EL NACIONAL, Caracas, 04 de noviembre de 2017
Política, legítima defensa y moralidad
Eddy Reyes Torres
Podría decirse que la política y la legítima defensa son asuntos de características diferentes, sin ninguna vinculación. Una revisión general de cada tema así lo pone de manifiesto.
En primer lugar, según el DRAE, el término “política” se define como arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados; actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos; y actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo.
Por su lado, la legítima defensa es una cuestión que atañe al derecho penal y que, según el jurista español Luis Jiménez de Azúa (SIC), es repulsa de la agresión ilegítima, actual o inminente, por el atacado o tercera persona, contra el agresor, sin traspasar la necesidad de la defensa y dentro de la racional proporción de los medios empleados para impedirla o repelerla.
Nuestro Código Penal regula expresamente dicha figura al estipular, en su artículo 65, que no es punible el que obra en defensa de su propia persona o derecho, siempre que concurran las circunstancias siguientes: a) agresión ilegítima por parte del que genera el hecho; b) necesidad del medio empleado para impedirla o repelerla; c) falta de provocación de parte del que pretenda haber obrado en defensa propia; d) el que obra constreñido por la necesidad de salvar su persona, o la de otro, no haya dado origen al peligro grave e inminente.
A pesar de que lo señalado hasta aquí parece obvio, los venezolanos que hoy sufren los diferentes males generados por el régimen de Nicolás Maduro podrían preguntarse si, ante un gobierno que actúa indiscriminadamente sin ningún apego a la ley, es legítimo defenderse con todas las acciones que sean necesarias para evitar su destrucción y la del orden democrático en su conjunto. En otras palabras, ¿quedamos eximidos de toda responsabilidad moral si ejecutamos acciones que, no estando ajustadas a los criterios éticos, nos permiten encausar las acciones del gobierno actual en el terreno de la legalidad o, de ser necesario, instaurar uno nuevo que se someta a lo que dispone la Constitución y las leyes?
Obviamente que la respuesta a la inquietud anterior no está en la disposición penal que procedimos a registrar –para llamar la atención y como gran marco de referencia– a fin de poner de manifiesto la procedencia de una acción extrema (quitarle la vida a un ser humano), cuando nos enfrentamos a situaciones excepcionales que ponen en riesgo nuestra propia vida. Sin embargo, conclusiones parecidas se fueron decantando en desarrollos que desde antiguo se han llevado a cabo en la doctrina política.
Ciertamente, en este último campo encontraremos luces sobre tan delicado asunto en los estudios que se han realizado a partir de Platón, quien fue el primero en plantear la necesidad de investigar el modo en que ha surgido un gobierno y el modo como, una vez surgido, pueda ser conservado el mayor tiempo posible.
Cuando Maquiavelo toma la batuta sobre la cuestión, la aborda con crudeza: “El que deja lo que se hace por lo que se debería hacer, aprende más bien su ruina que su preservación, porque un hombre que en todas partes desee hacer profesión de bueno, conviene que arruine a muchos que no son buenos. De donde a un príncipe le es necesario, queriéndose mantener, aprender a poder no ser bueno y usarlo y no usarlo según la necesidad”. Su posición conduce a que se califique de maquiavelismo el modo de proceder con astucia, doblez y perfidia.
El conflicto entre ética y política ha estado a la orden del día a través de los siglos, y del tema se han ocupado figuras de primer orden como Kant, Hegel, Hobbes, Locke, Schmitt, Arendt, Habermas y Rawls, entre otros. Más recientemente, haciendo uso de una teoría que se aproxima al ideal científico verificable que elimina todo juicio de valor, Bobbio señala que el criterio con base en el cual se considera buena o mala una acción política es diferente del criterio con base en el cual se considera buena o mala una acción moral. Según él, los dos criterios son inconmensurables y esa inconmensurabilidad se expresa mediante la afirmación de que en política tiene validez la máxima que dice que los fines justifican los medios.
Lo antes expuesto pone en evidencia el problema que se confronta entre nosotros, cuando un sector de la oposición califica de “inmoral” la juramentación que ante la asamblea nacional constituyente hicieron los cuatros gobernadores de la oposición que fueron elegidos en las elecciones del 15 de octubre, mientras que, por el contrario, se manifiesta que fue “digna” la decisión que adoptó el gobernador electo por el estado Zulia, de negarse a hacer la mencionada juramentación.
Ante tal forma de proceder cabe preguntarse qué ocurriría si el año entrante, de concretarse la fecha de la elección presidencial en nuestro país, el presidente Donald Trump (o el secretario general de la OEA, Luis Almagro) le pide a los opositores venezolanos que, por razones de alta política, participen en la contienda electoral con el mismo CNE de hoy. ¿Tendría entonces ese requerimiento la dignidad que hoy se les niega a los gobernadores de AD? Y más aún, ¿en consideración a la doctrina política y las necesidades profundas del país, debería la dirigencia nuestra del momento apoyar dicha propuesta con el solo apego a las motivaciones políticas que la justifican y nada más?
Ahí les dejo el dilema a nuestros aguerridos amigos opositores que toman todas sus decisiones políticas con estricta adhesión a la moral y el deber ser.
Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/politica-legitima-defensa-moralidad_210389
Breve nota LB: Interesante y sugerente la premisa, pero banalizó su desarrollo.
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sábado, 25 de noviembre de 2017
viernes, 23 de diciembre de 2016
NO SOBRA LA ACLARATORIA
¿Sabías que la frase ‘El fin justifica los medios’ no pertenece a Maquiavelo?
Alfred López
¿Cuál es el origen de la expresión ‘El fin justifica los medios’?Es habitual escuchar decir que ‘el fin justifica los medios’ cuando alguien ha conseguido algo por algún método no del todo ético, pero que el hecho de realizarlo de aquel modo ha valido la pena por el resultado conseguido (aplicándose sobre todo en el terreno de la política y los negocios especulativos).
Muchos son los que han atribuido, erróneamente, esta frase al escritor, y relevante personaje de la Italia renacentista, Nicolás Maquiavelo, quien defendió a través de su obra literaria la manera más amoral y déspota de hacer política. Incluso existen fuentes que indican que fue el propio Napoleón Bonaparte quien la dijo tras la lectura de ‘El Príncipe’, la obra más insigne de Maquiavelo.
La mayoría de expertos e historiadores coinciden en señalar que la famosa cita atribuida a Maquiavelo es, en realidad, el resultado y transformación de una frase extraída del texto en latín “Medulla theologiae moralis” (1645) y cuyo autor fue el teólogo alemán Hermmann Busenbaum.
La frase que se encuentra en dicho texto, dice literalmente:
Cum finis est licitus, etiam media sunt licita
(Cuando el fin es lícito, también lo son los medios)
Fuente:
http://blogs.20minutos.es/yaestaellistoquetodolosabe/sabias-que-la-frase-el-fin-justifica-los-medios-no-pertenece-a-maquiavelo/
Alfred López
¿Cuál es el origen de la expresión ‘El fin justifica los medios’?Es habitual escuchar decir que ‘el fin justifica los medios’ cuando alguien ha conseguido algo por algún método no del todo ético, pero que el hecho de realizarlo de aquel modo ha valido la pena por el resultado conseguido (aplicándose sobre todo en el terreno de la política y los negocios especulativos).
Muchos son los que han atribuido, erróneamente, esta frase al escritor, y relevante personaje de la Italia renacentista, Nicolás Maquiavelo, quien defendió a través de su obra literaria la manera más amoral y déspota de hacer política. Incluso existen fuentes que indican que fue el propio Napoleón Bonaparte quien la dijo tras la lectura de ‘El Príncipe’, la obra más insigne de Maquiavelo.
La mayoría de expertos e historiadores coinciden en señalar que la famosa cita atribuida a Maquiavelo es, en realidad, el resultado y transformación de una frase extraída del texto en latín “Medulla theologiae moralis” (1645) y cuyo autor fue el teólogo alemán Hermmann Busenbaum.
La frase que se encuentra en dicho texto, dice literalmente:
Cum finis est licitus, etiam media sunt licita
(Cuando el fin es lícito, también lo son los medios)
Fuente:
http://blogs.20minutos.es/yaestaellistoquetodolosabe/sabias-que-la-frase-el-fin-justifica-los-medios-no-pertenece-a-maquiavelo/
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viernes, 22 de abril de 2016
viernes, 18 de abril de 2014
LEED BIEN ESTA OBRA
EL NACIONAL, Caracas, 18 de abril de 2014 / PAPEL LITERARIO
Cinco siglos de influencia
“El príncipe” de Nicolás de Maquiavelo
Diego Tatián
Considerado el mayor elogio del despotismo de todos los tiempos y sin duda la pieza más denostada de la historia del pensamiento, por más de 500 años El príncipe (1513) no ha dejado, sin embargo, de conmover a las generaciones que, una tras otra, han afrontado su enigma y la tremenda experiencia que impone su lectura. A contramano de la recepción hegemónica que lo concibe como un ars tyrannica, una antigua y heterogénea tradición de lectura considera El príncipe como un texto que se inscribe en la causa del pueblo y el partido de la libertad.
En su artículo sobre maquiavelismo de la Encyclopédie, decía Diderot: “Cuando Maquiavelo escribió su tratado El príncipe, es como si les hubiera dicho a sus conciudadanos: leed bien esta obra. Si alguna vez aceptáis un amo, será tal y como lo describo; es ésta la bestia feroz a la cual os abandonaréis. Así pues, fue un error de sus contemporáneos desconocer el objetivo de El príncipe. Tomaron por un elogio lo que era una sátira”, argumento que retomaría Rousseau en el Contrato social: “Fingiendo dar lecciones a los reyes [Maquiavelo], se las ha dado, y muy grandes, a los pueblos. El príncipe es el libro de los republicanos”.
En sintonía con esta esporádica recepción antigua, algunas grandes lecturas contemporáneas de la obra maquiaveliana –la de Gramsci, la de Merleau-Ponty, la de Althusser, la de Lefort…– han insistido en su carácter revolucionario, no sólo en el sentido en que modifica el modo clásico de tratar los asuntos políticos, sino también en la explícita voluntad revolucionaria que la inspira, en su propósito transformador, en su dimensión práctica animada de jacobinismo.
Puesta en relación con este término, la presencia de Maquiavelo en la cultura política de izquierda en el siglo XX está decisivamente marcada por las notas que Gramsci redacta en prisión entre 1932 y 1934, donde el escritor florentino es considerado un militante político y El príncipe, un manifiesto revolucionario: lo que el “jacobinismo precoz” de Maquiavelo plantea allí es el problema de las condiciones de formación de una voluntad colectiva nacional-popular.
La lectura gramsciana de un Maquiavelo popular, que “se vuelve pueblo” y “se confunde” con él, subordina la “cientificidad” contenida en la comprensión del poder a una explícita filosofía de la liberación que obtiene su revelación en el último capítulo, “que ilumina toda la obra”: la exhortación a ponerse al frente de Italia y liberarla de los bárbaros. Bien conocidos por los Grandes, que ningún interés podrían tener en su divulgación, la publicación de los mecanismos del poder está sin dudas destinada a “la clase revolucionaria de su tiempo”, hasta entonces desposeída de un saber del poder.
Esta solitaria lectura de Gramsci en la cárcel de Turi marca de manera decisiva la deriva posterior del maquiavelismo en la izquierda, revitalizada luego por la compleja introducción merleau-pontyana de Maquiavelo en el debate filosófico francés, que impulsaría un “giro maquiaveliano del marxismo”. Se trata, pues, para Merleau de recobrar un “Maquiavelo antimaquiavélico”, a distancia del cinismo, el ardid y el engaño como instrumentos de dominación. En Humanismo y terror (1947), la importancia de Maquiavelo para la “cuestión comunista” y para el humanismo radica en su elogio de la acción contra toda comprensión fatalista de los asuntos humanos: las contradicciones de la historia no son pasibles de una “solución” ni se orientan a una armonía final.
Motivado por el estropicio de los comunismos reales, el “giro maquiaveliano” de Merleau afirmaba que las cuestiones relativas al poder y a la organización del poder –las cuestiones propiamente políticas– conservan toda su importancia y no se hallan subordinadas a la determinación económica. Frente a los problemas del presente –escribía Merleau–, “la respuesta no es la revuelta sino la virtù sin ninguna resignación”, no sin acentuar la cuestión del conflicto como constitutivo de la comunidad política (“Habiendo postulado el principio del conflicto, Maquiavelo va más allá de él sin olvidarlo jamás”) y la adopción de la causa popular en las contiendas de su tiempo.
Lejos de ser equivalente al cinismo, el “pesimismo” de Maquiavelo crea las condiciones para una acción común abierta a la experiencia, capaz de impedir la autonomización del poder y su clausura –cuyo emblema había sido el aplastamiento de Konstadt. Tal vez sea este episodio de terror revolucionario “ahora convertido en sistema” el núcleo de la reflexión maquiaveliana de Merleau-Ponty. Frente a la masacre de Kronstadt, Maquiavelo marca, pues, la posibilidad de una humanidad surgida de la vida colectiva. El legado de un “humanismo real” –concluía Merleau– es el de Marx con Maquiavelo, para construir “un poder de los sin poder”.
Otra decisiva interpretación contemporánea de la obra maquiaveliana tiene asimismo su contexto en el interior del marxismo; fue desarrollada por Claude Lefort, quien había sido alumno de Merleau-Ponty a comienzos de los años 40, y bajo cuyo influjo emprende su más importante trabajo sobre Maquiavelo en paralelo a una reflexión sobre el totalitarismo –considerado por Lefort como “el hecho mayor de nuestro tiempo”.
El principal significado del acontecimiento totalitario –irreductible a la sola dimensión económica– es la destrucción de lo político. La división social en tanto constitutiva de lo político –y no la razón de Estado, ni el inmoralismo de los medios para la obtención o la preservación del poder– es el gran descubrimiento de Maquiavelo según Lefort; no hay “solución final” del conflicto social –a no ser por la vía de la “ilusión” totalitaria–, como no hay un fin de la historia donde se cancelan las contradicciones humanas debido al hecho de que éstas no son accidentales sino constitutivas del ser en común.
La lección antitotalitaria de Maquiavelo es que el precio a pagar por la aspiración de una sociedad definitivamente reconciliada consigo misma es la libertad humana, y que el poder en sentido maquiaveliano, lejos de destruir la división, crea las condiciones materiales e institucionales para su manifestación. No hay una originaria sociedad transparente y despojada de conflictos que recuperar, ni una sociedad reconciliada por venir que sería la desembocadura del proceso revolucionario, pues la división no es una contingencia sino el modo como una sociedad se relaciona consigo misma. La libertad es un ejercicio inagotable determinado por una “negatividad”: la oposición a la dominación.
También en la huella de la interpretación gramsciana, Althusser leerá El príncipe como un manifiesto revolucionario cuyo punto de vista es el del pueblo, pero de un modo complejo. En efecto, en cuanto escrito público que “confiesa lo inconfesable”, El príncipe es en realidad una “artimaña contra príncipes” que se dirige al pueblo, y por ello se trata de un texto antimaquiavélico. Pero si la “interpretación democrática” no prescinde sin embargo del príncipe, la alternancia de los puntos de vista se hace finalmente inescindible. Es esta conjunción inevitable el motivo de la “soledad” de Maquiavelo –cuyo pensamiento es incluido, sin embargo, en la tradición secreta que Althusser denomina “corriente subterránea del materialismo del encuentro”.
En la actualidad, tiene lugar un complejo “momento maquiaveliano” en América latina, en el que se conjugan muchos de los elementos antes reseñados. Un conjunto de antiguas luchas sociales organizan sus militancias y sus tareas en una conquista institucional, en una disputa por la ley (que emerge así maquiavelianamente del rechazo de los oprimidos hacia la opresión) y por el sentido compartido (que suele hoy llamarse “hegemonía”), bajo una tácita “exhortación a la unidad de Latinoamérica” por un Príncipe colectivo que adopta un posicionamiento popular, cuya frágil realidad no procede de ninguna necesidad histórica sino de un encuentro aleatorio de movimientos sociales y políticas de Estado en la región, que pudo no haber tenido lugar y que puede, de un momento a otro, dejar de ser.
La pertinencia del pensamiento maquiaveliano en relación con la cuestión democrática latinoamericana del presente, no sólo recupera el vínculo de poder y libertad contra un cierto sentido común “liberal” que nos tenía acostumbrados a la incompatibilidad de estos términos, sino también mantiene alerta contra cualquier tentación totalitaria de desvanecer los conflictos de los que nacen la institución y la ley; a su vez, afirma la radical contingencia de la experiencia en curso y abjura de toda garantía histórica en favor de la acción humana y la lógica del “encuentro”.
No cabe invocar necesidad alguna que perpetúe una determinada dirección en la marcha de las cosas, sino sólo una virtù popular y dirigencial capaz de lidiar con la fortuna y con el tiempo –además de hacerlo con los intereses afectados que precipitan inestabilidades en continuación. La política como arte de apropiarse del tiempo presupone que nada dura por sí mismo, por sus propias fuerzas o por su movimiento natural, sino por la acción que inventa y así produce duración.
Es por ello que la política no es tanto asunto de “sabiduría” como de una audacia –es el sentido del célebre pasaje en el que Maquiavelo afirma que la fortuna prefiere a los jóvenes porque son “atrevidos…, menos respetuosos, más feroces y más audaces”–, pero acompañada de una prudencia; pues si la prudencia sin audacia es incapaz de subyugar a la fortuna y producir duración, la audacia sin prudencia está destinada a sucumbir a las ilusiones del deseo y los engaños del tiempo.
El actual momento latinoamericano no cuenta con modelos sino con inspiraciones intelectuales e históricas subordinadas a la creación política. En él, la generación de derechos desde la dimensión anómica del deseo y su inscripción en la ley merced a la lucha política se acompaña de una producción institucional, que a la vez los expresa y los protege. Pero la cuestión de los derechos y la crítica de la dominación –que establecen la dimensión propiamente “política” que suele vincularse a Maquiavelo– no excluye una crítica de la explotación económica y una desmitificación del relato que presenta una acumulación originaria (económica, pero también mediática y simbólica) en Latinoamérica como si se tratara de productores y emprendedores al servicio de la totalidad social y no de una historia de rapiñas, saqueos, genocidios y despojos colectivos.
La disputa por Maquiavelo a lo largo de la historia y, en el siglo XX, la inspiración de la izquierda por su perspectiva anticontractualista que denuncia el carácter abstracto de ordenamientos jurídicos alienados de la fragua en la que la lucha de los hombres conquistan nuevas libertades y nuevas igualdades presentan una singular desembocadura en la encrucijada latinoamericana para dotar de lucidez las tareas por venir: poner en marcha un pensamiento de la institución y de la ley en sintonía con experiencias emancipatorias que no hallarán concreción “a base de padrenuestros” (lo que, según entiendo, quiere decir: con las intenciones y con las convicciones no basta, pues siempre es necesario el registro minucioso de los límites que impone lo real, la pluralidad irreconciliada y en conflicto, la finitud…), sino por el trabajo de lo común y, a la vez, por la conciencia de la insuperable división entre los hombres.
Ilustración: Maquiavelo, según Guillermo Aveledo Coll, Caracas (Instituto de Estudios Parlamentarios "Fermín Toro", 10/06/2013).
Cinco siglos de influencia
“El príncipe” de Nicolás de Maquiavelo
Diego Tatián
Considerado el mayor elogio del despotismo de todos los tiempos y sin duda la pieza más denostada de la historia del pensamiento, por más de 500 años El príncipe (1513) no ha dejado, sin embargo, de conmover a las generaciones que, una tras otra, han afrontado su enigma y la tremenda experiencia que impone su lectura. A contramano de la recepción hegemónica que lo concibe como un ars tyrannica, una antigua y heterogénea tradición de lectura considera El príncipe como un texto que se inscribe en la causa del pueblo y el partido de la libertad.
