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martes, 28 de enero de 2020

ANCESTRAL CONTRAPOSICION

Rescatar la palabra
Adela Cortina / El País

Recurrir al verso de Blas de Otero “me queda la palabra” en situaciones de desconcierto es un lugar común. “Si he perdido la vida, el tiempo, todo lo que tiré, como un anillo, al agua, si he perdido la voz en la maleza, me queda la palabra”, decía el bien conocido texto. Para disentir o para acordar, seguimos creyendo que siempre nos queda la palabra. El medio más propiamente humano para construir la vida compartida.

En efecto, ya en el Libro I de la Política recordaba Aristóteles que el ser humano es un animal social, y no simplemente gregario, porque cuenta con el logos, un término que significa a la vez “palabra” y “razón”. A diferencia de los animales que están dotados sólo de voz para expresar el placer y el dolor, las personas cuentan con la palabra, que les hace sociales, porque les permite deliberar conjuntamente sobre lo justo y lo injusto, sobre lo conveniente y lo dañino. Y ésta —la palabra— es la base de la familia y la amistad, es la base de la comunidad política, que congrega distintas familias y diversas etnias y se distingue de ellas porque tiende al bien común y debería esforzarse por alcanzarlo.

Rescatar la palabraLa palabra, por tanto, acontece en el diálogo, exige interlocutores; incluso nuestros monólogos son diálogos internalizados. Como bien decía Hölderlin, “somos un diálogo”. Y es esa palabra puesta en diálogo la que debería sustituir a la violencia a la hora de resolver los problemas que surgen de la vida común.

Pero la palabra puesta en diálogo tiene por meta la comunicación entre las personas y para alcanzarla ha de tender un puente entre el hablante y el oyente, o los oyentes. Un puente que, según acreditadas teorías, exige aceptar cuatro pretensiones de validez que el hablante eleva en la dimensión pragmática del lenguaje, lo quiera o no. Son la inteligibilidad de lo que se dice, la veracidad del hablante, la verdad de lo afirmado y la justicia de las normas. Si esas pretensiones se adulteran, no hay palabra comunicativa ni auténtico diálogo, sino violencia por otros medios, violencia por medios verbales: discurso manipulador, discursos del odio, que dinamitan los puentes de la comunicación y hacen imposible la vida democrática.

Poner el termómetro de estas cuatro pretensiones a los discursos que dominan nuestra vida compartida, a través de las redes sociales o de los medios de comunicación tradicionales, es necesario para descubrir la densidad de nuestra calidad democrática, para saber si, a pesar de los pesares, nos queda la palabra.

En lo que hace a la inteligibilidad, desde los años setenta del siglo XX se ha ido extendiendo —por fortuna— un movimiento en favor del Lenguaje Claro, convencido de que en sociedades democráticas la claridad no es sólo la cortesía del filósofo, sino sobre todo un derecho de la ciudadanía y un deber de los poderes públicos. La claridad en los documentos es un camino en el que queda mucho por andar, aunque se haya empezado a recorrer.

Pero siendo la inteligibilidad de lo dicho una pretensión difícil de satisfacer en la vida pública, más lo son las otras tres —veracidad, verdad y justicia— en tiempos en que se asume la posverdad, no como una lacra a extirpar, sino como un instrumento para alcanzar objetivos individuales y grupales. La “normalización” de la posverdad y de los bulos, el hecho de aceptarlos como un rasgo más de nuestra vida política, tendrá, entre otras, una nefasta consecuencia: que ni siquiera nos quede la palabra.

Como sabemos, los bulos son noticias falsas, propaladas con algún fin, cuyo emisor podría identificarse, aunque se necesitara para lograrlo mucho esfuerzo. Las noticias sobre la implicación de potencias extranjeras en elecciones y en acciones violentas en una inusitada cantidad de países, entre ellos España, son una prueba palmaria de ello. La posverdad, por su parte, es una “distorsión deliberada que manipula emociones y creencias con el fin de influir en la opinión pública”, una práctica usual de los demagogos. En realidad son mentiras, consisten en decir lo contrario de lo que se piensa con intención de engañar, buscando provecho propio, y están distorsionando la vida política y social.

El mecanismo es sencillo. Se trata de diseñar un marco de valores, simple, esquemático, desde el que los oyentes puedan interpretar los acontecimientos y en el que sólo juegan dos equipos, nosotros y ellos. No importa si hay dos partidos políticos o 20.000 fragmentados, la ancestral contraposición amigo-enemigo sigue siendo rentable para dotar a la ciudadanía de una identidad, sea desde la presunta izquierda o desde la presunta derecha. La creciente polarización de la escena política y social hace que la competencia se exprese en emociones binarias de simpatía/antipatía ante discursos, conductas y símbolos, cuando el pluralismo político reclama, en palabras de Ignatieff, “respetar la diferencia entre un enemigo y un adversario. Un adversario es alguien al que quieres derrotar. Un enemigo es alguien al que tienes que destruir”. Concebir la política como el juego de la guerra entre enemigos irreconciliables, y con ello, a la polarización de la sociedad, es lo más contrario a la busca del bien común, que es la meta por la que la política cobra legitimidad.

A todo ello se añade desde hace algún tiempo la profusión de prácticas que defienden la legitimidad de utilizar en el debate público términos con significantes ambiguos o vacíos, pero con una connotación positiva para la ciudadanía; significantes que permiten construir identidades con narrativas emocionalmente atractivas, aunque nada tengan que ver con los hechos. Se apela entonces a palabras biensonantes como “democracia”, “progreso”, “patria” o “soberanía”, que despiertan sentimientos positivos, pero a las que se ha vaciado de contenido, por eso se pueden utilizar en un sentido u otro según convenga. ¿Qué relación guarda todo esto con la veracidad y la verdad, propias del buen diálogo?

Recuperar en el mundo político el valor de la palabra, que es el medio más propiamente humano, como siguen recordando instituciones como la Fundación César Egido Serrano o la FAPE, exigiría precisar con claridad el significado de los términos que se utilizan: en qué consisten el progreso y ser progresista, de qué tipo de democracia hablamos, quiénes forman parte del pueblo, cómo se van a resolver problemas como el del desempleo, cómo articularemos las demandas legítimas de inmigrantes y refugiados, qué ideología está realmente detrás de cada propuesta y en qué instituciones cristalizaría. Pero también recordar que hablar es comprometerse, lo que obliga a cumplir las promesas generando confianza en una ciudadanía que, en caso contrario, queda estafada.

Y, por supuesto, atendiendo a la aspiración a la justicia, no confundir el auténtico diálogo, que es el que intenta llegar a decisiones que satisfagan los intereses legítimos de todos los afectados por ellas, con las negociaciones bilaterales con aquellos que tienen capacidad de negociar en su propio provecho. Tener presentes a los afectados por las decisiones es lo justo y lo conveniente, es el camino propio de la socialdemocracia, capaz de crear cohesión social. La agregación de intereses de quienes demandan privilegios es la vetusta práctica del clientelismo, un camino seguido bien a menudo por el individualismo neoliberal.
(*) Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y directora de la Fundación ÉTNOR.

22/01/2020:
Ilustración: Eulogia Merle.

domingo, 11 de junio de 2017

MEDIO SIGLO

EL PAÍS, Madrid, 12 de junio de 2017
 TRIBUNA
50 años de ocupación israelí
Ha pasado medio siglo y el final del conflicto entre dos naciones convencidas de que tienen derecho a reclamar el mismo pedazo de tierra parece más alejado que nunca. Europa, sobre todo Alemania, debe actuar en favor de los palestinos
Daniel Barenboim

La política internacional actual está dominada por cuestiones como el futuro del euro y la crisis de los refugiados, la amenaza de que la presidencia de Trump provoque el aislamiento de Estados Unidos, la guerra de Siria y la lucha contra el extremismo islámico. No obstante, hay otro tema casi omnipresente desde la primera década del nuevo milenio pero que cada vez aparece menos en las noticias y, por tanto, cada vez está menos presente en la conciencia colectiva: el conflicto en Oriente Próximo. Durante decenios, el enfrentamiento entre israelíes y palestinos fue una preocupación constante para Estados Unidos y Europa, y la resolución del conflicto, una de sus grandes prioridades políticas. Sin embargo, después de numerosos y fracasados intentos de poner fin a esta situación, da la impresión de que el statu quose ha consolidado. El mundo sigue pensando —con malestar, con impotencia y con cierta desilusión— que este conflicto es irresoluble.

La situación es más trágica aún en la medida en que los frentes se han ido reforzando y la situación de los palestinos ha empeorado sin cesar, y ni el más optimista puede atreverse a suponer que el Gobierno actual de Estados Unidos vaya a abordar el problema con una actitud prudente y sensata. Y la tragedia se va a hacer notar especialmente este año y el próximo, porque vamos a vivir dos aniversarios llenos de tristeza, en particular para los palestinos: en 2018 se conmemorará el 70º aniversario de lo que los palestinos llaman al Nakba, “la catástrofe”, que supuso la expulsión de más de 700.000 personas del antiguo territorio incluido en el mandato británico, como consecuencia directa del plan de la ONU para la partición de Palestina y la creación del Estado de Israel, el 14 de mayo de 1948. Al Nakba sigue vigente, puesto que más de cinco millones de descendientes directos de aquellos palestinos desplazados continúan hoy viviendo en un exilio forzoso.

Y este año, el 10 de junio se han cumplido 50 años de ocupación continuada de las tierras palestinas por parte de Israel, una situación moral y físicamente intolerable. Incluso los que piensan que la Guerra de los Seis Días —que terminó el 10 de junio de 1967— fue necesaria porque Israel tenía que defenderse deben reconocer que la ocupación y todo lo que ha sucedido con posterioridad constituyen un desastre absoluto. No solo para los palestinos sino también para los israelíes, desde el punto de vista estratégico y desde el punto de vista ético.

La ocupación actual es inaceptable, tanto desde el punto de vista estratégico como moral

Ha pasado medio siglo desde entonces, y el final del conflicto parece más alejado que nunca. Nadie se hace hoy ilusiones de poder ver a un joven palestino o a un joven israelí tendiendo la mano al otro. Y es un problema que, a pesar de que haya dejado de ser “popular”, como decía antes, sigue siendo importante, incluso crucial. Para los habitantes de Palestina e Israel, para todo Oriente Próximo y para el mundo entero.

De ahí que, coincidiendo con el 50º aniversario de la ocupación, me atreva a pedir a Alemania y a Europa que vuelvan a dar prioridad a la resolución del conflicto. No estamos hablando de un enfrentamiento político, sino de un enfrentamiento entre dos naciones que están completamente convencidas de que tienen derecho a reclamar el mismo, y pequeño, pedazo de tierra. Europa, que hace declaraciones sobre la obligación de ser más fuerte y más independiente, debe ser consciente de que esa nueva fortaleza y esa nueva independencia implican exigir de manera inequívoca que Israel ponga fin a la ocupación y reconozca el Estado palestino.

