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lunes, 14 de mayo de 2018

ENTRE UNO Y OTRO PATIO

EL PAÍS, Madrid, 11 de mayo de 2018
 TRIBUNA
El 68 visto a los 70
Fernando Savater

“Mujeres y hombres que no están comprometidos con 
ningún bando, con nada salvo con tratar de vivir, han 
quitado adoquines y arado la tierra de abajo. Cultivan 
debajo de cambiantes ruinas combatiendo cosas infernales 
y sueños salvajes. Han construido escuelas en 
salitas de estar para sus críos, en pueblecillos de 
una o dos calles. Han mantenido las barricadas”.
China Miéville, Los últimos días de Nueva París


El 31 de diciembre de 1967, en su discurso de fin de año, el general De Gaulle auguró: “Saludo con serenidad este año 1968”. Pero esa serenidad fue difícil de mantener, la verdad. El año vino cargado con una sobredosis de acontecimientos casi mágicos, aunque algunos de magia blanca —ilusionismo, más bien— y otros de magia negra. La guerra de Vietnam alcanzó el máximo registrado de bajas norteamericanas; fueron asesinados Martin Luther King y Robert Kennedy; el Apolo 8 fue la primera misión tripulada en salir de la órbita terrestre y llegar hasta la órbita lunar (se vio por primera vez el lado oculto de la Luna); en Praga se disfrutó de una primavera política que los tanques rusos agostaron brutalmente luego; Guinea se independiza de España...

A escala más personal, me acuerdo del triunfo de Massiel en Eurovisión tras la polémica sobre si La, la, la era catalán o castellano; los primeros crímenes de ETA; la inauguración en San Sebastián de la librería Lagun que tan importante habría de ser en mi vida, y, también en mi ciudad, la aparición de grandes estandartes con cruces gamadas en la Avenida (entonces “de España” y luego “de la Libertad”, que en el País Vasco significan lo mismo) porque rodaban La batalla de Inglaterra y Donosti fue por un rato Berlín bajo los bombardeos aliados... Lo más mágico en mi memoria, el triunfo contra todo pronóstico lógico de Tebas en el Gran Premio de Madrid, llevando veinte kilos más de los que le correspondían oficialmente para que pudiese montarle su propietario y entrenador, el incomparable duque de Alburquerque.

Pero indudablemente mencionar el año 68 significa para la mayoría el mes de mayo, la ciudad de París y los estudiantes sublevados. Aunque la verdad es que hubo revueltas estudiantiles también el resto de los meses, en California y en Tokio, en Alemania o España tanto como en Italia, Polonia y México. Los rebeldes se enfrentaron a situaciones políticas muy distintas, democráticas o dictatoriales, corriendo también riesgos nada comparables: contusiones en París y Roma, condenas a años de cárcel en Madrid o Varsovia, tiroteos asesinos en Tlatelolco...

Abundan las crónicas que ofrecen una panorámica global del año famoso (una muy completa es la de Ramón González Férriz, editada por Debate). Se ha dicho hasta el hartazgo, con arrobo utópico o con malicia escéptica, que su pretensión era cambiar el mundo, algo excesivamente ambicioso para unos muchachos o quizá superfluo, porque el mundo cambia constantemente aunque no siempre para bien. Los que concluyen que no cambió nada y los que sostienen que ya nada fue igual deberían recordar la sabia respuesta del primer ministro chino Chu En-lai cuando le preguntaron si en su opinión la Revolución Francesa había tenido consecuencias positivas: “Aún es pronto para decirlo”.

A mí me parece que las agitaciones del 68 no transformaron el mundo sino que fueron el síntoma indudable de que el mundo ya había cambiado. Más que revolucionarlo todo, sirvieron para desatascar lo rígido y autoritario que frenaba una mutación social, tecnológica y económica de escala casi planetaria. Sin duda tuvieron mucho de ideología convencional pero también un toque nuevo, característico, que iba más allá de la consabida problemática de la izquierda contra la derecha. El campo de batalla que inauguró el 68 (al menos en los países como Francia, que ya disfrutaban de democracia) fue la transformación de la vida cotidiana. Lo que se exigía no era un cambio en el Gobierno sino un cambio en la forma de vivir, en el trabajo, en el sexo, en la enseñanza, en la diversión... Eso se ve sobre todo en las pintadas en las paredes del Barrio Latino, los célebres grafitis. Algunos se han repetido tanto que ya resultan empalagosos, como pasa con coplas y refranes anónimos de la inventiva popular, pero apuntan a cuestiones que los revolucionarios convencionales descuidan: no a la toma del Palacio de Invierno, sino a la ventilación del dormitorio, el despacho y el aula en que transcurre la mayor parte de nuestra vida. “Prohibido prohibir”, “Amaos los unos sobre los otros”, “Bajo los adoquines está la playa”... pero no “Abajo el capitalismo” o “Viva la guillotina”. En esos lemas aparece el desterrado de las grandes revoluciones y de sus adversarios, tipo Raymond Aron: el humor, a veces sutil y otras meramente chusco. Nadie carente de humor debería hoy escribir ni a favor ni en contra de Mayo...

Por eso las referencias bibliográficas más ilustrativas sobre ese movimiento (que no conocían más que una minoría) no son los textos revolucionarios canónicos, sino obras marginales como los escritos sobre la vida cotidiana de Henri Lefebvre o Eros y civilización de Herbert Marcuse. En este último libro, a mi juicio el más interesante de su autor, influyó decisivamente un clásico de finales del siglo XVIII que yo recomendaría a quienes quieran ir más allá de los tópicos: Cartas sobre la educación estética de la humanidad, de Friedrich Schiller (hay nueva y excelente traducción de Eduardo Gil Bera en Acantilado). Ahí podemos aprender que “la fórmula victoriosa se halla a la misma distancia de la uniformidad que de la confusión” y que “el hombre sólo juega cuando es humano en la acepción plena del término y sólo es plenamente humano cuando juega”.

Para quienes adquirimos nuestra conciencia política individualista, hedonista y lúdica (también ingenua) en aquellos días, la mejor noticia fue que se podía ser progresista sin carnet del partido comunista o similares. Hoy veo que la ventaja que tenemos quienes nunca fuimos comunistas es que no necesitamos ahora perder energías en aspavientos derechistas para probar que ya no lo somos. Por cierto, algunos tratan de ridiculizar el progresismo diciendo que busca el paraíso en la tierra. Eso sí que es una ridiculez: el progresista sabe que nacemos rodeados de males y que moriremos rodeados de males también, pero aspira a que los males del final no sean los mismos o peores que los del principio.

Cuando se pregunta “¿qué queda del 68?” sólo se me ocurre responder que quedamos algunos, muchos menos ya desde luego que quienes lo invocan o lo maldicen. Y en cada uno de nosotros tuvo efectos distintos: tampoco la Virgen hace siempre milagros y cura a todos los que van a Lourdes. De los votos pintados en los muros de París aquel Mayo lejano, mi preferido (después del encomiable y poco respetuoso “Sartre, sé breve”) es este: “No quiero morir idiota”. Yo estoy casi a punto de conseguirlo, pero compruebo con pena que muchos de mi edad y sobre todo más jóvenes han dejado prematuramente de intentarlo.

Fotografías:
Imagen del 14 de mayo de 1968, ya en plena crisis de las aulas, los estudiantes ocupan el gran patio de la Universidad de La Sorbona junto a la estatua de Pasteur. Bruno Barbey Magnum Photos // Patio de La Sorbona, 2018 El gran patio de la Universidad de La Sorbona junto a la estatua de Pasteur, en la actualidad. Este lugar fue ocupado por los estudiantes en Mayo del 68. Bruno Barbey Magnum Photos.
Ilustración: Eva Vázquez.
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2018/05/08/opinion/1525796352_218838.html

viernes, 29 de diciembre de 2017

DESTEJERARSE

EL PAÍS, Madrid, 12 de diciembre de 2017
TRIBUNA
¿Es urgente reformar la Constitución?
Adela Cortina
 
El año próximo cumplirá 40 años la actual Constitución española, la novena en la historia de nuestro país, que nació para establecer un nuevo marco legal y de convivencia que sustituyera al que estuvo vigente durante los años del franquismo. Su fecundidad durante este tiempo ha sido difícilmente cuestionable, pero en los últimos días numerosas voces insisten en la necesidad de reformarla, porque lo consideran necesario para resolver problemas graves de nuestro país. En las páginas de este mismo diario se ha apuntado a menudo que España padece una triple crisis, socioeconómica, política y territorial, y que una reforma constitucional podría venir a paliarla.

Sin embargo, comentando estos asuntos con algunos amigos nos preguntábamos si esto es así, si la reforma de la Constitución es prioritaria, o más valdría empezar por los problemas urgentes e importantes que pueden resolverse con los mimbres con los que ya contamos, no sea cosa que el bosque de la reforma posible oculte los árboles de las cuestiones más acuciantes. No sea cosa que olvidemos lo prioritario.

En efecto, según el CIS, la principal preocupación de los españoles, con toda razón, es el desempleo, muy sensible en todos los grupos de edad, pero especialmente en ese 40% de jóvenes que nunca han tenido un trabajo ni se les presentan perspectivas de tenerlo a corto plazo. El Informe FOESSA de 2017 denuncia que el 70% de los hogares no ha percibido los efectos de la recuperación económica, se han precarizado las condiciones de vida de los españoles, nos hemos resignado a la precariedad y a la cronicidad de la pobreza. Continuando con la enumeración, España no cumple sus compromisos de acoger a refugiados e inmigrantes, el maltrato a las mujeres no disminuye, al fondo de pensiones le queda dinero para una sola paga más, la financiación autonómica es enigmática, arbitraria e injusta, la corrupción sigue siendo una lacra de la vida política y la evidencia de que buena parte de los políticos busca el interés particular destruye la confianza y la credibilidad en ellos y en las instituciones.

Para resolver estos problemas prioritarios no es necesario reformar leyes fundamentales, sino algo obvio: intentar encarnar en la vida compartida los valores de la Constitución vigente, que incluyen la libertad, la solidaridad y la igualdad en un país configurado no solo como un Estado de derecho, sino también como un Estado social y democrático de derecho, es decir, como una democracia liberal-social.

Precisamente esos valores nos permitieron, después de los años del franquismo, poder asumir como país algo tan necesario como una identidad, inspirada en este caso en lo que se ha llamado “patriotismo constitucional”. Un término, acuñado por Sternberger, que fue difundido por Habermas cuando Alemania intentaba darse una peculiar identidad, que no podía construirse apelando a la narración nacionalista del Tercer Reich, pero sí recurriendo a la ilusionante narrativa del triunfo del Estado de derecho y de una cultura liberal.