En su artículo sobre maquiavelismo de la Encyclopédie, decía Diderot: “Cuando Maquiavelo escribió su tratado El príncipe, es como si les hubiera dicho a sus conciudadanos: leed bien esta obra. Si alguna vez aceptáis un amo, será tal y como lo describo; es ésta la bestia feroz a la cual os abandonaréis. Así pues, fue un error de sus contemporáneos desconocer el objetivo de El príncipe. Tomaron por un elogio lo que era una sátira”, argumento que retomaría Rousseau en el Contrato social: “Fingiendo dar lecciones a los reyes [Maquiavelo], se las ha dado, y muy grandes, a los pueblos. El príncipe es el libro de los republicanos”.
En sintonía con esta esporádica recepción antigua, algunas grandes lecturas contemporáneas de la obra maquiaveliana –la de Gramsci, la de Merleau-Ponty, la de Althusser, la de Lefort…– han insistido en su carácter revolucionario, no sólo en el sentido en que modifica el modo clásico de tratar los asuntos políticos, sino también en la explícita voluntad revolucionaria que la inspira, en su propósito transformador, en su dimensión práctica animada de jacobinismo.
Puesta en relación con este término, la presencia de Maquiavelo en la cultura política de izquierda en el siglo XX está decisivamente marcada por las notas que Gramsci redacta en prisión entre 1932 y 1934, donde el escritor florentino es considerado un militante político y El príncipe, un manifiesto revolucionario: lo que el “jacobinismo precoz” de Maquiavelo plantea allí es el problema de las condiciones de formación de una voluntad colectiva nacional-popular.
La lectura gramsciana de un Maquiavelo popular, que “se vuelve pueblo” y “se confunde” con él, subordina la “cientificidad” contenida en la comprensión del poder a una explícita filosofía de la liberación que obtiene su revelación en el último capítulo, “que ilumina toda la obra”: la exhortación a ponerse al frente de Italia y liberarla de los bárbaros. Bien conocidos por los Grandes, que ningún interés podrían tener en su divulgación, la publicación de los mecanismos del poder está sin dudas destinada a “la clase revolucionaria de su tiempo”, hasta entonces desposeída de un saber del poder.
Esta solitaria lectura de Gramsci en la cárcel de Turi marca de manera decisiva la deriva posterior del maquiavelismo en la izquierda, revitalizada luego por la compleja introducción merleau-pontyana de Maquiavelo en el debate filosófico francés, que impulsaría un “giro maquiaveliano del marxismo”. Se trata, pues, para Merleau de recobrar un “Maquiavelo antimaquiavélico”, a distancia del cinismo, el ardid y el engaño como instrumentos de dominación. En Humanismo y terror (1947), la importancia de Maquiavelo para la “cuestión comunista” y para el humanismo radica en su elogio de la acción contra toda comprensión fatalista de los asuntos humanos: las contradicciones de la historia no son pasibles de una “solución” ni se orientan a una armonía final.
Motivado por el estropicio de los comunismos reales, el “giro maquiaveliano” de Merleau afirmaba que las cuestiones relativas al poder y a la organización del poder –las cuestiones propiamente políticas– conservan toda su importancia y no se hallan subordinadas a la determinación económica. Frente a los problemas del presente –escribía Merleau–, “la respuesta no es la revuelta sino la virtù sin ninguna resignación”, no sin acentuar la cuestión del conflicto como constitutivo de la comunidad política (“Habiendo postulado el principio del conflicto, Maquiavelo va más allá de él sin olvidarlo jamás”) y la adopción de la causa popular en las contiendas de su tiempo.
Lejos de ser equivalente al cinismo, el “pesimismo” de Maquiavelo crea las condiciones para una acción común abierta a la experiencia, capaz de impedir la autonomización del poder y su clausura –cuyo emblema había sido el aplastamiento de Konstadt. Tal vez sea este episodio de terror revolucionario “ahora convertido en sistema” el núcleo de la reflexión maquiaveliana de Merleau-Ponty. Frente a la masacre de Kronstadt, Maquiavelo marca, pues, la posibilidad de una humanidad surgida de la vida colectiva. El legado de un “humanismo real” –concluía Merleau– es el de Marx con Maquiavelo, para construir “un poder de los sin poder”.
Otra decisiva interpretación contemporánea de la obra maquiaveliana tiene asimismo su contexto en el interior del marxismo; fue desarrollada por Claude Lefort, quien había sido alumno de Merleau-Ponty a comienzos de los años 40, y bajo cuyo influjo emprende su más importante trabajo sobre Maquiavelo en paralelo a una reflexión sobre el totalitarismo –considerado por Lefort como “el hecho mayor de nuestro tiempo”.
El principal significado del acontecimiento totalitario –irreductible a la sola dimensión económica– es la destrucción de lo político. La división social en tanto constitutiva de lo político –y no la razón de Estado, ni el inmoralismo de los medios para la obtención o la preservación del poder– es el gran descubrimiento de Maquiavelo según Lefort; no hay “solución final” del conflicto social –a no ser por la vía de la “ilusión” totalitaria–, como no hay un fin de la historia donde se cancelan las contradicciones humanas debido al hecho de que éstas no son accidentales sino constitutivas del ser en común.
La lección antitotalitaria de Maquiavelo es que el precio a pagar por la aspiración de una sociedad definitivamente reconciliada consigo misma es la libertad humana, y que el poder en sentido maquiaveliano, lejos de destruir la división, crea las condiciones materiales e institucionales para su manifestación. No hay una originaria sociedad transparente y despojada de conflictos que recuperar, ni una sociedad reconciliada por venir que sería la desembocadura del proceso revolucionario, pues la división no es una contingencia sino el modo como una sociedad se relaciona consigo misma. La libertad es un ejercicio inagotable determinado por una “negatividad”: la oposición a la dominación.
También en la huella de la interpretación gramsciana, Althusser leerá El príncipe como un manifiesto revolucionario cuyo punto de vista es el del pueblo, pero de un modo complejo. En efecto, en cuanto escrito público que “confiesa lo inconfesable”, El príncipe es en realidad una “artimaña contra príncipes” que se dirige al pueblo, y por ello se trata de un texto antimaquiavélico. Pero si la “interpretación democrática” no prescinde sin embargo del príncipe, la alternancia de los puntos de vista se hace finalmente inescindible. Es esta conjunción inevitable el motivo de la “soledad” de Maquiavelo –cuyo pensamiento es incluido, sin embargo, en la tradición secreta que Althusser denomina “corriente subterránea del materialismo del encuentro”.
En la actualidad, tiene lugar un complejo “momento maquiaveliano” en América latina, en el que se conjugan muchos de los elementos antes reseñados. Un conjunto de antiguas luchas sociales organizan sus militancias y sus tareas en una conquista institucional, en una disputa por la ley (que emerge así maquiavelianamente del rechazo de los oprimidos hacia la opresión) y por el sentido compartido (que suele hoy llamarse “hegemonía”), bajo una tácita “exhortación a la unidad de Latinoamérica” por un Príncipe colectivo que adopta un posicionamiento popular, cuya frágil realidad no procede de ninguna necesidad histórica sino de un encuentro aleatorio de movimientos sociales y políticas de Estado en la región, que pudo no haber tenido lugar y que puede, de un momento a otro, dejar de ser.
La pertinencia del pensamiento maquiaveliano en relación con la cuestión democrática latinoamericana del presente, no sólo recupera el vínculo de poder y libertad contra un cierto sentido común “liberal” que nos tenía acostumbrados a la incompatibilidad de estos términos, sino también mantiene alerta contra cualquier tentación totalitaria de desvanecer los conflictos de los que nacen la institución y la ley; a su vez, afirma la radical contingencia de la experiencia en curso y abjura de toda garantía histórica en favor de la acción humana y la lógica del “encuentro”.
No cabe invocar necesidad alguna que perpetúe una determinada dirección en la marcha de las cosas, sino sólo una virtù popular y dirigencial capaz de lidiar con la fortuna y con el tiempo –además de hacerlo con los intereses afectados que precipitan inestabilidades en continuación. La política como arte de apropiarse del tiempo presupone que nada dura por sí mismo, por sus propias fuerzas o por su movimiento natural, sino por la acción que inventa y así produce duración.
Es por ello que la política no es tanto asunto de “sabiduría” como de una audacia –es el sentido del célebre pasaje en el que Maquiavelo afirma que la fortuna prefiere a los jóvenes porque son “atrevidos…, menos respetuosos, más feroces y más audaces”–, pero acompañada de una prudencia; pues si la prudencia sin audacia es incapaz de subyugar a la fortuna y producir duración, la audacia sin prudencia está destinada a sucumbir a las ilusiones del deseo y los engaños del tiempo.
El actual momento latinoamericano no cuenta con modelos sino con inspiraciones intelectuales e históricas subordinadas a la creación política. En él, la generación de derechos desde la dimensión anómica del deseo y su inscripción en la ley merced a la lucha política se acompaña de una producción institucional, que a la vez los expresa y los protege. Pero la cuestión de los derechos y la crítica de la dominación –que establecen la dimensión propiamente “política” que suele vincularse a Maquiavelo– no excluye una crítica de la explotación económica y una desmitificación del relato que presenta una acumulación originaria (económica, pero también mediática y simbólica) en Latinoamérica como si se tratara de productores y emprendedores al servicio de la totalidad social y no de una historia de rapiñas, saqueos, genocidios y despojos colectivos.
La disputa por Maquiavelo a lo largo de la historia y, en el siglo XX, la inspiración de la izquierda por su perspectiva anticontractualista que denuncia el carácter abstracto de ordenamientos jurídicos alienados de la fragua en la que la lucha de los hombres conquistan nuevas libertades y nuevas igualdades presentan una singular desembocadura en la encrucijada latinoamericana para dotar de lucidez las tareas por venir: poner en marcha un pensamiento de la institución y de la ley en sintonía con experiencias emancipatorias que no hallarán concreción “a base de padrenuestros” (lo que, según entiendo, quiere decir: con las intenciones y con las convicciones no basta, pues siempre es necesario el registro minucioso de los límites que impone lo real, la pluralidad irreconciliada y en conflicto, la finitud…), sino por el trabajo de lo común y, a la vez, por la conciencia de la insuperable división entre los hombres.
Ilustración: Maquiavelo, según Guillermo Aveledo Coll, Caracas (Instituto de Estudios Parlamentarios "Fermín Toro", 10/06/2013).
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jueves, 2 de enero de 2014
ONTÓLOGO
EL PAÍS, Madrid, 2 de enero de 2014
LA CUARTA PÁGINA
Leer hoy a Maquiavelo
No podemos entender al pensador italiano si no nos liberamos de la influencia del maquiavelismo de nuestra propia historia. Su concepción de la política, laica y autónoma, marca la transición a la modernidad
Ramin Jahanbegloo
El libro más famoso de Maquiavelo, El príncipe, fue escrito hace exactamente 500 años, y desde entonces ha inspirado a dirigentes políticos de todo el mundo. El libro se incluyó en el Índice de libros prohibidos de 1559 y a su autor le denominaron “El malvado Maquiavelo”. La ira no se ha disipado con el tiempo. Pero lo que conviene preguntarse es: ¿Por qué molestarse hoy en leer a Maquiavelo? ¿Por qué leer El príncipe o Los discursos?Una respuesta fácil es que Maquiavelo es el fundador de la filosofía política moderna. Otra es que es el primer teórico político de un mundo desencantado en el que el individuo está solo, sin Dios, sin más motivos ni propósitos que los que le proporciona su propia subjetividad.
Esto se aproxima tal vez más a nuestras preocupaciones en el mundo actual. Lo más relevante para nosotros en el pensamiento de Maquiavelo es no solo su nueva ciencia del arte de gobernar, sino lo que podríamos llamar el “Maquiavelo antimaquiavélico”. Precisamente ahí es donde debería comenzar una lectura no maquiavélica de Maquiavelo. Maquiavelo no era maquiavélico, y los maquiavélicos no son lectores intensos ni perspicaces de Maquiavelo. Por supuesto, es difícil no juzgar su figura a través de la obra de una larga línea de comentaristas o atribuirle las teorías a las que se ha recurrido posteriormente para explicar su pensamiento. Es esencial descubrir en qué consiste exactamente su genio y en qué se asemeja su actitud a la nuestra en relación con nuestras pasiones políticas. Maquiavelo es nuestro, sin duda. Sus palabras no pasan de largo, ni proceden de otra época y otra cultura. Nos desafía desde nuestro propio mundo, y ese reto que plantea es total.
En realidad, lo que pone de relieve el análisis de Maquiavelo es la condición política en sí misma. Si los seres humanos dejaran de ignorar el papel de la Fortuna en sus asuntos y reconocieran sus limitaciones a la hora de establecer instituciones políticas y blindarse contra los caprichos del tiempo y el azar, podrían entrar en la vida política animados por un espíritu cívico. La política se orienta hacia la acción, y, para que la acción sea posible, los hombres deben desempeñar su papel. Es posible empezar de nuevo siempre que los seres humanos actúen unidos y en política, y esa es la convicción más profunda de Maquiavelo.
El pensamiento político se se emancipa con él de la autoridad religiosa y la idea medieval del hombre
Evidentemente, la política así concebida está sujeta a todas las ambigüedades de la acción política. Hoy, en una época en la que las ideologías están desacreditadas y la globalización ha provocado el deshielo de sistemas políticos anquilosados, muchos consideran que la acción política es una carga desagradable. Otros, a través de ella, tratan de inculcar en los ciudadanos un sentido unívoco y monolítico del bien público. Por eso “lo público” está en constante peligro de ser aplastado por los enemigos de la libertad o por los ciudadanos que se olvidan de sus responsabilidades. La primera posibilidad es el destino político de los fundamentalismos religiosos, y la segunda, se puede ejemplificar en la experiencia occidental de la política “irresponsable”, desarrollada con arreglo a una definición cada vez más privada y materialista de la búsqueda de la felicidad.
Lo que distingue a Maquiavelo de los políticos de nuestro tiempo es que no se presenta al frente de un partido que representa a una clase o una raza universal ni en nombre de la humanidad. Para él, no existen criterios por encima de la política. En otras palabras, el pensamiento político de Maquiavelo, en principio, es hostil a las declaraciones partidistas, que engañan a cualquier político o ciudadano que se las tome en serio. Maquiavelo considera que el dato fundamental no está en la pregunta “¿Quién gobierna?”, sino en “¿Cómo gobierna?”. Cuando un gobernante funda un régimen totalmente nuevo a mayor gloria de sí mismo, de paso cree que así prevalecen “la verdadera forma de vida y la auténtica calma de una ciudad”.
El argumento de Maquiavelo es que las cosas humanas se mueven y, por tanto, los asuntos humanos sufren altibajos. No se puede evitar el cambio, pero los hombres deben dedicar su talento político a mantenerse seguros dentro de él. Sin embargo, añade Maquiavelo, “los hombres no pueden estar seguros sin el poder”. Por eso sugiere una expansión del poder humano.
En vez de usar el modelo de los seis gobiernos clásicos para referirse al ciclo inevitable de bien y mal en la política, Maquiavelo pide una “república perpetua” como condición para el progreso de toda la humanidad. Al decir “república perpetua”, se refiere a la expansión del poder de actuar. Como la naturaleza otorga a los hombres el conocimiento, pero no la facultad de actuar, los hombres deben actuar por su cuenta, sin esperar la ayuda ni de Dios ni de la naturaleza. Dios y la naturaleza no ayudan a los hombres a ejercer el poder, por lo que no existe ninguna ley natural ni ningún derecho natural que sean el fundamento de la política. En otras palabras, la doctrina moderna de la soberanía comienza cuando Maquiavelo se apropia del poder que antes los hombres ejercían, en teoría, para cumplir la voluntad de Dios.
Su convicción era que, para empezar de nuevo, los hombres deben actuar unidos y en política
El Estado, pues, debe ser el dominio de la estabilidad en la caótica esfera de los cambios naturales y las pasiones humanas. Por eso, a diferencia de los clásicos, Maquiavelo cree que la política es una entidad artificial creada por el talento humano. Para comprender este punto, hay que recordar que la teoría política de Maquiavelo se presenta como una teoría “laica” y mundana, y su aplicación práctica, además, entraña una nueva dimensión ontológica. Esa nueva ontología política inaugurada por Maquiavelo, por tanto, se puede considerar un momento de transición hacia la modernidad.
Al reflexionar sobre el establecimiento de lo político desde el horizonte final, Maquiavelo busca la forma de superar los dos límites teóricos fundamentales de la lógica de lo teológico y lo político: la falta de una teoría de lo político y que no se basa en una historia de hechos ocurridos. Maquiavelo vuelve a los paganos, más allá de lo ontoteológico, para hallar una manera de concebir la historia en función de una teoría política de los acontecimientos, en la que dichos acontecimientos se vean como el encuentro entre lo político y el movimiento real de la sociedad.
No es ninguna exageración decir que, con Maquiavelo, el pensamiento político europeo alcanza en ciertos aspectos una extraordinaria emancipación de la autoridad religiosa y la concepción medieval del hombre. Ahora bien, para liberar su mundo de la tiranía del pasado y del dominio de los textos medievales, Maquiavelo acude al mundo antiguo. Más aún, que Maquiavelo consulte a los clásicos no solo representa una gran aventura intelectual, sino también una forma de igualar tal vez los logros políticos y las hazañas filosóficas de los tiempos antiguos.
Estas ideas sobre el mundo clásico y el proceso histórico son el trasfondo filosófico que da auténtica originalidad a la obra de Maquiavelo. En vista de ellos y de las conclusiones a las que llega Maquiavelo, resulta todavía más extraordinario que la lectura de sus escritos nos pueda ayudar a comprender la idea maquiavélica de “entrar en política” como forma de dejar atrás nuestro maquiavelismo. No podemos entender el verdadero carácter del pensamiento de Maquiavelo si no nos liberamos de la influencia del maquiavelismo en nuestra propia historia. Para hacer justicia hoy a Maquiavelo y entender mejor sus opiniones, debemos considerarle mucho más que un pensador sobre la razón de Estado. Si lo hacemos, veremos que su interpretación de la política y su insistencia en que es autónoma forman la aportación más original a la historia de las ideas políticas.
(*) Ramin Jahanbegloo, filósofo iraní, es catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad de Toronto.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
Ilustración: Eduardo Estrada.
LA CUARTA PÁGINA
Leer hoy a Maquiavelo
No podemos entender al pensador italiano si no nos liberamos de la influencia del maquiavelismo de nuestra propia historia. Su concepción de la política, laica y autónoma, marca la transición a la modernidad
Ramin Jahanbegloo
El libro más famoso de Maquiavelo, El príncipe, fue escrito hace exactamente 500 años, y desde entonces ha inspirado a dirigentes políticos de todo el mundo. El libro se incluyó en el Índice de libros prohibidos de 1559 y a su autor le denominaron “El malvado Maquiavelo”. La ira no se ha disipado con el tiempo. Pero lo que conviene preguntarse es: ¿Por qué molestarse hoy en leer a Maquiavelo? ¿Por qué leer El príncipe o Los discursos?Una respuesta fácil es que Maquiavelo es el fundador de la filosofía política moderna. Otra es que es el primer teórico político de un mundo desencantado en el que el individuo está solo, sin Dios, sin más motivos ni propósitos que los que le proporciona su propia subjetividad.
