Del individuo como persona y otros políticos más
Nelson Chitty La Roche
«Ego sum qui sum».
Dios a Moisés
(Éxodo 3 :14)
Una interesante plática aconteció hace algunas semanas, en el Consejo de la Escuela de Estudios Políticos y Administrativos, de la Facultad de Ciencias Políticas y Jurídicas de la UCV. Se trató de determinar si un trabajo de investigación sobre el tema género y derechos humanos era o no un elemento de naturaleza política o acaso, más bien jurídica.
No tuvimos tiempo de profundizar, pero quedó abierto a consideración y avanzaré en consecuencia algunas reflexiones al respecto, con el ánimo de penetrar en lo que viene siendo una línea de investigación en la que transito desde el inicio de 2020 o un poco antes quizá, el homo verus.
Comenzaré resaltando un trabajo del nunca suficientemente bien ponderado Michel Foucault y por el titulado Introducción a la vida no fascista, ampliamente glosado el susodicho en investigaciones sobre la política y su naturaleza, que escribió el francés a guisa de prólogo de la edición americana del anti-Edipo de Deleuze y Guattari. El título, nos indica Laura Llevadot, “es una paráfrasis irónica del libro de San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota. Con este incisivo título, Foucault señalaba dos desplazamientos con relación a la teoría política clásica que hoy se han vuelto casi obvios; en primer lugar, que la vida cotidiana es política, que lo personal es político, tal como lo denunciaban las feministas, que la parte aparentemente más intima de nuestra vida reproduce a menudo las relaciones de dominación que encontramos en la sociedad porque está hecha a partir de sus consignas y estructuras y, en segundo lugar, que lo más fácil, lo que nos sale espontáneamente si no prestamos atención, es que esa política que rige nuestras vidas íntimas es totalmente fascista, que replicamos a menudo en nuestras relaciones, con nosotros mismos y con cada gesto impensado, esquemas autoritarios, relaciones jerárquicas, juicios sumarísimos, violencia y humillación, hasta propagar la tristeza en el lugar mismo en que creemos dar a luz al amor”. (Valls Boix, Juan Evaristo, Agamben, Política sin obra, Editorial Gedisa, Madrid 2016) Subrayado nuestro.
Arendt conmovió el paradigma epistémico de acuerdo con el cual el poder era una manifestación de mando y obediencia, que incluía necesariamente el uso de la violencia cuando afirmó por el contrario que solo había poder cuando mediara la concertación entre los destinatarios. Aún cuando la reflexión de la filósofa alemana de origen hebreo no corresponde a una acabada elaboración conclusiva, abrió un boquete en la perspectiva analítica que se exhibía para aquel momento monolítica y le opuso su originalidad y su genio provocador y rutilante. En su libro sobre la mentira y la violencia se lee una definición del poder como la aptitud del hombre para accionar, para accionar de forma concertada. El poder debe ser aceptado para que subsista y no impuesto meramente.
Arendt no arriba a ese puerto epistémico sin un recorrido sobre nociones claves que en su pensar clarifican, muestran, desnudan su hallazgo al contrastarlo con aquellas profesadas por la mayoría de los que teorizaban sobre el tema. La consideración sobre las esferas públicas y privadas aporta elementos imprescindibles al seguimiento genealógico del asunto, así como la fundamentación histórica que se permite la alumna de Heidegger, metodológicamente punzante y precisa y audaz a la hora de develar lo que otros no ven o manejan asidos a perspectivas arrastradas como un hecho cultural simplemente. Por eso, hago notar que Arendt contribuye a cimentar su aserto sobre el poder como fenómeno de acción y concertación al afirmar: “El poder y la violencia son opuestos; donde uno domina absolutamente falta el otro. La violencia aparece donde el poder está en peligro pero, confiada a su propio impulso, acaba por hacer desaparecer al poder. Esto implica que no es correcto pensar que lo opuesto de la violencia es la no violencia, hablar de un poder no violento constituye en realidad una redundancia. La violencia puede destruir al poder; [pero] es absolutamente incapaz de crearlo” (Crisis de la república, versión de Guillermo Solana, Taurus, Madrid, 1998, p. 146).
El poder requiere entonces la convicción compartida y militancia en ella. Y a mi juicio, allí aparece como constructo básico, la política que emerge simultánea, en una dinámica simbiótica y sistémica. Todos involucrados en el espacio público, identificándose con sus pares, pero al hacerlo expresa una identidad propia en un momento irrepetible.
Por eso, cada ser humano lo es en su carácter de zoon politikon, lo cual supone una compulsiva comunicación con sus congéneres ciertamente, pero en el ejercicio tiene, requiere, demanda una afirmación de identidad propia de su condición humana que, como nos enseña Kant, en cada cual hay no un medio sino un fin en sí mismo.
Si lo personal es político, como lo indicó Foucault, la definición de cada cual es política, es una escogencia y una correspondencia, se trata de un rasgo fenotípico que supone el genotipo y la influencia ambiental social con consecuencias para él y para su entorno societario que no puede ni debe ser soslayado ni por él ni por los otros, so pena de disfuncionalidad. A esos elementos el agrega uno capital y es, su escogencia, su libertad, su impulso, su perfil personalísimo que lo acaba por definir y acredita su identidad personal y su posicionamiento.
No hay espacio para abundar en el protagonismo moral del hombre y a los fines de este modestísimo ensayo, no haré convocatoria aun cuando, para hablar del hombre hay que hablar de persona en su naturaleza y apreciación, pero bastará una cita cuya pertinencia, por ella sola, para luego volver al carril que nos ha traído hasta acá. Se trató de una conferencia dictada hace unos años en la Universidad Católica de Santo Toribio de Mogrovejo, titulada “Persona y personalismo”, con ocasión de su nombramiento como doctor honoris causa en octubre de 2008.
El persona Elio Sgreccia fue la primera persona que comenzó a hablar de “bioética personalista” en los años ochenta (solo se hablaba de bioética principialista, utilitarista, bioética liberal y casuística) y…La persona humana es fundamento ético en sentido subjetivo (acción es ética cuando expresa una elección de la persona); en sentido objetivo (la persona es fundamento, medida y término de la acción moral). En otras palabras, una acción es ética si respeta la plena dignidad de la persona humana y los valores que están intrínsecamente inscritos en su naturaleza.
Y agrega Sgreccia: “La reflexión filosófica contemporánea sobre el concepto de persona, recupera el significado de la relación, no en el sentido de auto-relación sino de hetero-relación, es decir, relación con el mundo y con los demás. Husserl identifica el Yo con intencionalidad entienda como relación “con” lo otro. La conciencia es el trascendental que “da sentido al mundo”, y no a sí misma. Scheler definió persona como “relación con el mundo”, la sociedad y el ambiente. Heidegger el concepto de persona como “ser-aquí” (Da-sein) y como relación con el mundo (in-der-Welt-sein). (Bioética, persona humana y personalismo Prezi 2014)
Corrientemente, sin embargo, la personalidad es entendida como las formas de presentación, expresión e identificación de la persona y la recepción de esas manifestaciones por parte de la comunidad en la que el ser humano convive. Cada uno asume sus características, las que legitima por su escogencia como propias y en esa medida, las que son percibidas como de esa persona.
Políticamente y jurídicamente, un ser humano es, pues, sujeto en acto y potencia, titular de derechos y obligaciones y ciudadano susceptible de ejercicio como miembro del cuerpo político. En tal carácter, ejerce su libertad basado en su discernimiento y en el marco legal que rodea a todos sus similares, pero también en lo que a él concierna y en sus vertientes existenciales, en su condición de individuo.
Quiso el derecho subsumir la personalidad en un cuadro legal, pero la persona como entidad lo trasciende y lo anticipa y así no logra racionalmente comprimirlo en una disposición. La persona es más que el trato que el derecho pueda darle y suele culminar, ampliando su consideración jurídica.
El asunto se complica en cuanto a la conciliación de los elementos objetivos de la identidad formal, tales como, nacionalidad, filiación, sexo, raza y la conciliación con su derecho a ser y mostrarse como lo que quiere ser. De allí que, la Constitución Nacional en su artículo 20, en el título tercero de los Derechos humanos y garantías y de los deberes, establezca: Toda persona tiene derecho al libre desenvolvimiento de su personalidad, sin más limitaciones que las que derivan del derecho de las demás y del orden público y social.(subrayado nuestro).
También es de rigor constitucional y es menester destacarlo, el principio de progresividad que acompaña al reconocimiento y garantía de los derechos humanos, dándoles una perspectiva que los magnifica y convierte en una categoría en constante y definitivo progreso aunque produzca paralelamente, una suerte de hipertrofia del individuo ante el cosmos social que lo rodea y lo contiene. Así, postula una categoría que deviene avasallante ante los derechos de los demás y, el orden público y social que deberán admitirlo en la complejidad de su fenomenología. Como diría Bobbio al referirse a la filosofía política y al derecho, son caras de una misma moneda.
Por eso, el individuo ha movido la cerca de sus derechos en detrimento de la de los demás, pero igualmente del orden público y social que luce perplejo o simplemente superado por la gravitación conceptual de los derechos del individuo y su expansión en el coto racional de occidente fundamentalmente.
De allí que el feminismo, el LGBT, el matrimonio entre personas del mismo sexo encuentren más que comprensión, sostenido apoyo de los Estados y del derecho positivo que está presto para modificar incluso la institucionalidad más cara para la sociedad, complaciendo sus demandas que otrora habrían sido calificadas como estrafalarias e incluso, delictuales y baste recordar el juicio a Oscar Wilde, la argumentación de los abogados como tesis contrapuestas y las decisiones tomadas y ejecutadas por la justicia británica, a la luz del tratamiento que el asunto recibe hoy en día en el Reino Unido.
El homo verus es político porque su exposición lo es. También su naturaleza por cuanto afecta inevitablemente a los otros, los irradia e impacta aun más allá de su paulatina reducción como sujeto gregario, el individuo reta la sociedad con la complicidad de la sociedad misma y del aparato público. Es un signo de este tiempo.
10/04/2020:
https://www.elnacional.com/opinion/del-individuo-como-persona-y-otros-politicos-mas/
Composición gráfica: Michal Zahornacky.
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jueves, 14 de mayo de 2020
viernes, 3 de abril de 2020
HOMO VERUS
De la soledad y otras anomalias más
Nelson Chitty La Roche
“Nadie se salva solo…”
Santo Padre Francisco
Es más fácil describir situaciones de aparente soledad que definirla. Perder la capacidad de comunicarse se asemeja al hecho de no lograrlo. El aislamiento conduce a la soledad y la sustracción de la sociedad, deliberada o no igualmente. Puedo estar también rodeado y sentirme o asumirme solo. Cabe aún señalar una situación en la cual, frecuentemente llega el ser humano en la sociedad contemporánea, la de no sentirse admitido o parte de ella. El bullying muestra un rechazo que deviene en patología social inclusive. La soledad es sospechosa de anómala siempre.
