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domingo, 29 de octubre de 2017

LARGO SEPELIO

EL NACIONAL, Caracas, 29 de octubre de 2017
Hacia la muerte histórica
Elías Pino Iturrieta
 
Los fenómenos históricos marchan con calma hacia el cementerio. Su desaparición no es automática. Está sujeta a pugnas entre el presente y el porvenir que parecen interminables. La búsqueda de la inmediatez de los cambios es una ilusión sostenida en las necesidades de quienes padecen las vicisitudes de una época determinada. Sin embargo, la inmediatez es detenida por la influencia de los factores que han hecho domicilio en el interior de un establecimiento y pretenden permanencia, pese a los deseos de quienes claman por una mudanza perentoria. El reloj habitual no sirve para medir el tiempo de las grandes transformaciones de la sociedad. Solo tiene utilidad para calcular el horario fugaz de quienes lo llevan en la muñeca. La impaciencia está condenada a perder la batalla con los dominadores de los grandes procesos que conmueven a las sociedades. Son cosas que no digo por primera vez, las he asomado en el aula y en mis páginas, pero vuelvo a ellas cuando veo la juramentación de los adecos ante la constituyente y las iras que ha provocado. Trataré de explicarlas desde mi deformación de historiador.

La “revolución bolivariana” no es una novedad en el transcurso de los hechos esenciales de la segunda mitad del siglo XX, sino una señal de postrimerías. En la década anterior al advenimiento de Chávez, o quizá antes, sucede un declive de la democracia representativa que facilita la posibilidad de lo que parece un desenlace, pero que solo es la evidencia del pronunciamiento de una decadencia que todavía no puede llegar a su desembocadura. La precariedad creciente de las organizaciones políticas, la importancia cada vez menor de los liderazgos dominantes, la mengua de la capacidad de convocatoria que antes movía masas entusiastas y crédulas, la multiplicación de actos de corrupción que pasan impunes permiten que unos protagonistas nacidos y crecidos en el seno de la misma situación se ofrezcan como reemplazo y remedio. El ocaso los invita, les pone alfombra para el tránsito, porque son parte de la misma fauna aunque se anuncien como figuras de una realidad distinta. El “socialismo del siglo XXI” es propuesto e iniciado por actores semejantes a los que quieren sustituir, parecidos como gotas de agua, criaturas del mismo vientre y guiñoles del mismo teatro en ruinas. No se les teme porque son asunto conocido, porque han actuado en las esquinas de la sociedad sin convertirse en amenaza inmanejable. Pasan de la periferia al centro, en el desarrollo del único libreto que pueden escribir unos autores extenuados y simular unos histriones que han perdido el imán. Ni siquiera las consignas son nuevas, ni las proclamas ni los uniformes de los lanzadores de arengas tempestuosas. Vienen del mismo vientre, mientras el público siente que contempla un debut. Ilusión, porque estamos ante un asunto de familiaridad.

Los factores del pasado que sienten el riesgo de su fin buscan avenimientos que les permitan supervivencia. Miran hacia una fauna del mismo pelaje viejo y seco, aunque esté retocado con colores de moda, para evitar el empellón que de veras los saque del juego. Cuando la sociedad se propone en medio de tropiezos infinitos, entre tumbos que parecen infructuosos, la inauguración de tiempos nuevos y realmente diversos, los elementos decrépitos se juntan para disimular su agotamiento, o para prolongar un moroso viaje a través de gestos desesperados. La reunión de los adecos juramentados con los juramentadores de la “revolución” no es el encuentro de lo viejo con lo nuevo, del presente con unos antecedentes dormidos en sus túmulos, sino lo más parecido a la armonía de los ancianatos. Los ancianos se las arreglan para seguir dando guerra. Sienten que las malas artes de la juventud los han dejado en la orilla del camino y se aferran a las vitaminas fabricadas en su cocina, que les darán un tercero o un cuarto aire que no quiere soplar.

En consecuencia, la operación de supervivencia no viene ahora de una transacción de fuerzas antagónicas, sino del lazo que establecieron desde antiguo para seguir en el candelero. No llevan a cabo una traición, por lo tanto. Solo ponen cuatro pulmones para inflar el mismo salvavidas. Si preguntan sobre el hasta cuándo, si quieren saber sobre lo que debe suceder con la logia de vejestorios, debo recordar que el cronómetro de la historia se toma su tiempo.

Fuente:
Ilustración: Giuseppe Veneziano.

domingo, 11 de junio de 2017

CONTRASTE

EL PAÍS, 12 de junio de 2016
 MIEDO A LA LIBERTAD
‘Millennials’: dueños de la nada
¿Vale la pena construir un discurso para aquellos que no tienen la función de escuchar?
Antonio Navalón

Cada generación que ha despuntado a lo largo de la historia, ha tenido un objetivo político y social o, simplemente, la intención de ocupar el poder. Y cada una ha tenido derecho a cometer sus propios errores. Desde los estudiantes del mayo francés —cuando los adoquines se convirtieron en un arma cargada de futuro contra los cristales de las boutiques parisinas bajo el lema: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”— hasta los baby boomers —los nacidos tras la Segunda Guerra Mundial—, todos encarnaron un salto cualitativo y social frente a sus mayores. Ahora, en estos tiempos, hay dos mundos: el que existía antes de Internet y del software y el que surgió después.

Es muy difícil explicar la disrupción que se ha producido entre los centros del poder y la representación política. Pero resulta más difícil entender un mundo en el que, uno tras otro, se producen grandes movimientos sociales —aparentemente por cansancio, fracaso e incapacidad de los modelos establecidos— que terminan aparcados en fórmulas alternativas que no constituyen en sí mismas una solución, sino una condena.

Los millennials (nacidos entre 1980 y 2000) vienen pisando fuerte. No hay empresa, organización o político que no dedique sus esfuerzos a alcanzar, convencer o movilizar a estos hijos de la revolución tecnológica. Todos tienen como objetivo conquistarles. Sin embargo, no existe constancia de que ellos hayan nacido y crecido con los valores del civismo y la responsabilidad. Hasta este momento, salvo en sus preferencias tecnológicas, no se identifican con ninguna aspiración política o social. Su falta de vinculación con el pasado y su indiferencia, en cierto sentido, hacia el mundo real son los rasgos que mejor los definen. En ese sentido, es probable que el eslabón perdido de esta crisis mundial generalizada resida en el hecho de que son una generación que tiene todos los derechos, pero ninguna obligación.

Me encantaría conocer una sola idea millennial que no fuera un filtro de Instagram o una aplicación para el teléfono móvil. Una sola idea que trascienda y que se origine en su nombre. Porque, cuando uno observa la relación de muchos con el mundo que les rodea, parecen más bien un software de última generación que seres humanos que llegaron al mundo gracias a sus madres.

Aquellos millennials que viven sumergidos en la realidad virtual no tienen un programa, no tienen proyectos y solo tienen un objetivo: vivir con el simple hecho de existir. Al parecer, lo único que les importa es el número de likes, comentarios y seguidores en sus redes sociales solo porque están ahí y porque quieren vivir del hecho de haber nacido.

El problema es que, si gran parte de esta generación que está tomando el relevo no tiene responsabilidades, ni obligaciones y tampoco un proyecto definido, tal vez eso explique la llegada de mandatarios como Donald Trump o la enorme abstención electoral en México. Ojalá la alta participación de los menores de 35 años en las recientes elecciones británicas signifique un cambio de tendencia de esa profunda indiferencia social.

Al final las preguntas son muchas. ¿Vale la pena construir un discurso para aquellos que no tienen en su ADN la función de escuchar? ¿Vale la pena dar un paso más en la antropología y encontrar el eslabón perdido entre el millennial y el ser humano? ¿Vale la pena conocer la última aportación tecnológica y vivir queriendo influir con ella en un mundo que históricamente se ha regido por las ideas, la evolución y los cambios?

Si los millennials no quieren nada y ellos son el futuro, entonces el futuro está en medio de la nada. Por eso los demás, los que no pertenecemos a esa generación, los que no estamos dispuestos a ser responsables del fracaso que representa que una parte significativa de estos jóvenes no quieran nada en el mundo real, debemos tener el valor de pedirles que, si quieren pertenecer a la condición humana, empiecen por usar sus ideas y sus herramientas tecnológicas, que aprendan a hablar de frente y cierren el circuito del autismo. Pero, además, que sepan que el resto del mundo no está obligado a mantenerlos simplemente porque vivieron y fueron parte de la transición con la que llegó este siglo del conocimiento.

Fuente:
http://elpais.com/elpais/2017/06/11/opinion/1497192510_685284.html
Fotografía: Patinadores en los alrededores del MACBA. Joan Sánchez.


EL NACIONAL, Caracas, 11 de junio de 2017
La Generación de 2017
Elías Pino Iturrieta

Para manifestar admiración por la radiante juventud que hoy encabeza la lucha contra la dictadura, conviene antes observar la responsabilidad de sus mayores frente al establecimiento del chavismo. La mayoría de la sociedad, hace ya veinte años, celebró el ascenso de un aventurero sin luces porque se encandiló con su verbo, porque sintió que era un personaje pasajero, o por comodidad personal convertida después en falta colectiva. Preocupada por la manera habitualmente superficial que tenía la democracia representativa de arreglar sus entuertos, harta de los tratos del remiendo y del silencio, tal vez la gente pensara que valía la pena un ensayo de gobierno cuyo estilo fuese distinto sin que se llegara al reiterado fracaso de los cuartelazos, o porque la palabra revolución había sonado tanto sin consecuencias que ya no representaba un peligro, mucho menos un abismo. Fue así como los ciudadanos crecidos y formados en el medio siglo de convivencia que se estableció después de 1958, desencantados de sus logros y sin detenerse a sacar cuentas sobre su destino, se echaron en los brazos del comandante Chávez.

