EL NACIONAL, 14 de mayo de 2018
Aquel mayo en una universidad de provincias
Atanasio Alegre
Que por mayo, era por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor
sino yo, triste cuitado
que vivo en esta prisión
que ni se cuando es de día
ni cuando las noches son...
(Fragmento de El romance del prisionero)
Cuando el mundo comenzó a estremecerse al correr la noticia de lo que estaba pasando en Francia aquel mayo del 68, quien esto escribe ya había cumplido dos años como profesor en una universidad del interior del país. Se trata de la Universidad de Oriente, distribuida en cinco núcleos por la región oriental –la región más deprimida en aquel momento en el país. Era la obra de un visionario que ocupó el rectorado de la UDO durante los primeros años de funcionamiento. Se trataba de un hombre bien preparado, tanto desde el punto de vista científico como humanístico. No carecía de oficio dialéctico tanto para las distancias cortas como para encarar el futuro, en la idea de que si lo que se había propuesto se realizaba desde el punto de vista político que él profesaba, las cosas resultarían mejor que si las hacían los de otra ideología.
No tenía yo una excesiva carga académica porque de mí dependía la Dirección Administrativa del llamado Núcleo de Sucre en la ciudad de Cumaná. Lo que no abandoné con el cargo, o a pesar de él, fueron unas clases extracátedra que impartía a un grupo de alumnos interesados en las doctrinas existencialistas, que me resultaban familiares por haber asistido en París a las lecciones de Maurice Merleau-Ponty.
Una mañana, en la cuenta que los directores de cada núcleo teníamos que despachar con el rector, este me preguntó si estaba enterado de lo que estaba pasando en Paris a raíz de los acontecimientos del llamado mayo francés. Ya De Gaulle había advertido a quienes le aconsejaban meter en la cárcel a Jean-Paul Sartre, en vista de la participación del filósofo en esos acontecimientos, que “a Voltaire no se le podía poner preso”. Y como de lo que no se conoce bien, es mejor callar, según Wittgenstein, eso fue lo que hice ante la pregunta del rector.
Pero él fue muy enfático en afirmar que en las universidades de América latina no iba a pasar nada, porque lo que pedían los estudiantes en Francia ya se había llevado a cabo en la región merced a la Reforma Universitaria de Córdoba. Me explicó en qué consistía la reforma impulsada por esta universidad argentina –tal vez la más importante de América Latina, dijo–, y así quedaron las cosas. De momento, pues, sucedió que pocos meses después, comenzaron a producirse, sin saber a qué obedecían, los que se conocieron como disturbios estudiantiles. Disturbios que tenían como escenario la principal vía de tránsito hacia el otro extremo del país. La interrupción se hacía mediante la quema de cauchos o llantas usadas de vehículos en episodios que podían durar horas.
Un buen día, en uno de mis traslados desde la ciudad de Cumaná a la de Caracas en automóvil, una patrulla del Ejército nos detuvo al chofer y a mí. Como quiera que alguno de los papeles del conductor no estaban en regla, el teniente dijo que debía conducirnos al comando. Uno de los soldados se metió en el vehículo y tal vez por eso, el chofer no se atrevió a informarme que el asunto se arreglaba con la famosa expresión (que luego se haría moneda de cambio en otros contubernios), “del cuánto hay pa’ eso”.
En el comando –que era un cuartel en toda regla, emplazado cerca de una de las playas donde el Ejército cubano había tratado de realizar un desembarco frustrado– el mando estaba a cargo de un coronel del Ejército de tierra. Cuando entramos en la oficina, me di cuenta de que años atrás había sido alumno mío, de Lógica, por cierto, en otra universidad. Él también me reconoció. Y todo se redujo a una larga conversación con la recomendación de que era más seguro, en lo sucesivo, viajar en avión por lo que iba a contarme.
Componía este militar una figura de hombre inteligente y al enterarse del tipo de cargo que yo ejercía en la universidad, me dijo que bajo la máxima discreción, había cosas que yo debía conocer sobre lo que estaba pasando. “Esos que comienzan a llamarse disturbios estudiantiles no dependen en su origen para nada de problemas estudiantiles, dependen de la guerrilla que está operando en la zona bajo la influencia de la revolución cubana que tiene puestos los ojos sobre el petróleo venezolano”.
Las que siguieron fueron informaciones que me iban a servir para evitar caer en alguna de las ingenuidades con las que ciertas autoridades pretendían manejar los problemas universitarios, que nada tenían que ver ni con la opinión rectoral sobre la famosa Reforma de Córdoba y mucho menos con lo que sucedía en Francia.
Lo que supe de boca de aquel coronel es que la ciudad de Cumaná comenzaba a ser un lugar de descanso para los guerrilleros, heridos en alguna de las escasas escaramuzas con el Ejército, y sobre todo para quienes eran víctimas de la depresión o los desencantos de lo que significaba la presencia improvisada en las montañas de gente que no estaba preparada para ello. Dentro del recinto universitario, la idea era otra: reclutar estudiantes para incorporarlos a la guerrilla, por una parte, y en segundo lugar, usar la universidad para resguardar, aunque fuera de paso, lotes de armas que luego la guerrilla se encargaría de distribuir y llevar a destino. Las armas provenían de Cuba y solían desembarcarlas en alguno de los puntos de la costa no controlados por la Armada venezolana. Me indicó que era necesario “penetrar” el llamado movimiento estudiantil y dar con el comando o comandos encargados de la subversión y adelantarse a los acontecimientos, abortándolos.
Algunos años después, cuando todo concluyó y tuve el tiempo para reflexionar sobre cómo en algún momento había peligrado mi propia vida a través de los sucesos que ocurrieron, subsumido todo ello en la que se conoció como la pacificación entre el gobierno y la guerrilla, publiqué una novela titulada Las luciérnagas de Cerro colorado. Uno de los dirigentes del movimiento estudiantil en aquel momento, según creo, dijo no hace mucho que esta novela había sido premonitoria de lo que sucedió después con el advenimiento del llamado socialismo del siglo XXI en Venezuela. Creo que la premonición como tal quedó plasmada más bien en la trilogía completa constituida, además de esta primera novela, con las otras dos que le siguieron.
Si lo que llamamos azar se debe al desconocimiento de la causa que produce un acontecimiento, el hecho de que el chofer que me acompañaba aquel día no tuviera los papeles en orden y que la patrulla nos condujera hasta el comando donde el coronel a cargo me abrió los ojos sobre lo que estaba pasando y sobre su misión en la playa de Machurucuto, me libró de cometer errores que tal vez no me hubiera perdonado hoy.
Las cosas han cambiado mucho desde entonces en el mundo en que vivimos y en el punto geográfico donde actualmente resido. Acaban de cumplirse, el 5 de mayo, 200 años del nacimiento de Carlos Marx. Lo que él llamaba la clase obrera, se conoce hoy como los asalariados, las clases medias van camino de desparecer en cualquiera de las sociedades y la mujer en abstracto tiende a convertirse, por exigencia de sus derechos, en una clase social como tal. El capitalismo, por otra parte, ha revestido formas que Marx no se hubiera atrevido a imaginar. Donde ahora resido, en esta España, no exenta de contrastes (uno de los articulistas más agudos ha dicho de España que es el mejor lugar del mundo para vivir, si no se lee la prensa y se hace caso omiso de los tertulianos en la televisión), la vieja consigna comunista de que hay que aflorar las contradicciones del sistema, sigue vigente.
Y en esto estamos, dominados por este tipo de relato, como se dice ahora. La preocupación es si todo esto, como sucedió en Venezuela, no es más que la antesala de lo que podría venir, si las armas no están a buen recaudo. Chávez logró ponerlas a su favor y así siguen, en poder de su sucesor, de manera que eso que suele escucharse a algunos de los jerarcas venezolanos de que Marx sigue más vigente que nunca, no es más que un saludo al Sol.
Comencé esta nota con un fragmento en forma de epígrafe, tomado de El romance del prisionero, de autor anónimo, el cual concluye con estos versos, por demás premonitorios, con los que cierro: Matómela un ballestero / Dele Dios mal galardón.
A Venezuela como patria, digo.
Fotografía: https://www.flickr.com/photos/casamerica/26373379698
Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/aquel-mayo-una-universidad-provincias_234526
Mostrando entradas con la etiqueta Atanasio Alegre. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Atanasio Alegre. Mostrar todas las entradas
lunes, 14 de mayo de 2018
viernes, 29 de diciembre de 2017
VICISITUD DE LA DIÁSPORA VENEZOLANA
EL NACIONAL, Caracas, 25 de diciembre de 2017
Sobre el lenguaje de la mente
Atanasio Alegre
Antes de que me abordara el día que lo hizo, ya le había visto anteriormente en los andenes de ida vuelta del llamado metro ligero en las afueras de Madrid, si es que se puede hablar de afueras cuando la distancia hasta el centro de la capital se cubre en media hora. El hombre estaba bastante desmejorado de aquella figura, entrada en carnes que ostentaba la única vez que estuvo delante de mí en la oportunidad de la defensa de su trabajo de ascenso, a la categoría de profesor titular en la UCV. Si no fui yo quien lo abordé, se debió a la precaución de que me fuera a salir con una rechifla, porque en aquella oportunidad mi voto había sido negativo, consciente, en todo caso, de que los otros dos miembros del jurado iban a avalar con su voto la aprobación de su trabajo
De manera que fue él quien a la tercera o cuarta vez que coincidimos en la estación de las Tablas, se me acercó.
—¿Se acuerda de mí?
