EL PAÍS, Madrid, 18 de noviembre de 2016
TRIBUNA
El año de Diego Rivera
Antonio Elorza
El 130º aniversario del nacimiento de Diego Rivera está sirviendo de ocasión para una creciente estimación de su obra, y no solo en su México natal, donde se ha sucedido lo que un diario llamó “una cascada de exposiciones”, sino también en Estados Unidos y otros países. El Museo Reina Sofía prepara una gran retrospectiva a inaugurar en febrero.
Diego Rivera encabeza la lista de pintores en la gran exposición México 1900-1950, inaugurada en el Grand Palais de París. Su obra emblemática en ella es tardía y poco conocida, Río Juchitán, donde presenta el sueño de un mundo maya feliz. Supone el contrapunto indigenista de la primera muestra conmemorativa organizada por el Museo Mural que lleva su nombre en la Ciudad de México. Aquí bajo el título de Re-visiones de Norteamérica, las exhibidas eran obras del tránsito entre su etapa de muralista revolucionario y la frustrada de quien trata de infiltrar su ideario en el marco del gran capitalismo norteamericano. La alegoría de California y La construcción de un fresco ilustraban hasta qué punto bajo las concesiones a la nueva temática y los nuevos mecenas —pervivía la voluntad de alumbrar una nueva sociedad—. Con idéntico protagonista, el Trabajador, visto al modo de Ernst Jünger, y en sentido contrario a Ernst Jünger, lejos de la estampa del maya recostado, como promotor de un nuevo orden de vida para la humanidad.
Es la misma figura de mono azul que preside en 1928 la entrega de armas a los revolucionarios por Frida Kahlo en el mural de la capitalina Secretaría de Educación. Expulsado Rivera en 1929 del partido comunista, se abría paso el intento de conciliar una visión política revolucionaria, vinculada a Lenin y a Trotski, con el esplendor de la nueva civilización industrial, surgida en Norteamérica. La primacía de la hiperbólica figura del Trabajador en la representación del organigrama fabril de La construcción de un cuadro y los trabajadores sosteniendo el tinglado boyante del capitalismo en la Alegoría, son la mejor prueba de esa continuidad en el cambio. La frustrará el episodio del gran mural, finalmente destruido, en el Centro Rockefeller de Nueva York. Nelson Rockefeller y Rivera estaban de acuerdo en que El hombre en la encrucijada debía expresar “el dominio del hombre sobre el mundo material”, solo que para Rivera mientras el Hombre Técnico sigue dominando la escena, sirve de eje al haz de planos donde los obreros revolucionarios, con Lenin a la cabeza, se enfrentan a la burguesía ociosa. La convergencia había terminado.
En sus apuntes y bocetos, plasmó las múltiples formas de explotación de los trabajadores
A partir de 1922 se da en Diego Rivera lo que llamaríamos un entrelazamiento de utopías, estrechamente ligadas a su trayectoria vital y política. El Jan van Eyck hic fuit se traducirá en su presencia en los cuadros, y desde que la conoce, en la centralidad, como emblema ideológico y guía, de Frida Kahlo.
Ante todo está la utopía revolucionaria. Solo que la revolución de Rivera no es la mexicana iniciada en 1910, sino la comunista, inspirada en 1917. Una revolución en la revolución, pues aprueba la reforma educativa. Su obra magna, los murales de la Secretaría de Educación, no surge de esa revolución para la ilustración de cuyos resultados le convocó José Vasconcelos. Las escenas de las distintas formas de trabajo, y de sometimiento, pintadas en 1923-1924, son el marco social que llama a la revolución, también el reconocimiento de una durísima realidad que hace necesaria la utopía. En sus apuntes y bocetos, Rivera reprodujo las múltiples formas de explotación de los trabajadores mexicanos, y luego supo envolverlas en imágenes de extraordinaria belleza (los porteadores de alcatraces, de maíz). De ahí sale el hundimiento del ser humano, bajo el signo de “la lucha y el dolor” que la revolución mexicana no logra redimir. La excepción es Emiliano Zapata, “un hombre muy singular” que asoció la libertad y la tierra, pero al retratarle Rivera, ha muerto, es un mártir, aunque su consigna siga viva. El fresco sobre la reforma agraria oficial, “la dotación de ejidos”, ofrece una estampa de pasividad, por contraste con el Primero de Mayo.
El mexicano “no quiere ya revoluciones, ni palabras sin sentido”, y sí que los militares se dediquen a trabajar la tierra, proclama la letra del Corrido revolucionario que acompaña a los frescos. Aquí ya no hay dudas. La insurrección armada para implantar el orden comunista, a partir de En el arsenal, con Frida Kahlo en papel estelar, destruirá un repugnante mundo capitalista, descrito con trazos de Grosz. Luego, fraternidad y bienestar.
Desde 1945, el sueño del universo dominado por los obreros se sustituye por la amenaza nuclear
La utopía comunista de Rivera converge con otra utopía, naturista y vitalista: la de la tierra transformada por el trabajo del hombre liberado de explotación, mientras la mujer, dotada de una energía cósmica, en su sexo fecundado por el hombre, es recreadora de la vida. En los frescos de la capilla de la Universidad de Chapingo, con su Canto a la tierra, Rivera plantea la antítesis de una capilla cristiana: la mujer embarazada, la suya, sustituye a la Virgen, en tanto que otra mujer, Tina Modotti, es representada en escenas de sexualidad omnipresente. Asistimos a una transferencia radical de sacralidad. Casi coetáneos de los frescos de la Subsecretaría, no hay ruptura: a la izquierda tenemos la secuencia de la revolución agraria, con la convergencia de ambas creaciones por la acción del hombre. Con palabras de Octavio Paz relativas a los actos eróticos, “al realizarlos el hombre se cumple como naturaleza”. Sexo contra Dios.
Tampoco hay ruptura con la utopía industrialista que Rivera desarrolla durante su etapa norteamericana. Anticapitalista, está fascinado por la revolución tecnológica experimentada por Estados Unidos. Rivera anticipa un mundo de progreso indefinido, con la revolución producto de la lucha de clases y de la teoría comunista.
A las anteriores subyace finalmente otra utopía: una arqueoutopía indigenista, la de Río Juchitán, el pasado prehispánico idealizado en los frescos del Palacio Nacional. Algo que otro gran muralista, Orozco, detestaba. Sin guerras, ni sacrificios humanos. Es un orden comercial y agrario, festivo, destruido por una brutal conquista, sobre el cual ha de fundarse la nacionalidad mexicana: “La armonía del hombre con la tierra”.
Por eso construyó el templo neoazteca de Anahuacalli, para albergar su enorme colección precolombina. Una auténtica pasión. En días difíciles, cuentan, compró una costosa cerámica. Lupe Martín, su mujer, la rompió en pedazos. “Cómete estos tepalcates”, le dijo. Y sus diseños de máquinas futuristas evocarán la imagen de Coatlicue, la diosa azteca de fertilidad.