Los jóvenes que están ahora en la vanguardia de la batalla por el retorno de la democracia no pasan de treinta años, o quizás solo los superen un poco. Apenas habían picado la torta de su primer lustro, o celebrado la fiesta de sus quince primaveras, cuando el chavismo se sentaba en el trono para imponer su hegemonía. Por consiguiente, su formación no sucedió durante las administraciones de AD y Copei. Se hicieron hombres y mujeres  cuando despuntaba y engordaba el “socialismo del siglo XXI”. De la ausencia de vínculos inmediatos con el declive de la democracia, pero especialmente del hecho de vivir en términos absolutos la experiencia de la “revolución”, depende una maduración sin contaminaciones temporales que los aleja del pasado reciente hasta el punto de convertirlos en criaturas realmente diversas. Se puede asegurar que son representantes de una existencia que no vivieron ni podían vivir los líderes de la segunda mitad del siglo XX, o que ellos no quieren llevar de la misma forma, para representar una singularidad gracias a la cual se han establecido en la cúspide de las luchas de la actualidad. De allí que sean ahora el imán más poderoso. En la misma realidad histórica se inscriben aquellos que tomaron el sendero de la emigración, no solo porque han sido protagonistas de un fenómeno jamás visto en Venezuela, la diáspora masiva, sino también porque destacan en otras naciones gracias a la calidad de sus aptitudes, inusuales en los emigrantes comunes, y al mantenimiento de un compromiso político con la obra de sus hermanos que siguen entre nosotros haciendo faenas excepcionales que se pueden relacionar con la cronología de sus nacimientos.

Pero no hay que ser puntillosos con las contaminaciones temporales. Las partidas de nacimiento suelen ser engañosas, según se puede probar observando la decrepitud de los voceros de la juventud del PSUV, cuasi decimonónica, cuasi zamorana, cuasi Guerra Federal. No hay puentes necesariamente largos entre el pasado cercano y el presente palpitante. Pueden ser la misma cosa, sin tránsitos laboriosos. Los integrantes de lo que ahora llamamos Generación de 2017 fueron precedidos por una juventud inmediatamente anterior, cuyos integrantes se educaron durante el período democrático sin formar parte de las decisiones fundamentales, ni ejercer funciones de gobierno. Se trata de dirigentes que deben tener ahora cincuenta años, o un poco menos, periplo que aprovecharon para manifestar sus diferencias con la política de entonces sin aclimatarse en el regazo del chavismo; para fundar partidos de nuevo cuño, como Primero Justicia y Voluntad Popular, o para revitalizar los antiguos. Los más nuevos y los menos viejos de nuestra orilla son, entonces, levadura de la misma harina.

La sociedad que ahora los aclama corrige errores terribles de ayer, cuando se entusiasmó con el comandante hasta el extremo de consentir su proyecto de destrucción de Venezuela, o desempolva la memoria de muchas obras de la democracia representativa que había desestimado. Queremos suponer que los políticos de oposición que son de mayor edad contemplan con regocijo la llegada de flamante compañía.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/generacion-2017_186877

jueves, 8 de enero de 2015

TRAZOS

EL NACIONAL, Caracas, 4 de enero de 2015
Picón Salas, cincuenta años después
Elías Pino Iturrieta

Un ensayo de Mariano Picón Salas sobre el año venezolano de 1936 ofrece luces sobre la penetrante mirada del autor, y viene como guante de seda para ponderar la importancia de un intelectual cuando coloca su trabajo al servicio de la sociedad. Advierte entonces los enigmas que esperan después de la muerte de un tirano de largo mandato, las resistencias del pasado frente a una realidad hecha en el molde de una obligada modorra y las posibilidades, prometedoras pero complicadas, de orientarse hacia una convivencia diversa después de tres décadas ominosas. Pone la lupa en la primera gran transición del siglo XX, para iluminar y entusiasmar con cautela una incertidumbre jamás sentida. Ahora, cuando se cumplen cincuenta años de la muerte del autor, la memoria de ese notable texto invita a pensar en la entidad de sus servicios y a mirar hacia una obra mayor del pensamiento y la literatura, que se debe tener presente en las vicisitudes de la actualidad.
Una obra que no se satisfizo con mirar desde la atalaya del pensador, debido a que tradujo sus reflexiones en realizaciones concretas que han perdurado. Aquí destaca su papel de colaborador en la fragua de la democracia, haciendo de animador de los partidos modernos y de asesor de los líderes enfrentados a los desafíos de un país tan anhelado como inédito. Allí estuvo Picón Salas convertido en artífice del cambio social, escribiendo papeles para la solución de los problemas y estrenándose como burócrata en despachos incipientes. Generalmente no se aprecia esa actividad, o apenas se considera, debido a que la opacan sus realizaciones de mayor trascendencia cuando saca las letras del papel para volverlas herramienta de modernización. Se trata de aportes tan considerables como la renovación de la pedagogía a escala nacional, la fundación de nuestra Facultad de Filosofía y Letras de la UCV y la creación del Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes. ¿No sale Venezuela, debido a ese legado, de una etapa para entrar en otra, dinámica y desafiante, que aún alimenta las esperanzas de buena parte de la ciudadanía frente a los valladares de la barbarie?
El interés por la valoración de los detalles pudo sugerirle el camino de la praxis social, no en balde aparece como una constante de su labor historiográfica y literaria. La apreciación y el enaltecimiento de las minucias habitualmente subestimadas, el regodeo en las peculiaridades de diferentes sociedades y personajes, abren surcos de entendimiento, pero también de sobresaliente belleza, debido a los cuales descubre realidades que nadie había apreciado con tanta propiedad. De allí la escritura de libros imprescindibles que lo convierten en ensayista de estatura continental porque mira, como nadie jamás antes, hacia personas comunes a quienes respeta y ama: Viaje al amanecer, descripción y sentimiento de las raíces andinas; Intuición de Chile, admiración por una colectividad disciplinada en sentido constructivo; Despedida do Brasil, o el encandilamiento ante variedades y exuberancias; Gusto de México, la mirada hasta lo más profundo de las sociedades dominadas por el poder europeo; y Pedro Claver, el santo de los esclavos, documentación e imaginación en el clímax. Así llega a la escritura de un volumen fundamental para la interpretación de la mentalidad forjada en las colonias convertidas en repúblicas: De la conquista a la independencia: tres siglos de historia cultural latinoamericana, exaltación de las maravillas de una sensibilidad deslumbrante y sugestión de una urdimbre integracionista cuyo tejido sigue pendiente.
No hay espacio para detenerse en las letras que Picón Salas deja a Venezuela como materia particular de reflexión, la mayoría de obligante lectura por la calidad de las explicaciones y por la hermosura de la prosa. Mencionamos, sin embargo, para que el lector de hoy las tenga presentes: Miranda, Comprensión de Venezuela, Historia intelectual de Venezuela, Suma de Venezuela y Los días de Cipriano Castro, tal vez el mejor anzuelo para una pesca inicial en la profundidad de sus aguas. Sin olvidar que también fue, como se trató de sugerir al principio, lúcido apuntador de épocas enrevesadas. Viene, pues, como anillo al dedo.


Reproducción: LB, Bohemia, Caracas, nr. 1293 del 23/05/1988.

jueves, 4 de septiembre de 2014

VIEJA POBREZA

EL NACIONAL - Domingo 31 de Agosto de 2014 Siete Días/6
Agujeros
Elías Pino Iturieta

En 1848, el ministro de lo Interior ganaba 285 pesos mensuales. El oficial mayor se conformaba con 158,33 pesos. La plana mayor estaba formada por cinco jefes de sección, cuyo sueldo llegaba a los 99,74, y por 6 oficinistas a quienes se pagaban 63,33 pesos. Un portero y un sirviente se llevaban 14,25 pesos cada uno y así concluía la nómina. Para los gastos de escritorio había una reserva de 25 pesos. El ministro se ocupaba de la política, de la seguridad y la administración de justicia.
Si consideramos el gasto para tinta y papel, concluiremos en que no disponía de un despacho llamado a grandes cometidos.
Ni el cortejo que lo acompañaba ni la dotación de su bufete, permiten pensar en hazañas de control y eficiencia.
¿Qué pasaba con funcionarios de menor categoría? Estaban condenados a servir en lugares devastados por la desolación provocada por las guerras de Independencia, por la carencia de presupuestos y tal vez por la incuria. En 1832, un enviado de Páez escribió unas notas sobre el estado de las oficinas en Valencia, Puerto Cabello, San Carlos y Guanare, que presentan un cuadro desesperanzador: "No hay mesas, no hay sillas, no hay muebles del archivo, no hay escaparates, no hay bandera nacional, muchas veces sin puertas y sin ventanas, derrumbados los techos y perdida toda la pintura de las paredes", escribió. El informe coincide con las quejas de la Corte Superior de Valencia en 1836, que describió así el estado de su sede: "La casa necesita un reparo de todos sus techos, pues con dificultad se encuentra en ellos un lugar libre de goteras".
De acuerdo con un documento enviado por el gobernador de Maracaibo en 1839, las oficinas de su jurisdicción estaban en abandono, incluyendo su propio despacho, pues solo tenía "media docena de sillas bien conservadas para atender colaboradores y visitas". En 1833, desde San Carlos se informa a la capital: "En este cantón solo ha habido dos escribientes numerarios o públicos para el despacho de los registros. Hay uno a toda prueba, pero es secretario municipal, procurador del Consejo y escribiente del señor jefe político".
En 1848, don Andrés Level de Goda, conocido hombre público, comunicó las primeras impresiones que le producía la oficina en la que se estrenaba como juez de Primera Instancia del Circuito 31: "Solo encontré cuatro escuetas paredes de una sala y aposento para mi habitación que me vale diez pesos de alquiler, y nada de útiles para el trabajo, en que no habían ni hay colección de leyes venezolanas, ni códigos de procedimiento, ni gacetas, y menos leyes colombianas, de modo que actúo una veces por mis principios, y otras por alguna ley que me presta el juzgado parroquial, donde tampoco está la orgánica de provincias , cuya falta me ha puesto en conflicto no pocas veces".
En 1849, ahora en Guayana, los papeles estaban expuestos a perderse por la falta de arcas y escaparates. Lo mismo sucedía en los registros de Mérida en 1858, que no tenían mesas ni taburetes ni cajones ni tinteros ni candados. Sobre la situación de las prisiones es elocuente un fragmento de El Relámpago, periódico de 1843. Afirmaba lo siguiente: "La cárcel que tiene Caracas es una mansión de horrores. El venezolano que se ve encarcelado deprava su moral con la vista de los objetos que le circundan., se degrada a sí mismo, porque cuanto ve y cuanto oye lo empuerca y lo envilece, y se familiariza con el crimen por el inmediato roce en que la sociedad lo coloca con todos los criminales". En 1844, el juez de Barcelona aseguraba que la penitenciaría era un caos, porque funcionaba en una casa alquilada que antes servía como domicilio familiar y carecía de los mínimos requisitos de seguridad. "Los cautivos hacen lo que les viene en gana", confesó.
En 1848, la cárcel de Cariaco, según el gobernador, "hállase en el mayor estado de deterioro, amenazando aplastar a los pobres que dentro están".
¿Se pueden describir estragos superiores? ¿Se puede pensar en agujeros más oscuros? Quizá solo si miramos hacia nuestros días, pero después de considerar que en el inicio de la república se pagaban las consecuencias de la guerra contra España y apenas se contaba con presupuestos que clamaban al cielo por su debilidad. También conviene pensar en cómo, pese a una reunión tan grande de calamidades, Venezuela pudo salir del atolladero.