Una identidad de este tipo no se construye partiendo de la nada, claro está, porque toda identidad política supone unas raíces, una historia compartida o varias historias compartidas y entrelazadas. Pero sí que transforma esas historias en algo nuevo al adherirse a los valores universalistas de la Constitución. Como es obvio, esta era también una excelente opción para una España que contaba con historias, narrativas y símbolos compartidos, y optaba por los valores universalistas de una Constitución democrática. Diferentes tendencias sociales y políticas podían confluir en esa identidad nueva.

Sin duda, el patriotismo constitucional tiene límites, entre ellos —según dicen algunos autores—, que incurre en abstinencia emocional, que no suscita las adhesiones emotivas requeridas por cualquier forma de patriotismo. Lo cual sería una deficiencia, de ser cierto, porque la dimensión afectiva, la experiencia emocional de un vínculo colectivo, es esencial. Sin una motivación moral, que impulse la adhesión al modelo político, la democracia no funciona adecuadamente. Por eso en los últimos tiempos se insiste en la necesidad de articular razón y emociones en la vida política, como apuntaba Marcus en The Sentimental Citizen (2002), recordaba Nussbaum en Emociones políticas (2013) y, más recientemente, Ignacio Morgado en Emociones corrosivas (2017). Si una sociedad democrática no trata de crear adhesiones también emocionales hacia sus principios, no es extraño que propuestas totalitarias o autoritarias, fuertemente emotivas, erosionen e incluso destruyan la democracia.

No es fácil superar este obstáculo, pero para lograrlo podría servir una distinción, que se ha hecho en el mundo de las motivaciones cívicas, entre un compromiso primario y un compromiso derivado con la comunidad política. El compromiso primario es el que el ciudadano contrae directamente con la comunidad porque es la suya, ocurra en ella lo que ocurra. Es el compromiso propio del patriota nacionalista. Tiene la ventaja de asegurar la lealtad de quienes lo sienten así, pero también el inconveniente de ser acrítico con las malas actuaciones de la propia comunidad.

El compromiso derivado, por su parte, es el que el ciudadano contrae con su comunidad política, con su Estado, sobre todo porque le parece un instrumento eficaz para realizar valores y principios universales que él aprecia de forma primaria. En este caso, el ciudadano se siente perteneciente a su Estado, pero se identifica primariamente con los valores y principios éticos que el Estado puede ayudar a encarnar, y se adhiere a él de forma derivada. Lo mismo sucede en el caso de comunidades políticas supranacionales, como la Unión Europea, que generarían entonces un compromiso derivado.

Naturalmente, constatar que los valores de ese patriotismo constitucional no se encarnan en la vida diaria, que no se resuelven problemas prioritarios como los que mencionamos anteriormente, provoca una crisis socioeconómica y política y genera desafección. Y se puede reformar la Constitución, por supuesto, porque no hay ninguna ley que sea intocable, ni siquiera la fundamental, pero no es eso lo que llevará a superar la crisis.

En cuanto al problema territorial, lo urgente y lo importante es revisar el sistema de financiación para que cualquier ciudadano se sepa y sienta igualmente tratado en cualquier lugar de España. Al fin y al cabo, la igual dignidad de las personas y el trato igual constituyen la divisa progresista de la Ilustración.
(*) Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y directora de la Fundación ÉTNOR.

Ilustración: Eva Vázquez para un texto de Manuel Fraijó sobre el diálogo :https://elpais.com/elpais/2016/09/05/opinion/1473077159_395461.html
Fuente:

EL PAÍS, Madrid, 25 de diciembre de 2017
TRIBUNA
La Corona y la Constitución
El discurso de Felipe VI en la noche del 3 de octubre tuvo una gran importancia en la crisis catalana. Se trató de una intervención nada inoportuna y justificada por el papel que la Ley Fundamental otorga al Jefe del Estado
Javier García Fernández

Durante la crisis secesionista catalana, el Rey tuvo una relevante actuación expresada en su mensaje del 3 de octubre que fue considerado como una declaración de guerra por los independentistas, los comunes y Podemos. Más sorprendente es que algún trabajo académico, tras criticar la intervención regia, lamentase que el Rey no hablara de los contusionados por las cargas policiales. No hace falta ser constitucionalista para entender la crisis política que conocería la Monarquía parlamentaria si su titular criticara implícitamente a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad dirigidas por el ministro del Interior. Las críticas independentistas y de sus aliados incitan a analizar jurídicamente el mensaje del Rey, máxime cuando es la primera vez que el nuevo Monarca tiene que afrontar una crisis constitucional.

Antes de examinar el alcance jurídico del mensaje regio conviene aludir a la problemática constitucional de los mensajes de los jefes de Estado y, más particularmente, al mensaje del rey Juan Carlos en la noche del 23-F. El tema de los mensajes de los jefes de Estado ha dado lugar a una abundante bibliografía en el siglo XX. Aunque en las repúblicas no se pone en cuestión la potestad de dirigir mensajes al Parlamento o a los ciudadanos, los mensajes regios en las monarquías parlamentarias son vistos con cierto recelo salvo en situaciones muy asentadas en la opinión pública —los mensajes navideños— o en actos protocolarios y siempre con el refrendo presunto del Gobierno. En general, los mensajes regios, por tener los reyes una legitimación tradicional y no democrática, solo parecen justificados en situaciones políticas excepcionales.

Por eso tuvo interpretaciones variadas el discurso del rey Juan Carlos en la noche del golpe de Estado de 1981. Sin entrar en el anclaje constitucional que los juristas buscaron para este discurso, conviene resaltar que, a diferencia del discurso del rey Felipe, el del anterior Rey se produjo ex post a la actuación que él mismo realizó para cortar el golpe de Estado. Por eso afirmó que había cursado a los capitanes generales la orden que leyó a continuación.

Fue un discurso de gran importancia política, pero meramente informativo porque la actuación jurídica del Monarca se había producido con anterioridad, al cursar, como titular de un órgano constitucional que no estaba secuestrado, la orden que leyó. Lo contrario que el mensaje de Felipe VI que fue emitido cuando no había vacío de poder.

¿Qué encaje constitucional tiene el mensaje de Felipe VI? En primer lugar, era un mensaje ex ante porque no informó de ninguna actuación jurídica ya producida, como hizo el anterior Rey en 1981. Constatada esta diferencia, veamos cómo encaja esa actuación en la Constitución. En primer lugar, recordemos una potestad que se ha invocado con frecuencia tras el mensaje (y que también se invocó en 1981). Se ha dicho que el mensaje regio tenía su justificación en la expresión “arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones” que contiene el artículo 56.1 de la Constitución, pero hay dos razones que obligan a acercarse con reservas a esta función genérica.

En primer lugar, es una expresión originada en la teoría política de Constant que ninguna Constitución española del siglo XIX contenía y que fue “repescada” por Santamaría de Paredes para acrecentar las potestades del rey en la Restauración. Que apareciera en la Constitución de 1978 es todo un anacronismo y obliga a ver en esta función una actuación informal, por medio de la influencia (Manuel Aragón Reyes: Textos Básicos de Derecho Constitucional, II, Madrid, 2001, página 32). En segundo lugar, aun cuando consideráramos que la función arbitral y moderadora es una función con un contenido preciso que habilitaría la actuación del Monarca, el método lingüístico nos dice que con su mensaje Felipe IV no pretendía arbitrar entre dos partes ni tampoco moderar el funcionamiento regular de las instituciones, expresión esta última que empleó precisamente como atribución de los legítimos poderes del Estado, en su conjunto.

Pero el hecho de que el mensaje no tuviera cobertura en la vaporosa función arbitral y moderadora no quiere decir que no tuviera encaje constitucional. A mi modo de ver, el discurso del Rey en la crisis catalana trae causa, en primer lugar, del juramento de guardar y hacer guardar la Constitución que el artículo 61.1 de la Constitución obliga a formular al Rey al ser proclamado ante las Cortes.

Ese mandato, que ni siquiera es una función o una facultad, posee suficiente densidad jurídica para que el Rey, excepcionalmente, se dirija a la opinión pública a advertir y a dar su opinión, dos de las funciones que Bagehot atribuía a los monarcas constitucionales. En segundo lugar, el Rey intervino en condición de símbolo de la unidad del Estado, como proclama el artículo 57.1 de la Constitución.

Si desde un punto de vista teleológico el discurso regio respondía a las previsiones constitucionales hay que ver si su contenido material también respondía a parámetros constitucionales, a fortiori cuando hay constitucionalistas que creen que el Rey carece de libertad de expresión.

Primeramente, el discurso describía muy negativamente la situación en Cataluña y lo hizo con una claridad que ninguna autoridad estatal había empleado hasta entonces. En segundo lugar, el Rey instó a los poderes del Estado a asegurar el orden constitucional y el normal funcionamiento de las instituciones para acabar tranquilizando a los ciudadanos y subrayando el compromiso de la Corona con la Constitución y la democracia. No parece que en el mensaje hubiera proposiciones de contenido inconstitucional.

En 1981 no se hubiera entendido que el Rey no diera órdenes a los mandos militares y en 2017 no se hubiera entendido el silencio del Monarca que quizá se habría interpretado como complicidad con los separatistas o como expresión de desidia o temor ante el problema.

El discurso, quizá exorbitante en una situación de regularidad institucional, no parece inoportuno en una crisis constitucional de esa importancia. Teleológicamente estaba justificado y su contenido material, con el refrendo presunto del Gobierno, era lo propio de quien simboliza la unidad del Estado y tiene que guardar y hacer guardar la Constitución.

(*) Javier García Fernández es catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Complutense de Madrid.

