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domingo, 15 de octubre de 2017

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Arturo Uslar Braum. "Betancourt y Uslar Pietri". El Nacioal, Caracas, 20/10/1965.
- Alberto Krygier. "Las ciencias de la complejidad". El Nacional, 19/06/92.
- Ramón González Paredes. "Andrés Maurois, novelista". El Universal, Caracas, 03/11/64.
- Marco Aurelio Vila. "Cataluña y la Venezuela de 1713". El Nacional, 11/09/52.
- Mariano Picón-Salas. "Existencialismo". El Nacional, 10/12/50.

Reproducción: Rómulo Betancourt encabeza el acto de finalización de cursos en la Escuela Militar de Venezuela. Revista de las Fuerzas Armadas, Caracas, vol. 3, nr. 4 de 1947.

viernes, 13 de octubre de 2017

HUELLA

EL NACIONAL, Caracas, 18 de septiembre de 2017
Alberto Krygier, humano y humanista
Atanasio Alegre
 
Es posible que una de las ventajas de escribir en un país donde se lee poco, sea encontrar lectores que cuando les gusta algo, traten de estar más cerca del autor, en el sentido de saber qué le movió a escribir algo que les haya resultado placentero. En cierto modo esto es lo que me ocurrió con una de las columnas de los sábados de Alberto Krygier en El Nacional hace algunos años. Me sorprendió el tema, en primer lugar, al exponer con la precisión con que lo hizo, la teoría de Popper sobre la falsación aplicada a la situación venezolana. Cuando pregunté a un colega si sabía quién era Krygier, me habló de la empresa Krygier y Asociados y como resumen afirmó que Alberto Krygier, como su presidente y fundador, se había convertido en un empresario de empresarios.

Pudo suceder que en alguna de mis conferencias en la Unión Israelita de Caracas o en el primer Congreso de Cultura Judía Latinoamericana que coordiné, nos estrecháramos la mano, pero hasta ahí. De modo que hasta 2003 no vine a entrar en contacto con Alberto Krygier y lo que ha sido para mí mucho más confortante, haber gozado de su mistad (SIC). Contaré cómo sucedió. Fue ese año de 2003, vencidas las vacaciones escolares, cuando el rabino Pynchas Brener decidió poner en marcha la Fundación Conciencia Activa, creando con el mismo nombre la revista que vendría a ser la expresión de los propósitos de la fundación: Conciencia Activa 21. El epígrafe de la misma rezaba: Ética y valores en un mundo globalizado. Dos contrafuertes de apoyo para la convivencia venezolana que, en vista de lo que comenzaba a suceder, amenazaban con ser derruidos a la larga, como así ha sido. Pues bien, entre los miembros de la junta directiva de la fundación y, en consecuencia, con un ojo abierto sobre la trayectoria de la revista, figuró hasta la extinción de ambas, la de la fundación y la de la revista, Alberto Krygier, once años después. Haber dirigido Conciencia Activa 21 durante todo el tiempo de su existencia fue, personalmente, un gran honor.

Sobre la marcha de la revista y dado mi aprecio por la preparación –digamos filosófica de Kygier– no fue poca la ayuda que de él recibí en cada número. De manera que media hora antes de las reuniones de los jueves, Krygier se adelantaba al resto de los miembros de la junta directiva y en ese tiempo considerábamos temas y problemas inherentes a su publicación.

Generalmente, se suele pedir consejo y seguirlo, a gente que sabe más que uno. Y este fue el caso de mi relación intelectual con Alberto. De tal manera que era un hombre que no necesitaba abrir la boca para que se notara su autoridad donde debía ejercerla. Su silencio frente a una actuación o frente a un escrito ya era de por sí elocuente. A ello hay que añadir la humildad, teñida de una discreción que viene a ser la del maestro que mientras más sabe, más trata de ocultarse personalmente detrás de su obra. Alguna vez, en confianza, llegué a preguntarle:

—¿Cómo has podido triunfar en un mundo como en el que te has movido, transformando la agresividad del oficio en un asunto de cortesía?

—He tenido suerte de rodearme de buena gente.