El hecho de ser un judío y vivir en Berlín desde hace más de 25 años me permite tener una perspectiva especial sobre la responsabilidad histórica de Alemania en este conflicto. Si tengo la posibilidad de vivir libre y felizmente en este país es solo gracias a que los alemanes han afrontado y digerido su pasado. No cabe duda de que, incluso en la Alemania actual, existen tendencias extremistas y preocupantes contra las que todos debemos luchar. Pero, en general, la sociedad alemana es hoy una sociedad libre y tolerante, consciente de su responsabilidad humanitaria.

Hay que encontrar una solución justa para la crisis de los refugiados y el retorno de los palestinos

Alemania e Israel, por supuesto, siempre han tenido una relación especialmente estable; la primera siempre se ha sentido, y con razón, en deuda con el segundo. Pero no tengo más remedio que ir un poco más allá: Alemania tiene también una deuda especial con los palestinos. Sin el Holocausto, nunca se habría llevado a cabo la partición de Palestina, ni se habrían producido al Nakba, la guerra de 1967 y la ocupación. Ahora bien, no son solo los alemanes los que tienen una responsabilidad hacia los palestinos, sino todos los europeos, porque el antisemitismo fue un fenómeno que se dio en toda Europa, y los palestinos siguen sufriendo sus consecuencias directas, a pesar de no tener ninguna culpa de aquello.

Es absolutamente necesario que Alemania y Europa asuman esa responsabilidad respecto al pueblo palestino. Eso no significa que haya que tomar medidas contra Israel, sino en favor de los palestinos. La ocupación actual es inaceptable, tanto desde el punto de vista estratégico como desde el punto de vista moral, y debe terminar. Hasta ahora, el mundo no ha hecho nada verdaderamente importante para lograrlo, y Alemania y Europa deben exigir el fin de la ocupación y el respeto de las fronteras anteriores a 1967. Hay que fomentar una solución con dos Estados, pero, para eso, es necesario que se reconozca a Palestina como Estado independiente. Hay que encontrar una solución justa para la crisis de los refugiados. Hay que reconocer el derecho de retorno de los palestinos y ponerlo en práctica en colaboración con Israel. Hay que garantizar una distribución equitativa de los recursos y el respeto a los derechos civiles y humanos de los palestinos. Y todo esto es tarea de Europa, sobre todo ahora que vemos cómo está cambiando el orden mundial.

Cuando han pasado 50 años desde aquel 10 de junio, quizá estamos muy lejos de poder resolver el conflicto israelo-palestino. Solo si Alemania y Europa empiezan ya a asumir su responsabilidad histórica y a tomar medidas que ayuden a los palestinos será tal vez posible evitar que, cuando llegue el 100º aniversario de la ocupación israelí de las tierras palestinas, la situación siga igual
(*) Daniel Barenboim es pianista y director de orquesta.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
Fuente:
http://elpais.com/elpais/2017/06/08/opinion/1496923335_488907.html
Ilustración: Eulogia Merle

sábado, 19 de noviembre de 2016

HEBRAS DE PINCEL

EL PAÍS, Madrid, 18 de noviembre de 2016
 TRIBUNA
El año de Diego Rivera
Antonio Elorza

El 130º aniversario del nacimiento de Diego Rivera está sirviendo de ocasión para una creciente estimación de su obra, y no solo en su México natal, donde se ha sucedido lo que un diario llamó “una cascada de exposiciones”, sino también en Estados Unidos y otros países. El Museo Reina Sofía prepara una gran retrospectiva a inaugurar en febrero.
Diego Rivera encabeza la lista de pintores en la gran exposición México 1900-1950, inaugurada en el Grand Palais de París. Su obra emblemática en ella es tardía y poco conocida, Río Juchitán, donde presenta el sueño de un mundo maya feliz. Supone el contrapunto indigenista de la primera muestra conmemorativa organizada por el Museo Mural que lleva su nombre en la Ciudad de México. Aquí bajo el título de Re-visiones de Norteamérica, las exhibidas eran obras del tránsito entre su etapa de muralista revolucionario y la frustrada de quien trata de infiltrar su ideario en el marco del gran capitalismo norteamericano. La alegoría de California y La construcción de un fresco ilustraban hasta qué punto bajo las concesiones a la nueva temática y los nuevos mecenas —pervivía la voluntad de alumbrar una nueva sociedad—. Con idéntico protagonista, el Trabajador, visto al modo de Ernst Jünger, y en sentido contrario a Ernst Jünger, lejos de la estampa del maya recostado, como promotor de un nuevo orden de vida para la humanidad.
Es la misma figura de mono azul que preside en 1928 la entrega de armas a los revolucionarios por Frida Kahlo en el mural de la capitalina Secretaría de Educación. Expulsado Rivera en 1929 del partido comunista, se abría paso el intento de conciliar una visión política revolucionaria, vinculada a Lenin y a Trotski, con el esplendor de la nueva civilización industrial, surgida en Norteamérica. La primacía de la hiperbólica figura del Trabajador en la representación del organigrama fabril de La construcción de un cuadro y los trabajadores sosteniendo el tinglado boyante del capitalismo en la Alegoría, son la mejor prueba de esa continuidad en el cambio. La frustrará el episodio del gran mural, finalmente destruido, en el Centro Rockefeller de Nueva York. Nelson Rockefeller y Rivera estaban de acuerdo en que El hombre en la encrucijada debía expresar “el dominio del hombre sobre el mundo material”, solo que para Rivera mientras el Hombre Técnico sigue dominando la escena, sirve de eje al haz de planos donde los obreros revolucionarios, con Lenin a la cabeza, se enfrentan a la burguesía ociosa. La convergencia había terminado.
En sus apuntes y bocetos, plasmó las múltiples formas de explotación de los trabajadores
A partir de 1922 se da en Diego Rivera lo que llamaríamos un entrelazamiento de utopías, estrechamente ligadas a su trayectoria vital y política. El Jan van Eyck hic fuit se traducirá en su presencia en los cuadros, y desde que la conoce, en la centralidad, como emblema ideológico y guía, de Frida Kahlo.
Ante todo está la utopía revolucionaria. Solo que la revolución de Rivera no es la mexicana iniciada en 1910, sino la comunista, inspirada en 1917. Una revolución en la revolución, pues aprueba la reforma educativa. Su obra magna, los murales de la Secretaría de Educación, no surge de esa revolución para la ilustración de cuyos resultados le convocó José Vasconcelos. Las escenas de las distintas formas de trabajo, y de sometimiento, pintadas en 1923-1924, son el marco social que llama a la revolución, también el reconocimiento de una durísima realidad que hace necesaria la utopía. En sus apuntes y bocetos, Rivera reprodujo las múltiples formas de explotación de los trabajadores mexicanos, y luego supo envolverlas en imágenes de extraordinaria belleza (los porteadores de alcatraces, de maíz). De ahí sale el hundimiento del ser humano, bajo el signo de “la lucha y el dolor” que la revolución mexicana no logra redimir. La excepción es Emiliano Zapata, “un hombre muy singular” que asoció la libertad y la tierra, pero al retratarle Rivera, ha muerto, es un mártir, aunque su consigna siga viva. El fresco sobre la reforma agraria oficial, “la dotación de ejidos”, ofrece una estampa de pasividad, por contraste con el Primero de Mayo.
El mexicano “no quiere ya revoluciones, ni palabras sin sentido”, y sí que los militares se dediquen a trabajar la tierra, proclama la letra del Corrido revolucionario que acompaña a los frescos. Aquí ya no hay dudas. La insurrección armada para implantar el orden comunista, a partir de En el arsenal, con Frida Kahlo en papel estelar, destruirá un repugnante mundo capitalista, descrito con trazos de Grosz. Luego, fraternidad y bienestar.
Desde 1945, el sueño del universo dominado por los obreros se sustituye por la amenaza nuclear
La utopía comunista de Rivera converge con otra utopía, naturista y vitalista: la de la tierra transformada por el trabajo del hombre liberado de explotación, mientras la mujer, dotada de una energía cósmica, en su sexo fecundado por el hombre, es recreadora de la vida. En los frescos de la capilla de la Universidad de Chapingo, con su Canto a la tierra, Rivera plantea la antítesis de una capilla cristiana: la mujer embarazada, la suya, sustituye a la Virgen, en tanto que otra mujer, Tina Modotti, es representada en escenas de sexualidad omnipresente. Asistimos a una transferencia radical de sacralidad. Casi coetáneos de los frescos de la Subsecretaría, no hay ruptura: a la izquierda tenemos la secuencia de la revolución agraria, con la convergencia de ambas creaciones por la acción del hombre. Con palabras de Octavio Paz relativas a los actos eróticos, “al realizarlos el hombre se cumple como naturaleza”. Sexo contra Dios.
Tampoco hay ruptura con la utopía industrialista que Rivera desarrolla durante su etapa norteamericana. Anticapitalista, está fascinado por la revolución tecnológica experimentada por Estados Unidos. Rivera anticipa un mundo de progreso indefinido, con la revolución producto de la lucha de clases y de la teoría comunista.
A las anteriores subyace finalmente otra utopía: una arqueoutopía indigenista, la de Río Juchitán, el pasado prehispánico idealizado en los frescos del Palacio Nacional. Algo que otro gran muralista, Orozco, detestaba. Sin guerras, ni sacrificios humanos. Es un orden comercial y agrario, festivo, destruido por una brutal conquista, sobre el cual ha de fundarse la nacionalidad mexicana: “La armonía del hombre con la tierra”.
Por eso construyó el templo neoazteca de Anahuacalli, para albergar su enorme colección precolombina. Una auténtica pasión. En días difíciles, cuentan, compró una costosa cerámica. Lupe Martín, su mujer, la rompió en pedazos. “Cómete estos tepalcates”, le dijo. Y sus diseños de máquinas futuristas evocarán la imagen de Coatlicue, la diosa azteca de fertilidad.
A partir de 1945, la ideología sobrevive; recordemos la hoy perdida Pesadilla, con Frida repartiendo propaganda del Movimiento por la Paz, made in Stalin. Se desvanece en cambio la utopía. El sueño del universo dominado por el Trabajador es sustituido por la amenaza nuclear.
(*) Antonio Elorza es catedrático de Ciencia Política.