—Tengo idea, de haber sido jurado de su trabajo de ascenso a titular... –que rechazó porque no le gustó.
El metro de la línea 10 acababa de hacer su entrada en la estación, de manera que hecho el trasbordo en la de Tres Olivos, tuvimos tiempo hasta llegar al destino, para una conversación durante veinte minutos.
Después de haber hecho referencia a lo que pasó y sigue pasando en la Venezuela de nuestros dolores, vinimos a dar en la noticia del momento: el fallecimiento del filósofo norteamericano Yerry Fodor la semana pasada, sobre una de cuyas teorías versaba, por cierto, el trabajo presentado por el hombre que tengo a mi lado, concretamente sobre La Modularidad de la Mente, un ensayo sobre la psicología de las facultades.
En esta obra de 1983, que podría considerarse como la obra fundamental de Fodor, expone este autor la teoría de que hay en la mente humana campos autónomos especializados en funciones tales como, el lenguaje, la motricidad o la percepción. El libro tuvo una resonancia que todavía perdura, debido a la capacidad del autor para divulgar con elocuencia y una terrible capacidad para definir por lo que nos es, no exenta de sarcasmo, ante quienes defendían tesis opuestas a las suyas (“¿por qué no deja de lado usted el oxfordiano y traduce al inglés lo que trata de expresar?”, dijo en una oportunidad a un contrincante)
Yerry Fodor sostiene que el pensamiento tiene su propio lenguaje que se rige por el mismo código por el que lo hace el lenguaje hablado con su gramática, sus símbolos en procura de la precisión de las ideas. Solamente de esta manera se puede explicar cómo los hombres organizan sistemáticamente sus pasos o procedimientos a través del pensamiento del que se sirven para planificar sus actuaciones. Pensar, adaptándose a la manipulación de los símbolos, es algo que se ha visto reforzado por la euforia que supuso el funcionamiento de la computación y los programas de investigación en torno a la inteligencia artificial de la que se comenzaba a hablar a raíz de la aparición del libro de Fodor y a la que ha contribuido él. La euforia consistía en proclamar que, si el siglo XX había sido el siglo de la física, el que hacía su aparición en el 2000, iba a ser el siglo de la biología, si se consideraba dentro de ella a la especialidad de la neurociencia cuyo auge comenzaba a imponerse sobre cualquiera de las teorías psicológicas al uso. Como así ha sido, por cierto.
Pero, naturalmente, no todo ha sido un paseo triunfal, como en relación a la teoría del conocimiento lo demuestran los hechos desde Plotino y San Agustín con la teoría del iluminismo, de modo que siete años después de la publicación del libro de Fodor sobre la modularidad de la mente y ante la euforia, por una parte y el temor de que lo que pudiera llegar a representar la inteligencia artificial, el mismo Yerry Fodor salió al paso, con un breve opúsculo, contra quienes pensaban haber resuelto el enigma del funcionamiento de la inteligencia, entren ellos, contra un investigador del prestigio de Steve Pinker. El título de este nuevo libro de Fodor fue: La inteligencia no funciona así. Confiesa ahí, al tiempo que se dedica a desmontar la teoría de Pinker de cómo funciona la mente, las limitaciones de la teoría modular considerando a los hallazgos de las investigaciones solo como verosímiles. Ha habido avances –asegura– pero estos no pasan de ser relativos. Engreírse por ello es arriesgado. Eso irrita a los poderes establecidos y ya se sabe que estos se gastan malas pulgas. “En realidad lo que nuestra ciencia cognitiva ha conseguido hasta el momento es permitir ver algo de luz en la gran oscuridad reinante. De momento, lo que nuestra ciencia cognitiva ha descubierto sobre la mente, ante todo, es que no sabemos cómo funciona” Es decir, no sabemos cómo funciona de manera modular, pero tampoco sabemos como funciona de otra forma que no sea modular. Definiendo por lo que no es.
Pues bien, mi rechazo a la tesis, presentada por el hombre que está sentado a mi lado, se debió al hecho de que él daba como absoluto algo que no era más que relativo en la teoría de Fodor, según acabo de anotar.
Lo que me llamó la atención entonces es que aquel profesor estuviera al tanto de los trabajos de Fodor, aunque personalmente no estuviera yo de acuerdo con la interpretación que hacía de sus hallazgos. Este era un punto a su favor, de manera que me pareció bien que los otros dos miembros del jurado lo compensaran, permitieran el acceso a la ansiada categoría de titular, entonces tan valorada en la UCV. Es lo que le he manifestado, en resumidas cuentas.
Cuando le pregunté a que se dedicaba aquí en el exilio, me dijo, no sin cierta pesadumbre, que trabajaba a destajo en una agencia que tramitaba licencias de conducir pasando pruebas psicológicas a los aspirantes.
—Esto, mientras el gobierno venezolano siga reteniendo las pensiones de quienes nos jubilamos, algo inconcebible en cualquier sociedad civilizada.
Su dedicación era la inteligencia artificial, algo para lo que se había preparado concienzudamente.
En el fondo, pensé, cuando nos despedimos, que se trataba de un compatriota más que responde a la imagen de tantos profesionales venezolanos de altísima preparación que debieron emigrar y que no forman parte en modo alguno, por cierto, de esa otra especie de nuevos rusos blancos que, como en otro tiempo, sucedió con muchos de los nobles que no se adhirieron a la revolución rusa, se vieron obligados a cambiar de país, pero no de estatus. Ni siquiera de marca de whisky.
Fuente:
Ilustración: Georges Mathieu.
martes, 12 de diciembre de 2017
¿SOMBRAS NADA MÁS?
EL NACIONAL, Caracas, 11 de diciembre de 2017
El nuevo fantasma europeo
Atanasio Alegre
Cuando la recepcionista termina de dar la información sobre las condiciones de alojamiento en el hotel, añade, como si se tratara del eslogan de un político en campaña: Francia no es solo París.
Francia, en la ruta hacia Normandía, es, efectivamente, esa alfombra verde de una campiña festoneada por los más variados cultivos: con mucho agua, con muchos puentes sobre el Sena –algunos de una belleza soberbia, como el que une la ciudad de Le Havre y la población de Honfleur–. La Francia interior son los viñedos con los pámpanos desmelenados al viento. Es el vino, la industria del motor y la del perfume, como el que usa esta moza morena que atiende la recepción en este hotel de Le Havre.
Pero Francia no solo es el paisaje sino el paisanaje, sus pobladores. ¿Qué quienes pueblan ahora esta Francia del siglo XXI? Pues, si uno quisiera reseñarlos atendiendo a los que suben y bajan de los autobuses, los que toman el tren en las estaciones, los que andan a pie tendría que contar también, entre ellos, a quienes vinieron de esas regiones del África donde el sol es tan peligrosamente amigo del hombre. Y son tantos que uno de los políticos más pintorescamente malévolos, como el tal Le Pen, ha anunciado que se va a vivir a la campiña porque prefiere ver las vacas a tanto árabe en las calles de París. Es el tinte moreno que cubre hoy la Francia, reflejado en alguna de esas novelas aparecidas en estos años últimos entre las que no faltan títulos de autores que se ocupan de esta derivación de la ciudadanía actual.
Que así vaya el tema es cosa que merece una explicación, cosa que ha hecho Michel Houellebecq, uno de los escritores más connotados por haberse hecho acreedor hace al Premio Goncourt en 2011. Houellebecq tiene la parroquia divida, ya que no todo aquel que ha comprado alguno de los 400.000 ejemplares vendidos de su novela El mapa y el territorio lo ha hecho en son de amigo, sino por tener a mano, como la niña fea, un espejo en el que mirarse. La tarea de este autor tiene el propósito de tomar el pulso de la Francia morena de hoy.
La revista alemana Der Spiegel llamó a Houellebecq el poeta francés de la alienación. Pero lo cierto es que la crítica encuentra una estrecha vinculación entre El mapa y el territorio con la manera como Balzac notarió la sociedad de su tiempo. Su estilo es lineal, fluido, con personajes a lo Dostojewski, con guiños al paisaje y con una originalidad que ningún novelista en la larga historia del género había acometido, a saber, convertir en tema de una novela el asesinato de su autor. A Houellebecq lo asesinan –en la novela– para robarle el cuadro que un pintor, el protagonista de la obra, había hecho como gratificación por haber escrito el texto del catálogo de una de sus exposiciones.
Sucede, por otro camino, que desde hace ya algún tiempo circula un libro anónimo, en forma de panfleto, que lleva por título La insurrección que viene, escrito por un comité invisible en el que se cuenta el trance por el que pasan las sociedades europeas. Se sabe que la obra salió de una comuna que solía reunirse en la localidad de Tarnac, en Francia, de la que formaban parte algunos de los editores de la revista Tiquun en la que, con solo dos números, aparecieron trabajos de los filósofos de izquierda de mayor rango en ese momento en Francia. De todas maneras Julien Coupat, identificado como uno de los autores entre los nueve, fue acusado de sabotaje a las catenarias del tren de alta velocidad o TGV.
Desde cualquier ángulo que se mire –se lee en el panfleto– la llamada sociedad europea no tiene salida. Hay un acuerdo generalizado de que todo lo que hoy está tan mal va a seguir peor. La cosa es tan grave que estamos dispuestos a fingir ante el hecho de que, teniendo un cadáver sobre la mesa, pasamos por delante sin enterarnos. ¿Cómo salir de esta situación? Mediante la implantación de la anarquía, sin escatimar ni en violencia ni en terrorismo. Y es aquí donde la autoridad ha comenzado a tomar cartas en el asunto.