Cosa que así pudo haber sido, pero tal vez saber elegir es uno de los logros más importantes de un hombre de empresa, y si me apuran un poco, el de cualquier actividad en la que se necesite la colaboración de los demás. Y eso fue también Alberto Krygier, un hombre que supo elegir –elegir, es siempre elegir entre contrarios– y él no solo lo hacía, sino que el éxito residió en su capacidad para ayudar a los demás a hacerlo sin que el afectado lo notara, de la misma manera que uno lleva el brazo derecho sin sentirlo. Y esto es lo que le convirtió en un hombre de criterio.

Me referí a la huella que fue dejando por donde quiera que pasó: por los centros de estudio en los que fue profesor, dentro y fuera de Venezuela, algo que supuso en sus años de juventud una exquisita formación, tanto en Cuba de donde procedía, como en otras universidades norteamericanas y donde tal vez germinó ese liderazgo como líder universitario, reflejo del que ejerció en la comunidad israelita de Caracas. Algunas veces, al tratar de traducir el término, tan de moda en el lenguaje alemán actual –el vocablo Gelassenheit– cuya traducción como serenidad en español no lo dice todo, he pensado en que tal vez estaría mejor la palabra sofrosine, en desuso hoy por su fuerte sabor a griego clásico. Es una palabra que, además, de hacer un guiño a la sabiduría, quien posee la sofrosine no puede por menos de comunicarla como sabiduría. Cuando aparecieron sus dos obras: Cultura corporativa y La década sin nombre, que recogen la larga labor de Krygier como articulista y ensayista, mayormente, durante toda su permanencia en Venezuela, apunté en los dos prólogos que se trataba de eso: sabiduría comunicable, que convertían, en consecuencia, a su autor en el humanista humano que fue, con los suyos y con quienes tuvimos la fortuna de estar, de una forma o de otra, a su lado.

Pero ya Láquesis, una vez más volvió a abrir, este infausto 10 de julio del año que corre, los portones de la muerte para que Alberto Krygier penetrara en la sombra del más allá donde todo acaece y de lo que nada se sabe, dejando abierto ese terrible interrogante de qué es lo que perdimos con su ausencia.

Fuente:

lunes, 10 de diciembre de 2012

PROLONGADA ESPERA

EL NACIONAL - Sábado 28 de Julio de 2012     Opinión/9
El futuro de la humanidad
ALBERTO KRYGIER

No se pueden reformar las instituciones sin haber reformado antes las mentes, pero no se puede reformar las mentes si antes no se han reformado las instituciones.
Edgar Morín ¿Ha reflexionado cada generación, cada sociedad, en el transcurso de su historia, sobre su futuro y sobre cómo mejorar y fortalecer el mundo en que nosotros y nuestros hijos vamos a vivir? Una cosa es segura e innegable: no podemos tener éxito a menos de que nos reinventemos hoy, transformemos nuestras mentes, instituciones y organizaciones, y logremos una metamorfosis positiva. Solo así obtendremos un mundo mejor ¿Nos hemos preparado? Dicen que los niños y los jóvenes son el futuro de la humanidad. Esto, que parece obvio, me recuerda lo que el biólogo y epistemólogo chileno, Humberto Maturana, opina: el futuro de la humanidad no depende solo de los niños y los adolescentes, sino principalmente de los adultos con quienes ellos se relacionan, como son sus padres y maestros, los que los orientan, enseñan y educan. Ahora habría que añadir también los medios de comunicación que tienen tanta influencia en la juventud.
Julio Carabaña, catedrático de Sociología de la Facultad de Educación de la UCM, dice que en las escuelas no se puede enseñar sin educar, ni educar sin enseñar. No obstante, para muchas familias el saber es lo más importante y la educación es un subproducto necesario del aprendizaje, pero no el único fin. Dicen que la experiencia demuestra que las escuelas no funcionan bien como instructoras de doctrinas de regímenes políticos, con la excusa de enseñar o educar.
La educación, el saber, el poder, el hacer, la creatividad y la investigación forman la base del progreso.
Como señala Maturana, los adultos debemos asumir que somos nosotros y nuestros niños y jóvenes el presente y el futuro de la humanidad. Lo básico es responder a los desafíos y oportunidades de una era en la que la globalización, la ciencia y la tecnología han avanzado significativamente y creado un entorno interrelacionado. Este es un mundo en el cual el conocimiento y la innovación, junto a las instituciones y las organizaciones, se han convertido no solo en elementos de productividad sino de importancia para la legitimación social de las decisiones políticas y económicas. Informes científicos, estudios políticos y económicos, y comisiones de expertos, todos forman parte de nuestro paisaje político, como afirma el escritor y filósofo español Daniel Innerarity.
¿Con qué panorama nos enfrentamos? ¿Estamos todos de acuerdo en que en la sociedad actual el conocimiento, el saber y la creación son los motores de la productividad, el desarrollo de la economía y la base de las decisiones de la sociedad? ¿Coincidimos en que los estudios científicos y tecnológicos son la plataforma de nuestro crecimiento político, económico y social? ¿Damos por sentado que en la alianza de conocimientos entre las instituciones del Gobierno y las organizaciones y sectores privados está el secreto de nuestro éxito? ¿Concurrimos en que sin el estudio, el conocimiento y una estrategia a largo plazo, determinados por un Gobierno democrático y el sector privado unidos, no puede haber desarrollo? ¿Estamos seguros de que nos hemos preparado adecuadamente durante este siglo para enfrentarnos con fuertes competencias, entornos de riesgo y adelantos científicos y tecnológicos, entre otros? Como ha señalado Edgar Morín, la reforma de instituciones y mentes nos incumbe a todos: a niños, adolescentes y adultos, a gobierno y organizaciones privadas. ¿Qué estamos esperando?