Fuente:
http://elpais.com/elpais/2016/08/03/opinion/1470221828_318578.html
Ilustración: Eulogia Merle.

lunes, 15 de agosto de 2016

MAYORÍAS INCÓMODAS

EL PAÍS, Madrid, 15 de agosto de 2016
 TRIBUNA
La era de las minorías
Si los partidos políticos exploran la ruta de la flexibilidad mediante acuerdos puntuales y una acción parlamentaria constructiva puede alcanzarse un equilibrio que permita la gobernabilidad en las actuales condiciones
Jorge Galindo

Tras votar dos veces seguidas en seis meses, parece bastante claro que la nueva fragmentación parlamentaria ha llegado para quedarse. Con ella se acabaron las mayorías fáciles. Pero aunque las negociaciones comienzan a abrirse para la investidura, la opción de forjar coaliciones o pactos de legislatura de largo alcance no parece la preferida por los partidos. La distancia ideológica se suma a la esperada pérdida de votos para quien ose convertirse en socio, cruzando la trinchera. Parece, pues, que nos adentremos en una suerte de era de las minorías, que no se evaporaría con una eventual repetición de las elecciones.
Con su advenimiento, el nuevo Congreso se convierte en un auténtico contrapeso del Ejecutivo. Esto es una novedad considerable para partidos que acostumbraban a reinar desde La Moncloa y, como mucho, llegar a acuerdos puntuales para sumar cinco o diez escaños. A corto plazo, todos están preocupados con el coste de estabilidad e incertidumbre que puede traer una minoría tan exigua, particularmente en la aprobación de Presupuestos anuales, y en cualquier aspecto que restrinja de manera inmediata la acción del Gobierno. Un escenario de bloqueo continuado no es, por desgracia, descartable.
La razón para el pesimismo es el dilema que enfrenta cada partido desde el minuto cero de la legislatura. Quien ocupe el poder contará con una amplia gama de opciones para llegar a pactos que permitan aprobar medidas, pero esto le hará considerablemente vulnerable a una retirada de apoyos de sus socios eventuales, dejándole en bandeja la posibilidad de mantener una posición fiel a sus principios, acusando a los demás de intransigencia. Por su parte, las formaciones en la oposición deberán escoger entre influir en las decisiones y el coste electoral que acarrea cualquier pacto con el enemigo, sea éste quien ocupe el Ejecutivo u otra formación en cualquier extremo del abanico parlamentario. Un Gobierno minoritario es un equilibrio en mitad de una batalla soterrada, sin duda, pero la pregunta es qué garantiza que el equilibrio caiga del lado de la colaboración y no del bloqueo.
Afortunadamente, otros han jugado antes a este mismo juego en Europa. En los países escandinavos, que tan a menudo se escogen como modelo a seguir, los Gobiernos en minoría han sido históricamente frecuentes. En Dinamarca, por ejemplo, conservadores primero y socialdemócratas después llevaron adelante una serie de reformas desde Ejecutivos minoritarios que cambiaron el país en los ochenta y noventa. Como aquí, cada ley tenía que pasar por el filtro de un Congreso fragmentado. Los Gobiernos eran inestables, pero también razonablemente efectivos en sus acciones, particularmente en la época socialdemócrata (1993-2001). De su experiencia pueden extraerse algunas lecciones.
Deberíamos tener presente que el bloqueo no es algo que España se pueda permitir
Para empezar, cuanto mayor acceso a uno y otro lado del espectro tenga un partido, más podrá construir. Si la formación en el Gobierno solo tiene un socio o grupo de socios viable, el poder de estos es total. Si uno de ellos, como es el caso del PSOE, se encuentra en una posición pivotal, podrá hacer uso de ella para repartir votos y vetos en función de una agenda determinada, forzando incluso iniciativas legislativas que, siendo propositivas, pongan en apuros a un hipotético Gobierno conservador.
Pero un rol centrado no es condición suficiente. Aún más importante resulta la flexibilidad a la hora de llegar a acuerdos. Los Presupuestos daneses bajo enseña minoritaria, por ejemplo, se diseñaban a la manera de un mosaico colaborativo. El partido en el poder entraba en contacto con las formaciones de la oposición para recibir su apoyo a cambio de tal o cual partida. En España, hasta ahora, el proceso de elaboración de los Presupuestos Generales ha descansado sobre el poder ejecutivo de manera sustancial. Y aunque el mandato legal establece que la iniciativa pertenece al Gobierno, la aprobación final depende de la mayoría parlamentaria, con lo que las negociaciones entre partidos pueden alcanzar un rango político tan amplio como los participantes estén dispuestos a explorar.
Lo dicho para los Presupuestos sirve para cualquier combinación legislativa. Una virtud de este intercambio cooperativo de votos es que permite resolver situaciones que, de otra manera, llevan a ciclos que se estancan en el no por el no. Precisamente, esta es la situación en que parecen encontrarse los partidos hoy día más allá de la investidura, que debería superarse con el fin de que el sistema eche a andar en algún momento.
En cualquier caso, es necesario ser realistas, incluso prudentes. La consolidación de un parlamentarismo constructivo no es tarea fácil. Algunas características de la situación española no dejan mucho lugar para el optimismo, distanciándola del ejemplo danés. Aquí, el partido con más opciones de formar Gobierno está en el extremo de todos los ejes que importan: izquierda-derecha, descentralización-centralización, regeneración-continuismo, pero eso no le quita el puesto de vencedor electoral. La formación pivotal, el PSOE, se encuentra inmersa en una parálisis favorecida por un conflicto interno latente que no le permite definir una agenda propia. Y al otro lado, un partido de nuevo cuño lleva medio año dividido entre el dilema arriba descrito: influir desde ya o alimentar la promesa difusa de sobrepasar a su rival, al mismo tiempo su socio natural.
Y, sin embargo, la parálisis no puede ser eterna. En Dinamarca, que también partía de una situación de fragmentación sobrevenida y polarización aumentada tras unas elecciones que sacudieron el panorama político en 1973, los vetos cruzados solo se superaron tras años de trabajo, cuando el partido en el poder asumió la necesidad (y tuvo la posibilidad) de maniobrar en un espectro más amplio sin miedo al castigo en las urnas y cuando las plataformas en los extremos fueron incorporadas a la dinámica parlamentaria. Los dobles comicios en España, y en particular la ausencia de prima a quien no se sentó a buscar pactos, deberían convencer a las formaciones patrias de que las preferencias de los votantes están consolidadas, asegurándoles que lanzarse a negociar con agenda abierta no es saltar sin red.
En definitiva, la posibilidad de hacer fructífera la minoría existe. Puede alcanzarse si los partidos están dispuestos a explorar la ruta de la flexibilidad, los acuerdos puntuales y la acción parlamentaria constructiva. Para ello, deben saber que el votante premiará a quien se esfuerce en legislar o, más bien, no castigará la promiscuidad ideológica de manera fehaciente. Por desgracia, los votantes no están siendo todavía demasiado flexibles. Pero otras experiencias subrayan que el camino es transitable. En cualquier caso, políticos y ciudadanos deberíamos tener presente que el bloqueo permanente no es algo que España se pueda, o se deba, permitir. Al contrario, la era de las minorías podría ser una oportunidad para el cambio.
(*) Jorge Galindo es investigador del Departamento de Sociología de la Universidad de Ginebra y editor de Politikon.

Fuente:
http://elpais.com/elpais/2016/08/04/opinion/1470303912_469667.html
Ilustración: Eulogia Merle.

viernes, 31 de julio de 2015

INFIDELIDAD A LOS PRINCIPIOS

EL PAÍS, Madrid,21 de julio de 2015
TRIBUNA
Historias de refugiados
Cuando los europeos huían de la barbarie, en la mayoría de los casos encontraban un país que los acogiese. En la actualidad, sus descendientes se muestran altamente insolidarios con esa nueva ola de necesitados que vienen de Oriente
Monika Zgustova 
  