En ocasiones advertimos que somos nosotros mismos los que nos apartamos o reducimos los contactos a niveles de mecánica e insustancial cortesía, pero lo cierto es que, al suspender el intercambio espiritual propio de la comunicación, abrimos un capítulo de soledad.
El homo verus dosifica su soledad ausentándose del escenario público que, cual idiota griego, asume que no le concierne o seleccionando con rigor mórbido el muy selecto grupo de los que admite como pares, desdeñando a todos los demás. Se diría que para no estar solo diseña su soledad.
La reflexión de los últimos meses pareciera premonitoria. Hemos hecho constatación de una denuncia en curso y de acuerdo con la cual el homo verus, hombre actual, pretendidamente independiente y autónomo, ha creado su propio entorno y prescindido, paulatinamente, de la sociedad a la que pertenecería. Escogió -o intenta hacerlo- una definición de su ser que sigue a una previa en la que fabrica una personalidad que deriva en una individualidad posesiva, egoísta y sobre todo hambrienta de distinguirse o diferenciarse del común, y lo ha conseguido bastante.
Hoy, los derechos humanos individuales devienen una virosis que aflige y acompleja al cuerpo societario, al extremo que talla en sus valores como legítimas sus perspectivas y apreciaciones. Claro que nos referimos al Occidente que se ha descristianizado, obrando al amparo de la digitalización y consumando a diario y progresivamente una revolución en el homo faber, que a su vez afecta al homo locuax del que habló, en una reflexión sobre la vida y la muerte, Edgar Morín. El europeo se ha hecho más huraño, hosco, asocial y entonces menos humano. El liderazgo europeo cambio de rol y, se ha dejado liderar por el bajo psiquismo y el lado obscuro de la sequía ciudadana.
Para consumar esa enajenación, progresivamente el hombre ha diluido sus referentes. Por supuesto que en paralelo, como nos enseñó Bauman, fue licuando sus pivotes espirituales y morales. El polaco hace ese señalamiento en la fenomenología social y se advierte que, en la circunstancialidad de cada uno de muchos, aconteció como experiencia personal previamente. El homo verus se entregó a la experticia digital, constituyendo así una gravosa, misteriosa, falaz alienación que reemplaza pero no sustituye el tótem y tabú que lo plasma y despoja, además, de su consciencia en cuanto a espacio y tiempo. En la suerte muta, degenera, confunde y se hace opaco.
Asdrúbal Aguiar enfatiza en que la perdida de las seguridades y fundamentos societarios ha alcanzado también a los aspectos clásicos de la relación entre detentadores y destinatarios del poder, al punto de que la democracia se hace supletoria. La victoria del individuo sobre el colectivo anuló el ademan ciudadano y sin embargo deja al Estado el manejo formal de la representación y del poder que se hace opaco e incontrolable por impersonal y deshumanizado.
En Asia, una nueva deidad insurge y se orienta hacia el big brother de Orwell y con razones que apuntan hacia la seguridad como the reason why en la expresión, en la vigilancia, en la renuncia a la privacidad. Masificado en la digitalización que lo administra de acuerdo con el interés público, del cual el Estado es el gestor…El homo non criticus es el homo verus.
La India y, el mundo islámico hacen de sus diferencias, sus soportes. Las creencias y las construcciones orgánicas religiosas y sociales los han protegido del homo elektronikón sin, entretanto, dejar de entrar a la cosmogonía digital aventajadamente. La inteligencia artificial y el pensamiento virtual, la ordenación de la información son para los indios un producto de su trabajo y aventajado intelecto, pero no los ha aún despersonalizado
América Latina aún tiene fortalezas que la sostienen, en esta árida, seca, difícil travesía. Aún quedan seguridades; familia, credo, patria como valores que si bien han sido horadados, aún conservan gravitación en los espíritus de la gente y en lo poco de ciudadanía que subsiste. El drama es la cosmogonía de las carencias que pone todo a prueba y de allí la diáspora venezolana, centroamericana, mexicana. Ni la cuarentena ante el coronavirus se puede hacer porque la informalidad es mayoritaria y hay que salir a buscar la vida.
El homo verus de suyo conceptualmente solitario no lo es, pues, universalmente. Salvo que lo distingamos de aquel que se mantiene asido a otra dinámica. La sociedad liquida de Bauman es occidental, europea y norteamericana con sus particularismos. No puede ser universal porque el universo es diversidad y entonces, otros congéneres viven y miran de otra manera, lo cual conforma un cosmos hospitalario en suma pero, no para el zoon elektronikón que culturalmente nos modela y alcanza a todos sino, en el vértice del zoon politikon, al que se ha desafiado como un signo propio del siglo XXI.
El coronavirus que algunos encuentran como un presente de la naturaleza, harta del depredador sistémico, irresponsable y cínico además, nos regresa sin embargo al reto de la vida misma y desde siempre.
En efecto; Yamal Harari en su paseo desde los comienzos y hasta nuestro tiempo, constata que el homo sapiens ha sido puesto a prueba y llevado al límite por tres elementos que han conspirado contra él. Las hambrunas, las epidemias y las guerras. Las ha venido sorteando y prevaleciendo sobre cada una a lo largo de su devenir existencial de varios milenios pero, como antes afirmamos, pagando un costo altísimo en ocasiones.
El coronavirus es un jaque al rey, acompañado de una serie de acciones dañosas a la postre. Veamos que ataca al humano en su integralidad física y espiritual como unidad biopolítica. Lo acosa con su deletéreo contagio derivado de la coexistencia social y luego, lo deja expuesto a otros peligrosos sesgos de distinto género, económicos y societarios. Además apunta el pernicioso virus a su confianza y a la espiritualidad del homo verus perplejo y temporalmente desubicado.
El ser humano tiene necesidades y como glosó Marx, no puede escapar de ellas. Debe atenderlas impajaritables las susodichas. Depende además de la naturaleza a la que ha agredido inmisericorde, la ha invadido y alterado, la ha agotado en sus afanes dispendiosos y la pretende incluso sustituir, domeñar, controlar pero y aunque ha progresado mucho ante la naturaleza y especialmente de sí mismo, aún exhibe su vulnerabilidad ante ese complejo entorno ecológico y ambiental que ha depredado pero que necesita con desesperación.
Consciente parece de que puede suicidarse con una de estas manifestaciones de violencia egoísta, lo cual resulta en el disuasivo atómico y todavía juega al dominio por la articulación de ciencia, tecnología y deshumanización frecuentemente. El homo Deus anda por allí en la mente, en la ambición, en el sueño del homo verus de Occidente especialmente pero no únicamente, no excluyentemente.
No obstante lo expuesto, que puede ser mucho más claro pero que me luce suficiente, emerge un argumento para pesar y educar al homo verus ante los peligros de ese porvenir que ha inventado y que si bien reta a la muerte misma, no puede por ello prescindir del ciclo humano completamente.
Tal vez pueda prepararse como un muñeco al ser humano que vendrá y genéticamente modelarlo, pero ni a él ni a su protagónico social que lo recibe y cultiva hasta que sepa de él mismo. Vivir es mucho más y hacerlo es discernir, juzgar, amar, temer también. Por eso quiso Nietzsche dar a Dios por muerto, pero la muerte es solo una manera de ser, una manera de soledad y Dios trasciende naturalmente nuestra noción de temporalidad, nuestra idea de finitud.
Empero hoy, estamos ante nosotros mismos; aislados pero ansiosos de dejar de estarlo, como si retornáramos al comienzo de todo, pensativos, sensibles y forzosamente solitarios, vacíos a ratos y nostálgicos también. Por eso, para metabolizar este horrido instante sin aborrecerlo sino más bien comprenderlo, traemos del genio de García Márquez, una cita de miles que contiene esa novela extraordinaria Cien años de soledad…«En aquel Macondo olvidado hasta por los pájaros, donde el polvo y el calor se habían hecho tan tenaces que costaba trabajo respirar, recluidos por la soledad y el amor y por la soledad del amor en una casa donde era casi imposible dormir por el estruendo de las hormigas coloradas, Aureliano y Amaranta Úrsula eran los únicos seres felices, y los más felices sobre la tierra».
Fuente:
https://www.elnacional.com/opinion/de-la-soledad-y-otras-anomalias-mas/
Fotografía: Un hombre intenta coger caramelos con un paraguas durante la cabalgata de Reyes en Málaga (EFE).
Fotografía: Un hombre intenta coger caramelos con un paraguas durante la cabalgata de Reyes en Málaga (EFE).
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sábado, 14 de marzo de 2020
ZOOM ELEKTRONIKON
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Del mutante humano y otras veleidades más (I)
Nelson Chitty La Roche
“…Vivir en sociedad es vivir de tal modo que la acción sobre las acciones de los otros sea posible […]. Una sociedad sin relaciones de poder solo puede ser una abstracción […]” (Foucault, 1991)
Los filósofos, los sociólogos, los biólogos, los políticos, los intelectuales y en general los testigos de la actualidad, periodistas, comunicadores, publicistas, advierten que ni el hombre es el mismo que había sido pensado ni la sociedad tampoco se muestra como lo que era. Hay un mutante perceptible entonces deambulando con nosotros, en nosotros y entre nosotros.
En realidad nada es igual ni lo puede ser porque el cambio está en la naturaleza de todo lo que es, pero cabe interrogarse sobre la esencia de la condición humana, individualidad y fin en sí mismo e integrante de la sociedad que lo crea, abriga, asiste y eventualmente redime al menos parcialmente de su animalidad. El proceso que vive el hombre desde que nace con su entorno, lleva a él más que intuiciones, auténticas elaboraciones que, en su complejidad, lo descubren y enseñan a ser lo humano que puede ser. El resto, empero, queda de su cuenta.
No hay pues humano sin humanidad y, aunque el individuo insista y prefiera su mundología sobre otra conexión, está el susodicho imbuido del ser social que lo acompaña, incluso a pesar de sí mismo. Para fortuna o desgracia así pareciera ser y basta leer a Primo Levi para contactar ese espíritu conocido y extraño eventualmente. Qué es el hombre, diríamos, sin responder confiadamente la interrogante.
No debo, sin embargo, hurgar más en esos misterios inextricables sobre la naturaleza humana, porque ni tengo la destreza ni el conocimiento. Me limitaré a focalizar, no obstante, alguna sintomatología perceptiva en el yo social y que me disculpe Carlos Vela si incurro en el sintagma, pero creo sincronizarla mejor, ubicado en esa perspectiva.
El humano de hoy, y advierto que este tiempo es un modelador intenso y agresivo, nos trajo al por algunos denominado zoom elektronikón y como resultado pudiera o alteró la dinámica del zoon politikon que nos legó el gigante de Estagira. Un ser signado por variables que lo rodean y lo influyen pero que lo potencian igualmente, emerge desde la revolución electrónica, la inteligencia artificial y el culto a su propia individualidad que como otro espectáculo lo fascina y seduce aunque no lo satisfaga. Su ontología es otra, su conocimiento, su racionalidad, su identidad luce compleja y gaseosa.
