La Reconquista a debate
Rafael Sánchez Saus / ABC
A los españoles de mi generación se nos hace difícil comprender cómo ha llegado a ser tan controvertido el término y el concepto mismo de Reconquista. Tengo ante los ojos el que fuera quizá el manual de Historia Medieval de España más utilizado por los estudiantes de los setenta y los ochenta, debido a un catedrático reconocidamente marxista, José Luis Martín. En él se mostraba reticente hacia la idea de «reconquista», en la medida en que, aclaraba, no hubo siete siglos de luchas continuas movidas por ideales religiosos -algo que hoy, y creo que ya entonces, ningún historiador pretendía-, pero no dudaba en aplicarla para dar cuenta del «avance de las fronteras de los reinos y condados del norte» sobre Al Andalus. Desde entonces la historiografía española ha cambiado mucho, en general para bien, pero evidentemente no podía permanecer inmune al gran debate que desde hace algún tiempo se plantea sobre la existencia misma de España como sujeto histórico, debate que permea todos los grandes procesos y acontecimientos como se ha demostrado, en estos días, con motivo de la conmemoración de la primera circunnavegación del mundo.
Un extranjero, aunque nos conoce muy bien, y ajeno al medievalismo aunque no a la historia, el gran Stanley Payne ha sido capaz de saltar por encima de los charcos de la crónica menor para explicarnos el rango que la Reconquista debiera tener en nuestra historia nacional y en la de la humanidad: «El gran proceso de recuperación y creación conocido escuetamente como la Reconquista es, si se toman en cuenta todas sus dimensiones, un acontecimiento absolutamente único en la Historia, y habría dado a España un papel destacado y sin precedentes en la historia universal, incluso si su pie y huella no hubiera llegado nunca a América».
Frente a esta visión tan potente, ¿somos conscientes los historiadores y medievalistas españoles de hoy de la importancia extraordinaria de lo que Payne observa, tanto si nos adherimos a su juicio como si no? Porque lo que sorprende en el actual y fiero debate sobre la idea de Reconquista es la insistencia en cuestiones de tan escaso porte real como la inexistencia del término en tiempos medievales ni antes de fines del siglo XVIII, o lo supuestamente inapropiado del concepto para describir fenómenos de indudable complejidad que comprendieron no sólo la ocupación territorial, también en buena medida la sustitución de las poblaciones y de la cultura allí asentadas desde hacía muchas generaciones.
El primer reproche, quizá el más repetido hoy, es casi infantil. Todos sabemos que las denominaciones empleadas por los historiadores desde hace varios siglos, tampoco precisamente desde ayer, para referirse a acontecimientos o procesos complejos y de larga duración no son prácticamente nunca contemporáneas a los hechos. La gran mayoría son un producto de la historiografía decimonónica, la primera que los estudió percibiendo o creyendo percibir la unidad que les da sentido, y así han llegado hasta nuestros días esos términos quizá no del todo apropiados pero necesarios para la comprensión histórica, y no digamos para la docencia: «invasiones bárbaras», «imperio bizantino», «califato de Córdoba», «guerra de los Cien Años»… y tantos otros que nunca fueron empleados por las gentes que los protagonizaron, pero sin los que sería imposible una mera conversación sobre los hechos que compendian.
El término Reconquista no podía nacer en la Edad Media porque el latín no lo posee, ni siquiera como idea estricta, pero los españoles de aquellos siglos sí usaron otros poco diferentes para referirse a lo mismo que la palabra «reconquista» evoca: el largo y dificultoso proceso de ocupación del territorio hispano en manos del islam, acompañado de la voluntad de extinción de Al Andalus, considerada ilegítima su propia existencia. Entre los conceptos entonces empleados para designarlo, el de Restauratio Hispaniae fue el más habitual y, al mismo tiempo, el más abarcador y el más cargado ideológicamente. La Restauración de España no podía consistir, tal como se la concebía, en una mera conquista militar, implicaba también el regreso a las formas idealizadas de la Spania anterior a la invasión islámica. Ese ideal goticista, ya desde el siglo IX, identificaba el solar hispano con un pueblo y un reino, heredero del de Toledo, y con una fe, la católica. ¿Debiéramos sustituir Reconquista por Restauración de España? No parecen esas las intenciones de los críticos.
La otra objeción, la de cómo llamar Reconquista a la ocupación de territorios que los cristianos no poseían desde hacía varios siglos, puede parecer más consistente. Sin embargo, teniendo en cuenta que el término responde inequívocamente a la perspectiva de los reinos norteños, de los que los españoles posteriores siempre se han considerado continuadores hasta hoy, lo que hace es subrayar precisamente la fuerte convicción de los conquistadores de estar recuperando algo que era suyo y legítimamente les pertenecía, aunque hubiera sido ocupado durante siglos por gentes sin derecho a ello. Lo indudable es que para que un convencimiento así llegue a cuajar y a formar parte de la identidad de una comunidad, se hace completamente necesario un sentimiento de continuidad entre los reinos cristianos y la España perdida. Ese sentimiento de continuidad, al menos desde el siglo IX, es claramente perceptible.
Pero como sucede a menudo, la justificación y pervivencia del término Reconquista puede estar asegurada por la inexistencia de otro mejor, por la incapacidad de quienes lo rechazan para proponer otro que no posea una tal carga ideológica actual que su empleo pueda hacerse sin repulsión. Historiadores y filólogos debieran ser capaces de prescindir de las suspicacias ideológicas más que científicas que una expresión de tanta solera como Reconquista genera, conseguir separarse de la carga emocional que algunos siguen proyectando sobre acontecimientos irreversibles desde hace cientos de años, como si la resurrección de un Al Andalus mitificado dependiera de ellos y sus trabajos, y comprender que lo que interesa a todos conocer y explicar, más que el nombre, es la magnitud de los fenómenos históricos que el concepto de Reconquista sintetiza.
No podemos hacernos muchas ilusiones: el problema no reside en aceptar o rechazar una mera palabra más o menos apropiada, ni siquiera una idea asociada a un término, a lo que muchos se niegan es a reconocer la formación de una gran realidad histórica y cultural sobre la noción conservada de otra preexistente y el empeño de muchas generaciones en su recuperación. La primera, procedente de los tiempos godos; la segunda, la que la Reconquista cuajó. Cada una fue hija de su tiempo y entre ellas existió un enorme hiato, aunque también evidentes continuidades. Ambas fueron y en buena medida siguen siendo una y la misma España que hoy nos acoge a todos.
(*) Rafael Sánchez Saus es Catedrático de Historia Medieval en la Universidad de Cádiz.
24/01/2020:
https://www.almendron.com/tribuna/la-reconquista-a-debate/
https://www.abc.es/opinion/abci-rafael-sanchez-saus-reconquista-debate-202001232308_noticia.html
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martes, 28 de enero de 2020
viernes, 29 de septiembre de 2017
miércoles, 30 de agosto de 2017
jueves, 25 de diciembre de 2014
INFINITO JUEGO
EL PAÍS, Madrid, 14 de noviembre de 2014
L&L (Lengua y Literatura) »
José Manuel Blecua: “Hay una visión anecdótica del trabajo lexicográfico”
Hoy: Qué es la filología, qué es la lingüística, qué es un diccionario
Luis Magrinyà
José Manuel Blecua Perdices (Zaragoza, 1939), hijo y hermano de filólogos, actual director de la Real Academia Española, es, cargos aparte, un nombre muy presente en nuestra educación lingüística: no solo fue pionero de los libros de estilo de los periódicos (el suyo para La Vanguardia es de 1982) y de la informatización de los estudios filológicos (creó el Seminario de Filología e Informática de la Universidad Autónoma de Barcelona en 1989), sino que un montón de estudiantes de ESO y Bachillerato aprenden hoy Lengua y Literatura con libros de texto en los que él ha participado. Fonetista y gramático (su Gramática española con Juan Alcina, cuya primera edición es de 1975, es un clásico), es también especialista en sinónimos, que tanto preocupan a quienes escribimos (Diccionario avanzado de sinónimos y antónimos de la lengua española, Vox, 1999), y en campos más recónditos, como los trastornos de aprendizaje (ha dirigido estudios sobre los problemas del uso del artículo en los niños sordos, por ejemplo). Su discurso de ingreso en la RAE (2003) es un curioso y deslumbrante ejemplo de erudición dedicado al grabado inicial, la portada, el prólogo y el salón de actos del Diccionario de autoridades de 1726, el primero de los diccionarios académicos y sobre el que aún hoy se basan todos los demás. Ha declarado que la lengua es “dinamismo y gracia”. El último libro que ha (re)leído para un informe de una universidad norteamericana es la obra de Carolina Julià Variaciones léxicas en los nombres de las partes del cuerpo: los dedos de la mano en las variedades hispanorrománicas. “Como la primera vez que leí este libro —dice—, he sentido una sensación de satisfacción filológica y lingüística porque representa la combinación armoniosa de los problemas teóricos de la lingüística contemporánea junto con el conocimiento positivista de los datos procedentes de los trabajos de la geografía lingüística”.
Últimamente, con motivo de la nueva edición del DRAE, ha sido asediado a entrevistas. L&L también ha querido hacerle algunas preguntas.
Pregunta. Empecemos, si nos lo permite, con una pequeña presentación para legos: en pocas palabras, ¿qué es la filología, qué es la lingüística, y por qué son importantes?
Respuesta. La filología en su sentido más estricto se dedica a la comprensión total de los textos, mientras que la lingüística se ocupa de la investigación del lenguaje en su dimensión más amplia. Son muy importantes ambas; la filología ha ocupado veinte siglos del conocimiento en Occidente y ha sido un sólido bastión de las Humanidades; la lingüística, bastante más reciente, ha sido una de las ramas del saber más decisivas teóricamente en las últimas décadas en sus aspectos historicista, estructuralista, generativa y cognitiva.
P. Y ahora vayamos, nada más empezar, con los enemigos. Conocemos el caso de un estudiante con notazas en Bachillerato y selectividad que quería hacer Filología Española, pero, persuadido por sus padres de que sería una pena derrochar semejante currículum en una carrera “sin salidas”, ha acabado matriculándose en una de ciencias con una nota de corte muy alta. ¿Realmente es una carrera “sin salidas”?