Ilustración: Eva Vázquez: http://evavazquezblog.blogspot.com/2014/03/
Fuente:

sábado, 30 de septiembre de 2017

CAZA DE CITAS

"Esta segunda especie de instigación a delinquir es considerada por algunos tratadistas como peligrosa, por la circunstancia de que puede dar lugar a que gobernantes susceptibles sancionen con severidad la simple crítica o también la burla que se haga de una o más disposiciones legales, con el pretexto de que con esa crítica o esa burla se desprecia la ley, se pone en peligro la tranquilidad pública, olvidando interesadamente que el más enconado juicio que se formule acerca de una determinada norma de derecho positivo, dista mucho de una exhortación a la desobediencia de la misma"

Andrés Grisanti Franceschi

(Sobre los delitos de instigación a delinquir, odio y apología del delito, en:  Hernando Grisanti Aveledo / Andrés Grisanti Franceschi, "Manual de Derecho Penal", Mobil Libros, Caracas, 1988: 987, nota 3)

Ilustración: Eva Vázquez para un artículo de Báltazar Garzón sobre la cuestión catalana (El País, Madrid,26/09/2017).

jueves, 29 de diciembre de 2016

EBRIEDADES

EL PAÍS, Madrid, 01 de diciembre de 2016 (SIC)
 TRIBUNA
¿Qué es el populismo?
Bernard-Henri Lévy

Según el populismo (primer teorema), el pueblo sabe lo que quiere. Y, cuando quiere algo (segundo teorema), siempre tiene razón. Falta (postulado) que realmente sea él quien lo quiere. Falta también (corolario) que nada obstaculice esa legítima pretensión.
En otros términos, el populismo dice al mismo tiempo: confianza ilimitada en los recursos y en la capacidad del pueblo, y desconfianza hacia todo aquello que podría interpretar, desvirtuar, diferir la justa expresión de ese pueblo que, librado a sí mismo, libre de obstáculos, tiene buen criterio por naturaleza.
¿Interpretar? Los intelectuales, las élites. Y por eso el populismo es siempre un antintelectualismo, una reacción contra las élites.
¿Desvirtuar? La maledicencia. La hipocresía política. Y por eso, de Tsipras a Le Pen, de Trump a Mélenchon, el populismo siempre recurre al lenguaje vivo contra el lenguaje vacío, al lenguaje crudo, truculento, contra la lengua supuestamente muerta, constreñida por los tabúes, de lo políticamente correcto.
¿Diferir? Las leyes. El derecho. Las instituciones. La razón en el puesto de mando. La política. Todos esos ornamentos, esos suplementos redundantes e inútiles, esas formas vacías, cuyo único efecto será siempre, dicen y repiten los populistas, ahondar un poco más en la diferencia, un filósofo del siglo XX habría dicho la différance o, simplemente, la distancia entre el pueblo y sí mismo, entre su sana y santa voluntad y su expresión desvirtuada.
Hay políticos buenos y malos, dicen.
El populista será implacable a la hora de fabricar alteridad y de generar enemigos
Están los que actúan de común acuerdo con el mundo del vacío y los que han sabido desvincularse de él.
Y lo propio de quien ha sabido hacer tal cosa es haber conjurado esa enfermedad que lo distancia del cuerpo social; es estar en contacto directo con los rencores, y también las esperanzas, de lo que los romanos llamaban, no el populus, sino la turba; es estar en contacto directo, también, con las fluctuaciones de esa turba tal y como se expresan, día tras día, a través de la enfermedad de los sondeos.
Ah, los sondeos...
Cuando aparecieron los sondeos, algunos dijeron: un instrumento más en manos de los poderosos que van a escudriñarnos, a evaluarnos, a manipularnos.
Pero los más lúcidos —¿y por desgracia, los populistas estaban entre ellos?— respondieron: al contrario, es la opinión pública la que triunfa; ella la que, en adelante, llevará la voz cantante; ¿qué Gobierno podría ignorarla?, ¿cómo no tener en cuenta una voluntad popular tan sabia, constante e incesantemente medida?
Y he aquí que los roles se invierten: la Opinión arrogante, el Príncipe humillado; la Opinión en los graderíos, el Príncipe en el estadio; el Pueblo rey, pues es él quien presiona, acosa y atemoriza al Príncipe, y el Príncipe recientemente rebajado.
Otro filósofo de la misma época, Michel Foucault, describió los mecanismos del poder tomando como modelo el panóptico de Bentham, ese centro invisible a partir del cual un amo, ausente, escudriña el cuerpo social: nadie lo ve, pero él ve a todo el mundo; es estructuralmente invisible, pero esa misma invisibilidad hace visible a la sociedad; y es esta visibilidad la que, al final, nos hace tan totalmente controlables.
El populismo ha dado la vuelta al dispositivo: pueblo invisible, poder visible; un pueblo que se escabulle, un poder conminado a mostrarse; ya nadie ve al pueblo, pero él ve todo el tiempo a sus amos (en los periódicos, en Twitter y en Facebook, en los programas de la señora Le Marchand, en los falsos debates, ajenos a toda voluntad de veracidad, que se organizan en nuestros días); de forma que, si el secreto del poder está en la mirada, el populismo es una de las fórmulas más elaboradas del poder en la Edad Moderna.
Con los sondeos los papeles se invierten: la Opinión arrogante, el Príncipe humillado
¡Ah, si pudiéramos reemplazar de una vez las elecciones por los sondeos!, piensa el populista.
Si pudiéramos transformar la república en concurso televisivo; las elecciones, en plebiscito; la audiencia, en audímetro; si pudiéramos terminar con el pueblo y coronar al “gran animal” de Platón o a esa plebe que, según los sofistas, debía reemplazar al demos.
¿La plebe? El verdadero pueblo.
¿El audímetro? ¿El plebiscito? Modos de una única sustancia: la sociedad concebida como un cuerpo pleno, deslumbrado por el espectáculo de su propia presencia.
Hay una psicología del populismo: el narcisismo de los individuos, ebrios de sí mismos y de su suficiencia.
Una fisiología: ese no sé qué abotargado, autosatisfecho, ahíto que encontramos en todos los Trump, Berlusconi y Le Pen varios (padre e hija).
Una metafísica: la idea de una voluntad general causa sui, anterior a toda palabra y, más aún, a todo contrato, una voluntad natural, soberana y naturalmente buena con la que volver a conectar a poco que se sepa eliminar los filtros y mediaciones que la oscurecen.
El populista será inevitablemente nacionalista: ¿el nacionalismo no es el camino más corto para ir hacia una comunidad libre de todo filtro o mediación?
El populista será implacable a la hora de fabricar alteridad y de generar enemigos: pues, si no, ¿cuál sería el medio de imaginar esa presencia en sí? Si no se dota de una exterioridad masiva y obsesivamente denunciada, ¿cuál sería el medio para reunir su propio cuerpo en una identidad recuperada?
El populismo es una propedéutica del odio, de la exclusión y, en definitiva, del racismo: véase el discurso antinmigrantes de Hungría a Estados Unidos, de Polonia a Rusia.
¿El populismo? La enfermedad senil de las democracias.
Decimos “populismo”. Y es el nombre, finalmente único, de la reacción de las democracias al pánico que les gana y a la desbandada que las amenaza.
Sálvese quien pueda: la última palabra de los populistas.
(*) Bernard-Henri Lévy es filósofo.


Ilustración: Eva Vázquez.
Fuente:
http://elpais.com/elpais/2016/12/01/opinion/1480600428_619998.html

jueves, 1 de diciembre de 2016

NICHOS EMOCIONALES

EL PAÍS, Madrid, 30 de noviembre de 2016
El espectro populista
Manuel Arias Maldonado

Un fantasma recorre el mundo: el fantasma de la confusión terminológica. Ya que si algo llama la atención del auge global del populismo, que ha llevado a Donald Trump a la Casa Blanca y tiene a Marine Le Pen enfilando el Elíseo, es la dificultad que encontramos para definirlo con precisión. Pero saber de qué estamos hablando cuando hablamos de populismo es importante; de otro modo, convertiremos en inútil una categoría decisiva para entender la crisis que atraviesan las democracias occidentales. ¡No sea que, aplicando los remedios inapropiados, terminemos por agravarla! Bien por recurrir habitualmente a mecanismos de decisión tan ineficaces como el referéndum, bien por asimilar —por contaminación atmosférica o estrategia deliberada— los elementos del discurso populista. Es así necesario preguntarse por qué tiene lugar este revival tan espectacular como inquietante.
Hay que empezar por aclarar que el populismo no es, como se ha puesto de moda afirmar, la oferta de soluciones sencillas para problemas complejos. Si así fuera, no hay partido político que pudiera sustraerse a semejante acusación. ¿Quién se presentaría a las elecciones prometiendo remedios abstrusos para problemas intratables? Más aún: ¿quién podría ganarlas anunciando subidas de impuestos o reformas dolorosas? En la medida en que la competición electoral requiere persuadir a un público más sentimental que racional, no hay discurso político que no propenda a la simplificación. O sea: a un grado variable de demagogia. Incluso el admirable Obama ganó sus primeras elecciones con un discurso de fuerte contenido afectivo: su Yes we can no podía ser menos impreciso ni más eficaz. Hay, claro, diferencias: no todos los actores políticos son demagógicos por igual. Pero no es ahí donde encontraremos la clave que nos permita distinguir al populismo de sus alternativas.
Digámoslo ya: es populista quien despliega un discurso antielitista en nombre del pueblo soberano. En otras palabras, quien sostiene que el pueblo virtuoso ha sido víctima de una élite corrupta que ha secuestrado la voluntad popular. Y lo es, en fin, quien se arroga la potestad de determinar quién pertenece a cada una de esas entidades: quién es gente, quién es casta. De ahí que el contenido de esos contenedores de indudable fuerza simbólica no se encuentre prefijado: entre los enemigos del pueblo pueden contarse empresarios, inmigrantes, periodistas; pero bien pueden ser pueblo, como a menudo sucede en el populismo latinoamericano, las minorías indígenas. De hecho, cualquiera puede transitar entre ambas, del pueblo a la élite y viceversa, si abraza el ideario populista. ¡No solo los significados son flotantes cuando hablamos de populismo! Ahí está el caso Espinar para demostrarlo: una conducta dudosa se transforma en “ética” cuando el implicado está en el lado bueno de la divisoria moral.
Más que una ideología es un estilo político que pueden adoptar actores de izquierda y de derecha
Pueblo contra élite: tal es el núcleo esencial del populismo, que podemos reconocer en sus principales manifestaciones de ahora mismo, de Podemos al Frente Nacional. Es norma también que la encarnación del movimiento corresponda a un líder carismático que, como ha explicado con brillantez José Luis Villacañas, es investido afectivamente por sus seguidores con cualidades redentoras. A ello hay que añadir rasgos de estilo que no son exclusivos del populismo, pero lo acompañan casi invariablemente: la provocación, la protesta, la polarización. Más que de una ideología en sentido propio, se trata de un estilo político que pueden adoptar por igual actores de izquierda y derecha. Y que se relaciona ambiguamente con una democracia a la que acompaña, como ha escrito Benjamin Arditi, como un espectro: invocar al pueblo en un régimen político que dice asentarse sobre el “gobierno del pueblo” no deja de tener sentido. Es tirando de este hilo como podemos encontrar razones que nos ayudan a explicar su auge contemporáneo.
Hay que reparar, sobre todo, en la creciente distancia que media entre el ciudadano y el gobierno de los asuntos colectivos: aunque elegimos representantes, sentimos que estos se encuentran muy lejos de nosotros. ¡Y es verdad! La tecnocratización del Gobierno responde a una creciente complejidad social que el ciudadano, por lo general poco sofisticado políticamente, apenas comprende o no se esfuerza en comprender: el 43% de los votantes norteamericanos pensaba que el índice de desempleo había subido durante los años de Obama, cuando en realidad ha descendido, y la mitad de los españoles no distingue el PIB del IPC. De manera que las democracias, para ser eficaces, no pueden sino reforzar su dimensión aristocrática en detrimento de la popular. Margaret Canovan lo explica muy bien: “La paradoja es que mientras la democracia, con su mensaje de inclusividad, necesita ser comprensible para las masas, la ideología que trata de salvar la brecha entre la gente y la política distorsiona (no puede sino distorsionar) el modo en que la política democrática, inevitablemente, funciona”. En una crisis, cuando el ciudadano siente que las élites le han fallado, se vuelve contra ellas y reclama —espoleado por el líder populista— recuperar su capacidad de decisión directa. ¡Que vote la gente!
La esfera pública se ha fragmentado en nichos emocionales donde la realidad cuenta poco
Se refuerza así la dimensión plebiscitaria de la democracia, que favorece al líder populista; no digamos si, como sucede con Trump, tratamos con un maestro de la telerrealidad. También contribuyen a ello la crisis de la mediación desencadenada por las nuevas tecnologías y la de los partidos tradicionales. Simultáneamente, las redes sociales intensifican el tribalismo moral y sirven como mecanismos afectivos que expresan identidades antes que razones. Por eso se habla de democracia posfactual: porque la esfera pública se ha fragmentado en nichos emocionales donde la realidad tiene poco que decir. Hasta que la realidad habla, como ha sucedido en Grecia o sucederá en EE UU si Trump aplica políticas proteccionistas. Es interesante constatar también cómo el prestigio cultural del rebelde —el outsider enfrentado al sistema canonizado en el cine, la publicidad y los medios de comunicación— contribuye también al éxito del populista, quien a fin de cuentas vende su producto como una insurrección contra el establishment. La reforma es conformista, la insubordinación es sexy.
¿Tiene futuro el fenómeno populista? No cabe dudarlo, a la vista de un pasado histórico aún no tan lejano. Se da aquí la paradoja de la eficacia: las democracias deben atajar las causas del descontento que hace reaparecer al espectro populista, pero para ello se requieren políticas que ese mismo descontento hace difícil aprobar. Y seguramente las propias democracias liberales hayan de desarrollar su propio repertorio afectivo, para así combatir mejor el de sus enemigos. Pero eso, claro, es más fácil decirlo que lograrlo.
(*) Manuel Arias Maldonado es profesor titular de Ciencia Política en la Universidad de Málaga. Acaba de publicar La democracia sentimental (Página Indómita).