El hombre de hoy, insistimos en ello, es otro ciudadano al serlo. Cabe una cita de Rosanvallon harto pertinente: “El nuevo capitalismo destrozó la capacidad de los seres humanos para vivir y construir juntos como iguales y no sólo como consumidores». No le ha bastado la propuesta de la equidad porque, a la postre, palia pero no resuelve la generación de desigualdades que ese hombre asume que le impone el sistema social. Ese hombre es primero que todo un sentir y así debe ser apreciado.
En efecto, el hombre actual combina sus escogencias personalísimas con un ascendiente notable sobre la sociedad que lo rodea, pero en la dimensión de su propia voluntad. De allí que sea menester referirse a un ser distinto, socializado pero independiente, que conoce además como una escogencia u opción la de ser por él solo y no como parte del ser social.
Ello puede y de hecho lo hace el hombre de nuestro tiempo a través del abandono de parcelas morales, de limitantes éticas o acaso, de la revisión de los conceptos que le simplifican en su complejidad permitiéndole ser más, cuando es menos. No es un juego de palabras, al despegarse del valor común por la asunción del personal, logra sentirse que es per se y no por momentos o coyunturas que le ofrecía el cuadro societario donde está comprendido.
Nunca se sintió más cerca de un ejercicio de libertad que lo define, piensa, pero que lo impulsa a dudar de todo lo demás y también de lo que otrora fueron íconos que lo sujetaban. Al Dios muerto de Nietzsche agrega una convicción sobre su propia entidad y así logra trascender para él, aunque sea por instantes que necesita y que lo alimentan. Ego fuera de serie, libérrimo, displicente. La fe que invoca es la de su propio egoísmo.
Ha sonado la hora del individualismo posesivo y “asume (Macpherson) para sí la reflexión, situando alrededor de siete proposiciones lo que llamaríamos los supuestos del individualismo posesivo: 1) Lo que hace humano a un hombre es ser libre de las dependencias de las voluntades ajenas. 2) La libertad de la dependencia ajena significa libertad de cualquier relación con los demás salvo aquellas en las que el individuo entra voluntariamente por su propio interés. 3) El individuo es esencialmente el propietario de su propia persona y de sus capacidades, por las cuales nada debe a la sociedad. 4) Aunque el individuo no puede enajenar toda su propiedad sobre su propia persona, puede enajenar su capacidad para trabajar. 5) La sociedad humana consiste en una serie de relaciones mercantiles. 6) Dado que lo que hace humano a un hombre es la libertad de las voluntades ajenas, la libertad de cada individuo solo se puede limitar justamente por unas obligaciones y reglas tales que sean necesarias para garantizar la misma libertad a los demás. 7) La sociedad política es una invención humana para la protección de la propiedad que el individuo tiene sobre su propia persona y sobre sus bienes, y (por tanto) para el mantenimiento de relaciones de cambio debidamente ordenada entre individuos considerados como propietarios de sí mismo. (Chitty La Roche, Nelson 2016) El paradigma liberal ha perdido su sustentabilidad sin encontrar no obstante un sustituto. El ideal igualitarista no sacia ni mucho menos y se agota en un discurso que se banaliza a sí mismo.
Creyéndolo necesario para sentirse libre, el hombre de Occidente abjuró de lo que le sostenía asido a su fe, a sus valores, a la ética, a la moral, a la comunidad, a la familia, a los imperativos naturales a los que también desafía en una búsqueda frenética para ser distinto y siéndolo, afirmarse y reclamar y lograr un espacio que reconozca en su insolencia su derecho. Él prela, trepa, asciende más arriba que ese mediocre todo social al que creen pertenece, pero que, en el fondo, desprecia o le es indiferente.
La civilización del islam ya sabemos que no acepta sino un modelo a ser y creer. Todo lo distinto es sospechoso de enemigo o simplemente consagrado como tal y nótese, esas formas y referencias no están dispuestas para singularidades y en intento de ser diferente te denuncia y te persigue, sin misericordia ni piedad. Lineales al extremo de inhumanos puede decirse.
Tenemos un nuevo hombre que, sin embargo, se distingue de aquel que las tesis marxistas y leninistas proponían y que cantaban en América latina con los compases de la Nueva Trova Cubana los muchachos y, en general, la llamada izquierda contestataria. El nuevo hombre al que hacemos referencia, al contrario del que viene cual godzilla emergiendo, debía mimetizarse, homogeneizarse, realizarse en su condición de miembro y substancia del conjunto humano, subsumirse en él que lo fagocitaba en su dinámica.
Este nuevo hombre se exhibe como novedoso en su ciudadanía, egoísta y personalizada. Es el chileno que, al grito de «Chile despierta», acomete la destrucción de los bienes públicos y privados, desconoce los perfiles que le son favorables y resolla un lamento hondísimo, distinto, diferente. Es el del gilet jaune francés que a su lado escucha haciéndole coro a quien no tiene nada en común con él, salvo el afán de inconformidad, fatiga, hastío. Nada más.
Mucha de la etiología que debemos aprehender para comprender, obra en el modo de producción y consumo que nos ha servido abundantemente pero, hallazgo dramático, a costa de los no renovables recursos de la naturaleza. El depredador que hemos sido, brutal, cruento, lascivo, es por encima de todo irresponsable y la constatación nos hace socios o mejor cómplices en un mea culpa al que muchos no se suman, cinismo al apoyo o ignaros, o simplemente frívolos, disolutos, ligeros, vacuos.
La semana próxima echaremos a andar algunas reflexiones sobre las causas del trauma que conocemos y la necesaria revisión de cánones, sin otra pretensión de asir más para ser más también.
Fuente:
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Del mutante humano y otras veleidades más (II)
Nelson Chitty La Roche
“Las cosas que han ocurrido no se pueden suprimir con el pensamiento”, escribió James Joyce en Ulises; y añadía: “El tiempo las ha marcado y residen, encadenadas, en el mismo espacio que las infinitas posibilidades que han desalojado”. La historia alternativa
Revisando el estado del arte de mi reflexión en curso, tropiezo con algunos constructos que no había antes advertido o se presentan imponentes para mí de súbito. Claro que no se trata de una certeza universal siendo que, en la civilización islámica, muy a regañadientes se acepta incluso el dictamen científico porque escogieron el anacronismo como filosofía de vida.
Lo que fue, seguirá siendo y acaso se puede leer que si fue es y lo será siempre y los estudiosos, hombres de espíritu, se permitirán más que elucidar, guiar eventualmente porque ni siquiera se admiten las traducciones de los textos sagrados como otra cosa distinta a lo que son, meras traslaciones que realiza el hombre.
Pero y valga la coincidencia, en Occidente y sus espacios irradiados culturalmente y en Asia, penetrada y seducida por el zoon elektronikón especialmente, la ficción resulta más atrayente y convincente que la realidad que otrora sirvió como el argumento de la vida. Sorprende apreciar el espacio impresionante de los juegos de video en el campo de los accesos de millones de gamers que cada día transitan en la fantasía seguros de sí, dominadores y desafiantes, al extremo que se separan e incluso se desarticulan del zoon politikon y especialmente del zoon politikon, zoon éjón lógon.
En efecto, peripatéticos como somos, constatamos que ese personaje que presenta Aristóteles y como admite la doctrina es un pensador analítico y capaz de ponderar más de lo que su sensorialidad le faculta y así, piensa, infiere, deduce, concluye. (Del Zoon Politikon al Zoon Elektronikón. Una reflexión sobre las condiciones de la socialidad a partir de Aristóteles. Vicente Huici Urmeneta).
El hombre de ahora se conecta a otra dimensión cultural y, ensaya una construcción de su mundología desde esa postura. Lo que fue no le concierne sino muy relativamente. Él transita el ahora en un ejercicio complejo de constante temeridad. Su mente solo mira al pasado como un reto intelectual que incluye preguntarse y eventualmente idear una secuencia distinta a aquella que fue. Cabe citar así: «El filósofo Charles Renouvier acuñó el término con el que también se conocen este tipo de supuestos contrafácticos: ‘Ucronías’. Describió además su desarrollo mediante un diagrama que mostraba el momento inicial en que la historia imaginaria se desviaba de la historia real –el llamado punto de divergencia–, lo que generaba la primera desviación, que debía ser siempre interesante y plausible. (La historia alternativa por José Pardina).
Otra cita ayuda más a mostrar el salto y contraste entre el zoon politikon y el zoon elektronikón y no la desaprovecharemos; “Si nos atenemos a los textos aristotélicos, se puede observar que la definición del ser humano como zoon politikon (más exactamente, como πολιτικὸν ζῷον) en la política viene a ser la culminación de la expresión del vínculo con una forma de convivencia superior. Francisco Samaranch comenta, al respecto, que la definición del hombre como animal político “implica la vinculación natural con una forma comunitaria específica, la Pólis” (Samaranch, 1982: 679), acentuando las anteriores definiciones de la Ética Eudemiana en las que se habla del hombre como animal comunitario (koinomikón) o animal doméstico (oikonomikón).
Pero el hombre real, “et verus homo”, es un mutante pensamos y se ha dislocado, haciéndolo, de la poli, de la sociedad que otrora fue su mundo y persigue otros destinos, otros caminos entre su individualismo exacerbado y su fantasía. Sócrates apura la cicuta porque no se concebía fuera del contexto social. Fue comprendido y admirado por ello. Hoy se habría marchado insolentemente ignorado. Admitirlo ayuda a comprender y más aún, a explicarnos cómo se produjeron esos eventos. Intentaremos y excúsenme la audacia, una explicación que no pretendo original pero que estimo útil, sin embargo. No en vano repiten los europeos y los franceses, especialmente, que “la novedad es vieja como el tiempo”.
El modelo de nuestra civilización cambió desde sus fundamentos económicos y en el camino agregó, como detonante motivador, el elemento cultural antes asido a la perspectiva del testigo y actor que antiguamente fue. Pensamos que se trató de un persistente proceso que, sin embargo, encontró en la compulsión del hombre su acelerador. La inteligencia del hombre se suma a su curiosidad y a su innato hedonoutilitarismo. Vale acotar su impulso congénito por destacarse, hacerse notar, sobresalir está en su naturaleza.
Otro trazo se advierte en el tortuoso caminar del espíritu humano que luego de opacarse ante el teocéntrico escenario del Medievo, inicia su renacer rompiendo parámetros y referentes que lo anulaban o ausentaban de sí mismo. Es en torno a ese tridente, economía y mercado empapado en la libertad y en la singularidad que lo catapulta hacia un ethos personalizado de un lado, y de los otros, las representaciones afirmativas de su pretendido y avasallante genio y su disposición a seguirse explorando y, el producto de su quehacer, de su hacer, de su constituir que, se fraguara ese “verus homo”, incurso en un nuevo giro secularizante que lo libera del todos, que lo amarraba e insertaba en el yo social que ahora él administra interesado y cínico a placer, y la divina tecnología que todo lo domina o si no, lo segrega y aparta displicente.