R. No lo sé, pero sí sé que las salidas dependen básicamente del conocimiento, del trabajo y de la voluntad de los estudiantes. Yo creo que en estos momentos Filología Española es una especialidad prestigiosa tanto en los aspectos históricos como en los aplicados.
P. Hablando de carreras de ciencias, hay otro pesado adversario al que aún se oye, incluso en ámbitos académicos, diciendo barbaridades como “La lingüística no es una ciencia”.
“Los filólogos son seres curiosos y divertidos, llenos de conocimientos basados en el conocimiento directo”
R. Yo creo que el estudio de la entonación, por ejemplo, tal como hoy está planteado desde punto de vista teórico y experimental es totalmente científico. Lo que no es una ciencia es la historia de la ciencia, que no pasa de ser una descripción más o menos rigurosa. Como he practicado con gusto ambas dimensiones sé con conocimiento de causa la enorme diferencia que existe entre las dos.
P. Hay algo, sin embargo, que creemos que no se ha conseguido. En la tradición británica, por ejemplo, llevamos más de un siglo leyendo novelas —desde Los papeles de Aspern de Henry James hasta Posesión de Antonia S. Byatt— protagonizadas por jóvenes filólogos o estudiosos de la literatura, embarcados en excitantes aventuras relacionadas precisamente con la misma naturaleza de sus estudios. Aquí, nos parece, no hemos pasado del “romántico” librero de viejo, o del bibliófilo que tiene un libro escrito por el Demonio. ¿A qué se debe que la filología española sea tan poco sexy? ¿Por qué tienta tan poco al imaginario y no abundan, que sepamos, novelas, películas, series protagonizadas por filólogos?
R. Es verdad, es una carencia de difícil explicación.
P. Bueno, la verdad es que películas protagonizadas por filólogos no abundan en ninguna parte. Yo solo recuerdo al doctor Morbius de Planeta prohibido (1956) y la magnífica panda, capitaneada por Gary Cooper, de estudiosos del slang de Bola de fuego (1941).
R. Desgraciadamente, no parece que la figura del filólogo haya atraído con pasión a los cineastas, aunque sea una auténtica lástima. Los filólogos son seres extraordinariamente curiosos y divertidos, llenos de conocimientos variopintos basados en el conocimiento directo. Piénsese en el libro de Martín de Riquer sobre las leyendas medievales catalanas que publicó Vallcorba en El Acantilado.
P. ¿Se podría hacer algo más para despertar el apetito de los escolares y estudiantes en general por la lengua y la literatura? Antonio Orejudo decía en un artículo que los profesores han fallado en “el servicio de atención al cliente”, en la “asistencia técnica” que requiere la lectura, por ejemplo, de clásicos como el Mío Cid, “un texto escrito en otro tiempo, en otro mundo y —reconozcámoslo— en otro idioma”. También se nos ocurren otros hándicaps, derivados del mismo carácter de la historia literaria española: para el siglo XVIII, imaginamos, los jóvenes ingleses tendrán como lecturas a Defoe o a Fielding, y los franceses a Voltaire o Las relaciones peligrosas; en cambio, los nuestros… a ¿Jovellanos? ¿Cómo hacer apetitoso a Jovellanos? ¿O es un error pensar en el apetito?
“Un personaje de Ramón Pérez de Ayala sostenía que ‘higiénico’ y ‘aristocrático’ eran rigurosos sinónimos”
R. El problema de los textos medievales es distinto del problema de los siglos XVIII o XIX. En el primer caso nos encontramos con textos alejados de nuestro conocimiento, en muchos casos impenetrables. Se trata de los problemas que Emilio Lledó ha tratado en su obra deliciosa El silencio de la escritura. La escritura se torna silenciosa para el lector contemporáneo, sólo es accesible para el lector que posee unos determinados conocimientos. En el segundo caso, muchos de los problemas que tratan las páginas de Jovellanos o de Cadalso son básicos para la formación de la personalidad de los alumnos. En este último caso, no hay duda de que el profesor es incapaz de realizar su tarea con suficiente conocimiento, incluso con la pasión imprescindible.
P. El diccionario de sinónimos y antónimos que usted dirigió es de los pocos que llevan anotaciones sobre diferencias de uso y de significado, algo muy importante porque, entre quienes aspiramos a hablar y escribir bien, suele colarse la idea algo simple de que los sinónimos lo arreglan todo. Sin embargo, ¿no cabría insistir en que el léxico más repetido y polivalente −pensamos en verbos como hacer, tener, dar, ser, estar− apenas necesita sinónimos? ¿Que decir realizar cosquillas, poseer ventanas (una casa), entregar las gracias (ejemplos que tenemos documentados) es un disparate? Existe una perversión de la sinonimia, ¿no?, en aras del “buen estilo”: a veces, antes de que nos entren las ganas de “variar”, sería recomendable quizá un buen entrenamiento en las estructuras fijas que tanto abundan en la lengua…
R. Esta es una cuestión muy compleja, creo que el magnífico diccionario Redes dirigido por Ignacio Bosque, y su hermano pequeño el Diccionario combinatorio práctico, ayudan a resolver gran parte de estos problemas de fijación sintáctica y dan pistas ciertas para una variación apoyada en la realidad lingüística.
P. Cuéntenos una buena historia sobre sinónimos, por favor.
R. Yo solía contar el ejemplo de aquel personaje de una novela de Ramón Pérez de Ayala que sostenía que higiénico y aristocrático eran rigurosos sinónimos.
P. Hemos leído que el servicio de consultas de la RAE registra una afluencia impresionante. En su libro ¿Qué es hablar? (1982), cuenta usted una anécdota muy divertida: en Estados Unidos, en 1940, la artista de strip-tease Georgia Sothern escribió al ensayista H. L. Mencken agradeciéndole su libro sobre el inglés americano, con la esperanza de que “la ciencia de la semántica encuentre tiempo para ayudar a los miembros de mi profesión, poco privilegiados desde el punto de vista léxico”. No sabemos si hoy el colectivo del strip-tease se lamenta de tales carencias, pero ¿se reciben consultas de colectivos “necesitados” de palabras?
R. Era un trabajo muy interesante que se publicó en la revista Word hace muchos años. Me pareció que era un dato muy revelador y lo he citado algunas veces; yo estoy convencido de que la artista tenía su punto de razón.
“El ‘Diccionario histórico’ ha sido preocupación de la RAE desde el primer tercio del siglo XX”
P. Ha salido el nuevo DRAE y, francamente, después de todo (o casi todo) lo que hemos leído sobre él, parece que, en vez de publicarse un diccionario, se ha celebrado una nueva edición del festival de la OTI. Suponemos que será verdad que el DRAE es algo más que un diccionario, y que a la Academia no le molesta precisamente este plus… pero ¿no estaría bien recalcar también que, en principio, es una obra lexicográfica, que debería ser entendida y analizada desde un punto de vista lexicográfico? Echamos de menos, de verdad, un poco más de interés por la labor paciente, fascinante, repleta de contratiempos y decisiones difíciles, siempre a vueltas con el método científico, de los lexicógrafos…
R. Sí, es gran verdad. Vuelvo de hacer las presentaciones del nuevo diccionario en varios países americanos (Colombia, Argentina, Paraguay y Chile) y en casi todas las entrevistas han aparecido los síntomas de una visión anecdótica del trabajo lexicográfico: número de palabras de la zona (en general, las cantidades enamoran al público), opiniones sobre cuál es la palabra más bonita (la más fea o la más divertida), confusión sobre las acepciones que encierran valores metafóricos (que nunca son entendidos rectamente por los distintos colectivos), necesidad de que el diccionario sea políticamente correcto. No hay duda de que todos estos ejemplos revelan una deficiente enseñanza sobre el diccionario y sobre su uso.
P. El director del nuevo DRAE, Pedro Álvarez de Miranda, ha declarado que muchos términos digamos antiguos han sido suprimidos porque para eso ya está el Diccionario histórico. El caso es que el Diccionario histórico estar, lo que se dice estar, no está, ¿no? Algunos creemos que si a algo debería dedicar todos los esfuerzos una institución como la Academia es a ese diccionario, que tienen la mayoría de las lenguas europeas −algunas desde el siglo XIX− y no tiene el español.
R. El Diccionario histórico ha sido preocupación de la RAE desde el primer tercio del siglo XX y la prueba mejor es que la obra se ha iniciado tres veces. Ahora que existe un complejo sistema informático y que su sitio en Internet es extraordinariamente útil (NDH, corpus, aplicaciones, mapa de diccionarios, aplicación informática del llamado Diccionario de Autoridades, fichero de papel…), se ha quebrado el apoyo económico que el Estado proporcionaba en la época del presidente Rodríguez Zapatero. Esta obra no solo es un problema teórico, felizmente resuelto, sino también una aplicación en los procesos de redacción de los artículos que necesitan de especialistas bien preparados y numerosos para lograr los primeros resultados con validez numérica.
P. Y, por último, ¿por qué tanta gente toma el DRAE como una especie de Libro de la Verdad? ¿Podría hacer algo la Academia para evitar tanta sacralización… o de hecho le gusta que sea así? ¿Insistir más firmemente en lo que es un diccionario?
R. Me apena y me entristece esta visión y tal vez en el futuro haga algo para remediar esta visión tan pobre del Diccionario. Es indudable, como he señalado antes, que esta visión procede de muchos factores diferentes, en los que la enseñanza no es inocente.
Fotografía: LB, Polideportivo Urb. San Luis, Caracas, 2014.