A partir de 1945, la ideología sobrevive; recordemos la hoy perdida Pesadilla, con Frida repartiendo propaganda del Movimiento por la Paz, made in Stalin. Se desvanece en cambio la utopía. El sueño del universo dominado por el Trabajador es sustituido por la amenaza nuclear.
(*) Antonio Elorza es catedrático de Ciencia Política.
Fuente:
http://elpais.com/elpais/2016/08/03/opinion/1470221828_318578.html
Ilustración: Eulogia Merle.
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sábado, 19 de noviembre de 2016
lunes, 22 de agosto de 2016
HORADACIÓN
EL PAÍS, Madrid, 20 de agosto de 2016
La paciencia de Erdogan
Antonio Elorza
A un mes del fracaso en Turquía del fallido golpe militar contra Tayyip Erdogan, y una vez comprobada la extensión de su respuesta autoritaria, buen número de especialistas siguen acotando su análisis a los recientes desarrollos de la política puesta en práctica por el líder islamista. Su punto de partida sería el personalismo que rodeó su acceso a la presidencia del país. Se trata de una visión acorde con la previa bendición otorgada por esos mismos comentaristas a la trayectoria de un Erdogan que era considerado como el hombre encargado de demostrar la convergencia entre islamismo y democracia, algo así como una versión musulmana de la democracia cristiana en Europa occidental.
El panorama cambia si tenemos en cuenta las rotundas posiciones doctrinales del mismo Erdogan en la década de los 90, cuando preside la alcaldía de Estambul y prepara un ascenso únicamente truncado por los diez meses de cárcel que le valió la lectura pública en 1998 de un poema-llamamiento de Ziya Gökalp, el ideólogo nacionalista e islamista de los Jóvenes Turcos: “Nuestras mezquitas serán nuestros cuarteles, las cúpulas nuestros cascos, los minaretes nuestras bayonetas y los creyentes nuestros soldados”. Era una explosión radical, sustentada en una plataforma teórica bien firme. En Turquía, el laicismo implantado por Mustafá Kemal y el Islam resultaban incompatibles, y la supervivencia del primero resultaba un absurdo en un país con 99% de musulmanes : “¡No se puede ser al mismo tiempo laico y musulmán! ¡O eres musulmán o laico! ¡No es posible la coexistencia!” Para concluir: “¿Por qué? Porque a Alá, el Creador del Islam, le corresponden el poder y el gobierno absolutos”. Desde tales supuestos, propios de islamistas radicales como Sayyid Qutb, la finalidad es clara: “Nuestra referencia es el Islam —proclama en 1997—, nuestro único objetivo es el Estado islámico”. Erdogan no ha engañado a nadie.
La reacción militar ante la amenaza de un gobierno islamista, y su misma experiencia personal, le aconsejaron sin embargo sustituir el radicalismo por la cautela a la hora de llevar a cabo su propósito inicial: “Convertiremos Estambul en Medina”, el bastión del Profeta. Posiblemente Erdogan desconocía el consejo de Stalin de cómo proceder ante una coyuntura política adversa, que sin embargo él ejecutó admirablemente : “¡Paciencia!”, lo cual no significa renuncia a la persecución de los propios fines. Al convertirse en primer ministro, respetó la imposición laica del presidente Ahmet Sezet, impidiendo el uso del velo a su mujer. Al pretender un agravamiento del castigo a los adúlteros, retrocedió al constatar la oposición europea y de la Bolsa. Tuvo que soportar la resolución admonitoria del poder judicial contra la inclinación antilaica de su partido, el AKP, que sin embargo le mantuvo en el gobierno. Ya llegarían las horas del relevo en la estructura judicial y en la presidencia de la República, que pasó al islamista moderado Abdulá Gül, escalón previo a su ocupación del cargo en 2015, transformado de inmediato en un poder ejecutivo no previsto en la Constitución. El enorme palacio presidencial en forma de E, a lo Ceaucescu, construido de modo previo a su acceso al cargo, anunció lo que se preparaba, con su proyecto de reforma de la Constitución, detenido transitoriamente por las elecciones del pasado año.
El velo regresó al espacio público, pero lo que fue más importante: el sistema de enseñanza religiosa laico fue horadado, con la construcción masiva de imam hatips, institutos de enseñanza religiosa, en teoría para formar imanes, mientras no se edificaba ninguna escuela pública nueva. La Alianza de Civilizaciones ni siquiera sirvió para reabrir el seminario ortodoxo. Fue un aval sin contenido, bajo la mirada ciega de Zapatero. Al repertirse las victorias electorales del AKP, pudo iniciarse el proceso de islamización de los monumentos bizantinos convertidos en museos, apuntando con claridad a Santa Sofía, donde este año se realizaron ya los rezos del Ramadán.
En ese contexto, quedan por explicar las razones del enfrentamiento con su antes mentor, el filósofo y financiero islamista, Fetulá Gülen, residente en Estados Unidos, quien colaboró con Erdogan en el primer período de islamización y hoy es presentado como responsable del golpe de julio. En lo primero, la coincidencia es plena, si bien Gülen insiste en una convivencia plural con otras religiones. Un tanto al modo del Opus Dei, su movimiento Hizmet alcanzó gran presencia en medios económicos, profesionales y universitarios, e incluso en grandes instituciones financieras, lo cual explica el alcance de la actual purga. El éxito de esa infiltración justifica que Erdogan hablara de un Estado dentro del Estado.
Con toda la cautela debida, se trata de erosionar la figura de Mustafá Kemal, el fundador de la patria turca (y de la modernización laica). Así su papel central fue minusvalorado en las conmemoraciones de la victoria de Gallipoli, en 1915. Más bien, ante el Ejército, Erdogan se presentó hace un par de meses como un nuevo Atatürk, en tanto que jefe indiscutible. La prensa crítica recuperó la famosa imagen hiperbólica del gigante Dimitrox frente al enano Goering, para subrayar el despropósito. Eran momentos en que Erdogan tenía que soportar la afrenta de que los jefes militares procesados por supuesta conspiración —el caso Ergenekon— resultaran absueltos. Muy verosímilmente, el reciente golpe surgió ante la previsión de que una purga en el Ejército estuviera a punto de producirse. Y solo sirvió para acelerarla.
En la línea de Gökalp, Erdogan profesa un nacionalismo islamista, un neo-otomanismo, opuesto a Kemal, que justifica su aspiración a un liderazgo personal indiscutido. Desde muy pronto, en la propaganda electoral asoció su figura a la de Mehmed II, el conquistador de Constantinopla, resultando difícil entender hasta que límites pretende llevar ese parentesco político con una reforma constitucional, dada la primacía absoluta que sin la misma ejerce sobre los demás poderes. Cabe augurar entonces que su beligerancia frente a toda oposición efectiva, visible en la persecución de periodistas, en la cual se implica personalmente, desemboque en una pura y simple dictadura. La depuración de los aparatos administrativos, judiciales, universitarios y militares confirma semejante deriva, de inmediata repercusión sobre el tratamiento del problema kurdo. Las grandes movilizaciones de apoyo a su persona —y a “Allah u-akhbar”— con la petición de restablecer la pena de muerte, se mueven en esa misma dirección de avalar sus aspiraciones. Todo en medio de la tragedia de los atentados kurdos.