Fuente:
http://elpais.com/elpais/2016/11/29/opinion/1480435039_695913.html
Ilustración: Eva Vázquez.

AVANT TRIBAL

EL PAÍS, Madrid,
 TRIBUNA
La decadencia de Occidente
Mario Vargas Llosa

Primero fue el Brexity, ahora, la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos. Sólo falta que Marine Le Pen gane los próximos comicios en Francia para que quede claro que Occidente, cuna de la cultura de la libertad y del progreso, asustado por los grandes cambios que ha traído al mundo la globalización, quiere dar una marcha atrás radical, refugiándose en lo que Popper bautizó “la llamada de la tribu” —el nacionalismo y todas las taras que le son congénitas, la xenofobia, el racismo, el proteccionismo, la autarquía—, como si detener el tiempo o retrocederlo fuera sólo cuestión de mover las manecillas del reloj.
No hay novedad alguna en las medidas que Donald Trump propuso a sus compatriotas para que votaran por él; lo sorprendente es que casi sesenta millones de norteamericanos le creyeran y lo respaldaran en las urnas. Todos los grandes demagogos de la historia han atribuido los males que padecen sus países a los perniciosos extranjeros, en este caso los inmigrantes, empezando por los mexicanos atracadores, traficantes de drogas y violadores y terminando por los musulmanes terroristas y los chinos que colonizan los mercados estadounidenses con sus productos subsidiados y pagados con salarios de hambre. Y, por supuesto, también tienen la culpa de la caída de los niveles de vida y el desempleo los empresarios “traidores” que sacan sus empresas al extranjero privando de trabajo y aumentando el paro en Estados Unidos.
No es raro que se digan tonterías en una campaña electoral, pero sí que crean en ellas gentes que se suponen educadas e informadas, con una sólida tradición democrática, y que recompensen al inculto billonario que las profiere llevándolo a la presidencia del país más poderoso del planeta.
La esperanza de muchos, ahora, es que el Partido Republicano, que ha vuelto a ganar el control de las dos cámaras, y que tiene gentes experimentadas y pragmáticas, modere los exabruptos del nuevo mandatario y lo disuada de llevar a la práctica las reformas extravagantes que ha prometido. En efecto, el sistema político de Estados Unidos cuenta con mecanismos de control y de freno que pueden impedir a un mandatario cometer locuras. Pues no hay duda que si el nuevo presidente se empeña en expulsar del país a once millones de ilegales, en cerrar las fronteras a todos los ciudadanos de países musulmanes, en poner punto final a la globalización cancelando todos los tratados de libre comercio que ha firmado —incluyendo el Trans-Pacific Partnership en gestación— y penalizando duramente a las corporaciones que, para abaratar sus costos, llevan sus fábricas al tercer mundo, provocaría un terremoto económico y social en su país y en buen número de países extranjeros y crearía serios inconvenientes diplomáticos a Estados Unidos.
El ímpetu que ha permitido a Trump ganar estas elecciones demuestra que es algo más que un simple demagogo
Su amenaza de “hacer pagar” a los países de la OTAN por su defensa, que ha encantado a Vladímir Putin, debilitaría de manera inmediata el sistema que protege a los países libres del nuevo imperialismo ruso. El que, dicho sea de paso, ha obtenido victoria tras victoria en los últimos años: léase Crimea, Siria, Ucrania y Georgia. Pero no hay que contar demasiado con la influencia moderadora del Partido Republicano: el ímpetu que ha permitido a Trump ganar estas elecciones pese a la oposición de casi toda la prensa y la clase más democrática y pensante, muestran que hay en él algo más que un simple demagogo elemental y desinformado: la pasión contagiosa de los grandes hechiceros políticos de ideas simples y fijas que arrastran masas, la testarudez obsesiva de los caudillos ensimismados por su propia verborrea y que ensimisman a sus pueblos.
Una de las grandes paradojas es que la sensación de inseguridad, que de pronto el suelo que pisaban se empezaba a resquebrajar y que Estados Unidos había entrado en caída libre, ese estado de ánimo que ha llevado a tantos estadounidenses a votar por Trump —idéntico al que llevó a tantos ingleses a votar por el Brexit— no corresponde para nada a la realidad. Estados Unidos ha superado más pronto y mejor que el resto del mundo —que los países europeos, sobre todo— la crisis de 2008, y en los últimos tiempos recuperaba el empleo y la economía estaba creciendo a muy buen ritmo. Políticamente el sistema ha funcionado bien en los ocho años de Obama y un 58% del país hacía un balance positivo de su gestión. ¿Por qué, entonces, esa sensación de peligro inminente que ha llevado a tantos norteamericanos a tragarse los embustes de Donald Trump?
Porque, es verdad, el mundo de antaño ya no es el de hoy. Gracias a la globalización y a la gran revolución tecnológica de nuestro tiempo la vida de todas las naciones se halla ahora en el “quién vive”, experimentando desafíos y oportunidades totalmente inéditos, que han removido desde los cimientos a las antiguas naciones, como Gran Bretaña y Estados Unidos, que se creían inamovibles en su poderío y riqueza, y que ha abierto a otras sociedades —más audaces y más a la vanguardia de la modernidad— la posibilidad de crecer a pasos de gigante y de alcanzar y superar a las grandes potencias de antaño. Ese nuevo panorama significa, simplemente, que el de nuestros días es un mundo más justo, o, si se quiere, menos injusto, menos provinciano, menos exclusivo, que el de ayer.
No solucionarán ningún problema, agravarán los que ya existen y traerán otros más graves
Ahora, los países tienen que renovarse y recrearse constantemente para no quedarse atrás. Ese mundo nuevo requiere arriesgar y reinventarse sin tregua, trabajar mucho, impregnarse de buena educación, y no mirar atrás ni dejarse ganar por la nostalgia retrospectiva. El pasado es irrecuperable como descubrirán pronto los que votaron por el Brexit y por Trump. No tardarán en advertir que quienes viven mirando a sus espaldas se convierten en estatuas de sal, como en la parábola bíblica.
El Brexit y Donald Trump —y la Francia del Front National— significan que el Occidente de la revolución industrial, de los grandes descubrimientos científicos, de los derechos humanos, de la libertad de prensa, de la sociedad abierta, de las elecciones libres, que en el pasado fue el pionero del mundo, ahora se va rezagando. No porque esté menos preparado que otros para enfrentar el futuro —todo lo contrario— sino por su propia complacencia y cobardía, por el temor que siente al descubrir que las prerrogativas que antes creía exclusivamente suyas, un privilegio hereditario, ahora están al alcance de cualquier país, por pequeño que sea, que sepa aprovechar las extraordinarias oportunidades que la globalización y las hazañas tecnológicas han puesto por primera vez al alcance de todas las naciones.
El Brexit y el triunfo de Trump son un síntoma inequívoco de decadencia, esa muerte lenta en la que se hunden los países que pierden la fe en sí mismos, renuncian a la racionalidad y empiezan a creer en brujerías, como la más cruel y estúpida de todas, el nacionalismo. Fuente de las peores desgracias que ha experimentado el Occidente a lo largo de la historia, ahora resucita y parece esgrimir como los chamanes primitivos la danza frenética o el bebedizo vomitivo con los que quieren derrotar a la adversidad de la plaga, la sequía, el terremoto, la miseria. Trump y el Brexit no solucionarán ningún problema, agravarán los que ya existen y traerán otros más graves. Ellos representan la renuncia a luchar, la rendición, el camino del abismo. Tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos, apenas ocurrida la garrafal equivocación, ha habido autocríticas y lamentos. Tampoco sirven los llantos en este caso; lo mejor sería reflexionar con la cabeza fría, admitir el error, retomar el camino de la razón y, a partir de ahora, enfrentar el futuro con más valentía y consecuencia.