Uno. “Tenemos que exiliarnos”, decidieron mis padres a mediados de los setenta, al darse cuenta de que no podían seguir viviendo en su país que, tras la invasión soviética, volvió al totalitarismo. A mi padre, lingüista, como represión por su participación en el proceso liberador de la Primavera de Praga de 1968, las nuevas autoridades acababan de echarle de su trabajo en un conocido instituto de investigación; por eso, mis padres concluyeron que no les quedaba otro remedio que emigrar con sus dos hijos de su Praga natal. Los países de la órbita soviética, entre los cuales se encontraba Checoslovaquia, no permitían a sus ciudadanos marcharse del país; el “abandono de la patria”, según la terminología de entonces, se consideraba alta traición y se castigaba duramente: a las personas que intentaban cruzar la frontera, los guardias las fusilaban sin más. Por eso, mis padres trazaron un minucioso plan para huir. Inscribieron a la familia en un viaje organizado a la India, en aquel entonces uno de los pocos países fuera de la órbita soviética que las autoridades checas ocasionalmente permitían visitar. Mis padres consideraron que, en un principio, no era prudente revelar sus planes a sus dos hijos adolescentes. En Delhi consiguieron los visados para Estados Unidos y compraron los billetes de avión. Tras algunas situaciones de alto riesgo en la aduana de Delhi, los cuatro desembarcamos en el aeropuerto J. F. Kennedy de Nueva York: los padres, con los nervios destrozados —desde entonces, ambos se han ido medicando contra la ansiedad—; los hijos, desilusionados por no poder volver a ver a sus amigos y abuelos. Más tarde nos enteramos que de las 60 personas que salieron en el viaje organizado de Praga a la India, solo cuatro volvieron. Prácticamente la totalidad utilizó el viaje para huir de un país cuya represión no estaban dispuestos a tolerar más.
Los pasajeros de nuestro viaje formaron parte de toda una oleada de exiliados políticos: un total de 220.000 personas huyeron de la Checoslovaquia comunista, un país de 15 millones de habitantes. A pesar de todas las dificultades, el final de la aventura fue feliz; a mi padre le acabaron eligiendo miembro de la Academia estadounidense; los hijos logramos una buena preparación académica a base de las becas que nos otorgaron.
Cuando en los ochenta decidí volver a Europa, mi segundo refugio fue España. Aterricé aquí sin conocer a nadie, sin dinero. El país me brindó una buena acogida y nunca me faltó trabajo. Gracias a la comprensión de los países que nos ampararon, el exilio de toda mi familia fue modélico.
Nuestra experiencia no fue sino una pequeña gota en el mar que formaron los exiliados europeos que, a partir de la I Guerra Mundial, inundaron el mundo entero. El siglo XX europeo con sus ideologías esclavizantes, guerras mundiales y guerras civiles, dictaduras y totalitarismos ha generado olas de refugiados, que en algunos casos cambiaron el mapa étnico de las grandes urbes europeas y americanas. Alemanes, rusos, españoles, judíos, checos... todos ellos en su momento huyeron de algún horror.
Por participar en la Primavera de Praga, mi padre fue expulsado de su trabajo y salió al exilio
Dos. Al igual que mis padres se escaparon de la Checoslovaquia totalitaria, Amar Obaid, un comerciante sirio que tras la revolución prestó apoyo a la rebelión contra el presidente Bachar el Asad, tuvo que huir de Siria en 2011; quedándose en su país hubiera puesto en riesgo su vida y la de su mujer y sus tres hijas. Con sus ahorros estableció en El Cairo un pequeño comercio de muebles. Sin embargo, desde que el golpe militar —y con él, un chovinismo xenófobo— sacudió Egipto, los moderadores televisivos no han parado de arremeter contra los refugiados sirios como contra unos parásitos. Amar, que no puede regresar a Siria, tampoco tiene futuro alguno en Egipto; el país de acogida se ha vuelto una trampa de la que solo hay una salida: marcharse a Occidente. Y puesto que no hay manera legal que permita a Amar trasladarse a Europa, como no la hubo para mis padres cuando decidieron abandonar su país, la familia de Amar decidió que el padre se apuntaría a un viaje con una agencia traficante de personas, que en Egipto y Libia funcionan como una especie de agencia de viaje y, una vez establecido en Europa, haría llegar a su familia a su lado. Un plan arriesgado pero no imposible. Tras mucho dinero perdido, tras varios intentos de viajar frustrados y más de una estancia en la cárcel, Amar —persona real con nombre inventado, como el de la mayoría de esos pasajeros frágiles e impotentes— sigue esperando, desde hace meses, en la orilla egipcia, entre traficantes mafiosos y personas inocentes y exasperadas como él, a que un barco le lleve al otro lado del Mediterráneo y luego a un lugar cualquiera donde podrá sobrevivir.
Tanto la motivación por la huida como el peligro que sufre Amar tienen puntos de similitud con los que experimentaron mis padres; sin embargo, me temo que la acogida de uno y otros en los países receptores diferirá de modo radical.
Un sirio que se rebeló contra El Asad espera que un barco lo lleve al otro lado del Mediterráneo
Tres. Mientras que los europeos huían de la barbarie, en la mayoría de los casos encontraban un país que los acogiese. En la actualidad, los descendientes de esos europeos se muestran altamente insolidarios con esa nueva ola de necesitados, cuyo paradigma es Amar Obaid y que provienen del Oriente Próximo, esa parte del mundo que, en parte por culpa de Occidente, está en llamas. Europa es reacia a aceptarlos, cada país tiene sus problemas y todos temen que sus votantes no vean con buenos ojos una oleada de refugiados. Sin embargo, hay que tener en cuenta que esos exiliados no son muchos —el año pasado fueron 43.000 en total—; que muchos son ingenieros, comerciantes y abogados, y, además, que provienen de antiguas colonias europeas y por eso deberíamos responsabilizarnos de ellos. Sin embargo, precisamente Gran Bretaña, la gran colonizadora de antaño, hoy está entre los países más reacios a aceptar cupos. De modo similar, el Gobierno de España ha protestado contra los cupos, aunque en la posguerra europea los refugiados españoles, tanto los que huían de Franco como los que escapaban de la miseria, encontraron trabajo en otros países. Y los Gobiernos de los países exsoviéticos como Hungría y Checoslovaquia, muchos de cuyos habitantes fueron bien acogidos en su momento, muestran una buena dosis de chovinismo. En general, en muchos países europeos la crisis de los migrantes ha ayudado a generar apoyo de los votantes a la derecha populista, xenófoba y excluyente.
La Unión Europea, la formación geopolítica con más riqueza per capita del mundo, siempre ha ostentado sus programas de ayuda social. Para no perder su autoestima, debería seguir siendo fiel a esos principios. La Europa contemporánea debería mostrarse generosa y brindar amparo a esos refugiados, y no solo por motivos humanitarios: los que hoy huyen de la barbarie, mañana enriquecerán nuestro continente.
(*)  Monika Zgustova es escritora.
Ilustración: Eulogia Merle.

viernes, 11 de julio de 2014

IUS-VULNERABILIDADES

EL PAÍS, Madrid, 6 de julio de 2014
LA CUARTA PÁGINA
Google y el derecho a saber
El gigante de Internet asegura haber encontrado la solución a una presunta colisión de derechos en la información que circula por la Red. Pero en la ecuación entra también el interés comercial
Evgeny Morozov 

Al quejarse de la reciente decisión del Tribunal de Justicia de la Unión Europea sobre el llamado derecho a olvidar, Eric Schmidt, de Google, ha invocado una intrigante defensa legal para justificar las agresivas prácticas de negocio de su empresa: el derecho a saber. El tribunal quiere que Google permita a los usuarios que indiquen aquellos resultados de búsqueda de sus nombres que sean “inadecuados, irrelevantes o que ya no son relevantes”, de manera que puedan ser eliminados de los índices de búsqueda. Argumentando que la medida implica “una colisión entre el derecho a ser olvidado y el derecho a saber”, Schmidt quiere que creamos que el tribunal ha cometido un error, mientras que los sabiondos cerebritosde Google han acertado al primer intento con el equilibrio adecuado.
Pero ¿qué es ese derecho a saber del que habla? ¿Quién tiene derecho a él y quién no? Pensemos en cualquier otro negocio que no puede permitirse el lujo de utilizar nuestro encaprichamiento colectivo con la tecnología digital como un escudo contra la regulación. ¿Qué compañía no querría saber más sobre potenciales clientes y empleados? Los bancos y las compañías de seguros estarían encantados de saberlo todo sobre nosotros: cuanto más supieran, mejor para su negocio.
Por ejemplo, saber que por la mañana bebes café y no jugo de repollo seguramente mejoraría su capacidad de predecir si puedes sufrir un ataque al corazón en los próximos cinco años, una información sumamente relevante para decidir concederte un préstamo o un seguro y en qué condiciones. Uno no tiene que esforzarse mucho para descubrir lo que bebemos en el desayuno; esa información por lo general ya está disponible en Facebook y en Instagram. Y han surgido muchas compañías avispadas para poder hacer de esa información algo sumamente factible. Como señala Douglas Merrill, el antiguo director de la oficina de información de Google y fundador de ZestFinance, una startup que controla más de 80.000 datos para valorar tu idoneidad para concederte un crédito: “Todos los datos son datos de crédito”.
Desde el punto de vista de las instituciones financieras eso es indudablemente cierto. Pero un mundo en el que todos los datos son datos de crédito es también un mundo en el que cada decisión que tomemos estará enturbiada por la paranoia y la preocupación de cómo afectará eso a nuestra solvencia crediticia: solo a los bancos y a las agencias de espionaje les gustaría vivir en ese mundo. Y ambos, ciertamente, no tienen nada que se parezca al derecho a saber, si por tal derecho entendemos un acceso sin condiciones ni restricciones a cualquier información de la que sean capaces de apropiarse. De otro modo, ZestFinance estaría utilizando 800.000 datos, no 80.000. Esa es la razón por la que algunos países se esfuerzan por impedir que sus instituciones de crédito incorporen datos de las redes sociales a sus tomas de decisiones. Pero tales esfuerzos solamente tienen éxito cuando el propio proceso de toma de decisiones está sometido a un estricto control. ¿Cómo se hace cumplir una ley que prohíbe a los empleadores curiosear cómo intervienen en las redes sociales sus potenciales empleados? Al fin y al cabo, uno puede hacerlo fuera de las horas de trabajo y simular que la decisión de no contratar a un candidato se debió a algún otro factor puramente subjetivo.
“Todos los datos personales son datos de crédito” dice un antiguo director de la empresa
“Un derecho a ser olvidado” es un paso hacia el logro del objetivo pretendido mediante tales regulaciones, pero esta vez, en lugar de esperar que esas instituciones no abusen de la información on line, lo que se hace es permitir que los ciudadanos puedan tomar medidas por su cuenta. Dejar que los ciudadanos eliminen —tal vez temporalmente— de los índices de búsqueda aspectos problemáticos de su actual y anterior estilo de vida es lo menos que podemos hacer. Sin embargo, si no nos parece alarmante imponer barreras al hambre de datos de bancos y compañías de seguros, ¿por qué deberíamos hacer una excepción con los motores de búsqueda? El modelo de Google no es tan diferente: recopila tanta información como le es posible, la organiza del modo más útil (y por lo tanto rentable) y hace dinero con ella.
Por supuesto, son los usuarios normales y corrientes —usted y yo— los que vamos a obtener las ventajas de los esfuerzos en favor de esa organización del conocimiento, así que, como es de esperar, hay más gente que simpatiza con Google que con, digamos, los bancos. ¿Pero hay una buena razón para creer que un modelo de organización del conocimiento que favorece los intereses comerciales de Google es también el que favorece el interés público? Por supuesto que no: si Google funciona del modo en que lo hace no es porque no sea posible otro motor de búsqueda, sino porque hemos fracasado en dar con una visión más humana, más tolerante e indulgente de organizar nuestro conocimiento colectivo. Lo que no quiere decir que esa visión no exista, solo que Google ha hecho todo lo posible por convencernos de que la suya es la única disponible.
Puesto que Google está en el negocio de la información, cualquier esfuerzo por regularlo es inevitablemente descrito como censura, como lo revela la observación de Schmidt sobre el derecho a saber. Pero, desde luego, en el suyo la información no queda eliminada por completo —uno puede seguir encontrándola, aunque a coste más alto—, simplemente se hace menos visible.
El lema de The Circle —la compañía que protagoniza la distópica novela del mismo nombre de Dave Egger sobre un gigante tecnológico con un inquietante parecido con Google— es: “Los secretos son mentiras. Querer es compartir. La intimidad es robo”. Bien, a esas tres frases podemos añadir ahora una cuarta: regulación es censura. Si una compañía como ZestFinance —la que cree que “todos los datos son datos de crédito”— recurriera a semejante truco retórico, seguro que nos partiríamos de risa. Sin embargo, cuando lo hace Google, sus palabras se tratan con el tipo de seriedad que se concede a sabios y filósofos, no a las corporaciones codiciosas.
Que la compañía cumpla con lo que digan los tribunales no es bastante, importa el cómo
Schmidt no dice nada sobre ello, pero Google viola el derecho a saber todo el tiempo. Por ejemplo, ya elimina resultados de búsqueda de sus índices cuando lo solicitan diversos proveedores de contenidos —editoriales, estudios de cine, compañías discográficas— que tienen su propia vía legal para exigir que se supriman de Google los vínculos con material protegido por copyright. Así que la cómoda defensa de que el tribunal de Luxemburgo está solicitando una cosa que es técnicamente imposible no se sostiene: Google ya hace algo que se parece mucho a eso.
Pero si esa avenida está abierta para los propietarios de un copyright —empresas, en su mayoría—, ¿por qué no habría de abrirse esa misma avenida a los ciudadanos cuyas demandas no son menos legítimas que las de los que poseen ese copyright? ¿Y por qué no está preocupado Schmidt con el derecho a saber de estos últimos? ¿Acaso es porque la industria de los contenidos está mucho mejor organizada —cuenta con grupos de presión tan poderosos como los de Google— que los ciudadanos normales y corrientes?
Que Google esté cumpliendo con lo dictaminado por el tribunal no es bastante; lo que importa es cómo lo haga. Cada vez que Google elimina vínculos con películas o libros pirateados, habitualmente coloca un aviso legal a pie de página, informando a los usuarios de cuántos vínculos se eliminaron y por qué. Resulta tentador pensar que un sistema de avisos similar pueda funcionar con el derecho a olvidar, pero, a decir verdad, puede conducir a un desastre mucho peor que la situación actual.
¿De verdad contrataría usted a alguien cuya página de búsqueda indicase que ciertos vínculos desagradables y perjudiciales para su reputación —los únicos que no puede comprobar— se han eliminado de ella? Saber que alguien es un depravado sin saber en qué consiste exactamente su depravación es a menudo peor que el conocimiento preciso de qué es lo que haya hecho: nuestra imaginación puede ser mucho más salvaje que la realidad misma. En este caso, un sistema de avisos haría más mal que bien. El derecho a saber hasta qué punto el interés comercial de Google conforma su práctica retórica y técnica: ese sería, realmente, un derecho a saber que merecería la pena promover.
(*) Evgeny Morozov es profesor visitante en la Universidad de Stanford y profesor en la New America Foundation.
Traducción de Juan Ramón Azaola.
Ilustración: Eulogia Merle.