Fuente: http://elpais.com/elpais/2016/08/11/opinion/1470910883_334454.html
Ilustración: Nicolás Aznárez
La paciencia de Erdogan
Antonio Elorza
A un mes del fracaso en Turquía del fallido golpe militar contra Tayyip Erdogan, y una vez comprobada la extensión de su respuesta autoritaria, buen número de especialistas siguen acotando su análisis a los recientes desarrollos de la política puesta en práctica por el líder islamista. Su punto de partida sería el personalismo que rodeó su acceso a la presidencia del país. Se trata de una visión acorde con la previa bendición otorgada por esos mismos comentaristas a la trayectoria de un Erdogan que era considerado como el hombre encargado de demostrar la convergencia entre islamismo y democracia, algo así como una versión musulmana de la democracia cristiana en Europa occidental.
El panorama cambia si tenemos en cuenta las rotundas posiciones doctrinales del mismo Erdogan en la década de los 90, cuando preside la alcaldía de Estambul y prepara un ascenso únicamente truncado por los diez meses de cárcel que le valió la lectura pública en 1998 de un poema-llamamiento de Ziya Gökalp, el ideólogo nacionalista e islamista de los Jóvenes Turcos: “Nuestras mezquitas serán nuestros cuarteles, las cúpulas nuestros cascos, los minaretes nuestras bayonetas y los creyentes nuestros soldados”. Era una explosión radical, sustentada en una plataforma teórica bien firme. En Turquía, el laicismo implantado por Mustafá Kemal y el Islam resultaban incompatibles, y la supervivencia del primero resultaba un absurdo en un país con 99% de musulmanes : “¡No se puede ser al mismo tiempo laico y musulmán! ¡O eres musulmán o laico! ¡No es posible la coexistencia!” Para concluir: “¿Por qué? Porque a Alá, el Creador del Islam, le corresponden el poder y el gobierno absolutos”. Desde tales supuestos, propios de islamistas radicales como Sayyid Qutb, la finalidad es clara: “Nuestra referencia es el Islam —proclama en 1997—, nuestro único objetivo es el Estado islámico”. Erdogan no ha engañado a nadie.
La reacción militar ante la amenaza de un gobierno islamista, y su misma experiencia personal, le aconsejaron sin embargo sustituir el radicalismo por la cautela a la hora de llevar a cabo su propósito inicial: “Convertiremos Estambul en Medina”, el bastión del Profeta. Posiblemente Erdogan desconocía el consejo de Stalin de cómo proceder ante una coyuntura política adversa, que sin embargo él ejecutó admirablemente : “¡Paciencia!”, lo cual no significa renuncia a la persecución de los propios fines. Al convertirse en primer ministro, respetó la imposición laica del presidente Ahmet Sezet, impidiendo el uso del velo a su mujer. Al pretender un agravamiento del castigo a los adúlteros, retrocedió al constatar la oposición europea y de la Bolsa. Tuvo que soportar la resolución admonitoria del poder judicial contra la inclinación antilaica de su partido, el AKP, que sin embargo le mantuvo en el gobierno. Ya llegarían las horas del relevo en la estructura judicial y en la presidencia de la República, que pasó al islamista moderado Abdulá Gül, escalón previo a su ocupación del cargo en 2015, transformado de inmediato en un poder ejecutivo no previsto en la Constitución. El enorme palacio presidencial en forma de E, a lo Ceaucescu, construido de modo previo a su acceso al cargo, anunció lo que se preparaba, con su proyecto de reforma de la Constitución, detenido transitoriamente por las elecciones del pasado año.
El velo regresó al espacio público, pero lo que fue más importante: el sistema de enseñanza religiosa laico fue horadado, con la construcción masiva de imam hatips, institutos de enseñanza religiosa, en teoría para formar imanes, mientras no se edificaba ninguna escuela pública nueva. La Alianza de Civilizaciones ni siquiera sirvió para reabrir el seminario ortodoxo. Fue un aval sin contenido, bajo la mirada ciega de Zapatero. Al repertirse las victorias electorales del AKP, pudo iniciarse el proceso de islamización de los monumentos bizantinos convertidos en museos, apuntando con claridad a Santa Sofía, donde este año se realizaron ya los rezos del Ramadán.
En ese contexto, quedan por explicar las razones del enfrentamiento con su antes mentor, el filósofo y financiero islamista, Fetulá Gülen, residente en Estados Unidos, quien colaboró con Erdogan en el primer período de islamización y hoy es presentado como responsable del golpe de julio. En lo primero, la coincidencia es plena, si bien Gülen insiste en una convivencia plural con otras religiones. Un tanto al modo del Opus Dei, su movimiento Hizmet alcanzó gran presencia en medios económicos, profesionales y universitarios, e incluso en grandes instituciones financieras, lo cual explica el alcance de la actual purga. El éxito de esa infiltración justifica que Erdogan hablara de un Estado dentro del Estado.
Con toda la cautela debida, se trata de erosionar la figura de Mustafá Kemal, el fundador de la patria turca (y de la modernización laica). Así su papel central fue minusvalorado en las conmemoraciones de la victoria de Gallipoli, en 1915. Más bien, ante el Ejército, Erdogan se presentó hace un par de meses como un nuevo Atatürk, en tanto que jefe indiscutible. La prensa crítica recuperó la famosa imagen hiperbólica del gigante Dimitrox frente al enano Goering, para subrayar el despropósito. Eran momentos en que Erdogan tenía que soportar la afrenta de que los jefes militares procesados por supuesta conspiración —el caso Ergenekon— resultaran absueltos. Muy verosímilmente, el reciente golpe surgió ante la previsión de que una purga en el Ejército estuviera a punto de producirse. Y solo sirvió para acelerarla.
En la línea de Gökalp, Erdogan profesa un nacionalismo islamista, un neo-otomanismo, opuesto a Kemal, que justifica su aspiración a un liderazgo personal indiscutido. Desde muy pronto, en la propaganda electoral asoció su figura a la de Mehmed II, el conquistador de Constantinopla, resultando difícil entender hasta que límites pretende llevar ese parentesco político con una reforma constitucional, dada la primacía absoluta que sin la misma ejerce sobre los demás poderes. Cabe augurar entonces que su beligerancia frente a toda oposición efectiva, visible en la persecución de periodistas, en la cual se implica personalmente, desemboque en una pura y simple dictadura. La depuración de los aparatos administrativos, judiciales, universitarios y militares confirma semejante deriva, de inmediata repercusión sobre el tratamiento del problema kurdo. Las grandes movilizaciones de apoyo a su persona —y a “Allah u-akhbar”— con la petición de restablecer la pena de muerte, se mueven en esa misma dirección de avalar sus aspiraciones. Todo en medio de la tragedia de los atentados kurdos.Fuente: http://elpais.com/elpais/2016/08/11/opinion/1470910883_334454.html
Ilustración: Nicolás Aznárez
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domingo, 19 de junio de 2016
HISQUIERDA
EL PAÍS, Madrid, 14 de junio de 2016TRIBUNA
Podemos de las mil caras
Antonio Elorza
Cuando se cumple medio siglo de la Revolución Cultural china, nacida en la primavera de 1966, conviene volver la vista hacia tantas variantes de izquierdismo que produjeron una catástrofe tras otra a lo largo del pasado siglo. Lo peor es que se presentaban como proyectos de emancipación de la humanidad. El maoísmo fue una de ellas, deslumbrando de paso a buen número de intelectuales, desconocedores del idioma y de cuanto ocurría en China. En La chinoise, Jean-Luc Godard nos dejó una esclarecedora crónica de esa ceremonia de la confusión en los preliminares del 68 francés. Nuestro país no resultó inmune, y, entre otras cosas, los llamados “juicios críticos” made in China nos privaron de un gran profesor, Luis Díez del Corral, discípulo de Ortega, en el único logro revolucionario del líder maoísta Intxausti, luego brillante colaborador de José Bono.