Nota LB: Para llegar a sentarse alrededor de la mejor mesa de trabajo, contando con oficinas adecuadas para las funciones de gobierno, como ocurrió con Cipriano Castro y su gabinete en la ya conocida gráfica, pasaron muchos años. El texto de Pino Iturrieta cuenta el mérito de recordar cuánta frzada austeridad exhibimos respecto al ejercicio cotidiano del poder, pues, siendo tan campamental en el siglo XIX, sus despachos inestables y y huérfanos de la funcionalidad requerida en la propia ciudad capital, nos resulta inimaginable las condiciones para atender a la ciudadanía y los despachos mismos del interior del país. Incluso, construído el complejo del Capitolio Federal, hoy resulta impensable que los órganos del Poder Público trabajasen en reducidos espacios, sin una establece y adecuada burocracia en proporción a la población atendida o supuestamente atendida ...

jueves, 3 de julio de 2014

DOCUMENTÓLOGO

EL NACIONAL - Domingo 29 de Junio de 2014     Siete Días/5
Velásquez, el historiador
En nuestros días, pero también en días ajenos y remotos, fue el político mejor informado de los antecedentes de la sociedad porque los estudió con método y sin impaciencia
Elías Pino Iturrieta

En la editorial Planeta, cuando publicaron La caída del liberalismo amarillo , me pidieron que escribiera la contraportada. Afirmé allí: "No parece casual que los venezolanos hayan fijado los ojos en el autor, Ramón J. Velásquez, hasta el punto de designarlo Presidente de la República en un período tan descompuesto como el que estudia.
La designación otorga una relevancia inusual a su obra, pero también le ofrece una esperanza a nuestro atolladero. Gracias a la solvencia del intelectual en el conocimiento de los sucesos que una vez condujeron a Venezuela hasta el borde del abismo, se puede esperar una gestión de resultados plausibles. Mejor ocasión no se había presentado de saber para qué sirve la historia". Entonces, y ahora, considero que los aciertos del ciudadano Velásquez dependieron de la obra del historiador que en esencia fue. En consecuencia, trataré de mostrar hoy algunas de sus contribuciones como indagador del pasado.
Fue trascendental lo que hizo en materia de custodia y divulgación de fuentes primarias. En especial, la organización de un precioso repositorio para el entendimiento de la contemporaneidad, el Archivo Histórico de Miraflores, cuya oferta de materiales inéditos resulta esencial para el análisis de la política en el siglo XX. No solo se ocupó de encontrar los presupuestos del caso, sino también de la redacción de los epígrafes de las secciones de 150 volúmenes publicados partiendo de los documentos guardados en su seno. Luego emprendió otra relevante faena, la Fundación para el Rescate Documental de Venezuela, para entregar a los estudiosos los informes de los diplomáticos extranjeros sobre la vida doméstica en general. La incorporación de las observaciones foráneas ha permitido estudios de una profundidad inusual, desde luego.
Pero también le debemos ediciones monumentales de documentos, la mayoría desconocidos o de ardua localización, sin los cuales no hubiéramos salido de las versiones simples o planas del estado nacional a través del tiempo. Me refiero a la serie Pensamiento político venezolano del siglo XIX , compuesta por quince volúmenes cuidadosamente apuntados por los recopiladores, de cuyas páginas se han nutrido con provecho los especialistas y los simples curiosos. Las versiones del comienzo de la autonomía republicana, de las hegemonías personalistas, de las guerras civiles y de los esfuerzos del antiguo civismo son otras, después de la edición de esta colección imprescindible. Pero no detiene el esfuerzo, hasta adelantar una titánica edición de 130 volúmenes sobre el Pensamiento político venezolano del siglo XX . Un fatigoso rastreo, una búsqueda que parece interminable, el movimiento que insufla a un enjambre de historiadores jóvenes desembocan en un legado de extraordinaria entidad para el análisis de nuestros días. Si se agrega la colección de Fuentes para la historia republicana , que coordinó para la Academia de la Historia, y la colección Venezuela peregrina , que recoge títulos de venezolanos en el exilio, estamos frente a un trabajo sin parangón.
Si el lector se pregunta cómo pudo hacer tanto sin abandonar sus obligaciones políticas, se sorprenderá al saber que su bibliografía individual está compuesta por 38 títulos, algunos tan importantes como La caída del liberalismo amarillo , Confidencias imaginarias de Juan Vicente Gómez , El proceso político venezolano del siglo XIX y La obra histórica de Caracciolo Parra Pérez . Es evidente que el compromiso de Ramón J. Velásquez con el bien común, de todos conocido, remite a un vínculo con el republicanismo que determinó su conducta desde la juventud, pero la comprensión cabal de su tránsito obliga a juzgarlo como historiador. En nuestros días, pero también en días ajenos y remotos, fue el político mejor informado de los antecedentes de la sociedad porque los estudió con método y sin impaciencia. Cultor empecinado de la memoria colectiva y ciudadano legítimo de la república de Clío, gracias a su íntima relación con la obra de los antepasados, con los antiguos y no pocas veces torcidos pasos de los antecesores, le podemos atribuir un quehacer de entidad que no pueden llevar a cabo los políticos que a duras penas se interesan por lo que sucede en su presente.

domingo, 27 de abril de 2014

BORRÓN Y CUENTA ... VIEJA

EL NACIONAL - Domingo 27 de Abril de 2014     Siete Días/5
La "revolución" y la historia
La "revolución" quiere cambiar los recuerdos.
Necesita una memoria que le conceda fundamento a sus inconsistencias.
Fracasará en el empeño, como fracasaron los bolcheviques cuando trataron de imponer una historia a su medida que se convirtió en polvo cuando la Madre Rusia volvió por sus fueros
ELÍAS PINO ITURRIETA

Un manual para niños ordenado por el gobierno habló de la teta cubana que amamantó a Simoncito Bolívar para que las redes sociales, incluido quien escribe, ocuparan su tiempo en el debate del tema. Debate con fundamento, debido a que generalmente se ha sabido que una famosa nodriza negra fue la encargada del alimento de la criatura, pero en especial por el hecho de que se buscara espacio en un texto dedicado a párvulos para filtrar la curiosa información. Carece de importancia el hecho de que una amiga cubana de la sagrada familia ayudara por unos días a la señora de la casa en el cuidado del recién nacido, pero adquiere relevancia por el propósito que los lectores advierten cuando se sorprenden con el dato. ¿Por qué, en un manualito de rudimentos, en un libro dedicado a la más tierna infancia, se agrega una información que sirve de poco, o más bien de nada, para la formación de unos muchachitos por quienes debe velar el Ministerio de Educación? Muy fácil. Por la misma razón que tuvo Chávez para afirmar que el 19 de Abril de 1810 fue un movimiento cívico-militar, calificación que habitualmente usamos los venezolanos para explicar sucesos como el 18 de Octubre de 1945 y el 23 de Enero de 1958, en cuyo desarrollo puede hablarse de una conjunción de figuras de los partidos con habitantes de los cuarteles para llevar a cabo un suceso de naturaleza política. A la fuerza quería ubicar al ejército en los orígenes de la nacionalidad, aunque el tal ejército apenas existiera en el reino de las fantasías. Por la misma razón que tuvo el "Comandante Eterno" para proponer la peregrina hipótesis de que el Libertador pudo ser envenenado por un agente de Estados Unidos. Si el imperialismo yanqui es culpable de los males de la actualidad, según las explicaciones más socorridas del paracaidista devenido historiador, ¿no convenía relacionarlo con la muerte del Padre de la Patria? No solo se contrataron especialistas para estrambóticos trabajos de detectivismo. También se llegó al extremo de escarbar las cenizas del héroe en la persecución de la mano larga y oscura de un Tío Sam que todavía no había nacido. Por la misma razón que tuvo el "Comandante Galáctico" para fraguar un rostro diferente del grande hombre para que no fuera tan pálido ni tan mantuano como lo presentó la iconografía de su época; para que su figura fuese resumen del una mezcolanza con las clases humildes de la sociedad a las cuales el laborioso investigador y profundo intelectual y aguerrido adalid decía representar. Por la misma razón que tuvo el "Cristo de los pobres" para decir que el ejército que comandaba era el mismo que peleó contra España y logró la libertad de América Latina, sin considerar el detalle de que esas gloriosas tropas habían desaparecido para siempre después de la faena nada gloriosa que intentaron contra el honorable presidente José María Vargas en 1835.
La "revolución" quiere cambiar los recuerdos. Necesita una memoria que le conceda fundamento a sus inconsistencias. Fracasará en el empeño, como fracasaron los bolcheviques cuando trataron de imponer una historia a su medida que se convirtió en polvo cuando la Madre Rusia volvió por sus fueros; o como perdieron su faena los falangistas españoles en la imposición de versiones del pasado que se volvieron polvo cuando murió Franco. Pero no debemos esperar a que el tiempo haga su trabajo, a que el futuro arregle las cuentas de la actualidad cuando rescate los testimonios de republicanismo que el régimen quiere borrar porque conspiran contra su hegemonía. Los manuales como el que hoy ocupa nuestra atención son un calco de los procedimientos pedagógicos que se usan en Cuba para hacer de la población una manada de borregos. Son la sumisa imitación de una enseñanza cuyo propósito es la negación del derecho que tienen los ciudadanos de pensar según su albedrío desde cuando tienen uso de razón. Sucesos como este de una obrita que sugiere a los niños venezolanos la existencia de un antiguo vínculo de intimidad entre dos proyectos dictatoriales, que propone antecedentes capaces de legitimar la dependencia de Venezuela ante Cuba, deben mover nuestras conciencias antes de que el mal se extienda.