Esto se aproxima tal vez más a nuestras preocupaciones en el mundo actual. Lo más relevante para nosotros en el pensamiento de Maquiavelo es no solo su nueva ciencia del arte de gobernar, sino lo que podríamos llamar el “Maquiavelo antimaquiavélico”. Precisamente ahí es donde debería comenzar una lectura no maquiavélica de Maquiavelo. Maquiavelo no era maquiavélico, y los maquiavélicos no son lectores intensos ni perspicaces de Maquiavelo. Por supuesto, es difícil no juzgar su figura a través de la obra de una larga línea de comentaristas o atribuirle las teorías a las que se ha recurrido posteriormente para explicar su pensamiento. Es esencial descubrir en qué consiste exactamente su genio y en qué se asemeja su actitud a la nuestra en relación con nuestras pasiones políticas. Maquiavelo es nuestro, sin duda. Sus palabras no pasan de largo, ni proceden de otra época y otra cultura. Nos desafía desde nuestro propio mundo, y ese reto que plantea es total.
En realidad, lo que pone de relieve el análisis de Maquiavelo es la condición política en sí misma. Si los seres humanos dejaran de ignorar el papel de la Fortuna en sus asuntos y reconocieran sus limitaciones a la hora de establecer instituciones políticas y blindarse contra los caprichos del tiempo y el azar, podrían entrar en la vida política animados por un espíritu cívico. La política se orienta hacia la acción, y, para que la acción sea posible, los hombres deben desempeñar su papel. Es posible empezar de nuevo siempre que los seres humanos actúen unidos y en política, y esa es la convicción más profunda de Maquiavelo.
El pensamiento político se se emancipa con él de la autoridad religiosa y la idea medieval del hombre
Evidentemente, la política así concebida está sujeta a todas las ambigüedades de la acción política. Hoy, en una época en la que las ideologías están desacreditadas y la globalización ha provocado el deshielo de sistemas políticos anquilosados, muchos consideran que la acción política es una carga desagradable. Otros, a través de ella, tratan de inculcar en los ciudadanos un sentido unívoco y monolítico del bien público. Por eso “lo público” está en constante peligro de ser aplastado por los enemigos de la libertad o por los ciudadanos que se olvidan de sus responsabilidades. La primera posibilidad es el destino político de los fundamentalismos religiosos, y la segunda, se puede ejemplificar en la experiencia occidental de la política “irresponsable”, desarrollada con arreglo a una definición cada vez más privada y materialista de la búsqueda de la felicidad.
Lo que distingue a Maquiavelo de los políticos de nuestro tiempo es que no se presenta al frente de un partido que representa a una clase o una raza universal ni en nombre de la humanidad. Para él, no existen criterios por encima de la política. En otras palabras, el pensamiento político de Maquiavelo, en principio, es hostil a las declaraciones partidistas, que engañan a cualquier político o ciudadano que se las tome en serio. Maquiavelo considera que el dato fundamental no está en la pregunta “¿Quién gobierna?”, sino en “¿Cómo gobierna?”. Cuando un gobernante funda un régimen totalmente nuevo a mayor gloria de sí mismo, de paso cree que así prevalecen “la verdadera forma de vida y la auténtica calma de una ciudad”.
El argumento de Maquiavelo es que las cosas humanas se mueven y, por tanto, los asuntos humanos sufren altibajos. No se puede evitar el cambio, pero los hombres deben dedicar su talento político a mantenerse seguros dentro de él. Sin embargo, añade Maquiavelo, “los hombres no pueden estar seguros sin el poder”. Por eso sugiere una expansión del poder humano.
En vez de usar el modelo de los seis gobiernos clásicos para referirse al ciclo inevitable de bien y mal en la política, Maquiavelo pide una “república perpetua” como condición para el progreso de toda la humanidad. Al decir “república perpetua”, se refiere a la expansión del poder de actuar. Como la naturaleza otorga a los hombres el conocimiento, pero no la facultad de actuar, los hombres deben actuar por su cuenta, sin esperar la ayuda ni de Dios ni de la naturaleza. Dios y la naturaleza no ayudan a los hombres a ejercer el poder, por lo que no existe ninguna ley natural ni ningún derecho natural que sean el fundamento de la política. En otras palabras, la doctrina moderna de la soberanía comienza cuando Maquiavelo se apropia del poder que antes los hombres ejercían, en teoría, para cumplir la voluntad de Dios.
Su convicción era que, para empezar de nuevo, los hombres deben actuar unidos y en política
El Estado, pues, debe ser el dominio de la estabilidad en la caótica esfera de los cambios naturales y las pasiones humanas. Por eso, a diferencia de los clásicos, Maquiavelo cree que la política es una entidad artificial creada por el talento humano. Para comprender este punto, hay que recordar que la teoría política de Maquiavelo se presenta como una teoría “laica” y mundana, y su aplicación práctica, además, entraña una nueva dimensión ontológica. Esa nueva ontología política inaugurada por Maquiavelo, por tanto, se puede considerar un momento de transición hacia la modernidad.
Al reflexionar sobre el establecimiento de lo político desde el horizonte final, Maquiavelo busca la forma de superar los dos límites teóricos fundamentales de la lógica de lo teológico y lo político: la falta de una teoría de lo político y que no se basa en una historia de hechos ocurridos. Maquiavelo vuelve a los paganos, más allá de lo ontoteológico, para hallar una manera de concebir la historia en función de una teoría política de los acontecimientos, en la que dichos acontecimientos se vean como el encuentro entre lo político y el movimiento real de la sociedad.
No es ninguna exageración decir que, con Maquiavelo, el pensamiento político europeo alcanza en ciertos aspectos una extraordinaria emancipación de la autoridad religiosa y la concepción medieval del hombre. Ahora bien, para liberar su mundo de la tiranía del pasado y del dominio de los textos medievales, Maquiavelo acude al mundo antiguo. Más aún, que Maquiavelo consulte a los clásicos no solo representa una gran aventura intelectual, sino también una forma de igualar tal vez los logros políticos y las hazañas filosóficas de los tiempos antiguos.
Estas ideas sobre el mundo clásico y el proceso histórico son el trasfondo filosófico que da auténtica originalidad a la obra de Maquiavelo. En vista de ellos y de las conclusiones a las que llega Maquiavelo, resulta todavía más extraordinario que la lectura de sus escritos nos pueda ayudar a comprender la idea maquiavélica de “entrar en política” como forma de dejar atrás nuestro maquiavelismo. No podemos entender el verdadero carácter del pensamiento de Maquiavelo si no nos liberamos de la influencia del maquiavelismo en nuestra propia historia. Para hacer justicia hoy a Maquiavelo y entender mejor sus opiniones, debemos considerarle mucho más que un pensador sobre la razón de Estado. Si lo hacemos, veremos que su interpretación de la política y su insistencia en que es autónoma forman la aportación más original a la historia de las ideas políticas.
(*) Ramin Jahanbegloo, filósofo iraní, es catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad de Toronto.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
Ilustración: Eduardo Estrada.
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sábado, 21 de diciembre de 2013
OPCIÓN
EL NACIONAL - Domingo 15 de Diciembre de 2013 Papel Literario/2
Cruce de espadas
Nicolás Maquiavelo
LEO STRAUSS
"Maquiavelo es el único pensador político cuyo nombre se ha utilizado comúnmente para designar un tipo de política, el cual existe y seguirá existiendo independientemente de su influencia, una política que se guía de forma exclusiva por consideraciones de conveniencia, que usa todos los medios, limpios o sucios, hierro o veneno, para lograr sus fines y esos fines son el engrandecimiento del propio país o la propia patria, pero también usa la patria al servicio de la exaltación personal del político o del estadista o del propio partido. Pero, si este fenómeno es tan viejo como la sociedad política misma, ¿por qué se lo designa como un derivado del nombre de Maquiavelo, quien vivió y escribió hace no demasiado tiempo, unos quinientos años atrás? Maquiavelo fue el primero en defenderlo públicamente en libros que tenían su nombre en la portada. Maquiavelo lo convirtió en públicamente defendible. Esto significa que su logro, detestable o admirable, no puede entenderse en función de la política misma, ni de la historia de la política digamos, en términos del Renacimiento italiano, sino únicamente desde el punto de vista del pensamiento político, de la filosofía política, de la historia de la filosofía política.
Maquiavelo parece haber roto con todos los filósofos políticos precedentes. Hay pruebas de peso en apoyo de esta opinión. Sin embargo, su obra más extensa procura en forma ostensible producir el renacimiento de la antigua República romana; lejos de ser in innovador radical, Maquiavelo es un restaurador de algo viejo y olvidado (...).
Maquiavelo no se interesa por el modo de vivir de los hombres con el mero fin de describirlo; más bien, sobre la base del conocimiento de cómo viven, su intención es enseñar a los príncipes cómo deberían gobernar e incluso cómo deberían vivir. En consecuencia, reescribe, por así decirlo, la Ética de Aristóteles.
Hasta cierto punto, admite que la enseñanza tradicional es verdadera: los hombres están obligados a vivir virtuosamente, en el sentido aristotélico.
Pero niega que la vida virtuosa sea una vida feliz o conducente a la felicidad. `Si la liberalidad se usa a la manera en que estás obligada a usarla, te hiere; pues si la usas virtuosamente y como deberíamos usarla’, el príncipe se arruinará y se verá obligado a gobernar a sus súbditos de manera opresiva para conseguir el dinero necesario.
La mezquindad, lo contrario a la liberalidad, es `uno de los vicios que permiten a un príncipe gobernar’. Un príncipe debería ser liberal, no obstante, con la propiedad de otros, porque eso incrementa su fama. Consideraciones similares se aplican a la compasión y su opuesto, la crueldad. Esto lleva a Maquiavelo a la cuestión acerca de si para un príncipe es mejor ser amado o ser temido. Es difícil ser amado y temido a la vez. Por consiguiente, puesto que es menester elegir, se debe optar por ser temido, y no amado, porque para ser amado se depende de otros, mientras que para ser temido se depende de uno mismo.
Pero uno debe evitar llegar a ser odiado; el príncipe evitará que se le odie si se abstiene de los bienes y las mujeres de sus súbditos; sobre todo de sus bienes, que los hombres aman a tal punto que les afecta menos el asesinato de su padre que la pérdida de su patrimonio.
En la guerra, la fama de crueldad no hace daño alguno".
(*) Nota: este es un fragmento de su ensayo Nicolás Maquiavelo.
Ilustración: Chema Madoz.
Cruce de espadas
Nicolás Maquiavelo
LEO STRAUSS
"Maquiavelo es el único pensador político cuyo nombre se ha utilizado comúnmente para designar un tipo de política, el cual existe y seguirá existiendo independientemente de su influencia, una política que se guía de forma exclusiva por consideraciones de conveniencia, que usa todos los medios, limpios o sucios, hierro o veneno, para lograr sus fines y esos fines son el engrandecimiento del propio país o la propia patria, pero también usa la patria al servicio de la exaltación personal del político o del estadista o del propio partido. Pero, si este fenómeno es tan viejo como la sociedad política misma, ¿por qué se lo designa como un derivado del nombre de Maquiavelo, quien vivió y escribió hace no demasiado tiempo, unos quinientos años atrás? Maquiavelo fue el primero en defenderlo públicamente en libros que tenían su nombre en la portada. Maquiavelo lo convirtió en públicamente defendible. Esto significa que su logro, detestable o admirable, no puede entenderse en función de la política misma, ni de la historia de la política digamos, en términos del Renacimiento italiano, sino únicamente desde el punto de vista del pensamiento político, de la filosofía política, de la historia de la filosofía política.
Maquiavelo parece haber roto con todos los filósofos políticos precedentes. Hay pruebas de peso en apoyo de esta opinión. Sin embargo, su obra más extensa procura en forma ostensible producir el renacimiento de la antigua República romana; lejos de ser in innovador radical, Maquiavelo es un restaurador de algo viejo y olvidado (...).
Maquiavelo no se interesa por el modo de vivir de los hombres con el mero fin de describirlo; más bien, sobre la base del conocimiento de cómo viven, su intención es enseñar a los príncipes cómo deberían gobernar e incluso cómo deberían vivir. En consecuencia, reescribe, por así decirlo, la Ética de Aristóteles.
Hasta cierto punto, admite que la enseñanza tradicional es verdadera: los hombres están obligados a vivir virtuosamente, en el sentido aristotélico.
Pero niega que la vida virtuosa sea una vida feliz o conducente a la felicidad. `Si la liberalidad se usa a la manera en que estás obligada a usarla, te hiere; pues si la usas virtuosamente y como deberíamos usarla’, el príncipe se arruinará y se verá obligado a gobernar a sus súbditos de manera opresiva para conseguir el dinero necesario.
La mezquindad, lo contrario a la liberalidad, es `uno de los vicios que permiten a un príncipe gobernar’. Un príncipe debería ser liberal, no obstante, con la propiedad de otros, porque eso incrementa su fama. Consideraciones similares se aplican a la compasión y su opuesto, la crueldad. Esto lleva a Maquiavelo a la cuestión acerca de si para un príncipe es mejor ser amado o ser temido. Es difícil ser amado y temido a la vez. Por consiguiente, puesto que es menester elegir, se debe optar por ser temido, y no amado, porque para ser amado se depende de otros, mientras que para ser temido se depende de uno mismo.
Pero uno debe evitar llegar a ser odiado; el príncipe evitará que se le odie si se abstiene de los bienes y las mujeres de sus súbditos; sobre todo de sus bienes, que los hombres aman a tal punto que les afecta menos el asesinato de su padre que la pérdida de su patrimonio.
En la guerra, la fama de crueldad no hace daño alguno".
(*) Nota: este es un fragmento de su ensayo Nicolás Maquiavelo.
Ilustración: Chema Madoz.
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domingo, 4 de agosto de 2013
ACUTISSIMUS MACHIAVELLUS
EL PAÍS, Madrid, 3 de agosto de 2013
LA CUARTA PÁGINA
Las ciudades de Maquiavelo
El intelectual florentino defendió la primacía de la política con el telón de fondo de grandes cambios en los principados italianos. Es un referente útil para analizar que estamos haciendo hoy con nuestra democracia
Álvaro Moral García
Maquiavelo tenía las manos sucias, no hay duda. Su papel como político e intelectual florentino no siempre fue digno de admirar desde el punto de vista democrático. A lo largo de su vida podríamos encontrar algo de imperialismo, autoritarismo, apología de la violencia, pragmatismo radical, desprecio a los valores éticos y morales, defensa de la pauperización de la sociedad como medio de adoctrinamiento y, obviamente, machismo. Eso sí, estoy seguro de que no era un “protofascista”. La caracterización que María José Villaverde realizó de Maquiavelo en su artículo Las manos sucias de Maquiavelo,publicado en EL PAÍS el sábado 6 de julio de 2013, apunta a algunos lugares del pensamiento maquiavélico, pero, desde mi punto de vista, no completa todo el paisaje de su trabajo. Los mejores intérpretes de la obra de Maquiavelo (desde Skinner, Pocock y Baron hasta Gramsci, Lefort y Althusser) no necesitaron negar totalmente esta representación del maquiavelismo para reconocer que, dentro de las ambivalencias del autor, podían encontrarse aportaciones revolucionarias para la teoría de la democracia. Una teoría que, por cierto, necesita en la actualidad del aire libre de unas ciudades que Maquiavelo, sin ningún lugar a dudas, puso en primer lugar.
Lo interesante de un autor como Maquiavelo no es que sea un “ejemplo a seguir”, sino lo que nos dice de las ciudades donde habitó y lo que nos puede decir de lo que estamos haciendo con las nuestras. De hecho los autores que movilizan nuestro pensamiento no lo hacen por su ejemplaridad sino por la fuerza intelectual a la hora de significarnos el espacio social en el que moraron. Y Maquiavelo vivió en ese “torbellino de las ciudades-Estado de la Italia del Renacimiento” donde se fraguó el pensamiento político moderno (Arendt). La historia de estas ciudades fue, fundamentalmente, la del movimiento municipalista entre los siglos XI y XVI, la de la lucha por la libertad, la autonomía y el autogobierno de algunas de las comunas que salpicaron el territorio europeo. Esta historia hay que interpretarla en la vieja encrucijada del Mediterráneo, en el cruce de caminos entre las diversas culturas y civilizaciones que se encontraban en sus orillas y donde las ciudades bajomedievales y renacentistas tuvieron un papel decisivo. Entre ellas destacó Florencia, el espacio donde Maquiavelo (1469-1527) vivió el final de este largo recorrido de las ciudades-república, con un escenario de enfrentamientos entre las tendencias populares y aristocráticas de la ciudad y de esta con las potencias extranjeras que la amenazaban (los Estados modernos de España y Francia, fundamentalmente). De hecho, la obra de Maquiavelo se presenta con las ambivalencias propias de una ciudad dividida. Autor de El príncipe fue también el ciudadano republicano que redactó los Discursos sobre la primera década de Tito Livio. Esta última fue escrita en plena crisis de la ciudad y acabaría siendo un texto capital para la teoría moderna de la democracia. Parece ser que, en esta ocasión, el búho de Minerva sí voló al caer la noche.
El autor de ‘El Príncipe’ negó que el objetivo de las sociedades fuese mantenerse inalterables
Siguiendo las lecciones de los autores que he destacado anteriormente, me gustaría subrayar algunas aportaciones revolucionarias que Maquiavelo hizo a la teoría de la democracia y que nos pueden resultar útiles en la actualidad. Maquiavelo fue, para empezar, el fundador de la “actitud crítica” moderna (Foucault). Ese “manifiesto revolucionario” (Gramsci) que fue El príncipe no pensaba en los principados tradicionales que se sustentaban fácilmente según el mundo de la costumbre. A Maquiavelo le interesaban los “principados nuevos” porque en ellos es donde se encontraban las “dificultades”. Es decir, para pensar la política Maquiavelo construyó el telón de fondo de la crisis. Resultado: la política se convirtió en un mecanismo de innovación, en una práctica de construir “órdenes políticos nuevos” para hacerle frente a situaciones críticas y problemáticas. Al estilo del mejor Baudelaire, Maquiavelo abrió la puerta a buscar “lo eterno y lo inmutable” de la política en la crisis de la ciudad, precisamente cuando en esta reinaba “lo efímero, lo veloz, lo contingente”. Fundador de la “maestría de la sospecha” (Ricoeur), alteró siempre las condiciones desde donde la política debía ser pensada y buscó la otra cara de la ciudad para producir un concepto radicalmente moderno del poder.
Con ello, la aportación decisiva de Maquiavelo fue, desde mi punto de vista, poner a “las ciudades primero” (Jacobs, Soja) en su reflexión sobre los proyectos históricos de la sociedad. Maquiavelo defendió en los capítulos más importantes de los Discursos una noción sumamente moderna de la misión histórica de las sociedades. Negó que el objetivo de estas fuera mantenerse inalterables a lo largo del tiempo ya que “las cosas de los hombres están siempre en movimiento y no pueden permanecer estables”. Ante ello apostó por ciudades preparadas para acometer grandes cambios en el presente que acabarían dejando huella en la memoria histórica de lo social. La condición de posibilidad de este poder en la historia era, para Maquiavelo, un espacio urbano que garantizara la autonomía y libertad de todos los ciudadanos. Solo en aquellas ciudades donde el pluralismo social estuviese garantizado habría el poder suficiente para realizar mutaciones decisivas.
Y ello a pesar de o precisamente por las disputas y enfrentamientos que en una sociedad libre y plural pudieran producirse. Maquiavelo pensaba (y esto alarmó a los espíritus de su tiempo y, concretamente, a su colega Guicciardini) que la pugna entre los ciudadanos era un síntoma positivo de vitalidad urbana, de una ciudadanía “fuerte” y en “aumento” que era motor del devenir de la sociedad. Es esta defensa de la libertad y el pluralismo, de la energía positiva del conflicto para la constitución de la ciudad y del compromiso histórico de las sociedades con el cambio la que haría de Maquiavelo un pensador revolucionario para la teoría de la democracia.
