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domingo, 5 de junio de 2016

DEÓNTICAMENTE, SUYO

La autoridad en el Estado Cuartel
Luis Barragán


De reciente edición, bajo la coordinación de Luis Alberto Buttó y José Alberto Olivar, una importante compilación camina las pocas librerías que quedan: “El Estado Cuartel  en Venezuela: Radiografía de un proyecto autoritario” (Negro Sobre Blanco, Caracas, 2016). Desprevenidos, solemos abordar los diarios acontecimientos desde una perspectiva apresurada, banal y caprichosa, por lo que urgimos de aquellas que autoricen un enfoque consistente, coherente y profundo, como el que ahora dispensa la academia.

Supuesto anacronismo, la noción de Estado Cuartel o de Guarnición, acuñada en 1941 por Harold Lasswell, tiene una sorprendente vigencia que comprueba Jo-ann Peña Ángulo al referirse a la autoridad que lo explica y realiza (101-118), en un interesante abanico teórico que toca el sedimentario  “gendarme necesario”,  la socialización del peligro, el pretorianismo popular que permite el “avance sigiloso del militarismo y de un Estado Cuartel”, auspiciando el debate sobre la mentalidad militar, la ética profesional y el profesionalismo militar, aunque – sentimos – truncó el argumento de la identidad a partir de la guerra (109, 111, 116).  Autoridad que se entiende como el ejercicio de un conjunto de facultades, competencias y atribuciones, en la que enfatizó Chávez Frías (deóntica), en contraste con la fundada en el conocimiento y la experiencia (epistémica): a la una, ordinaria u ordinativa, le basta la titularidad en el desempeño de una responsabilidad pública, mientras que, a la otra, iresponsabilizándose, le importa menos la credibilidad y la confianza que suscite, divorciada la normativa con los hechos que la desmienten, según deducimos de Peña Ángulo (102 ss.), advertidos en un ensayo anterior de  Buttó respecto a la “exacerbación del principio de autoridad” (17).

En una democracia de vocación plebiscitaria, bajo la inevitable conjunción cesarismo-pretorianismo,  siendo el ejército el principal instrumento, sumado un número importante de gobernaciones en su haber,   Maduro Moros funge como  un “civil rodeado de militares” trastocados en el “grupo más poderoso de la sociedad”  (103 s., 107, 103, 114), con el (sobre) peso de todos los recursos materiales y simbólicos del Estado. La obediencia y sumisión se desprende de la cultura, los mecanismos, el lenguaje, los rituales y ceremonias de cuartel (110, 113), dificultando e imposibilitando el ejercicio de la autoridad epistémica, oportunamente auxiliada la autora por Jacques Derrida (114 s.).

Peña Ángulo abre una estupenda senda para abordar situaciones que le dan relevancia a esta etapa de la vida republicana, como la militarización de los espacios públicos, sin que impida la muerte violenta y, al parecer, ilimitada de inocentes ciudadanos, o la muy temprana de niños, como Oliver Sánchez y Alexander Guerra, por falta de medicamentos;  la consagración legal de un rango militar como el del consabido Comandante en Jefe, cuando es una condición o carácter inherente al ejercicio de la presidencia de la República, según la Constitución; la destacada figuración de Ramón Rodríguez Chacín o de Roger Cordero Lara, a pesar del cuestionamiento que sus faenas represivas ocasionaron antes del advenimiento del socialismo del siglo XXI; y los negocios que permean al interior de la entidad armada que, faltando poco, goza constitucionalmente de un sistema contralor propio. Estudios y opiniones, como  los expuestos por una voz autorizada, la del padre Alejandro Moreno, ofrecen pistas para un posterior desarrollo de la autora de marras sobre la inexorable crisis de autoridad en un Estado Cuartel.