El panfleto tiene un innegable gancho literario. En la primera edición de la traducción alemana se vendieron 25.000 ejemplares y se dice que el toque literario maestro se debe a la pluma de Houellebecq.
Animados por el éxito de la obrita, más tarde aparecería ya con aspiraciones filosóficas que emulaban las de El capital de Marx, bajo la autoría del mismo grupo, la obra A nuestros amigos, donde se plantea la tesis de que ya no es el capital, como sucedía en Marx, el que domina el mundo, sino el poder cibernético, como lo hacen en las redes Google y Facebook. En resumidas cuentas, se trata del El poder cibernético que viene a ser el último de los títulos de este grupo publicado en el 2016.
Claro, que viniendo de Francia y conociendo por quién votaron los franceses en las últimas elecciones, a pesar de la fementida popularidad de que goza la izquierda (Emmanuel Macron, por cierto, hizo y bien, la carrera de filosofía, sin ser de izquierda) habrá que tener en cuenta otras condiciones sobre las que se desarrolla la vida del francés. El francés –dice Umberto Eco en su novela El cementerio de Praga– no sabe bien lo que quiere, lo único que sabe es que no le gusta lo que tiene. Está orgulloso de tener un Estado que dice poderoso, pero se pasa el tiempo intentado que caiga. Ils grognent toujours. Pues bien, podría ser que esto de la revolución que amenaza a la Europa de los 27 se reduzca a otro gruñido más bajo forma fantasmal, como el que acaba de producir en España el separatismo catalán, cuyos protagonistas dan la impresión de haber hecho suyos algunos de los lineamientos del panfleto de marras: La revolución que viene.
Fuente:
Etiquetas:
Atanasio Alegre,
Europa,
Francia,
Marine Le Pen,
Michel Houellebecq
miércoles, 25 de octubre de 2017
DÍAS DE MUDANZA
EL NACIONAL, Caracas, 16 de octubre de 2017
Con la mudanza de los días
Atanasio Alegre
Ese sábado, el piso cuarto en la zona cuatro de donde salen los vuelos de las líneas alemanas estaba de pasajeros a más no poder en el aeropuerto Charles de Gaulle. Pero como la mejor manera de conseguir un puesto es cuando alguien se levanta, eso sucedió una media hora después cuando, de repente, el lugar quedó casi vacío porque salieron tres vuelos de un solo golpe. Y fue entonces, una vez sentados, cuando se acercó ella. “¿Venezolanos?”, dijo. Y comenzó a hablar. Eso me dio la idea de que no hacía mucho que había llegado de Venezuela, porque los que ya llevan tiempo saben que interesa poco o casi nada lo que cuente cada uno de los que tuvieron que salir, ocupados más bien los que llevan ya tiempo en Europa en matar las pulgas cada cual como puede. Pero quien ha iniciado la conversación es una muchacha entrada más bien en carnes, de mirada inteligente, de gestos medidos que apuntan maneras. Responde por el nombre de Ana Rosalía y a punto estuve de contarle aquello de Camarón de la Isla (¡Ay! Ana Rosalía, si tú me quisieras, qué feliz me harías), pero me pareció que la muchacha no estaba para bromas, quería que la escucharan. Llevaba seis meses en París viviendo con una hermana casada, pero viendo que cada vez más le hacían la vida imposible, había decidido atender la llamada de un hermano soltero que residía en Múnich en la idea de que le resultaría más fácil encontrar allí trabajo. Pertenecía a una de las últimas promociones de Ingeniería de la Universidad Católica y como tantos otros había tomado el camino del exilio, en vista de las circunstancias, con un pasaporte de la Comunidad Europea. Cuando le pregunté por el apellido y yo le di el mío con mi nombre, me dijo que había visto en la librería de la universidad un libro mío con un título que le llamó la atención. El ojo del mundo no está en su sitio, dije, es la única obra que he publicado en esa editorial.
“¿Y ustedes viven en Alemania?” No, pero conozco la vida alemana. En Alemania un ingeniero no debe tener problemas de trabajo una vez que domina el idioma. Y el idioma, que no es fácil, tampoco es imposible para alguien que ha cursado una carrera tan exigente como la tuya. En tres meses puedes tener el nivel que exigen las empresas para conseguir trabajo. “En Francia me cansé de enviar currícula sin llegar a recibir ni siquiera respuesta”. Bueno, tanto en Francia como en España, una de las formas más refinadas de desprecio es la callada por respuesta. En Alemania, carta que envíes, sea cual sea el contenido, no queda sin respuesta.
Poco después llamaron a los de su vuelo y nos despedimos.
El venezolano es un ser con capacidad de adaptación, digo. Fue en su momento un gran turista que recorrió cualquier lugar del planeta por exótico que fuera. Pero ahora le ha tocado el papel de inmigrante. Y no lo está haciendo mal.
“Pues, sí ha dicho mi mujer. Es lista la chama. ¿Cuánto le habrá costado salir de Venezuela? Y su decepción en casa de la hermana”. Pero hay que tener en cuenta que la hermana tiene ahora que distribuir sus preocupaciones entre el marido y los niños y cómo hacer para rendir un par de sueldos que no deben ir más allá en una ciudad tan costosa como París. Alguien que llegue de improviso sin aportar nada, no es más que un cuerpo extraño a quien tarde o temprano se le expulsa, esa es ley de sobrevivencia. Pero en Alemania, estoy seguro de que van a cambiarle las cosas.
Y eso fue todo antes de que la chama quedara reducida a anécdota.
Meses después, ya con el otoño trayendo de nuevo a escena el verso del poeta francés que habla de les sanlgos du violon de l'automnne, una noche sonó en el teléfono: “Soy Ana Rosalía, ¿me recuerda, en el Charles de Gaulle? Y contó, más que alegre, emocionada. Ya tenía trabajo y ... bueno. Se había sumergido en el idioma según habíamos hablado en aquella breve conversación y, naturalmente, había conseguido el nivel de suficiencia de idioma que la compañía le exigía. Me extrañó la llamada porque no le había dado ni el teléfono ni la dirección, pero dijo que había conseguido el apellido de mi hijo en la guía. Nos encontrábamos a cuarenta y cinco minutos de distancia, pero ya para vernos la cosa cambiaba porque nosotros regresábamos de nuevo a Madrid en esos días.
La conversación se prolongó algo más de lo que mi paciencia tiene como límite al teléfono, pero después me he quedado pensando en esos otros versos del poeta español en los que habla del tiempo que ni retrocede ni tropieza. El mismo que convirtió en los inmigrantes de ahora a los alegres turistas venezolanos de antaño –sin que hayan desaparecido del todo, en cualquier caso–. Hace treinta y cinco años cuando pisé por vez primera Alemania, la universidad en la que trabajaba en Venezuela me enviaba los cheques del salario a la dirección del Intuito de la universidad alemana en que me había matriculado. Por Navidad, ese primer año, ya con la gente en vacaciones, me acerqué a la oficina del director a retirar la carta con el cheque.
Al director, un hombre un poco resabiado con quienes veníamos del Tercer Mundo, le hubiera gustado saber qué es lo que ganaba un profesor en una universidad como de la que yo provenía. Rompí el sobre y sin leer siquiera lo que el cheque reflejaba, se lo pasé. Se quedó de una pieza. ¿De modo que usted gana el doble de lo que me pagan a mí, incluso teniendo en cuenta de que soy el director del instituto?
Eran los tiempos en los que la reconstrucción alemana no habían terminado todavía.
Eso fue entonces, si hoy sucediera algo parecido y comparáramos la relación de 50 a 5.000 que es la diferencia proporcional de las jubilaciones de ambos, el director hubiera encontrado completamente razonable la separación de los mundos a los que pertenecemos.
Pero la cosa no solo queda ahí. Pues hoy a mí, con el tiempo de por medio, se me haría difícil llenar los cuarenta y cinco minutos que puede durar una clase para contar algo a un grupo de alumnos que les pareciera interesante. El asunto va con la mudanza de los días. Todo pasa, todo cambia, todo se rompe, dicen los franceses. Y esta vez, a pesar de que no respondan las cartas, no les falta razón.. Ni a ellos ni a los españoles que suelen dar también la callada por respuesta.
Fuente:
Etiquetas:
Atanasio Alegre,
Diáspora venezolana,
Identidad venezolana
viernes, 13 de octubre de 2017
HUELLA
EL NACIONAL, Caracas, 18 de septiembre de 2017
Alberto Krygier, humano y humanista
Atanasio Alegre
Es posible que una de las ventajas de escribir en un país donde se lee poco, sea encontrar lectores que cuando les gusta algo, traten de estar más cerca del autor, en el sentido de saber qué le movió a escribir algo que les haya resultado placentero. En cierto modo esto es lo que me ocurrió con una de las columnas de los sábados de Alberto Krygier en El Nacional hace algunos años. Me sorprendió el tema, en primer lugar, al exponer con la precisión con que lo hizo, la teoría de Popper sobre la falsación aplicada a la situación venezolana. Cuando pregunté a un colega si sabía quién era Krygier, me habló de la empresa Krygier y Asociados y como resumen afirmó que Alberto Krygier, como su presidente y fundador, se había convertido en un empresario de empresarios.