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José Manuel Blecua: “Hay una visión anecdótica del trabajo lexicográfico”
Hoy: Qué es la filología, qué es la lingüística, qué es un diccionario
Luis Magrinyà
José Manuel Blecua Perdices (Zaragoza, 1939), hijo y hermano de filólogos, actual director de la Real Academia Española, es, cargos aparte, un nombre muy presente en nuestra educación lingüística: no solo fue pionero de los libros de estilo de los periódicos (el suyo para La Vanguardia es de 1982) y de la informatización de los estudios filológicos (creó el Seminario de Filología e Informática de la Universidad Autónoma de Barcelona en 1989), sino que un montón de estudiantes de ESO y Bachillerato aprenden hoy Lengua y Literatura con libros de texto en los que él ha participado. Fonetista y gramático (su Gramática española con Juan Alcina, cuya primera edición es de 1975, es un clásico), es también especialista en sinónimos, que tanto preocupan a quienes escribimos (Diccionario avanzado de sinónimos y antónimos de la lengua española, Vox, 1999), y en campos más recónditos, como los trastornos de aprendizaje (ha dirigido estudios sobre los problemas del uso del artículo en los niños sordos, por ejemplo). Su discurso de ingreso en la RAE (2003) es un curioso y deslumbrante ejemplo de erudición dedicado al grabado inicial, la portada, el prólogo y el salón de actos del Diccionario de autoridades de 1726, el primero de los diccionarios académicos y sobre el que aún hoy se basan todos los demás. Ha declarado que la lengua es “dinamismo y gracia”. El último libro que ha (re)leído para un informe de una universidad norteamericana es la obra de Carolina Julià Variaciones léxicas en los nombres de las partes del cuerpo: los dedos de la mano en las variedades hispanorrománicas. “Como la primera vez que leí este libro —dice—, he sentido una sensación de satisfacción filológica y lingüística porque representa la combinación armoniosa de los problemas teóricos de la lingüística contemporánea junto con el conocimiento positivista de los datos procedentes de los trabajos de la geografía lingüística”.
Últimamente, con motivo de la nueva edición del DRAE, ha sido asediado a entrevistas. L&L también ha querido hacerle algunas preguntas.
Pregunta. Empecemos, si nos lo permite, con una pequeña presentación para legos: en pocas palabras, ¿qué es la filología, qué es la lingüística, y por qué son importantes?
Respuesta. La filología en su sentido más estricto se dedica a la comprensión total de los textos, mientras que la lingüística se ocupa de la investigación del lenguaje en su dimensión más amplia. Son muy importantes ambas; la filología ha ocupado veinte siglos del conocimiento en Occidente y ha sido un sólido bastión de las Humanidades; la lingüística, bastante más reciente, ha sido una de las ramas del saber más decisivas teóricamente en las últimas décadas en sus aspectos historicista, estructuralista, generativa y cognitiva.
P. Y ahora vayamos, nada más empezar, con los enemigos. Conocemos el caso de un estudiante con notazas en Bachillerato y selectividad que quería hacer Filología Española, pero, persuadido por sus padres de que sería una pena derrochar semejante currículum en una carrera “sin salidas”, ha acabado matriculándose en una de ciencias con una nota de corte muy alta. ¿Realmente es una carrera “sin salidas”?
R. No lo sé, pero sí sé que las salidas dependen básicamente del conocimiento, del trabajo y de la voluntad de los estudiantes. Yo creo que en estos momentos Filología Española es una especialidad prestigiosa tanto en los aspectos históricos como en los aplicados.
P. Hablando de carreras de ciencias, hay otro pesado adversario al que aún se oye, incluso en ámbitos académicos, diciendo barbaridades como “La lingüística no es una ciencia”.
“Los filólogos son seres curiosos y divertidos, llenos de conocimientos basados en el conocimiento directo”
R. Yo creo que el estudio de la entonación, por ejemplo, tal como hoy está planteado desde punto de vista teórico y experimental es totalmente científico. Lo que no es una ciencia es la historia de la ciencia, que no pasa de ser una descripción más o menos rigurosa. Como he practicado con gusto ambas dimensiones sé con conocimiento de causa la enorme diferencia que existe entre las dos.
P. Hay algo, sin embargo, que creemos que no se ha conseguido. En la tradición británica, por ejemplo, llevamos más de un siglo leyendo novelas —desde Los papeles de Aspern de Henry James hasta Posesión de Antonia S. Byatt— protagonizadas por jóvenes filólogos o estudiosos de la literatura, embarcados en excitantes aventuras relacionadas precisamente con la misma naturaleza de sus estudios. Aquí, nos parece, no hemos pasado del “romántico” librero de viejo, o del bibliófilo que tiene un libro escrito por el Demonio. ¿A qué se debe que la filología española sea tan poco sexy? ¿Por qué tienta tan poco al imaginario y no abundan, que sepamos, novelas, películas, series protagonizadas por filólogos?
R. Es verdad, es una carencia de difícil explicación.
P. Bueno, la verdad es que películas protagonizadas por filólogos no abundan en ninguna parte. Yo solo recuerdo al doctor Morbius de Planeta prohibido (1956) y la magnífica panda, capitaneada por Gary Cooper, de estudiosos del slang de Bola de fuego (1941).
R. Desgraciadamente, no parece que la figura del filólogo haya atraído con pasión a los cineastas, aunque sea una auténtica lástima. Los filólogos son seres extraordinariamente curiosos y divertidos, llenos de conocimientos variopintos basados en el conocimiento directo. Piénsese en el libro de Martín de Riquer sobre las leyendas medievales catalanas que publicó Vallcorba en El Acantilado.
P. ¿Se podría hacer algo más para despertar el apetito de los escolares y estudiantes en general por la lengua y la literatura? Antonio Orejudo decía en un artículo que los profesores han fallado en “el servicio de atención al cliente”, en la “asistencia técnica” que requiere la lectura, por ejemplo, de clásicos como el Mío Cid, “un texto escrito en otro tiempo, en otro mundo y —reconozcámoslo— en otro idioma”. También se nos ocurren otros hándicaps, derivados del mismo carácter de la historia literaria española: para el siglo XVIII, imaginamos, los jóvenes ingleses tendrán como lecturas a Defoe o a Fielding, y los franceses a Voltaire o Las relaciones peligrosas; en cambio, los nuestros… a ¿Jovellanos? ¿Cómo hacer apetitoso a Jovellanos? ¿O es un error pensar en el apetito?
“Un personaje de Ramón Pérez de Ayala sostenía que ‘higiénico’ y ‘aristocrático’ eran rigurosos sinónimos”
R. El problema de los textos medievales es distinto del problema de los siglos XVIII o XIX. En el primer caso nos encontramos con textos alejados de nuestro conocimiento, en muchos casos impenetrables. Se trata de los problemas que Emilio Lledó ha tratado en su obra deliciosa El silencio de la escritura. La escritura se torna silenciosa para el lector contemporáneo, sólo es accesible para el lector que posee unos determinados conocimientos. En el segundo caso, muchos de los problemas que tratan las páginas de Jovellanos o de Cadalso son básicos para la formación de la personalidad de los alumnos. En este último caso, no hay duda de que el profesor es incapaz de realizar su tarea con suficiente conocimiento, incluso con la pasión imprescindible.
P. El diccionario de sinónimos y antónimos que usted dirigió es de los pocos que llevan anotaciones sobre diferencias de uso y de significado, algo muy importante porque, entre quienes aspiramos a hablar y escribir bien, suele colarse la idea algo simple de que los sinónimos lo arreglan todo. Sin embargo, ¿no cabría insistir en que el léxico más repetido y polivalente −pensamos en verbos como hacer, tener, dar, ser, estar− apenas necesita sinónimos? ¿Que decir realizar cosquillas, poseer ventanas (una casa), entregar las gracias (ejemplos que tenemos documentados) es un disparate? Existe una perversión de la sinonimia, ¿no?, en aras del “buen estilo”: a veces, antes de que nos entren las ganas de “variar”, sería recomendable quizá un buen entrenamiento en las estructuras fijas que tanto abundan en la lengua…
R. Esta es una cuestión muy compleja, creo que el magnífico diccionario Redes dirigido por Ignacio Bosque, y su hermano pequeño el Diccionario combinatorio práctico, ayudan a resolver gran parte de estos problemas de fijación sintáctica y dan pistas ciertas para una variación apoyada en la realidad lingüística.
P. Cuéntenos una buena historia sobre sinónimos, por favor.
R. Yo solía contar el ejemplo de aquel personaje de una novela de Ramón Pérez de Ayala que sostenía que higiénico y aristocrático eran rigurosos sinónimos.
P. Hemos leído que el servicio de consultas de la RAE registra una afluencia impresionante. En su libro ¿Qué es hablar? (1982), cuenta usted una anécdota muy divertida: en Estados Unidos, en 1940, la artista de strip-tease Georgia Sothern escribió al ensayista H. L. Mencken agradeciéndole su libro sobre el inglés americano, con la esperanza de que “la ciencia de la semántica encuentre tiempo para ayudar a los miembros de mi profesión, poco privilegiados desde el punto de vista léxico”. No sabemos si hoy el colectivo del strip-tease se lamenta de tales carencias, pero ¿se reciben consultas de colectivos “necesitados” de palabras?
R. Era un trabajo muy interesante que se publicó en la revista Word hace muchos años. Me pareció que era un dato muy revelador y lo he citado algunas veces; yo estoy convencido de que la artista tenía su punto de razón.
“El ‘Diccionario histórico’ ha sido preocupación de la RAE desde el primer tercio del siglo XX”
P. Ha salido el nuevo DRAE y, francamente, después de todo (o casi todo) lo que hemos leído sobre él, parece que, en vez de publicarse un diccionario, se ha celebrado una nueva edición del festival de la OTI. Suponemos que será verdad que el DRAE es algo más que un diccionario, y que a la Academia no le molesta precisamente este plus… pero ¿no estaría bien recalcar también que, en principio, es una obra lexicográfica, que debería ser entendida y analizada desde un punto de vista lexicográfico? Echamos de menos, de verdad, un poco más de interés por la labor paciente, fascinante, repleta de contratiempos y decisiones difíciles, siempre a vueltas con el método científico, de los lexicógrafos…
R. Sí, es gran verdad. Vuelvo de hacer las presentaciones del nuevo diccionario en varios países americanos (Colombia, Argentina, Paraguay y Chile) y en casi todas las entrevistas han aparecido los síntomas de una visión anecdótica del trabajo lexicográfico: número de palabras de la zona (en general, las cantidades enamoran al público), opiniones sobre cuál es la palabra más bonita (la más fea o la más divertida), confusión sobre las acepciones que encierran valores metafóricos (que nunca son entendidos rectamente por los distintos colectivos), necesidad de que el diccionario sea políticamente correcto. No hay duda de que todos estos ejemplos revelan una deficiente enseñanza sobre el diccionario y sobre su uso.