Pensaba que la pugna entre ciudadanos era un síntoma positivo de vitalidad urbana
Maquiavelo se puede convertir en un pensador útil para defender la primacía de la política, la democracia y las ciudades a la hora de definir los cambios de nuestras sociedades. Esto puede resultar decisivo precisamente cuando el ritmo y sentido de los acontecimientos actuales están derivando en una auténtica “terapia de shock” (Klein) contra la ciudadanía. El discurso moderno sobre el cambio social se está convirtiendo en la actualidad en una peligrosa herramienta de “destrucción creativa” de la democracia, del tempo necesario que exige el debate y la deliberación dentro de sociedades libres y plurales. Al olvidar las ciudades que le sirven de fundamento, el mundo moderno está transformando el discurso sobre el cambio social en una ideología al servicio de peligrosas tendencias antidemocráticas que desplazan y desarraigan a la ciudadanía de los espacios públicos de decisión.
En este contexto, para muchos hoy no es una alternativa dar la espalda al mundo de la política, ni mucho menos ir en pos de un conocimiento abstraído de la arena pública o un activismo débil que haga caso omiso de los grandes dilemas que vive nuestra sociedad. Sin duda debemos aprender de Cicerón que no todo está permitido por el bien de la república y que existen barreras éticas infranqueables en la actuación de la política. Pero, también, que “nada hay, de lo que se hace en la tierra, que tenga mayor favor cerca de aquel dios sumo que gobierna el mundo entero que las agrupaciones de hombres unidos por el vínculo del derecho, que son las llamadas ciudades” (Cicerón). Para ello el acutissimus Machiavellus (Spinoza) puede ser un autor que, fascinado por las fuerzas de cambio social que ponía en marcha el mundo moderno, seguía pensando la ciudad, la política y la democracia como origen y fundamento.
(*)Álvaro Moral García es doctor en Filosofía por la Universidad de Granada.
Ilustración: Eulogia Merle.
Cfr. http://lbarragan.blogspot.com/2013/07/desmanchador-de-manos.html
LA CUARTA PÁGINA
Las ciudades de Maquiavelo
El intelectual florentino defendió la primacía de la política con el telón de fondo de grandes cambios en los principados italianos. Es un referente útil para analizar que estamos haciendo hoy con nuestra democracia
Álvaro Moral García
Maquiavelo tenía las manos sucias, no hay duda. Su papel como político e intelectual florentino no siempre fue digno de admirar desde el punto de vista democrático. A lo largo de su vida podríamos encontrar algo de imperialismo, autoritarismo, apología de la violencia, pragmatismo radical, desprecio a los valores éticos y morales, defensa de la pauperización de la sociedad como medio de adoctrinamiento y, obviamente, machismo. Eso sí, estoy seguro de que no era un “protofascista”. La caracterización que María José Villaverde realizó de Maquiavelo en su artículo Las manos sucias de Maquiavelo,publicado en EL PAÍS el sábado 6 de julio de 2013, apunta a algunos lugares del pensamiento maquiavélico, pero, desde mi punto de vista, no completa todo el paisaje de su trabajo. Los mejores intérpretes de la obra de Maquiavelo (desde Skinner, Pocock y Baron hasta Gramsci, Lefort y Althusser) no necesitaron negar totalmente esta representación del maquiavelismo para reconocer que, dentro de las ambivalencias del autor, podían encontrarse aportaciones revolucionarias para la teoría de la democracia. Una teoría que, por cierto, necesita en la actualidad del aire libre de unas ciudades que Maquiavelo, sin ningún lugar a dudas, puso en primer lugar.
Lo interesante de un autor como Maquiavelo no es que sea un “ejemplo a seguir”, sino lo que nos dice de las ciudades donde habitó y lo que nos puede decir de lo que estamos haciendo con las nuestras. De hecho los autores que movilizan nuestro pensamiento no lo hacen por su ejemplaridad sino por la fuerza intelectual a la hora de significarnos el espacio social en el que moraron. Y Maquiavelo vivió en ese “torbellino de las ciudades-Estado de la Italia del Renacimiento” donde se fraguó el pensamiento político moderno (Arendt). La historia de estas ciudades fue, fundamentalmente, la del movimiento municipalista entre los siglos XI y XVI, la de la lucha por la libertad, la autonomía y el autogobierno de algunas de las comunas que salpicaron el territorio europeo. Esta historia hay que interpretarla en la vieja encrucijada del Mediterráneo, en el cruce de caminos entre las diversas culturas y civilizaciones que se encontraban en sus orillas y donde las ciudades bajomedievales y renacentistas tuvieron un papel decisivo. Entre ellas destacó Florencia, el espacio donde Maquiavelo (1469-1527) vivió el final de este largo recorrido de las ciudades-república, con un escenario de enfrentamientos entre las tendencias populares y aristocráticas de la ciudad y de esta con las potencias extranjeras que la amenazaban (los Estados modernos de España y Francia, fundamentalmente). De hecho, la obra de Maquiavelo se presenta con las ambivalencias propias de una ciudad dividida. Autor de El príncipe fue también el ciudadano republicano que redactó los Discursos sobre la primera década de Tito Livio. Esta última fue escrita en plena crisis de la ciudad y acabaría siendo un texto capital para la teoría moderna de la democracia. Parece ser que, en esta ocasión, el búho de Minerva sí voló al caer la noche.
El autor de ‘El Príncipe’ negó que el objetivo de las sociedades fuese mantenerse inalterables
Siguiendo las lecciones de los autores que he destacado anteriormente, me gustaría subrayar algunas aportaciones revolucionarias que Maquiavelo hizo a la teoría de la democracia y que nos pueden resultar útiles en la actualidad. Maquiavelo fue, para empezar, el fundador de la “actitud crítica” moderna (Foucault). Ese “manifiesto revolucionario” (Gramsci) que fue El príncipe no pensaba en los principados tradicionales que se sustentaban fácilmente según el mundo de la costumbre. A Maquiavelo le interesaban los “principados nuevos” porque en ellos es donde se encontraban las “dificultades”. Es decir, para pensar la política Maquiavelo construyó el telón de fondo de la crisis. Resultado: la política se convirtió en un mecanismo de innovación, en una práctica de construir “órdenes políticos nuevos” para hacerle frente a situaciones críticas y problemáticas. Al estilo del mejor Baudelaire, Maquiavelo abrió la puerta a buscar “lo eterno y lo inmutable” de la política en la crisis de la ciudad, precisamente cuando en esta reinaba “lo efímero, lo veloz, lo contingente”. Fundador de la “maestría de la sospecha” (Ricoeur), alteró siempre las condiciones desde donde la política debía ser pensada y buscó la otra cara de la ciudad para producir un concepto radicalmente moderno del poder.
Con ello, la aportación decisiva de Maquiavelo fue, desde mi punto de vista, poner a “las ciudades primero” (Jacobs, Soja) en su reflexión sobre los proyectos históricos de la sociedad. Maquiavelo defendió en los capítulos más importantes de los Discursos una noción sumamente moderna de la misión histórica de las sociedades. Negó que el objetivo de estas fuera mantenerse inalterables a lo largo del tiempo ya que “las cosas de los hombres están siempre en movimiento y no pueden permanecer estables”. Ante ello apostó por ciudades preparadas para acometer grandes cambios en el presente que acabarían dejando huella en la memoria histórica de lo social. La condición de posibilidad de este poder en la historia era, para Maquiavelo, un espacio urbano que garantizara la autonomía y libertad de todos los ciudadanos. Solo en aquellas ciudades donde el pluralismo social estuviese garantizado habría el poder suficiente para realizar mutaciones decisivas.
Y ello a pesar de o precisamente por las disputas y enfrentamientos que en una sociedad libre y plural pudieran producirse. Maquiavelo pensaba (y esto alarmó a los espíritus de su tiempo y, concretamente, a su colega Guicciardini) que la pugna entre los ciudadanos era un síntoma positivo de vitalidad urbana, de una ciudadanía “fuerte” y en “aumento” que era motor del devenir de la sociedad. Es esta defensa de la libertad y el pluralismo, de la energía positiva del conflicto para la constitución de la ciudad y del compromiso histórico de las sociedades con el cambio la que haría de Maquiavelo un pensador revolucionario para la teoría de la democracia.
Pensaba que la pugna entre ciudadanos era un síntoma positivo de vitalidad urbana
Maquiavelo se puede convertir en un pensador útil para defender la primacía de la política, la democracia y las ciudades a la hora de definir los cambios de nuestras sociedades. Esto puede resultar decisivo precisamente cuando el ritmo y sentido de los acontecimientos actuales están derivando en una auténtica “terapia de shock” (Klein) contra la ciudadanía. El discurso moderno sobre el cambio social se está convirtiendo en la actualidad en una peligrosa herramienta de “destrucción creativa” de la democracia, del tempo necesario que exige el debate y la deliberación dentro de sociedades libres y plurales. Al olvidar las ciudades que le sirven de fundamento, el mundo moderno está transformando el discurso sobre el cambio social en una ideología al servicio de peligrosas tendencias antidemocráticas que desplazan y desarraigan a la ciudadanía de los espacios públicos de decisión.
En este contexto, para muchos hoy no es una alternativa dar la espalda al mundo de la política, ni mucho menos ir en pos de un conocimiento abstraído de la arena pública o un activismo débil que haga caso omiso de los grandes dilemas que vive nuestra sociedad. Sin duda debemos aprender de Cicerón que no todo está permitido por el bien de la república y que existen barreras éticas infranqueables en la actuación de la política. Pero, también, que “nada hay, de lo que se hace en la tierra, que tenga mayor favor cerca de aquel dios sumo que gobierna el mundo entero que las agrupaciones de hombres unidos por el vínculo del derecho, que son las llamadas ciudades” (Cicerón). Para ello el acutissimus Machiavellus (Spinoza) puede ser un autor que, fascinado por las fuerzas de cambio social que ponía en marcha el mundo moderno, seguía pensando la ciudad, la política y la democracia como origen y fundamento.
(*)Álvaro Moral García es doctor en Filosofía por la Universidad de Granada.
Ilustración: Eulogia Merle.
Cfr. http://lbarragan.blogspot.com/2013/07/desmanchador-de-manos.html
domingo, 14 de julio de 2013
EL MENOS MAQUIAVÉLICO DE TODOS: MAQUIAVELO (1)
EL NACIONAL - Domingo 14 de Julio de 2013 Papel Literario/1
Maquiavelo y su patria inalcanzable
Con Il Principe , que escribe en el curso de unos meses en 1513, intenta ganar el favor de la poco lustrosa dirigencia, primero de Giuliano II y luego de Lorenzo II de Médicis
GUILLERMO AVELEDO COLL
Patriota a destiempo, Nicolás Maquiavelo nace en 1469, en el seno de una vieja pero no aristocrática familia florentina. Tiene una educación propia de alguien de su posición, destinado a ser un funcionario medio o un abogado de baja categoría, la studia humanitas : retórica, gramática, historia, clásicos, derecho. A poco más puede aspirar.
Pero la convulsa época ofrecerá ocasiones inusitadas, para quien aproveche el guiño de la fortuna. Su formación le permitirá acceder, como expresión de la voluntad de otros, al centro de la política. Florencia, en el esplendor del Quattrocento, es el rico hegemón de Toscana: sus telares, sus bancos, sus palacios y la relativa estabilidad política bajo el régimen de los Médicis, parecían elevarla en sus aspiraciones. Pocas ciudades de Occidente compiten con ella en la concentración de lujos y artistas Miguel Ángel, Leonardo, Boticelli que aún hoy definen su legado. Pero a finales del siglo, cuando el mundo europeo se asoma a dos extraordinarias revoluciones el descubrimiento de las Américas y la ruptura protestante con Roma Florencia vive una crisis existencial.
Los adversarios de los Médicis contienden la prolongada hegemonía de esta familia en el centro del poder de una ciudad que guardaba sus fueros republicanos medievales entre sus connotados aristócratas. Y bajo el conflicto de élites que se asomaba bullía la tensión social entre los ottimati y los popolari : laneros, artesanos, campesinos y pisatarios dominados por un republicanismo conservador.
Los contrastes sociales, observados por el joven Nicolás desde "el llano", eran la base de la suntuosidad florentina, cuya posición la hacía deseable para las potencias que competían por influencia en la península italiana y el Mediterráneo: Francia, España, el Sacro Imperio. Las pequeñas entidades soberanas en que se dividía la región con la centrífuga de los Estados Pontificios, poder político y autoridad espiritual veían con ambivalente impotencia, resentida y obsequiosa esta presencia constante. Anhela Nicolás dar una lección a estos bárbaros.
Todo esto confluye en el ascenso del fanático fraile dominico Girolamo Savonarola, encumbrado por el fervor masivo de los popolari y la mala conciencia de los grandi , quien emprendió una cruzada contra el irreverente humanismo y la nueva cultura, dominando políticamente la ciudad. La República Piagnona expulsa a los Médici, y se desatan las hogueras contra las vanidades.
Sin ironía alguna, incapaz Savonarola de contrarrestar el poder de sus adversarios, sería ejecutado en una pira inquisitorial en el centro de Florencia. Francia impone en 1498 una restauración republicana moderada, y Maquiavelo tiene entonces la oportunidad de ser útil a su ciudad. No habiendo sido un savonaroliano, oculto hasta entonces por una mediocridad insospechable, iniciará una carrera diplomática cuyo único techo sería no haber nacido en cuna noble.
Protegido por Piero Soderini, gonfaloniero vitalicio, será secretario de los Diez de la Guerra (el consejo de política exterior florentina), será emisario de la ciudad ante los líderes políticos de su tiempo: negociará personalmente con Catalina Sforza, Luis XII, César Borgia, Maximiliano I, el papa Julio II, Fernando el Católico... De todos nota el desdén hacia Florencia cuya aristocracia se cree centro del mundo y pináculo de la cultura registrando además en sus célebres cartas las carencias que la grandeza monárquica no dejaba entrever. Sólo lo impresionan hondamente la audacia de la virago Sforza, Borgia y Fernando. Rodeada su patria chica de esos peligrosos lobos, los intentos de Maquiavelo de fortalecer sus defensas con una milicia popular son breves: la Santa Liga, que reúne a España, Roma y Venecia, empujan fuera de Italia a los franceses, y con ello, la asediada y no demasiado eficaz administración de Soderini colapsa. Llenan el vacío los Médicis, reaparecidos sin las glorias del pasado. Es 1512.
Nicolás pierde de inmediato su posición, y por una intriga que lo involucra en un complot antimedíceo, es vejado, torturado y expulsado de la ciudad. Al margen de su vida pública, pasa su tiempo en la mugre de las poco auspiciosas propiedades familiares del campo, evadiendo la "malignidad de la fortuna" con sus tertulias en el Orti Oricellari de Cósimo Rucellai, y escribiendo por las noches ataviado con su ropaje diplomático sus grandes escritos políticos. Su educación clásica le hace compañía, y ahora la enfrenta a las lecciones de su experiencia política; se transforma, a la fuerza, en hombre de letras. Con Il Principe , que escribe en el curso de unos meses en 1513, intenta ganar el favor de la poco lustrosa dirigencia, primero de Giuliano II y luego de Lorenzo II de Médicis. El silencio es abrumador: la obra que hoy lo presenta a todos los públicos sería publicada póstumamente, para ser plagiada, prohibida, incomprendida y censurada por siglos, opacando a sus más densos Discorsi , donde se ilusiona con una patria que no existió realmente su idealización de la antigua Roma y no la encuentra en la medianía de sus contemporáneos.
Serán piezas literarias que considera menores, el Asino y la Mandrágora , las que llamarán la atención de nuevos mecenas. Los Médicis le comisionan las Histories Florentinae y puede regresar a la ciudad, donde publica su Arte Della Guerra . Doce años han pasado de su exilio, y en 1525 es restaurado en sus privilegios de funcionario, celebrado como literato y dramaturgo, y llegando a ser canciller en 1526. La fortuna le arrebatará de las manos este fugaz retorno.
El Imperio y España saquean el centro italiano y con eso aplazan la arrogante emergencia de la aristocracia italiana por tres siglos más, que vacilaría al vaivén de la política europea. Los Piagnonni restauran la república, y el antiguo celo de Maquiavelo contra la impotencia de Savonarola, así como su percibida traición a Florencia por su relación con sus tiranos, le valen un nuevo y definitivo ostracismo.
Nicolás morirá en 1527, perdiendo su influencia, su obra, su identidad y su patria en la vorágine que vendrá.
Ilustración: Guillermo T. Aveledo Coll (s/f). Sala de reuniones del Instituto de Estudios Parlamentarios "Fermín Toro", Caracas.
Maquiavelo y su patria inalcanzable
Con Il Principe , que escribe en el curso de unos meses en 1513, intenta ganar el favor de la poco lustrosa dirigencia, primero de Giuliano II y luego de Lorenzo II de Médicis
GUILLERMO AVELEDO COLL
Patriota a destiempo, Nicolás Maquiavelo nace en 1469, en el seno de una vieja pero no aristocrática familia florentina. Tiene una educación propia de alguien de su posición, destinado a ser un funcionario medio o un abogado de baja categoría, la studia humanitas : retórica, gramática, historia, clásicos, derecho. A poco más puede aspirar.
Pero la convulsa época ofrecerá ocasiones inusitadas, para quien aproveche el guiño de la fortuna. Su formación le permitirá acceder, como expresión de la voluntad de otros, al centro de la política. Florencia, en el esplendor del Quattrocento, es el rico hegemón de Toscana: sus telares, sus bancos, sus palacios y la relativa estabilidad política bajo el régimen de los Médicis, parecían elevarla en sus aspiraciones. Pocas ciudades de Occidente compiten con ella en la concentración de lujos y artistas Miguel Ángel, Leonardo, Boticelli que aún hoy definen su legado. Pero a finales del siglo, cuando el mundo europeo se asoma a dos extraordinarias revoluciones el descubrimiento de las Américas y la ruptura protestante con Roma Florencia vive una crisis existencial.
Los adversarios de los Médicis contienden la prolongada hegemonía de esta familia en el centro del poder de una ciudad que guardaba sus fueros republicanos medievales entre sus connotados aristócratas. Y bajo el conflicto de élites que se asomaba bullía la tensión social entre los ottimati y los popolari : laneros, artesanos, campesinos y pisatarios dominados por un republicanismo conservador.
Los contrastes sociales, observados por el joven Nicolás desde "el llano", eran la base de la suntuosidad florentina, cuya posición la hacía deseable para las potencias que competían por influencia en la península italiana y el Mediterráneo: Francia, España, el Sacro Imperio. Las pequeñas entidades soberanas en que se dividía la región con la centrífuga de los Estados Pontificios, poder político y autoridad espiritual veían con ambivalente impotencia, resentida y obsequiosa esta presencia constante. Anhela Nicolás dar una lección a estos bárbaros.
Todo esto confluye en el ascenso del fanático fraile dominico Girolamo Savonarola, encumbrado por el fervor masivo de los popolari y la mala conciencia de los grandi , quien emprendió una cruzada contra el irreverente humanismo y la nueva cultura, dominando políticamente la ciudad. La República Piagnona expulsa a los Médici, y se desatan las hogueras contra las vanidades.
Sin ironía alguna, incapaz Savonarola de contrarrestar el poder de sus adversarios, sería ejecutado en una pira inquisitorial en el centro de Florencia. Francia impone en 1498 una restauración republicana moderada, y Maquiavelo tiene entonces la oportunidad de ser útil a su ciudad. No habiendo sido un savonaroliano, oculto hasta entonces por una mediocridad insospechable, iniciará una carrera diplomática cuyo único techo sería no haber nacido en cuna noble.