Pudo suceder que en alguna de mis conferencias en la Unión Israelita de Caracas o en el primer Congreso de Cultura Judía Latinoamericana que coordiné, nos estrecháramos la mano, pero hasta ahí. De modo que hasta 2003 no vine a entrar en contacto con Alberto Krygier y lo que ha sido para mí mucho más confortante, haber gozado de su mistad (SIC). Contaré cómo sucedió. Fue ese año de 2003, vencidas las vacaciones escolares, cuando el rabino Pynchas Brener decidió poner en marcha la Fundación Conciencia Activa, creando con el mismo nombre la revista que vendría a ser la expresión de los propósitos de la fundación: Conciencia Activa 21. El epígrafe de la misma rezaba: Ética y valores en un mundo globalizado. Dos contrafuertes de apoyo para la convivencia venezolana que, en vista de lo que comenzaba a suceder, amenazaban con ser derruidos a la larga, como así ha sido. Pues bien, entre los miembros de la junta directiva de la fundación y, en consecuencia, con un ojo abierto sobre la trayectoria de la revista, figuró hasta la extinción de ambas, la de la fundación y la de la revista, Alberto Krygier, once años después. Haber dirigido Conciencia Activa 21 durante todo el tiempo de su existencia fue, personalmente, un gran honor.
Sobre la marcha de la revista y dado mi aprecio por la preparación –digamos filosófica de Kygier– no fue poca la ayuda que de él recibí en cada número. De manera que media hora antes de las reuniones de los jueves, Krygier se adelantaba al resto de los miembros de la junta directiva y en ese tiempo considerábamos temas y problemas inherentes a su publicación.
Generalmente, se suele pedir consejo y seguirlo, a gente que sabe más que uno. Y este fue el caso de mi relación intelectual con Alberto. De tal manera que era un hombre que no necesitaba abrir la boca para que se notara su autoridad donde debía ejercerla. Su silencio frente a una actuación o frente a un escrito ya era de por sí elocuente. A ello hay que añadir la humildad, teñida de una discreción que viene a ser la del maestro que mientras más sabe, más trata de ocultarse personalmente detrás de su obra. Alguna vez, en confianza, llegué a preguntarle:
—¿Cómo has podido triunfar en un mundo como en el que te has movido, transformando la agresividad del oficio en un asunto de cortesía?
—He tenido suerte de rodearme de buena gente.
Cosa que así pudo haber sido, pero tal vez saber elegir es uno de los logros más importantes de un hombre de empresa, y si me apuran un poco, el de cualquier actividad en la que se necesite la colaboración de los demás. Y eso fue también Alberto Krygier, un hombre que supo elegir –elegir, es siempre elegir entre contrarios– y él no solo lo hacía, sino que el éxito residió en su capacidad para ayudar a los demás a hacerlo sin que el afectado lo notara, de la misma manera que uno lleva el brazo derecho sin sentirlo. Y esto es lo que le convirtió en un hombre de criterio.
Me referí a la huella que fue dejando por donde quiera que pasó: por los centros de estudio en los que fue profesor, dentro y fuera de Venezuela, algo que supuso en sus años de juventud una exquisita formación, tanto en Cuba de donde procedía, como en otras universidades norteamericanas y donde tal vez germinó ese liderazgo como líder universitario, reflejo del que ejerció en la comunidad israelita de Caracas. Algunas veces, al tratar de traducir el término, tan de moda en el lenguaje alemán actual –el vocablo Gelassenheit– cuya traducción como serenidad en español no lo dice todo, he pensado en que tal vez estaría mejor la palabra sofrosine, en desuso hoy por su fuerte sabor a griego clásico. Es una palabra que, además, de hacer un guiño a la sabiduría, quien posee la sofrosine no puede por menos de comunicarla como sabiduría. Cuando aparecieron sus dos obras: Cultura corporativa y La década sin nombre, que recogen la larga labor de Krygier como articulista y ensayista, mayormente, durante toda su permanencia en Venezuela, apunté en los dos prólogos que se trataba de eso: sabiduría comunicable, que convertían, en consecuencia, a su autor en el humanista humano que fue, con los suyos y con quienes tuvimos la fortuna de estar, de una forma o de otra, a su lado.
Pero ya Láquesis, una vez más volvió a abrir, este infausto 10 de julio del año que corre, los portones de la muerte para que Alberto Krygier penetrara en la sombra del más allá donde todo acaece y de lo que nada se sabe, dejando abierto ese terrible interrogante de qué es lo que perdimos con su ausencia.
Fuente:
domingo, 19 de junio de 2016
FULGURACIÓN
EL NACIONAL, Caracas, 13 de junio de 2016
El uslarismo de Arturo Uslar Pietri
Atanasio Alegre
Vine a saber lo que en realidad significaba para este país Arturo Uslar Pietri no por lo que había leído en sus obras, sino por el detalle de una carta. Fue una carta que escribió Uslar al entonces rector de la Universidad de Oriente, Víctor Fossi Belloso. Le recomendaba que el profesorado en capacidad para ello se esforzara en hacer valer la figura de Ramos Sucre como el gran escritor que había sido, anticipándose así al entusiasmo y dedicación de que posteriormente sería objeto el escritor cumanés. En mi época de estudiante había tenido acceso, con el fin ayudar a su clasificación, al cartesio o correspondencia entre un agustino que dio en poeta o tal vez al revés, un poeta que dio en agustino –que en ambas conceptos hay poesía– y Ramón Gómez de la Serna. Eran amigos – compañeros de tintas– pero, en ese momento les separaba el Atlántico. Gómez de la Serna vivía desterrado en Argentina y las cartas entre ambos exponían con una elegancia inédita la evolución literaria de ese mundo interno, tanto de uno como del otro, en el que se decía, por ejemplo, que vivir es amanecer, lo decía Gómez de la Serna y lo ratificaba Félix García. Había humor, imágenes atrevidas, metáforas de peso en oro y, al final de cuentas, un como tratado de consolatione litteraturae. ¿Se repetía lo sucedido en otra época con las conversaciones diarias entre Miguel de Montaigne y su amigo Etiénne de la Boetie? Es probable.
En la carta que Uslar envío al rector Fossi se percibía una manera sutil y efectiva de dirigirse a la sensibilidad de un rector, en una zona agobiada por la presencia en las montañas vecinas de los grupos guerrilleros alzados en armas contra el gobierno constituido, y el cúmulo, en consecuencia, de problemas adversos que significaba hallarse al frente de una universidad en tales condiciones. Trascurría la década de los sesenta. ¿Representaba la figura de Ramos Sucre, más allá de su valor literario, una suerte de antídoto frente a las vicisitudes que entorpecían en aquel momento el desenvolvimiento razonable de las tareas de la recién creada universidad de Oriente? En cualquier caso, el rector me pidió que le ayudara a preparar una respuesta a tan apreciable documento.
Sin embargo, no fue hasta la década de los ochenta cuando tuve la oportunidad de entrar en contacto directamente con Uslar. Sabía que los mozalbetes de la izquierda le habían sacado de malas maneras de la UCV años atrás y que no había vuelto a poner los pies en ella.
Uslar fue designado, posteriormente, representante por Venezuela en París en la Unesco.
Cuando acudí, ya de regreso en Caracas a la casa de Uslar en la Florida para formalizar los pormenores de una conferencia en la llamada entonces la Sala E –conocida ahora como Francisco de Miranda– la palabra que me pasó por la mente, usada con tanta discreción en el contexto venezolano, fue la de prócer. Esa fue la impresión que me produjo encontrarme con él en la biblioteca donde se llevó a cabo la visita. Me hizo dos preguntas que fue a lo que se contrajo aquel día la conversación. Se refirió, en primer lugar a una cita que yo había hecho en un ensayo publicado sobre un pasaje de Pedro Malón de Chaide, un renacentista español: ¿Conoce usted la obra de este autor, La conversión de la Magdalena? La estudie –respondí– porque colaboré en la traducción al castellano de la tesis doctoral de un suizo de apellido Langenegger sobre Malón de Chaide por encargo de uno de mis maestros.
Se refirió también al hecho de que en alguno de mis ensayos sustentaba yo la tesis de que estábamos a las puertas de un nuevo renacimiento, ¿En qué se basa para afirmar algo así? Creo que estos son tiempos similares a los que le tocó vivir a Johannes Reuchlin –respondí–, el hombre que enseñó hebreo a Lutero y que, introdujo al mismo tiempo el Renacimiento en Alemania contra viento y marea, porque de no haber sido el jurista que fue, hubiera ido a parar a manos de la Inquisición
En referencia a la invitación cursada a la Sala E, me prometió que lo pensaría, pero me advirtió que también yo debía hacerme a la idea de que si las cosas salían mal, estaba arriesgando mi puesto.
El día convenido, anunciado de todas las maneras posibles, no se descartaron dos hechos posibles: ¿Y ni no asiste más que un grupo reducido, una suerte de última cena de doce o trece asistentes? ¿Y si le hacen un feo en medio de la conferencia o alguien sale con una pata de banco al final?
Esa tarde se desató un torrencial aguacero sobre Caracas de esos que hacen historia. “Como si ordeñaran el cielo” –recordando el inicio de Las lanzas coloradas–. La conferencia sobre el humanismo de Uslar en la Sala E, abarrotada a rebosar, fue una de sus grandes intervenciones. Medido el éxito de lo que supuso, concluida la conferencia, aquel recibimiento por lo que tardó en recorrer los doscientos metros que median entre la Sala E y la entrada principal (entonces todavía se estacionaba en la plaza del rectorado) mientras atendía a quienes le pedían que les firmara alguno de sus libros o simplemente le entretuvieron –sin ninguna prisa, por su parte– preguntándole sobre lo humano y lo divino, no sería exagerado suponer que no era fácil recordar un recibimiento masivo como el que aquella tarde tuvo Uslar en la UCV.