domingo, 9 de marzo de 2014

DIARIO Y PUNZANTE DESFILE

EL NACIONAL - Domingo 09 de Marzo de 2014     Siete Días/4
El monstruo paramilitar
ELÍAS PINO ITURRIETA

Tal como están las cosas, es obligante la referencia a la degradación de la convivencia que hoy caracteriza a Venezuela. Pocas veces en tiempos de paz, es decir, mientras no se declaran las hostilidades que conducen a una guerra civil, se ha descompuesto la cohabitación a través de la cual se crea una sensibilidad capaz de orientar propósitos de entendimiento entre los personas. Debido a la multiplicación de las evidencias relativas a un menoscabo llevado hasta proporciones inéditas en la historia contemporánea, se hace difícil su tratamiento cabal. Sobran las muestras del encanallamiento de una vida que antes fue relativamente llevadera. Lo que era periférico se ha vuelto céntrico, hasta el extremo de dispersar hacia los ambientes más sosegados un caudal de aguas putrefactas. De allí la necesidad de detenerse ahora en el más protuberante de sus ingredientes: la existencia de fuerzas paramilitares, cuya acción es susceptible de provocar un deslinde sangriento que hasta ahora apenas ha permanecido en la vacilación de los bocetos, si no se considera la acción del hampa.
Venezuela no ha experimentado acuerdos estables en los quince años últimos. La colectividad se fue ubicando en el seno de dos versiones contrapuestas de la realidad, en la medida en que la "revolución" divulgaba su discurso y pretendía convertirlo en hecho concreto. Los actos del chavismo, pero también los de sus rivales, multiplicaron las diferencias hasta el punto de hacerlas enconadas. De un movimiento de vientos que pasa de tres lustros se pueden suponer tempestades, mas no necesariamente fenómenos de los cuales se espere un desenlace cruento hasta sus últimas consecuencias. Partiendo de las palabras airadas de Chávez y de su sucesor, pero también de las respuestas no pocas veces desatinadas de la oposición, nadie en sano juicio podía apostar por una navegación apacible. Nadie tampoco podía calcular cómo la forma de comportarse una de las partes del desencuentro podía desembocar en una aberración como la del paramilitarismo. Labranza de Chávez y cosecha de Maduro, se fue formando en las narices de la oposición hasta constituir una fuerza que exhibe la fachada y el interior de una torva patología de cuya actuación depende, aunque parezca exagerado, la suerte de la república.
Por los recursos que el paramilitarismo maneja, en primer lugar: millones de dólares provenientes del Ejecutivo, con los cuales hace lo que le parece para cuidar los intereses de su patrocinador, pero también lo que convenga a una urdimbre de negocios que cada grupo desarrolla de manera anárquica. Por el apoyo de la fuerza armada, después, capaz de concederle una patente de extralimitación frente a la cual no queda sino la respuesta de la violencia. ¿Se puede dialogar con unos facinerosos guapos y apoyados que apenas responden a las órdenes del jefe del Estado y de los ministros y de ciertos diputados que los promueven con disimulo, o con la cara destapada? La respuesta es obvia. O la gente común y corriente escapa despavorida de las mesnadas sedientas de la sangre del prójimo y de los bienes ajenos, o las enfrenta con la misma violencia de la que hacen gala.
La segunda alternativa ya se viene concretando. Los vecinos se organizan para prevenir arremetidas despiadadas. Las urbanizaciones buscan la manera de convertirse en alcázares que los libren de la barbarie. Las gentes de los barrios se encierran en pared de cal y canto. Los parroquianos de revólver y munición, los parroquianos de garita y vigila se estrenan como especímenes de un género desconocido e indeseable, cuyo propósito consiste en la defensa de su vida y de sus propiedades. El desafuero paramilitar los ha conducido a esos extremos. Parece evidente que estemos frente al síntoma más alarmante, dentro del declive promovido por una dictadura que encuentra compañía de confianza en el bandidaje, así de gigantesco es su nerviosismo, así de desmedidos son sus recelos ante propios y extraños. Es probable que el miedo no permita al régimen medir las consecuencias del maridaje que ha fraguado, pero debería sentir, en algún arrebato de compasión, que construye la antesala para el advenimiento de una tragedia de proporciones incalculables.

Fotografía: Tomada de la red, atribuida al desfile cívico-militar del día 5  de los corrientes en el que aparecen representantes de los colectivos.

sábado, 21 de diciembre de 2013

TEJEDURA CONSANGUÍNEA

EL NACIONAL - Domingo 06 de Octubre de 2013     Siete Días/7
Las cortes familiares
La parentela y el compadrazgo se convierten así en el soporte de una hegemonía, en perjuicio del control institucional y de la importancia de las organizaciones políticas
ELÍAS PINO ITURRIETA

A parte de los males que habitualmente acarrea, el personalismo impone a la sociedad uno de los elementos de los cuales depende su permanencia: las clientelas familiares y personales. En la medida en que los regímenes se subordinan a una influencia individual, más que a un pensamiento capaz de legitimar su ascenso y su continuidad, se aferran a la confianza que garantizan los nexos de sangre y las relaciones amicales. La parentela y el compadrazgo se convierten así en el soporte de una hegemonía, en perjuicio del control institucional y de la importancia de las organizaciones políticas. La gente de la casa está por encima de las leyes y de la opinión de partidos, corporaciones y gremios. Ante la ausencia de planes y por la orfandad de ideas sobre el manejo de la sociedad, son más eficaces y comprobables las lealtades de los parientes y los amigotes.
Desde sus inicios, la república ha tratado de luchar contra la dominación de castas familiares y tribales. A partir de 1830 son memorables las páginas que se escribieron sobre la conveniencia de establecer un sistema alternativo, a través del cual se garantizara el gobierno de los más aptos. Se pretendió que la medición de la aptitud no dependiera del parentesco con el hombre fuerte de turno, ni con los nexos de dependencia que se mantuvieran con él, sino de las prendas que cada individuo comprobara para cumplir los encargos de la burocracia. La Viñeta, residencia del jefe del Estado, cama de su querida, corredor para los juegos de los hijos, aposento de celebraciones íntimas y solar para abrigo de los compadres que venían a ofrecer su afecto incondicional y su afilada lanza, se convirtió en símbolo de lo que no debía existir en una nación moderna. Pese a que la habitaba un individuo tan poderoso como Páez, sobraron las críticas sobre lo que su residencia significaba como negación del proyecto liberal por cuyo establecimiento se luchaba.
Los reproches no llegaron a la meta si consideramos lo sucedido durante el régimen de los Monagas, degeneración del imperio de la parentela presidencial y de los compinches dedicados a la depredación. Las cosas no mejoraron en tiempos del Ilustre Americano, cuya administración dependió de los guzmanes antes que de los miembros del Partido Liberal. Tampoco si miramos hacia la tiranía de Gómez. Ella fue, en pleno siglo XX, más el dominio de un clan sobre una hacienda próspera que una administración capaz de denominarse republicana. De allí que en adelante se insistiera en la necesidad de erradicar semejantes tropelías. Sin despacharlas del todo, se intentó su moderación durante el período de la democracia representativa. No se puede negar la existencia de administraciones irreprochables en este sentido, o capaces de disimular las desviaciones de hijitos, sobrinos y compadres; pero tampoco dejar de advertir cómo el mal creció sin máscara debido a la influencia de "apóstoles" y "segundas damas" en los tiempos de Pérez y Lusinchi. La proliferación de tales especímenes alimentó el discurso de la "revolución" bolivariana, que vino con la sanitaria intención de acabar con la plaga.
Misión imposible, pero también indeseable para quienes la pregonan. Como primogénita del personalismo, la plaga ha crecido. Un régimen nacido de la voluntad del "Comandante Supremo" no sólo requiere la asistencia de familiares y cómplices en su presente, sino también en la posteridad. De lo contrario, tendría que olvidarse de la subsistencia. La falta de pensamiento y de planes lo amarra fatalmente a una cadena de obsecuencias particulares de la cual no puede deshacerse sin el riesgo de la desaparición, aun cuando su creador no exista físicamente. Lo que el fundador pudo imaginar alguna vez como gobierno, pero también la memoria de lo que él personalmente fue, dependen del apego a una ineludible camarilla. En consecuencia, la camarilla adquiere el derecho de hacer lo que le parezca con el país, no sólo sin atenerse a la letra de las regulaciones sino también sin considerar siquiera el interés del partido oficial. Ni cuando los Borbones.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

CUADERNO DE BITÁCORA

Hay un instrumental de Estado para referirse a Bolívar, una tarea obligada de la agenda presidencial en cada significativo aniversario. Ayer, con la presencia de varios mandatarios del continente, se hizo mención. Y, en otro lado de la ciudad, con la rueda de prensa de La Movida Parlamentaria, hubo una distinta invocación, pues, estamos entregados a potencias extranjeras y, detrás del pretendido aumento de la gasolina, abulta demasiado.

Dos ideas nos marcan angustiosamente. Por una parte, la contrastante propuesta de aumentar la gasolina a finales de los ochenta del XX, que desató las iras y temores inflamadas también y con más ahínco, brindando otra perspectiva a la subversión improvisada,  desde la parcela política e ideológica que hoy gobierna. Por lo menos, hubo un propósito de rectificación, por entonces, sintetizado en el programa de ajuste y reforma estructural de la economía venezolana.

Por otra, en los días que corren, hay una enorme emboscada, pues, bajo la promesa del gas del bueno, sin temblarle el pulso a la hora de la represion inmediata que luego teatralizarán para victimizarse, ese aumento es para favorecer e intentar perpetuar el actual orden de cosas, con la complicidad de la dinastía de los Castro que, es así, nos gobierna. Luego, no hay un aumento, si es que se produce y no es un globo de ensayo parecido al último  apagón caraqueño, es para sustentar la cleptocracia, sin el contexto de una voluntad y un proyecto de rectificación y rebrujulamiento.