viernes, 23 de mayo de 2014

BABÉLICAMENTE, SUYO

El saqueador de momias como nihilista
Son las creencias, y no la razón, las que sostienen la mayor parte de nuestra vida social, política y económica. Pero hay quienes se las saltan si consiguen beneficios, como hacían los que robaban las tumbas de los faraones
Enrique Lynch 

El hallazgo en el llamado Valle de los Reyes, de un recinto oculto, el KV 40, repleto de despojos de momias y fragmentos de antigüedades destrozadas por los saqueadores de tumbas me recordó una trepidante historia de la arqueología que leí apasionadamente en la pubertad: Dioses, tumbas y sabios,escrita por C. W. Ceram, seudónimo de un escritor alemán de filiación nazi llamado Kurt Wilhelm Marek.
En su libro, Marek narraba con hábil suspense el hallazgo en 1860 de otro escondite similar a la KV 40: la cueva DB320, situada en un punto cercano a Deir el Bahari, en la necrópolis de Tebas, frente a Luxor. En esa especie de morgue improvisada se encontraron las momias de varios Ramsés, Tutmosis, Setis y muchas otras figuras relevantes del pasado egipcio. La insólita acumulación de faraónicos despojos se debía, según se adujo, a que los sacerdotes del primer milenio antes de Cristo habían decidido llevarlas allí para protegerlas de los saqueadores. En su momento —yo era poco más que un niño— di por buena esa explicación que hoy en día suena a coartada. Lo más probable es que esos mismos celosos sacerdotes fueran los que habían saqueado las tumbas. Asimismo, seguramente la expedición suiza no “descubrió” nada, sino que actuó guiada por un bien remunerado chivatazo de alguna de las familias de saqueadores que, desde hace siglos, controlan el expolio y posterior tráfico de las antigüedades egipcias. Lo que no sería raro, puesto que lo mismo hicieron en su momento Howard Carter y lord Carnarvon cuando les tocó “descubrir” la tumba de Tutankamón: nada hubieran podido “descubrir” sin la ayuda o la complicidad de las familias de saqueadores egipcios, auténticos sherpas de los egiptólogos occidentales que las historias románticas de la arqueología jamás mencionan.
Sin la ayuda de sus sherpas, nada hubieran podido “descubrir” los egiptólogos occidentales
En esta ocasión, pues, el hallazgo de la KV 40 hace pensar en que lo verdaderamente interesante de este caso no es el descubrimiento, sino el saqueo sistemático de las tumbas egipcias y, sobre todo, el espíritu del saqueador, que no es un bárbaro que expolia los vestigios de una cultura ajena, como los conquistadores españoles en México y en Cuzco o los talibanes en Afganistán, sino uno que arrasa a consciencia con su propia tradición, abomina de sus dioses y le tienen sin cuidado Osiris, Ra o el ominoso Anubis, puesto que los antepasados de los actuales saqueadores son tan antiguos como los faraones y el saqueo, una profesión heredada por estirpes familiares ahora constituidas en gremios. Este episodio, pues, actualiza una cuestión de considerable trascendencia: ¿hasta qué punto las elaboradas creencias egipcias en la vida de ultratumba, el Libro de los muertos, la teoría de la transmigración de las almas y el poderoso clero que las administraba formaban parte de un culto auténtico? ¿De veras era aquello una religión o, si acaso, una acendrada creencia compartida por reyes, sacerdotes y pueblo? Porque está claro que el saqueador no cree en los talismanes, ni teme las maldiciones de los faraones, ni tiene el menor respeto por las momias sagradas de unos individuos que, en vida (dícese) eran considerados dioses, sino que es un nihilista radical y, por añadidura, con varios milenios de antigüedad: un tipo mucho más duro que el más duro de los rappers del Bronx.
Similar perplejidad suscitan algunos elaborados mitos griegos caros a nuestra tradición europea, tan bellos y ricos en significados y símbolos sobre la condición humana que han inspirado la filosofía y la literatura occidentales. Como suele ocurrir con todos los mitos, las historias griegas cuentan hechos inverosímiles y hablan de seres fabulosos como el Cancerbero, describen escenarios como la Laguna Estigia o dan por hecho que las tres Medusas compartían un solo diente y un único ojo. Es posible que muchos griegos antiguos creyeran en estas historias, pero ¿de qué índole era su creencia? Más aún, ¿creía en ellas Platón, que fue uno de sus más pródigos divulgadores; o un tipo tan inteligente, realista y razonable como Aristóteles, creador de la lógica que reguló nuestros razonamientos por más de 2.000 años? El historiador Paul Veyne, que dedicó un seminario y un libro a examinar hasta qué punto los griegos creían en sus dioses, llegó a la conclusión de que por supuesto que no creían; o sí, pero del mismo modo como nuestros niños creen al mismo tiempo que los Reyes Magos existen, pese a que saben que son sus padres los que compran los regalos.
La cuestión, pues, no es nada baladí, puesto que son innumerables los contextos en que procedemos por creencia (o credulidad) mientras que otros, más o menos inescrupulosos o nihilistas, hacen como los egipcios saqueadores de tumbas; y se llevan a casa el botín. Hace unos cuantos años en las páginas de este periódico, Agustín García Calvo llamó la atención acerca del tipo de transacción que tiene lugar cada vez que un ciudadano deposita sus dineros en el banco a cambio de un insignificante resguardo. Para García Calvo esa confianza en el sistema financiero era del orden de lo mítico, es decir, fundada en creencia, puesto que de hecho no hay ninguna razón, ni prueba tangible ni certeza que abone la esperanza de que, llegado el caso, el valor de una inversión o una cuenta de ahorro serán devuelto por el banco con solo que se le presente el resguardo. La experiencia ciudadana en la España de los últimos años muestra que García Calvo no se equivocaba.
El escritor que concurre a un premio literario, ¿acaso no sabe que están casi todos amañados?
La creencia —y no la razón— sostiene la mayor parte de nuestra vida social, política y económica y no solo hace estragos cuando es manipulada por los curanderos, los mercaderes de felicidad, los tarotistas televisivos o los timadores profesionales que circulan por Internet. Una creencia sostiene el mito de la representación parlamentaria que es la base de la democracia moderna y anima el voto de los ciudadanos con objeto de que un programa sea llevado a término desde el Gobierno pese a que, una y otra vez, asistimos al mismo repertorio de transgresiones: democracias populares nacidas de una revuelta que a la postre se convierten en dictaduras, partidos autodefinidos como liberales que para salir de una crisis recurren a la subida generalizada los impuestos y algún otro, como la socialdemocracia francesa, que desmonta “conquistas” de los trabajadores promovidas por los propios socialdemócratas. ¿Por qué razón el ciudadano los sigue votando? El escritor que concurre a un premio literario, ¿acaso no sabe que están casi todos amañados? El aspirante a una plaza en la universidad, ¿cree o no cree en la limpieza del procedimiento por el cual aspira a ser seleccionado?
Hace ya muchos años, mantuve una breve (única) conversación con Jorge Luis Borges en la presentación de un libro en Buenos Aires. Yo había llegado a aquel sitio acompañado de mi madre y ella se las arregló para dejarme a solas con aquel anciano genial que recorría los círculos sociales y literarios porteños como el divino Tiresias. Abandonado delante de aquella luminaria me sentí obligado a decirle algo trascendente y se me ocurrió preguntarle si era cierto lo que había oído por ahí, que los libros de la Biblioteca de Babel, colección que entonces él dirigía, servían para probar un argumento demoniaco: la demostración de que Dios no existe. Borges hizo un gesto de estupor y me contestó: “¿De veras? No, no es cierto”; y tras un segundo de reflexión añadió: “Pero ya que me lo pregunta... ¿existe Dios? Mejor dicho, ¿hay alguien que crea de veras en Dios? Bueno, sí, el Papa probablemente cree...”. Pero casi enseguida se corrigió: “No, el Papa tampoco cree en Dios”; y acto seguido cambió de tema y se entretuvo preguntándome por un ancestro que, al parecer, su familia y la mía compartían desde los lejanos tiempos de Juan Manuel de Rosas.
(*) Enrique Lynch es filósofo.