Desde los años setenta los datos históricos han disipado el aura de romanticismo que entonces rodeó a las experiencias revolucionarias pos-soviéticas. Es algo que resulta imprescindible tener en cuenta para evaluar al izquierdismo de hoy. Charlando con Jruschov, Mao confesó que solo con el Gran Salto Adelante “sintió una alegría completa”. La alegría de Mao costó a China una hambruna con 45 millones de muertos. También sabemos hoy que Lenin puso en marcha desde el principio un terror luego culminado por Stalin, y que de Stalin vía PC francés, más Mao, sale el genocidio de los jemeres rojos. Olvidarlo es política y moralmente inaceptable. Descalifica a quien se proclame hoy sin más comunista.
Tales constataciones no excluyen que en Europa partidos comunistas, como el italiano o el español, realizaran contribuciones decisivas al progreso y a la democracia de sus respectivos países. Pero de la línea Lenin-Stalin-Mao y su prolongación, nada se salva. Y nuestros izquierdistas, de Monedero a Monereo, valoran la aportación democrática del PCE a la Transición como un abandono de los principios de la izquierda. Así que “fuera el régimen de 1978” (Garzón).
La incorporación de IU a Podemos ha agudizado esta ceremonia del absurdo, consistente en cerrar los ojos ante lo que fue el comunismo “realmente existente” y reivindicar en cambio una ortodoxia anticapitalista. Huyen de la historia real del comunismo, que les desautorizaría, para refugiarse en un discurso de satanización del otro. Con el auge de Podemos, vemos publicistas dispuestos ya a ejercer aquí la labor depuradora de intelectuales que acompañara al establecimiento de las democracias populares.
El regreso de Anguita al pedestal equivalía a suscribir su anticapitalismo primario
Los horrores del mundo capitalista, Corea del Norte no existe, les bastan para justificar una propuesta que nos llevó por unas semanas de Juego de tronos a La noche de los muertos vivientes. Así, el regreso de Anguita al pedestal equivalía a suscribir su anticapitalismo primario. El de Monereo encarnaba una larga fidelidad al leninismo que destila revolución sobre la realidad, en vez de analizarla. Pablo Iglesias ha proclamado a ambos sus mentores, y al hoy candidato por Córdoba, el guía que formó su pensamiento. Ya conocíamos el peso de Lenin en las ideas y en la visión orgánica del líder de Podemos, pero esto va más allá.
Solo que ahora conviene taparlo a toda prisa, para adoptar la máscara de la moderación de cara a las elecciones. Hasta Marx y Engels habrían sido socialdemócratas, y ¿por qué no decir otro tanto de Lenin, comunista hasta la Revolución en un partido denominado socialdemócrata? Las furias se visten de hadas sonrientes. Total, un disfraz se quita sin más al día siguiente de llegar al Gobierno. Iglesias es marxista, pero variante Groucho.
¿A qué jugamos entonces? ¿Llamaremos “nueva socialdemocracia” a lo que de hecho implicaría una toma del poder dirigida a la subordinación radical de ese “adversario” omnipresente en boca de Errejón ? Mal puede resultar beneficiosa para “la gente” una política populista que ignora la racionalidad económica y en un caso notorio está hoy practicando el golpe de Estado permanente contra los elegidos del pueblo.
Pocos dudan de que Rajoy personifica una derecha profunda, reaccionaria. Pero también es reaccionaria, para la imprescindible acción contra la desigualdad, una política de gasto público y fiscalidad destructora del sistema productivo, que podría venir de una adopción abrupta de las políticas fiscales y sociales escandinavas, en términos cuantitativos. ¿Y Europa? En el limbo.
Resulta incuestionable la ventaja de Pablo Iglesias en el manejo de un discurso demagógico
A la vista de los sondeos, nada de esto parece importar a buena parte de la población española y singularmente a estratos urbanos, mejor preparados y más jóvenes. Con el Gran Rechazo al sistema basta, siendo las palabras convincentes. Lo recordó Errejón en la UNED: un discurso imperativo, el de Hitler, se impuso por su claridad expositiva —de la “confabulación” antialemana y de “la usura de los banqueros judíos” (sic)— en Alemania en 1930. El ejemplo es útil. España atraviesa lo que Gramsci llamó una crisis orgánica, donde los sectores y partidos dominantes han perdido la hegemonía, la dirección de la sociedad, sin que despunte lo nuevo, una alternativa clara, y por eso cabe temer “un porvenir oscuro de promesas demagógicas” (Gramsci dixit). Por lo que toca al manejo de ese discurso demagógico, integrado por una cascada de falsas evidencias, resulta incuestionable la ventaja de Pablo Iglesias. Todo al servicio de ganar, ganar, ganar, único fin. Aunque sea desde un permanente transformismo.
Así que ante el cinismo exhibido por Iglesias al encubrir la dictadura actuante en Caracas, problema ya maldito, solo cabe augurar aquí un futuro de riesgos, tanto para la democracia en “la nueva transición”, como de cara a una recuperación económica correctora de la desigualdad. Para enderezar nuestro rumbo de nada nos sirve Lenin, ni solo, ni disuelto en populismo de raíz latinoamericana, que para la ocasión, y para destruir al PSOE, tome la etiqueta de “nueva” (¿?) socialdemocracia.
La máscara nunca falta en Iglesias, solo que esta vez no pudo evitar, en su cortina de humo sobre Venezuela, dejar al descubierto el fondo reaccionario de su proyecto político. Como reaccionaria era la izquierda callada ante el Gulag. Recordemos que nadie hubiese aceptado la condición democrática del PCE sin su condena de la invasión de Praga por la URSS. Aunque la hegemonía mediática haya permitido que Podemos entierre el tema, y se vista de lagarterana, entonces y ahora el silencio habla.
(*) Antonio Elorza es catedrático de Ciencia Política.
Ilustración: Eva Vázquez.