Así arribamos a otro aniversario de la muerte de Bolívar, en una república que lleva su nombre y que, por cierto, luce pertinente recordar: "Identificar oficialmente a la república con el nombre de Libertador significa la creación de una clarificación errónea, falaz y perjudicial de los hechos sucedidos dentro  de nuestros contornos desde el Descubrimiento, por lo menos", afirmó Elías Pino Iturrieta ("El divino Bolívar", Catarata, Madrid,2003: 234).

Una ilustración, es de Ugo en tiempos de un exaltado bicentenario (El Diario de Caracas,  20/07/1983). Y, la otra, pertenece a Eneko, retratando aquellos tempestuosos tiempos (Economía Hoy, Caracas, 26/05/1990).

LB

domingo, 15 de diciembre de 2013

CAZA DE CITAS

“Juan Vicente Gómez protagoniza uno de los capítulos más toscos de la parejería. El dictador se muestra convencido de su rol de albacea y heredero de las glorias bolivarianas, hasta el punto de entregarle al culto uno de los fetiches más reconocidos (…) El tirano que promueve sepulcrales silencios, tortura, roba y ordena asesinatos sin cuento no vacila en presentarse como un continuador y protector de Bolívar (…) La amalgama alimenta perversiones como la de relacionar el gobierno enfático con el régimen propuesto por el personaje durante la Independencia. O como la vinculación de la prepotencia de los mandatos personales y la trascendencia de los fenómenos militares con su ideario”

Elías Pino Iturrieta

(“El divino Bolívar. Ensayo sobre una religión republicana”, Los Libros de la Catarata, Caracas, 2003: 199 s.)


Reproducción: Portada. Billiken, Caracas, 03/07/1920, nr. 30.

lunes, 19 de agosto de 2013

LO SISTÉMICO (3)

EL NACIONAL - Domingo 18 de Agosto de 2013     Siete Días/7
El pantano parlamentario
Comparen con el estercolero de la Asamblea Nacional en las manos del teniente Cabello, mírense en el espejo del deplorable y vergonzoso parlamento de la actualidad, y después me acusan de mentiroso   
ELÍAS PINO ITURRIETA

José Tadeo mantuvo sacrosanto respeto por la deliberación, y su hermano Gregorito se puede comparar con Cicerón debido a las comedidas intervenciones ante el congreso. Ningún diputado planteó la necesidad de enchiquerarse el 24 de enero de 1848, porque no había turbas ante la sede de la representación nacional. No fue preciso entonces que el gordo Juan Vicente González saliera en volandas por los tejados para resguardar su humanidad de la navaja de los asaltantes. Tampoco es cierto que, en la década anterior, los oradores pidieran la cabeza de los golpistas en las sesiones de 1836 para defender el mandato del doctor Vargas. Fermín Toro no tuvo necesidad más tarde de defender la vida de Julián Castro ante los senadores de la godarria. Nadie se lió a pescozones en la Cámara en 1858, mientras arreciaba la polémica entre centrales y federales. Fue religioso el miramiento de los oradores del liberalismo en 1861, a pesar de su disgusto con el conservadurismo del presidente Manuel Felipe de Tovar. Nadie faltó a la consideración del viejo Páez en la Constituyente de 1863, pese a que había sufrido una derrota militar en la víspera y el Mariscal Falcón le tenía ojeriza.
Apenas se escucharon tímidos reproches contra Luciano Mendoza en las sesiones de 1871, aunque se atrevió a levantar las armas contra el Ilustre Americano. Un mandatario discreto como pocos este Guzmán de dócil arraigo y manso mando, dicho sea de paso, pues jamás ordenó a sus palafreneros que insultaran a los pocos conservadores que permanecían arrinconados en el hemiciclo. No había edificado el Capitolio para que sus habitantes se regodearan en improperios, sino para que llevaran la república con magnanimidad aún ante los casos perdidos de la oposición. Sólo de la fantasía puede venir la versión sobre los diputados azules que desenvainaron las espadas en el pie de la tribuna para imponer el mandato de José Ruperto Monagas, un caballero que los manejaba a través de gentiles caravanas que hacían las delicias del maestro Manuel Antonio Carreño. También se deben atribuir a la imaginación los improperios que salían de la boca de Joaquín Crespo en los cónclaves de 1883. El sapiente repúblico apenas se molestaba desde su escaño cuando unos inexplicables renegados del partido amarillo le ponían zancadillas a su compadre el general Antonio, ese modesto ex presidente cuya reputación guardaba el Taita por puro patriotismo sin buscar ganancias en cargos o en pachanos.
No hay evidencia de las afrentas que recibió Rojas Paúl de los parlamentarios en 1889, cuando pretendió la reelección en la primera magistratura. Tampoco queda constancia en el Libro de Actas de los agravios desembuchados por los diputados cresperos contra Andueza Palacio cuando le dio por inventar su continuismo. Aquello fue miel sobre hojuelas, sin desaires ni vulgaridades. En realidad costaba volverse grosero en las curules, aún ante la posibilidad de una guerra civil, de tanta costumbre de tolerancia y reverencia que había imperado desde los inicios de la república, de tanto juego de ideas expuestas en armonía. El ambiente se enrareció en el período de la Restauración, en el 1900, no en balde don Cipriano pidió a sus representantes que carajearan a unos caraqueños soliviantados en sus escaños. Sin embargo, como era de esperarse partiendo de una tradición de cívica convivencia, el incidente se superó con unas copas en la botillería de la esquina. Después, en la época de Gómez, el hábito de no discutir pudo aconsejar la clausura de un congreso atemperado que había sido aleccionador desde sus orígenes, que estaba y no estaba, pero seguramente la opinión de funcionarios cuidadosos de las formas y respetuosos de la división de los poderes públicos, como Vicentico y Eustoquio, evitó que se interrumpiera el trabajo en la mansión de las leyes.
Así sucedió. Reinó la cohabitación entre los legisladores. Jamás se escuchó ruido malsonante. El respeto fue regla jamás quebrantada.
Fuimos envidia de los lores y desafío de los comunes. Comparen con el estercolero de la Asamblea Nacional en las manos del teniente Cabello, mírense en el espejo del deplorable y vergonzoso parlamento de la actualidad, y después me acusan de mentiroso.

Ilustración: Ugo Ramallo.

domingo, 23 de junio de 2013

HOLLÍN (ES)

EL NACIONAL - Domingo 23 de Junio de 2013     Siete Días/7
Las velas del entierro
Son demasiadas las luchas, las algaradas, los gritos atronadores, las publicaciones, los sacrificios, las creaciones científicas, humanísticas y artísticas de las universidades venezolanas
ELÍAS PINO ITURRIETA

Las opiniones sobre el conflicto universitario están sujetas a restricción, según Maduro. Ni siquiera quienes tienen autoridad para llamar la atención sobre el entuerto pueden intervenir, de acuerdo con lo que dijo sobre unas declaraciones del rector de la UCAB en torno a los problemas de la educación superior. "Los ucabistas no tienen vela en este entierro", sentenció, como si pudiera establecer una prohibición relativa a un asunto que debe no sólo provocar la preocupación de cualquier ciudadano, sino especialmente de quienes lo conocen desde su intimidad por razones de experiencia y oficio. Estamos frente a un juicio temerario, pero también explicable, si consideramos otra opinión que no ha dejado de repetir.
En efecto, se ha atrevido a hablar de las "universidades de derecha" que han torcido el conflicto de las altas casas de estudio para convertirlo en un propósito político. Es lo más peregrino que pudo manejar en sus declaraciones sobre un asunto crucial para la sociedad. Las universidades venezolanas, pero también las otras del exterior en la mayoría de los casos, son todo lo contrario. Lugares de debate y regazos de la libre expresión de las ideas, sólo mediante la negación de su esencia pueden convertirse en expresiones de una orientación que, según se considera generalmente, pretende evitar la metamorfosis del entorno que las rodea. Apenas un vistazo de la rutina de cualquiera de las universidades autónomas, pero también de las privadas, demostraría la evidente enormidad de una declaración que las identifica como promotoras de la petrificación de una colectividad a la que se deben y por cuyo desarrollo se han batido desde sus orígenes. Son demasiadas las luchas, las algaradas, los gritos atronadores, las publicaciones, los sacrificios, las creaciones científicas, humanísticas y artísticas de las universidades venezolanas, para que ahora, porque no tiene mejor argumento que el habitual cliché, alguien las quiera exhibir como heraldos del conservadurismo.
Lo cual no quiere decir que desde esta columna se nieguen los derechos que el conservadurismo tiene para señalar lo que le conviene a la sociedad. Todo lo contrario, desde luego, pero ahora sólo es aconsejable detenerse en lo que Maduro dispara como una descalificación cuya meta es el ocultamiento de un objetivo buscado por el régimen en la última década: la negación de la actividad intelectual que lo adversa, la guerra contra las personas que piensan con cabeza propia, el miedo a una "artillería del pensamiento" formada con método y disciplina para dar en el blanco. Como esa "artillería del pensamiento" se fortalece en la cátedra universitaria y se convierte en arma temible poco a poco en los pupitres, ¿por qué no desacreditar a quienes la crean y a sus discípulos?, ¿por qué no exhibirlos como representantes de la reacción frente a las intrépidas novedades de la "revolución"? No debe olvidarse que, tras el pretendido descrédito, se oculta un plan para intervenir los hábitos más respetados del claustro con el objeto de convertirlos en un revoltillo movido por individuos y asociaciones incompetentes para la función, pero orientados a la anulación del peligro que supone un sector intelectual formado por individuos a quienes difícilmente se les puede meter gato por liebre. Mientras el Gobierno regatea los salarios de los profesores, también busca la forma de que los empleados y los obreros de las instituciones, y además los representantes de asociaciones comunitarias sin nexos con la educación superior ni con otro tipo de educaciones, les digan qué hacer y qué no hacer en su trabajo.
De allí su ataque al rector de la UCAB, como si a un investigador de trayectoria le estuviera vedado hablar de lo que sabe. Lo mismo dirá de otra autoridad que ejerza funciones en instituciones "de derecha". Tiene la necesidad de negar unas cualidades relativas a la formación profesional y al entendimiento no ideologizado de la realidad, que estorban sus designios de intervención de la actividad universitaria. Por eso habló de "este entierro", sin caer en cuenta de lo que decía. En el fondo los quiere sepultar, a ellos y a lo que representan, con velas y todo. Su pelea es con las luces.