martes, 29 de mayo de 2012

NAVEGACIÓN

EL NACIONAL - Sábado 26 de Mayo de 2012     Opinión/9
Gobernabilidad
ALBERTO KRYGIER

Estamos navegando rumbo a lo desconocido en medio de una tormenta. Todavía no hemos salido de la crisis de 2008 y ya tenemos que afrontar nuevas turbulencias mundiales y locales. Son muchos los países que están más que indignados: están desesperados, desamparados y angustiados ante las adversidades que los están hundiendo. Por nuestra parte, la lista de problemas que nos toca encarar es también relevante y queda patente que existen similitudes con los de los demás.

El economista del MIT Daron Acemoglu y el profesor de economía política de Harvard James A. Robinson, en su reciente libro Why Nations Fail, se preguntan por qué se indignaron los países que promovieron la Primavera Árabe en el Norte de África y en el Medio Oriente. Los autores llegaron a la conclusión de que el meollo del descontento fue la pobreza. Según ellos, el ingreso promedio de la población de Egipto es 12% del de los ciudadanos de Estados Unidos.

Viene luego la siguiente interrogante: ¿por qué es Egipto más pobre que Estados Unidos? Y esa misma pregunta podríamos aplicarla a nuestro propio país, tropezándonos con la paradoja de que existe pobreza a pesar de que contamos con ingentes recursos. ¿Cuáles son los impedimentos para no ser más prósperos? ¿Qué respondieron los indignados a los profesores? Estamos sufriendo las consecuencias de una corrupción que invade todos los ámbitos, de una opresión inclemente y de un pésimo sistema educativo. ¿Hay alguna semejanza con nuestra situación? Muchos afirman que la gran diferencia entre los países pobres y naciones como Estados Unidos y Alemania estriba en la óptima calidad y autonomía de las "buenas instituciones" de estos últimos.

Cuando dependen de y están sometidas al Estado, las instituciones no pueden realizar sus planes. Las instituciones autónomas con cierta independencia trabajan con ahínco, se sienten motivadas, son productivas, respetan el derecho de propiedad, cumplen con sus deberes y obligaciones, estimulan las inversiones en nuevas tecnologías y se rigen por las leyes.

La lección que se puede extraer es que los países prosperan cuando crean instituciones autónomas, que brindan la oportunidad de justicia, educación, poder y protección a sus ciudadanos, a la vez que incentivan el potencial de cada uno de ellos y de sus organizaciones, para innovar e invertir y así lograr el pleno desarrollo.

Los pioneros de las democracias se preocuparon por constituir instituciones públicas autónomas y eficaces, teniendo como base un gobierno sólido, un Estado de Derecho y un orden jurídico y legal. Así estimulaban al pueblo y lograban atraer y mantener su responsabilidad y participación.

En la actualidad no estamos siguiendo el orden establecido.