Ilustración: Eulogia Merle.

viernes, 7 de marzo de 2014

DARLE SENTIDO AL INSTANTE QUE SE ESCAPA

EL PAÍS, Madrid, 7 de marzo de 2014
LA CUARTA PÁGINA
La era de los ‘selfies’
La proliferación del autorretrato de consumo instantáneo revela una pulsión de inmediatez que ha empezado a cambiar nuestra cultura visual; la intimidad pasa a concebirse como una forma de exhibición
Ernesto Hernández Busto

Su elección como la “palabra del año” 2013 por el paradigmático diccionario Oxford demostró que selfie iba camino de convertirse en término indispensable para la lingua franca de la tecnología. Hace poco volvió a ser noticia, cuando la foto tomada en la ceremonia de los Oscar por la presentadora Ellen DeGeneres se convirtió en la más compartida en la historia de twitter. Esos autorretratos instantáneos, a un brazo de distancia, que tomamos con los teléfonos inteligentes y compartimos en las redes sociales han rebasado el estatus de moda pasajera para convertirse en síntomas estables: las más recientes pruebas de una intimidad que ya no se concibe como variante del recogimiento sino como una forma de exhibición.
En el debate sobre su influjo creciente en la cultura visual de nuestro tiempo hay un amplio espectro de opiniones, con extremos apocalípticos e integrados. Estos “filósofos del selfie” han descrito varios de sus rasgos más sobresalientes: la inmediatez del “ahora-somos-esto-y-lucimos-así”, que abarca desde el “¡miren donde estoy!” al “¡miren cómo me veo ahora!”, o su radical intencionalidad; según Jerry Saltz, el selfie, si bien está rodeado de signos informales, nunca es accidental: implica un proceso de aprobación y juicio previo por parte de quien lo pone a circular. A pesar de las apariencias, estas fotos tienen poco que ver con la espontaneidad. Muestran ansia de control, tanto por parte de las celebridades que buscan regalar su propia versión “democrática” de las relaciones públicas, como por parte del individuo común, que da la versión “aprobada” de su propio avatar digital, aun como regalo para una multitud de desconocidos. En sus múltiples variantes (ángulo alto, de grupo, con pose estereotipada…) el selfie es menos un testimonio de la vida moderna que un espejo controlado del yo donde la ironía queda arrinconada a la condición de “efecto” prescindible.
Algunos de estos analistas aseguran que estamos ante un género visual amateur, cuya avasallante popularidad ha cambiado aspectos de la interacción social. Para otros, como Tara Burton, se trata de la variante democrática del dandismo decimonónico, un “dandismo igualitario” en el que la tecnología consagra la posibilidad del artificio puro. Hemos pasado del dandy impasible, que trataba de crear la sorpresa permanente para distanciarse de la multitud, al triunfo del encuadre, no sólo sobre la realidad, sino sobre la identidad.
En la feria digital de las vanidades, hay que decir, y decir ahora; hay que mostrar, y de inmediato
El selfie consagra la libertad de producir el efecto que uno escoja para proclamar “éste soy yo ahora”. Es menos una cuestión de narcisismo que de voluntad de dominio: revela la necesidad de autoproponerse a través del control de la propia imagen. Esta suerte de segundo grado del narcisismo, no está, sin embargo, despojada de extrañeza: representa un intento de rescate del aura, cuya pérdida denunciaba Benjamin en su célebre ensayo sobre la fotografía en la época de la reproductibilidad. Pero es un aura desconectada de cualquier tradición o valor, puramente hedonista. Y aunque sus más fervientes apóstoles intentan rastrear sus orígenes en la cultura del autorretrato pictórico (la foto de Obama, Cameron y la primera ministra danesa se ha comparado con Las Meninas: nunca vimos ese selfie, sino la imagen que mostró cómo se tomaba), lo cierto es que, más allá de parecidos formales, su radical inmediatez excluye la condición del arte. En los selfies, como en la pintura o cualquier otra forma artística, hay esbozos de pasiones humanas —pedazos de ficción, paranoia, voyeurismo… —, pero en un autorretrato pictórico el artista quiere menos ofrecer su imagen que su arte; lo que propone es justo aquello que la autofoto instantánea reduce al mínimo: ese tiempo del yo reelaborado.
Lo que se pierde con el gregarismo de la cultura digital no es sólo la forma tradicional de la intimidad como aislamiento ante el mundo sino el espacio en blanco, la temporalidad reparadora que exige cualquier sintaxis artística. Detrás de ella hay también una sedimentada cultura de la percepción, que nos ha hecho producir, consumir y apreciar el arte.
En esa feria digital de las vanidades, hay que decir, y decir ahora; hay que mostrar, y de inmediato; hay que hacerse famoso, y mejor ahora: hay que ser —y ser para los otros— en el ahora radical de una identidad instantánea que pugna por competir con la avalancha de lo intrascendente usando sus mismas estrategias.
De creer en los resultados de recientes experimentos neurológicos, necesitamos que nuestra vida transcurra más allá de esa exigencia de inmediatez. Así como para seguir viviendo hay que beber cada noche esas pequeñas dosis de muerte que llamamos sueño, y dejar la puerta abierta a poderes de purificación y redistribución, a nuevas sintaxis entre lo cotidiano y lo imaginario, también todo el arte y la cultura moderna de Occidente llevan consigo la propuesta de un lapso, un tiempo o un espacio en blanco para la producción del significado trascendente.
Es eso lo que está en juego y lo que ha empezado a cambiar en esta nueva era digital, donde se masifica y se consagra el déficit de atención: la estructura perceptiva que ha funcionado durante siglos como andamio sentimental y cultural.
El selfie es menos un testimonio de la vida moderna que un espejo controlado del yo
Una reciente película de Spike Jonze traslada estos cambios a la pregunta por el amor, ese epítome de nuestra identidad emocional. El protagonista, un hipster elevado a la condición de hombre sin atributos de un mundo hiperdigitalizado, ha roto con su novia y busca un consuelo para su soledad en la conversación con un sistema operativo hiperinteligente. De quien, casi enseguida, acaba enamorándose. Esa voz sin cuerpo, cuya capacidad de aprendizaje instantáneo la lleva a proyectar —de manera convincente, virtud de un guión cuidado— el espectro de habilidades, dudas y afectos de un ser humano, es en realidad la realización instantánea del profundo deseo de ser amado. Basta reparar en esos momentos en que el protagonista se filma y fotografía para que su “novia” se haga una imagen de él, para que lo “mire”. Ahí la interfase se revela claramente como lo que es: un simple (y a la vez complejísimo) espejo. La armonía de la relación estriba en su exclusión del Otro: lo modela como una horma a partir del propio yo. De la misma manera que el primer consumidor de un selfie es quien lo toma, esta película se llama Her, y no She: Ella (la Voz de la Amada, una Amada hecha Voz, que me recordó aquel apunte de Adorno en Minima Moralia sobre la voz de una mujer al teléfono, la gratia y la "certeza íntima de lo nunca visto") existe en tanto es vista, o mejor dicho, sentida por el protagonista desde el posesivo —no sólo como variante gramatical.
El amor devenido escenario para una dramaturgia de posesión digital, amour fou de la nueva era, pero también exhibición de nuestra dependencia de lo inmediato. Una vida “normal” en el mundo de Her requiere ese amor perfecto que ha de conducir directamente a la felicidad, como una de esas soleadas y perfectas carreteras californianas. Y tal posesión bien merece algunos sacrificios, incluida la corporalidad.
En plena ordalía de una cultura hipervisual, Jonze juega a proponernos una imagen ausente, una voz que recorre nuestro espectro afectivo y entrega una mínima porción de lo sublime. Pero en el fondo lo que no ha cambiado es nuestra necesidad de ver al otro como un objeto a la medida de nuestras necesidades. Her es la historia de amor entre un hombre desesperado y su selfie amoroso. Es cierto que se trata de una selfie sin rostro, cuya voz tiene todos los matices de la profundidad y la belleza, pero al final también resulta ser un objeto: proyección enmarcada del afán de decir 'aquí estoy'. Esa felicidad lleva en sí el germen de su corrupción: ha sido fabricada a la medida, obviando el azar, el inefable placer del tiempo fugado, la virtud de aquello que escapa a cualquier intento de posesión y realización inmediata.
(*) Ernesto Hernández Busto es ensayista (premio Casa de América 2004). Desde 2006 edita el blog de asuntos cubanos PenultimosDias.com.
Ilustración: Eulogia Merle.

viernes, 7 de febrero de 2014

RECTIFICACIÓN Y UTOPÍA

EL PAÍS, Madrid, 7 de febrero de 2014
Partidos políticos y corrupción: la hora del cambio
Muchos ciudadanos se sienten secuestrados en el ejercicio de sus derechos por unas organizaciones que monopolizan el poder. Se hace necesario un mayor equilibrio entre los grupos políticos y la sociedad
Jesús Lizcano Álvarez