Fuente:
http://elpais.com/elpais/2016/11/17/opinion/1479401071_337582.html
Ilustración: Eva Vázquez.

domingo, 2 de octubre de 2016

LA YA FALLIDA OBSESIÓN

EL UNIVERSAL, Caracas, 1° de octubre de 2016
El cisma del puño y la rosa
Rafael del Naranco

El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) está escenificando en estos momentos cruciales de la política hispana -ante la falta de un gobierno estable tras 9 meses de lasitud y 2 elecciones generales fallidas-  uno de los enfrentamientos más ingratos de su historia: una división que se halla, si no imperan la responsabilidad y el sentido común, a sus puertas.
¿Tienes algo que decir?
La rebeldía de Pedro Sánchez, secretario general de los socialistas, incapaz de hacer frente a sus responsabilidades y obsesionado en ocupar el sillón de la Moncloa, sede del gobierno nacional, está a punto de conseguir  una división de la agrupación fundada a designio de Pablo Iglesias Posse y un grupo de intelectuales y obreros -tipógrafos la mayoría-, el 2 de mayo de 1879, como expresión de los afanes e intereses de las nuevas clases trabajadoras surgidas de la revolución industrial en Europa.
En esa larga historia de 137 años, repleta de convulsiones políticas épicas salpicadas de luchas sociales, conflictos agresivos y una cruenta guerra civil, el símbolo de la organización fue hasta los primeros albores del siglo XX, una pluma y un yunque que unificaban su raíz intelectual y proletaria.
¿Y el emblema actual con un puño apretando una rosa? Ese logotipo comenzó a usarse hacia 1977. En un libro de Alfonso Guerra, vicepresidente socialista en el primer gobierno democrático en España, tras cuarenta años de dictadura franquista, y con el título “Diccionarios de la izquierda”, se encuentra la definición de cómo el  puño y la rosa simbolizan la unión de los trabajadores “con la cultura, el pensamiento, la belleza”... Es decir, el mismo concepto que la pluma y el yunque.
La tensa situación del actual socialismo ibérico pudiera romper la rosa en pétalos lanzados al suelo y un puño de hierro convertido en añicos. Lo que está aconteciendo a recuento de la malacrianza de Pedro Sánchez -con poco o nada de conocimiento de los recovecos de la política y demasiado orgullo juvenil- le impidió hacer una autocrítica ante la debacle que tuvo en las elecciones autonómicas en Galicia y el País Vasco, uniendo a ello un nulo discernimiento del valor del diálogo, haciendo con esa impostura que el PSOE se divida entre “buenos” y “malos”, dependiendo quien esté a favor de sus prepotencias o no.
Un observador diría acertado: “El partido está asustado, anonadado”, y es que al pedírsele su renuncia ante tanto fracaso frente a la Secretaria General, Sánchez sale con la despampanante ocurrencia de hacer unas primarias y un congreso con una idea única: seguir siendo el timón del partido y decidir su reestructuración como un caudillito tercermundista o un Tirano Banderas en las tierras libertarias de los molinos de viento.
La situación, políticamente hablando, es grave, ha roto todos los esquemas de sensatez, y el desbarajuste, unido a un enfrentamiento que está auspiciando visos de intolerancia, se ha  apoderado del partido -siempre sólido hasta este fin semana- que se ha cubierto de más laberinto tras la dimisión de 17 miembros de la ejecutiva y la negativa de Pedro Sánchez a dejar el cargo.
La opinión editorial de los principales informativos en papel y digitales es unánime: la única escapatoria que tiene el secretario general del PSOE -“inevitable”, dice el diario “El País”- es su salida del partido. Y añade: “Hemos sabido que Sánchez ha mentido sin escrúpulos a sus compañeros. Hemos comprobado que sus oscilaciones a derecha e izquierda ocurrían únicamente en función de sus intereses personales no de sus valores ni su ideología, bastantes desconocidos ambos”.
Más claro y contundente, imposible.

Fuente:
http://www.eluniversal.com/noticias/opinion/cisma-del-puno-rosa_594200
Ilustración: Eva Vázquez.

viernes, 29 de julio de 2016

Y SEA ESCANDALOSAMENTE INJUSTA

EL PAÍS, Madrid, 30 de julio de 2016
TRIBUNA
Qué es la dignidad
El concepto se usa en toda clase de contextos —tratados, Constituciones, leyes, resoluciones judiciales—, pero siempre queda pendiente de definir. Su esencia se presupone o su entendimiento se confía al buen sentido
Javier Gomá Lanzón

"Escándalo de la filosofía” llamó Kant al hecho de que faltara un argumento decisivo sobre la existencia de la realidad objetiva fuera del yo. Dos siglos más tarde, el escándalo de la filosofía es, a mi juicio, que todavía falte un argumento decisivo sobre la existencia de la dignidad —esa realidad moral— y sobre su contenido. No hay noción filosófica más influyente y transformadora y, sin embargo, carece de un filósofo a la altura de su importancia. El Diccionario de filosofía de Ferrater Mora ni siquiera le concede una entrada a lo largo de sus cuatro tomos.
Se usa con profusión en toda clase de contextos a guisa de fundamento teórico —tratados y organizaciones internacionales, Constituciones políticas, declaraciones de derechos humanos, leyes y resoluciones judiciales—, pero invariablemente su esencia se presupone o su entendimiento se confía al buen sentido, quedando, por eso mismo, a la espalda y pendiente de definir. Incluso, ya en nuestro siglo, ha inspirado el movimiento social de los indignados sin que estos hayan sentido la necesidad de precisar antes, siquiera elementalmente, qué es aquello cuya ausencia enciende su ira y su protesta.
¿Qué es, pues, la dignidad?
Kant distinguió entre lo que tiene precio y lo que tiene dignidad. Tienen precio aquellas cosas que pueden ser sustituidas por algo equivalente, en tanto que aquello que trasciende todo precio y no admite nada equivalente, eso tiene dignidad. Solo el hombre posee con pleno derecho, incondicionalmente, esa cualidad de incanjeable, fin en sí mismo y nunca medio. Imaginemos una carretera pública en construcción cuyo trazado debe pasar por una finca privada: el Estado está facultado para expropiarla, pagando el justiprecio, porque el interés particular cede ante el superior interés general. La finca es expropiable, pero su propietario naturalmente no lo es, ni siquiera en nombre del bien común, por cuanto el interés particular cede ante el general; pero a su vez el general cede ante la dignidad individual, para la que no hay justiprecio posible.
Podría definirse la dignidad precisamente como aquello inexpropiable que hace al individuo resistente a todo, incluso al interés general y al bien común: el principio con el que nos oponemos a la razón de Estado, protegemos a las minorías frente a la tiranía de la mayoría y negamos al utilitarismo su ley de la felicidad del mayor número.
La dignidad hace al individuo resistente a todo, incluso al interés general y al bien común
La dignidad es idea de larga genealogía intelectual, pero solo en la Ilustración se configura como propiedad inmanente de lo humano, sin más fundamento que la humanidad misma, a la luz del convencimiento, expresado por Tocqueville, de que ahora “nada sostiene ya al hombre por encima de sí mismo”. Somos los hombres quienes nos reconocemos unos a otros la dignidad; es decir, mutuamente nos concedemos por convención un valor incondicional… no sujeto a convenciones.
Con todo, el concepto ilustrado de dignidad experimenta una mutación extraordinaria en el siglo XX a consecuencia de su democratización. Porque en Kant la dignidad todavía conserva resabios aristocráticos al presentarla dependiente de nuestra racionalidad moral, que excluye en la práctica muchos casos, mientras que el concepto democrático obra una especie de universalización de esa distinción aristocrática a todo sujeto existente. Una aristocracia de masas.
La dignidad democrática se recibe por nacimiento y otorga a su titular derechos sin mérito moral alguno por su parte, válidos incluso aunque desmienta esa dignidad de origen con una odiosa indignidad de vida. Es irrenunciable, imprescriptible, inviolable, aquello que siendo inmerecido merece un respeto y coloca en cierto modo al resto de la humanidad en situación de deudora. Es única, universal, anónima y abstracta, por lo que prescinde de las determinaciones (cuna, sexo, patria, religión, cultura o raza) en las que se fundaban el surtido variado de las antiguas dignidades. Es, en fin, una dignidad cosmopolita, la misma por igual para todos los hombres y mujeres del planeta. Pues ahora nos parece una verdad evidente que nadie es más que nadie y que, como dijo Juan de Mairena, “por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre”.
La felicidad como tal es una posibilidad que ha quedado clausurada para los contemporáneos
Aunque inviolable, la dignidad sigue siendo hoy violada mil veces cada día. La diferencia con otros tiempos estriba en que ahora, en este estadio democrático de la cultura, ya nadie puede hacerlo sin envilecerse. La repugnancia que nos inspiran los cotidianos atropellos nos despierta un sentimiento aún más vivo de nuestro propio valor. Y cuanto más seguros estamos de esa dignidad originaria, tanto más trágicamente tomamos conciencia de la mayor de las indignidades, la absoluta, esa que no es de naturaleza personal ni social, sino metafísica: la muerte. Qué paradójica condición la nuestra, dotada de dignidad de origen y abocada extrañamente a una indignidad de destino.
Cada uno de nosotros experimenta en carne propia la contradicción de un mundo que, con una mano, nos concede el gran premio de la dignidad individual, último y supremo estadio de la evolución de la vida; pero luego, con la otra, nos lo revoca reservándonos la misma indigna suerte que al resto de los seres menos evolucionados. El pobre como el rico, el ignorante como el sabio, el célebre como el anónimo, el afortunado tanto como el desventurado, todos igualmente agitados por este dramatismo universal de la doliente epopeya humana.
Demasiado conscientes de esta indignidad metafísica última, la felicidad como tal es una posibilidad que ha quedado clausurada para nosotros, los contemporáneos. Por encima de ser feliz está el ser individual. Siempre quedará a nuestro alcance, en cualquier circunstancia, por difícil que se presente, el obrar conforme a esa dignidad que ya hemos intuido y probado. Lo nuestro ya no es ser felices, sino ser dignos de ser felices, aunque de hecho no podamos serlo. Lo nuestro es dotar a nuestra vida individual de una forma insustituible, para que así nuestra muerte sea verdaderamente un atropello intolerable. Que resulte manifiesto para el mundo que nuestra muerte constituye una objetiva pérdida, una destrucción absurda y sin sentido, una visible injusticia.
La máxima que guiará nuestras vidas a partir de ahora será: “Compórtate de tal manera que tu muerte sea escandalosamente injusta”.
(*) Javier Gomá Lanzón es filósofo y autor de Filosofía mundana. Microensayos completos.