Fotografía: Agresión contra la UCV, junio de 2013.

¿UNA BANDERA VIGENTE?

EL NACIONAL - Sábado 15 de Junio de 2013     Sociedad/4
"Nuestra bondad se agotó ya"
Reflexiones sobre la Proclama de Guerra a Muerte ,en la conmemoración de su bicentenario
ELÍAS PINO ITURRIETA

El documento fue publicado en Trujillo, el 15 de junio de 1813.
Se cumplen doscientos años de una decisión capaz de provocar polémicas justificadas. Se trata de una decisión insólita debido a que su autor, un joven que apenas comienza a destacar, se atreve a determinar a la fuerza los linderos del bien y del mal, la distribución de premios benevolentes y castigos severos, la división de los hombres del contorno en ángeles y demonios que se deben separar sin miramientos. Nadie se había atrevido a semejante decisión, pero un bisoño brigadier llamado Simón Bolívar la toma para que en adelante nada sea como había sido en Venezuela. De allí la trascendencia de la Proclama de Guerra a Muerte, y la necesidad de mirarla con nuevos ojos ahora, cuando el tiempo tal vez permita observaciones libres de los prejuicios habituales.
Un soldado sin fortuna Son pocos los laureles que Bolívar puede mostrar en 1813, especialmente en la parcela militar que después lo convertirá en estatua de bronce. Había llamado la atención como agitador en la Sociedad Patriótica, pero sin destacar de veras. Las armas no habían sido su fuerte, sino todo lo contrario. Jamás pudo levantar la bandera del triunfo cuando sirvió bajo las órdenes del Generalísimo. Le fue mal en la captura del convento franciscano de Valencia, fortalecido por los realistas. Después salió con las tablas en la cabeza en la defensa del castillo de Puerto Cabello, que dejó en manos del enemigo porque no pudo o no supo controlar el teatro que había quedado bajo su comando.
Tal vez conmovido por la carga del infortunio, tomó la única decisión que le salió bien: apresar a su superior para que pasara a disposición del capitán realista Domingo Monteverde. Distancia descomunal ante el héroe de entonces, conducta de la que resulta difícil ufanarse, es el único punto positivo que pudo anotar en su historial, en caso de que así le pareciera. Pero se libró de la cuchilla de los triunfadores, cuyo jefe le permitió salir hacia el extranjero.
Una revolución inesperada Antes de marcharse, tuvo tiempo de observar la única revolución que en realidad había sucedido, más contundente que la separación política anunciada el 5 de julio de 1811. Por lo menos así debió percibirla un aristócrata que se había convertido en insurgente sin imaginar lo mal que lo pasarían los de su clase.
Ahora gobernaban unos canarios cerriles. Las mansiones de las familias acomodadas habían sido invadidas por la chusma. Las damas blancas se escondían de las mesnadas de Monteverde, y de un nuevo jefe desenfrenado, José Tomás Boves, ante quienes se postraban los señoríos antiguos para clamar por su vida. Los criollos hacían cola ante mandones de mala muerte para suplicar clemencia, en medio de una humillación inimaginable. Ni siquiera el obispo o el presidente de la Audiencia eran respetados por la soldadesca, mucho menos los patiquines que en la víspera habían estrenado el gorro frigio.
En general, los historiadores no se han detenido en el examen de la calamidad que fue, para los mantuanos de 1813 y para el promotor de la Guerra a Muerte, un desplazamiento tan drástico del ejercicio de la autoridad, una patada así de inesperada que los colocaba en la orilla de la colectividad. ¿No pudieron provocar esas indeseables escenas, una reacción como la que se resumirá en una proclama orientada hacia un holocausto que se anuncia con bombos y platillos?
Una voluntad imponente Pero también debe mirarse hacia la férrea voluntad de quien ha tenido la suerte de sobrevivir. Bolívar apenas se duele un poco del fracaso. Un individuo del montón tal vez quedara sin ánimos después del huracán que lo ha arrollado, pero él no es un personaje corriente. El desgarramiento atenaza su voluntad hasta el extremo de soñar con el triunfo cuando sólo existen motivos para el duelo.
Viajó hacia la Nueva Granada, para colocarse bajo las órdenes del presidente Camilo Torres. Escribió su primer documento público, el Manifiesto de Cartagena, y llevó a cabo hechos de armas que le ofrecieron oxígeno al desfalleciente gobierno de las Provincias Unidas. Impresionado por sus triunfos, el mandatario le concedió el título de Ciudadano de la Nueva Granada y le otorgó el grado de General de Brigada. Ahora no es un desconocido. Ya ha saboreado el éxito que le había sido esquivo. Ya puede proponer un proyecto que le permita volver a Venezuela con un contingente digno de consideración. Se ha levantado de un agujero lóbrego para iniciar la llamada Campaña Admirable, en cuya médula se encuentra la Proclama de Guerra a Muerte.
Antecedentes escalofriantes Ya existe la Guerra a Muerte. Es un hecho antes del comienzo de la campaña triunfal. La inicia Monteverde y la multiplica Boves, cuando ejecutan acciones sanguinarias contra cualquier grupo o individuo atravesados en su camino. Han asesinado poblaciones a mansalva, como consta en documentos emanados de las propias autoridades españolas. ¿Por qué, entonces, preocuparse por la continuidad que le da Bolívar? ¿Acaso no transita un camino trillado por el enemigo que no ha dado cuartel? El asunto no es tan simple.
Las matanzas de Monteverde y Boves no contaban con el respaldo de un documento público. Esos matones no redactaron órdenes escritas en las cuales se disponía el asesinato colectivo de los republicanos. Jamás contrariaron en sus papeles el contenido de la legislación española, mucho menos las letras de la Constitución de Cádiz, redactada en 1812 para buscar el avenimiento de los españoles de ambos mundos. Al contrario, las ventilaban cuando topaban con aprietos, aunque después las condenaran al olvido. No se sentaban a fabricar explicaciones o justificaciones, ni a detallar mediante escribano los suplicios en los que se deleitaban.
El primero que prefirió anunciar en un papel de circulación pública la futura realización de matanzas colectivas fue Antonio Nicolás Briceño, mantuano que había destacado en el congreso fundacional por sus opiniones comedidas. Jefe de vanguardia en el ejército que traspasó el territorio venezolano desde el vecindario bajo la obediencia de Bolívar, escribió un reglamento de ascensos que dependía del número de españoles que sus soldados decapitaran. Más sangre de españoles derramada sin compasión, mayor número de honores y doblones, anunció el reglamento. Más cabezas de godos, mayores ascensos y sueldos para la tropa. La superioridad se preocupó por el monstruoso sendero que proponía para crecer en el escalafón militar, pero no sancionó al despiadado autor.
La justificación de la matanza La Proclama de Guerra a Muerte viene precedida de una explicación, que da Bolívar en Mérida el 8 de junio de 1813. Habla de la necesidad de vengar a la humanidad castigada por la codicia de los españoles, de un conflicto universal que debe encontrar desenlace en Venezuela. Acude a referencias de carácter universal, mediante las cuales se adelanta en la justificación del documento que publicará en el cuartel de Trujillo.
El siguiente fragmento da cuenta de tal propósito. Dice: "Todas las partes del globo están teñidas de sangre inocente que han hecho derramar los feroces españoles, como todas ellas están manchadas por los crímenes que han comedido, no por amor a la gloria sino en busca del metal infame que es su Dios sobrenatural (...) Mas esas víctimas serán vengadas, estos verdugos serán exterminados. Nuestra bondad se agotó ya, y puesto que nuestros opresores nos fuerzan a una guerra mortal, ellos desaparecerán de América, y nuestra tierra será purgada de los monstruos que la infectan".
Trata de saldar una cuenta relativa al género humano, como si la estadística de los desastres del mundo debiera encontrar finiquito aquí. Estamos ante una generalización temeraria. También frente ante la primera clasificación maniquea de los sectores de la sociedad que se encuentran en conflicto: los energúmenos procedentes de España y los mártires inocentes de sus expoliaciones, sin matices.
Perdones y castigos arbitrarios La Proclama de Guerra a Muerte propone al principio el retorno de las instituciones de 1811, pero se desvía tajantemente de la proposición con la sentencia abrumadora que culmina el texto: "Españoles y canarios, contad con la muerte, aún siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de América. Americanos, contad con la vida, aún cuando seáis culpables".
La inmolación y la salvación se piensan en una forma genérica y arbitraria. La literatura condescendiente de los fundadores de la Primera República se echa al olvido. Se cierra, quién sabe hasta cuándo, la posibilidad de una contienda con reglas, alivios y reservas. Se muda el carácter del conflicto político, a través de un documento que le da un radical viraje. Nadie en los tiempos modernos había anunciado una cosa semejante en un pliego que se leería ante la presencia del pueblo, pero ahora se hace en nombre de la libertad.
La destrucción como inspiración Inmediatamente después de la declaratoria de Independencia se vivió un ambiente de destrucción. Al principio se pensó en senderos de convivencia pacífica, pero en breve nadie acarició el anhelo de las salidas concertadas mediante tratos propios de seres civilizados. Todo fue marcado por una atmósfera de combustión. Todo se redujo a la invitación de las bayonetas y a la estampida que la amenaza provocaba. Nadie fue indiferente ante el llamado de la destrucción, fuese republicano o realista. Ni siquiera el autor de la Proclama de Guerra a Muerte.
Una forma de vivir comienza a desaparecer, a dejar de ser lo que fue, para estrenarse en experiencias aventuradas cuya conclusión nadie podía pronosticar. La desaparición no va a ser paulatina, sino acelerada y drástica, capaz de borrar las raíces de los hábitos antiguos sin reparar en los desastres que ocasionaría. Cuando se busque una explicación convincente de lo sucedido, alejada de los prejuicios del patrioterismo, deberemos detenernos en la Proclama que, sin argumentos dignos de crédito, sin una sola explicación apegada a hechos de envergadura, se regodea en un espíritu de cruzada que había dejado de pregonarse en términos formales, pero que ahora anuncia como brújula el hombre que se prepara para convertirse en autoridad.
Conclusión con provocación ¿Hacía falta una declaratoria de exterminio? ¿Convenía a los intereses de la república? ¿Nos condujo como sociedad, por fin, hacia una dirección definida y definitiva? La interpretación que se ha hecho de la Proclama de Guerra a Muerte para entenderla como una posibilidad de hacer que la gente se decidiera por dos partidos en pugna, pierde consistencia cuando olvida que en la Venezuela de la época predominó un clima de opinión mayoritariamente favorable a los intereses de la Corona, ante el cual no pudieron los republicanos abrir siquiera un boquete. De allí que no encontrara más remedio, el autor de la Proclama, que abrirlo con la desesperación de unos cañonazos dirigidos contra la mayoría de la sociedad. O, en especial, contra la gente de orilla que lo echó del poder en el primer encontronazo.
Ilustración: Ugo.