Protegido por Piero Soderini, gonfaloniero vitalicio, será secretario de los Diez de la Guerra (el consejo de política exterior florentina), será emisario de la ciudad ante los líderes políticos de su tiempo: negociará personalmente con Catalina Sforza, Luis XII, César Borgia, Maximiliano I, el papa Julio II, Fernando el Católico... De todos nota el desdén hacia Florencia cuya aristocracia se cree centro del mundo y pináculo de la cultura registrando además en sus célebres cartas las carencias que la grandeza monárquica no dejaba entrever. Sólo lo impresionan hondamente la audacia de la virago Sforza, Borgia y Fernando. Rodeada su patria chica de esos peligrosos lobos, los intentos de Maquiavelo de fortalecer sus defensas con una milicia popular son breves: la Santa Liga, que reúne a España, Roma y Venecia, empujan fuera de Italia a los franceses, y con ello, la asediada y no demasiado eficaz administración de Soderini colapsa. Llenan el vacío los Médicis, reaparecidos sin las glorias del pasado. Es 1512.
Nicolás pierde de inmediato su posición, y por una intriga que lo involucra en un complot antimedíceo, es vejado, torturado y expulsado de la ciudad. Al margen de su vida pública, pasa su tiempo en la mugre de las poco auspiciosas propiedades familiares del campo, evadiendo la "malignidad de la fortuna" con sus tertulias en el Orti Oricellari de Cósimo Rucellai, y escribiendo por las noches ataviado con su ropaje diplomático sus grandes escritos políticos. Su educación clásica le hace compañía, y ahora la enfrenta a las lecciones de su experiencia política; se transforma, a la fuerza, en hombre de letras. Con Il Principe , que escribe en el curso de unos meses en 1513, intenta ganar el favor de la poco lustrosa dirigencia, primero de Giuliano II y luego de Lorenzo II de Médicis. El silencio es abrumador: la obra que hoy lo presenta a todos los públicos sería publicada póstumamente, para ser plagiada, prohibida, incomprendida y censurada por siglos, opacando a sus más densos Discorsi , donde se ilusiona con una patria que no existió realmente su idealización de la antigua Roma y no la encuentra en la medianía de sus contemporáneos.
Serán piezas literarias que considera menores, el Asino y la Mandrágora , las que llamarán la atención de nuevos mecenas. Los Médicis le comisionan las Histories Florentinae y puede regresar a la ciudad, donde publica su Arte Della Guerra . Doce años han pasado de su exilio, y en 1525 es restaurado en sus privilegios de funcionario, celebrado como literato y dramaturgo, y llegando a ser canciller en 1526. La fortuna le arrebatará de las manos este fugaz retorno.
El Imperio y España saquean el centro italiano y con eso aplazan la arrogante emergencia de la aristocracia italiana por tres siglos más, que vacilaría al vaivén de la política europea. Los Piagnonni restauran la república, y el antiguo celo de Maquiavelo contra la impotencia de Savonarola, así como su percibida traición a Florencia por su relación con sus tiranos, le valen un nuevo y definitivo ostracismo.
Nicolás morirá en 1527, perdiendo su influencia, su obra, su identidad y su patria en la vorágine que vendrá.
Ilustración: Guillermo T. Aveledo Coll (s/f). Sala de reuniones del Instituto de Estudios Parlamentarios "Fermín Toro", Caracas.
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Nicolás Maquiavelo
EL MENOS MAQUIAVÉLICO DE TODOS: MAQUIAVELO (2)
EL NACIONAL - Domingo 14 de Julio de 2013 Papel Literario/4
El poder constituyente de la multitud: Antonio Negri lector de Maquiavelo
El norte de la refl exión de Negri consiste en volver sobre el tema de la interdependencia entre los textos de Maquiavelo, con el propósito de mostrar algunos registros históricos del "poder constituyente de la multitud"
OMAR ASTORGA
Maquiavelo aparece encabezando el índice de un libro de 1992 titulado El poder constituyente , donde su autor, Antonio Negri, se muestra maduro y radical, buscando alternativas al mundo moderno, más allá del principio de representación, en un intento audaz y sugerente donde ya se anuncia su célebre trilogía, escrita con Michael Hardt: Imperio (2000), Multitud (2004), y Commonwealth (2009).
Negri revisa el panorama de las interpretaciones de Maquiavelo y señala dos grandes líneas. Por un lado, la historiografía italiana en la cual se observa la primacía atribuida a El príncipe y la autonomía de lo político. Por otro lado, la tradición anglosajona donde se privilegia el republicanismo que se halla en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio .
Existe, sin embargo, una tercera línea, precisamente la que retoma Negri, donde se plantea la interdependencia que existe entre esos textos. Quizás el mejor testimonio de esta línea, donde se juntan el teórico y el militante, fue Antonio Gramsci, el representante más agudo y versátil que tuvo el marxismo en el siglo XX, quien hizo énfasis en la conexión que existió entre El príncipe y los Discursos .
El norte de la reflexión de Negri consiste en volver sobre el tema de la interdependencia entre los textos de Maquiavelo, con el propósito de mostrar algunos registros históricos del "poder constituyente de la multitud". Maquiavelo en El príncipe no habría ofrecido un modelo teórico de la política sino, como dice Negri, un "cuaderno de navegación" donde la política se convierte en el centro de las mutaciones históricas. Negri no se interesa por las célebres fórmulas políticas que introduce Maquiavelo apelando a la historia, sino que busca los momentos en que se advierte el paso de la descripción histórica a la fundación política de la subjetividad. Frente a las contingencias de la historia se pregunta hasta dónde llega la potencia del Príncipe.
Para responder esta pregunta Negri incorpora el tema de la mutación vista como revalorización ontológica del tiempo que busca pasar del horizonte naturalista a la estructura histórica. "El problema es el de interiorizar el tiempo histórico en el tiempo antropológico". Y a su vez hacer del tiempo histórico una vía para pensar la política. Ya en los Discursos se anuncia que el poder siempre es republicano. Y es desde esta premisa que, según Negri, ha de comprenderse el momento en que Maquiavelo interrumpe la redacción de sus Discursos para escribir El príncipe .
Los Discursos , de acuerdo con Negri, pretenden reivindicar la República como forma de gobierno a través de la confrontación con su propia crisis, esto es, con el horizonte de la mutación. La relación virtudfortuna, tal como se muestra en El príncipe es, más bien, un asunto irresoluble. El principio constituyente no pretende ser un principio dialéctico; no se resuelve y tampoco se supera, sino que permanece en una situación de precariedad como potencia abierta a múltiples horizontes.
El concepto de poder constituyente está ligado entonces con más claridad a los presupuestos políticos que se hallan en los Discursos . Pero el príncipe es un momento del republicanismo, pues es el nuevo príncipe quien ha de promover la República. Y cuando Maquiavelo retoma la redacción de los Discursos , se advierte el salto, pues ahora aplica el concepto de poder constituyente a su teoría general de las formas de gobierno. La constitución histórica del Príncipe ha de ser la democracia.
De esta manera, Negri se esfuerza en mostrar que el poder constituyente se forma en medio de la mutación vista como "superdeterminación" del tiempo. Hasta allí llega El príncipe si se estudia de un modo aislado. Pero si se toma en cuenta que los Discursos ofrecen el sentido republicano del pensamiento político de Maquiavelo, El príncipe , a pesar de sus limitaciones, se convierte en un momento político desde el cual es posible justificar la emergencia de la República y, con ella, la potencia de la multitud. Negri, en suma, se muestra coherente al tratar de volver a Maquiavelo como una fuente decisiva para pensar alternativas al mundo moderno, anclado en el principio de representación.
El poder constituyente de la multitud: Antonio Negri lector de Maquiavelo
El norte de la refl exión de Negri consiste en volver sobre el tema de la interdependencia entre los textos de Maquiavelo, con el propósito de mostrar algunos registros históricos del "poder constituyente de la multitud"
OMAR ASTORGA
Maquiavelo aparece encabezando el índice de un libro de 1992 titulado El poder constituyente , donde su autor, Antonio Negri, se muestra maduro y radical, buscando alternativas al mundo moderno, más allá del principio de representación, en un intento audaz y sugerente donde ya se anuncia su célebre trilogía, escrita con Michael Hardt: Imperio (2000), Multitud (2004), y Commonwealth (2009).
Negri revisa el panorama de las interpretaciones de Maquiavelo y señala dos grandes líneas. Por un lado, la historiografía italiana en la cual se observa la primacía atribuida a El príncipe y la autonomía de lo político. Por otro lado, la tradición anglosajona donde se privilegia el republicanismo que se halla en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio .
Existe, sin embargo, una tercera línea, precisamente la que retoma Negri, donde se plantea la interdependencia que existe entre esos textos. Quizás el mejor testimonio de esta línea, donde se juntan el teórico y el militante, fue Antonio Gramsci, el representante más agudo y versátil que tuvo el marxismo en el siglo XX, quien hizo énfasis en la conexión que existió entre El príncipe y los Discursos .
El norte de la reflexión de Negri consiste en volver sobre el tema de la interdependencia entre los textos de Maquiavelo, con el propósito de mostrar algunos registros históricos del "poder constituyente de la multitud". Maquiavelo en El príncipe no habría ofrecido un modelo teórico de la política sino, como dice Negri, un "cuaderno de navegación" donde la política se convierte en el centro de las mutaciones históricas. Negri no se interesa por las célebres fórmulas políticas que introduce Maquiavelo apelando a la historia, sino que busca los momentos en que se advierte el paso de la descripción histórica a la fundación política de la subjetividad. Frente a las contingencias de la historia se pregunta hasta dónde llega la potencia del Príncipe.
Para responder esta pregunta Negri incorpora el tema de la mutación vista como revalorización ontológica del tiempo que busca pasar del horizonte naturalista a la estructura histórica. "El problema es el de interiorizar el tiempo histórico en el tiempo antropológico". Y a su vez hacer del tiempo histórico una vía para pensar la política. Ya en los Discursos se anuncia que el poder siempre es republicano. Y es desde esta premisa que, según Negri, ha de comprenderse el momento en que Maquiavelo interrumpe la redacción de sus Discursos para escribir El príncipe .
Los Discursos , de acuerdo con Negri, pretenden reivindicar la República como forma de gobierno a través de la confrontación con su propia crisis, esto es, con el horizonte de la mutación. La relación virtudfortuna, tal como se muestra en El príncipe es, más bien, un asunto irresoluble. El principio constituyente no pretende ser un principio dialéctico; no se resuelve y tampoco se supera, sino que permanece en una situación de precariedad como potencia abierta a múltiples horizontes.
El concepto de poder constituyente está ligado entonces con más claridad a los presupuestos políticos que se hallan en los Discursos . Pero el príncipe es un momento del republicanismo, pues es el nuevo príncipe quien ha de promover la República. Y cuando Maquiavelo retoma la redacción de los Discursos , se advierte el salto, pues ahora aplica el concepto de poder constituyente a su teoría general de las formas de gobierno. La constitución histórica del Príncipe ha de ser la democracia.
De esta manera, Negri se esfuerza en mostrar que el poder constituyente se forma en medio de la mutación vista como "superdeterminación" del tiempo. Hasta allí llega El príncipe si se estudia de un modo aislado. Pero si se toma en cuenta que los Discursos ofrecen el sentido republicano del pensamiento político de Maquiavelo, El príncipe , a pesar de sus limitaciones, se convierte en un momento político desde el cual es posible justificar la emergencia de la República y, con ella, la potencia de la multitud. Negri, en suma, se muestra coherente al tratar de volver a Maquiavelo como una fuente decisiva para pensar alternativas al mundo moderno, anclado en el principio de representación.
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Omar Astorga
EL MENOS MAQUIAVÉLICO DE TODOS: MAQUIAVELO (3)
Consejos maquiavélicos
Laureano Márquez P.
La historia le juega a veces malas pasadas a sus protagonistas y ha hecho, como leí en algún lado, mucho más alcahueta a la Celestina, mucho más mujeriego a Don Juan y mucho más maquiavélico a Maquiavelo. A él se atribuye la famosa idea de que “el fin justifica los medios”, frase que nunca escribió quien es considerado el primer politólogo de la historia, oficio que tampoco goza de buena fama. De estudiantes universitarios, contábamos aquella anécdota de que, muerto un colega politólogo sin medios de fortuna, como es natural, se emprendió una colecta pública para su entierro y ante el requerimiento de que colaborara con 1.000 bolívares para el entierro de un politólogo, un bromista accedió a hacerlo con el doble de la cantidad solicitada diciendo: Toma 2.000 bolívares y entierra a dos”. Un maquiavélico sin duda.
Del tan malvado personaje dijo Spinoza lo siguiente: “... Quizá Maquiavelo haya querido demostrar que un pueblo libre sabe guardarse de confiar su salvación a un solo hombre. Pues éste, a menos que sea excesivamente vanidoso, y que se imagine que le es posible complacer a todos los súbditos, temerá constantemente las conjuras, se verá obligado a estar al acecho en defensa propia y ser él quien engañe al pueblo, en lugar de velar como debiera por los intereses generales”.
Maquiavelo decía que no hay nada mejor para conocer a un gobernante que verlo desde abajo, es decir, desde el lugar de los gobernados. Examinando de esta manera el poder de su tiempo, hizo una especie de manual de recomendaciones políticas que se conoce con el nombre de El príncipe, considerado como el primer texto de ciencia política.
He aquí algunos consejos de Maquiavelo:
“Una de las mayores prudencias en el hombre es abstenerse de amenazar o insultar, porque ambas cosas hacen más cauto al enemigo, en vez de debilitarlo, aumentan su odio contra ti y le incitan a vengarse”.
“Los hombres recorren casi siempre los caminos trillados por otros y en sus acciones apenas si hacen más que imitar a sus predecesores”.
“Los tiranos que hacen amistad con el vulgo y se enemistan con los grandes están más seguros, pues sostiene su violencia una fuerza mayor que la de aquellos que tienen al pueblo por enemigo y por amiga a la nobleza”.
“Conviene obrar de modo que, cuando el vulgo ya no crea, se le pueda obligar a creer por la fuerza”.
“El pueblo se engaña en lo general pero no en lo particular”.
“No hay cosa más perniciosa que tener en suspenso y medrosos a los súbditos con continuas penas e injurias, porque los hombres que sospechan su mal se fortalecen en el peligro y se vuelven más audaces y más despreocupados en intentar innovaciones”.
“Los hombres olvidan antes la muerte de su padre que la pérdida de su hacienda”.
“Uno de los medios más eficaces contra las conspiraciones es no ser aborrecido por la mayoría de los gobernados”.
“No existe nada que dé tanta estabilidad y firmeza a una república, como disponerla de suerte que los humores alterados tengan una vía de descargo establecida por las leyes”.
Cualquier similitud con la realidad es culpa de la realidad, que se niega a cambiar desde el 22 de junio de 1527, fecha en que murió Nicolás Bernardo Maquiavelo.
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Nicolás Maquiavelo
EL MENOS MAQUIAVÉLICO DE TODOS: MAQUIAVELO (5)
EL NACIONAL - LUNES 23 DE AGOSTO DE 1999
letras de cambio
El nuevo Maquiavelo para ejecutivos modernos
JOSE LUIS DIAZ A.
El Príncipe, la última y más breves obra de Nicolás Maquiavelo, ha sido por excelencia la lectura de cabecera de destacados políticos. Conocer a fondo la naturaleza humana: debilidades y fortalezas, ha servido a innumerables dirigentes y líderes para conducir y orientar muchos procesos sociales, que van desde importantes revoluciones hasta las más insignificantes elecciones de una junta parroquial. El pensador de Florencia estudio cuidadosamente la historia de Europa y desarrolló un agudo sentido para observar y estudiar la conducta de sus contemporáneos.
Ahora se nos presenta está obra, la cual pone en manos de empresarios y gerentes la posibilidad de encontrar en El Príncipe de Maquiavelo un método interesante, y casi científico por su valor psicológico, para entender los negocios.
Cada capítulo está encabezado por un pasaje del polémico texto de 1527. El autor, un viejo empresario dedicado a escribir sobre sus experiencia en la economía globalizada, enfila sus baterías hacia emprendedores que con mucho esfuerzo pueden llegar a convertirse en grandes empresarios; hacia grandes empresarios que con poco esfuerzo pueden llegar a perder todo lo heredado; hacia hombre talentosos, pero honrados, que sólo podrán ser eficientes ejecutivos; y hacia otros, no menos talentosos, capaces de ser grandes aduladores para ganarse los máximos favores de su buen benefactor.
No obstante, ninguna de esas característica son sinónimo de éxito o fracaso por sí solas. Es indispensable saber manejar los diferentes factores que implican la condición humana en los distintos contextos de la vida productiva.
Ser un protegido, por ejemplo, no es fácil dentro de una organización en la cual los aduladores sobran. Tampoco es sencillo encontrar un benefactor lo suficientemente desinteresado y poderoso que permita a su protegido independizarse y llegar algún día a ser tan importante como él.
La vanidad y la jactancia no son sentimientos fáciles de ahuyentar. Y son, según el escritor, los atributos más peligrosos en la personalidad de un empresario, quien sin darse cuenta convierte sus ambición por el dinero en una desmesurada búsqueda de prestigio y renombre, lo cual puede terminar por enterrarlo con todo y sus activos. La loca carrera por expandirse es el primer síntoma grave en los tipos de personalidad arrolladora y poco humildes del mundo empresarial.
El coraje es clave para el éxito de cualquier persona que lo busca. Se debe ser certero y correr sólo los riesgos pertinentes. Estos son proporcionales a lo que se pone en juego. Es decir, sea usted un gerente, un empresario, o un adulador de oficio, siempre deberá poner en la balanza cuánto arriesga y cuánto puede ganar con la decisión que tiene entre manos. Ante lo cual, recomienda el autor, consulté siempre en primer lugar a los fracasados, porque esos sí tiene conocimientos suficientes para orientar cualquier camino; no así los hombres de éxito, quienes por lo general mucho de lo que han logrado ha sido en buena medida por pura carambola; y que en el mejor de los casos jamás confesarán toda la verdad sobre su triunfo.
En conclusión es aconsejable acompañar esta lectura con el libro de Maquiavelo, quien en definitiva resultó un tipo fracasado y mal interpretado por la historia.
jldiaz@el-nacional.com
letras de cambio
El nuevo Maquiavelo para ejecutivos modernos
JOSE LUIS DIAZ A.
El Príncipe, la última y más breves obra de Nicolás Maquiavelo, ha sido por excelencia la lectura de cabecera de destacados políticos. Conocer a fondo la naturaleza humana: debilidades y fortalezas, ha servido a innumerables dirigentes y líderes para conducir y orientar muchos procesos sociales, que van desde importantes revoluciones hasta las más insignificantes elecciones de una junta parroquial. El pensador de Florencia estudio cuidadosamente la historia de Europa y desarrolló un agudo sentido para observar y estudiar la conducta de sus contemporáneos.
Ahora se nos presenta está obra, la cual pone en manos de empresarios y gerentes la posibilidad de encontrar en El Príncipe de Maquiavelo un método interesante, y casi científico por su valor psicológico, para entender los negocios.
Cada capítulo está encabezado por un pasaje del polémico texto de 1527. El autor, un viejo empresario dedicado a escribir sobre sus experiencia en la economía globalizada, enfila sus baterías hacia emprendedores que con mucho esfuerzo pueden llegar a convertirse en grandes empresarios; hacia grandes empresarios que con poco esfuerzo pueden llegar a perder todo lo heredado; hacia hombre talentosos, pero honrados, que sólo podrán ser eficientes ejecutivos; y hacia otros, no menos talentosos, capaces de ser grandes aduladores para ganarse los máximos favores de su buen benefactor.