Fuente: http://elpais.com/elpais/2016/06/22/opinion/1466611644_402913.html
Ilustración: Eva Vázquez.

domingo, 19 de junio de 2016

HISQUIERDA

EL PAÍS, Madrid, 14 de junio de 2016
TRIBUNA
Podemos de las mil caras
Antonio Elorza

Cuando se cumple medio siglo de la Revolución Cultural china, nacida en la primavera de 1966, conviene volver la vista hacia tantas variantes de izquierdismo que produjeron una catástrofe tras otra a lo largo del pasado siglo. Lo peor es que se presentaban como proyectos de emancipación de la humanidad. El maoísmo fue una de ellas, deslumbrando de paso a buen número de intelectuales, desconocedores del idioma y de cuanto ocurría en China. En La chinoise, Jean-Luc Godard nos dejó una esclarecedora crónica de esa ceremonia de la confusión en los preliminares del 68 francés. Nuestro país no resultó inmune, y, entre otras cosas, los llamados “juicios críticos” made in China nos privaron de un gran profesor, Luis Díez del Corral, discípulo de Ortega, en el único logro revolucionario del líder maoísta Intxausti, luego brillante colaborador de José Bono.
Desde los años setenta los datos históricos han disipado el aura de romanticismo que entonces rodeó a las experiencias revolucionarias pos-soviéticas. Es algo que resulta imprescindible tener en cuenta para evaluar al izquierdismo de hoy. Charlando con Jruschov, Mao confesó que solo con el Gran Salto Adelante “sintió una alegría completa”. La alegría de Mao costó a China una hambruna con 45 millones de muertos. También sabemos hoy que Lenin puso en marcha desde el principio un terror luego culminado por Stalin, y que de Stalin vía PC francés, más Mao, sale el genocidio de los jemeres rojos. Olvidarlo es política y moralmente inaceptable. Descalifica a quien se proclame hoy sin más comunista.
Tales constataciones no excluyen que en Europa partidos comunistas, como el italiano o el español, realizaran contribuciones decisivas al progreso y a la democracia de sus respectivos países. Pero de la línea Lenin-Stalin-Mao y su prolongación, nada se salva. Y nuestros izquierdistas, de Monedero a Monereo, valoran la aportación democrática del PCE a la Transición como un abandono de los principios de la izquierda. Así que “fuera el régimen de 1978” (Garzón).
La incorporación de IU a Podemos ha agudizado esta ceremonia del absurdo, consistente en cerrar los ojos ante lo que fue el comunismo “realmente existente” y reivindicar en cambio una ortodoxia anticapitalista. Huyen de la historia real del comunismo, que les desautorizaría, para refugiarse en un discurso de satanización del otro. Con el auge de Podemos, vemos publicistas dispuestos ya a ejercer aquí la labor depuradora de intelectuales que acompañara al establecimiento de las democracias populares.
El regreso de Anguita al pedestal equivalía a suscribir su anticapitalismo primario
Los horrores del mundo capitalista, Corea del Norte no existe, les bastan para justificar una propuesta que nos llevó por unas semanas de Juego de tronos a La noche de los muertos vivientes. Así, el regreso de Anguita al pedestal equivalía a suscribir su anticapitalismo primario. El de Monereo encarnaba una larga fidelidad al leninismo que destila revolución sobre la realidad, en vez de analizarla. Pablo Iglesias ha proclamado a ambos sus mentores, y al hoy candidato por Córdoba, el guía que formó su pensamiento. Ya conocíamos el peso de Lenin en las ideas y en la visión orgánica del líder de Podemos, pero esto va más allá.
Solo que ahora conviene taparlo a toda prisa, para adoptar la máscara de la moderación de cara a las elecciones. Hasta Marx y Engels habrían sido socialdemócratas, y ¿por qué no decir otro tanto de Lenin, comunista hasta la Revolución en un partido denominado socialdemócrata? Las furias se visten de hadas sonrientes. Total, un disfraz se quita sin más al día siguiente de llegar al Gobierno. Iglesias es marxista, pero variante Groucho.
¿A qué jugamos entonces? ¿Llamaremos “nueva socialdemocracia” a lo que de hecho implicaría una toma del poder dirigida a la subordinación radical de ese “adversario” omnipresente en boca de Errejón ? Mal puede resultar beneficiosa para “la gente” una política populista que ignora la racionalidad económica y en un caso notorio está hoy practicando el golpe de Estado permanente contra los elegidos del pueblo.
Pocos dudan de que Rajoy personifica una derecha profunda, reaccionaria. Pero también es reaccionaria, para la imprescindible acción contra la desigualdad, una política de gasto público y fiscalidad destructora del sistema productivo, que podría venir de una adopción abrupta de las políticas fiscales y sociales escandinavas, en términos cuantitativos. ¿Y Europa? En el limbo.
Resulta incuestionable la ventaja de Pablo Iglesias en el manejo de un discurso demagógico
A la vista de los sondeos, nada de esto parece importar a buena parte de la población española y singularmente a estratos urbanos, mejor preparados y más jóvenes. Con el Gran Rechazo al sistema basta, siendo las palabras convincentes. Lo recordó Errejón en la UNED: un discurso imperativo, el de Hitler, se impuso por su claridad expositiva —de la “confabulación” antialemana y de “la usura de los banqueros judíos” (sic)— en Alemania en 1930. El ejemplo es útil. España atraviesa lo que Gramsci llamó una crisis orgánica, donde los sectores y partidos dominantes han perdido la hegemonía, la dirección de la sociedad, sin que despunte lo nuevo, una alternativa clara, y por eso cabe temer “un porvenir oscuro de promesas demagógicas” (Gramsci dixit). Por lo que toca al manejo de ese discurso demagógico, integrado por una cascada de falsas evidencias, resulta incuestionable la ventaja de Pablo Iglesias. Todo al servicio de ganar, ganar, ganar, único fin. Aunque sea desde un permanente transformismo.
Así que ante el cinismo exhibido por Iglesias al encubrir la dictadura actuante en Caracas, problema ya maldito, solo cabe augurar aquí un futuro de riesgos, tanto para la democracia en “la nueva transición”, como de cara a una recuperación económica correctora de la desigualdad. Para enderezar nuestro rumbo de nada nos sirve Lenin, ni solo, ni disuelto en populismo de raíz latinoamericana, que para la ocasión, y para destruir al PSOE, tome la etiqueta de “nueva” (¿?) socialdemocracia.
La máscara nunca falta en Iglesias, solo que esta vez no pudo evitar, en su cortina de humo sobre Venezuela, dejar al descubierto el fondo reaccionario de su proyecto político. Como reaccionaria era la izquierda callada ante el Gulag. Recordemos que nadie hubiese aceptado la condición democrática del PCE sin su condena de la invasión de Praga por la URSS. Aunque la hegemonía mediática haya permitido que Podemos entierre el tema, y se vista de lagarterana, entonces y ahora el silencio habla.
(*) Antonio Elorza es catedrático de Ciencia Política.
Ilustración: Eva Vázquez.

martes, 26 de mayo de 2015

DIDÁCTICA DE UN PROBLEMA

EL PAÍS, Madrid, 27 de mayo de 2015
TRIBUNA »
La Cataluña rota de Artur Mas
La catalana es una comunidad abstencionista dividida en tres variables:la territorial, la lingüística e identitaria, y la socioeconómica. Los resultados confirman una fractura inservible para el secesionismo
Joaquim Coll 

Una posible lectura de las elecciones municipales en Cataluña es que los partidos secesionistas han logrado amplias mayorías en más del 70% de los Consistorios. Lo proclaman los más convencidos apologetas del “proceso”. En realidad, era bastante previsible atendiendo a los resultados de hace cuatro años y al hecho de que esta vez en muchos pueblos solo había candidaturas soberanistas debido a la debilidad del PSC y PP, sin que tampoco C’s los sustituya. Ahora bien, esta cifra tan abultada de municipios, por encima de 700 sobre 947, representa tan solo al 25% de la población. Por eso, la lectura del 24 de mayo debería incidir en otro análisis más a fondo de la realidad catalana desde que se desató la tensión soberanista en 2012, y que confirma la triple rotura que evidenció la pseudoconsulta soberanista del pasado 9 de noviembre. Tenemos una Cataluña dividida en tres variables: la territorial, la lingüística e identitaria, y la socioeconómica. Todas convergen en otro elemento que las unifica en términos electorales: Cataluña es una comunidad abstencionista, sobre todo lo es allí donde vive el 75% de la población, en el litoral y las zonas metropolitanas de Barcelona y Tarragona. En efecto, tanto en las elecciones municipales como en las autonómicas se mantiene un diferencial negativo de participación considerable respecto a la Cataluña del otro 25%, justamente donde CiU, ERC y CUP han obtenido mayorías claras el pasado 24 de mayo. Según el estudio Catalanes, secesionismo y participación electoral,elaborado por los catedráticos de estadística Albert Satorra y Josep M. Oller y la politóloga Montserrat Baras, por encargo de Societat Civil Catalana, este diferencial en las últimas autonómicas fue del 5,8%, y en las municipales de 2011 del 8,4%. Aunque el pasado 24-M se redujo bastante, se mantiene una brecha considerable. Curiosamente, la participación es más alta y homogénea entre ambas Cataluñas en las elecciones generales, lo cual nos interroga sobre el desapego de una parte de los catalanes hacia sus propias instituciones.
La triple fractura se puso de manifiesto con claridad el pasado 9 de noviembre, aunque sorprendentemente haya sido muy poco analizada. En cuanto a la participación, la afluencia solo alcanzó el 50% del censo en la Cataluña interior, llegando a superar en algunas comarcas y poblaciones el 60%. Por el contrario, en el litoral no fue más allá del 30%, y en muchos municipios metropolitanos se quedó muy por debajo del 20%. En la primera Cataluña, el voto sí-sí, netamente secesionista, alcanzó el 48,4% del censo (incluyendo a mayores de 16 años y extranjeros residentes). En la demográficamente mayoritaria no fue más allá del 27%. Una diferencia de 21 puntos que refleja tanto la escisión territorial como el hecho de que el secesionismo tiene su base natural en el nacionalismo identitario de las comarcas interiores.
El segundo elemento de fractura es el lingüístico. Allá donde el castellano es la lengua de uso habitual (en la región metropolitana, el Penedès y área de Tarragona), la participación fue baja. Si cruzamos los mapas del 9-N con la última encuesta lingüística (2013) y los diversos estudios sobre sentimiento de pertenencia, observamos una Cataluña dual. Los que se sienten más catalanes que españoles, o solo catalanes, son mayoritariamente independentistas, mientras que los que comparten catalanidad y españolidad son refractarios al secesionismo. Lengua y origen son factores claves para entender que estamos ante una pulsión de base identitaria que intenta saltar el muro de los sentimientos plurales de pertenencia apelando a una promesa de bienestar social, que se viste incluso con un ropaje de izquierdas, aunque por ahora tenga poco éxito en la Cataluña que se expresa mayoritariamente en castellano y con orígenes en otras partes de España.
Finalmente, hay otro dato del que apenas se habla, el socioeconómico, que nos brinda algunas pistas sobre la auténtica alianza de clases que hay tras la pulsión independentista en el marco de la grave crisis social que sufrimos. En el área metropolitana, solo en los barrios y ciudades de clases medio altas hubo una participación destacada en la jornada del 9-N. Vale la pena analizar los datos de dos municipios tan próximos y al mismo tiempo tan diferentes en su composición. En un lado, Santa Coloma de Gramenet, municipio de 118.000 habitantes, donde el pasado 24-M el PSC logró mayoría absoluta, sin que CiU ni ERC obtuvieran representación alguna. El nivel de renta es bajo. En otro, Sant Cugat del Vallès, con 87.000 habitantes, donde CiU revalidó una cómoda mayoría, con la CUP como segunda fuerza, frente a la irrelevancia de C’s, PSC y PP. La renta familiar disponible es de las más altas de Cataluña. Pues bien, en el primer municipio la participación en la consulta soberanista fue del 17,6%, mientras que en el segundo alcanzó casi el 48%. Además, las papeletas a favor del Estado independiente fueron 20 puntos superiores en Sant Cugat (82%) que en Santa Coloma (62%) en relación con el total. Si analizamos lo sucedido en la ciudad de Barcelona entre sus diferentes barrios y distritos, observamos un comportamiento muy parecido entre las zonas con rentas altas, como Les Corts o Sarrià-Gervasi, y los distritos populares y de clase trabajadora, como Ciutat Vella, Nou Barris o Sant Martí. Por eso no es extraño que la Asamblea Nacional de Cataluña haya decidido fijar su objetivo para la próxima Diada en la Meridiana, la entrada a la Barcelona obrera, e incidir más en la dimensión social de la independencia, como desea su nuevo líder, Jordi Sánchez.
De todo ello se concluye que tras casi tres años de tensión secesionista, Cataluña aparece visiblemente fracturada entre las comarcas interiores y el litoral metropolitano, y que la rotura se produce igualmente en términos lingüísticos-identitarios y sociales. En realidad, la tensión secesionista se puede definir como la respuesta oportunista frente a la crisis de una parte de las clases medio altas urbanas/metropolitanas en alianza con el nacionalismo de la Cataluña interior. Los resultados de las pasadas municipales nos dejan un escenario políticamente muy fragmentado, que se sobrepone a una sociedad cuarteada por esas tres variables. No parece que ahora Artur Mas tenga muchos alicientes para materializar el anuncio de celebrar elecciones el 27-S, que deseaba convertir en plebiscitarias. Si finalmente lo hace, en su decisión pesará más el orgullo personal y el peso de su promesa que cualquier otra lógica política. Porque lo más probable es que vaya a encontrarse con la expresión de una Cataluña rota, que ni le sirva para lograr la secesión y puede que ni tan siquiera le alcance para gobernar.
(*) Joaquim Coll es historiador y vicepresidente primero de Societat Civil Catalana.
Ilustración: Eva Vázquez.