Volvió a la universidad cuando el centenario de Ortega y Gasset que presidió y cuando cumplió noventa años.
En uno de aquellos traslados a la UCV en que le acompañé se refirió al sentido erróneo que se estaba dando en aquel momento al término burgués con el que algún mal intencionado se refería a Uslar. “La clase media venezolana debía entender mejor lo que significa esta condición social. El burgués es alguien que no solo conserva lo que tiene, lo que le han legado, sino que lo mejora”. Contó cómo había adquirido su casa. Esa casa me costó treinta mil bolívares, que no tenía cuando la compré, solamente disponía de trece mil y el resto me lo prestaron los Boulton, deuda a la que honré puntualmente de acuerdo a lo acordado. Ese modo de estar en su país y a la vez su esfuerzo por interpretarlo condujo a Uslar a una suerte de estilo de vida que no es otro que el uslarismo.
La expresión no es mía, es de Manuel Bermúdez quien la dejó caer, en un sentido un tanto ambiguo, la verdad sea dicha, en una de sus admirables crónicas. Quienes tienen como oficio el de biógrafos saben muy bien que hay un lugar en el que el cerebro del hombre coincide con el universo. Este punto de intersección es la clave mediante la cual se pude descifrar, mejor que de cualquiera otra manera, la huella que un hombre ha dejado a su paso por el mundo en el que le tocó vivir, en el país al que perteneció concretamente. Si me sirvo ahora de la expresión de Bermúdez en referencia a Uslar, es apoyado en el principio de que el tiempo no es otra cosa que una invención del movimiento. Quien no se mueve está condenado a no ver pasar la vida. Uslar trascendió al tiempo por haberse mantenido muy atento al paso de la vida. Cioran, en un comentario a Esperando a Godot, dice que Samuel Beckett no vivió en el tiempo, sino paralelamente al tiempo.
Esa manera de vivir paralelamente al tiempo la realizó Uslar con elegancia. Con esa elegancia par ver cómo se iban contrayendo los tiempos y los acontecimientos suyos dentro y fuera de Venezuela. Razón tenía Gómez de la Serna, vivir es amanecer. Su precoz consagración como escritor, al publicar a penas cumplidos los veinticinco años de edad, Las lanzas coloradas, su fulguración inmediata en la vida publica, su estilo par afrontar el destierro incorporándose a la universidad de Columbia, su desempeño en París, su presencia constante en la prensa tanto nacional como internacional, fiel a un destino de continuidad, hacen de Uslar una de las figuras más notables de la venezolanidad.
En la vida cotidiana eso se manifestaba en la discreción del lenguaje, en la relación con los amigos, en esa forma de estar a l´écart como dicen los franceses, en esa distancia imperceptible de imponer su autoridad –más intelectual que otra cosa– que hizo que quienes estuvieran cerca la sintieran, no como un dominio, sino como una autoridad epistémica, la autoridad del que sabe.
Esa fue mi experiencia con Uslar.
—Acérquese por aquí, amigo Alegre, cuando tenga un tiempo, porque me siento un poco solo, especialmente ahora que ya la vista no me permite leer.
No quisiera alargar más este como toque de atención sobre un hombre sobre el que queda mucho por decir, tanto de su figuración como escritor como del hombre público que fue, de su empeño por explicar al país tal como él lo concebía. Uslar es –y tal vez por la devoción con que le escuché hablar de él– nuestro André Malraux por el tratamiento que confirió a la condición del ser-así del hombre venezolano.
Chanel solía decir que el lujo no es lo contrario de la pobreza, sino lo contrario de la vulgaridad. En tiempos como los que corren en los que la vulgaridad lo cubre todo como una niebla, no vendría mal a unos y a otros mirarse en este espejo del uslarismo con el que Uslar afrontó con lujo de modales su propio destino, cumplidos como han sido ya los ciento diez años de su nacimiento.
Fuente:
www.el-nacional.com/atanasio_alegre/uslarismo-Arturo-Uslar-Pietri_0_862713893.html
Reproducción: Arturo Uslar Pietri en su biblioteca. El Diario de Caracas, 03/03/1986.
El uslarismo de Arturo Uslar Pietri
Atanasio Alegre
Vine a saber lo que en realidad significaba para este país Arturo Uslar Pietri no por lo que había leído en sus obras, sino por el detalle de una carta. Fue una carta que escribió Uslar al entonces rector de la Universidad de Oriente, Víctor Fossi Belloso. Le recomendaba que el profesorado en capacidad para ello se esforzara en hacer valer la figura de Ramos Sucre como el gran escritor que había sido, anticipándose así al entusiasmo y dedicación de que posteriormente sería objeto el escritor cumanés. En mi época de estudiante había tenido acceso, con el fin ayudar a su clasificación, al cartesio o correspondencia entre un agustino que dio en poeta o tal vez al revés, un poeta que dio en agustino –que en ambas conceptos hay poesía– y Ramón Gómez de la Serna. Eran amigos – compañeros de tintas– pero, en ese momento les separaba el Atlántico. Gómez de la Serna vivía desterrado en Argentina y las cartas entre ambos exponían con una elegancia inédita la evolución literaria de ese mundo interno, tanto de uno como del otro, en el que se decía, por ejemplo, que vivir es amanecer, lo decía Gómez de la Serna y lo ratificaba Félix García. Había humor, imágenes atrevidas, metáforas de peso en oro y, al final de cuentas, un como tratado de consolatione litteraturae. ¿Se repetía lo sucedido en otra época con las conversaciones diarias entre Miguel de Montaigne y su amigo Etiénne de la Boetie? Es probable.
En la carta que Uslar envío al rector Fossi se percibía una manera sutil y efectiva de dirigirse a la sensibilidad de un rector, en una zona agobiada por la presencia en las montañas vecinas de los grupos guerrilleros alzados en armas contra el gobierno constituido, y el cúmulo, en consecuencia, de problemas adversos que significaba hallarse al frente de una universidad en tales condiciones. Trascurría la década de los sesenta. ¿Representaba la figura de Ramos Sucre, más allá de su valor literario, una suerte de antídoto frente a las vicisitudes que entorpecían en aquel momento el desenvolvimiento razonable de las tareas de la recién creada universidad de Oriente? En cualquier caso, el rector me pidió que le ayudara a preparar una respuesta a tan apreciable documento.
Sin embargo, no fue hasta la década de los ochenta cuando tuve la oportunidad de entrar en contacto directamente con Uslar. Sabía que los mozalbetes de la izquierda le habían sacado de malas maneras de la UCV años atrás y que no había vuelto a poner los pies en ella.
Uslar fue designado, posteriormente, representante por Venezuela en París en la Unesco.
Cuando acudí, ya de regreso en Caracas a la casa de Uslar en la Florida para formalizar los pormenores de una conferencia en la llamada entonces la Sala E –conocida ahora como Francisco de Miranda– la palabra que me pasó por la mente, usada con tanta discreción en el contexto venezolano, fue la de prócer. Esa fue la impresión que me produjo encontrarme con él en la biblioteca donde se llevó a cabo la visita. Me hizo dos preguntas que fue a lo que se contrajo aquel día la conversación. Se refirió, en primer lugar a una cita que yo había hecho en un ensayo publicado sobre un pasaje de Pedro Malón de Chaide, un renacentista español: ¿Conoce usted la obra de este autor, La conversión de la Magdalena? La estudie –respondí– porque colaboré en la traducción al castellano de la tesis doctoral de un suizo de apellido Langenegger sobre Malón de Chaide por encargo de uno de mis maestros.
Se refirió también al hecho de que en alguno de mis ensayos sustentaba yo la tesis de que estábamos a las puertas de un nuevo renacimiento, ¿En qué se basa para afirmar algo así? Creo que estos son tiempos similares a los que le tocó vivir a Johannes Reuchlin –respondí–, el hombre que enseñó hebreo a Lutero y que, introdujo al mismo tiempo el Renacimiento en Alemania contra viento y marea, porque de no haber sido el jurista que fue, hubiera ido a parar a manos de la Inquisición
En referencia a la invitación cursada a la Sala E, me prometió que lo pensaría, pero me advirtió que también yo debía hacerme a la idea de que si las cosas salían mal, estaba arriesgando mi puesto.
El día convenido, anunciado de todas las maneras posibles, no se descartaron dos hechos posibles: ¿Y ni no asiste más que un grupo reducido, una suerte de última cena de doce o trece asistentes? ¿Y si le hacen un feo en medio de la conferencia o alguien sale con una pata de banco al final?
Esa tarde se desató un torrencial aguacero sobre Caracas de esos que hacen historia. “Como si ordeñaran el cielo” –recordando el inicio de Las lanzas coloradas–. La conferencia sobre el humanismo de Uslar en la Sala E, abarrotada a rebosar, fue una de sus grandes intervenciones. Medido el éxito de lo que supuso, concluida la conferencia, aquel recibimiento por lo que tardó en recorrer los doscientos metros que median entre la Sala E y la entrada principal (entonces todavía se estacionaba en la plaza del rectorado) mientras atendía a quienes le pedían que les firmara alguno de sus libros o simplemente le entretuvieron –sin ninguna prisa, por su parte– preguntándole sobre lo humano y lo divino, no sería exagerado suponer que no era fácil recordar un recibimiento masivo como el que aquella tarde tuvo Uslar en la UCV.
Volvió a la universidad cuando el centenario de Ortega y Gasset que presidió y cuando cumplió noventa años.