P. El director del nuevo DRAE, Pedro Álvarez de Miranda, ha declarado que muchos términos digamos antiguos han sido suprimidos porque para eso ya está el Diccionario histórico. El caso es que el Diccionario histórico estar, lo que se dice estar, no está, ¿no? Algunos creemos que si a algo debería dedicar todos los esfuerzos una institución como la Academia es a ese diccionario, que tienen la mayoría de las lenguas europeas −algunas desde el siglo XIX− y no tiene el español.
R. El Diccionario histórico ha sido preocupación de la RAE desde el primer tercio del siglo XX y la prueba mejor es que la obra se ha iniciado tres veces. Ahora que existe un complejo sistema informático y que su sitio en Internet es extraordinariamente útil (NDH, corpus, aplicaciones, mapa de diccionarios, aplicación informática del llamado Diccionario de Autoridades, fichero de papel…), se ha quebrado el apoyo económico que el Estado proporcionaba en la época del presidente Rodríguez Zapatero. Esta obra no solo es un problema teórico, felizmente resuelto, sino también una aplicación en los procesos de redacción de los artículos que necesitan de especialistas bien preparados y numerosos para lograr los primeros resultados con validez numérica.
P. Y, por último, ¿por qué tanta gente toma el DRAE como una especie de Libro de la Verdad? ¿Podría hacer algo la Academia para evitar tanta sacralización… o de hecho le gusta que sea así? ¿Insistir más firmemente en lo que es un diccionario?
R. Me apena y me entristece esta visión y tal vez en el futuro haga algo para remediar esta visión tan pobre del Diccionario. Es indudable, como he señalado antes, que esta visión procede de muchos factores diferentes, en los que la enseñanza no es inocente.
Fotografía: LB, Polideportivo Urb. San Luis, Caracas, 2014.
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Filología,
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Luis Magrinyà
miércoles, 28 de noviembre de 2012
PREVISIÓN (2)
La noticia gastronómica o el paladar petrolero
Luis Barragán
luisbarragan@cantv.net
Centro de Investigaciones y Estudios Latinoamericanos (CIELA)
A avialores
La dura competencia de la televisión comercial ha abierto distintos derroteros a la cocina para asombro de quienes, incluso, la creían vedada a la ciencia y tecnología de entretenimiento. Maestros reales e imaginarios intentan transmitir los secretos, sabores, olores y colores de platos escondidos por mucho tiempo a las masas exhaustas de la cocina prefabricada e instantánea que puebla las calles y avenidas del globo terráneo. No obstante, puede aseverarse que la industrialización de las hornillas como acto recreativo, tiene sólidos antecedentes en los medios impresos que, décadas atrás, posiblemente no adivinaron cuán lejos llegaría en el territorio audiovisual.
Al hurgar la vieja hemerografía venezolana, en la búsqueda de datos que nos permitieran concretar ciertos acontecimientos políticos, fue inevitable dar un vistazo a los recetarios que asomaban e interpretaban un cambio de época. E inadvertidamente, apuntamos las características de una cocina de divulgación pocas veces suscrita por un autor o el manejo de un lenguaje raramente poético al que le preocupaba la traducción de términos franceses o anglosajones, tomando también una muestra de valor sociológico en la medida que retrataba una transformación de estilos y expectativas muy acordes con las ya añejas bonanzas dinerarias de un país dependiente de la renta petrolera.
Las revistas presuntamente destinadas a la mujer, por ejemplo, planteaban un modelo subyacente de la relación de pareja o la administración del hogar, atreviéndose al tratamiento de temas considerados como serios que podrían ayudar a la distinción social. Una suerte de frivolización del momento histórico, nos avisa de secciones empeñadas en el lucido tratamiento de un tema adecuado a un acto de festividad, como la nacionalización de la industria del petróleo, bajo el significativo título “No se quede callada” (Variedades: 10/02/75, Nr. 550); “para no aburrir al marido” con “cuentos de vecinas o pañales de bebé”, sugería a algún novelista o poeta; (Ellas, 01/69, Nr. 111); o en el grotesco experimento de “pensamientos”, se deslizaba aquello de “familia con buena comida permanece unida” (Páginas, 18/04/67, Nr. 635).
La cocina fue ganando espacios en medios no especializados en ella, siendo útiles los recetarios para promover productos, artefactos y servicios, así sacrificara el modo de preparación enunciando apenas los ingredientes, como fue el caso de unos champiñones a la griega (Variedades, 09/04/70, nr. 379). A veces, esos recetarios no aparecían (Páginas, 22/04/69, Nr. 740; Variedades, 02/08/71, Nr. 416; o Momento, 10/10/71), imaginando las dificultades en la venta de los espacios publicitarios.
Ejercicio de precisión, por lo que respecta a una muestra de las revistas que por entonces circulaban en Venezuela, adivinamos en la literatura gastronómica un curioso antecedente del actual y muy rentable apogeo audiovisual de la cocina que, igualmente, facilita la familiarización con autores complementariamente editados, difundiendo valores y estilos de placer en sociedades que los ansían, independientemente de sus niveles de desarrollo económico. La infopista facilita la promoción de escritores, cronistas y fabricantes de recetas, con tópicos que muy bien pueden atrapar la atención de poetas, cuentistas y novelistas en la dura faena de actualización de los referentes y de materiales culinarios se hicieron obras muy afamadas, siendo “Como agua para chocolate” de Laura Esquivel una de las más conocidas, o motivando ensayos que convocan a una docente de física y química y a otra de lengua castellana y literatura, sobre la nueva cocina en la novela picaresca (http://www.jimena.com/cocina/apartados/picaresca.ht
m)
¿Recetas de autor?
Nos preguntamos si se tratan de recetas de autor o de simple y abierta divulgación. Es de suponer la existencia de un “laboratorio” de recolección y procesamiento que no generaba lo que puede llamarse el pensamiento gastronómico. En la muestra aparecen nombres eventuales como Mary Pinto y Gustavo H. Machado. Profesionalmente publican Ana Dolores Gómez Kemp, coherente y constante; Silvia Beltrons, ¿desde Miami?; Angela Molina, que transita de “Momento” a “Variedades”; “Las Morochas” (Carmen y Berta), muy didácticas, sin mucho afán de promoción comercial e, incluso, cumplidoras, pues honraban sus promesas de futuras recetas a través de su popular programa de televisión; compiladoras como Mariapáez Ibarra. A veces surgían nombres famosos como Dolores Alonso, Mapie Toulousse Lautrec o El Ali - Bab.
Para los que escasamente conocemos la materia, podemos estimar que las recetas básicas no ameritaban de un autor. Por tales recetas, entendemos las que versan en torno a un procedimiento simple como es el de freir en mantequilla, desmenuzar, aprovechar el caldo o arribar a un sandwich de bistec y ensalada de frutas (Momento, 30/04/73 y 08/07/73). Hay un renglón “standard” cuyos matices son los que autorizan acaso a un “registro de autor”: aspic, bibelot, brule, chupe, tarcarí, fiambre, timbal, scallopini. Y tenemos, en contraste con otros procedimientos más complicados que se emparentan con toda una técnica que arroje sabores, el consomé colado en paño húmedo; la sustitución del polvo de natilla por mantequilla en las Manzanas Estefanía; las dos horas de preparación del Orange Martini; el goteo sobre la superficie de la Jalea de Manzanas y Tomates (Páginas, 18/04/67, 25/12/82, 03/09/68 y 25/06/69 respectivamente) o, lo que a mí me sorprendió, un helado que lleva sal (Bohemia, 03/09/67, Nr. 231). Por supuesto, es notoria la diferencia de una crema de tomates (Páginas,. 06/09/75, Nr. 1073), en relación a la lograda por Armando Scanonne.
¿La literatura gastronómica?
No pretendimos encontrar extraordinarias piezas descriptivas referentes a la cocina, pero llama la atención un conjunto de versiones sobre los verbos más empleados para deleite y desafío de Alexis Márquez Rodríguez. Citemos a modo de ejemplo: polvorear, polvorar, expolvorear, empolvorear; agregar, añadir, adicionar; flamear, flambear; freir, fritar; levar; marinar, marinear; glasear; cernir, cerner; confitar; cocer, cocinar; desleir. Sinónimos son: batir, licuar; biscuit, panecillos pequeños; judías, habichuelas; marshmallows, carlotas. Detengámosnos un poco en términos foráneos o inhabituales, pues, unas veces se escribe crepas (Variedades, 24/05/71, Nr. 406), crépes (Páginas, 16/02/74, Nr. 992) y crepés (Variedades, 20/09/71, Nr. 421); spaghetti (Páginas, 25/10/69, Nr. 767), spaguetis (Variedades, 02/04/70, Nr. 348), spaguettis (Variedades, 14/06/71, Nr. 409); strudel (Variedades, 16/10/68, Nr. 324), estrudel (Variedades, 04/02/74, Nr. 498). Usualmente se duda entre maicena y maizina; mercocha y melcocha; salcochar y sancochar; fois-gras y fois-grass; aliñar, adobar, aderezar, condimentar, sazonar. Mencionemos también: sopa, crema, hervido, potaje. En Ana Teresa Cifuentes, el potaje a la juliana es diferente a la sopa del mismo nombre (“La perfecta ama de casa”, Seleven, tomo I, p. 72). Y no es fácil aceptar una salsa para melocotones (Páginas, 17/04/71, Nr. 844), cuando la creemos propia de las comidas saladas.
Es notoria la presencia de una tecnología que no lograba traducirse en la cocina venezolana al principiar los sesenta. No había la “picadora” o el “microondas”, aunque no lo crean las recientes generaciones asi como tampoco dibujan la inexistencia del cassette para grabar instantáneamente o del refresco en lata. Por aquellos años hubo denominaciones muy inseguras: unas veces se dice “papel de estaño”, “papel plateado” y sólo más tarde aparecerá el “papel de aluminio”. Se habló del “heavy duty aluminun foil” y del papel de aluminio laminado (Vanidades Continental, 15/05/63, Nr. 10). La industria y la publicidad van domesticando el argot.
La “lata” o “latica” sustituye como medida a la feudal o preindustrial “raja”, aunque sigue hablándose de “manojito”, “pizca”, “cabo”. La cucharada “sopera” y la “taza” se impone y, en menor proporción, expresiones como “vaso” o “copita”.