Después de la Segunda Guerra Mundial y como era de esperarse, el hombre se miró en el espejo y horrorizado decidió e instrumentó un golpe al timón de su propia navegación existencial, pero cuidando bien de mantenerse asido al argumento de la alteridad que, además, le proporcionaba una sensación agradable de humanismo. Esa perspectiva permeó la cultura con la bandera de la libertad y decantó entre los modelos civilizatorios al Occidente cristiano que, gustoso, cual prisma, irradió su quehacer de la concienciación definitoria del estado de bienestar y de la democracia como sistema político.
La economía introdujo modificaciones que incidieron en el perfil del individuo y su trato con la naturaleza. Trajo el progreso y el mejoramiento de las condiciones de vida, tecnificando, trajo a la ciudad millones de campesinos y los incorporó a la urbe, a la industria, a los servicios, reformando al hacerlo los términos de intercambio del factor trabajo y rediseñando el capítulo de valores a favor de igualar las oportunidades y reconocer la responsabilidad individual y colectiva como variables inmanentes al desempeño societario. El siglo XX culmina no multiplicando a los ricos, sino reduciendo la pobreza. El Estado se afianza y aún con la crisis surcoreana, el orden económico y financiero lució seguro.
Pero el siglo XXI coloca las cosas en un balancín de expectativas cuyo crecimiento infló por demás la burbuja financiera y la estiró hasta oírla crujir. Cabe una cita del muy respetado intelectual español Daniel Innerati como anticipo a su entrevista sobre la refundación del capitalismo y agregó, una vez más.
“Pocos días después de la quiebra de Lehman Brothers, el gigantesco banco de inversión norteamericano, en septiembre de 2008, un acobardado presidente francés, el conservador Nicolas Sarkozy, hizo unas declaraciones célebres que retumbaron en el mundo entero: “La autorregulación para resolver todos los problemas se acabó: le laissez-faire c’est fini. Hay que refundar el capitalismo (…) porque hemos pasado a dos dedos de la catástrofe”.
Keynes respondió a eso en el umbral de la crisis americana de los años veinte, inventó o extrajo lo que la convicción impedía ver pero, es este como antes dijimos, un período distinto y asquerosamente atípico además. Tal vez estemos sin asumirlo debidamente frente a la tormenta perfecta recordando aquella película norteamericana que nos muestra como la coyuntura puede llegar a ser convocatoria de todas las variables perniciosas y cuajar el completo desastre. Innerati insiste en que saltaron los tapones y valga el coloquio, dejándonos a obscuras o quizá, desnudos de todas las desconfianzas, descréditos y vergüenzas. El humano no se cobijó como pudo y tal vez debió hacer, lógica formal al apoyo, en la sociedad lato sensu sino que, corto esos lazos umbilicales y se recogió más bien en la recreación de sus insatisfacciones y amarguras, ceso su deambular utópico y levanto las lanzas de su pragmatismo. Decidió temerle a todo e incluso a sí mismo.
La sociedad, los hombres de pensamiento, los predictores, los futurólogos, los analistas, la institucionalidad, la organización internacional, los estadistas parecieran vivir un momento de confusión al menos. Asdrúbal Aguiar, que por cierto anda un paso adelante en esta reflexión, cita a Sartori que juega al clarividente así: “Un hombre que pierde la capacidad de abstracción es eo ipso incapaz de racionalidad y es, por tanto, un animal simbólico que ya no tiene capacidad para sostener y menos aún para alimentar el mundo construido por el homo sapiens… El hombre se ha reducido a ser pura relación, homo communicans, inmerso en el incesante flujo mediático» (De Matteis, 1995, pág. 37). Sí, homo communicans; pero ¿qué comunica? El vacío comunica vacío, y el video-niño o el hombre disuelto en los flujos mediáticos está solo disuelto”. Giovanni Sartori, Homo Videns. La sociedad teledirigida, Buenos Aires, Taurus, 1998.
¿El intelectual orgánico gramsciano habríamos dicho, debe ser citado para que rinda unas posiciones juradas sobre este contencioso pero, quién lo representa hoy en día? ¿Quién explica, elabora, piensa, convence, demuestra o persuade hoy? ¿Qué ha sido de la verdad que gozó siempre de prestigio? ¿Dónde anda el poder y cual es hoy en día su naturaleza? Esas serán nuestras interrogantes a intentar responder en la próxima entrega, la semana próxima Dios mediante.
Fuente:
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Del mutante humano y otras veleidades más (III)
Nelson Chitty La Roche
“¿Cuales son las fuerzas de que dispuso el hombre para conquistar la hegemonía del planeta?” y el filósofo francés (Rostand, 1941) responde: “Son dos; la inteligencia y el sentimiento social, o como dice Muller, la astucia y la camaradería. El hombre está desprovisto, no tiene colmillos como los animales, ni garras ni armaduras; es enclenque, inerme y vulnerable. Pero, por una parte, predomina sobre sus otros compañeros de vida por la potencia de su cerebro; por otra parte, se siente atraído por sus semejantes, tiende a formar grupos con los otros individuos de su especie, y son estas tendencias sociales las que, multiplicando al hombre por sí mismo, le han proporcionado el medio de alcanzar resultados tan prodigiosos, tanto en el campo del saber cómo en el campo del poder».
“No comparto tu opinión, pero daría mi vida por la defensa de tu derecho a expresarla”. Voltaire, con esa frase que de suyo es un clásico por cierto, resume lo que presentare como el “hombre humanidad”, pero en concordancia con el sentido ciudadano que está en ella implícita.
El homo humanitas es un constructo con el que deseo mostrar ahora una categoría en crisis precisamente. Un hombre que se asume representado en otros, en la evolución y mejoramiento de ellos como de sí mismo, un ser que reconoce en su ser a los demás y no por ello deja de ser distinto. Un ente único y semejante, pero que cuida ambos aspectos de su naturaleza que sabe compleja y milita sensible en esa doble condición.
En las anteriores entregas discurrimos sobre una suerte de fenomenología que parece caracterizar al hombre en este tiempo histórico, y que lo compromete seriamente en su significación social e individual. Sostenemos que el que es hoy, difiere del que otrora y destacamos que es una suerte de mutación que pone a prueba al zoon politikon con el que desde Aristóteles lo veníamos definiendo.
El zoon politikon era un ser social y para la sociedad. Lo veíamos como un actor dentro del teatro social. En ocasiones positivamente apreciado pero, para bien o mal, socialmente social. El castigo a su mal comportamiento era a menudo el ostracismo y así privarlo de su vita activa, como diría nuestra apreciada y admirada Hannah Arendt. Al agresor, al malhechor se le llamó antisocial.
El verus homo, así denominamos a esa realidad deliberadamente ausente del espacio público, ya por desdén, ya porque los hechos lo ubican dentro, pero fuera, espiritualmente y culturalmente disiente, difiere del zoon politikon. Él existe, él es, en una perspectiva existencial que lo plena o lo convence de su razón de ser y permanecer.
La sociedad de hoy es una coincidencia espacial de individuos posesivos, una suma, un agregado; lo que la hace una sociedad que no asocia, que opone, que disuelve cuando segmenta. En ese estadio, conspira contra la ciudadanía como membresía del cuerpo deliberante y decisorio, divide o priva de sus contenidos a la noción de soberanía que deja de ser nacional porque siéndolo estimula la exclusión.
Una sociedad que deja pues de serlo. Sin comunicación entre sus miembros porque no comparte ni legitima al hacerlo valores comunes, tal vez a la solo excepción del derecho humano a ser diferente y la disposición a la crítica indiscriminada ante todos los elementos que antes la cohesionaban, incluyendo una democracia que como bien nos advierte Daniel Inneraty, se ha quedado desfasada casi completamente.
Frente al valor de universalidad ciudadana propia del pensamiento humanista y las propuestas de construir una ciudadanía del mundo por citar a Ferrajoli, encaramos como expresión de la conciudadania uno de los capítulos del nuevo populismo que nos explica mucho de lo que acontece por doquier. Cabe una cita de Rosanvallon iluminadora, como a menudo pasa en una entrevista que concede y que corresponde a una interrogante pertinentísima: En los últimos años el populismo no ha hecho más que ganar terreno. No solo en América Latina, sino también en Europa. ¿Cuál es la razón?
“Además de los modelos sociales que hemos enumerado, defendidos por la derecha y por la izquierda, hay una tercera vía propuesta por el populismo para el que la respuesta es la homogeneidad. Su discurso es siempre el mismo: ‘Nuestras sociedades van mal porque son heterogéneas y porque hay gente que viola las reglas de juego’. Y los que violan esas reglas son en algunos países los inmigrantes; en otros, las élites. De modo que, si conseguimos desprendernos de ellos, todo irá mejor. Y todo iría mejor si, en vez de abrirnos al mundo, aplicáramos una política proteccionista. Esa es exactamente la visión que se había desarrollado en Europa a fines del siglo XIX, cuando el teórico de la derecha nacionalista Maurice Barrès decía en 1893 que «la nación se definía mediante la exclusión. Para él, el proteccionismo era la idea constitutiva del nacionalismo. Pero no el proteccionismo como elemento de política económica, sino como filosofía radical. Naturalmente, esas políticas de la hegemonía alimentan la xenofobia. Hoy lo vemos en Europa. El populismo es un discurso sobre el Estado de Bienestar, un discurso sobre la cuestión social: para los populistas, la identidad y la homogeneidad son la respuesta a la cuestión social”.
Con esos insumos en el pensamiento, la semana pasada rematábamos entre preguntas así, “¿El intelectual orgánico gramsciano habríamos dicho, debe ser citado para que rinda unas posiciones juradas sobre este contencioso, pero quién lo representa hoy en día? ¿Quién explica, elabora, piensa, convence, demuestra o persuade hoy? ¿Qué ha sido de la verdad que gozó siempre de prestigio? ¿Dónde anda el poder y cuál es hoy en día su naturaleza? Esas serán nuestras interrogantes a intentar responder…” (Del mutante humano y otras veleidades mas (II))
Con el respeto debido a Manuel Castell y a sus textos importantísimos sobre la comunicación y su significación en el ser social y, en las relaciones de poder, me permito avanzar una opinión sobre el rol que visualizo es el de los medios de comunicación y su papel como el intelectual orgánico gramsciano.
En efecto, el siglo XX unió la radio, la TV, la prensa escrita para configurar y especialmente en la última mitad, un cuadro hegemónico que los hizo inclusive legítimos administradores de todas las verdades y en ese logro, paulatinamente, se convirtieron en censores prestos y ágiles para, apuntalados en ese dominio, revisar, encausar, vigilar, juzgar a todo y a todos, deviniendo además en otro miembro de la oligarquía del dinero universal.