domingo, 26 de mayo de 2013

TV: EL REMEDIO, PEOR QUE LA ENFERMEDAD

EL UNIVERSAL, Caracas, 26 de mayo de 2013
¿Puro chisme?
No hacer nada para que este episodio reciba castigo nos deja en el pantano de las murmuraciones
ELÍAS PINO ITURRIETA

Las revelaciones del señor Mario Silva son la comidilla de la población, pero parece que no pasan de allí. El régimen ha reaccionando como lo hizo ante el escándalo que promovieron, no sé exactamente cuándo porque nadie habla en la actualidad de ellas, las afirmaciones del magistrado Aponte Aponte, esto es, arremetiendo contra el portavoz a través de descalificaciones groseras y negando la posibilidad de una investigación. No han sido cuestiones menudas las desembuchadas por estos connotados miembros de la cúpula "revolucionaria", pero se han condenado a reposar en el limbo debido a que nadie del gobierno se conmueve hasta el extremo de asomar siquiera la posibilidad de una somera averiguación.
Se puede comprender la conducta de los sujetos aludidos por el señor Silva, pues a nadie le gusta la exhibición de sus trapos sucios desde un vigoroso ventilador que está a la vista de todos.
Pasar a mayores es cosa seria, hasta el punto de que no sepa quien escribe cómo hacer hoy día para concretar semejante conducta, pero es evidente que se trata de un asunto susceptible de reflexión. No será cuestión de marcharnos para las guerrillas, ni de levantar barricadas frente a la residencia del teniente Cabello, por ejemplo, pero parece razonable manifestar disconformidad ante la actitud de quienes apenas nos atrevemos a hablar sobre el escándalo con el vecino como si fuese una nadería. Pareciera que apenas nos hemos sentido concernidos en la superficie, como si el asunto no fuera con nosotros. O, para encontrar alguna explicación que no nos deje tan desairados, que sólo hemos topado con una noticia que conocíamos hasta la saciedad, con delitos sobre cuya existencia sabíamos desde hace años, con rufianes rutinarios a quienes ahora se pesca en vagabunderías que veían protagonizando en los últimos lustros y ante las cuales no existe la alternativa de sorprenderse. Puede ser una explicación de la indiferencia frente a la magnitud de los delitos propalados, pero no es como para ufanarnos ni para quedar pendientes con tranquilidad de conciencia del próximo capítulo del espectáculo.
Entre muchos pormenores que nos puedan obligar a despertar de veras ante el desfile de trapacerías y felonías que revela la grabación del señor Silva, tal vez destaque el hecho de que sea o fue su portavoz el animador del programa estelar de la "revolución". No es o fue "La hojilla" un espacio cualquiera de VTV, sino la esencia informativa del régimen, la palabra vengadora a cargo de un sujeto bendecido por el presidente Chávez como custodio de los explotados y como martillo de la macabra burguesía; el set más buscado por los líderes por el sólo hecho de contar con el favor de quien había convertido el comandante en su heraldo predilecto; el pontífice diario que marcaba la pauta a los intelectuales y a los burócratas del régimen; la alcabala para ascender cuando se buscaba promoción, o la ocasión de aclarar situaciones ante el jefe cuando el viento se enrarecía; una manera de comunicar que debía imitarse en otros programas de TV y radio afectos a la "revolución" y también, por desdicha, el miedo rampante ante la posibilidad de recibir los dardos envenenados del conductor, que era como sentir las candelas del infierno antes del Juicio Final. Nadie puede dudar de la autoridad del señor Silva en los predios de la "revolución", ni el fervor que despierta o despertaba en una audiencia cautiva y entusiasta que en su sintonía coleccionaba argumentos para usarlos después contra la oposición. La consideración de estos elementos tal vez pueda orientar la reacción que hasta ahora no se ha producido frente a una grabación que tanta atención ha ocupado en estos días, sin desembocar en actitudes enfáticas.
Que los aludidos por el señor Silva afirmen que apenas están frente a un chisme que no merece comentarios ya es escandalosamente perverso, pero que nosotros no hagamos nada para que un episodio así de monstruoso reciba el castigo que merece, nos deja varados en el infructuoso pantano de las murmuraciones. Sin receta para ver cómo hacemos, apenas se asoma ahora el punto para que de veras ocurran, algún día, situaciones capaces de enorgullecernos como pueblo.

EL NACIONAL - Domingo 26 de Mayo de 2013     Siete Días/7
Silva, el ícono rojo   
TULIO HERNÁNDEZ
Mientras mayor sigilo, menos peligro corren las reputaciones de quienes forman parte del elenco de individuos a quienes una grabación, repetida ahora a través de la televisión y en las primeras planas de los periódicos, presenta como una pandilla de rufianes. Los rufianes ocultan su calidad de rufianes para seguir llevando a cabo sus tropelías, desde luego, especialmente cuando las instituciones están de su lado y les garantizan impunidad. El problema se remite entonces hacia nosotros, los perplejos receptores de la noticia. Se nos descubre un fragmento fundamental de la realidad ante cuya aparición debería ocurrir una reacción de peso, de esas que recogen los periódicos y preocupan al gobierno, pero, hasta la fecha, apenas nos hemos conformado con regodearnos ante la noticia y con hacer comentarios mordaces en el tuíter, sin la expresión de respuestas susceptibles de presentar ante las sociedades que nos rodean, pero especialmente ante nosotros mismos, la existencia de una repulsa cónsona con la podredumbre que nos han arrojado en la cara mediante una grabación que no deja dudas en cuanto a la autenticidad de su origen, ni sobre la demasiado conocida identidad de quien prestó la voz para decir lo que dijo sin siquiera parpadear. Pero quizá nosotros apenas parpadeamos ante lo que oímos en medio del asombro, sin pasar a mayores.

En la era democrática la televisión estatal contaba, entre otros, con Arturo Uslar Pietri y Aquiles Nazoa. En la chavista, con Mario Silva y un personaje del mismo talante llamado Alberto Nolia.
Uslar y Nazoa eran intelectuales sólidos. Destacado novelista y ensayista, el primero.
Apreciado poeta y fino humorista, el segundo. Silva, lo sabemos ahora a cabalidad, es espía y funcionario de inteligencia del G2 cubano. De Nolia se dice que es periodista de oficio. A ninguno de los dos les conozco obra publicada.
Los programas de Uslar y Nazoa se llamaban Valores Humanos y Las Cosas Más Sencillas, respectivamente. Los de Silva y Nolia, La Hojilla el primero, y Los Papeles de Mandinga el segundo. Uslar generalmente utilizaba su programa como una cátedra para explicar con rigurosidad académica grandes procesos de la cultura universal. Igual un día hablaba de la tragedia griega; otro, de la música de Villalobos. Nazoa, en el suyo, se paseaba alegremente por la dimensión poética de la vida cotidiana; igual hoy dedicaba un programa a los juegos tradicionales venezolanos, los papagayos y los trompos, y el siguiente, a Teresa de la Parra.
Lo recuerdo bien al terminar una emisión declarando inspirado: "Cuando hablo de Teresa de la Parra se me llena el corazón de estrellas".
Como sus nombres lo indican, los programas de Nolia y Silva son, en cambio, básicamente de chismes, rumores y escándalos políticos porque fueron concebidos como la punta de lanza de la guerra sucia y psicológica que el gobierno chavista, devenido en madurista, ha desarrollado sistemáticamente desde 1999.
Nolia, un hombre de mal talante, mirada torva y dicción resentida, usa las cámaras como una ametralladora para disparar ­sin preocuparse por las pruebas­ acusaciones e infamias de todo tipo contra la dirigencia opositora. Silva, por su parte, se supone que realiza diariamente una disección de lo que se transmite en los medios privados, por eso el programa se abre con la animación de una hojilla que persigue ­para cortarlos­ los logos de Globovisión, Televen y Venevisión, los canales de alcance nacional que aún sobreviven al proceso estatizador de las televisoras privadas.
Pero lo que Silva en realidad hace diariamente es prender un ventilador para esparcir bolsas de excremento sobre la humanidad de quienes no concuerdan con el ideario rojo. Algunos consideran que el espía inauguró la Teleletrina. Otros, la Telemalandra. En cualquier caso lo recuerdo cerrando una sesión, escupiendo a otro venezolano la delicada frase: "Eres un hijo de la gran puta".
La televisión venezolana, y no sólo la estatal, ha vivido un gran estancamiento en estos catorce años de gobiernos rojos. Pero la oficial ­que tiene como canal líder a Venezolana de Televisión­ ha mostrado una gran involución. No sólo porque no hay propuestas innovadoras de los lenguajes televisivos tradicionales, sino porque, de la manera más impúdica y obscena, convirtieron una televisión de Estado que, por dictamen constitucional debe servir a toda la nación, en una televisión de partido que sirve exclusivamente al proyecto del PSUV.
La televisión roja es como los canales confesionales de la iglesia electrónica. Les resultan ajenos a quienes no creen en su Dios ni practican sus ritos. Es lo que explica que, a pesar del control mediático, del inmenso número de canales, incluidos los disfrazados de televisión comunitaria que constituyen su aparato, y del diario abuso de poder con las cadenas radioeléctricas presidenciales, sus niveles de audiencia sean tan bajos y la deserción masiva de venezolanos afectos al proyecto del comandante fallecido siga produciéndose como un goteo indetenible.
Mario Silva es la excepción.
Por la misma razón que Laura de América y sus talk shows, su programa es uno de los más vistos de la televisión oficial.
Probablemente porque es el único entretenido, en el sentido morboso del término. O porque es el que mejor expresa la voluntad de no convivir, la convicción de que los opositores son unos enemigos a los que hay que sacar de juego, que ha caracterizado la saga de gobiernos rojos.
Mario Silva, no me queda duda alguna, será estudiado en el futuro como el autor del aporte más original del chavismo a nuestra cultura televisiva. Pero también lo será como uno de los íconos y personalidades que mejor condensa, y a la vez define, el proyecto político rojo. No por casualidad era una de las figuras públicas rojas que con mayor pasión defendía el comandante ido.
Luego de escucharlo haciendo de delator lo entendimos.
No es Lina Ron, la señora que comandaba los ataques violentos contra las televisoras.
Tampoco Luis Tascón, el señor que dirigió la persecución de los venezolanos que firmaron solicitando el referéndum revocatorio. Ni Iris Varela, la diputada que celebra los "coñazos" como método de castigo democrático. Es Mario Silva ­el sacerdote del odio, el confidente de los cubanos­, la creación más acabada de la cultura política chavista, la que mejor expresa sus valores y su estética.
Como cortado a hojilla.