La labor de Peña Ángulo, como la del resto de los competentes autores de una obra necesarísima – sobre todo – para la dirigencia política, más de las veces desavisada, lo reconocemos, contribuye a la comprensión de un fenómeno – comprobado – nada efímero e insustancial. Labor que incluye el acopio de las evidencias de una época que, fatal costumbre, pueden traspapelarse, confundirse o perderse.
Fotografías: Google Imagen. La segunda es la del general Ángel Vivas, tomada de: http://www.lapatilla.com/site/2014/02/23/allanan-residencia-del-general-angel-vivas/


06/06/2016

ESTA DINTINGUIDA AUTORIDAD



EL NACIONAL, 22 de noviembre de 2014
La Autoridad, según J. M. Bochenski

Atanasio Alegre  

Cuando lo llamaron a filas en 1920 a raíz de la invasión soviética de Polonia,  J. M. Bochenski tenía 18 años, había concluido con honores el bachillerato, era bilingüe en polaco y en alemán, poseía buenos conocimientos de los dos idiomas clásicos latín y griego y todo ello adquirido dentro del monasterio de los padres dominicos de su ciudad natal. El sometimiento a la autoridad militar, ejercida en su caso por un joven suboficial admirable por su capacidad, no solo para hacer cumplir las órdenes, sino para resolver cualquier problema que  confrontara la tropa, puso en la pista al soldado Bochenski de que en la palabra auctoritas latina había componentes que, de momento no acertaba a expresar.  O sea que no era lo mismo la autoridad del que manda que la autoridad del que sabe, como en el caso del suboficial en el que confluían ambas.
La anécdota de su primer encuentro con la autoridad como soldado la contó Bochenski al comienzo del seminario en el que tuve la suerte de participar en el verano del 76. Fueron dos días de intensa y gozosa reflexión sobre la lógica de la autoridad.
La anécdota de todas maneras –como pude constatar después– aparece también en el libro de Bochenski: ¿Qué es la autoridad?
Cuando apareció ese libro, Bochenski había profesado ya en la Orden de los dominicos y hacía honor a las siglas de la Orden, OP, Orden de Predicadores, con la diferencia de que el campo para el que estuvo dotado con el don de la expresión fue el de la filosofía.
Tanto su recuerdo como el libro que sirvió de guión para aquel seminario, me han acompañado hasta hoy; y no solamente por la fascinación del personaje, sino porque ya entonces había anunciado que las grandes crisis por venir tendrían que ver con las de la autoridad.
Personalmente, he sostenido que este vertiginoso cambio de época que se trasluce actualmente en la avalancha de la información, va a ocasionar una situación parecida a la que se produjo en el Renacimiento con la invención de la imprenta, la cual liquidó, entre otras, la concepción de autoridad, divinizada durante la Edad Media. Fue la aparición del homo divinus y el deus humanus mucho más allá de cualquier interpretación lingüística.
¿Sería conveniente en vista de ello hacer un breve repaso del pensamiento de Bochenski en el supuesto de que nos encontramos ante una crisis de la autoridad?
Esta nota tiene ese propósito.
La primera pregunta que hay que formular, teniendo a la vista los dos espejos cóncavos deformantes de la autoridad, la rebeldía y el exagerado sentido carismático de ejercerla, sería la de establecer la categoría a la que pertenece la autoridad. Las cosas se presentan como objetos, como propiedades o como relaciones. Si la autoridad no es un objeto, como lo es la pared de enfrente, la autoridad debería ser entonces o una propiedad o una relación. Naturalmente, la autoridad, más que una propiedad, es una relación terciaria y en tal sentido, sus elementos son el portador de la  autoridad, el sujeto sobre el que se ejerce y el campo de competencia de la misma. Si se concibe la autoridad como una propiedad, el sujeto sobre el que va a recaer va a estar más cerca de la esclavitud que de otra cosa. La esclavitud que no figura hoy como acto público, existe en la explotación laboral, en el trabajo infantil o en la llamada trata de blancas, para citar solo tres casos. Todo ello por arrogarse una propiedad indebida sobre la condición humana.
Por tanto, la autoridad para bien ser, es una RELACIÓN. Claro que una relación, la de un hombre con otro, la del que manda, en este caso, con la de quien está dispuesto a obedecer sobre un determinado asunto, puede ejercerse de dos maneras: mediante órdenes (que implican una manera determinada de comportamiento) o mediante recomendaciones o consejos. Si utilizáramos una desinencia griega para expresar estas dos formas del ejercicio de la autoridad, podríamos hablar de una autoridad deóntica o la que implica deberes y una autoridad epistémica o la del que sabe, la del que reúne una determinada competencia en un campo del conocimiento. La autoridad puede ser, por tanto: deóntica o epistémica.
La autoridad deóntica se basa en la consecución de un fin práctico mediante una orden. El delincuente que me asalta para que le entregue mis pertenencias, me ordena que le de mis cosas bajo amenaza de muerte.
Pero, otras órdenes dependen de lo establecido previamente por un legislador las cuales teóricamente, persiguen el bien de los miembros de una comunidad. Su cumplimiento o no puede acarrear consecuencias. En las órdenes que  debe trasmitir a la tripulación el capitán de un barco para evitar el naufragio, tal vez haya tomado en cuenta la experiencia de algunos de los tripulantes considerados como lobos de mar. Esos  viejos lobos de mar, al ofrecer al capitán, sus recomendaciones han echado mano de una autoridad epistémica,  aprendida en ocasiones parecidas.