Los medios en varios escenarios, incluso, se hicieron del poder político y si no fue el caso, en múltiples teatros, se infiltraron o mantuvieron un elevado ascendiente que para muchos, además, no era solamente por su presumido papel de rectores de la verdad sino que se les atribuyó un valor ético y moral que la sociedad les concedía. Bastaba que lo dijeran los medios.
Pero el siglo XXI trastocó las cosas o las descubrió para todos y les desnudo, inclusive, en un arrebato de autenticidad paradójico, reclamándoles la manipulación regular e interesada de la noticia y la fabricación de verdades falsas. Entretanto, la verdad verdadera, se marchó a las calles que ahora, en el cosmos digitalizado, se llaman redes donde compite con las mentiras y vehículos de captación para guiar, torcer, orientar.
El resultado es una impresionante y gravosa fragmentación que disuelve, en el novedoso ethos digital, entre cálculos y por fuerza de las realidades, tamizados por el espectáculo que se aprecia como un elemento que transversaliza la cultura que deja de ser para, acomplejada, plegarse al instante, al momento, en que se expresa para apartar, instrumentar por lo demás, al mismísimo tiempo y al espacio y posarse, dominante y sensual en el prisma que lo irradia todo insolente.
El homo economicus es arrastrado por el fenómeno que acopla el cambio tecnológico, con el afán individual y posesivo como patología, trasladando al sistema de producción y consumo, un agente pragmático y a ratos, simplemente egoísta y misógino inclusive. El asunto se deja ver en variadas dimensiones de la mundología, en una vorágine de fantasías y derroches imaginativos que ha creado un mercado y a todo evento disputa al del intercambio convencional, sus espacios y cadenas de distribución.
En el ínterin, entró en sueños el ciudadano, el zoon politikon se ausenta del tablao, ya no se oye sino esporádicamente su vitoreó y aplauso, su voz, su protesta es tan propia que, solo en la coyuntura asemejara ser colectiva. El hombre hedon o utilitarista, et verus homo, lleno de aparatos para comunicarse pero, solitario y fascinado, empalagado consigo mismo, ahito de imágenes de sí, trasladado por la tecnología allende las fronteras sensoriales y epistémicas clásicas, adicto a todas las formas de digitalización, deja de ser responsable de los demás y ni siquiera lo es de sí mismo. Tiene planteado incluso, dejar que no solo el vehículo se conduzca por el solo sino que, está tentado dejar el oficio de pensar a la inteligencia artificial.
Empero lo anotado, la naturaleza juega otra carta con ribetes hobbesianos y el coronavirus de súbito nos muestra, nuestra vulnerabilidad, debilidad, precariedad. Al grito del planeta herido, desgastado, explotado se unen las endemias que no economizan a nadie y que nos prueban que, la humanidad para vivir requiere que los hombres ni olviden ni prescindan de los otros hombres, pero esa circunstancia dramática es menester comprenderla y sopesarla.
Fue premiada la película surcoreana Parasite, que nos restriega un asunto que no es nuevo, pero que siempre como ahora aconteció. Nunca nos vimos iguales en realidad, porque no lo somos. La igualdad es una perspectiva educada para ver más hondo, más profundo. Es un ademán del espíritu que persigue la alteridad. Es un trazo racional asido a nuestra evolución. Pero igualdad e identidad son regalos envenenados.
Hay algunas personas que huelen distinto, hay una suerte además de aporofobia que destaca, pero ¿siempre no fue así? Víctor Hugo con insoportable brillantez nos lo arrostra y aquellos miserables ¿no son como los de antes y no serán como los que vendrán? En Venezuela ya se habla siguiendo a los hermanos cubanos, de una antropología dañada por la experiencia de la sumisión, la resignación, la enajenación, el hambre, la desilusión, la frustración del homo. Hay un venezolano deambulando entre nosotros que nos ofende y nos solivianta que cada día se hace más presente y más patético.
Pero lo peor consiste en la extirpación, la castración, la lobotomía del ciudadano que consiste en el credo totalitario que postula un igualitarismo como camino a la igualdad y se convierte en el fin del argumento crítico, sin el cual, en alguna medida, el homo sapiens pierde su esencia que además, vinculo yo, modestamente, pero con la entidad de todas mis convicciones, substancialmente unida al paradigma del ciudadano griego y a la poli.
Fuente:
1) Fotografía: Geoffroy van der Hasselt (AFP), Notre Dame.
2) Ilustración: Antonio Berni, Manifestación.
3) Ilustración: Rosie Thompson.
viernes, 21 de febrero de 2020
PRISMA: CONSTRUCCIÓN PARA DECONSTRUIR
De los partidos políticos y otras agonías más
Nelson Chitty La Roche
“En sus informes anuales sobre el estado de la democracia en el mundo, la unidad de inteligencia de la revista The Economist, ha venido describiendo la situación global como una recesión democrática. A partir del análisis de cinco variables; proceso electoral, funcionamiento de gobierno, participación política, cultura política y libertades civiles; este estudio observa un deterioro continuo en la mayor parte de las democracias del mundo desde el año 2010, incluyendo las democracias antiguas como en Europa Occidental y en Estados Unidos”. Laura Chinchilla en el prólogo del libro de Asdrúbal Aguiar sobre Calidad de la democracia y expansión de los derechos humanos.
No abundaré en cuanto refiere a la calidad democrática de esta hora porque todos sabemos que en todas partes se ha incoado un contencioso ciudadano que denuncia a la democracia como carente de democracia y la asume, además, como insuficiente, ineficiente, anacrónica e incapaz de proporcionar lo que de suyo constituye su oferta.
Se cuestiona, como antes hemos dicho, los aspectos relativos a la isonomía, la isegoría y la isocracia para traer desde los orígenes griegos y la polis, los elementos que caracterizaban el diseño que sentaría las bases del sistema democrático. Se afirma que no se ha logrado o se tergiversa o trastoca el principio democrático, utilizando artificios de variada naturaleza.
Además, y tal vez sea el punto en el que más han trabajado detractores y defensores, se inculpa a la democracia por no traducirse en justicia social, dejando fuera entonces la consideración equitativa o, permitiendo los desequilibrios y desigualdades del sistema económico y así evalúa el colectivo el desempeño de lo que siguen aclamando, con la frase de Lincoln, el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo y así, aun resuena el eco del celebérrimo discurso de Gettysburg (Pensilvania) el 19 de noviembre de 1863, cuya trascendencia impresiona a los mismísimos franceses, al extremo que se repite, en el texto de la Constitución de la V República en 1958, como se lee en el artículo 2: La lengua de la República es el francés. El emblema nacional es la bandera tricolor, azul, blanca y roja. El himno nacional es la «Marsellesa». El lema de la República es «Libertad, Igualdad, Fraternidad». Su principio es: gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo (Subrayado nuestro).
Claro que las interrogantes se suscitan al examinar la variedad de denominaciones, precisiones, matices con los que se desea explicar, significados y contenidos, en el afán de la epistemología y en la temeridad de la doxa que, sin detenerse, presenta, propone y llena el entorno de la comunicación social y política, de sus inferencias y oximorones.
Justicia social es también un concepto compartido en todos los sentidos, pero, como nos enseñó Arendt, los pueblos que dicen buscar, trabajar, forzar la historia para lograr la libertad, en el camino renegociaron con ellos mismos porque, a menudo, les satisface más la igualdad o el despojo punitivo de los demás.
El prisma se modificó. El cada cual se solapa en el primero entre otros y esconde en realidad, una simulación. Los otros no figuran en el acto del que se acompaña de sí mismo.
¿Qué es pueblo? ¿Quiénes forman parte? Podríamos especular allí largamente, pero, a los fines del presente artículo, quiero solamente señalar que una porción reducida de la sociedad manifiesta interés en lo público y una mayoría atiende otros elementos, aspectos, situaciones de su interés, alejándose, marginándose a ratos y abandonando a unos pocos el ejercicio ciudadano y lo peor es que, dentro del individualismo liberal dominante, se legitiman y justifican variedad de posturas que terminan por desarraigar la membresía política o la reducen a consideraciones propias de su visión personal, solipsística, relativista y, desde luego, egoísta.
Siendo entonces la tendencia actual a disolverse el cosmos ciudadano, entre las apetencias de figuración y reafirmación del individuo, visto sin embargo en su perspectiva societaria, optando por proyectos reducidos y segregacionistas y, sobretodo, ausente del interés común que no sea como beneficio de una tipología que lo distingue y haciéndolo lo reúne con otros individuos que quieren ser eso, miembros particularizados y no comunitarios de la sociedad, cabe preguntarse ¿qué sigue?
La afectación de lo común que parte desde los intereses específicos es la secuencia. Sorel denunciaba lo que llamaba la hipocresía burguesa y Sartre ironizaba mortal en el prólogo del libro de Frantz Fanon, Los condenados de la tierra. No es nueva, pues, para el zoon politikon la decepción, pero ahora es distinto, pienso yo.
Me explico brevemente, las cada día más fragmentadas, divididas, parceladas expresiones del yo social, satelizan al yo comunitario y lo desfiguran paulatinamente. El ciudadano queda distribuido entre estas unidades que por definición son más bien entidades que solo en su distinción e identidad quieren ser, desdeñando los valores, principios y logros propios de la axiología, del conjunto que resulta del andamiaje comunitario.
No hay construcción societaria sino deconstrucción a partir de la diferenciación constitutiva de las identidades. No hay normación sino anomia, no hay decisión a compartir ni tampoco deliberación. El Estado funciona, con un ideal de gobernanza y una experiencia de gobernabilidad comprometida. La anomia se legitima y con ella la desagregación cubre los espacios.
Mal puede entonces el partido político que, por cierto, no es otra cosa que el apéndice organizativo de los ciudadanos, creado con el propósito de hacer política y además, aspirar como es de suyo y natural, a gobernar magnetizar y reunir. Solo queda en las plataformas vacuas o en las franquicias electorales un derivado que no tiene substancia, una corriente que no encuentra cauce porque no trae sino el desprestigio social y de su institucionalidad a cuestas. El partido político anda así desfigurado y ello acontece igual en Francia, España, Italia, Estados Unidos y ni hablar de América Latina.
Tiempo este de pragmatismo y de vacío, del día a día, de los Eudomar Santos y como vaya viniendo vamos viendo, momento de duda y desconfianza auspiciado precisamente por la carencia de genuina comunicación y peor aún, de auténtica comunión porque se ha perdido la ilusión y la fe.
Un partido político es una reunión de fieles partidarios. Tiene sus reglas y su cultura, sus valores, sus proyectos, sus tradiciones y sus taras genéticas, sus torceduras, sus extravíos que soporta en comunidad porque si no hay ese espíritu solidario, dejo de ser un partido político.
Los partidos políticos son actores en el teatro de la deliberación sobre los asuntos comunes y además, sobre la conflictividad social; y por ello son indispensables para el abordaje de la materia política. No obstante es bueno recordar que toman formas y discursos propios de cada sociedad y de cada época, aunque la razón de su porque, es la misma.