A mi modo de ver, hay expresiones que transmiten la atmósfera del plato: cocedura, guarnición, picoso. Es menos frecuente leer “hágales una cavidad bastante profunda” a las papas (Variedades, 06/02/69, Nr. 288) o “perfumar con ron” (Páginas, 03/09/68, Nr. 707). Y nombres poéticos como “huevos prisioneros” (Variedades, 22/08/77, Nr. 681).
¿Periodismo gastronómico?
Al parecer, la sola transcripción de los recetarios no bastaba en un momento determinado. Se evidencia una tendencia a entrevistar a los cocineros de los restaurantes más afamados, como el de “El Dragón Verde” (Variedades, 12/07/71, Nr. 413), aunque culminaban en una pequeña y “exclusiva” receta que aliviara a los que no podía sufragar un plato en el distinguido lugar. No había una exploración convincente del personaje y de sus secretos culinarios, sino un toque muy superficial en el que cabía un interviú con el “cheff” Alfredo de la Sota y un comentario de Luis Alvarez Marcano sobre “La Vía Láctea” de Buñuel, (Variedades, 30/10/69, Nr. 326). O, sencillamente, el juego de fotografías de un personaje famoso apuntaba a una receta sin revelar autoría alguna (Variedades, 24/09/71).
A principios de los sesenta, la sección de cocina pasó a ser un relleno inevitable en las revistas destinadas a la clase media, las que podían incurrir en un gasto prohibitivo para los sectores populares. La publicidad directa o indirecta hizo del recóndito “secreto de la abuela”, la mejor oportunidad para promover los aliños industriales en sustitución de los “artesanales” y se ven marcas como la leche “Tip-Top”, “Nido”, “Reina del Campo”, huevos “La Lagunita” o zanahorias “Libby’s”, junto a marcas como “Maggi”. Entidades como el “Centro de Educación Doméstica” , unas veces con el respaldo de “Indulac” y otras de “Maggi”, suscriben la receta. Obviamente, es difícil evitar las repeticiones, como la de los huevos a la francesa (Ellas, 31/12/73 y Variedades, 24/09/73), la francachela de spaguetti (Variedades, 31/12/69; Páginas, 17/04/71; Ellas, 05/12/73), o la sopa de papas (Momento, 19/12/71; 23/01/72 y 25/06/72).
En cuanto a la fotografía gastronómica, en su mayoría son anónimas y comunes, sin que se note el barniz que cubre los alimentos de acuerdo a las técnicas de estilo. No obstante, llaman la atención piezas como la del “cake”, la cucharilla y la tetera, con un retrato al fondo que es una reproducción apenas diferente del motivo principal (Bohemia, 19/02/67), o la del “Molde de gelatina de carne y verduras”, firmada por Michelle Cioffari (Variedades, 25/03/74 y 10/06/74).
¿La cocina portátil?
La cocina es un fenómeno de los cinco sentidos. El restaurant o la tagüara. Como cocinero o comensal. El “güelefrito” de hace muchas décadas o las invocaciones de las sopas “Campbell’s” de Warhol. En los noventa, los programas de televisión probablemente no registran las huellas del auge de los sesenta.
Se ha impuesto la prisa gastronómica. No otra cosa que la “delegación” hacia fórmulas portátiles. Las hamburguesas industriales, con toda su ambientación, sustituyen las tradicionales y encarecidas arepas rellenas. Se levanta una maquinaria que masifica el gusto con recetas “patentadas”, a lo mejor fáciles de preparar y habrá quien diga de digerir a pesar de los ingredientes artificiales. Partimos de la obesidad ahora desprestigiada cuando antes era señal de prosperidad y poder en un país que no soñaba siquiera con la orimulsión. El furor de las dietas, consideradas la del atleta, la erótica, Scardale, la de la aeromoza y la “oficial” del Departamento de Agricultura del Canadá a propósito del pavo relleno ( Vanidades Continental, 01/01/66). Muchos años después aparecerá la del desecho de los frutos, una exquisitez en los alrededores del 27 de Febrero de 1989, gracias a la campaña de la Oficina Central de Información en las inmediaciones de aquella explosión social.
A las puertas de la Venezuela dineraria fue común manejar la distinción del plato o de uno de sus ingredientes. El pato a la naranja era una de “las gotas de oro” de la cocina (Momento, 20/02/72, Nr. 814) o las panquecas rellenas de “fois-grass” recibían la jerarquía de un plato “popof” (Variedades, 01/02/71, Nr. 391). Los ingredientes costosísimos, importados y de raro nombre, darán la pauta. Increpaban: “O sea que la distinción se mide ahora por la boca. ¿Qué eso a usted no le importa?” , para acotar seguídamente que nada más “in” que un té “muy complicado” porque es el que se sirve en exclusivos círculos sociales (Vanidades Continental, 02/10/73).
No hay una espontaneidad de gustos y procederes, con claras sospechas de la experiencia y del secreto. Sólo confusión del paladar y lo “refinado”, horrible palabra sobreviviente, se asoma en la mecánica composición o decoración de la mesa, si es el caso para los que no gustan del empaque y el llamado por altavoces para retirar la bandeja. Una tradición de las distancias pintada en la casi algebraica disposición de platos y cubiertos, cosificando el acto de comer. Muy distinto a una estética, a una plasticidad que puede ser, ¿por qué no?, expresionista, impresionista, cubista o constructivista al proponer los alimentos en la mesa.
© Luis Barragán 2005
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid
El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero29/notigast.html
Cfr.
http://www.wikilearning.com/articulo/la_noticia_gastronomica_o_el_paladar_petrolero/18817
http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=1110156
http://bddoc.csic.es:8080/detalles.html?id=591489&bd=ALAT&tabla=docu
http://www.recolecta.net/buscador/single_page.jsp?id=oai:dialnet.unirioja.es:ART0000037399
http://www.latindex.ppl.unam.mx/index.php/browse/index/1?sortOrderId=1&recordsPage=5704
http://www.americanismo.es/busqueda-articulo-1569.html
https://pipl.com/directory/name/Spinak/100/
http://bibliotheques.univ-toulouse.fr/archipelplus/recherche?author=Jim%C3%A9nez%2C%20Luis
http://3lib.org/amf/3lib/base/DialNet/000176.amf.xml
http://www.wikilearning.com/articulos/comunicacion/categoria/14-23
http://diferencia.qinono.com.es/paladar-notar%C3%A1-diferencia-el-men%C3%BA.htm
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Paladar petrolero
sábado, 26 de mayo de 2012
DA-DOS
El lenguaje militar. Tabú, eufemismo y disfemismo
Germán Moya Hernández
(Universidad de Murcia)
Si tratamos de llevar a cabo un análisis del discurso militar y, concretamente del discurso militar español, pronto nos damos cuenta de que una de las características estructuradoras de este discurso es el recurso al eufemismo y, en cierto modo, a la utilización de palabras, en mayor o menor medida, asépticas, debido en gran parte a la posición que ocupa el ejercito para algunos sectores de la sociedad como institución cercana a la guerra, la lucha, el derramamiento de sangre o la muerte.
Para tratar de ubicar el discurso del ejercito hemos de hacer referencia a algunos estudios que se han publicado en los que se concibe el discurso militar tan sólo como el lenguaje que utilizan los soldados durante su paso por el servicio militar. A mi entender, con esta definición no se alude al auténtico discurso polemológico sino a un aspecto del mismo. Aspecto que, por otro lado, no deja de ser la lengua jergal de la juventud, salpicada, eso sí, por el léxico militar, debido, sobre todo, a que se trata de la realidad eventualmente más cercana a ellos durante un cierto espacio de tiempo.
Así pues, hablaremos de discurso militar para referirnos al lenguaje, y más concretamente al léxico, empleado por los oficiales y todas aquellas personas que componen la institución castrense.
Antes de comenzar con nuestro análisis de ese discurso, conviene que demos unas escuetas nociones acerca de algunos términos de carácter lingüístico que consideramos de especial relevancia en nuestro estudio. Se trata de la interdicción, la eufemia, el tabú o la disfemia.
Con interdicción nos referimos al fenómeno que sufren muchas palabras sobre las que pesa la cláusula de molestas o innombrables, impuesta generalmente por convención popular. Estas palabras giran en torno a lo que podemos considerar como ejes interdictivos y que no son otra cosa que los ámbitos de discurso referidos a la enfermedad, a la muerte, la escatología, el sexo, la discriminación social, por señalar los más universales.
El tabú, por su parte, palabra de mayor dominio público, y que conscientemente hemos empleado mal en el título de este artículo, podemos entenderlo como la interdicción de carácter religioso. Es sabido que algunas religiones no pueden mencionar el nombre de Dios o del Demonio. Esta palabra de origen polinesio queda pues relegada a aspectos religiosos, siendo más acertado hablar de términos interdictos (entredichos) o de interdicción para referirnos al resto de palabras más o menos censuradas.
El eufemismo, por otro lado, hace referencia a esas palabras que se utilizan para sustituir a aquéllas que aparecen como interdictas. Los eufemismos suelen ser términos que, recurriendo a la metáfora (por citar la figura más frecuentemente utilizada), adquieren un carácter mucho más genérico y ambiguo, de manera que descargan el contenido semántico que podríamos catalogar como "nocivo" de la palabra sujeta a interdicción. Un sinónimo de lo que entendemos hoy como eufemismo lo encontramos en el sintagma políticamente correcto que se introdujo en nuestra sociedad, entre otras vías, a raíz de la publicación en España de la obra de James Finn Garner Cuentos infantiles políticamente correctos. Este sintagma procede del adjetivo sajón polite (educado). Se prefiere al término eufemismo en la medida en que este último se entiende con el sentido de ocultamiento o esoterismo. En cierto modo, se trata de "eufemizar" la propia palabra eufemismo. Estos términos políticamente correctos se defienden desde las diversas administraciones y con ellos se persigue una función igualitaria y no discriminatoria. Muchos y muy variados son los ejemplos que podemos encontrar. Basta abrir cualquier diario o prestar atención a los diferentes medios de comunicación para encontrar expresiones como: crecimiento negativo de la economía, donde la utilización del sustantivo crecimiento amortigua y esconde el significado de sintagma completo; persona horizontalmente diferente para referirse a la persona obesa, dentadura alternativa para evitar el malsonante postiza, por no hablar de las diferentes profesiones laborales donde podemos encontrar ejemplos como empleado de fincas urbanas para designar al portero, técnico en combustibles vegetales para referirse al leñador, empleada del hogar por asistente o chacha, mujeres públicas en lugar de prostitutas (fenómeno que no ocurre con hombres públicos), etc. Los ejemplos son innumerables y, como vemos, se trata de una forma de eufemismo institucionalizado. Los ejemplos de estos eufemismos se disparan en el ámbito dialectal para referirse a las enfermedades o a la denominación de determinados órganos o funciones relacionadas con la escatología o el sexo.