En uno de aquellos traslados a la UCV en que le acompañé se refirió al sentido erróneo que se estaba dando en aquel momento al término burgués con el que algún mal intencionado se refería a Uslar. “La clase media venezolana debía entender mejor lo que significa esta condición social. El burgués es alguien que no solo conserva lo que tiene, lo que le han legado, sino que lo mejora”. Contó cómo había adquirido su casa. Esa casa me costó treinta mil bolívares, que no tenía cuando la compré, solamente disponía de trece mil y el resto me lo prestaron los Boulton, deuda a la que honré puntualmente de acuerdo a lo acordado. Ese modo de estar en su país y a la vez su esfuerzo por interpretarlo condujo a Uslar a una suerte de estilo de vida que no es otro que el uslarismo.
La expresión no es mía, es de Manuel Bermúdez quien la dejó caer, en un sentido un tanto ambiguo, la verdad sea dicha, en una de sus admirables crónicas. Quienes tienen como oficio el de biógrafos saben muy bien que hay un lugar en el que el cerebro del hombre coincide con el universo. Este punto de intersección es la clave mediante la cual se pude descifrar, mejor que de cualquiera otra manera, la huella que un hombre ha dejado a su paso por el mundo en el que le tocó vivir, en el país al que perteneció concretamente. Si me sirvo ahora de la expresión de Bermúdez en referencia a Uslar, es apoyado en el principio de que el tiempo no es otra cosa que una invención del movimiento. Quien no se mueve está condenado a no ver pasar la vida. Uslar trascendió al tiempo por haberse mantenido muy atento al paso de la vida. Cioran, en un comentario a Esperando a Godot, dice que Samuel Beckett no vivió en el tiempo, sino paralelamente al tiempo.
Esa manera de vivir paralelamente al tiempo la realizó Uslar con elegancia. Con esa elegancia par ver cómo se iban contrayendo los tiempos y los acontecimientos suyos dentro y fuera de Venezuela. Razón tenía Gómez de la Serna, vivir es amanecer. Su precoz consagración como escritor, al publicar a penas cumplidos los veinticinco años de edad, Las lanzas coloradas, su fulguración inmediata en la vida publica, su estilo par afrontar el destierro incorporándose a la universidad de Columbia, su desempeño en París, su presencia constante en la prensa tanto nacional como internacional, fiel a un destino de continuidad, hacen de Uslar una de las figuras más notables de la venezolanidad.
En la vida cotidiana eso se manifestaba en la discreción del lenguaje, en la relación con los amigos, en esa forma de estar a l´écart como dicen los franceses, en esa distancia imperceptible de imponer su autoridad –más intelectual que otra cosa– que hizo que quienes estuvieran cerca la sintieran, no como un dominio, sino como una autoridad epistémica, la autoridad del que sabe.
Esa fue mi experiencia con Uslar.
—Acérquese por aquí, amigo Alegre, cuando tenga un tiempo, porque me siento un poco solo, especialmente ahora que ya la vista no me permite leer.
No quisiera alargar más este como toque de atención sobre un hombre sobre el que queda mucho por decir, tanto de su figuración como escritor como del hombre público que fue, de su empeño por explicar al país tal como él lo concebía. Uslar es –y tal vez por la devoción con que le escuché hablar de él– nuestro André Malraux por el tratamiento que confirió a la condición del ser-así del hombre venezolano.
Chanel solía decir que el lujo no es lo contrario de la pobreza, sino lo contrario de la vulgaridad. En tiempos como los que corren en los que la vulgaridad lo cubre todo como una niebla, no vendría mal a unos y a otros mirarse en este espejo del uslarismo con el que Uslar afrontó con lujo de modales su propio destino, cumplidos como han sido ya los ciento diez años de su nacimiento.
Fuente:
www.el-nacional.com/atanasio_alegre/uslarismo-Arturo-Uslar-Pietri_0_862713893.html
Reproducción: Arturo Uslar Pietri en su biblioteca. El Diario de Caracas, 03/03/1986.
Etiquetas:
Arturo Uslar Pietri,
Atanasio Alegre,
Uslarismo
domingo, 5 de junio de 2016
ESTA DINTINGUIDA AUTORIDAD

EL NACIONAL, 22 de
noviembre de 2014
La Autoridad, según J. M. Bochenski
Atanasio Alegre
Cuando lo
llamaron a filas en 1920 a raíz de la invasión soviética de Polonia, J.
M. Bochenski tenía 18 años, había concluido con honores el bachillerato, era
bilingüe en polaco y en alemán, poseía buenos conocimientos de los dos idiomas
clásicos latín y griego y todo ello adquirido dentro del monasterio de los
padres dominicos de su ciudad natal. El sometimiento a la autoridad militar,
ejercida en su caso por un joven suboficial admirable por su capacidad, no solo
para hacer cumplir las órdenes, sino para resolver cualquier problema que
confrontara la tropa, puso en la pista al soldado Bochenski de que en la
palabra auctoritas latina había componentes que, de momento no acertaba
a expresar. O sea que no era lo mismo la autoridad del que manda que la
autoridad del que sabe, como en el caso del suboficial en el que confluían
ambas.
La
anécdota de su primer encuentro con la autoridad como soldado la contó
Bochenski al comienzo del seminario en el que tuve la suerte de participar en
el verano del 76. Fueron dos días de intensa y gozosa reflexión sobre la lógica
de la autoridad.
La
anécdota de todas maneras –como pude constatar después– aparece también en el
libro de Bochenski: ¿Qué es la autoridad?
Cuando
apareció ese libro, Bochenski había profesado ya en la Orden de los dominicos y
hacía honor a las siglas de la Orden, OP, Orden de Predicadores, con la
diferencia de que el campo para el que estuvo dotado con el don de la expresión
fue el de la filosofía.
Tanto su
recuerdo como el libro que sirvió de guión para aquel seminario, me han acompañado
hasta hoy; y no solamente por la fascinación del personaje, sino porque ya
entonces había anunciado que las grandes crisis por venir tendrían que ver con
las de la autoridad.
Personalmente,
he sostenido que este vertiginoso cambio de época que se trasluce actualmente
en la avalancha de la información, va a ocasionar una situación parecida a la
que se produjo en el Renacimiento con la invención de la imprenta, la cual
liquidó, entre otras, la concepción de autoridad, divinizada durante la Edad Media.
Fue la aparición del homo divinus y el deus humanus mucho más
allá de cualquier interpretación lingüística.
¿Sería
conveniente en vista de ello hacer un breve repaso del pensamiento de Bochenski
en el supuesto de que nos encontramos ante una crisis de la autoridad?
Esta nota
tiene ese propósito.
La
primera pregunta que hay que formular, teniendo a la vista los dos espejos
cóncavos deformantes de la autoridad, la rebeldía y el exagerado sentido
carismático de ejercerla, sería la de establecer la categoría a la que
pertenece la autoridad. Las cosas se presentan como objetos, como propiedades o
como relaciones. Si la autoridad no es un objeto, como lo es la pared de
enfrente, la autoridad debería ser entonces o una propiedad o una relación.
Naturalmente, la autoridad, más que una propiedad, es una relación terciaria y
en tal sentido, sus elementos son el portador de la autoridad, el
sujeto sobre el que se ejerce y el campo de competencia de la misma. Si se
concibe la autoridad como una propiedad, el sujeto sobre el que va a recaer va
a estar más cerca de la esclavitud que de otra cosa. La esclavitud que no
figura hoy como acto público, existe en la explotación laboral, en el trabajo
infantil o en la llamada trata de blancas, para citar solo tres casos. Todo ello
por arrogarse una propiedad indebida sobre la condición humana.
Por
tanto, la autoridad para bien ser, es una RELACIÓN. Claro que una relación, la
de un hombre con otro, la del que manda, en este caso, con la de quien está
dispuesto a obedecer sobre un determinado asunto, puede ejercerse de dos
maneras: mediante órdenes (que implican una manera determinada de
comportamiento) o mediante recomendaciones o consejos. Si utilizáramos una
desinencia griega para expresar estas dos formas del ejercicio de la autoridad,
podríamos hablar de una autoridad deóntica o la que implica deberes y
una autoridad epistémica o la del que sabe, la del que reúne una
determinada competencia en un campo del conocimiento. La autoridad puede ser,
por tanto: deóntica o epistémica.
La
autoridad deóntica se basa en la consecución de un fin práctico mediante una
orden. El delincuente que me asalta para que le entregue mis pertenencias, me ordena
que le de mis cosas bajo amenaza de muerte.
Pero,
otras órdenes dependen de lo establecido previamente por un legislador las
cuales teóricamente, persiguen el bien de los miembros de una comunidad. Su
cumplimiento o no puede acarrear consecuencias. En las órdenes que debe
trasmitir a la tripulación el capitán de un barco para evitar el naufragio, tal
vez haya tomado en cuenta la experiencia de algunos de los tripulantes
considerados como lobos de mar. Esos viejos lobos de mar, al
ofrecer al capitán, sus recomendaciones han echado mano de una autoridad
epistémica, aprendida en ocasiones parecidas.
Los
consejeros, consultores, expertos e incluso ministros con los que cuentan
los hombres de gobierno para evitar la deriva del estado al que representan,
deben conformar una mezcla deseada entre la conjunción de quienes ejercen la
autoridad deóntica, asistidos con el respaldo de quienes poseen una
autoridad epistémica.
Naturalmente,
el éxito de los fines que han de lograrse en uno o en otro caso dependerá de la
elección los consejeros o asesores en buena medida. Si los
consejeros son los apropiados para el gobernante, o los lobos de mar para el
capitán del barco en peligro, en ambos casos deberá imponerse la autenticidad:
que el gobernante aspire al bienestar de los gobernados y que quienes les
ayudan a tomar las decisiones, dispongan de la debida competencia para ello.