Entre nuestros problemas más preocupantes están los referentes a la seguridad personal, la delincuencia, el narcotráfico y la corrupción. Todo ello unido a la erosión y descomposición de la moral y ética de la sociedad. En la opinión de algunos, los problemas no proceden de la omnipresencia del Estado sino más bien de su ausencia y su ineficiencia.

No podemos lograr un Estado ético y moral sin un sistema político claramente definido, sin empoderar y proteger al ciudadano y asegurar su potencial de desarrollo, trabajo, educación y seguridad, al igual que sus derechos legales y jurídicos.

Así mismo, debemos garantizar el progreso de la economía, la defensa de los derechos de propiedad y las inversiones. Para ello es indispensable instalar un sistema perfectamente estructurado.




martes, 14 de junio de 2011

POR CIERTO, CASTORIADIS (2)


EL NACIONAL - SÁBADO 08 DE DICIEMBRE DE 2007 NACIÓN/15
Pensando en Venezuela
ALBERTO KRYGIER

Según el último informe de la ONU que evalúa los logros de 177 países en diversos aspectos del desarrollo humano, como la salud, el estándar de vida, la educación y el progreso económico, Venezuela bajó a la posición 74, por debajo de países como México (52), Costa Rica (48) y Chile (40). Son muy interesantes estos resultados para evaluar nuestro desempeño.

Aparentemente, durante estos últimos años, otros países se han desarrollado más que nosotros. Todo parece indicar que debemos prestarle mayor cuidado al desarrollo económico y social de nuestra Venezuela en vez de a otros temas de carácter internacional.

Los pronósticos para 2008 requieren nuestra atención: la reconversión monetaria, el cambio del modelo económico, las repercusiones de la posible crisis de los Estados Unidos, las políticas de endeudamiento público, la elevada inflación, la reducción en la inversión privada y extranjera, el abastecimiento y la productividad, así como la necesidad de fuertes inversiones en mantenimiento e infraestructura, en salud, en educación y en seguridad social y personal. ¿Podemos competir con India, China u otros países asiáticos reduciendo la jornada laboral, cuando ellos están trabajando, según algunos, "más de 24 horas diarias", con salarios menores, pero con mayor productividad y menor inflación? ¿Cuando las mentes más brillantes de los países emergentes, entrenadas por las principales empresas globales como Wal-Mart, Google, Microsoft, Shell y Nokia, están dejando su trabajo para formar sus propias empresas? Lo imprescindible para el desarrollo es un crecimiento sostenido y rápido. Sólo la industrialización puede brindarlo, porque la industria es el único sector donde es factible un rápido y sostenido crecimiento en productividad. Pero para industrializarse los países deben incrementar su capacidad tecnológica y gerencial, lo cual puede lograrse si se ayuda significativamente a los emprendedores privados en los sectores apropiados. Eso requiere protección e incentivos.

El notable pensador griego Cornelius Castoriadis decía que cada sociedad crea sus propias formas. Estas formas, a su vez, hacen nacer un mundo en el que esa sociedad se inscribe y se da su lugar. Es así como ella construye su sistema de normas e instituciones en el más amplio sentido del término.

¿Cuáles son las formas del desarrollo que debemos vigilar? El valor fundamental que debemos atesorar es la libertad: que todo ser humano posea la capacidad de escoger y perseguir sus objetivos por su propia voluntad. A este valor debemos añadir la democracia. Ambas, la libertad y la democracia, no pueden estar sometidas a la voluntad y/o coerción de otros.

Un valor primordial que debemos salvaguardar es la justicia social que conlleva la reducción de la pobreza, la promoción del empleo, la productividad y la razonable equidad en la distribución del ingreso y la riqueza para edificar el capital social; el ahorro y la inversión para la construcción del capital físico; la educación, la honestidad, la responsabilidad, el cuidado de la salud, la seguridad social y personal para formar el capital humano; los arreglos institucionales y las políticas públicas conducentes a la estabilidad de los precios y la creación del capital financiero; la diversificación de la economía.

Un sistema económico y social debe ser evaluado según la posibilidad que su población tenga de superarse y de realizar su potencial. Los derechos de los individuos son inalienables y universales y deben fomentar la "armonía" que permita que la gente viva unida y en paz, demostrando que se pueden dejar de lado los intereses egoístas para conseguir un bien común.