Por último, con disfemismo nos referimos a la mención consciente de ese término interdicto de la forma más indiscreta posible. Este fenómeno ocurre, como veremos, cuando se exporta el discurso polemológico a otros universos discursivos como el tecnolecto deportivo o el informático.
Una vez que hemos visto de forma escueta algunos de los conceptos lingüísticos más significativos, podemos pasar al análisis del discurso militar, para lo cual debemos llevar a cabo una contextualización de carácter general.
El fenómeno de la guerra es sin duda el elemento más importante a la hora de estructurar la historia. A poco que nos fijemos en nuestra concepción de la historia, vemos como los cambios y los pasos de una época a otra tienen como eje alguna guerra importante. Sólo atendiendo a nuestro siglo, vemos como se estructura en periodos como el de Entreguerras, la Postguerra, la Guerra fría, etc. Además de esta importancia de la guerra y por causa de la misma, el ejército es una institución que ha estado presente y ha tenido un peso específico en la sociedad desde la antigüedad hasta nuestros días. Sin duda, la concepción del ejército y su proximidad a la sociedad ha ido cambiando a lo largo del tiempo y ha pasado por muy diferentes fases. Por todo ello, es muy importante, a la hora de llevar a cabo un estudio sociolingüístico, la sincronía, el hic et nunc, siendo conscientes de que no se concibe igual el ejército ahora que pudiera entenderse hace unos años o en tiempos de la dictadura franquista. Del mismo modo que no se tiene la misma noción de ejército en España que en Estados Unidos o la India.
En la actualidad el ejército se autodefine como una institución encargada del sostenimiento de la paz, pero, dado que arrastra consigo algunas connotaciones que, bien por aspectos históricos o bien por la materia a que hace referencia, levantan verdaderas ampollas en algunos sectores de la población, especialmente en los pacifistas. Al margen, sin embargo, de estas reminiscencias diacrónicas de carácter más o menos particular, sí que parece que el elemento más importante a partir del cual se generan los eufemismos es el tratamiento cercano con la muerte y el derramamiento de sangre.
Pasando ya al análisis lingüístico de este tipo de eufemismos, podemos encontrar diversos modos de aparición de estos eufemismos. Dejando un poco al margen la motivación, ya que este estudio persigue fines más lingüísticos que sociales, podemos encontrar cuatro grupos en los que podíamos encuadrar los diferentes medios de encubrimiento o eufemismo. Dejamos fuera todo lo que tiene que ver con las lenguas crípticas o códigos secretos, por ser sistemas semióticos distintos de la propia lengua. Efectivamente, estos sistemas son necesarios dentro de una comunicación donde tiene gran importancia que determinados mensajes lleguen a un conjunto de receptores determinado, discriminando a otros por razones estratégicas. Al margen, como digo, de estos códigos secretos, el primero de los grupos podría ser el de los seudónimos de la maquinaria de guerra. Nombres como Falcon, Hornet, Mirlo, Harrier, etc..., se utilizan constantemente para designar a diferentes tipos de aviones, siendo una terminología completamente indescifrable para el que no está suficientemente familiarizado con las fuerzas aéreas. Uno de los casos más destacados sería el del misil de largo alcance MX Peacekeeper (o guardián de la paz), nombre otorgado de forma eufemística a un proyectil diseñado ya no tanto para misiones defensivas, sino para misiones ofensivas de largo alcance; de hecho, durante algún tiempo ha sido una de las armas más potentes de los arsenales militares. También podríamos incluir en este conjunto aquellos casos de reuniones o pactos que se denominan con el nombre de la ciudad donde se firman o con el de las personas firmantes. Son casos como doctrina Nixon, Enmienda de Church, Convención de Ginebra, Pacto de París, Crisis de Berlín, etc. Quizá los más llamativos son aquellos que con el título de acuerdos (Acuerdos de Berlín, Acuerdos del Cáucaso) designan en muchas ocasiones reuniones donde, lejos de llegar a algún acuerdo, no sólo no han abierto ninguna vía de diálogo sino que han sentado las bases para un futuro enfrentamiento.
El siguiente bloque de eufemismos estaría formado por los sintagmas compuestos por sustantivo más adjetivo o sustantivo más sustantivo unidos por preposición. Es, sin duda, la forma constructiva de mayor proliferación de los eufemismos en nuestro idioma y los casos que podemos poner como ejemplo son muy abundantes. Basten algunos como: Guerra fría, guerra electrónica, guerra de montañas, fuego nutrido, fuego de división, fuego griego, arma cortés, arma noble, flota en conserva, estado tapón, escudo nuclear, espasmo nuclear, efectivos de división, cresta de fuegos, primera sangre, bala cansada, cola de golondrina, coexistencia pacífica, cabeza de etapa, bautismo de fuego, bala roja, bala naranjera, bala caliente, bala fría, escala horizontal, equivalencia esencial, huevo frito, etc.
El tercero de los grupos en que hemos dividido los eufemismos sería el integrado por aquellas palabras simples que generalmente se constituyen como sinónimos metonímicos y que tienen un carácter eufemístico. Dentro de este grupo encontramos ejemplos como: baja, caído, barrer, blanco, boca, batería, acero, bronce, campaña, cáliz, jornada, caza, envasar, sangre, etc. Casos especialmente relevantes son los de la palabras salida y estrella. La palabra salida cobró gran importancia a partir de los partes de guerra que se daban por televisión durante la Guerra del Golfo. Se nos decía que la fuerza aérea americana había efectuado doce o catorce salidas sin especificar de qué tipo eran esas salidas y sobreentendiendo que salida era sinónimo de ataque. Con la palabra estrella utilizada sobre todo en plural ocurre un fenómeno hasta cierto punto humorístico. La estrella se toma como una metonimia para designar a los oficiales, de manera que, en determinados contextos, quien ve pasar "muchas estrellas" frente a él puede estar hablando de una concurrencia masiva de jefes y de altos mandos. El caso llevado hasta el extremo lo hemos documentado en Cartagena, donde a la barriada residencial de casas militares se la conocía hasta hace poco como Hollywood.
El último grupo en el que podemos organizar el fenómeno del eufemismo es el de las siglas o abreviaturas. Pese a ser este un sistema necesario, sobre todo, a la hora de llevar acabo la comunicación mediante redes informáticas, teletipos, microondas y diferentes canales de comunicación, no cabe duda de que algunas de estas abreviaturas se utilizan para "camuflar", permítasenos el tecnicismo, algunos términos sujetos a interdicción. De este modo, al lado de abreviaturas de carácter funcional como GJMAPER/SEPO, GDEN, GJMAPER/DAP/SUASO, JEMA/DOP/SEGUR, etc., encontramos otras que tienen una finalidad mucho más oscurecedora como APDFA (aeródromo de partida de las fuerzas de desembarco aéreo), APT (Proyectil perforante trazador), ITV (intervención), LAZD (límite anterior de la zona de dispersión), etc.
Así las cosas, podemos afirmar que el eufemismo está presente en el discurso polemológico español y que lo está de dos formas diferentes: en sentido positivo, esto es, haciendo mencionable todo aquello sobre lo que recae la cláusula de la interdicción, y en sentido negativo, es decir, ocultando todo aquello que, tal vez por razones de seguridad, no se debe decir.
Una vez analizados someramente algunos aspectos del discurso militar y la importancia del recurso al eufemismo, no está de más señalar una realidad que consideramos de especial importancia en la actualidad, a saber, el modo en que el discurso polemológico es exportado a otras modalidades discursivas.
Lo más relevante de este aspecto es que es precisamente todo aquello que podríamos considerar como disfémico dentro del discurso militar lo que más se exporta a aquellos lenguajes en los que generalmente se establece una pugna o polémica. El caso más significativo es el del tecnoleto deportivo. A nadie en la actualidad le extrañaría escuchar un comentario como el siguiente:
"El equipo local ha planteado una numantina defensa que no ha bastado para contener y aplacar las continuas acometidas del bando rival. Los sucesivos bombardeos desde dentro y fuera del área así como las individualidades del ariete han terminado por desmantelar la zaga de los nuestros que se vino abajo tras el primer gol, fruto de un disparo tremendo por parte de uno de los delanteros más batalladores del equipo rival."
Tampoco es extraño escuchar expresiones como zafarrancho de combate, baluarte defensivo, etc. Lo que ocurre es que se extrapola todo aquello que tiene que ver con el enfrentamiento, tan pronto como se pueda llevar al ámbito del enfrentamiento deportivo. Sin embargo, otro aspecto se desprende de este razonamiento. Debido a la naturaleza conflictiva del ser humano, no nos debe extrañar que, siendo el lenguaje la primera arma con la que cuenta una persona, se acuda a estos términos propios del enfrentamiento, independientemente de su ideología y de su acercamiento mayor o menor al ejército.
Para terminar, sólo quisiéramos expresar que el estudio del lenguaje polemológico abre una gran cantidad de preguntas y respuestas que hasta ahora han permanecido en silencio y que, sin duda, debería ocupar un lugar destacado dentro de los diferentes tipos de lenguas o tecnolectos susceptibles de un estudio más detallado.
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Vigara Tauste, Ana María (1996). "Lenguaje y vida del recluta en el cuartel". Tabanque, nº 9. Mayo 1994. E.U.Educación- Universidad de Palencia.
Fuente: http://www.um.es/tonosdigital/znum1/estudios/moya.htm
Germán Moya Hernández
(Universidad de Murcia)
Si tratamos de llevar a cabo un análisis del discurso militar y, concretamente del discurso militar español, pronto nos damos cuenta de que una de las características estructuradoras de este discurso es el recurso al eufemismo y, en cierto modo, a la utilización de palabras, en mayor o menor medida, asépticas, debido en gran parte a la posición que ocupa el ejercito para algunos sectores de la sociedad como institución cercana a la guerra, la lucha, el derramamiento de sangre o la muerte.