Cuentan
que Franz Joseph Strauss, quien tanta figuración tuvo en la política alemana de
la posguerra, tenía a su servicio a un periodista que escribía todo lo que
pensaba Strauss mientras fue presidente de la región de Baviera. Pero sucedía,
a su vez, que luego, Strauss pensaba lo que el periodista escribía. O sea,
una vuelta en torno a sí mismo.
Hace unos
días, un político catalán recomendaba no enseñar español a los niños catalanes
porque el español es un idioma de pobres…
Evidentemente,
la situación del fracaso en el ejercicio de la autoridad en estos tiempos
bascula entre estos dos ejes: la veleidad –la del atolondrado político catalán
recomendando no estudiar español– y la del tautológico consejero alemán. Dicho
de otra forma, la situación actual de muchos de los que ejercen la autoridad
roza en lo ridículo con no poca frecuencia, o en el engaño, en otras, a merced
del desbordante sentido carismático con el que nos tienen acostumbrados a los
gobernantes de marras.
***
J.M. Bochenski
murió a los 93 años. Vivió a plenitud. Sigue siendo considerado como uno de los
más connotados especialistas en lógica matemática; fue rector de la Universidad
suiza de Friburgo, piloto de aviones, corredor de automóviles de formula 1,
gustador de la amistad y de la más noble de las convivencias con los filósofos
de su tiempo. Mario Bunge se ha referido al miedo que pasó recorriendo una
región de Austria en un automóvil, conducido por Bochenski, una noche a
150 kilómetros por hora. Juan Nuño, quien hizo un curso completo con Bochenski
de lógica matemática, destacó el sentido deportivo con el que Bochenski encaró
sus compromisos filosóficos. Bochenski y Nuño fallecieron, por cierto, con
diferencia de meses, el mismo año, en 1995.
Was ist autorität?
Bochenski, J.M:
Herder
Verlag,
Freiburg
im Breisgau, 1974.
Fuente:
lunes, 21 de marzo de 2016
AMANCILLADA
EL NACIONAL, Caracas. 21 de marzo de 2016
Caracas era un estado de ánimo
Atanasio Alegre
Conocí a Bernard Malamud en la primavera de 1971 en la librería Barnes & Nobles de Nueva York. Había ido a comprar The tenants (Los inquilinos) recién salido en esos días. Era un jueves. El empleado que me atendió me dijo, señalando a un señor que se encontraba al fondo del local, ahí está el autor. Suele venir los jueves, si quiere se lo presento.
Componía Bernard Malamud una frágil figura al borde de los 60 y me extendió una mano que, más que apretar, rocé, e igual hizo él con la mía. No le entusiasmó, por otra parte, saber que era yo un conocedor de su novelística sobre los judíos pobres de Nueva York, y cuando le pregunté qué contacto mantenía con esa realidad en su obra literaria, teniendo en cuenta aquello del clásico: “Yo escribo lo que vi, y doy a leer mis ojos, no a mis oídos”, me respondió:
—El novelista escribe las vidas que no ha podido vivir.
Así quedaron las cosas, ya que me di cuenta de que Malamud era un hombre más inclinado al silencio que a la conversación.
Con el tiempo y habiendo venido yo a dar en este complejo oficio de la ficción novelística, pienso que en buena medida a Malamud no le faltaban razón ni motivos para expresarse de aquella manera sobre la novela. Lo acabo de comprobar en esta reciente salida de una nueva novela mía que comienza a circular en España bajo el título de Caracas irredenta. La leyenda que el editor colocó en la contraportada es bastante explícita al respecto:
“Esta es la historias de René Berger, un francés nacido en Orán, víctima de ese secuestro al revés que supone haber sido abandonado de niño por su padre. Algo que recordará de manera especial el día que decide abandonar la ciudad de Caracas, donde ha llegado a ser un próspero empresario, ante el intento de secuestro por parte de una de las 1.800 bandas que operan en esa ciudad. Se librará por una jugada del destino. El mismo que le arrastró desde una ciudad normanda, donde sus conocimientos en el campo de la mecánica habían convertido su vida en una rutina pasible, hasta la ciudad de Caracas, bendecida entonces por los dioses de la prosperidad.
“Es al mismo tiempo la historia de cómo unos ciudadanos constituidos en régimen político, pueden llegar a convertir una sociedad en una comedia hilarante al comienzo y después, en una inexorable tragedia en la que es necesario contar con la muerte para cualquiera de las actividades corrientes como ir a la farmacia de noche o salir de día al trabajo.
“Esta es la historia de la ciudad de Caracas de hoy bajo la perspectiva, como es de rigor en toda novela, del trajín de los encuentros y desencuentros de su protagonista, quien tratando de huir de sí mismo se encuentra acorralado por unos extraños fantasmas que convierten su vida, en épocas, en una aventura gloriosa, y miserable, en otras. En tales circunstancias volverse a enamorar por segunda vez de la misma mujer no es recomendable. El protagonista lo hace.
“Escrita en primera persona Caracas irredenta es una novela corrosiva de la que no están ausentes ni la ironía ni la falsa inocencia, dos ingredientes cada vez más insustituibles, de todas maneras en la vida del hombre en este comienzo de siglo”.
Palabras, que como acontecía anteriormente con los autores de una pieza dramática, podrían servirme de autocrítica, como la que debía hacer previamente el dramaturgo desde el propio escenario momentos antes de la representación de su obra ante el público.
Pues bien, durante más de medio siglo Caracas cumplía con aquella sentencia del novelista inglés Evelyn Waugh en el sentido de que siempre hay algún lugar (spot) en el mundo donde están sucediendo cosas maravillosas que merece la pena vivir. Ese fue el destino de esta ciudad anclada en este valle donde el sol entra diariamente con la puntualidad de un caballero y sale regularmente a la hora de costumbre dejando como reverbero ese fenómeno que se conoció como la algodonada noche caraqueña. Las condiciones climáticas, la recompensa de quien sabe trabajar y lo hace, los elevados niveles del bienestar y su peculiaridad de ser la puerta de todo un continente crearon para sus moradores la regularidad de vivir su ciudad como si se tratara de un estado de ánimo confortable. Un estado de ánimo transformado hoy en una amarga pena de nostalgia para más de 1 millón de venezolanos que han debido emigrar y en la incomodidad y el sobresalto de arriesgar sus vidas para quienes permanecen en esta ciudad, teniendo en cuenta la situación en que se desarrolla la propia cotidianeidad, situación que ya Quevedo resumía con gran plasticidad en los siguientes términos en referencia a su mal hadada patria de entonces en un soneto póstumo: “Miré los muros de la patria mía, en otro tiempo fuertes, hoy desmoronados…/ Entré en mi casa; vi que amancillada/ de anciana habitación era despojos/…y no hallé cosa en qué poner los ojos/ que no fuese el recuerdo de la muerte.
Fuente: http://www.el-nacional.com/opinion/Caracas-animo_0_813518716.html
Fotografía: http://mariafsigillo.blogspot.com/2015/07/turistas-en-la-caracas-de-los-anos-30.html
Caracas era un estado de ánimo
Atanasio Alegre
Conocí a Bernard Malamud en la primavera de 1971 en la librería Barnes & Nobles de Nueva York. Había ido a comprar The tenants (Los inquilinos) recién salido en esos días. Era un jueves. El empleado que me atendió me dijo, señalando a un señor que se encontraba al fondo del local, ahí está el autor. Suele venir los jueves, si quiere se lo presento.
Componía Bernard Malamud una frágil figura al borde de los 60 y me extendió una mano que, más que apretar, rocé, e igual hizo él con la mía. No le entusiasmó, por otra parte, saber que era yo un conocedor de su novelística sobre los judíos pobres de Nueva York, y cuando le pregunté qué contacto mantenía con esa realidad en su obra literaria, teniendo en cuenta aquello del clásico: “Yo escribo lo que vi, y doy a leer mis ojos, no a mis oídos”, me respondió:
—El novelista escribe las vidas que no ha podido vivir.
Así quedaron las cosas, ya que me di cuenta de que Malamud era un hombre más inclinado al silencio que a la conversación.
Con el tiempo y habiendo venido yo a dar en este complejo oficio de la ficción novelística, pienso que en buena medida a Malamud no le faltaban razón ni motivos para expresarse de aquella manera sobre la novela. Lo acabo de comprobar en esta reciente salida de una nueva novela mía que comienza a circular en España bajo el título de Caracas irredenta. La leyenda que el editor colocó en la contraportada es bastante explícita al respecto:
“Esta es la historias de René Berger, un francés nacido en Orán, víctima de ese secuestro al revés que supone haber sido abandonado de niño por su padre. Algo que recordará de manera especial el día que decide abandonar la ciudad de Caracas, donde ha llegado a ser un próspero empresario, ante el intento de secuestro por parte de una de las 1.800 bandas que operan en esa ciudad. Se librará por una jugada del destino. El mismo que le arrastró desde una ciudad normanda, donde sus conocimientos en el campo de la mecánica habían convertido su vida en una rutina pasible, hasta la ciudad de Caracas, bendecida entonces por los dioses de la prosperidad.
“Es al mismo tiempo la historia de cómo unos ciudadanos constituidos en régimen político, pueden llegar a convertir una sociedad en una comedia hilarante al comienzo y después, en una inexorable tragedia en la que es necesario contar con la muerte para cualquiera de las actividades corrientes como ir a la farmacia de noche o salir de día al trabajo.