No obstante, ninguna de esas característica son sinónimo de éxito o fracaso por sí solas. Es indispensable saber manejar los diferentes factores que implican la condición humana en los distintos contextos de la vida productiva.
Ser un protegido, por ejemplo, no es fácil dentro de una organización en la cual los aduladores sobran. Tampoco es sencillo encontrar un benefactor lo suficientemente desinteresado y poderoso que permita a su protegido independizarse y llegar algún día a ser tan importante como él.
La vanidad y la jactancia no son sentimientos fáciles de ahuyentar. Y son, según el escritor, los atributos más peligrosos en la personalidad de un empresario, quien sin darse cuenta convierte sus ambición por el dinero en una desmesurada búsqueda de prestigio y renombre, lo cual puede terminar por enterrarlo con todo y sus activos. La loca carrera por expandirse es el primer síntoma grave en los tipos de personalidad arrolladora y poco humildes del mundo empresarial.
El coraje es clave para el éxito de cualquier persona que lo busca. Se debe ser certero y correr sólo los riesgos pertinentes. Estos son proporcionales a lo que se pone en juego. Es decir, sea usted un gerente, un empresario, o un adulador de oficio, siempre deberá poner en la balanza cuánto arriesga y cuánto puede ganar con la decisión que tiene entre manos. Ante lo cual, recomienda el autor, consulté siempre en primer lugar a los fracasados, porque esos sí tiene conocimientos suficientes para orientar cualquier camino; no así los hombres de éxito, quienes por lo general mucho de lo que han logrado ha sido en buena medida por pura carambola; y que en el mejor de los casos jamás confesarán toda la verdad sobre su triunfo.
En conclusión es aconsejable acompañar esta lectura con el libro de Maquiavelo, quien en definitiva resultó un tipo fracasado y mal interpretado por la historia.
jldiaz@el-nacional.com
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José Luis Díaz A.,
Nicolás Maquiavelo
EL MENOS MAQUIAVÉLICO DE TODOS: MAQUIAVELO (6)
EL NACIONAL - Domingo 14 de Julio de 2013 Papel Literario/5
En busca de la certeza
El príncipe de Nicolás Maquiavelo es quizás la primera obra política que busca descifrar decisivamente esa naturaleza bipartita de la acción política
OSCAR VALLÉS
El 10 de diciembre de 1513, Nicolás Maquiavelo le escribe a Francisco Vettori, Magnifico oratori apud Summun Pontificem de Florencia, que ha escrito un opúsculo así lo llama con lo aprendido de esas íntimas conversaciones que últimamente ha tenido con los hombres más prominentes de la antigüedad. Lo ha bautizado con el título De Principatibus , y anuncia que busca examinar a través de sus páginas "qué es un principado, cuántas son sus clases, cómo se adquieren, cómo se mantienen, por qué se pierden". Sin embargo, Maquiavelo pareciera esconderle a su compadre que entre sus líneas se encuentra una idea sumamente poderosa y muy subversiva para la época. Una idea sobre cómo lograr autonomía e independencia del poder ante los designios de la divinidad.
Nuestras concepciones políticas occidentales, al menos hasta la fecha de la carta, se habían distinguido por mantener unas especiales relaciones entre el poder y la divinidad. En esa relación, quienes ocupaban el poder procuraban estar bajo la égida de alguna divinidad, para superar grandes desafíos o evitar grandes fracasos.
Desde el punto de vista político, la divinidad representaba una valiosa fuente para reducir el amplio margen de consecuencias inesperadas, aunque sólo fuera mediante declaraciones de fe. La política se mueve en el terreno de la incertidumbre y el riesgo, y tener al lado una divinidad puede representar un gran auxilio psicológico cuando las "certezas" escasean.
El príncipe de Nicolás Maquiavelo es quizás la primera obra política que busca descifrar decisivamente esa naturaleza bipartita de la acción política. No se piense que su distinción entre principados eclesiásticos y hereditarios se remite a esa dualidad. Su distinción sólo indica que tanto el uno como el otro tienen un conjunto de reglas y prácticas que otorgan una gran certeza de cómo adquirirlos y mantenerlos.
La dupla poder-divinidad será crucial en aquellos principados nuevos donde no hay leyes, tradiciones ni costumbres que regulen la vida política.
Todo El príncipe , o casi todo, está dedicado a examinar la vida política en esos principados.
Como no hay reglas ni tradiciones, tampoco hay horizontes de futuro posibles a menos que los príncipes nuevos se lo aseguren. Maquiavelo está convencido por experiencia propia que el principal recurso que tienen esos príncipes es el conocimiento de la historia. La visión que tiene en mente sobre su presente italiano es una lucha por el poder intelectualmente fragmentario e impredecible.
Ante ese paisaje tan indescifrable, pensaba que los príncipes podrían conducirse con algún éxito si modelaban, por semejanza y analogía, los acontecimientos del presente con los historiados del pasado, emulando cuando corresponda las acciones históricas de los grandes políticos y legisladores. Una máxima gnoseológica que se inspira en una concepción sobre la naturaleza humana, los rasgos que juegan los umori de los hombres en ella, y la polibiana manera como se suceden los ordini en la historia.
Esas coordenadas que brinda la historia constituyen la base desde la cual Maquiavelo comenzará su indagación sobre la dualidad poder-divinidad. En la historia consigue una fuente de certezas que va complementando con una serie de materias que todo príncipe nuevo debe ejercer con maestría para afrontar los retos de su tiempo.
Prepararse en el arte de la guerra, beber la sabiduría de las vidas ejemplares de la historia, cultivarse para el ejercicio del poder, eran los recursos que permitían la perfección en el arte de la política. Maquiavelo denomina a esa perfección "virtud", restaurando el sentido neoclásico de virtú desprovisto de moralidad que Federico Chabod no se cansará de advertir. Como los clásicos itálicos de la antigüedad, el acento sobre el artificio que encierra la virtud, con su clara masculinidad vir virtutis como también destaca Quentin Skinner, expresa un radical cambio de perspectiva con respecto a la naturaleza del poder, su adquisición y su ejercicio. Ahora tutto nuovo principe tendrá un arte poderosísimo para conquistar y mantener principados. Pero, ¿bastará también para independizar al poder de su ancestral atadura con la divinidad? Esa dependencia con lo divino estaba enclavada en el imaginario político. Ganar o perder una batalla era un asunto donde intervenían los dioses, llámense Ares o Marte. Sin embargo, el triunfo o el fracaso político, dioses mediante, le daba a los príncipes un atenuante indiscutible cuando correspondía considerar las consecuencias de sus actos. Más aún si sus actos de gobierno están no sólo mediados, sino mandados por consideraciones divinas. Los antiguos griegos acudían a Delfos a consultar el oráculo, quien tenía la potestad de vetar incluso una decisión de la asamblea de ciudadanos, máxima instancia política de la ciudad. La interpretación de las sagradas escrituras y de los documentos canónicos por parte del clero, hacían lo propio en muchas deliberaciones políticas, cuando los príncipes solicitaban consejo y erudición. El problema maquiaveliano aquí nunca fue "separar" la política de consideraciones morales, mucho menos religiosas.
Su preocupación aquí es previa y más filosófica. Es examinar si la divinidad puede cumplir la vieja promesa de fiabilidad como fuente de certezas en la política, como si puede cumplir la virtud.
"Y dado que el hecho de convertirse en príncipe es fruto de la virtud o de la fortuna, parece en principio que una o la otra mitigue en parte muchas de las dificultades", dice Maquiavelo.
Ese "parece en principio" es lo que pretende indagar. Lo hace desde la historia y con la historia. Los grandes fundadores y legisladores de estados "se ve que no eran deudores de la fortuna sino de la oportunidad, la cual les proporcionó la materia en la que poder introducir la forma que les pareció más conveniente. Sin esa oportunidad la virtud de su ánimo se habría perdido, y sin dicha virtud la oportunidad habría venido en vano". Lo de la materia y la forma es una extraordinaria referencia a la influencia filosófica neoclásica del humanismo cívico. La oportunidad es lo que precisamente la virtud nos permite identificar y aprovechar.
Lo místico y misterioso de la divinidad está en la fortuna .
La fortuna renacentista es una diosa pagana representada en los grabados renacentistas con una rueda de carreta conteniendo hombrecitos en posiciones de ascenso y descenso que representaban el éxito y el fracaso, movidos por una hermosa mujer, ya sea por sus propias manos o por una palanca, según su capricho y voluntad.
También con un hombrecito sentado sobre una rueda de hilar en su mano izquierda, alada como si de un ángel se tratara, en algunos mazos de Tarot. Esos grabados le hacían real homenaje. Según Maquiavelo en su tiempo muchos creen que esa diosa gobierna los asuntos del mundo, "hasta tal punto que los hombres a pesar de toda su prudencia, no pueden corregir su rumbo ni oponerles remedio alguno". Incluso confiesa que "pensando en ello de vez en cuando me he inclinado en parte hacia esa opinión". Una temprana confesión que no dejaría lugar para mantener a la virtud como la condición fundamental del éxito político. Sin embargo, frente a la injerencia de la diosa en los asuntos humanos no tenía ninguna prueba que la negara. Sin embargo, ¿qué hacer con los monumentos políticos virtuosos que la historia nos brinda, para admirar e imitar? Maquiavelo nos recuerda a Copérnico quien se encontrará con un dilema similar en astronomía. Así como el segundo cambió la tesis geocéntrica por la heliocéntrica para que la bóveda celeste pudiera confirmar sus cuidadosas observaciones, el primero hizo lo propio con la determinación de la divinidad, desplazándola sin más pruebas que la firmeza de su sabiduría política. "No obstante, para que nuestra libre voluntad no quede anulada, pienso que puede ser cierto que la fortuna sea árbitro de la mitad de las acciones nuestras, pero la otra mitad, o casi, nos es dejada, incluso por ella, a nuestro control". Ese giro copernicano le permitirá repensar mejor una y otra vez el papel que juega la virtud del príncipe. Su conclusión sobre este asunto alcanza niveles de herejía. No bastará que un príncipe haga buen uso de la mitad de sus acciones, sino que debe someter a la Fortuna para que su otra mitad también obedezca a sus propósitos políticos. La autonomía e independencia ante la divinidad es casi completa. Ya no habrá atenuantes divinos para justificar fracasos y derrotas mortales. Una idea que nació hace 500 años gracias al empeño de un florentino en comprender esa antigua tradición, dejando así el camino preparado para una nueva concepción ética de la responsabilidad política, que inspirará a la modernidad en toda su extensión hasta nuestros días.
En busca de la certeza
El príncipe de Nicolás Maquiavelo es quizás la primera obra política que busca descifrar decisivamente esa naturaleza bipartita de la acción política
OSCAR VALLÉS
El 10 de diciembre de 1513, Nicolás Maquiavelo le escribe a Francisco Vettori, Magnifico oratori apud Summun Pontificem de Florencia, que ha escrito un opúsculo así lo llama con lo aprendido de esas íntimas conversaciones que últimamente ha tenido con los hombres más prominentes de la antigüedad. Lo ha bautizado con el título De Principatibus , y anuncia que busca examinar a través de sus páginas "qué es un principado, cuántas son sus clases, cómo se adquieren, cómo se mantienen, por qué se pierden". Sin embargo, Maquiavelo pareciera esconderle a su compadre que entre sus líneas se encuentra una idea sumamente poderosa y muy subversiva para la época. Una idea sobre cómo lograr autonomía e independencia del poder ante los designios de la divinidad.
Nuestras concepciones políticas occidentales, al menos hasta la fecha de la carta, se habían distinguido por mantener unas especiales relaciones entre el poder y la divinidad. En esa relación, quienes ocupaban el poder procuraban estar bajo la égida de alguna divinidad, para superar grandes desafíos o evitar grandes fracasos.
Desde el punto de vista político, la divinidad representaba una valiosa fuente para reducir el amplio margen de consecuencias inesperadas, aunque sólo fuera mediante declaraciones de fe. La política se mueve en el terreno de la incertidumbre y el riesgo, y tener al lado una divinidad puede representar un gran auxilio psicológico cuando las "certezas" escasean.
El príncipe de Nicolás Maquiavelo es quizás la primera obra política que busca descifrar decisivamente esa naturaleza bipartita de la acción política. No se piense que su distinción entre principados eclesiásticos y hereditarios se remite a esa dualidad. Su distinción sólo indica que tanto el uno como el otro tienen un conjunto de reglas y prácticas que otorgan una gran certeza de cómo adquirirlos y mantenerlos.
La dupla poder-divinidad será crucial en aquellos principados nuevos donde no hay leyes, tradiciones ni costumbres que regulen la vida política.
Todo El príncipe , o casi todo, está dedicado a examinar la vida política en esos principados.
Como no hay reglas ni tradiciones, tampoco hay horizontes de futuro posibles a menos que los príncipes nuevos se lo aseguren. Maquiavelo está convencido por experiencia propia que el principal recurso que tienen esos príncipes es el conocimiento de la historia. La visión que tiene en mente sobre su presente italiano es una lucha por el poder intelectualmente fragmentario e impredecible.
Ante ese paisaje tan indescifrable, pensaba que los príncipes podrían conducirse con algún éxito si modelaban, por semejanza y analogía, los acontecimientos del presente con los historiados del pasado, emulando cuando corresponda las acciones históricas de los grandes políticos y legisladores. Una máxima gnoseológica que se inspira en una concepción sobre la naturaleza humana, los rasgos que juegan los umori de los hombres en ella, y la polibiana manera como se suceden los ordini en la historia.
Esas coordenadas que brinda la historia constituyen la base desde la cual Maquiavelo comenzará su indagación sobre la dualidad poder-divinidad. En la historia consigue una fuente de certezas que va complementando con una serie de materias que todo príncipe nuevo debe ejercer con maestría para afrontar los retos de su tiempo.
Prepararse en el arte de la guerra, beber la sabiduría de las vidas ejemplares de la historia, cultivarse para el ejercicio del poder, eran los recursos que permitían la perfección en el arte de la política. Maquiavelo denomina a esa perfección "virtud", restaurando el sentido neoclásico de virtú desprovisto de moralidad que Federico Chabod no se cansará de advertir. Como los clásicos itálicos de la antigüedad, el acento sobre el artificio que encierra la virtud, con su clara masculinidad vir virtutis como también destaca Quentin Skinner, expresa un radical cambio de perspectiva con respecto a la naturaleza del poder, su adquisición y su ejercicio. Ahora tutto nuovo principe tendrá un arte poderosísimo para conquistar y mantener principados. Pero, ¿bastará también para independizar al poder de su ancestral atadura con la divinidad? Esa dependencia con lo divino estaba enclavada en el imaginario político. Ganar o perder una batalla era un asunto donde intervenían los dioses, llámense Ares o Marte. Sin embargo, el triunfo o el fracaso político, dioses mediante, le daba a los príncipes un atenuante indiscutible cuando correspondía considerar las consecuencias de sus actos. Más aún si sus actos de gobierno están no sólo mediados, sino mandados por consideraciones divinas. Los antiguos griegos acudían a Delfos a consultar el oráculo, quien tenía la potestad de vetar incluso una decisión de la asamblea de ciudadanos, máxima instancia política de la ciudad. La interpretación de las sagradas escrituras y de los documentos canónicos por parte del clero, hacían lo propio en muchas deliberaciones políticas, cuando los príncipes solicitaban consejo y erudición. El problema maquiaveliano aquí nunca fue "separar" la política de consideraciones morales, mucho menos religiosas.
Su preocupación aquí es previa y más filosófica. Es examinar si la divinidad puede cumplir la vieja promesa de fiabilidad como fuente de certezas en la política, como si puede cumplir la virtud.
"Y dado que el hecho de convertirse en príncipe es fruto de la virtud o de la fortuna, parece en principio que una o la otra mitigue en parte muchas de las dificultades", dice Maquiavelo.
Ese "parece en principio" es lo que pretende indagar. Lo hace desde la historia y con la historia. Los grandes fundadores y legisladores de estados "se ve que no eran deudores de la fortuna sino de la oportunidad, la cual les proporcionó la materia en la que poder introducir la forma que les pareció más conveniente. Sin esa oportunidad la virtud de su ánimo se habría perdido, y sin dicha virtud la oportunidad habría venido en vano". Lo de la materia y la forma es una extraordinaria referencia a la influencia filosófica neoclásica del humanismo cívico. La oportunidad es lo que precisamente la virtud nos permite identificar y aprovechar.
Lo místico y misterioso de la divinidad está en la fortuna .
La fortuna renacentista es una diosa pagana representada en los grabados renacentistas con una rueda de carreta conteniendo hombrecitos en posiciones de ascenso y descenso que representaban el éxito y el fracaso, movidos por una hermosa mujer, ya sea por sus propias manos o por una palanca, según su capricho y voluntad.
También con un hombrecito sentado sobre una rueda de hilar en su mano izquierda, alada como si de un ángel se tratara, en algunos mazos de Tarot. Esos grabados le hacían real homenaje. Según Maquiavelo en su tiempo muchos creen que esa diosa gobierna los asuntos del mundo, "hasta tal punto que los hombres a pesar de toda su prudencia, no pueden corregir su rumbo ni oponerles remedio alguno". Incluso confiesa que "pensando en ello de vez en cuando me he inclinado en parte hacia esa opinión". Una temprana confesión que no dejaría lugar para mantener a la virtud como la condición fundamental del éxito político. Sin embargo, frente a la injerencia de la diosa en los asuntos humanos no tenía ninguna prueba que la negara. Sin embargo, ¿qué hacer con los monumentos políticos virtuosos que la historia nos brinda, para admirar e imitar? Maquiavelo nos recuerda a Copérnico quien se encontrará con un dilema similar en astronomía. Así como el segundo cambió la tesis geocéntrica por la heliocéntrica para que la bóveda celeste pudiera confirmar sus cuidadosas observaciones, el primero hizo lo propio con la determinación de la divinidad, desplazándola sin más pruebas que la firmeza de su sabiduría política. "No obstante, para que nuestra libre voluntad no quede anulada, pienso que puede ser cierto que la fortuna sea árbitro de la mitad de las acciones nuestras, pero la otra mitad, o casi, nos es dejada, incluso por ella, a nuestro control". Ese giro copernicano le permitirá repensar mejor una y otra vez el papel que juega la virtud del príncipe. Su conclusión sobre este asunto alcanza niveles de herejía. No bastará que un príncipe haga buen uso de la mitad de sus acciones, sino que debe someter a la Fortuna para que su otra mitad también obedezca a sus propósitos políticos. La autonomía e independencia ante la divinidad es casi completa. Ya no habrá atenuantes divinos para justificar fracasos y derrotas mortales. Una idea que nació hace 500 años gracias al empeño de un florentino en comprender esa antigua tradición, dejando así el camino preparado para una nueva concepción ética de la responsabilidad política, que inspirará a la modernidad en toda su extensión hasta nuestros días.
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Oscar Vallés
EL MENOS MAQUIAVÉLICO DE TODOS: MAQUIAVELO (7)
EL NACIONAL - VIERNES 10 DE NOVIEMBRE DE 2000
El alegre uso de las estadísticas
Sami Rozenbaum
Utilizar los números con ligereza, igual que las palabras, es lo más natural del mundo; el problema comienza cuando el maltrato a las cifras invade el ámbito público.