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martes, 9 de septiembre de 2014
ENGATUSAMIENTO
EL PAÍS, Madrid, 9 de septiembre de 2014
TRIBUNA
Podemos: el ascenso al poder
La pirámide de esta nueva formación es la de un partido comunista clásico
Antonio Elorza
Con frecuencia, los tuits son como los insultos que se dirigen los automovilistas de un coche a otro. El agresor disfruta de la doble coraza del posible anónimo y de la brevedad impuesta del texto, lo cual justifica quedarse en un improperio, sin tomarse el trabajo de argumentar. Pero los hay ocurrentes, como uno que alcanzó notable difusión censurando un artículo mío: “Que dice Elorza que Pablo Iglesias va a traer la guillotina, a resucitar a Lenin y a convertirnos en Corea del Norte”. Estupendo. Y que, además, si cambiamos Corea del Norte por Venezuela, casi da en el clavo.
Ante todo por el sentido leninista de la acción y de la organización, ambas subordinadas al objetivo de una conquista del poder donde la política se militariza. Sin concesión alguna a los procedimientos democráticos, que aun eliminándolos, la tradición estalinista reivindicará en su vocabulario. Recordemos “democracia popular”, antecedente verosímil de la “plebeya” de Iglesias. Sirvan de muestra los dos preborradores elaborados en julio por el “equipo de preparación” de la asamblea constituyente de Podemos y los estatutos para constituirse en partido político. Una democracia ejemplar, donde los dirigentes se lo dan todo hecho a los afiliados, con textos cerrados, que solo admiten rectificaciones mínimas. El primero determina el objetivo principal: alcanzar el Gobierno a corto plazo, pues “ahora es el momento”, aprovechando la “ventana de oportunidad” que proporcionan la crisis, la deslegitimación del régimen y de “la casta”, fundamentalmente de la pieza clave de integración en el régimen constitucional, el PSOE. Es preciso hacerse con los centros del poder político, actitud estrictamente leninista. Sin reformismo. Y a una concepción militar del conflicto político corresponde necesariamente una estructura orgánica adecuada a tal fin.
Atendiendo a Podemos, sus relaciones de poder están definidas de abajo arriba; por eso será —dice el anuncio— “la estructura organizativa más democrática, abierta y plural que ha conocido nuestro país”. El ciudadano en el país de las maravillas. Dicho en lenguaje tecnocrático, todo funcionará bottom-top,desde la base al vértice. Todos participarán en las decisiones de manera “abierta, respetuosa (sic) y directa”, en la elaboración de los programas, y sobre todo mediante la Asamblea Ciudadana Estatal. Solo que la Asamblea Ciudadana solo se reúne cada dos años y por su número de participantes —pensemos en unos cien mil— lo que surge es una radical asimetría entre el centro de poder ya constituido hoy y lo que propongan los miles de “ciudadanos”, presentes o por vía telemática. Más aún con el liderazgo indiscutible ejercido por Pablo Iglesias.
Los círculos como células base y la informática como cauce básico de comunicación responden al esquema de Beppe Grillo, no menos personalista y autoritario, en su dominación ejercida sobre el Movimiento 5 Estrellas. Hay, no obstante, diferencias: los círculos en 5 Estrellas surgieron espontáneamente en torno al blog del excómico; aquí emergen tras la candidatura de Iglesias, pero en su funcionamiento efectivo el grupo dirigente intervendrá desde el primer momento: deben “adaptar la línea política de Podemos” a su ámbito. Y en cuanto a posibles discrepancias y oposiciones, en 5 Estrellas la expulsión puede ser sometida a votación; en Podemos tropiezan con la Comisión de Derechos y Garantías, un tribunal heredado de los partidos comunistas. Le resulta asignada en los estatutos como partido una larga lista de causas de sanción y expulsión.
Es en la estructura de los órganos ejecutivos donde el supuesto bottom-top se convierte en top-down. El centralismo democrático, red mediante, deviene centralismo cibercrático (De Rosa). Los nombres son otros —Consejo Ciudadano, Consejo de Coordinación, Portavocía— pero en la práctica estamos ante la pirámide Comité Central-Comisión Ejecutiva (Politburó)-secretario general de un partido comunista clásico. Incluso reforzada. El poder de decisión real se encuentra únicamente en el portavoz (P.I.), designado por la asamblea por sufragio directo, con la colaboración del Consejo de Coordinación, elegido por el Consejo Ciudadano a propuesta del portavoz, además único capacitado para autorizar que el Consejo vote. Mejor el consenso. Ningún cabo queda suelto. El portavoz definirá de modo permanente “la línea política” a aplicar por los órganos inferiores. Los círculos, a lo suyo. En suma, quien tendrá el poder absoluto dentro de la organización será el portavoz (Pablo Iglesias), cuya destitución —para empezar la mitad más uno de quienes le votaron— es prácticamente imposible. A los redactores se les escapó siempre en el preborrador “línea política”, lógico.
Pablo Iglesias pone sus cartas sobre la mesa. Propone una “apertura democrática plebeya”, “un gobierno nuevo al servicio de la gente” frente a la oligarquía y al “orden de 1978”. Con timidez, apunta a “un sentido constituyente”, objetivo a encubrir por ahora, igual que la filiación chavista. Ofrece “un discurso de excepción para una situación de excepción”. Y a instaurar de inmediato. Conviene aquí volver al tuit citado. Nadie se ha inventado que Pablo Iglesias cante a la guillotina y al principio inspirado en Robespierre de eliminación del “opresor”. Cuando regresa a la actualidad el genocidio de los Jemeres Rojos, basado en esa idea y en el terror soviético, no bastan buenas palabras. Hace falta una autocrítica en toda regla para verse reconocido como demócrata.
(*) Antonio Elorza es catedrático de Ciencia Política.
TRIBUNA
Podemos: el ascenso al poder
La pirámide de esta nueva formación es la de un partido comunista clásico
Antonio Elorza
Con frecuencia, los tuits son como los insultos que se dirigen los automovilistas de un coche a otro. El agresor disfruta de la doble coraza del posible anónimo y de la brevedad impuesta del texto, lo cual justifica quedarse en un improperio, sin tomarse el trabajo de argumentar. Pero los hay ocurrentes, como uno que alcanzó notable difusión censurando un artículo mío: “Que dice Elorza que Pablo Iglesias va a traer la guillotina, a resucitar a Lenin y a convertirnos en Corea del Norte”. Estupendo. Y que, además, si cambiamos Corea del Norte por Venezuela, casi da en el clavo.
Ante todo por el sentido leninista de la acción y de la organización, ambas subordinadas al objetivo de una conquista del poder donde la política se militariza. Sin concesión alguna a los procedimientos democráticos, que aun eliminándolos, la tradición estalinista reivindicará en su vocabulario. Recordemos “democracia popular”, antecedente verosímil de la “plebeya” de Iglesias. Sirvan de muestra los dos preborradores elaborados en julio por el “equipo de preparación” de la asamblea constituyente de Podemos y los estatutos para constituirse en partido político. Una democracia ejemplar, donde los dirigentes se lo dan todo hecho a los afiliados, con textos cerrados, que solo admiten rectificaciones mínimas. El primero determina el objetivo principal: alcanzar el Gobierno a corto plazo, pues “ahora es el momento”, aprovechando la “ventana de oportunidad” que proporcionan la crisis, la deslegitimación del régimen y de “la casta”, fundamentalmente de la pieza clave de integración en el régimen constitucional, el PSOE. Es preciso hacerse con los centros del poder político, actitud estrictamente leninista. Sin reformismo. Y a una concepción militar del conflicto político corresponde necesariamente una estructura orgánica adecuada a tal fin.