¿Se repite la historia? ¿Nunca tuvimos una circunstancia como la que vivimos? Avanzaré solamente una consideración por economía del tiempo; los escenarios humanos de desagregación terminan siempre convocando las autocracias en forma de fascismo o de dictaduras como las surgidas entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial.
La sociedad más que cambiar ha mutado; la democracia se quedó en esa loca carrera retrasada; la libertad ya no es un producto al que la aspiración de todos legitima, sino un ejercicio fatuo de unos y una práctica falaz y morbosa de otros.
En ese contexto, cabe reconocer que la humanidad necesita con urgencia frotar la lámpara, no para que aparezca un genio poderoso para complacerla sino más bien para que se marchen los gnomos, duendes y muñecos diabólicos que la ideología del espectáculo del sí mismo ha engendrado. El humano debe superarse con sentido de persona humana digna y para ello debe renacer el ciudadano.
Fuente:
Fotografía: Patrick Semansky (AP), estatua de Washington el Capitolio estadounidense.
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Democracia,
Nelson Chitty La Roche,
Partidos políticos
miércoles, 12 de febrero de 2020
PERSISTENTEMENTE, EL ESEQUIBO
El régimen debe asumir plenamente su responsabilidad respecto al Esequibo
“Una de las herencias más pesadas que dejará el régimen socialista, cuando abramos las puertas hacia la libertad y la democracia, será la de El Esequibo, cuya entrega comenzó con la demolición de una Política de Estado, concebida y realizada por más de medio siglo, hasta conducirnos a la Corte Internacional de La Haya, muy a pesar de las claras y sostenidas advertencias que hicimos en la Asamblea Nacional, a través de la Fracción Parlamentaria 16 de Julio”, señaló el diputado Luis Barragán en el foro organizado por el estudiantado de la Escuela de Estudios Internacionales de la Universidad Central de Venezuela, antes de acudir a la sesión de la Asamblea Nacional en Chacao.
Indicó que la situación se ha agravado, entre otras razones, por el seguimiento ciego de la línea política e intereses de la Cuba que tradicionalmente ha apoyado a Guyana y el manejo exclusivo y sectario del problema por los altos estamentos de la usurpación que se ha traducido en la desprofesionalización de la Cancillería.
“Demostrado en más de veinte años de continuismo, la dictadura le ha importado un bledo la pérdida del territorio esequibano, e, incluso, ha pretendido disparatadamente trasladar sus responsabilidades a la oposición, pero Maduro Moros y su camarilla deberá asumirlas plenamente. Contamos con los expertos y también los activistas que no han dejado morir tan histórico reclamo, y nos corresponderá, por difícil que se diga, revertir la situación en un futuro cada vez más cercano, con el cese de la usurpación”.
En el foro también participaron como panelistas el Lic. Juan Francisco Contreras, presidente del Colegio de Internacionalistas de Venezuela; el Lic. Jorge Luis Fuguet, coordinador nacional de Mi Mapa Incluye Nuestro Esequibo; y el abogado Maiger Urbina. Todos respondieron a las preguntas formuladas por la nutrida concurrencia.
“Una inmensa significación tiene esta actividad nada más y nada menos que en el Día de la Juventud, cercana la fecha aniversario del Acuerdo de Ginebra que permite confiar en las nuevas generaciones que sienten en cada fibra a la Venezuela de siempre emulando a aquellos que lucharon por la libertad en 1814, marcándoles un rumbo”, expresó el parlamentario.
Acotó finalmente: “En la materia, hay tareas concretas que realizar, por ejemplo, sólo la delimitación terrestre puede dar paso a las de las aguas en la Fachada Atlántica, sobradamente acreditados nuestros derechos en el orden histórico y propiamente jurídico; o que, previo reconocimiento de nuestra titularidad sobre El Esequibo, a venezolanos y guyaneses, inevitables vecinos, nos corresponderá adelantar un esfuerzo de cooperación orientado hacia el desarrollo social y económico de la zona que, por cierto, será mejor que cualquier promesa e ilusión petrolera que ya los embarga. Sin embargo, permítanme decirlo, también hay otras materias, como la defensa de la autonomía universitaria que está en inminente y clarísimo peligro: hagamos las elecciones en cada universidad, simultáneamente, con el artículo 109 constitucional”.
“Una de las herencias más pesadas que dejará el régimen socialista, cuando abramos las puertas hacia la libertad y la democracia, será la de El Esequibo, cuya entrega comenzó con la demolición de una Política de Estado, concebida y realizada por más de medio siglo, hasta conducirnos a la Corte Internacional de La Haya, muy a pesar de las claras y sostenidas advertencias que hicimos en la Asamblea Nacional, a través de la Fracción Parlamentaria 16 de Julio”, señaló el diputado Luis Barragán en el foro organizado por el estudiantado de la Escuela de Estudios Internacionales de la Universidad Central de Venezuela, antes de acudir a la sesión de la Asamblea Nacional en Chacao.
Indicó que la situación se ha agravado, entre otras razones, por el seguimiento ciego de la línea política e intereses de la Cuba que tradicionalmente ha apoyado a Guyana y el manejo exclusivo y sectario del problema por los altos estamentos de la usurpación que se ha traducido en la desprofesionalización de la Cancillería.
“Demostrado en más de veinte años de continuismo, la dictadura le ha importado un bledo la pérdida del territorio esequibano, e, incluso, ha pretendido disparatadamente trasladar sus responsabilidades a la oposición, pero Maduro Moros y su camarilla deberá asumirlas plenamente. Contamos con los expertos y también los activistas que no han dejado morir tan histórico reclamo, y nos corresponderá, por difícil que se diga, revertir la situación en un futuro cada vez más cercano, con el cese de la usurpación”.
En el foro también participaron como panelistas el Lic. Juan Francisco Contreras, presidente del Colegio de Internacionalistas de Venezuela; el Lic. Jorge Luis Fuguet, coordinador nacional de Mi Mapa Incluye Nuestro Esequibo; y el abogado Maiger Urbina. Todos respondieron a las preguntas formuladas por la nutrida concurrencia.
“Una inmensa significación tiene esta actividad nada más y nada menos que en el Día de la Juventud, cercana la fecha aniversario del Acuerdo de Ginebra que permite confiar en las nuevas generaciones que sienten en cada fibra a la Venezuela de siempre emulando a aquellos que lucharon por la libertad en 1814, marcándoles un rumbo”, expresó el parlamentario.
Acotó finalmente: “En la materia, hay tareas concretas que realizar, por ejemplo, sólo la delimitación terrestre puede dar paso a las de las aguas en la Fachada Atlántica, sobradamente acreditados nuestros derechos en el orden histórico y propiamente jurídico; o que, previo reconocimiento de nuestra titularidad sobre El Esequibo, a venezolanos y guyaneses, inevitables vecinos, nos corresponderá adelantar un esfuerzo de cooperación orientado hacia el desarrollo social y económico de la zona que, por cierto, será mejor que cualquier promesa e ilusión petrolera que ya los embarga. Sin embargo, permítanme decirlo, también hay otras materias, como la defensa de la autonomía universitaria que está en inminente y clarísimo peligro: hagamos las elecciones en cada universidad, simultáneamente, con el artículo 109 constitucional”.
12/02/2020:
Twitter:
https://twitter.com/VenteVenezuela/status/1227680461822054402
13/02/2020, Juan Francisco Contreras:
https://www.lapatilla.com/2020/02/13/codeiv-en-el-tema-del-esequibo-privan-los-intereses-ideologicos-sobre-el-interes-nacional/
http://extravenezuela.com/2020/02/13/codeiv-en-el-tema-del-esequibo-privan-los-intereses-ideologicos-sobre-el-interes-nacional/
https://quepasaenvenezuela.org/2020/02/13/codeiv-en-el-tema-del-esequibo-privan-los-intereses-ideologicos-sobre-el-interes-nacional/
https://www.entornointeligente.com/codeiv-en-el-tema-del-esequibo-privan-los-intereses-ideolgicos-sobre-el-inters-nacional/
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https://tenemosnoticias.com/nacionales/lapatilla-com/en-el-tema-del-esequibo-privan-los-intereses-ideologicos-sobre-el-interes-nacional/
14/02/2020:
https://www.lapatilla.com/2020/02/14/mi-mapa-venezuela-incluye-nuestro-esequibo-la-iniciativa-para-preservar-la-memoria/
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13/02/2020, Juan Francisco Contreras:
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sábado, 25 de enero de 2020
ADEMIA
Sobre algunas aporías de la democracia actual (I)
Nelson Chitty La Roche
“La democracia en Chile se acabó. Desde mediados de octubre de 2019 se ha hecho patente que yacía muerta desde mucho antes de lo que pudimos percatarnos y que nos encontrábamos habitando el putrefacto cadáver de un orden en descomposición. El fin de la democracia, tal como la hemos conocido desde hace no más de dos siglos, se ha instalado como un quiebre rotundo de las instituciones decimonónicas, las tecnologías políticas que en ellas pululaban y las formas de gestionar y comprensión de lo social”. Carlos Ramírez, Christopher Yáñez-Urbina e Iván Salinas
La situación chilena no cesa de sorprender e impactar. Un destacado columnista incluso se permitía admitir que no lograba entender sin ayuda de expertos psicólogos y psiquiatras toda una fenomenología que parecía contraria a los elementos objetivos que rodean a la sociedad del hermano país, como aquella que lo presenta como el más fuerte económica y socialmente del continente y, sin embargo, da cabida a esta erupción inconforme y violenta, con tendencias esquizoides.
La universidad chilena no escapa del estupor que produce el movimiento que, por cierto, se radica fundamentalmente en la capital, aunque hubo episodios en otras latitudes, pero de una vez conjeturan sobre la etiología del malestar, apuntando al agotamiento del modelo, aun y a pesar del éxito que anunciarían los guarismos y mediciones convencionales, en un escenario de bienestar aparente y disminución de la pobreza. Así, señalan a la democracia y a la Constitución como los agentes, víctimas y victimarios de estos episodios de explosión societaria. Demasiado pronto y demasiado convencionales me lucieron esas apuradas especulaciones.
Igual que en la Venezuela de 1992, o la Colombia de 1990, pensaron algunos que en el pacto político con sanción jurídica, como denominaremos a la Constitución, obra la explicación y la respuesta de los capítulos inesperados que se viven, cuando el orden no cumple su cometido, ni la racionalidad atina a explicarse lo que pasa. En el camino se oye una sentencia severa de que la democracia como sistema de coexistencia pacífica que se postula como la mejor forma de gobierno se muere o acaso la panacea para los males debe encontrarse en la revisión de la Constitución.
Así, pues, se avanzan hipótesis que advierten el fin de una época, pero todavía anuncian la caducidad de la cultura democrática y ello incluye las organizaciones, vale decir, los partidos políticos e incluso las movilizaciones, manifestaciones, protestas que terminaban asimiladas por el discurso del liderazgo, siempre seguido y concluyente. Pareciera que el cataclismo ha puesto a prueba las formas y las maneras como otrora reaccionaba la comunidad política.