Para tratar de ubicar el discurso del ejercito hemos de hacer referencia a algunos estudios que se han publicado en los que se concibe el discurso militar tan sólo como el lenguaje que utilizan los soldados durante su paso por el servicio militar. A mi entender, con esta definición no se alude al auténtico discurso polemológico sino a un aspecto del mismo. Aspecto que, por otro lado, no deja de ser la lengua jergal de la juventud, salpicada, eso sí, por el léxico militar, debido, sobre todo, a que se trata de la realidad eventualmente más cercana a ellos durante un cierto espacio de tiempo.
Así pues, hablaremos de discurso militar para referirnos al lenguaje, y más concretamente al léxico, empleado por los oficiales y todas aquellas personas que componen la institución castrense.
Antes de comenzar con nuestro análisis de ese discurso, conviene que demos unas escuetas nociones acerca de algunos términos de carácter lingüístico que consideramos de especial relevancia en nuestro estudio. Se trata de la interdicción, la eufemia, el tabú o la disfemia.
Con interdicción nos referimos al fenómeno que sufren muchas palabras sobre las que pesa la cláusula de molestas o innombrables, impuesta generalmente por convención popular. Estas palabras giran en torno a lo que podemos considerar como ejes interdictivos y que no son otra cosa que los ámbitos de discurso referidos a la enfermedad, a la muerte, la escatología, el sexo, la discriminación social, por señalar los más universales.
El tabú, por su parte, palabra de mayor dominio público, y que conscientemente hemos empleado mal en el título de este artículo, podemos entenderlo como la interdicción de carácter religioso. Es sabido que algunas religiones no pueden mencionar el nombre de Dios o del Demonio. Esta palabra de origen polinesio queda pues relegada a aspectos religiosos, siendo más acertado hablar de términos interdictos (entredichos) o de interdicción para referirnos al resto de palabras más o menos censuradas.
El eufemismo, por otro lado, hace referencia a esas palabras que se utilizan para sustituir a aquéllas que aparecen como interdictas. Los eufemismos suelen ser términos que, recurriendo a la metáfora (por citar la figura más frecuentemente utilizada), adquieren un carácter mucho más genérico y ambiguo, de manera que descargan el contenido semántico que podríamos catalogar como "nocivo" de la palabra sujeta a interdicción. Un sinónimo de lo que entendemos hoy como eufemismo lo encontramos en el sintagma políticamente correcto que se introdujo en nuestra sociedad, entre otras vías, a raíz de la publicación en España de la obra de James Finn Garner Cuentos infantiles políticamente correctos. Este sintagma procede del adjetivo sajón polite (educado). Se prefiere al término eufemismo en la medida en que este último se entiende con el sentido de ocultamiento o esoterismo. En cierto modo, se trata de "eufemizar" la propia palabra eufemismo. Estos términos políticamente correctos se defienden desde las diversas administraciones y con ellos se persigue una función igualitaria y no discriminatoria. Muchos y muy variados son los ejemplos que podemos encontrar. Basta abrir cualquier diario o prestar atención a los diferentes medios de comunicación para encontrar expresiones como: crecimiento negativo de la economía, donde la utilización del sustantivo crecimiento amortigua y esconde el significado de sintagma completo; persona horizontalmente diferente para referirse a la persona obesa, dentadura alternativa para evitar el malsonante postiza, por no hablar de las diferentes profesiones laborales donde podemos encontrar ejemplos como empleado de fincas urbanas para designar al portero, técnico en combustibles vegetales para referirse al leñador, empleada del hogar por asistente o chacha, mujeres públicas en lugar de prostitutas (fenómeno que no ocurre con hombres públicos), etc. Los ejemplos son innumerables y, como vemos, se trata de una forma de eufemismo institucionalizado. Los ejemplos de estos eufemismos se disparan en el ámbito dialectal para referirse a las enfermedades o a la denominación de determinados órganos o funciones relacionadas con la escatología o el sexo.
Por último, con disfemismo nos referimos a la mención consciente de ese término interdicto de la forma más indiscreta posible. Este fenómeno ocurre, como veremos, cuando se exporta el discurso polemológico a otros universos discursivos como el tecnolecto deportivo o el informático.
Una vez que hemos visto de forma escueta algunos de los conceptos lingüísticos más significativos, podemos pasar al análisis del discurso militar, para lo cual debemos llevar a cabo una contextualización de carácter general.
El fenómeno de la guerra es sin duda el elemento más importante a la hora de estructurar la historia. A poco que nos fijemos en nuestra concepción de la historia, vemos como los cambios y los pasos de una época a otra tienen como eje alguna guerra importante. Sólo atendiendo a nuestro siglo, vemos como se estructura en periodos como el de Entreguerras, la Postguerra, la Guerra fría, etc. Además de esta importancia de la guerra y por causa de la misma, el ejército es una institución que ha estado presente y ha tenido un peso específico en la sociedad desde la antigüedad hasta nuestros días. Sin duda, la concepción del ejército y su proximidad a la sociedad ha ido cambiando a lo largo del tiempo y ha pasado por muy diferentes fases. Por todo ello, es muy importante, a la hora de llevar a cabo un estudio sociolingüístico, la sincronía, el hic et nunc, siendo conscientes de que no se concibe igual el ejército ahora que pudiera entenderse hace unos años o en tiempos de la dictadura franquista. Del mismo modo que no se tiene la misma noción de ejército en España que en Estados Unidos o la India.
En la actualidad el ejército se autodefine como una institución encargada del sostenimiento de la paz, pero, dado que arrastra consigo algunas connotaciones que, bien por aspectos históricos o bien por la materia a que hace referencia, levantan verdaderas ampollas en algunos sectores de la población, especialmente en los pacifistas. Al margen, sin embargo, de estas reminiscencias diacrónicas de carácter más o menos particular, sí que parece que el elemento más importante a partir del cual se generan los eufemismos es el tratamiento cercano con la muerte y el derramamiento de sangre.
Pasando ya al análisis lingüístico de este tipo de eufemismos, podemos encontrar diversos modos de aparición de estos eufemismos. Dejando un poco al margen la motivación, ya que este estudio persigue fines más lingüísticos que sociales, podemos encontrar cuatro grupos en los que podíamos encuadrar los diferentes medios de encubrimiento o eufemismo. Dejamos fuera todo lo que tiene que ver con las lenguas crípticas o códigos secretos, por ser sistemas semióticos distintos de la propia lengua. Efectivamente, estos sistemas son necesarios dentro de una comunicación donde tiene gran importancia que determinados mensajes lleguen a un conjunto de receptores determinado, discriminando a otros por razones estratégicas. Al margen, como digo, de estos códigos secretos, el primero de los grupos podría ser el de los seudónimos de la maquinaria de guerra. Nombres como Falcon, Hornet, Mirlo, Harrier, etc..., se utilizan constantemente para designar a diferentes tipos de aviones, siendo una terminología completamente indescifrable para el que no está suficientemente familiarizado con las fuerzas aéreas. Uno de los casos más destacados sería el del misil de largo alcance MX Peacekeeper (o guardián de la paz), nombre otorgado de forma eufemística a un proyectil diseñado ya no tanto para misiones defensivas, sino para misiones ofensivas de largo alcance; de hecho, durante algún tiempo ha sido una de las armas más potentes de los arsenales militares. También podríamos incluir en este conjunto aquellos casos de reuniones o pactos que se denominan con el nombre de la ciudad donde se firman o con el de las personas firmantes. Son casos como doctrina Nixon, Enmienda de Church, Convención de Ginebra, Pacto de París, Crisis de Berlín, etc. Quizá los más llamativos son aquellos que con el título de acuerdos (Acuerdos de Berlín, Acuerdos del Cáucaso) designan en muchas ocasiones reuniones donde, lejos de llegar a algún acuerdo, no sólo no han abierto ninguna vía de diálogo sino que han sentado las bases para un futuro enfrentamiento.
El siguiente bloque de eufemismos estaría formado por los sintagmas compuestos por sustantivo más adjetivo o sustantivo más sustantivo unidos por preposición. Es, sin duda, la forma constructiva de mayor proliferación de los eufemismos en nuestro idioma y los casos que podemos poner como ejemplo son muy abundantes. Basten algunos como: Guerra fría, guerra electrónica, guerra de montañas, fuego nutrido, fuego de división, fuego griego, arma cortés, arma noble, flota en conserva, estado tapón, escudo nuclear, espasmo nuclear, efectivos de división, cresta de fuegos, primera sangre, bala cansada, cola de golondrina, coexistencia pacífica, cabeza de etapa, bautismo de fuego, bala roja, bala naranjera, bala caliente, bala fría, escala horizontal, equivalencia esencial, huevo frito, etc.
El tercero de los grupos en que hemos dividido los eufemismos sería el integrado por aquellas palabras simples que generalmente se constituyen como sinónimos metonímicos y que tienen un carácter eufemístico. Dentro de este grupo encontramos ejemplos como: baja, caído, barrer, blanco, boca, batería, acero, bronce, campaña, cáliz, jornada, caza, envasar, sangre, etc. Casos especialmente relevantes son los de la palabras salida y estrella. La palabra salida cobró gran importancia a partir de los partes de guerra que se daban por televisión durante la Guerra del Golfo. Se nos decía que la fuerza aérea americana había efectuado doce o catorce salidas sin especificar de qué tipo eran esas salidas y sobreentendiendo que salida era sinónimo de ataque. Con la palabra estrella utilizada sobre todo en plural ocurre un fenómeno hasta cierto punto humorístico. La estrella se toma como una metonimia para designar a los oficiales, de manera que, en determinados contextos, quien ve pasar "muchas estrellas" frente a él puede estar hablando de una concurrencia masiva de jefes y de altos mandos. El caso llevado hasta el extremo lo hemos documentado en Cartagena, donde a la barriada residencial de casas militares se la conocía hasta hace poco como Hollywood.