Hace ya tiempo que los partidos políticos han dejado de representar a los ciudadanos; su distanciamiento y falta de credibilidad social es algo tan preocupante como urgente de resolver, y la actual sensación general de corrupción política propicia la desconfianza y la indignación, ampliando el divorcio entre los partidos y la sociedad. Muchos ciudadanos se sienten incluso secuestrados en el ejercicio de sus derechos por unas organizaciones que monopolizan el poder, controlando tanto el poder legislativo como todos y cada uno de los niveles de gobierno, así como la composición de las más altas instituciones del Estado. Esta partitocracia limita sustantivamente el ejercicio real de la democracia, y los ciudadanos tienen poco margen en la práctica para decidir sobre la marcha de la sociedad. Se hace necesario, en definitiva, un mayor equilibrio de poder entre los partidos políticos y la sociedad.
Son numerosos los estudios e instituciones que vienen evidenciando esta negativa sensación sobre los partidos y la corrupción. Según el último Barómetro del CIS la corrupción es el segundo motivo de preocupación de los españoles, y los políticos y los partidos alcanzan asimismo una destacada cuarta posición en el ranking, y con una clara tendencia al alza. Por otra parte, en el último Índice de Percepción de la Corrupción publicado por Transparencia Internacional, España ha sido el segundo país del mundo que más ha empeorado en su valoración relativa a la corrupción.
También en la última Encuesta Social Europea, los ciudadanos españoles reprueban claramente tanto a los partidos como a los propios políticos, calificándoles a ambos con la valoración más baja —con diferencia— entre todas las instituciones: 1,9 sobre 10. Y en el último Barómetro Global de la Corrupción, publicado por Transparencia Internacional, los partidos políticos obtienen en nuestro país la peor puntuación de todas las instituciones evaluadas, con una calificación de 4,4 sobre 5 (siendo 5 el máximo de corrupción). El mismo Consejo de Europa, a través del último informe del GRECO, ha sacado los colores a los partidos españoles en cuanto a su manifiestamente mejorable transparencia financiera. Además, nos hemos enterado ahora los ciudadanos, por el último informe del Tribunal de Cuentas, de que una buena parte de los partidos políticos españoles se encuentran desde hace años en situación de quiebra técnica, o lo que es lo mismo, tienen un patrimonio neto negativo, por haber ido gastando bastante más de lo que tenían.
Aunque no dudamos en principio de la honradez individual de la mayoría de los políticos y cargos públicos, es evidente que algo falla en el funcionamiento de los partidos y su relación con los ciudadanos. Y esta situación ha de cambiar.
Tienen que publicar las cuentas y declarar que no hay investigados por corrupción en sus listas
Los partidos políticos no pueden ignorar esta clara situación de rechazo de la sociedad española, y los ciudadanos han de ser activos y contundentes exigiendo urgentemente a los partidos actuaciones claras e inequívocas por la transparencia y contra la corrupción. Y para ello los ciudadanos no estamos solos, nos acompañan en este empeño muchos aliados: un buen número de jueces realmente beligerantes contra la corrupción, unas fuerzas de seguridad (UCO y UDEF) eficaces y con personal altamente cualificado, unos medios de comunicación cada vez más activos e incisivos contra los corruptos, y unas organizaciones civiles, universidades, etcétera, cada vez más proactivas en combatir la corrupción. Quienes, por el contrario, se han quedado solos son los partidos políticos, y algo van a tener que hacer de forma urgente para salir de este importante atolladero social en el que se encuentran.
Dado que los partidos han sido incapaces de llegar a un pacto o compromiso colectivo contra la corrupción, es el momento de que los ciudadanos les exijamos a ellos este compromiso con la sociedad, y que controlemos si lo cumplen a través de nuestro voto en las elecciones, que es de las pocos instrumentos —por no decir el único— que tenemos para hacer algo que pueda influir sobre los partidos.
A la hora de decidir el voto en las próximas elecciones, los ciudadanos deberían exigir y valorar la actuación y el compromiso de cambio —si es que lo tienen— de unos y otros ante esta situación. Vamos a indicar algunos criterios, emanados de los seminarios contra la corrupción organizados por Transparencia Internacional España, para que los ciudadanos que lo deseen puedan evaluar la situación y expectativas de cada partido político en este terreno de la transparencia y la corrupción, y disponer así de un posible elemento de juicio más a la hora de decidir a qué partido político van a votar, y en definitiva qué papeleta (aunque sea cerrada) van a introducir en las urnas electorales.
Los primeros criterios de transparencia que se indican deberían cumplirse por los partidos ya en el momento de concurrir a las elecciones. Los segundos criterios deberían incluirlos, al menos, como compromisos contra la corrupción en sus respectivos programas electorales.
Antes de decidir el voto, los electores deben exigir y valorar las promesas de rectificación
1) Transparencia de los partidos
Los partidos políticos deberían publicar en sus respectivas páginas web la siguiente información: 1) Cuentas anuales del partido (dos últimos ejercicios). 2) Fechas en las que ha remitido sus cuentas al Tribunal de Cuentas. 3) Último informe de fiscalización de las cuentas del partido emitido por el Tribunal de Cuentas. 4) Presupuestos anuales (dos últimos ejercicios) con la correspondiente liquidación presupuestaria. 5) Datos básicos de las entidades vinculadas al partido (fundaciones, asociaciones, etcétera). 6) Desglose (orgánico y geográfico) de los gastos e ingresos, así como de los bienes patrimoniales. 7) Declaración de la inexistencia en las listas electorales de procesados o investigados por corrupción. 8) Límites legalmente establecidos para sus gastos electorales. 9) Descripción del procedimiento de control y/o auditoría interna del partido. 10) Currículum o datos biográficos (al menos cinco líneas) de cada uno de los candidatos incluidos en las listas electorales.
2) Compromisos a incluir en los programas electorales
Los partidos deberían recoger en sus programas electorales una buena parte de los siguientes compromisos: 1) Reforma de la legislación electoral para desbloquear las listas cerradas de los partidos. 2) Publicación de la liquidación de gastos e ingresos electorales, en los tres meses siguientes a las elecciones. 3) Retención de toda subvención pública a los partidos políticos que no hayan remitido sus cuentas al Tribunal de Cuentas. 4) Cumplir estrictamente las recomendaciones sobre transparencia financiera del Consejo de Europa (GRECO). 5) Tipificación jurídica del delito de financiación ilegal de los partidos. 6) Prohibición legal de las donaciones de empresas (u otras personas jurídicas) a los partidos. 7) Prohibición legal de la condonación de deudas a los partidos por las entidades financieras. 8) Debate parlamentario anual sobre aquellos partidos políticos que estén en situación de quiebra técnica. 9) Ley de protección al denunciante de corrupción, fraude, abuso o despilfarro. 10) Cambiar la legislación para limitar los privilegios jurídicos y judiciales de los aforados. 11) Limitación al máximo de la concesión de indultos, excluyendo en todo caso los delitos por corrupción. 12) Introducción en los distintos niveles educativos de materias y contenidos éticos, de valores y contra la corrupción.
En todo caso, y al margen de que los ciudadanos puedan evaluar a los partidos según los anteriores criterios, Transparencia Internacional España va a tratar de colaborar en este control social divulgando en estos próximos meses la opinión de los ciudadanos sobre estos criterios, e informando sobre el nivel de su cumplimiento por los partidos que concurran a las próximas elecciones.
(*) Jesús Lizcano Álvarez es presidente de Transparencia Internacional España y catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid.
Ilustración: Eulogia Merle.

domingo, 4 de agosto de 2013

ACUTISSIMUS MACHIAVELLUS

EL PAÍS, Madrid, 3 de agosto de 2013
LA CUARTA PÁGINA
Las ciudades de Maquiavelo
El intelectual florentino defendió la primacía de la política con el telón de fondo de grandes cambios en los principados italianos. Es un referente útil para analizar que estamos haciendo hoy con nuestra democracia
Álvaro Moral García 

Maquiavelo tenía las manos sucias, no hay duda. Su papel como político e intelectual florentino no siempre fue digno de admirar desde el punto de vista democrático. A lo largo de su vida podríamos encontrar algo de imperialismo, autoritarismo, apología de la violencia, pragmatismo radical, desprecio a los valores éticos y morales, defensa de la pauperización de la sociedad como medio de adoctrinamiento y, obviamente, machismo. Eso sí, estoy seguro de que no era un “protofascista”. La caracterización que María José Villaverde realizó de Maquiavelo en su artículo Las manos sucias de Maquiavelo,publicado en EL PAÍS el sábado 6 de julio de 2013, apunta a algunos lugares del pensamiento maquiavélico, pero, desde mi punto de vista, no completa todo el paisaje de su trabajo. Los mejores intérpretes de la obra de Maquiavelo (desde Skinner, Pocock y Baron hasta Gramsci, Lefort y Althusser) no necesitaron negar totalmente esta representación del maquiavelismo para reconocer que, dentro de las ambivalencias del autor, podían encontrarse aportaciones revolucionarias para la teoría de la democracia. Una teoría que, por cierto, necesita en la actualidad del aire libre de unas ciudades que Maquiavelo, sin ningún lugar a dudas, puso en primer lugar.
Lo interesante de un autor como Maquiavelo no es que sea un “ejemplo a seguir”, sino lo que nos dice de las ciudades donde habitó y lo que nos puede decir de lo que estamos haciendo con las nuestras. De hecho los autores que movilizan nuestro pensamiento no lo hacen por su ejemplaridad sino por la fuerza intelectual a la hora de significarnos el espacio social en el que moraron. Y Maquiavelo vivió en ese “torbellino de las ciudades-Estado de la Italia del Renacimiento” donde se fraguó el pensamiento político moderno (Arendt). La historia de estas ciudades fue, fundamentalmente, la del movimiento municipalista entre los siglos XI y XVI, la de la lucha por la libertad, la autonomía y el autogobierno de algunas de las comunas que salpicaron el territorio europeo. Esta historia hay que interpretarla en la vieja encrucijada del Mediterráneo, en el cruce de caminos entre las diversas culturas y civilizaciones que se encontraban en sus orillas y donde las ciudades bajomedievales y renacentistas tuvieron un papel decisivo. Entre ellas destacó Florencia, el espacio donde Maquiavelo (1469-1527) vivió el final de este largo recorrido de las ciudades-república, con un escenario de enfrentamientos entre las tendencias populares y aristocráticas de la ciudad y de esta con las potencias extranjeras que la amenazaban (los Estados modernos de España y Francia, fundamentalmente). De hecho, la obra de Maquiavelo se presenta con las ambivalencias propias de una ciudad dividida. Autor de El príncipe fue también el ciudadano republicano que redactó los Discursos sobre la primera década de Tito Livio. Esta última fue escrita en plena crisis de la ciudad y acabaría siendo un texto capital para la teoría moderna de la democracia. Parece ser que, en esta ocasión, el búho de Minerva sí voló al caer la noche.
El autor de ‘El Príncipe’ negó que el objetivo de las sociedades fuese mantenerse inalterables
Siguiendo las lecciones de los autores que he destacado anteriormente, me gustaría subrayar algunas aportaciones revolucionarias que Maquiavelo hizo a la teoría de la democracia y que nos pueden resultar útiles en la actualidad. Maquiavelo fue, para empezar, el fundador de la “actitud crítica” moderna (Foucault). Ese “manifiesto revolucionario” (Gramsci) que fue El príncipe no pensaba en los principados tradicionales que se sustentaban fácilmente según el mundo de la costumbre. A Maquiavelo le interesaban los “principados nuevos” porque en ellos es donde se encontraban las “dificultades”. Es decir, para pensar la política Maquiavelo construyó el telón de fondo de la crisis. Resultado: la política se convirtió en un mecanismo de innovación, en una práctica de construir “órdenes políticos nuevos” para hacerle frente a situaciones críticas y problemáticas. Al estilo del mejor Baudelaire, Maquiavelo abrió la puerta a buscar “lo eterno y lo inmutable” de la política en la crisis de la ciudad, precisamente cuando en esta reinaba “lo efímero, lo veloz, lo contingente”. Fundador de la “maestría de la sospecha” (Ricoeur), alteró siempre las condiciones desde donde la política debía ser pensada y buscó la otra cara de la ciudad para producir un concepto radicalmente moderno del poder.
Con ello, la aportación decisiva de Maquiavelo fue, desde mi punto de vista, poner a “las ciudades primero” (Jacobs, Soja) en su reflexión sobre los proyectos históricos de la sociedad. Maquiavelo defendió en los capítulos más importantes de los Discursos una noción sumamente moderna de la misión histórica de las sociedades. Negó que el objetivo de estas fuera mantenerse inalterables a lo largo del tiempo ya que “las cosas de los hombres están siempre en movimiento y no pueden permanecer estables”. Ante ello apostó por ciudades preparadas para acometer grandes cambios en el presente que acabarían dejando huella en la memoria histórica de lo social. La condición de posibilidad de este poder en la historia era, para Maquiavelo, un espacio urbano que garantizara la autonomía y libertad de todos los ciudadanos. Solo en aquellas ciudades donde el pluralismo social estuviese garantizado habría el poder suficiente para realizar mutaciones decisivas.
Y ello a pesar de o precisamente por las disputas y enfrentamientos que en una sociedad libre y plural pudieran producirse. Maquiavelo pensaba (y esto alarmó a los espíritus de su tiempo y, concretamente, a su colega Guicciardini) que la pugna entre los ciudadanos era un síntoma positivo de vitalidad urbana, de una ciudadanía “fuerte” y en “aumento” que era motor del devenir de la sociedad. Es esta defensa de la libertad y el pluralismo, de la energía positiva del conflicto para la constitución de la ciudad y del compromiso histórico de las sociedades con el cambio la que haría de Maquiavelo un pensador revolucionario para la teoría de la democracia.
Pensaba que la pugna entre ciudadanos era un síntoma positivo de vitalidad urbana
Maquiavelo se puede convertir en un pensador útil para defender la primacía de la política, la democracia y las ciudades a la hora de definir los cambios de nuestras sociedades. Esto puede resultar decisivo precisamente cuando el ritmo y sentido de los acontecimientos actuales están derivando en una auténtica “terapia de shock” (Klein) contra la ciudadanía. El discurso moderno sobre el cambio social se está convirtiendo en la actualidad en una peligrosa herramienta de “destrucción creativa” de la democracia, del tempo necesario que exige el debate y la deliberación dentro de sociedades libres y plurales. Al olvidar las ciudades que le sirven de fundamento, el mundo moderno está transformando el discurso sobre el cambio social en una ideología al servicio de peligrosas tendencias antidemocráticas que desplazan y desarraigan a la ciudadanía de los espacios públicos de decisión.
En este contexto, para muchos hoy no es una alternativa dar la espalda al mundo de la política, ni mucho menos ir en pos de un conocimiento abstraído de la arena pública o un activismo débil que haga caso omiso de los grandes dilemas que vive nuestra sociedad. Sin duda debemos aprender de Cicerón que no todo está permitido por el bien de la república y que existen barreras éticas infranqueables en la actuación de la política. Pero, también, que “nada hay, de lo que se hace en la tierra, que tenga mayor favor cerca de aquel dios sumo que gobierna el mundo entero que las agrupaciones de hombres unidos por el vínculo del derecho, que son las llamadas ciudades” (Cicerón). Para ello el acutissimus Machiavellus (Spinoza) puede ser un autor que, fascinado por las fuerzas de cambio social que ponía en marcha el mundo moderno, seguía pensando la ciudad, la política y la democracia como origen y fundamento.
(*)Álvaro Moral García es doctor en Filosofía por la Universidad de Granada.