En nuestro criterio, el asunto es mucho más hondo, mucho más ininteligible y más gaseoso al mismo tiempo. Con el respeto y la prudencia debida, sentimos a la clase política chilena e incluyo a todos, gobierno y oposición, chocados, turbados, superados y sin asir la naturaleza del tsunami que los bañó de desencuentros, desengaños y desventuras. El estallido prescindió de un tajo de la representación y precisamente, desnudó arrasándolo todo, su talante iconoclasta, impío, bárbaro.
Con motivaciones distintas, pero compartiendo el elemento económico social en positivo, Bolivia hizo su gesta, su inesperada epopeya, su faena libertadora. Como Chile, las estadísticas evidenciaban que Bolivia mejoraba, pero la procesión iba por dentro y al contrario que en Chile, la cultura democrática ajustó el aparato y con el ariete de la unidad ciudadana le abrió un boquete tan grande al muro de Evo que se le fue el control y la confianza a un orden confiado, arrogante y soberbio.
Por años, los estudios y seguimientos de los comportamientos de la ciudadanía suramericana, y en ello coincidían todos los organismos especializados de las distintas agencias de naciones unidas o del escenario regional, denunciaban una peligrosa tendencia presente en la consulta que confesaba sin vacilaciones la disposición a sacrificar democracia por estabilidad y mejoría económica por asistencia pública masiva.
Pero y entonces, ¿qué está pasando? Aunque se adujo el malestar en Chile por un aumento mínimo del transporte, la secuencia convoca otros análisis, pesquisas e investigaciones para comprender la racionalidad de la revuelta o la irracionalidad tal vez describe mejor el asunto.
No pienso que sea posible hacerlo, sin ponderar otros aspectos que han acompañado o se han mostrado en la escalada chilena. Me refiero a las reacciones de la gente, del común, de los que se sumaban al asalto, saqueo, profanación y vulgarización de sectores que no por tolerados o respetados se sintieron obligados con el statu quo y por el contrario, creyendo a todo evento reafirmarse lo desafiaron.
No pretendo ni remotamente aparentar que conozco a Chile y menos que puedo a lo lejos hacer diagnósticos ni proponer terapias. Solo sigo atento las noticias y leo con interés los artículos de opinión y de la academia que he podido encontrar, pero intento darme una explicación o, al menos, señalar para el análisis las anotaciones frecuentes y las inferencias que de ellas nos podemos hacer.
Sin embargo, es menester atreverse, buscar, indagar y conjeturar para acercarse a la verdad y haciéndolo, usamos el instrumental epistemológico disponible y ensayamos algunas construcciones como referentes metodológicas.
Nos interrogamos también y en la procura de las respuestas también hacemos interesantes hallazgos que soportan la consecuente aparición y decantación de la argumentación.
En esa dinámica, nos atrajo una de las siempre nutritivas reflexiones del filósofo italiano Giorgio Agamben y especialmente su texto titulado, “Stasis. Civil War as a Political Paradigm” y del cual hemos hecho abordaje repetido. En efecto, en las cavilaciones y afirmaciones de Agamben atrajo nuestra atención para esta ocasión aquella que comienza con el aserto según el cual el Estado moderno exhibe un cuadro de ademia.
Se trataría de constatar y definir una situación en la cual el escenario público societario carecería de pueblo como resultado de la captura en la representación de aquel y desde luego, el eclipse del susodicho dejando únicamente a la estructura constituida ocupar los espacios, suplantar la deliberación y conculcar la decisión.
El paisaje social entonces estaría sujeto a un cortocircuito, por así llamarlo, separada la gente, el común, interrumpida la comunicación entre la representación y aquellos a los que debe representar. El ejercicio comenzaría al cesar la acción constituyente que vio operar una delegación o quizá, más bien, una transferencia de soberanía que luego se oligarquizaría y provocaría una disfunción entre ciudadanía y representación.
La gente sería, como afirma Gian Giacomo Fusco, un estudioso de Agamben, una masa cuasi ausente, pasiva, distraída en sus necesidades biológicas, y no obstante, y es esa la paradoja, la constituyente de su propia negación y no necesariamente para otra cosa que su bien en la perspectiva del Estado.
El tema de suyo arisco, complejo, confuso y un tanto inasible sustenta un evidente interés académico, pero también sociológico y ciudadano, que trabajaremos más, Dios mediante, la próxima semana.
Nelson Chitty La Roche
“La democracia en Chile se acabó. Desde mediados de octubre de 2019 se ha hecho patente que yacía muerta desde mucho antes de lo que pudimos percatarnos y que nos encontrábamos habitando el putrefacto cadáver de un orden en descomposición. El fin de la democracia, tal como la hemos conocido desde hace no más de dos siglos, se ha instalado como un quiebre rotundo de las instituciones decimonónicas, las tecnologías políticas que en ellas pululaban y las formas de gestionar y comprensión de lo social”. Carlos Ramírez, Christopher Yáñez-Urbina e Iván Salinas
La situación chilena no cesa de sorprender e impactar. Un destacado columnista incluso se permitía admitir que no lograba entender sin ayuda de expertos psicólogos y psiquiatras toda una fenomenología que parecía contraria a los elementos objetivos que rodean a la sociedad del hermano país, como aquella que lo presenta como el más fuerte económica y socialmente del continente y, sin embargo, da cabida a esta erupción inconforme y violenta, con tendencias esquizoides.
La universidad chilena no escapa del estupor que produce el movimiento que, por cierto, se radica fundamentalmente en la capital, aunque hubo episodios en otras latitudes, pero de una vez conjeturan sobre la etiología del malestar, apuntando al agotamiento del modelo, aun y a pesar del éxito que anunciarían los guarismos y mediciones convencionales, en un escenario de bienestar aparente y disminución de la pobreza. Así, señalan a la democracia y a la Constitución como los agentes, víctimas y victimarios de estos episodios de explosión societaria. Demasiado pronto y demasiado convencionales me lucieron esas apuradas especulaciones.
Igual que en la Venezuela de 1992, o la Colombia de 1990, pensaron algunos que en el pacto político con sanción jurídica, como denominaremos a la Constitución, obra la explicación y la respuesta de los capítulos inesperados que se viven, cuando el orden no cumple su cometido, ni la racionalidad atina a explicarse lo que pasa. En el camino se oye una sentencia severa de que la democracia como sistema de coexistencia pacífica que se postula como la mejor forma de gobierno se muere o acaso la panacea para los males debe encontrarse en la revisión de la Constitución.
Así, pues, se avanzan hipótesis que advierten el fin de una época, pero todavía anuncian la caducidad de la cultura democrática y ello incluye las organizaciones, vale decir, los partidos políticos e incluso las movilizaciones, manifestaciones, protestas que terminaban asimiladas por el discurso del liderazgo, siempre seguido y concluyente. Pareciera que el cataclismo ha puesto a prueba las formas y las maneras como otrora reaccionaba la comunidad política.
En nuestro criterio, el asunto es mucho más hondo, mucho más ininteligible y más gaseoso al mismo tiempo. Con el respeto y la prudencia debida, sentimos a la clase política chilena e incluyo a todos, gobierno y oposición, chocados, turbados, superados y sin asir la naturaleza del tsunami que los bañó de desencuentros, desengaños y desventuras. El estallido prescindió de un tajo de la representación y precisamente, desnudó arrasándolo todo, su talante iconoclasta, impío, bárbaro.
Con motivaciones distintas, pero compartiendo el elemento económico social en positivo, Bolivia hizo su gesta, su inesperada epopeya, su faena libertadora. Como Chile, las estadísticas evidenciaban que Bolivia mejoraba, pero la procesión iba por dentro y al contrario que en Chile, la cultura democrática ajustó el aparato y con el ariete de la unidad ciudadana le abrió un boquete tan grande al muro de Evo que se le fue el control y la confianza a un orden confiado, arrogante y soberbio.
Por años, los estudios y seguimientos de los comportamientos de la ciudadanía suramericana, y en ello coincidían todos los organismos especializados de las distintas agencias de naciones unidas o del escenario regional, denunciaban una peligrosa tendencia presente en la consulta que confesaba sin vacilaciones la disposición a sacrificar democracia por estabilidad y mejoría económica por asistencia pública masiva.
Pero y entonces, ¿qué está pasando? Aunque se adujo el malestar en Chile por un aumento mínimo del transporte, la secuencia convoca otros análisis, pesquisas e investigaciones para comprender la racionalidad de la revuelta o la irracionalidad tal vez describe mejor el asunto.
No pienso que sea posible hacerlo, sin ponderar otros aspectos que han acompañado o se han mostrado en la escalada chilena. Me refiero a las reacciones de la gente, del común, de los que se sumaban al asalto, saqueo, profanación y vulgarización de sectores que no por tolerados o respetados se sintieron obligados con el statu quo y por el contrario, creyendo a todo evento reafirmarse lo desafiaron.
No pretendo ni remotamente aparentar que conozco a Chile y menos que puedo a lo lejos hacer diagnósticos ni proponer terapias. Solo sigo atento las noticias y leo con interés los artículos de opinión y de la academia que he podido encontrar, pero intento darme una explicación o, al menos, señalar para el análisis las anotaciones frecuentes y las inferencias que de ellas nos podemos hacer.
Sin embargo, es menester atreverse, buscar, indagar y conjeturar para acercarse a la verdad y haciéndolo, usamos el instrumental epistemológico disponible y ensayamos algunas construcciones como referentes metodológicas.
Nos interrogamos también y en la procura de las respuestas también hacemos interesantes hallazgos que soportan la consecuente aparición y decantación de la argumentación.
En esa dinámica, nos atrajo una de las siempre nutritivas reflexiones del filósofo italiano Giorgio Agamben y especialmente su texto titulado, “Stasis. Civil War as a Political Paradigm” y del cual hemos hecho abordaje repetido. En efecto, en las cavilaciones y afirmaciones de Agamben atrajo nuestra atención para esta ocasión aquella que comienza con el aserto según el cual el Estado moderno exhibe un cuadro de ademia.
Se trataría de constatar y definir una situación en la cual el escenario público societario carecería de pueblo como resultado de la captura en la representación de aquel y desde luego, el eclipse del susodicho dejando únicamente a la estructura constituida ocupar los espacios, suplantar la deliberación y conculcar la decisión.
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| Giorgio Agamben, según Pere Durán (Girona, 2014). |
La gente sería, como afirma Gian Giacomo Fusco, un estudioso de Agamben, una masa cuasi ausente, pasiva, distraída en sus necesidades biológicas, y no obstante, y es esa la paradoja, la constituyente de su propia negación y no necesariamente para otra cosa que su bien en la perspectiva del Estado.
El tema de suyo arisco, complejo, confuso y un tanto inasible sustenta un evidente interés académico, pero también sociológico y ciudadano, que trabajaremos más, Dios mediante, la próxima semana.