Otro mundo sí es posible.

EL NACIONAL - JUEVES 02 DE DICIEMBRE DE 2010 OPINIÓN/8
A Tres Manos
Miradas múltiples para el diálogo
Pasión y medio por la autonomía
ELEAZAR NARVÁEZ*

Al leer el libro Insignificancia y autonomía, uno recibe la agradable invitación a reflexionar sobre un principio clave para la construcción permanente de la condición humana. Yago Franco, Héctor Freire y Miguel Loreti (escritor y filósofo) son los coordinadores de esta obra que presenta los trabajos de más de treinta autores de diversas disciplinas que participan en los "debates a partir de Cornelius Castoriadis", un multifacético pensador nacido en Constantinopla en 1922 y fallecido en París en 1997, en cuya obra destaca su acerba crítica tanto al estalinismo como a todo dogmatismo y a toda impostura totalitaria, y se pone de relieve, asimismo, además de un interés especial por el estudio del imaginario social, una ardorosa defensa del concepto de autonomía política al reivindicar "el proyecto de una nueva sociedad, proyecto de autonomía social e individual".

Ese proyecto, que en las palabras de Castoriadis, "...es creación política en su sentido más profundo, y cuyas tentativas de realización, desviadas o abortadas, han informado ya a la historia moderna", está alimentado por la pasión de la autonomía, la cual, como dice Yago Franco, conduce a un ilimitado movimiento de cuestionamiento de lo instituido; es decir, como una "actividad constante de desinstitución de todo lugar-amo", cuyo ejercicio es placentero en tanto nos posibilita darnos nuestras propias leyes, proporcionarnos de una manera lúcida un modo de lo social opuesto a la heteronomía, concebida ésta como un estado del colectivo en el cual la ley nos es impuesta o nos es dada aún en ignorancia de lo que sucede. Pues, como afirma este autor, "las sociedades tienden a crear a un Amo de la significación, una instancia vivida como exterior a ellas, que tomará la forma de procedimientos de funcionamiento político, orden jurídico-legal o tiranos, brujos, etc., todos vividos como naturales, incuestionables, originados en leyes divinas, o en héroes de una historia devenida novela, etc.".

Pasión por un principio en este tiempo en el que somos víctimas de los efectos del avance de la insignificancia, expresados, entre otros, en la pérdida de orientación para la vida colectiva e individual; y también en circunstancias y lugares donde nos amenazan prácticas totalitarias que persiguen, sutil o abiertamente, el secuestro de nuestras subjetividades y la prohibición de pensar críticamente, ávidas de tener almas rotas subordinadas incondicionalmente al poder. Con toda razón se señala que la noción de autonomía se encuentra en las antípodas de todo totalitarismo.

Es la pasión por la autonomía a la que otros autores también le han prestado atención con ópticas y herramientas conceptuales distintas, como Anthony Giddens, quien se refiere a dicho concepto como "la capacidad de los individuos de reflexionar por sí mismos y de autodeterminarse", de tal manera que estos, con base en sus propios criterios, puedan "deliberar, juzgar, elegir y actuar en diversos modos posibles de acción". Pasión por un principio, según el cual se les reconoce a los individuos iguales derechos y obligaciones en la determinación de las condiciones de sus propias vidas, sin que ello, por supuesto, niegue los derechos de los demás.

Una pasión por la autonomía alimentada además por un imperativo ético, como sostenía Paulo Freire, sin constituir en modo alguno un favor que podamos o no darnos los unos a los otros, y fundamentada en la conciencia de "la inconclusión del ser que se sabe inconcluso" y en "la vocación de ser más propia de los seres humanos".

Y a contrapelo de lo que es un verdadero compromiso político y ético con el principio en consideración, históricamente ha sido patente en diversos países el temor por la autonomía, sobre todo allí donde, como afirma Franco, hombres y mujeres han depositado/delegado su poder en instancias que lo han vuelto contra ellos. Un miedo que se ha hecho bastante visible en un régimen como el que tenemos ahora en el país, en el cual su mal llamada revolución no tiene nada que ver con lo que Castoriadis redefinía como "la institución de la autonomía en el campo político".