Ilustración: Eulogia Merle.
Cfr. http://lbarragan.blogspot.com/2013/07/desmanchador-de-manos.html

lunes, 28 de enero de 2013

DES-AFECTACIÓN

EL PAÍS. Madrid. 29 de Enero de 2013
LA CUARTA PÁGINA
Elogio y desprecio de la clase política
Sin representantes públicos nos ahorraríamos sueldos y algunos espectáculos bochornosos, pero perderían la representación de sus intereses y aspiraciones de igualdad los que no tienen otro medio de hacerse valer
Daniel Innerarity 

Nos recuerdan las encuestas que este es nuestro principal problema. La misma expresión “clase política” incluye un desafecto, alude a una distancia, a una falta de coincidencia entre sus intereses y los nuestros. No es nueva esta crítica; lo novedoso tal vez sea que, gracias al poder multiplicador de los medios y las redes, la crítica ha adquirido las dimensiones de un auténtico linchamiento. Además de las causas objetivas que justifican este malestar (que van desde la incompetencia hasta la corrupción), se ha producido una constelación desfavorable hacia la política por muy diversos motivos, a veces incluso contradictorios, como es frecuente en las coincidencias reunidas en torno a la indignación: unos están seducidos por el éxtasis de la democracia directa; otros tienen aspiraciones más modestas en torno a la reforma electoral; los hay que hacen un cálculo de rentabilidad y se preocupan porque tal vez los políticos sean demasiados y ganen en exceso; otros se frotan las manos porque una sociedad con un sistema político débil les beneficia…
Cabe destacar entre las expresiones de nuestro malestar la performance de rodear el Congreso, un gesto que tiene menos sentido que la vieja ley británica que prohibía a los representantes morir en el edificio del Parlamento. ¿No habría que rodear más bien al resto del mundo —especialmente a los poderes económicos o mediáticos— para que el Parlamento ejerciera las funciones que esperamos de él en una sociedad democrática?
Que los políticos y las políticas dejen mucho que desear es una evidencia en la que no merece la pena perder demasiado tiempo. Tampoco es algo que debería sorprender a quien conozca cómo funcionan otras profesiones, ninguna de las cuales se libra de un serio repaso, con mayor o menor dureza. Ocurre, sin embargo, que esos otros oficios también manifiestamente mejorables tienen la suerte de estar menos expuestos al escrutinio público. La pregunta que yo me hago es cómo pueden encontrarse todavía candidatos para una actividad tan vilipendiada, dura, competitiva, discontinua, escrutada y poco comprendida. Estoy convencido de que, en general, los políticos son mejores que la fama que tienen. Pero el problema, adelantando un poco mi posición, no es exactamente este. Si así fuera, sería más fácil de resolver con una simple sustitución. A lo que estamos aludiendo cuando tomamos nota de la desafección política es a la crítica hacia cualquiera que esté desempeñando esa tarea (“todos son iguales”, etcétera) y aquí el problema adquiere una naturaleza más grave.
Una actitud crítica hacia la política es señal de madurez democrática, no signo de su agotamiento
De entrada, conviene advertir que la actitud crítica hacia la política es una señal de madurez democrática y no la antesala de su agotamiento. Que todo el mundo se crea competente para juzgar a sus representantes, incluso cuando estos tienen que tomar decisiones de enorme complejidad, es algo que debería tranquilizarnos, aunque solo sea porque lo contrario sería más preocupante. Una sociedad no es democráticamente madura hasta que no deja de reverenciar a sus representantes y administra celosamente su confianza en ellos.
Una buena parte de la desafección política tiene su origen en un error de percepción. En cualquier democracia asentada hay multitud de representantes políticos que realizan honradamente su trabajo, pero solo es noticia la corrupción de algunos. La sensación que nos queda es que la política es sinónimo de corrupción y no advertimos que el escándalo es noticia cuando lo normal es que las cosas se hagan moderadamente bien. Ocurre lo mismo que con los errores médicos: nunca se habla en los medios de comunicación de las operaciones bien hechas, sino las fallidas y de ahí a sacar la impresión de que los médicos lo hacen mal no hay más que un paso. Gracias a los medios de comunicación el poder se ha hecho más vulnerable a la crítica, pero su lenguaje crispado y el mensaje de fondo que así transmiten ha extendido una mentalidad antipolítica. Una cosa es desvelar la mentira, ridiculizar la arrogancia y dar cauce a las voces diferentes; pero esa insistencia en lo negativo tiende a ocultar otras dimensiones de la política tan importantes como, por ejemplo, el valor de los acuerdos o la normalidad poco espectacular de los comportamientos honrados.
Supuesto lo anterior, y sin dejar de reconocer que la mayor parte de las críticas están justificadas, propongo invertir el punto de vista y preguntarnos si tras algunas de sus versiones menos matizadas no hay una falta de sinceridad de la sociedad respecto de sí misma. En una democracia representativa están ellos porque no estamos nosotros o para que no estemos nosotros. Seguramente es cierto que a la política no van los mejores, pero eso debería preocuparnos más a nosotros que a ellos.
Es contradictorio esperar que el representante sea  como nosotros, pero pedirle cualidades de élite
La crítica ritual hacia los políticos nos permite escapar de ciertas críticas que, si no fuera por ellos, deberíamos dirigirnos a nosotros mismos. ¿Tiene sentido mantener al mismo tiempo ciertas críticas hacia nuestros representantes políticos y exhibir la inocencia de los representados? Hay una contradicción en pretender que nuestros representantes sean como nosotros y al mismo tiempo esperar de ellos cualidades de élite. Es imposible que unas élites tan incompetentes hayan surgido de una sociedad que, por lo visto, sabe perfectamente lo que debería hacerse. Aquí se pone de manifiesto que el populismo es un “igualitarismo invertido”, es decir, un modo de pensar que no se basa en la creencia de que el pueblo es igual que sus gobernantes, sino de que es mejor que sus gobernantes. Si los políticos lo hacen tan mal, no puede ser que los demás lo hayamos hecho todo bien.
Hay una paradoja tras la crítica de la política que podríamos llamar “la paradoja del último vagón”. Me refiero a aquel chiste acerca de unas autoridades ferroviarias que, tras descubrir que la mayor parte de los accidentes afectaban especialmente al último vagón, decidieron suprimirlo en todos los trenes. De acuerdo, supongamos que la política no funciona. ¿Cómo se suprime a toda la clase política? ¿Quién la podría sustituir? ¿Quién mandaría en un espacio social sin formatear políticamente? ¿A quién beneficiaría un mundo así? La política es una actividad que se puede mejorar pero, sobre todo, algo inevitable. Los populismos ignoran u ocultan esta inevitabilidad; extienden la desconfianza hacia los políticos como si fuera posible que de su actividad se hicieran cargo quienes no lo son o actuando como si no lo fueran. Hay quien en el fondo tiene una aspiración de suprimir la mediación que la representación política supone: consultas sin deliberación, marcos constitucionales irrevisables, imposición sin reconocimiento, mandatos imperativos… Una cosa es introducir procedimientos para contrastar la voluntad popular o para impedir que los representantes se eternicen —participación, rotación en los cargos, prohibir la reelección— y otra pretender una superación de la democracia representativa.
En el desprecio a la clase política se cuelan no pocos lugares comunes y algunas descalificaciones que revelan una gran ignorancia acerca de la naturaleza de la política y promueven el desprecio hacia la política como tal. A estos críticos deberíamos recordarles el principio de que siempre que se impugna algo estamos en nuestro derecho de exigir que se nos diga qué o quién ocupará su lugar. Para ser razonable la crítica debe medir a quién favorece en ocasiones su desproporción. Estamos hablando de incompetencia y de este modo favorecemos que los técnicos se apoderen del Gobierno; criticamos su sueldo y justificamos así que se entregue la política a los ricos; la descalificamos globalmente y asienten con entusiasmo quienes no le deben nada a la política porque ya tienen un poder de otro tipo.
¿Hay algo peor que la mala política? Si, su ausencia, la mentalidad antipolítica, con la que se desvanecerían los deseos de quienes no tienen otra esperanza que la política porque no son poderosos en otros ámbitos. En un mundo sin política nos ahorraríamos algunos sueldos y algunos espectáculos bochornosos, pero perderían la representación de sus intereses y sus aspiraciones de igualdad quienes no tienen otro medio de hacerse valer. ¿Que a pesar de la política no les va demasiado bien? Pensemos cuál sería su destino si ni siquiera pudieran contar con una articulación política de sus derechos.
(*) Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política y Social, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y profesor visitante en el Robert Schuman Centre for Advanced Studies del Instituto Europeo de Florencia.

Ilustración: Eulogia Merle.