El último grupo en el que podemos organizar el fenómeno del eufemismo es el de las siglas o abreviaturas. Pese a ser este un sistema necesario, sobre todo, a la hora de llevar acabo la comunicación mediante redes informáticas, teletipos, microondas y diferentes canales de comunicación, no cabe duda de que algunas de estas abreviaturas se utilizan para "camuflar", permítasenos el tecnicismo, algunos términos sujetos a interdicción. De este modo, al lado de abreviaturas de carácter funcional como GJMAPER/SEPO, GDEN, GJMAPER/DAP/SUASO, JEMA/DOP/SEGUR, etc., encontramos otras que tienen una finalidad mucho más oscurecedora como APDFA (aeródromo de partida de las fuerzas de desembarco aéreo), APT (Proyectil perforante trazador), ITV (intervención), LAZD (límite anterior de la zona de dispersión), etc.
Así las cosas, podemos afirmar que el eufemismo está presente en el discurso polemológico español y que lo está de dos formas diferentes: en sentido positivo, esto es, haciendo mencionable todo aquello sobre lo que recae la cláusula de la interdicción, y en sentido negativo, es decir, ocultando todo aquello que, tal vez por razones de seguridad, no se debe decir.
Una vez analizados someramente algunos aspectos del discurso militar y la importancia del recurso al eufemismo, no está de más señalar una realidad que consideramos de especial importancia en la actualidad, a saber, el modo en que el discurso polemológico es exportado a otras modalidades discursivas.
Lo más relevante de este aspecto es que es precisamente todo aquello que podríamos considerar como disfémico dentro del discurso militar lo que más se exporta a aquellos lenguajes en los que generalmente se establece una pugna o polémica. El caso más significativo es el del tecnoleto deportivo. A nadie en la actualidad le extrañaría escuchar un comentario como el siguiente:
"El equipo local ha planteado una numantina defensa que no ha bastado para contener y aplacar las continuas acometidas del bando rival. Los sucesivos bombardeos desde dentro y fuera del área así como las individualidades del ariete han terminado por desmantelar la zaga de los nuestros que se vino abajo tras el primer gol, fruto de un disparo tremendo por parte de uno de los delanteros más batalladores del equipo rival."
Tampoco es extraño escuchar expresiones como zafarrancho de combate, baluarte defensivo, etc. Lo que ocurre es que se extrapola todo aquello que tiene que ver con el enfrentamiento, tan pronto como se pueda llevar al ámbito del enfrentamiento deportivo. Sin embargo, otro aspecto se desprende de este razonamiento. Debido a la naturaleza conflictiva del ser humano, no nos debe extrañar que, siendo el lenguaje la primera arma con la que cuenta una persona, se acuda a estos términos propios del enfrentamiento, independientemente de su ideología y de su acercamiento mayor o menor al ejército.
Para terminar, sólo quisiéramos expresar que el estudio del lenguaje polemológico abre una gran cantidad de preguntas y respuestas que hasta ahora han permanecido en silencio y que, sin duda, debería ocupar un lugar destacado dentro de los diferentes tipos de lenguas o tecnolectos susceptibles de un estudio más detallado.
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Vigara Tauste, Ana María (1996). "Lenguaje y vida del recluta en el cuartel". Tabanque, nº 9. Mayo 1994. E.U.Educación- Universidad de Palencia.
Fuente: http://www.um.es/tonosdigital/znum1/estudios/moya.htm
sábado, 21 de abril de 2012
FILOLOGÍA DEL TIEMPO
EL NACIONAL - Sábado 21 de Abril de 2012 Papel Literario/123 DE ABRIL, DÍA DEL IDIOMA ESPAÑOL
Víctor García de la Concha
"El idioma llegó tarde a la Red por culpa de la pobreza"
A este filólogo, graduado en Salamanca, lo escogió el destino para una tarea titánica: convertir la unidad de la lengua española en acción. En su gestión como Director de la Real Academia por doce años logró trabajar con todas las Academias de América Latina para unificar la ortografía, el diccionario y la gramática. Visitó Colombia para ofrecer la conferencia magistral en ocasión del Premio Simón Bolívar 2011
ENTREVISTA SERGIO DAHBAR
Por qué la Real Academia es considerada garante de la unidad de la lengua española? Uno de los servicios mayores que prestó la Real Academia Española a la lengua española fue, sin duda, cuando se produjo la independencia de las provincias ultramarinas, el nacimiento de las jóvenes repúblicas. Promovió el nacimiento en cada una de ellas de una academia correspondiente.
Ahí fue clave la figura de Andrés Bello.
No había consenso sobre esa decisión. Cuando se produce la independencia, no falta algún conato de independentismo lingüístico: Sarmiento, etcétera...
Y es la autoridad de Don Andrés Bello la que dice: bueno, pero qué tontería, la lengua es tan nuestra como de España, nosotros nos levantamos frente a los malos gobiernos de España, pero no nos levantamos frente a la lengua. Eso frena el intento de crear una Academia Americana de la Lengua Española y se comienza a fundar una por país. La primera fue la colombiana, de la que se cumplen ahora 140 años, y después ya fueron naciendo a lo largo del tiempo, esto hasta comienzos del siglo XX en que ya quedaron abiertas todas las academias.
En todas las épocas de la historia ha habido una lengua franca, de intercambios comerciales y más tarde intercambios industriales.
Primero lo fue el francés, antes, quizás el italiano, y en primer lugar, el latín. Ahora es la lengua inglesa
Pero las Academias no garantizaban la unidad de la lengua. Hace doce años, trece años, todos cobramos conciencia de que había que potenciar la unidad en la acción. No la unidad en la enunciación, no la unidad en la profesión de fe, sino la unidad en la acción.
Una misión que estuvo a su cargo. Bueno, ese es el papel que me tocó a mí. Pero me tocó porque me tocó. Quiero decir: no es que yo fuera entonces un americanista fervoroso, no, no.
Es que yo ingresé a la Academia en el año 92 y el secretario que había entonces se enfermó. Y dijeron: pues, ¿secretario quién?, pues el último que ha llegado, ¿no?
Pero había un interés de la nación... Veamos. Me llamaron de la casa del Rey, fui allí y lo primero que me dijo fue: yo quiero que te dediques a América para que eso de la unidad sea verdad, sea real, y se hagan cosas juntos, y tienes que ir allí, viajar, yo te ayudaré. Efectivamente lo hizo así y fui el primer director que visitó todas las academias y me di cuenta de que en todas había ese mismo deseo latente de hacer cosas.
¿Cómo se pasó a la acción? Se desarrollaron los tres grandes códigos: el diccionario, la gramática, y la ortografía.
Tres obras que no las produce la Academia Española, sino que es el producto del trabajo sostenido de todas las academias.
Persistía en América Latina la idea de que las academias se veían alejadas de la realidad y del habla de la gente común. Las academias ejercen una función notarial, que es certificar aquello que dice el pueblo. Las academias no hacen propuestas que nacen de ellas.
Las academias lo que hacen es auscultar el habla del pueblo y presentarla, digamos, organizada, normativizada. Pero la norma la hace el pueblo. Es el pueblo el que dice: "Uy, qué grosería", "ay, qué, vulgar", "qué cosa más cursi"... ¿Sí? Y eso es lo que la academia recoge. No es la academia la que dice: esto es vulgar.
Existen otros productos que son el trabajo de las academias de la lengua. Por ejemplo, un Atlas del idioma español , que ha publicado Ariel y Telefónica. Claro. Telefónica ha desarrollado un estudio del valor económico del español, y de la calidad del español en la Red, entre otras investigaciones que tienen como apoyo a las Academias.
Ese estudio es bueno, vindicativo. Realmente la presencia del español en la Red ha crecido en los últimos años exponencialmente. Lo que ocurre es que nosotros llegamos tarde a la Red y llegamos tarde por una sola razón: la pobreza. Es decir, en los pueblos, en las aldeas, en los barrios, allí no había Internet. Había televisión pero había poca.
¿Y cómo hacer para que el español se convierta en referencia? No basta con el estudio del idioma, hace falta que cobre relevancia y significación. Vamos a ver: en todas las épocas de la historia ha habido una lengua franca, de intercambios comerciales y más tarde intercambios industriales. Y eso ha sido así. Primero lo fue el francés, antes, quizás el italiano, y en primer lugar, el latín. Evidentemente ahora es la lengua inglesa y eso tiene muy difícil cambio. La regulación aérea no va a cambiarse por decreto, los pilotos con la torre de control tienen que entenderse en una lengua y esa lengua es el inglés.
Las academias ejercen una función notarial, que es certifi car aquello que dice el pueblo. Las academias no hacen propuestas que nacen de ellas
Pero una cosa es que lo sea, digamos, como lengua de acuerdo, y otra cosa es que haya un ancho campo de traducciones y de consideración... A medida que sectorialmente se vayan ocupando espacios en esto, pues la presencia será mayor. Y a medida que el número de hablantes que entran desde Twitter, Facebook, y todos los que vayan naciendo, se va a deducir una presencia más especificada y eventualmente más cualitativa.
Más por la necesidad que por la obligación. Naturalmente, por la necesidad de comunicarse y entenderse y con una comunicación fácil.
Ahora que no es Director de la Real Academia de la Lengua sigue cerca de la institución. Ahora soy director honorario.
Nuestros estatutos prevén dos mandatos de cuatro años y cuando yo terminé el segundo mandato, la Academia cambió los estatutos porque estábamos con las manos en la masa de la gramática y se dieron cuenta de que en ese momento cambiar el timonel iba a ser un problema. Por esa razón tuve excepcionalmente un tercer mandato: fui doce años director, que ya estuvo bien. En ese tiempo sacrifiqué mucho el trabajo personal. Yo soy catedrático de la Universidad de Salamanca, emérito ahora porque ya me jubilé, por la edad, pero yo he publicado mucho y me gusta mucho escribir, investigar.
Todo filólogo esconde a un escritor. No lo sé. Filólogo, sí, tuve primero formación teológica, en Roma, pero eso es una etapa previa que cerré, aunque quiero decir que me vino bien porque todo es provecho, toda ciencia es provecho, ¿no? Bueno, como director era difícil poder continuar la labor de investigación y quedó frenada, pero ahora la he retomado. Estoy escribiendo una historia de la Academia para el tercer centenario, que es en 2013, y estoy muy emocionado porque tenemos una historia que hizo Alonso Zamora Vicente, pero que no es propiamente una historia, es una recopilación de datos: los edificios, los académicos, las publicaciones. A mí me ha tocado contar la historia y sus anécdotas ejemplares.
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