Atendiendo a Podemos, sus relaciones de poder están definidas de abajo arriba; por eso será —dice el anuncio— “la estructura organizativa más democrática, abierta y plural que ha conocido nuestro país”. El ciudadano en el país de las maravillas. Dicho en lenguaje tecnocrático, todo funcionará bottom-top,desde la base al vértice. Todos participarán en las decisiones de manera “abierta, respetuosa (sic) y directa”, en la elaboración de los programas, y sobre todo mediante la Asamblea Ciudadana Estatal. Solo que la Asamblea Ciudadana solo se reúne cada dos años y por su número de participantes —pensemos en unos cien mil— lo que surge es una radical asimetría entre el centro de poder ya constituido hoy y lo que propongan los miles de “ciudadanos”, presentes o por vía telemática. Más aún con el liderazgo indiscutible ejercido por Pablo Iglesias.
Los círculos como células base y la informática como cauce básico de comunicación responden al esquema de Beppe Grillo, no menos personalista y autoritario, en su dominación ejercida sobre el Movimiento 5 Estrellas. Hay, no obstante, diferencias: los círculos en 5 Estrellas surgieron espontáneamente en torno al blog del excómico; aquí emergen tras la candidatura de Iglesias, pero en su funcionamiento efectivo el grupo dirigente intervendrá desde el primer momento: deben “adaptar la línea política de Podemos” a su ámbito. Y en cuanto a posibles discrepancias y oposiciones, en 5 Estrellas la expulsión puede ser sometida a votación; en Podemos tropiezan con la Comisión de Derechos y Garantías, un tribunal heredado de los partidos comunistas. Le resulta asignada en los estatutos como partido una larga lista de causas de sanción y expulsión.
Es en la estructura de los órganos ejecutivos donde el supuesto bottom-top se convierte en top-down. El centralismo democrático, red mediante, deviene centralismo cibercrático (De Rosa). Los nombres son otros —Consejo Ciudadano, Consejo de Coordinación, Portavocía— pero en la práctica estamos ante la pirámide Comité Central-Comisión Ejecutiva (Politburó)-secretario general de un partido comunista clásico. Incluso reforzada. El poder de decisión real se encuentra únicamente en el portavoz (P.I.), designado por la asamblea por sufragio directo, con la colaboración del Consejo de Coordinación, elegido por el Consejo Ciudadano a propuesta del portavoz, además único capacitado para autorizar que el Consejo vote. Mejor el consenso. Ningún cabo queda suelto. El portavoz definirá de modo permanente “la línea política” a aplicar por los órganos inferiores. Los círculos, a lo suyo. En suma, quien tendrá el poder absoluto dentro de la organización será el portavoz (Pablo Iglesias), cuya destitución —para empezar la mitad más uno de quienes le votaron— es prácticamente imposible. A los redactores se les escapó siempre en el preborrador “línea política”, lógico.
Pablo Iglesias pone sus cartas sobre la mesa. Propone una “apertura democrática plebeya”, “un gobierno nuevo al servicio de la gente” frente a la oligarquía y al “orden de 1978”. Con timidez, apunta a “un sentido constituyente”, objetivo a encubrir por ahora, igual que la filiación chavista. Ofrece “un discurso de excepción para una situación de excepción”. Y a instaurar de inmediato. Conviene aquí volver al tuit citado. Nadie se ha inventado que Pablo Iglesias cante a la guillotina y al principio inspirado en Robespierre de eliminación del “opresor”. Cuando regresa a la actualidad el genocidio de los Jemeres Rojos, basado en esa idea y en el terror soviético, no bastan buenas palabras. Hace falta una autocrítica en toda regla para verse reconocido como demócrata.
(*) Antonio Elorza es catedrático de Ciencia Política.
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jueves, 1 de noviembre de 2012
DESCONCIERTO
EL PAÍS, Madrid, 01 de Noviembre de 2012
LA CUARTA PÁGINA
‘Delenda est Hispania’
Desde la Transición, los nacionalismos catalán y vasco tratan de maximizar sus ventajas de cara a superar el marco vigente del Estado de las Autonomías.Así, la aparición de un espíritu federal resulta imposible
Antonio Elorza
En su libro Los rostros del federalismo, Roberto Blanco Valdés pone el acento sobre un factor que ha incidido en el fracaso del Estado de las autonomías —al cual considera una federación— y que sin duda contribuiría a bloquear cualquier intento de reforma que llevase a una racionalización de aquel: “La existencia de partidos nacionalistas que reivindican sin tregua una reacomodación del modelo autonómico español, con la vista puesta en superarlo antes o después, caminando hacia el confederalismo, primero, y hacia la independencia con posterioridad”. La aparición de un espíritu federal, de un patriotismo vinculado a la supervivencia de la Federación, resulta en tales circunstancias imposible. Desde la Transición, los nacionalismos catalán y vasco, a pesar de la moderación exhibida hasta ayer por los primeros, no aceptaron de hecho un juego de suma cero; tratan de maximizar sus ventajas ante la aludida superación del marco vigente. Y hoy por hoy, lo que en principio podría contribuir a una estabilización de los conflictos territoriales, la apertura de un proceso de reforma constitucional, puede así derivar hacia una plataforma de reivindicaciones conjuntas desde Euskadi y desde Cataluña que den lugar a una aceleración de la fractura definitiva.
El telón de fondo es conocido, aun cuando haya un lógico temor a exhibir tal antecedente: el estallido de la URSS, modelo de federación mal consolidada donde el único factor efectivo de unión consistía en el poder dictatorial ejercido desde Moscú por el Partido Comunista. Al entrar en barrena la economía en la era Gorbachov y aflojarse las riendas del poder soviético, la reacción lógica consistió en poner en marcha un “¡sálvese quien pueda!” a efectos de no compartir los costes de la bancarrota financiera. En convergencia con lo anterior, emergieron las reivindicaciones de las nacionalidades sometidas al federalismo forzoso de la URSS, con el añadido de las listas de agravios por las represiones estalinianas, particularmente intensas en las regiones bálticas, en Ucrania y en el Cáucaso. El Estado se mostró incapaz de elaborar un programa de reestructuración federal —la perestroika no contemplaba este aspecto de la crisis, y tampoco existían recursos para abordarla, ni siquiera en la vertiente represiva—. La URSS se desplomó en espera de que Putin procediera a aglutinar desde un autoritarismo neoestaliniano las piezas fragmentadas que aún quedaron dentro de la Federación Rusa.