Por ejemplo, hace ya más de una década que Jean-François Revel mostró documentadamente, en El Conocimiento Inútil, que la cantidad de fallecimientos por inanición a escala global, y para todas las edades, era de unos dos millones anuales. Este dato es espantoso, y precisamente por ello luce más grotesco que se pretenda hacerlo aún mayor. Afirmar que "un niño fallece de hambre cada tres segundos" representaría 10 millones y medio al año, sin contar a los adultos. Como el mismo Revel comentaba, agigantar semejantes tragedias con fines retóricos tiene el nefasto efecto de hacerlas ver como situaciones insolubles, lo que obstaculiza, en lugar de favorecer, los esfuerzos para enfrentarlas. Por cierto, todas las hambrunas de las últimas décadas han tenido causas bélicas o trasfondo político.
Entre nosotros, la cifra espuria más popular es la del 80 por ciento de pobreza, que algunos incluso llegan a citar como 80 por ciento de pobreza crítica. Ese "80 por ciento" comenzó a ser utilizado por los jerarcas de la ahora llamada Cuarta República; los dirigentes de la Quinta lo han convertido en un auténtico dogma, casi un mantra. ¿Cuán cierto es este aparentemente indiscutible dato de la realidad venezolana?
De acuerdo con información suministrada por la OCEI, la pobreza de un hogar se define utilizando cinco criterios: presencia de niños de edad escolar que no asisten a la escuela, hacinamiento (más de tres personas durmiendo en una habitación), vivienda inadecuada (incluyendo las casas de vecindad además de las construcciones improvisadas), disponibilidad de servicios (en zonas urbanas ello significa carencia de acueducto, eliminación de excretas o ambos), y condiciones de empleo (hogares con más de tres personas por cada ocupado, cuyo jefe de hogar no haya alcanzado tres años de escolaridad).
Cuando existe al menos uno de estos indicadores, se considera que el hogar tiene necesidades básicas insatisfechas, es decir, es "pobre". La pobreza extrema existe cuando dos o más de los indicadores están presentes.
Según unas tablas de la misma OCEI publicadas a finales de 1997, el estado con mayor proporción de pobreza era el despoblado Apure, con 70,35%. Las entidades con menos hogares pobres eran, a pesar de lo que pudiera parecer, el Distrito Federal (33,66%) y el estado Miranda (38,12%). La media nacional alcanzaba 48,99%, un porcentaje terrible e injustificable, que por tanto no es necesario exagerar.
En cuanto a la pobreza extrema, la peor situación se presentaba en Delta Amacuro (44,90%) y Apure (44,32%), mientras que en el Distrito Federal era de 9,79%. La media nacional en ese momento era de 21,74%.
Otra estadística citada frecuentemente asegura que más de 50% de las personas empleadas trabaja en la economía informal. Aun siendo cierta, esta cifra no significa que más de la mitad de los venezolanos sean buhoneros (aunque aparentemente vayamos en esa dirección). El empleo informal incluye, además de los vendedores callejeros, a quienes trabajan por cuenta propia, al servicio doméstico y, sobre todo, a los patronos, empleados, obreros y trabajadores familiares que laboran en empresas con menos de cinco personas ocupadas.
En otras palabras, la mayoría de los comerciantes de Sabana Grande (así como los de los lujosos malls y, en realidad, casi todos los establecimientos del país) son técnicamente tan "informales" como los buhoneros que ocupan las aceras en forma ilegal. Más bien sorprende que la economía informal apenas pase de 50%.
Parafraseando al nunca bien ponderado Maquiavelo, "Al príncipe lo que le importa no es la cifra real, sino la que la gente cree". Pero no se puede intervenir adecuadamente en una realidad distorsionada por falsas estadísticas, o por el uso abusivo de cifras mal comprendidas.
El alegre uso de las estadísticas
Sami Rozenbaum
Utilizar los números con ligereza, igual que las palabras, es lo más natural del mundo; el problema comienza cuando el maltrato a las cifras invade el ámbito público.
Por ejemplo, hace ya más de una década que Jean-François Revel mostró documentadamente, en El Conocimiento Inútil, que la cantidad de fallecimientos por inanición a escala global, y para todas las edades, era de unos dos millones anuales. Este dato es espantoso, y precisamente por ello luce más grotesco que se pretenda hacerlo aún mayor. Afirmar que "un niño fallece de hambre cada tres segundos" representaría 10 millones y medio al año, sin contar a los adultos. Como el mismo Revel comentaba, agigantar semejantes tragedias con fines retóricos tiene el nefasto efecto de hacerlas ver como situaciones insolubles, lo que obstaculiza, en lugar de favorecer, los esfuerzos para enfrentarlas. Por cierto, todas las hambrunas de las últimas décadas han tenido causas bélicas o trasfondo político.
Entre nosotros, la cifra espuria más popular es la del 80 por ciento de pobreza, que algunos incluso llegan a citar como 80 por ciento de pobreza crítica. Ese "80 por ciento" comenzó a ser utilizado por los jerarcas de la ahora llamada Cuarta República; los dirigentes de la Quinta lo han convertido en un auténtico dogma, casi un mantra. ¿Cuán cierto es este aparentemente indiscutible dato de la realidad venezolana?
De acuerdo con información suministrada por la OCEI, la pobreza de un hogar se define utilizando cinco criterios: presencia de niños de edad escolar que no asisten a la escuela, hacinamiento (más de tres personas durmiendo en una habitación), vivienda inadecuada (incluyendo las casas de vecindad además de las construcciones improvisadas), disponibilidad de servicios (en zonas urbanas ello significa carencia de acueducto, eliminación de excretas o ambos), y condiciones de empleo (hogares con más de tres personas por cada ocupado, cuyo jefe de hogar no haya alcanzado tres años de escolaridad).
Cuando existe al menos uno de estos indicadores, se considera que el hogar tiene necesidades básicas insatisfechas, es decir, es "pobre". La pobreza extrema existe cuando dos o más de los indicadores están presentes.
Según unas tablas de la misma OCEI publicadas a finales de 1997, el estado con mayor proporción de pobreza era el despoblado Apure, con 70,35%. Las entidades con menos hogares pobres eran, a pesar de lo que pudiera parecer, el Distrito Federal (33,66%) y el estado Miranda (38,12%). La media nacional alcanzaba 48,99%, un porcentaje terrible e injustificable, que por tanto no es necesario exagerar.
En cuanto a la pobreza extrema, la peor situación se presentaba en Delta Amacuro (44,90%) y Apure (44,32%), mientras que en el Distrito Federal era de 9,79%. La media nacional en ese momento era de 21,74%.
Otra estadística citada frecuentemente asegura que más de 50% de las personas empleadas trabaja en la economía informal. Aun siendo cierta, esta cifra no significa que más de la mitad de los venezolanos sean buhoneros (aunque aparentemente vayamos en esa dirección). El empleo informal incluye, además de los vendedores callejeros, a quienes trabajan por cuenta propia, al servicio doméstico y, sobre todo, a los patronos, empleados, obreros y trabajadores familiares que laboran en empresas con menos de cinco personas ocupadas.
En otras palabras, la mayoría de los comerciantes de Sabana Grande (así como los de los lujosos malls y, en realidad, casi todos los establecimientos del país) son técnicamente tan "informales" como los buhoneros que ocupan las aceras en forma ilegal. Más bien sorprende que la economía informal apenas pase de 50%.
Parafraseando al nunca bien ponderado Maquiavelo, "Al príncipe lo que le importa no es la cifra real, sino la que la gente cree". Pero no se puede intervenir adecuadamente en una realidad distorsionada por falsas estadísticas, o por el uso abusivo de cifras mal comprendidas.
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Sami Rozenbaum
EL MENOS MAQUIAVÉLICO DE TODOS: MAQUIAVELO (8)
EL NACIONAL - Domingo 14 de Julio de 2013 Papel Literario/6
Maquiavelo criollo
Aunque se acostumbre a seguir los consejos de Maquiavelo sin recato, también es frecuente que se obvie hacer toda mención de él o que se busque rechazar cualquier parentesco con su forma de entender la política
EDGARDO MONDOLFI GUDAT
Históricamente, los capitanes de nuestra política han tendido a ser muy mojigatos a la hora de referirse a Maquiavelo. Sin duda ocurre lo mismo en otras latitudes, lo cual no le confiere ninguna singularidad al caso venezolano. De hecho, Henry Kissinger, el más maquiavélico de los políticos estadounidenses, siempre ha visto con horror que se le asocie de cualquier modo con el florentino. Así, pues, aunque se acostumbre a seguir sus consejos sin recato, también es frecuente que se obvie hacer toda mención de él o que se busque rechazar cualquier parentesco con su forma de entender la política. En realidad son pocos, muy pocos, los que han llegado a reconocerse con franqueza como sus apóstoles. Quizá una excepción haya sido Lenin, quien hablaría del florentino con abierta admiración en su correspondencia. Según lo señala su biógrafo, Robert Service, a Lenin le atraía la justificación que Maquiavelo hacía del uso de la fuerza, y así se lo expresó sin circunloquios a Viacheslav Mólotov en una de sus cartas más personales de 1922.
Una excepción venezolana
No obstante, en el caso venezolano, existe también una excepción a la hora de juzgar a Maquiavelo sin anteponer una fábrica de prevenciones.
Porque así como Lenin no las tuvo, tampoco las tuvo Rómulo Betancourt, el más exitoso de nuestros dirigentes a la hora de inspirarse en los patrones del centralismo leninista.
Si bien Betancourt utilizó muchas veces a Maquiavelo en su acepción más corriente, es decir, convertido en epíteto para tirotear al adversario, también le confirió un valor indiscutible a la hora de consultarlo como guía de las conductas humanas. El mejor ejemplo en este sentido lo proporciona un pasaje de su libro Venezuela, política y petróleo donde analiza y justifica la creación del Tribunal de Responsabilidad Civil y Administrativa encargado de encausar a los personeros del depuesto régimen medinista, y sus antecesores lopecistas y gomecistas.
Tratándose de una de las razones que le dio anclaje al golpe del 18 de octubre de 1945, Betancourt no llegó, desde luego, al punto de desdecirse de una iniciativa que, como lo admitiría en más de una ocasión, estuvo viciada en algunos casos. Pero es en este punto donde Maquiavelo se convierte en nota digna de atención para el lector atento que fue Betancourt. Digamos más: los consejos del florentino resultaron providenciales a la hora de ponerlo en guardia frente a las reacciones que suscitaría una decisión que, como esta, habría de deslindar definitivamente el campo entre los adecos en el poder y sus adversarios caídos a consecuencia de la asonada octubrista. Escuchémoslo: "Una observación cabe hacer en torno a esta medida, que ha sido y sigue siendo objeto de viva controversia pública.
No ignorábamos cómo ese procedimiento de profilaxis administrativa nos concitaría odios inextinguibles y feroces resistencias. Habíamos leído en Maquiavelo aquella reflexión suya según la cual los hombres olvidan primero la muerte del padre que la pérdida del patrimonio". Profecía autocumplida, sin duda, al menos si se juzga por el caso de Eleazar López Contreras quien terminaría declarándole al gobierno de Betancourt una guerra sin cuartel al conocerse el fallo del tribunal.
La tradición sentimentalista
Pero no es este Maquiavelo, útil y práctico, el que sobresale en nuestra tradición republicana sino el que se traduce en objeto de desdén entre los moralistas. Se trata en este caso del Maquiavelo que sirve para anteponer distancias. Porque, según esta mirada, maquiavélico suele ser siempre el otro, el responsable de la acción dolosa, el que se prevale de lo turbio y de lo inmoral, o de la simulación artera, para obtener fines inconfesables. Así, cada vez que se hace memoria de él, o cuando se le invoca en medio de la diatriba, es para poner de bulto los engaños más cínicos y las más escandalosas abominaciones. Más que verlo entonces como portador de una brújula confiable sobre las técnicas del poder, el nombre de Maquiavelo se convierte en este caso en un elemento eficaz para oponerlo a quienes se consideran los exponentes de un modelo correcto de hacer política.
Quien estrena esa tradición sentimentalista, en el caso de Venezuela, es Francisco de Miranda, quien, de viaje por Florencia en 1785, revisó con su proverbial curiosidad los papeles de Maquiavelo que allí se atesoraban. Sin embargo, por mucho que se hurgue, Maquiavelo siempre figura en su correspondencia revestido de los más diabólicos atributos.
Así ocurre por ejemplo en octubre de 1796 cuando, domiciliado ya en Londres y creyendo haber recibido el estímulo necesario para la gestación de sus planes insurgentes, Miranda se ve sorprendido por la novedad de que España y Gran Bretaña han resuelto desactivar un foco de tensión reciente que obligaría al entonces primer ministro William Pitt a archivar las propuestas que el venezolano quiso compartir con el Gabinete inglés. Su reacción ante la noticia no sólo fue visceral sino que se desahogó usando a Maquiavelo como blanco de su ira. Ante un agregado de la legación rusa en Londres, Miranda ventiló su mal humor de este modo: "¡Confiésome derrotado! ¡No hubiera creído que la perversidad humana podía llegar tan lejos! Pitt es un monstruo que parece no tener otro guía que El príncipe de Maquiavelo. He sido vendido por un tratado de comercio con España".
Ante tan destemplada reacción sólo cabe concluir una de dos cosas: o Miranda se sobrestimaba demasiado o no entendía del todo bien las complejidades que regían, y continuaron rigiendo por largo tiempo, la diplomacia anglo-española. A pesar de ello, si se consulta la lista de títulos que llegaron a integrar su temprana biblioteca personal, allí figuran cuatro volúmenes de las obras de Maquiavelo que, con el tiempo, desaparecen de posteriores registros que el propio Miranda hiciera de sus libros.¿Será que el futuro Generalísimo terminó por desecharlo, considerando a Maquiavelo como un mero traspiés de una época remota de su vida, o fue simplemente que tales libros terminaron por perderse en medio de los accidentados periplos de su dueño?
Bolívar y el florentino
Cuando menos hay certeza de que otro venezolano sí consideró a Maquiavelo un extravío de su juventud o, al menos, ese fue el pretexto que le sirvió para distanciarse de cualquier afinidad que pretendiera endilgársele. Aludimos desde luego a Simón Bolívar, tal vez uno de los políticos venezolanos que mejor supo apreciar y poner en práctica sus recomendaciones. Hablando del recorrido que por su parte emprendiera por Italia el futuro Libertador en 1805, Daniel O´Leary, su edecán e interlocutor desconfianza, anota lo siguiente: "Llegó a Florencia. (...) Allí estudió algunas de sus más célebres obras, de donde sacó algunas máximas saludables". Pero de seguidas vendrán las aclaratorias de quien, además de confidente, actuaba como albacea espiritual de Bolívar. Dice O´Leary: "Su admiración por los autores toscanos no comprendió a Maquiavelo, contra quien tenía la vulgar preocupación que ha hecho que su nombre sea sinónimo de astucia política y de crimen. Tan fuerte era esa preocupación que ni el profundo conocimiento de sus diferentes producciones literarias, ni el tiempo mismo, consiguieron modificarla".
Sin embargo, O´Leary llegaría mucho más lejos en este ejercicio de asepsia bolivariana.
En una discreta nota a pie de página de sus Narraciones , de donde está tomada la cita anterior, el edecán comenta que, ya en Cartagena y pocos meses antes de morir, al Libertador le sorprendió descubrir sobre su escritorio una edición reciente de las obras de Maquiavelo.
Apunta O’Leary que, mirándolas de reojo, Bolívar le sugirió que, en vez de leerlas, "podría emplear mejor el tiempo". Pero, en todo caso, al edecán no se le escapó agregar otra preciosa observación. Luego de lo que pareció ser una discreta reconvención, la presencia de aquellos volúmenes dio pie para que ambos hablasen acerca "del mérito" de tales obras, pudiendo O´Leary notar, y tales son sus palabras, que "Bolívar conocía a fondo cuanto contenían". Movido por la curiosidad de comprobar su presentimiento de que El Libertador había leído al florentino más de lo que cabía sospechar, éste le contestó que "desde su salida de Europa, hacía 25 años, no había vuelto a leer ni una línea de los escritos de Maquiavelo". No hace falta que O´Leary lo mencione para percatarnos de que Bolívar, a lo largo de su vida, hizo cuanto estuvo a su alcance para afianzar la impresión de que fueron más bien J.J. Rousseau y el barón de Montesquieu quienes apadrinaron lo mejor de sus ideas. Al menos así salta a la vista a la hora de revisar su epistolario, donde quedan evidenciadas sus credenciales de buen lector.
Ambos, Miranda y Bolívar, visitaron Florencia, la ciudad de la cual era oriundo Maquiavelo y donde este estableció su laboratorio para tomarle el pulso a la política. Lo hicieron con veinte años de diferencia, en 1785, el primero, en 1805, el segundo. En 1812, en medio de un episodio turbio, Miranda será hecho prisionero y Bolívar colaborará con su entrega a las autoridades españolas a fin de poner a salvo su propio pellejo al darse la caída del régimen insurgente. Para el primero, Bolívar representará la traición; para este, Miranda representaba el daño dirigido contra la República. Si la traición pudo conducir a la larga a alguna eficacia en su cometido, pues entonces valió la pena haberla ensayado. Al menos así lo habría entendido Maquiavelo.
Maquiavelo criollo
Aunque se acostumbre a seguir los consejos de Maquiavelo sin recato, también es frecuente que se obvie hacer toda mención de él o que se busque rechazar cualquier parentesco con su forma de entender la política
EDGARDO MONDOLFI GUDAT
Históricamente, los capitanes de nuestra política han tendido a ser muy mojigatos a la hora de referirse a Maquiavelo. Sin duda ocurre lo mismo en otras latitudes, lo cual no le confiere ninguna singularidad al caso venezolano. De hecho, Henry Kissinger, el más maquiavélico de los políticos estadounidenses, siempre ha visto con horror que se le asocie de cualquier modo con el florentino. Así, pues, aunque se acostumbre a seguir sus consejos sin recato, también es frecuente que se obvie hacer toda mención de él o que se busque rechazar cualquier parentesco con su forma de entender la política. En realidad son pocos, muy pocos, los que han llegado a reconocerse con franqueza como sus apóstoles. Quizá una excepción haya sido Lenin, quien hablaría del florentino con abierta admiración en su correspondencia. Según lo señala su biógrafo, Robert Service, a Lenin le atraía la justificación que Maquiavelo hacía del uso de la fuerza, y así se lo expresó sin circunloquios a Viacheslav Mólotov en una de sus cartas más personales de 1922.
Una excepción venezolana
No obstante, en el caso venezolano, existe también una excepción a la hora de juzgar a Maquiavelo sin anteponer una fábrica de prevenciones.
Porque así como Lenin no las tuvo, tampoco las tuvo Rómulo Betancourt, el más exitoso de nuestros dirigentes a la hora de inspirarse en los patrones del centralismo leninista.
Si bien Betancourt utilizó muchas veces a Maquiavelo en su acepción más corriente, es decir, convertido en epíteto para tirotear al adversario, también le confirió un valor indiscutible a la hora de consultarlo como guía de las conductas humanas. El mejor ejemplo en este sentido lo proporciona un pasaje de su libro Venezuela, política y petróleo donde analiza y justifica la creación del Tribunal de Responsabilidad Civil y Administrativa encargado de encausar a los personeros del depuesto régimen medinista, y sus antecesores lopecistas y gomecistas.
Tratándose de una de las razones que le dio anclaje al golpe del 18 de octubre de 1945, Betancourt no llegó, desde luego, al punto de desdecirse de una iniciativa que, como lo admitiría en más de una ocasión, estuvo viciada en algunos casos. Pero es en este punto donde Maquiavelo se convierte en nota digna de atención para el lector atento que fue Betancourt. Digamos más: los consejos del florentino resultaron providenciales a la hora de ponerlo en guardia frente a las reacciones que suscitaría una decisión que, como esta, habría de deslindar definitivamente el campo entre los adecos en el poder y sus adversarios caídos a consecuencia de la asonada octubrista. Escuchémoslo: "Una observación cabe hacer en torno a esta medida, que ha sido y sigue siendo objeto de viva controversia pública.