“Esta es la historia de la ciudad de Caracas de hoy bajo la perspectiva, como es de rigor en toda novela, del trajín de los encuentros y desencuentros de su protagonista, quien tratando de huir de sí mismo se encuentra acorralado por unos extraños fantasmas que convierten su vida, en épocas, en una aventura gloriosa, y miserable, en otras. En tales circunstancias volverse a enamorar por segunda vez de la misma mujer no es recomendable. El protagonista lo hace.
“Escrita en primera persona Caracas irredenta es una novela corrosiva de la que no están ausentes ni la ironía ni la falsa inocencia, dos ingredientes cada vez más insustituibles, de todas maneras en la vida del hombre en este comienzo de siglo”.
Palabras, que como acontecía anteriormente con los autores de una pieza dramática, podrían servirme de autocrítica, como la que debía hacer previamente el dramaturgo desde el propio escenario momentos antes de la representación de su obra ante el público.
Pues bien, durante más de medio siglo Caracas cumplía con aquella sentencia del novelista inglés Evelyn Waugh en el sentido de que siempre hay algún lugar (spot) en el mundo donde están sucediendo cosas maravillosas que merece la pena vivir. Ese fue el destino de esta ciudad anclada en este valle donde el sol entra diariamente con la puntualidad de un caballero y sale regularmente a la hora de costumbre dejando como reverbero ese fenómeno que se conoció como la algodonada noche caraqueña. Las condiciones climáticas, la recompensa de quien sabe trabajar y lo hace, los elevados niveles del bienestar y su peculiaridad de ser la puerta de todo un continente crearon para sus moradores la regularidad de vivir su ciudad como si se tratara de un estado de ánimo confortable. Un estado de ánimo transformado hoy en una amarga pena de nostalgia para más de 1 millón de venezolanos que han debido emigrar y en la incomodidad y el sobresalto de arriesgar sus vidas para quienes permanecen en esta ciudad, teniendo en cuenta la situación en que se desarrolla la propia cotidianeidad, situación que ya Quevedo resumía con gran plasticidad en los siguientes términos en referencia a su mal hadada patria de entonces en un soneto póstumo: “Miré los muros de la patria mía, en otro tiempo fuertes, hoy desmoronados…/ Entré en mi casa; vi que amancillada/ de anciana habitación era despojos/…y no hallé cosa en qué poner los ojos/ que no fuese el recuerdo de la muerte.
Fuente: http://www.el-nacional.com/opinion/Caracas-animo_0_813518716.html
Fotografía: http://mariafsigillo.blogspot.com/2015/07/turistas-en-la-caracas-de-los-anos-30.html
Etiquetas:
Atanasio Alegre,
Bernard Malamud,
Caracas,
Caracas en Retrospectiva
martes, 17 de marzo de 2015
UN ALTERNO
EL NACIONAL, Caracas, 17 de marzo de 2015Ventrílocuos
Atanasio Alegre
De origen francés, de piel blanca y de porte distinguido cuando se dejaba ver –las veces que lo hacía– por los pasillos de la universidad, el hombre se sabía no solo admirado por las chicas, sino por su fulminante ascenso social. Su padre había llegado a Caracas cuando De Gaulle entró en París y era previsible de antemano lo que iba a suceder a los simpatizantes del régimen de Vichy, los cooperantes de los que formaba parte. Llegado a Caracas, creó inmediatamente una empresa de importación de vinos, procreó dos hijos en la mujer, que por pertenecer a la burguesía normanda financió el viaje de ambos en un momento en el que conseguir dinero era punto menos que imposible.
El hijo de este inmigrado francés del que va esta nota, cuando llegó la hora, fue de los primeros en el colegio de los jesuitas y el indiscutible número uno en una de las promociones de abogados a mediados de la década de los sesenta. Eso, en contra de la voluntad del padre que le quería economista, pero era lo que había y tampoco estaba mal lo de abogado y tal.
Después de regresar de un posgrado en la Sorbona en Derecho constitucional, ingresó como profesor en la universidad y comenzó a escribir en los periódicos. Dos cosas en las que no creía, pero que hizo bien. No creía, en el sentido en que un buen cristiano cree en Dios, entendámonos, pero que encontraba agradable en el círculo en el que se movía escuchar: “Te leo siempre, estupendo tu último artículo”, y en lo de profesor, porque este era el trampolín para lo que pretendía, el ascenso a las clases superiores, en alguna de las instituciones internacionales en las que se manejan los grandes números de los presupuestos de ayuda a las naciones del Tercer Mundo. Contrajo matrimonio con la hija de un banquero con prosapia, pero al cabo de dos los años, la mujer se dio cuenta de que su marido no era capaz de superar una adolescencia en la que psicológicamente se había instalado, por lo del narcisismo y la costumbre de subirse a camas que no eran la suya, de modo que un buen día lo mandó a paseo, dejándole –eso sí, con mucha generosidad de su parte, contra la voluntad de la familia– un apartamento a todo dar en el este.
Con la mudanza de los días y entrados ya en la década de los ochenta, me encontré en una oportunidad con una llamada de él, a mí que solamente lo conocía de oídas. Me citó en su apartamento un sábado para un asunto de sumo interés. De lo que se trataba, con un grupo de amigos, era de preparar una de esas elecciones rectorales con un candidato sobre el que se me preguntó si yo estaba de acuerdo. “Es el propio –dije–, pero no lo tiene fácil”. Manejaban unas cuentas sobre la mesa: “Nos faltan quince votos, los de tu grupo”. Le hice saber que lo del grupo al que se referían era ya historia, porque en un momento dado, y no porque yo fuera el jefe, habíamos influido en una de las elecciones decididamente, pero que luego se había disuelto al eliminar la escuela a la que pertenecimos y ahora, dispersos por diferentes facultades, era muy difícil saber qué es lo que pensaban.
—Haz el esfuerzo –me dijo el hombre de apellido francés y de piel blanca.
Me extrañó todo esto, porque hacía años que él había renunciado a la universidad y sin que conociera yo por dónde le llevaban sus pasos, no se me alcanzaba qué era lo que andaba buscando como jefe de campaña de aquella candidatura. Tampoco había de qué extrañarse si se tiene en cuenta que el hombre no daba puntada sin dedal. Pero, a fin de cuentas, era mi candidato también y nada me costaba contactar con algunos de mis antiguos colegas.
No fueron quince, sino trece los votos por los que no ganó el candidato de marras y entonces, sin razón aparente, el hombre de apellido francés y piel blanca se dedicó a pregonar donde pudieran escucharle –y eran muchos los sitios– que había sido por mi culpa y que eso me convertía en un traidor.
¿Cómo desmentirlo?
Muchos años después, cuando ya el país estaba bajo el discurso del gran ventrílocuo y uno de los días en que me había retrasado en mi ejercicio matinal en el Parque de Este, vi venir al hombre de apellido francés y piel blanca en dirección contraria en la que yo circulaba. Me detuve, lo saludé y a pesar de su gesto de desagrado al tenerme al lado, me di la vuelta y me propuse acompañarlo durante un trecho. Adopté un tono amigable, interesándome por sus cosas, alabando alguno de sus escritos, refiriéndome a noticias de sus cometidos internacionales, limitándose él a gruñir algunos monosílabos. Llegados a un punto frente al que había una instalación con baños, vio los cielos abiertos y se disculpó, dejándome con la palabra en los labios.
Como no quería facilitarle el hecho de deshacerme de mí –más bien, al contrario– cambié de dirección con la seguridad de que al rato nos volveríamos a encontrar de frente.
Y así fue.
Me coloqué de nuevo a su lado, como si no hubiera pasado nada y así caminamos, dueño yo en apariencia de una tranquilidad absoluta y él haciendo lo posible por apurar el paso para que no pudiera seguirle, aunque pudo comprobar de que a pesar de nuestra diferencia de edad que le hacían a él quince años más joven, yo le aventajaba deportivamente. Eso fue así hasta que vi venir a una persona conocida a contramarcha y entonces, sin siquiera despedirme, me acoplé al paso del nuevo caminante amigo.
Eso fue todo. Todo, no. Le hice pasar un mal rato despreciando lo que en el pasado había sucedido entre ambos, consciente de que a nadie le gusta fallar sobre lo que prevé que va a suceder.
En estos días y en virtud de que el tiempo ni retrocede ni tropieza, tomando un café en una de estas terrazas madrileñas con un amigo, expatriado al igual que uno, sucedió que sin dar crédito a lo que veía, de que el hombre de apellido francés y piel ahora más bien enrojecida, estaba tratando de subir penosamente los dos peldaños que separan la farmacia de la calle. Es un hombre envejecido y pesado, bastante acabado.
—Ese que ves entrar en la farmacia es venezolano como nosotros –dije–. Cuando vio que el bipartidismo hacía agua, se dedicó a denigrarlo todo lo que pudo y abrirse de par en par a la llegada del nuevo régimen. No creía en lo que decía, pero convenía a sus intereses y adoptó, como tantos, el oficio entonces de moda, el de ventrílocuo, o sea, decir con su voz lo que otros pensaban y pretendían. El hecho de que formemos parte de ese millón de venezolanos que ha debido salir del país, se debe, en buena parte, a ventrílocuos como ese tipo que acaba de entrar en la farmacia de enfrente. Y no me cabe duda –¡lo que son las cosas!– por la pinta que lleva, de que él forma parte también de ese cortejo.
Etiquetas:
Atanasio Alegre,
Ventrílocuos
Suscribirse a:
Entradas (Atom)