En el caso español faltan, evidentemente, elementos de erosión presentes en la URSS. No hay nada parecido a la guerra de Afganistán, y la represión política y cultural de las nacionalidades es cosa del pasado franquista. A pesar de ello sigue siendo utilizada a fondo para configurar una memoria histórica maniquea, en la cual las tropelías franquistas se convierten en opresión causada por España o los españoles, vistos siempre como algo ajeno y perjudicial. Del franquismo emerge asimismo una imagen gratificante, de manera que cualquier reivindicación nacionalista es de suyo democrática y la oposición a la misma, signo de centralismo, de incomprensión, cuando no de persistencia de una mentalidad franquista. Es una forma de abordar con ventaja cualquier debate, como se está viendo actualmente en Cataluña, sin que tenga que entrar en juego la siempre incómoda facultad de pensar. Y por encima de todo, la situación de las naciones periféricas hoy dista de ser comparable a la del ocaso del imperio soviético, ya que disfrutan, en especial Euskadi, de un amplio autogobierno en el marco de una España democrática. Claro que también a este argumento se le puede dar la vuelta, declarando que todo fue alcanzado por la lucha de las nacionalidades. Entretanto, los cambios generacionales, con la autonomía creciente de la cultura y la normalización lingüística, especialmente en Cataluña, apuntaban a la situación presente.
La evolución de las cosas se asemeja al funcionamiento de un motor mal ajustado
La evolución de las cosas se asemeja al funcionamiento de un motor mal ajustado que, cuando opera a gran velocidad, intensifica las posibilidades de avería y, al perder marcha por efecto de la crisis económica, se detiene irremisiblemente. En los prolongados tiempos de bonanza, las exigencias nacionalistas fueron atendidas una tras otra —la ocurrencia de Maragall y Zapatero de reformar el Estatut responde a esa tendencia—, dado que existían en apariencia recursos ilimitados para montar un Estado sobre otro. Todo era aceptable, incluso absurdos tales como la penalización de quienes rotulasen sus comercios solo en castellano, anticipando una separación simbólica. Los elementos de Estado que menciona Mas, como las representaciones exteriores de la Generalitat, son un buen ejemplo. Al cambiar dramáticamente la coyuntura, acabaron las concesiones y surgió el malestar social, coincidiendo en Cataluña con el fiasco de la aprobación y recorte del nuevo Estatut. El Concierto Económico aminoraba los daños económicos para Euskadi y Navarra. A falta de ese colchón, quedaban reunidos todos los elementos para una dinámica centrífuga.
Ahora bien, resulta evidente que la crisis del Estado-nación español hunde sus raíces en la historia, y por supuesto en la mitificación convertida en relato histórico. En este punto, tenemos un denominador común: los estrangulamientos que el atraso económico de la España decimonónica provoca en todos los componentes de la vida social y política, desde la formación del mercado nacional y una escuela ruinosa al sistema político asentado sobre el caciquismo y la corrupción, por no hablar del militarismo. No era un problema metafísico, sino bien concreto: fallaban los mecanismos de nacionalización, los recursos para integrar regiones y formar ciudadanos, sobre el patrón francés. Resulta inexcusable aquí la cita del payés de la Cataluña francesa que explica al filólogo catalanista por qué allí no hay nacionalismo: el Estado francés, desde la escuela a los hospitales, satisface las necesidades de sus catalanes; en territorio español, ante un Estado ineficaz, pueden ser catalanistas. En la crisis del 98 España fue vista ya como “un país moribundo”. Los nacionalismos periféricos emprendieron su marcha y el medio siglo de modernización económica a partir de 1960 llegó tarde, gracias también al franquismo, para invertir las tendencias centrífugas.
Ahora más próximas, las trayectorias de los nacionalismos catalán y vasco han sido diferentes. En el caso vasco, se trató de una respuesta de las élites autóctonas a las transformaciones de poder resultado de la industrialización, después de una prolongada agonía del antiguo régimen. El nacionalismo tuvo desde el comienzo una elevada carga de violencia antiespañola que el pragmatismo ulterior del PNV no hizo desaparecer. Fue un nacionalismo biológico, sobre la base del antecedente foral, leído como independencia. ETA y la prolongada pasividad —y transitoria alianza— del PNV con el grupo terrorista coincidieron en fomentar la paralización de la conciencia democrática y la hegemonía de una mentalidad de separación, aún vigente. Solo el Concierto Económico, con sus espectaculares ventajas, traza la divisoria entre las dos ramas del nacionalismo sabiniano.
Distanciamiento, alienación política y crisis económica, configuran el actual conflicto
En el caso catalán, más que de una conciencia de revancha por 1714, buena coartada, estamos ante la historia de un desajuste secular, siendo una región avanzada en los planos económico y cultural, que nunca encontró correspondencia en el resto de España, salvo a la hora de defender o imponer sus intereses económicos. A diferencia del eje Piamonte-Lombardía, Cataluña no hizo España; se adaptó a los requerimientos de su atraso. Las organizaciones políticas, culturales, obreras de Cataluña, aunque de nombre fuesen nacionales españolas, acabaron restringiendo su acción a ella o experimentando una clara frustración: ejemplo, el PSUC. Distanciamiento cultural, integración de los emigrantes, alienación política, crisis económica, han configurado la crisis actual, administrada eso sí desde un decisionismo que es más reflejo de pasadas carencias que presagio de democracia, con o sin independencia.
En suma, la reconducción es difícil. El Concierto retiene a Euskadi, pero justamente la desigualdad que provoca al escorar en su favor el cálculo del cupo, bloquea lo que sería un primer paso, la racionalización del Estado autonómico en el plano fiscal. No es la coincidencia de las presiones independentistas el principal problema, sino la extrema dificultad de reformar un Estado-nación sumido en la crisis.
Ilustración: Eva Vásquez
LA CUARTA PÁGINA
‘Delenda est Hispania’
Desde la Transición, los nacionalismos catalán y vasco tratan de maximizar sus ventajas de cara a superar el marco vigente del Estado de las Autonomías.Así, la aparición de un espíritu federal resulta imposible
Antonio Elorza
En su libro Los rostros del federalismo, Roberto Blanco Valdés pone el acento sobre un factor que ha incidido en el fracaso del Estado de las autonomías —al cual considera una federación— y que sin duda contribuiría a bloquear cualquier intento de reforma que llevase a una racionalización de aquel: “La existencia de partidos nacionalistas que reivindican sin tregua una reacomodación del modelo autonómico español, con la vista puesta en superarlo antes o después, caminando hacia el confederalismo, primero, y hacia la independencia con posterioridad”. La aparición de un espíritu federal, de un patriotismo vinculado a la supervivencia de la Federación, resulta en tales circunstancias imposible. Desde la Transición, los nacionalismos catalán y vasco, a pesar de la moderación exhibida hasta ayer por los primeros, no aceptaron de hecho un juego de suma cero; tratan de maximizar sus ventajas ante la aludida superación del marco vigente. Y hoy por hoy, lo que en principio podría contribuir a una estabilización de los conflictos territoriales, la apertura de un proceso de reforma constitucional, puede así derivar hacia una plataforma de reivindicaciones conjuntas desde Euskadi y desde Cataluña que den lugar a una aceleración de la fractura definitiva.