lunes, 4 de mayo de 2015

ROMPEDORA

Eva Vázquez: “El estilo no es lo más importante”
Alicia Ibarra Gámez 

Charlamos con Eva Vázquez, Ilustradora de Opinión en El País, arquitecta y realizadora de dibujos animados. La cita ha sido en Espíritu 23, un espacio en el que hacer actividades, talleres o incluso trabajar para el desarrollo y el cambio social.
Eva Vázquez ha realizado cubiertas de libros como Un pintor de Alejandría de José Jiménez Lozano, El alquimista chiflado de José Manuel Cano Pavón, Cuando me alcances de Rebeca Stead, o Fukushima: Vivir el desastre de Takashi Sasaki. En el ámbito musical, se ha encargado de la portada de Muros de Uralita: el primer disco de “El tonto del pueblo”, Fernando Epelde.
Ha participado en medios internacionales como Opticks Magazine, New York Times Weekend Arts, Style – The Washington Post, Deloitte University Press, USAA MAGAZINE; en la revista Expansión de México,  The Wall Street Journal o en Hewitt Newsletter. Pero también en revistas como Orsai y Savia, suplementos como On Madrid y Negocios del periódico El País o en Babelia. Uno de sus últimos trabajos ha sido la portada de la revista Mercurio, Ilustración sobre Guias de Viajes, que se publica hoy.
P.- ¿Por qué decidiste dedicarte al dibujo? ¿Dónde te formaste?
R.- Llegó rodado, no lo busqué. Yo empecé a estudiar Arquitectura pero me encantaban los dibujos animados. Cuando estaba terminando la carrera me planteé que era el momento de elegir: o estudiaba Animación en ese momento o no lo haría más adelante. Así que me puse a estudiar Dibujo y Animación en Esic durante tres años, y la ilustración vino rodada. Lo que hice fue unificar Urbanismo en Arquitectura con lo que había dado en Animación y lo enfoqué para hacer los fondos de las películas y series de animación. Todo ha venido solo, lo único que yo he buscado ha sido trabajar en la sección de Opinión en prensa.
¿Cuál es el proceso de creación de tus dibujos? ¿Escuchas música cuando trabajas?
No escucho música, me gusta trabajar en silencio absoluto, ni siquiera pongo la radio. El proceso creativo depende; si son fondos para animación, la viñeta del storyboard es la que marca los límites que tú tienes que desarrollar. Si es para prensa, normalmente hay un artículo previo que tienes que leer y comprender bien, porque de esta manera encuentras el tono. Si se trata de un libro, pasa absolutamente igual, tienes que leértelo para encontrar el tono y realizar la ilustración. En el texto vas a encontrar la clave, por eso el tono es lo más importante.
¿Hasta qué punto ese tono delimita tu trabajo? ¿Crees que no te deja desarrollar toda tu creatividad?
Realmente no. En prensa o en las revistas es donde el tono es más importante, o en un artículo de una revista especializada. El tono es lo que te va a marcar si el dibujo es más o menos irónico. Por ejemplo, en una cuarta página de opinión en El País, alguien escribe un artículo dando su opinión más subjetiva y yo sólo sigo el diálogo interior que ya tiene de por sí el artículo. Lo que hago es dar mi respuesta a la conversación que tenemos el artículo y yo, a través de una imagen. Tiene que ser una relación fluida entre el texto y la ilustración; la imagen lo que hace es enriquecerla, no ir separada. Como en una conversación, tú decides como es el tono de ese dibujo, si más sarcástico o más suave. Pero es importante decir que la imagen no es un resumen.
¿Cuáles han sido o son tus influencias artísticas?
No sabría decirte, de todo un poco. De pequeña me fijaba en las películas de dibujos animados, en el cine oriental de animación; pero me gustaba más el ruso, el checo, con Hermína Tyrlova o Michaela Pavlatova. Me gustaban sobre todo los cortos de marionetas que echaban antes en La 2 y que me siguen pareciendo de una modernidad abrumadora.
Al final vas encontrando tu propio lenguaje. Yo empecé imitando con mis propias limitaciones, hasta que al final encontré mi propio estilo. Pero el estilo no es importante para mí, no es importante que alguien vea un dibujo mío y que diga: “esto es un Eva Vázquez”. Es más importante para mí que le haya llegado al coco o al corazón y que le haya hecho pararse y decir “me ha gustado”. Pero no es mejor o peor el estilo de cada uno, sencillamente es diferente. Mi estilo ha nacido de mis propias limitaciones, de eso estoy convencida. Que yo venga de la arquitectura y de la animación se nota, al igual que los que vengan de técnicas más tradicionales como la acuarela.
DE LA APATIA A LA TRANSFORMACIÓN - PEQUEÑO-.
Pero es inevitable que te reconozcan por el estilo, luego sí es importante.
No, el estilo no es lo más importante. El estilo no hay que buscarlo, no es el fin; aunque es inevitable que te reconozcan por tus colores y temas. Cuando te formas en la universidad vas copiando, imitando y te influyen muchas cosas pero, al final, te das cuenta que es el contenido lo que tienes que ir logrando por ti mismo. En un proceso de aprendizaje, vas dejando las cáscaras aparte y te quedas con la esencia. Tus influencias al final son muchas, cuanto más veas y más experimentes mejor, porque así podrás elegir mejor tu camino.

¿Cómo definirías a esa vieja escuela de ilustradores de nuestro país como El Roto o Forges?
Bueno, yo no vengo de una escuela determinada, porque no pertenezco a ninguna. Yo he mezclado la arquitectura y la animación en un cóctel y ya está. Seguramente sepas más tú de escuela de ilustradores que yo.
¿Cómo han influido las nuevas tecnologías en la profesión?
Yo no dibujo a mano. Yo ilustro, que tiene mucho más que ver con contar que con dibujar. Lo que sí hago es tomar anotaciones de lo que me gusta y cuando llego a casa hago el dibujo con el ordenador. Yo observo, me empapo y doy una opinión subjetiva o no. Si el storyboard lo ha hecho otra persona, ya partes de un dibujo, lo escaneas y lo pasas a ordenador. El hecho de dibujar a mano existe, pero cuando anotas el color y las ideas para pasarlo a ordenador. Aunque como ya he dicho, lo importante es el tono con el texto, no hay que ponerse a dibujar en el ordenador sin tenerlo en cuenta. Trabajo con Photoshop y con Texturas. La diferencia con otros compañeros de trabajo es que ellos lo hacen en acuarela o en tinta. La diferencia con ellos es cero, porque lo que importa es el tono y el resultado final, no las herramientas que utilices.
¿En qué sector para el que trabajas (periodismo, literatura, música) te sientes más cómoda?
En las distancias cortas, en lo conceptual. Un proceso como un libro para mí es muy tedioso, no estoy acostumbrada. En las ruinas de Detroit - Eva Vázques -PequeñoTengo práctica, como un deportista, en las distancias cortas; puedo ir muy rápido, pero no aguantaría un maratón. No aguanto un proceso largo de lectura de un libro. En lo conceptual me siento muy cómoda, en los encargos periodísticos donde me piden un dibujo en dos horas y me dan un artículo o sólo un titular como “Elecciones en Alemania”, “El tema India-Siria”. Normalmente tienes sólo un par de horas desde que te hacen el encargo hasta que lo entregas, nunca más de un día; y en ese proceso me siento cómoda, porque es el tiempo quien marca los tiempos.
Cuando te encargan la portada de un disco, ¿la música entraría dentro de lo conceptual o como un texto?
Me fijo en lo que me transmite, es como un texto que me sugiere cosas, tengo que escuchar de verdad y dedicar mucho tiempo. Y en esto hay que ser honesto: no siempre se consigue. A veces estas contaminada por un color, una forma o una idea que te parece muy interesante y la intentas colar, pero el dibujo la escupe; hay que escuchar también al dibujo. Cada formato te va marcando los límites, nunca es mi idea, sino las ideas que te transmite el texto, en este caso escuchar una canción. Al final tienes que dar una imagen, dar una respuesta al diálogo con el texto, a través de una imagen que tiene que ser sugerente y transmitir. Cuando veas el dibujo, también tienes que sentir que estas tocando el violín o la trompeta.
¿Te ves creando ilustraciones en 3D en un futuro? Porque en arte ya se está haciendo.
Sí, pero como podría terminar dibujando acuarela. Igual estoy en 3D más adelante, es una realidad y además muy interesante. Da igual el medio, lo que importa es el mensaje que quieras transmitir. Me pueden conmover lo mismo Las Meninas, que una performance. Lo que dan las tecnologías son nuevas herramientas. Cuando empecé a estudiar usando un tiralíneas y luego un Rotring, nadie iba a decirme que ahora iba a dibujar a ordenador.
¿Has pensado hacer un libro que resuma todas tus ilustraciones?
Sólo llevo cuatro ilustrando, aunque sí me gustaría hacerlo. Quizás no lo sacaría en papel, sino online; y si lo sacara, lo haría con las ilustraciones en prensa. Puede que ahora, en este punto, me parecería muy prematuro, pero en un futuro puede que sí, porque ilustraciones en prensa tengo más de 500. Habría que hacer una selección de la evolución que he tenido en todo este tiempo. Antes apenas daba color a mis dibujos porque pensaba que si era un tema serio no podían llevar color. Ahora mis dibujos parecen fallas [risas] y el color cuenta mucho. Cuando antes entregaba un dibujo a Le Monde o a El País me decían “¿Eva, le has dado color?” y yo les convencía de que tenían tonos de color muy raros, como azules grisáceos, y que el dibujo tenía que ser así; ellos entonces me  decían “aaaah, sí, ahora lo veo”, aunque yo sé que nadie podía verlo [risas].
¿Cómo ves la situación artística y cultural?
Está muy mal, pero más en las editoriales que en los periódicos. A nivel editorial sí lo he notado; en El País no he  notado apenas cambios. Muchas editoriales pequeñas han cerrado porque contaban con subvenciones de sus Comunidades o a nivel nacional, y ya no pueden sacar libros. La situación económica es dramática y la gente no invierte tanto en libros.
Somos los mismos y el pastel es más pequeño. A nivel de ilustración el nivel de profesionales aquí es muy bueno, pero muchos de ellos no están trabajando aquí sino fuera. Admito y admiro mucho el nivel que tienen. Una posible solución que planteo es irse fuera, ¿por qué tener un pastel pequeño si hay pasteles más grandes por todo el mundo? Adaptarse a las cosas es importante también, y quizás pensar si aquí ya no tenemos más que contar. Hay que tener un punto de honestidad y no tener una fórmula que nos funciona hasta quemarla; hay que renovarse y ser flexible.
Siempre me gusta terminar las entrevistas con esta pregunta: ¿qué libro, qué disco y qué película nos recomendarías?
Qué complicado, no sabría decirte uno [risas]. La música me afecta mucho y por eso no puedo trabajar con ella. No suelo escuchar música, pero me gusta mucho LCD Soundsystem porque es como si no escuchara música. Lo puedo tener como banda sonora de mi vida porque no me altera, y eso me gusta.