EL NACIONAL - Domingo 26 de Mayo de 2013     Guia Tv/2
Tequeños en La Orchila
MONITOR DE PROGRAMAS
TELEVISIÓN
ALEXIS CORREIA

Empezar un programa de televisión pronunciando siempre unas frases de manera idéntica es como haber permanecido dentro de un congelador desde la invasión de Bahía de Cochinos: "Tripulantes de nuestra querida, contaminada y única nave espacial, que ha dado otra vuelta sobre su eje imaginario". Aclaro de entrada que me parece estúpido considerar todo lo nuevo como necesariamente mejor.
El tirante del parche colocado prolijamente sobre la raya del cabello. La fotografía amarillenta del planeta Tierra como decorado. El mapa digno de Cristóbal Colón que, en plena era de Google Earth, él sigue apuntando con una antenita mientras traza recorridos hipotéticos de barcos rusos que cruzan el canal de Suez para entregar armamento al Gobierno sirio ("misiles S-300, la pesadilla de cualquier piloto israelí", detalla con el deleite que siempre ha rezumado ante los letales juguetes de los niños grandes). Con todo y que las vueltas de la vida han hecho que él mismo forme parte ahora de los acontecimientos en pleno desarrollo, y las contradicciones que encarna hoy, Walter Martínez, el conductor de Dossier (lunes a viernes, 10:00 pm en VTV), todavía me parece el personaje fascinante que, cuando un muro dividía a Berlín, despertaba en mí como niño un respeto reverencial.
El Dossier del pasado miércoles 22 de mayo fue particularmente alucinante. El internacionalista de origen uruguayo se presentó en el estudio de VTV con traje militar: "Sin transición, hemos llegado directo desde Maiquetía con la braga de navegación puesta, luego de una intensísima jornada". Había sido invitado por la cadena de mando de la Armada venezolana para el disparo en La Orchila de un misil Otomat MK-2, que, explicó con fruición, "puede impactar en un buque enemigo más allá del horizonte". Martínez aseguró: "Hemos destruido los intentos de bloquear nuestra ecuación tecnológica (sic). Hoy se ejerció soberanía. Todos los misiles que tenemos dan en el blanco donde queremos y cuando queremos".
Lástima que, durante el lanzamiento del artefacto, la estampa de un mesonero con una bandeja de tequeños en el monte Walter de La Orchila restó algo de tono épico al impactante video. Luego Martínez colocó el micrófono a oficiales de la Armada, que emitieron al unísono el eslogan corporativo: "¡Chavez vive, la lucha sigue!". En el estudio en penumbras, el internacionalista desfiló con su braga por un pasillo de luz y se despidió cuadrándose ante la cámara con un saludo militar.
Como pernoctó en La Orchila, entendí por qué un día antes se había emitido en Dossier una repetida y desdentada entrevista en Roma con el poeta Isaías Rodríguez, el hombre del testigo estrella del caso Danilo Anderson y ahora embajador.
Durante la conversación, Martínez, que ha terminado adoptando en Dossier el idioma oficial ("patria grande", "comandante supremo", "lobby sionista"), sacó un crucifijo de plata del flux: "Es el hermanito del Cristo de Chávez y nos acompaña en todas nuestras misiones".
En 1990, cuando trabajaba para Televen, Martínez ganó el Premio Nacional de Periodismo, el de la cuarta república, y declaró: "No se puede hacer televisión con mentalidad de empleado público". Sigo admirando a alguien que usa palabras como "racconto", que se refiere a la Avenida de la Paz Celestial cuando habla de Pekín y que le descubre al televidente que al fallecido dictador Jorge Videla le decían "Huesito" en sus tiempos de cadete. Un programa que sirvió todos estos años como antesala de La Hojilla , sin degradar su lenguaje: he allí una reliquia incontaminada de la Guerra Fría en nuestra querida nave espacial.
Ilustraciones de Dumont, Ugo y Goki.

domingo, 21 de abril de 2013

INÉDITO

EL UNIVERSAL, Caracas, 21 de abril de 2013
La espeluznante elocuencia de un episodio
La vergüenza del funesto 16 de abril, heraldo de un mensaje que debería causar pavor y repulsa
ELÍAS PINO ITURRIETA

Han sido días cargados de sensaciones, de mensajes y conductas de todo tipo, un bombardeo capaz de conmover a los más indiferentes. Es difícil detenerse en uno solo de esos pormenores a través de los cuales se refleja la realidad que nos conmina con sus tirones implacables, pero apenas uno de ellos, en términos singulares, me ronda en la cabeza y se niega a desaparecer. No puedo borrar su impacto debido a que lo considero capaz de reflejar la redondez de una situación experimentada en términos generales. Los lectores seguramente atesorarán el recuerdo de otro tipo de contingencias, no es para menos en medio de la crisis que sufre la sociedad. Pero supongo que, como en mi caso personal, partiendo de la manera descarnada que tuvo de mostrarse no han dejado de advertir la conducta que paso a considerar como un camino para la comprensión del todo.
Me persigue, en efecto, la escena protagonizada el día 16 del presente mes por el presidente de la AN, ciudadano Diosdado Cabello, frente a los diputados de la oposición. Para que ejercieran su derecho de palabra, resolvió que antes debían responder una insólita pregunta. "¿Reconoce usted a Nicolás Maduro como presidente legítimo de la República?" Esa fue la demanda. De la respuesta dependía que los miembros del Parlamento que se sientan en las curules de la oposición, ejercieran la representación del pueblo que los eligió. Los interrogados se quedaron atónitos, paralizados ante la inesperada inquisición. Jamás en la historia de Venezuela, pero quizá tampoco en el depósito de sus recuerdos de situaciones sucedidas en los anales de los países democráticos, se habían enfrentado ante un desafío de semejante índole. No reaccionaron a cabalidad ante el requisito, quizá por imaginar el predicamento de verse, antes de tomar el micrófono, postrados como penitentes ante el juez que los retaba, pidiendo ante el confesionario el perdón del pecado de las macabras dudas que inocula la serpiente de la autonomía de la razón, o el curioso ojo que, de tanto mirar, cae en el yerro de descubrir lo que le está vedado. Pero los paralizados no fueron los diputados únicamente, sino también todo el que pudo presenciar una afrenta así de gigantesca, un agravio tan desmesurado de los principios elementales del republicanismo que, tal vez por elemental recato, ni siquiera llegó a desembuchar en su época -vergüenza ante oídos ajenos-, un sujeto como Eustoquio Gómez.
¿Quién le da autoridad al presidente de la AN, para cercenar los derechos de los diputados? Ninguna fórmula proveniente de la legalidad. ¿A cuáles principios puede acudir para llegar a la demasía? Ni siquiera en el caso de que el candidato a quien custodia hubiera obtenido una clamorosa victoria, puede encontrar fundamento su atropello. Muchos menos cuando, partiendo de la observación de los hechos sucedidos en el proceso electoral, existen fundadas dudas sobre sus resultados. ¿Por qué ignora a los votantes que eligieron a los parlamentarios cuya voz impide ahora? Porque le da la gana, simplemente, porque tiene la voluntad de arrebatar como Jalisco; porque, si no, te atienes a las consecuencias y punto. Sea como fuere, únicamente la arbitrariedad y la prepotencia de quien cambia las regulaciones por el capricho y el entendimiento de la realidad por los intereses de la facción que representa, permiten explicar el episodio. El hecho de que actuará así el ciudadano Cabello, a la vista de todos, en el seno del Parlamento y como parte de una situación de violencia que condujo a la agresión física de dos representantes de la oposición, señala el rumbo de oscuridad y salvajismo por el cual se pretende conducir a la sociedad.
Ningún diputado de su bancada lo llamó a la cordura. No se sabe de nadie del gobierno que objetara el atrabiliario proceder. "Así es que se gobierna", han dicho algunos. ¿Por qué? El ciudadano Nicolás Maduro hace lo mismo desde el 14 de abril. Los dos, pero también toda la cúpula del PSUV, en lugar de entender los cambios sucedidos en la sociedad, en lugar de sentir cómo se les escurre de los dedos el capital político que amasaron en los últimos lustros, en vez de preocuparse por el derrumbe de lo que en la víspera parecía una fortaleza, en vez de mostrar cautela ante el estrago que han provocado, en vez de buscar las maneras para salir de un evidente estado de postración y precariedad que no sólo les incumbe a ellos, sino a toda la colectividad, proclaman la bendición de una voluntad popular que no los asiste de veras y la detestación de quienes se han atrevido a proponer senderos distintos. Para ellos el 14 de abril no pasó nada, que no fuera la ratificación del proyecto político iniciado por el desaparecido presidente Chávez. Para ellos la sociedad no clama ahora por la modificación de su rumbo, sino, llena de felicidad socialista, por dejar las cosas según han estado en los últimos quince años, en las mismas manos pulcras y eficaces contra cuya permanencia atentan los mandamientos del odio. Por eso los diputados de la oposición no pueden hablar, sin jurar antes por las bondades de la revolución, pero tampoco los ciudadanos comunes y corrientes. Por eso se anuncian cárceles y represalias masivas que apenas se habían perfilado en los últimos tiempos, pero que solamente esperan la señal de los jefes para formar parte de la rutina. De lo contrario nos hubiéramos ahorrado la vergüenza del funesto 16 de abril, heraldo de un mensaje que debería causar estremecimientos de pavor y repulsa.