El telón de fondo es conocido, aun cuando haya un lógico temor a exhibir tal antecedente: el estallido de la URSS, modelo de federación mal consolidada donde el único factor efectivo de unión consistía en el poder dictatorial ejercido desde Moscú por el Partido Comunista. Al entrar en barrena la economía en la era Gorbachov y aflojarse las riendas del poder soviético, la reacción lógica consistió en poner en marcha un “¡sálvese quien pueda!” a efectos de no compartir los costes de la bancarrota financiera. En convergencia con lo anterior, emergieron las reivindicaciones de las nacionalidades sometidas al federalismo forzoso de la URSS, con el añadido de las listas de agravios por las represiones estalinianas, particularmente intensas en las regiones bálticas, en Ucrania y en el Cáucaso. El Estado se mostró incapaz de elaborar un programa de reestructuración federal —la perestroika no contemplaba este aspecto de la crisis, y tampoco existían recursos para abordarla, ni siquiera en la vertiente represiva—. La URSS se desplomó en espera de que Putin procediera a aglutinar desde un autoritarismo neoestaliniano las piezas fragmentadas que aún quedaron dentro de la Federación Rusa.
En el caso español faltan, evidentemente, elementos de erosión presentes en la URSS. No hay nada parecido a la guerra de Afganistán, y la represión política y cultural de las nacionalidades es cosa del pasado franquista. A pesar de ello sigue siendo utilizada a fondo para configurar una memoria histórica maniquea, en la cual las tropelías franquistas se convierten en opresión causada por España o los españoles, vistos siempre como algo ajeno y perjudicial. Del franquismo emerge asimismo una imagen gratificante, de manera que cualquier reivindicación nacionalista es de suyo democrática y la oposición a la misma, signo de centralismo, de incomprensión, cuando no de persistencia de una mentalidad franquista. Es una forma de abordar con ventaja cualquier debate, como se está viendo actualmente en Cataluña, sin que tenga que entrar en juego la siempre incómoda facultad de pensar. Y por encima de todo, la situación de las naciones periféricas hoy dista de ser comparable a la del ocaso del imperio soviético, ya que disfrutan, en especial Euskadi, de un amplio autogobierno en el marco de una España democrática. Claro que también a este argumento se le puede dar la vuelta, declarando que todo fue alcanzado por la lucha de las nacionalidades. Entretanto, los cambios generacionales, con la autonomía creciente de la cultura y la normalización lingüística, especialmente en Cataluña, apuntaban a la situación presente.
La evolución de las cosas se asemeja al funcionamiento de un motor mal ajustado
La evolución de las cosas se asemeja al funcionamiento de un motor mal ajustado que, cuando opera a gran velocidad, intensifica las posibilidades de avería y, al perder marcha por efecto de la crisis económica, se detiene irremisiblemente. En los prolongados tiempos de bonanza, las exigencias nacionalistas fueron atendidas una tras otra —la ocurrencia de Maragall y Zapatero de reformar el Estatut responde a esa tendencia—, dado que existían en apariencia recursos ilimitados para montar un Estado sobre otro. Todo era aceptable, incluso absurdos tales como la penalización de quienes rotulasen sus comercios solo en castellano, anticipando una separación simbólica. Los elementos de Estado que menciona Mas, como las representaciones exteriores de la Generalitat, son un buen ejemplo. Al cambiar dramáticamente la coyuntura, acabaron las concesiones y surgió el malestar social, coincidiendo en Cataluña con el fiasco de la aprobación y recorte del nuevo Estatut. El Concierto Económico aminoraba los daños económicos para Euskadi y Navarra. A falta de ese colchón, quedaban reunidos todos los elementos para una dinámica centrífuga.
Ahora bien, resulta evidente que la crisis del Estado-nación español hunde sus raíces en la historia, y por supuesto en la mitificación convertida en relato histórico. En este punto, tenemos un denominador común: los estrangulamientos que el atraso económico de la España decimonónica provoca en todos los componentes de la vida social y política, desde la formación del mercado nacional y una escuela ruinosa al sistema político asentado sobre el caciquismo y la corrupción, por no hablar del militarismo. No era un problema metafísico, sino bien concreto: fallaban los mecanismos de nacionalización, los recursos para integrar regiones y formar ciudadanos, sobre el patrón francés. Resulta inexcusable aquí la cita del payés de la Cataluña francesa que explica al filólogo catalanista por qué allí no hay nacionalismo: el Estado francés, desde la escuela a los hospitales, satisface las necesidades de sus catalanes; en territorio español, ante un Estado ineficaz, pueden ser catalanistas. En la crisis del 98 España fue vista ya como “un país moribundo”. Los nacionalismos periféricos emprendieron su marcha y el medio siglo de modernización económica a partir de 1960 llegó tarde, gracias también al franquismo, para invertir las tendencias centrífugas.
Ahora más próximas, las trayectorias de los nacionalismos catalán y vasco han sido diferentes. En el caso vasco, se trató de una respuesta de las élites autóctonas a las transformaciones de poder resultado de la industrialización, después de una prolongada agonía del antiguo régimen. El nacionalismo tuvo desde el comienzo una elevada carga de violencia antiespañola que el pragmatismo ulterior del PNV no hizo desaparecer. Fue un nacionalismo biológico, sobre la base del antecedente foral, leído como independencia. ETA y la prolongada pasividad —y transitoria alianza— del PNV con el grupo terrorista coincidieron en fomentar la paralización de la conciencia democrática y la hegemonía de una mentalidad de separación, aún vigente. Solo el Concierto Económico, con sus espectaculares ventajas, traza la divisoria entre las dos ramas del nacionalismo sabiniano.
Distanciamiento, alienación política y crisis económica, configuran el actual conflicto
En el caso catalán, más que de una conciencia de revancha por 1714, buena coartada, estamos ante la historia de un desajuste secular, siendo una región avanzada en los planos económico y cultural, que nunca encontró correspondencia en el resto de España, salvo a la hora de defender o imponer sus intereses económicos. A diferencia del eje Piamonte-Lombardía, Cataluña no hizo España; se adaptó a los requerimientos de su atraso. Las organizaciones políticas, culturales, obreras de Cataluña, aunque de nombre fuesen nacionales españolas, acabaron restringiendo su acción a ella o experimentando una clara frustración: ejemplo, el PSUC. Distanciamiento cultural, integración de los emigrantes, alienación política, crisis económica, han configurado la crisis actual, administrada eso sí desde un decisionismo que es más reflejo de pasadas carencias que presagio de democracia, con o sin independencia.
En suma, la reconducción es difícil. El Concierto retiene a Euskadi, pero justamente la desigualdad que provoca al escorar en su favor el cálculo del cupo, bloquea lo que sería un primer paso, la racionalización del Estado autonómico en el plano fiscal. No es la coincidencia de las presiones independentistas el principal problema, sino la extrema dificultad de reformar un Estado-nación sumido en la crisis.
Ilustración: Eva Vásquez
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