Los consejeros, consultores, expertos e incluso ministros  con los que cuentan los hombres de gobierno para evitar la deriva del estado al que representan, deben conformar una mezcla deseada entre la conjunción de quienes ejercen la autoridad deóntica, asistidos con el respaldo de quienes poseen una  autoridad epistémica.
Naturalmente, el éxito de los fines que han de lograrse en uno o en otro caso dependerá de la elección los consejeros o asesores en buena  medida. Si los  consejeros son los apropiados para el gobernante, o los lobos de mar para el capitán del barco en peligro, en ambos casos deberá imponerse la autenticidad: que el gobernante aspire al bienestar de los gobernados y que quienes les ayudan a tomar las decisiones, dispongan de la debida competencia para ello.
Cuentan que Franz Joseph Strauss, quien tanta figuración tuvo en la política alemana de la posguerra, tenía a su servicio a un periodista que escribía todo lo que pensaba Strauss mientras fue presidente de la región de Baviera. Pero sucedía, a su vez, que luego, Strauss pensaba lo que el periodista escribía. O sea, una  vuelta en torno a sí mismo.
Hace unos días, un político catalán recomendaba no enseñar español a los niños catalanes porque el español es un idioma de pobres…
Evidentemente, la situación del fracaso en el ejercicio de la autoridad en estos tiempos bascula entre estos dos ejes: la veleidad –la del atolondrado político catalán recomendando no estudiar español– y la del tautológico consejero alemán. Dicho de otra forma, la situación actual de muchos de los que ejercen la autoridad roza en lo ridículo con no poca frecuencia, o en el engaño, en otras, a merced del desbordante sentido carismático con el que nos tienen acostumbrados a los gobernantes de marras.
***
J.M. Bochenski murió a los 93 años. Vivió a plenitud. Sigue siendo considerado como uno de los más connotados especialistas en lógica matemática; fue rector de la Universidad suiza de Friburgo, piloto de aviones, corredor de automóviles de formula 1, gustador de la amistad y de la más noble de las convivencias con los filósofos de su tiempo. Mario Bunge se ha referido al miedo que pasó recorriendo una región de Austria en  un automóvil, conducido por Bochenski, una noche a 150 kilómetros por hora. Juan Nuño, quien hizo un curso completo con Bochenski de lógica matemática, destacó el sentido deportivo con el que Bochenski encaró sus compromisos filosóficos. Bochenski y Nuño fallecieron, por cierto, con diferencia de meses, el mismo año, en 1995.
Was ist autorität?
Bochenski, J.M:
Herder Verlag,
Freiburg im Breisgau, 1974.
Fuente: