemos afirmar en conciencia que la corrupción se ha detenido (…) vemos con alarma que el costo de la vida se hace cada vez más difícil de satisfacer para grandes sectores de nuestra población, que los servicios públicos no funcionan (…) Que en el orden público y la seguridad personal tampoco encuentran un remedio efectivo”.
Fue una intervención que cambió todo. El historiador Manuel Caballero lo reconoció así cuando escribió: “Su discurso se transformó en un acontecimiento tan sensacional como lo había sido el alzamiento mismo, y su figura opacó a la del comandante de los insurrectos”.
Poco después, por vías torcidas, se produjo la salida anticipada de Pérez y en las elecciones siguientes Caldera ganó la contienda presidencial con el apoyo de su “chiripero”. La crisis económica que vivió el país durante su gestión, más allá del excelente desempeño que tuvo su ministro de Planificación, Teodoro Petkoff, le abrieron de par en par las puertas a la antipolítica mayor, a través de Hugo Chávez Frías. Él y su revolución bonita, comandada ahora por Nicolás Maduro, nos han traído hasta el estado de inopia en que ahora vivimos.
Ya lo hemos dicho en varias ocasiones pero lo repetimos una vez más para que lo tengamos presente. Nunca antes habíamos padecido tantos males juntos: la inflación más alta del mundo, el hambre rondando por todos los rincones del país, una delincuencia desatada que mantiene al pueblo preso en sus casas, una corrupción de la élite gubernamental que no se puede ocultar, una Fuerza Armada desmoralizada y politizada que es dirigida desde Cuba, un sector industrial vuelto jirones, un servicio hospitalario en el suelo, un poder judicial parcializado y corrompido hasta sus entrañas, una crisis humanitaria que es negada sin pudor por la élite gobernante y un gobierno que ha devenido en férrea dictadura de hecho y de derecho, y con presos políticos a granel.
¿Qué nos dirían Liscano, Caldera y Uslar si hoy estuvieran vivos? Al final, muy poco porque Errare Humanum Est.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/opinion/antipolitica-error-humano_0_959904164.html
Ilustración: Edo.

sábado, 1 de octubre de 2016

GÜENO

EL NACIONAL, Caracas, 1° de octubre de 2016
Dictadura, despolitización y cultura
Eddy Reyes Torres 

A raíz de la Revolución de Octubre, la política se empodera de la sociedad venezolana. Sin embargo, los excesos que de ella se derivaron contribuyeron a que se diera al traste con la primera experiencia democrática que se puso en práctica en nuestro país, entre 1945 y 1948. Con el derrocamiento del gobierno constitucional de Rómulo Gallegos, las botas militares volvieron a marcar el paso de la política venezolana, primero bajo las riendas de Carlos Delgado Chalbaud, y posteriormente mediante la conducción de Marcos Pérez Jiménez.
Nace entonces una nueva era, signada por el interés de “despolitizar” a la nación y concentrarse en su progreso material. Arranca así la ejecución de grandes proyectos de obras públicas que se inauguran cada año. En paralelo, el dictador pone en práctica un vehículo de afirmación histórica: la Semana de la Patria. Se trata de una jornada de desfiles y ceremonias –a las que los partidarios del régimen y los funcionarios públicos son obligados a asistir–, cuyo propósito es revalorizar el concepto de patria, honrar a los héroes de la Independencia y celebrar los valores de la nación. (El parecido con la realidad actual no es simple coincidencia). Al igual que Guzmán Blanco, Gómez y otros que vendrán después, Pérez Jiménez se ve a sí mismo como la encarnación del espíritu de Simón Bolívar. De esa manera, busca ser visto en el inconsciente colectivo como el sumo pontífice de una nueva religión. Estamos pues ante la sacralización de la política y el Estado, fenómeno que se inicia con la Revolución Rusa y se propaga como terrible enfermedad entre los seguidores de esa nueva realidad.
El ámbito cultural no es ajeno a la acción del gobierno. Y menos cuando el primer mandatario se sabe limitado en ese terreno. Ante tal realidad, la carencia se trata de llenar con un baño forzado de saber. Para eso está el dinero que todo lo puede. La dictadura perezjimenista puso manos a la obra y dejó su impronta a la vista de todos.
Por un lado, encargó al ya afamado escritor español Camilo José Cela (1916-2002) –que en 1989 fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura–, la elaboración de una novela de ambiente venezolano, donde se reflejaran las bondades físicas y morales del país. Se llegó a decir que para ese propósito se le pagó a Cela entre 30.000 y 40.000 dólares, una fortuna para la época. El resultado fue “la novela más aparatosamente venezolanista de cuantas hayan existido jamás: la novela del Nuevo Ideal Nacional”, a decir del escritor Gustavo Guerrero (véase su libro Historia de un encargo: “La catira” de Camilo José Cela, pp. 77-79 y 134-135). Y para muestra este botón que aparece en un parlamento, al mismo inicio del libro en cuestión:
“—Güeno, patrón, no me ponga birriondo, pues, que la catira Pipía Sánchez me manda ecile que lo aguardia en la punta e el boquerón. Güeno, y que yo le vengo a ecile, patrón, que la niña ya anduvo jugándole cucambeo a su papá, sí, señó, güeno, y que ya botó a la bestia toiticos sus corotos, patrón, eso es, güeno, sin dejá ni uno” (Cela, Camilo José, La catira, Editorial Noguer, S. A., Barcelona, 1955, p. 13).
Y por el otro, en el campo de la plástica, la estética del régimen fue representada por la obra de Pedro Centeno Vallenilla (1899-1988), primo del ministro de Relaciones Interiores y sobrino del autor de Cesarismo democrático. Los espacios públicos (Salón de los Escudos del Capitolio Nacional, Círculo Militar de Venezuela, iglesia San Juan Bautista –frente a la plaza Los Capuchinos– y comedor del Hotel Maracay) se adornaron con su iconografía histórica y de corte nacionalista. El mismo artista reconoció que la influencia más directa que recuerda es la de su tío Laureano Vallenilla Lanz, quien le inculcó su pasión por el porvenir e ideales de América. Curiosamente, la representación de sus figuras desnudas y de porte atlético son un buen ejemplo de ese arte sobre el cuerpo masculino y la cultura gay que pareciera tan apartado del mundo militar y los regímenes de fuerza, pero que obviamente no lo está.
Con la dictadura de Pérez Jiménez y su grupo recomenzó un proceso de mayor empobrecimiento institucional y de decadencia política de la sociedad, con el consabido recrudecimiento de la corrupción, algo que se repite con la revolución bolivariana pero sin que estén presentes figuras de la indudable y reconocida grandeza literaria y plástica de Cela y Centeno Vallenilla, vistos a la luz de su obra completa y no de aislados lunares que es común encontrar en muchos grandes autores.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/eddy_reyes_torres/Dictadura-despolitizacion-cultura_0_931106933.html
Fotografías: Aportes de Abilio Rangel Gil (Pérez Jiménez, mayor Alfredo Monch Siegert, 1950); y, as otras dos, y de Luis Noguera (una de ellas, imagen también coloreada de votantes caraqueñas el 30/11/1952). Todas para el grupo facebookeano Caracas en Retrospectiva II.