No ignorábamos cómo ese procedimiento de profilaxis administrativa nos concitaría odios inextinguibles y feroces resistencias. Habíamos leído en Maquiavelo aquella reflexión suya según la cual los hombres olvidan primero la muerte del padre que la pérdida del patrimonio". Profecía autocumplida, sin duda, al menos si se juzga por el caso de Eleazar López Contreras quien terminaría declarándole al gobierno de Betancourt una guerra sin cuartel al conocerse el fallo del tribunal.
La tradición sentimentalista
Pero no es este Maquiavelo, útil y práctico, el que sobresale en nuestra tradición republicana sino el que se traduce en objeto de desdén entre los moralistas. Se trata en este caso del Maquiavelo que sirve para anteponer distancias. Porque, según esta mirada, maquiavélico suele ser siempre el otro, el responsable de la acción dolosa, el que se prevale de lo turbio y de lo inmoral, o de la simulación artera, para obtener fines inconfesables. Así, cada vez que se hace memoria de él, o cuando se le invoca en medio de la diatriba, es para poner de bulto los engaños más cínicos y las más escandalosas abominaciones. Más que verlo entonces como portador de una brújula confiable sobre las técnicas del poder, el nombre de Maquiavelo se convierte en este caso en un elemento eficaz para oponerlo a quienes se consideran los exponentes de un modelo correcto de hacer política.
Quien estrena esa tradición sentimentalista, en el caso de Venezuela, es Francisco de Miranda, quien, de viaje por Florencia en 1785, revisó con su proverbial curiosidad los papeles de Maquiavelo que allí se atesoraban. Sin embargo, por mucho que se hurgue, Maquiavelo siempre figura en su correspondencia revestido de los más diabólicos atributos.
Así ocurre por ejemplo en octubre de 1796 cuando, domiciliado ya en Londres y creyendo haber recibido el estímulo necesario para la gestación de sus planes insurgentes, Miranda se ve sorprendido por la novedad de que España y Gran Bretaña han resuelto desactivar un foco de tensión reciente que obligaría al entonces primer ministro William Pitt a archivar las propuestas que el venezolano quiso compartir con el Gabinete inglés. Su reacción ante la noticia no sólo fue visceral sino que se desahogó usando a Maquiavelo como blanco de su ira. Ante un agregado de la legación rusa en Londres, Miranda ventiló su mal humor de este modo: "¡Confiésome derrotado! ¡No hubiera creído que la perversidad humana podía llegar tan lejos! Pitt es un monstruo que parece no tener otro guía que El príncipe de Maquiavelo. He sido vendido por un tratado de comercio con España".
Ante tan destemplada reacción sólo cabe concluir una de dos cosas: o Miranda se sobrestimaba demasiado o no entendía del todo bien las complejidades que regían, y continuaron rigiendo por largo tiempo, la diplomacia anglo-española. A pesar de ello, si se consulta la lista de títulos que llegaron a integrar su temprana biblioteca personal, allí figuran cuatro volúmenes de las obras de Maquiavelo que, con el tiempo, desaparecen de posteriores registros que el propio Miranda hiciera de sus libros.¿Será que el futuro Generalísimo terminó por desecharlo, considerando a Maquiavelo como un mero traspiés de una época remota de su vida, o fue simplemente que tales libros terminaron por perderse en medio de los accidentados periplos de su dueño?
Bolívar y el florentino
Cuando menos hay certeza de que otro venezolano sí consideró a Maquiavelo un extravío de su juventud o, al menos, ese fue el pretexto que le sirvió para distanciarse de cualquier afinidad que pretendiera endilgársele. Aludimos desde luego a Simón Bolívar, tal vez uno de los políticos venezolanos que mejor supo apreciar y poner en práctica sus recomendaciones. Hablando del recorrido que por su parte emprendiera por Italia el futuro Libertador en 1805, Daniel O´Leary, su edecán e interlocutor desconfianza, anota lo siguiente: "Llegó a Florencia. (...) Allí estudió algunas de sus más célebres obras, de donde sacó algunas máximas saludables". Pero de seguidas vendrán las aclaratorias de quien, además de confidente, actuaba como albacea espiritual de Bolívar. Dice O´Leary: "Su admiración por los autores toscanos no comprendió a Maquiavelo, contra quien tenía la vulgar preocupación que ha hecho que su nombre sea sinónimo de astucia política y de crimen. Tan fuerte era esa preocupación que ni el profundo conocimiento de sus diferentes producciones literarias, ni el tiempo mismo, consiguieron modificarla".
Sin embargo, O´Leary llegaría mucho más lejos en este ejercicio de asepsia bolivariana.
En una discreta nota a pie de página de sus Narraciones , de donde está tomada la cita anterior, el edecán comenta que, ya en Cartagena y pocos meses antes de morir, al Libertador le sorprendió descubrir sobre su escritorio una edición reciente de las obras de Maquiavelo.
Apunta O’Leary que, mirándolas de reojo, Bolívar le sugirió que, en vez de leerlas, "podría emplear mejor el tiempo". Pero, en todo caso, al edecán no se le escapó agregar otra preciosa observación. Luego de lo que pareció ser una discreta reconvención, la presencia de aquellos volúmenes dio pie para que ambos hablasen acerca "del mérito" de tales obras, pudiendo O´Leary notar, y tales son sus palabras, que "Bolívar conocía a fondo cuanto contenían". Movido por la curiosidad de comprobar su presentimiento de que El Libertador había leído al florentino más de lo que cabía sospechar, éste le contestó que "desde su salida de Europa, hacía 25 años, no había vuelto a leer ni una línea de los escritos de Maquiavelo". No hace falta que O´Leary lo mencione para percatarnos de que Bolívar, a lo largo de su vida, hizo cuanto estuvo a su alcance para afianzar la impresión de que fueron más bien J.J. Rousseau y el barón de Montesquieu quienes apadrinaron lo mejor de sus ideas. Al menos así salta a la vista a la hora de revisar su epistolario, donde quedan evidenciadas sus credenciales de buen lector.
Ambos, Miranda y Bolívar, visitaron Florencia, la ciudad de la cual era oriundo Maquiavelo y donde este estableció su laboratorio para tomarle el pulso a la política. Lo hicieron con veinte años de diferencia, en 1785, el primero, en 1805, el segundo. En 1812, en medio de un episodio turbio, Miranda será hecho prisionero y Bolívar colaborará con su entrega a las autoridades españolas a fin de poner a salvo su propio pellejo al darse la caída del régimen insurgente. Para el primero, Bolívar representará la traición; para este, Miranda representaba el daño dirigido contra la República. Si la traición pudo conducir a la larga a alguna eficacia en su cometido, pues entonces valió la pena haberla ensayado. Al menos así lo habría entendido Maquiavelo.
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EL MENOS MAQUIAVÉLICO DE TODOS: MAQUIAVELO (9)
El Nacional - Lunes 07 de Febrero de 2005 A/6Maquiavelo: ¿era maquiavélico?
Rafael Arráiz Lucca
Si la semana pasada dimos vueltas alrededor de lo poco “quijotesco” que era Alonso Quijano, en esta oportunidad los invito a que nos detengamos en la pregunta que encabeza el artículo. Lo primero: la fama de este florentino nacido en 1469 es inversamente proporcional a la extensión de la breve obra que lo entregó para siempre en los brazos de la notoriedad. Y a esta circunstancia se suma un agravante que muchos desconocen: El Príncipe fue escrito entre julio y diciembre de 1513, pero fue publicado en 1532, cinco años después de la muerte de su autor, ocurrida el 22 de junio de 1527. De modo que Nicolás Maquiavelo jamás se enteró de las consecuencias inmediatas de su obra, y mucho menos de la incidencia fundamental que ha tenido en casi 500 años de vida política en el mundo occidental.
Entre la obra ensayística de uno de los filósofos políticos más importantes de los últimos años, el letón Isaiah Berlin (1909-1997), profesor de la Universidad de Oxford, se encuentra un texto luminoso sobre Maquiavelo. En él, Berlin desmenuza cada unas de las teorías que sobre El Príncipe se han urdido, algunas radicalmente enfrentadas, y señala con razón una paradoja: la escritura de Maquiavelo es clarísima, de modo que la disparidad en la interpretación no se debe a la posible oscuridad del texto, sino a la radical importancia de lo que en él está planteado. Esa radical importancia no es otra que la separación de las aguas entre el mundo religioso y el del poder en la polis, al punto que en el libro ni siquiera se menciona a la Iglesia Católica. Se argumenta, eso sí, que las virtudes cristianas no sirven para que un gobernante haga eficientemente su trabajo. Esto es, conservar el poder sine die, ejerciendo el mando con radical efectividad de acuerdo con sus propósitos y designios.
Conviene recordar que Maquiavelo escribe la obra cuando ha caído en desgracia, ha sido hecho preso y luego liberado y confinado a su finca, donde no halla otro desahogo que escribir esta suerte de manual para gobernantes, que recoge la experiencia del actor político que fue el florentino.
Maquiavelo no era un filósofo, ni nada sucedáneo. Era un actor político que realizaba sus sueños asesorando a autoridades, y que se le iba la vida en embajadas, palacios, conspiraciones y formación de milicias. El poder era su materia. De hecho, la tesis según la cual con El Príncipe, dedicado al Magnífico Lorenzo de Médicis, Maquiavelo estaba buscando ser reenganchado en sus tareas de asesor, de donde había sido echado, no es descabellada. ¿Qué mejor prueba de lo que sabía que esta suerte de manual diseñado para un gobierno local italiano, pero inspirado por el proyecto de hacer de Italia un estado nacional y poderoso?
Cualquiera que se entregue a la delicia de leer esta obra, sin prejuicios, encontrará en ella una claridad de conceptos asombrosa; así como una crudeza que es sólo explicable si recordamos que el destinatario inmediato del texto no era el anónimo lector, sino el príncipe al que se quería asesorar. Es dable suponer que si leemos los textos de asesoría política que algunos profesionales acometen en la actualidad, demos un brinco en la silla tan grande como el que dieron los primeros lectores de esta obra, considerada una pieza primigenia de la ciencia política o, por lo menos, del empirismo y la observación que preceden a las formulaciones científicas.
Enfrentemos la pregunta inicial.
Si el adjetivo “maquiavélico” se le endilga a todo aquel que se maneja con destreza en el laberinto del poder, apelando a simulaciones, a disfraces, a medias verdades signadas por la máxima maquiaveliana “El fin justifica los medios”, pues la verdad es que Maquiavelo no era maquiavélico. Sus consejos son directos, escandalosamente directos e, incluso, no aconseja la simulación sino en casos excepcionales.
En verdad, uno de los valores de la obra es su conocimiento del alma humana, aunque podrá decírseme que se trata del alma humana de uno de los períodos más corruptos y terribles de la historia, y es cierto.
Pero no es menos cierto que, sin ir muy lejos, durante el siglo XX asistimos a las atrocidades de genocidas de una ruindad indescriptible como fueron Stalin y sus verdugos, Hitler y el alto mando militar alemán.
Estos monstruos no quedan muy por debajo de César Borgia en sus fechorías.
Berlin da en el clavo cuando señala que la confusión sobre la obra maquiaveliana proviene de un equívoco: el florentino observaba la realidad política de su tiempo y de su país, y decía que, al margen de consideraciones morales, si se quería permanecer en el poder había que desarrollar virtudes paganas, las cristianas servían en otros ámbitos, no en el espacio del gobierno. A la luz de hoy en día, muchos de los consejos de Maquiavelo son éticamente inaceptables, pero conviene conocerlos a fondo porque no son pocos “los revolucionarios” que los ponen en práctica.
De hecho, ¿no fue Marx el que asumió para sí aquello de que “el fin justifica los medios” ? ¿No fue Fidel Castro el que tomó para sí aquello de “dentro de la revolución todo, fuera de la revolución, nada?”
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EL MENOS MAQUIAVÉLICO DE TODOS: MAQUIAVELO (10)
EL NACIONAL - Domingo 14 de Julio de 2013 Papel Literario/4
Maquiavelo hoy: república o ignominia
CAROLINA GUERRERO
Se dice que en la decadencia corporal última que padece quien es asaltado por la enfermedad de la vejez, Nicolás Maquiavelo relató un sueño que a su vez versionaba el sueño de Escipión. El de Escipión revelaba que, al morir, los grandes hombres políticos compartían la eternidad junto con los beatos en el cielo. Pero según el relato del florentino sobre su experiencia onírica, los grandes hombres que fundaron, gobernaron bien y reformaron repúblicas con sus obras y sus escritos van en cambio al infierno, porque para llevar a cabo las grandes obras que los inmortalizaron violaron las normas de la moral cristiana.
Fundar, gobernar bien y reformar repúblicas. El problema central de la política para Maquiavelo era cómo establecer y mantener un buen gobierno, un objetivo inexorablemente vinculado con la permanencia del Estado y no, como suele asumir el imaginario extendido entre legos y algunos doctos, con la sola preservación del poder por parte del gobernante. Recuérdese cómo comienza El príncipe : los estados sólo podían y pueden existir como repúblicas o como principados.
Hoy hemos de entender por "principado" no el reduccionismo que lo simboliza en la corona, sino toda forma de gobierno donde la voluntad de un solo hombre o de una facción determina la conducción de lo público, suprimiéndose, es evidente, la libertad política de los ciudadanos dispuestos a participar directa o indirectamente en dicho proceso, en la conformación continua, diversa, conflictiva, dinámica y plural del bien común, cuyo núcleo constante es el deseo de no ser oprimido ni por los gobernantes ni por otros gobernados.
La república es la única forma política consubstancial con la libertad, encarnándose ella en una suerte de Santísima Trinidad (la analogía no es maquiavélica) que integran la libertad individual, la libertad cívica y la libertad política. Sólo en una república es posible desplegar la autonomía de la persona en la plenitud de su condición como individuo y como ciudadano. Por tanto, la república es la única forma política consubstancial con el valor de la vida; fuera de la república, se vegeta en medio de la negación de lo humano, en una agregación de hombres subordinados a la voluntad de uno o unos pocos, aun bajo la ilusión de una participación política popular que no es tal si ella es ordenada desde el cénit del poder que, de paso, la controla.
La teorización de Maquiavelo en torno a la república no es utopía sino realismo político.
A partir de las pistas legadas por el autor, se sabe que se vive en república si ningún grupo tiraniza al otro. Vivir en república, insiste Maquiavelo, es ser gobernado por leyes justas y no por la voluntad política de un hombre o de una facción, pero hay más: Maquiavelo nos alerta que el criterio de ley justa no reside en el apoyo democrático a ella; las leyes serán justas sólo si son promotoras de la no dominación. Para el florentino y algunos autores (Berlin, Skinner, Pettit) lo han sintetizado en décadas más o menos recientes la libertad implica la ausencia de interferencia arbitraria, de dependencia, de estado servil y de inseguridad en dilatado sentido político. En términos ideales, la república existe si los ciudadanos son virtuosos.
En términos reales, explica Maquiavelo, la condición para la libertad pública y privada es la virtud del cuerpo político, pero dado que la mayoría no es virtuosa el guardián de la libertad (esto es, de la república) será el poder coercitivo de la ley.
Si la virtud cívica es cosa rara entre los hombres, Maquiavelo enfatiza la necesidad de virtud en el sistema, y esto supone condiciones: que las leyes favorezcan la libertad, que la pluralidad de opiniones y pasiones tenga espacio en la vida institucional de la república, que las instituciones no puedan ser manipuladas por la voluntad de los hombres, que las reformas se emprendan para corregir la inequidad y no para reproducirla en nuevos sujetos, que la democracia no degenere en el despotismo de la asamblea tumultuaria o del demagogo. Pistas vigentes para examinar si hay república o si se transita la ignominia.
Maquiavelo hoy: república o ignominia
CAROLINA GUERRERO
Se dice que en la decadencia corporal última que padece quien es asaltado por la enfermedad de la vejez, Nicolás Maquiavelo relató un sueño que a su vez versionaba el sueño de Escipión. El de Escipión revelaba que, al morir, los grandes hombres políticos compartían la eternidad junto con los beatos en el cielo. Pero según el relato del florentino sobre su experiencia onírica, los grandes hombres que fundaron, gobernaron bien y reformaron repúblicas con sus obras y sus escritos van en cambio al infierno, porque para llevar a cabo las grandes obras que los inmortalizaron violaron las normas de la moral cristiana.
Fundar, gobernar bien y reformar repúblicas. El problema central de la política para Maquiavelo era cómo establecer y mantener un buen gobierno, un objetivo inexorablemente vinculado con la permanencia del Estado y no, como suele asumir el imaginario extendido entre legos y algunos doctos, con la sola preservación del poder por parte del gobernante. Recuérdese cómo comienza El príncipe : los estados sólo podían y pueden existir como repúblicas o como principados.
Hoy hemos de entender por "principado" no el reduccionismo que lo simboliza en la corona, sino toda forma de gobierno donde la voluntad de un solo hombre o de una facción determina la conducción de lo público, suprimiéndose, es evidente, la libertad política de los ciudadanos dispuestos a participar directa o indirectamente en dicho proceso, en la conformación continua, diversa, conflictiva, dinámica y plural del bien común, cuyo núcleo constante es el deseo de no ser oprimido ni por los gobernantes ni por otros gobernados.
La república es la única forma política consubstancial con la libertad, encarnándose ella en una suerte de Santísima Trinidad (la analogía no es maquiavélica) que integran la libertad individual, la libertad cívica y la libertad política. Sólo en una república es posible desplegar la autonomía de la persona en la plenitud de su condición como individuo y como ciudadano. Por tanto, la república es la única forma política consubstancial con el valor de la vida; fuera de la república, se vegeta en medio de la negación de lo humano, en una agregación de hombres subordinados a la voluntad de uno o unos pocos, aun bajo la ilusión de una participación política popular que no es tal si ella es ordenada desde el cénit del poder que, de paso, la controla.
La teorización de Maquiavelo en torno a la república no es utopía sino realismo político.
A partir de las pistas legadas por el autor, se sabe que se vive en república si ningún grupo tiraniza al otro. Vivir en república, insiste Maquiavelo, es ser gobernado por leyes justas y no por la voluntad política de un hombre o de una facción, pero hay más: Maquiavelo nos alerta que el criterio de ley justa no reside en el apoyo democrático a ella; las leyes serán justas sólo si son promotoras de la no dominación. Para el florentino y algunos autores (Berlin, Skinner, Pettit) lo han sintetizado en décadas más o menos recientes la libertad implica la ausencia de interferencia arbitraria, de dependencia, de estado servil y de inseguridad en dilatado sentido político. En términos ideales, la república existe si los ciudadanos son virtuosos.
En términos reales, explica Maquiavelo, la condición para la libertad pública y privada es la virtud del cuerpo político, pero dado que la mayoría no es virtuosa el guardián de la libertad (esto es, de la república) será el poder coercitivo de la ley.
Si la virtud cívica es cosa rara entre los hombres, Maquiavelo enfatiza la necesidad de virtud en el sistema, y esto supone condiciones: que las leyes favorezcan la libertad, que la pluralidad de opiniones y pasiones tenga espacio en la vida institucional de la república, que las instituciones no puedan ser manipuladas por la voluntad de los hombres, que las reformas se emprendan para corregir la inequidad y no para reproducirla en nuevos sujetos, que la democracia no degenere en el despotismo de la asamblea tumultuaria o del demagogo. Pistas vigentes para examinar si hay república o si se transita la ignominia.
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