Luego hay un libro que me encanta que se llama El maestro y Margarita. Es un libro ruso que me parece la bomba. En el Canal hicieron la obra de teatro y la recomiendo a todo el mundo. Me encantaría ilustrar en algún momento ese libro, me parece complicadísimo y me gustaría saber si puedo hacerlo. Sería como un proyecto de futuro sin prisa, de futuro de verdad; a lo mejor me muero y no lo he terminado.
Y una película que hace años me impactó mucho fue Canino. Me alteró un poco una realidad abrumadora pero realista. Yo la recomendaría aunque es un poco vieja, quizás de hace cuatro o cinco años, no recuerdo. Pero si alguien dice que quiere ver una película un poco rompedora, aunque a lo mejor no lo sea tanto, diría esa.

Fuente: http://www.lahuelladigital.com/eva-vazquez-el-estilo-no-es-lo-mas-importante/
Ilustraciones adicionales: http://evavazquezblog.blogspot.com.es/ y http://florayfauna.blogspot.com/2013_08_01_archive.html.

jueves, 8 de enero de 2015

UMOR

EL PAÍS, Madrid, 8 de enero de 2015
LA CUARTA PÁGINA
Los malos no ríen
Es peligroso ser humorista, los mejores se juegan la vida, y por eso es uno de los oficios más serios del mundo. Pero el terrorismo no ganará, porque el ruido de una bomba puede menos que el estallido de una carcajada
Siete detenidos en la investigación del atentado contra el ‘Charlie Hebdo’
Javier Pérez Andújar 

Es muy fácil matar a dos policías. Es muy fácil matar a un economista. Es muy fácil matar a un dibujante. Es muy fácil matar a cuatro dibujantes. Es muy fácil matar a cinco periodistas. Tan sencillo como matar a doce personas (dos policías, un economista, cuatro dibujantes, cinco periodistas), tan simple como matar a todo el mundo cuando se sabe que las personas somos frágiles por instinto. Nada más pacífico que la redacción de una revista satírica. Por ejemplo, Charlie Hebdo. Por ejemplo, Wolinski, que antiguamente había pasado por Hara-Kiri y que a lo largo de toda una década, los años setenta, fue redactor jefe de Charlie. Allí estaba, ayer estaba, Wolinski en la redacción de su semanario cuando le mataron junto a sus compañeros. He leído en Internet que a algunos los llamaban por su nombre mientras les descargaban los Kaláshnikov. Por ejemplo, Wolisnki a sus 80 años. Un viejo que se ha pasado la vida dibujando, que se ha pasado la vida haciendo reír a cientos de miles de personas frágiles. Pero matar es más fácil que hacer reír.
Y también es más fácil matar a las personas que matar a la risa. La historia del fanatismo, de la intransigencia, es esa: la persecución de la risa. De eso, de la condena de la risa, se habla mucho, por ejemplo, en El nombre de la rosa, una novela de herejes y de monjes que tuvo mucho eco (con perdón). La risa es lo más parecido a la libertad. De hecho existe la risa porque la libertad es imposible, y la gente frágil, aunque no seamos de posibles, sí que tendemos al posibilismo. En los años en que Wolinski era redactor jefe de Charlie,en París, trabajaba el en parque del Retiro de Madrid un titiritero que además salía por televisión. Barba canosa, la barriga como un baúl (para mostrar a todos que era nómada), camiseta y tirantes. Como se llamaba Manuel de la Rosa escribió un libro titulado Manual de la risa por Manuel de la Rosa. Me he pasado la vida riendo con estas cosas, y con todo en general.
En aquella época yo era un crío bromista y Franco había empezado a morirse en serio. Charlie Hebdo le dedicaba portadas dibujándole en el ataúd de camino a su tumba (“Franco va mieux. Il est allé au cimitière à pied”). De algún modo, es decir, gracias a los dibujantes, a los humoristas, descubrí entonces que la verdadera libertad es la risa. El Perich, Chumy Chúmez, OPS, Summers, Cesc, Tip y Coll, por supuesto... En fin, todos. Reírse es luchar contra las dictaduras. Porque los malos no ríen. La risa del malo parece siempre más un graznido o un rebuzno que una risa. Cualquier cosa, menos un sonido humano. A los malos lo que les hace gracia es la desgracia. El malo necesita señalar con el dedo o con el cañón de su pistola aquello de lo que se ríe, porque en realidad solamente él se está riendo su propia gracia y nadie más se la ve por ninguna parte.
Es peligroso ser humorista, los mejores se juegan la vida y, por eso, ya hemos visto, es uno de los oficios más serios del mundo. Cuando alguien mata a un humorista, no es para que deje de dibujar o de escribir o de contar sus ocurrencias, sino para que los que quedamos vivos dejemos de hacerlo. Pero nunca lo consiguen. El terrorismo odia la risa. No puede con ella, porque el ruido de una bomba puede menos que el estallido de una carcajada.
Quienes trabajan en los periódicos y las revistas satíricas buscan la verdad oculta de las cosas
Por ejemplo Wolinski, y por ejemplo, Charb, el director de Charlie Hebdo. Han matado a un izquierdista de 47 años; dicho así parece una vieja película italiana. Pero sigue ocurriendo ahora. El atentado de ayer contra la histórica revista satírica parisiense ha sido un atentado político en toda la regla, pues el objetivo de los asaltantes era la libertad ahí donde se fabrica: en la redacción de una revista de humor.
El periodismo es la manera de vivir y de ser de los humoristas. Sólo en un lugar tan fugaz y a la vez tan persistente como las páginas de un periódico, o de una revista, o en una emisora de radio o en una cadena de televisión, sólo en sitios así donde está todo el mundo de paso, donde hasta lo que se dice está de paso por un día, por unas horas, cabe un humorista. Un periodista y un humorista buscan lo mismo: la verdad oculta de las cosas. El periodista y el humorista se enfrentan a los mismos enemigos. Pero los periodistas fingen que hablan completamente en serio y los humoristas aparentan hacerlo completamente en broma. Cuando se junta un grupo de humoristas acaban fundando una revista y cuando se junta un grupo de periodistas terminan contando chistes. La foto de Charb que ahora mismo circula por Internet es contagiosa como la risa. La fotografía de este dibujante levantando el puño como un comunista y sosteniendo en la mano con orgullo un ejemplar de su Charlie Hebdo. Sólo un fanático puede matar a un hombre con gafas. (Quizá quienes lo han matado esperen alguna alusión relativa a las creencias de unos u otros, pero esto ahora es lo de menos pues estamos hablando de lo único realmente sagrado para los humoristas: la libertad).
El periodismo es la frontera entre el poder y la libertad. Los periodistas son furtivos que le roban al primero para darle a la segunda, y viceversa. A veces se quedan atrapados en uno de los dos campos, y otras caen físicamente durante el camino en el fuego cruzado. Un humorista cuando escribe por la libertad, por la igualdad y por la fraternidad, escribe sobre todo por la hilaridad.
Por ejemplo Wolinski, por ejemplo Charb y por ejemplo Cabu, sus gafas redondas, su peinado redondo y extraño como una caricatura yeyé. El próximo martes 13 de enero iba a cumplir 77 años. Cabu, veterano de mil publicaciones, anciano de una sola vida, muerto a tiros en la redacción de su revista. (En España sabemos los días de enero, los abogados de Atocha acribillados).
Un fanático no soporta que descubran sus trampas. Mata al que las evidencia
Lo que más odian las armas es el lápiz. El del abogado, el del dibujante... El dibujante es el principal defensor del humor. Un dibujante siempre lleva un lápiz en el bolsillo por lo que pueda ver o por lo que se le pueda ocurrir. Al tiempo que escribo esto, la plaza de la Republique en París se está llenando de gente en silencio que lleva un lápiz en la mano y lo enseña a la noche. (Todavía no son las siete y la plaza espera y la redacción espera. Hoy todo el mundo espera desesperado).
Una persona con un lápiz en la mano es todavía más frágil que sin él, porque los lápices nos muestran tal como somos: no tenemos nada más que lo que decimos. Una persona con un lápiz es tan frágil como una persona con gafas. El lema de la democracia es un hombre, un voto, el lema de la libertad es un hombre un lápiz. O una mujer. El lenguaje está lleno de trampas y los humoristas son artificieros especialistas en desactivarlas. Pero un fanático no soporta que descubran sus trampas. Mata al que las evidencia.
Por ejemplo Wolinski, por ejemplo Charb, por ejemplo Cabu, y por ejemplo Tignous, la sonrisa irónica de los morenos tímidos, 58 años, humorista gráfico profesional, colaborador de Charlie entre otras revistas. Esta mañana estaba allí y lo mataron a tiros. Claro, para defenderse sólo tenía un lápiz. Pero un humorista es eso, un hombre que sólo tiene un lápiz para defenderse.
Los fanáticos no lo saben pues no saben nada que no sea su fanatismo, pero no van a poder con los lápices. Cada vez hay más, porque en la vida en libertad lo primero que se le enseña a una niña y a un niño es a coger el lápiz.
(*) Javier Pérez Andújar es escritor. Su última novela publicada es Catalanes todos (Tusquets).

Ilustración: Eva Vázquez.