Fuente:
https://www.elnacional.com/opinion/sobre-algunas-aporias-de-la-democracia-actual-i/
Sobre algunas aporías de la democracia actual (II)
Nelson Chitty La Roche
“Se sugiere la reinvención normativa de la democracia sin pérdida de sus referentes esenciales, pero adecuándolos a las realidades distintas que plantea el siglo XXI, comenzando por lo esencial: el restablecimiento del tejido social bajo un denominador común que sea sensible a los valores democráticos, en modo tal que se refleje en las nuevas categorías constitucionales que deban ser formuladas”. Asdrúbal Aguiar
Es ya más que frecuente, una certeza regular y presente, en cada uno de los recientes análisis sobre la democracia y aquellos raros sobre la teoría de la democracia, encontrar críticas sobre la marcha del sistema, su nomos y su eficacia. Tal vez sea tiempo de admitir que muchas preguntas quedan sin respuesta, habida cuenta de las carencias u obsolescencias epistémicas que derivan del cosmos social actual y de las dificultades para advertir su especificidad y los elementos que lo descubren e integran. El mundo, la sociedad, los valores, el hombre, mutaron y cambian aceleradamente si es que podemos captar el movimiento en esta ecuación existencial empapada de instantaneidad.
Y no es sencillo hacerlo porque, como recuerda Sartori, los conceptos que como herramientas utilizamos para comprender en ellos los fenómenos que observamos se han estirado tal vez demasiado y no logran los susodichos albergar en su seno racional, el compendio de sus distintos e incluso nóveles elementos en sus inevitables límites.
Acontece entonces con la democracia, como pasó a mediados del pasado siglo XX con el vocablo poder, que ya Arendt o Aron, entre otros, lamentaban percatarse de la falta de cohesión o elaboración y tal vez, desnudando en considerable atraso epistemológico pero lingüístico de la ciencia política para proporcionar sustento a las reflexiones que sobre ese constructo se postulaban. Cuesta bastante definir hoy a la democracia y, se hace más importante no solamente definirla sino seguirla, hallarla, precisarla, siendo que un elevado nivel de incertidumbre la rodea.
Los parámetros de las sociedades de este momento tienen en común la fascinación por el espectáculo y la mimetización de las personas en un ambiente en el que las individualidades coadyuvan por una definición que además aporte una identidad, una suerte de imagen de marca que tendría cada cual y ello, en detrimento de los referentes societarios que otrora servían para distinguir unos de otros. Me tocó presenciar en una ocasión una marcha de zombies y confieso que un lote importante se sentían tales, ni más ni menos.
El resultado conlleva igualmente una conducta que se particulariza, afectando a la comunidad democrática que antes se homogeneizaba en la vastedad de la noción de ciudadanía pero que ahora carece de empatía, reduciendo su desempeño en el espacio de su pretendida diferenciación, en el cuadro de su personalidad que no es habitual sino en cuanto es diferente.
Nunca como ahora la democracia, sistema social y valoración compartida, se muestra más apartada en el pretendido ejercicio de la libertad que se encierra más bien en construcciones sociales en las que la presencia es limitada y mínima la participación. Segmentaciones de diversa naturaleza, origen, denominación se perciben y se reclaman suficientes como para no requerir de otros concurrentes o acaso para, ante ellos, fijar distancias.
Todas esas agrupaciones tales como el feminismo, LGBT, gamers, ecologistas radicales, xenófobos por citar algunos, no se asumen como miembros de ninguna expresión social distinta a esa que los reuniría y definiría. Es un mundo que a nombre del valor social de la igualdad ha tallado un espacio para el colectivo de las individualidades, la membresía política tropieza con auténticos antagonismos. Lo que la diferencia es lo único que los une. Una suerte de solipsismo compartido dibuja las distintas figuras de una geometría social que atinaría solo como parte de un rompecabezas, un puzzle, en el que si bien se admite un común denominador no supone nada ante aquel que en la excepción los define y amasija.
La llamada generación millenial asume su entorno como un lastre con el que y a pesar de ello, debe transitar su búsqueda de la novedad que la totaliza y fascina. El presente no es más que la expectativa del futuro que se mide por las convincentes innovaciones que no por tales, menos rutinarias. La democracia que conocemos no metaboliza cómoda esos giros que la desbordan y la dejan siempre, aún en las sociedades más permisivas, varios pasos atrás.
Le falta pericia a la propuesta democrática para convencer, para atraer simplemente. La ecuación vital conoce una novación permanente, ante la compulsiva demanda del imperativo comunicacional que no por ello es otra cosa que el establecimiento de vasos comunicantes en el mismo continente social, político, económico pero no en el mundo que los rodea.
La búsqueda democrática colisiona en sus movimientos porque ofreciendo libertades culmina cediéndoles los espacios al individualismo de esos grupos y segmentaciones refractarias a los otros y al conjunto que incluye a todos. Es una auténtica aporía la que la democracia del momento exhibe y muy a su pesar debe asumirlo.
Paralelamente debe la democracia percatarse que vivimos y lo he repetido antes, el tiempo de la mentira, la tergiversación, la deformación, la adulteración e incluso, de la osada e impúdica sustitución ante todos de la verdad por la versión oficial de algunos y por si fuera poco, hay que agregar al menos, dos elementos más; la ideologización del espectáculo y, la admisión del relativismo que lo debilita todo. Nada es lo que dicen que es, hay que recordar y lo he hecho a menudo, que frente a ese discurso difundido solo podemos ripostar con la verdad, susceptible también de contrariar a los mercaderes del falso consenso que todo lo matizan.
Unas breves consideraciones sobre lo que es la teoría democrática y para ello invitamos, acotamos a nuestros comentarios, a partir de un interesante trabajo que además lleva ese título y cuya autoría corresponde a politólogos norteamericanos. En efecto, ab initio se resalta una interesante constatación que evidencia, en el estado del arte correspondiente a la temática, una sorprendente inactividad que se remonta a 1979 con la publicación de un texto de James Alfred Pennock en el que no se responde a la pregunta sobre qué es la democracia, pero responder esta pregunta resulta ser bastante más difícil que plantearlo. Pennock (1979) no responde la pregunta por sí mismo; deja esa labor a la posteridad, solo afirmando que “la frase [teoría democrática] se usa a menudo como si representara un cuerpo de doctrina claramente delimitado y acordado; pero eso está lejos del caso. Incluso la cuestión de qué temas debería incluir es objeto de un amplio “desacuerdo”.
Quizás lo único que los teóricos democráticos podrían estar de acuerdo sobre la teoría democrática es que es diversa, incluso de naturaleza incipiente. Robert Dahl (1956), por ejemplo, argumentó que «no hay una teoría democrática, solo hay teorías democráticas». También hay una letanía de reclamos rivales, ahora principalmente históricos, en el corazón de la democracia, y hasta ahora se han documentado más de 22 descriptores adjetivos de democracia (Gagnon 2018). Además, muchos teóricos democráticos contemporáneos comparten una ética pluralista preocupada por evitar un cierre autocrático en torno a lo que constituye la teoría democrática (ver, por ejemplo, Bader 1995; Blokland 2011; Erman 2009; Held 2006; Martí 2017; Moscrop and Warren 2016;). Sin embargo, el simple hecho de reconocer y abrazar esta diversidad por sí solo nos lleva tan lejos. (What Is Democratic Theory? Rikki Dean, Jean-Paul Gagnon, and Hans Asenbaum 2019).
Advierto que una materia tan atractiva desde el punto de vista del conocimiento y la academia, apenas deje, como lo afirma el estudio citado, testimonios mínimos de examen y, por cierto, ningún intento de problematización que hubiera servido al menos para desentrañar parangones que nos asistieran hoy en la tarea, convoca y glosa una dinámica que nos ayudará de algún modo y que trabajaremos, Dios mediante, la semana próxima.
Fuente:
https://www.elnacional.com/opinion/sobre-algunas-aporias-de-la-democracia-actual-ii/
Sobre algunas aporías de la democracia actual (II)
Nelson Chitty La Roche
“Se sugiere la reinvención normativa de la democracia sin pérdida de sus referentes esenciales, pero adecuándolos a las realidades distintas que plantea el siglo XXI, comenzando por lo esencial: el restablecimiento del tejido social bajo un denominador común que sea sensible a los valores democráticos, en modo tal que se refleje en las nuevas categorías constitucionales que deban ser formuladas”. Asdrúbal Aguiar
Es ya más que frecuente, una certeza regular y presente, en cada uno de los recientes análisis sobre la democracia y aquellos raros sobre la teoría de la democracia, encontrar críticas sobre la marcha del sistema, su nomos y su eficacia. Tal vez sea tiempo de admitir que muchas preguntas quedan sin respuesta, habida cuenta de las carencias u obsolescencias epistémicas que derivan del cosmos social actual y de las dificultades para advertir su especificidad y los elementos que lo descubren e integran. El mundo, la sociedad, los valores, el hombre, mutaron y cambian aceleradamente si es que podemos captar el movimiento en esta ecuación existencial empapada de instantaneidad.
Y no es sencillo hacerlo porque, como recuerda Sartori, los conceptos que como herramientas utilizamos para comprender en ellos los fenómenos que observamos se han estirado tal vez demasiado y no logran los susodichos albergar en su seno racional, el compendio de sus distintos e incluso nóveles elementos en sus inevitables límites.
Acontece entonces con la democracia, como pasó a mediados del pasado siglo XX con el vocablo poder, que ya Arendt o Aron, entre otros, lamentaban percatarse de la falta de cohesión o elaboración y tal vez, desnudando en considerable atraso epistemológico pero lingüístico de la ciencia política para proporcionar sustento a las reflexiones que sobre ese constructo se postulaban. Cuesta bastante definir hoy a la democracia y, se hace más importante no solamente definirla sino seguirla, hallarla, precisarla, siendo que un elevado nivel de incertidumbre la rodea.
Los parámetros de las sociedades de este momento tienen en común la fascinación por el espectáculo y la mimetización de las personas en un ambiente en el que las individualidades coadyuvan por una definición que además aporte una identidad, una suerte de imagen de marca que tendría cada cual y ello, en detrimento de los referentes societarios que otrora servían para distinguir unos de otros. Me tocó presenciar en una ocasión una marcha de zombies y confieso que un lote importante se sentían tales, ni más ni menos.
El resultado conlleva igualmente una conducta que se particulariza, afectando a la comunidad democrática que antes se homogeneizaba en la vastedad de la noción de ciudadanía pero que ahora carece de empatía, reduciendo su desempeño en el espacio de su pretendida diferenciación, en el cuadro de su personalidad que no es habitual sino en cuanto es diferente.
Nunca como ahora la democracia, sistema social y valoración compartida, se muestra más apartada en el pretendido ejercicio de la libertad que se encierra más bien en construcciones sociales en las que la presencia es limitada y mínima la participación. Segmentaciones de diversa naturaleza, origen, denominación se perciben y se reclaman suficientes como para no requerir de otros concurrentes o acaso para, ante ellos, fijar distancias.
Todas esas agrupaciones tales como el feminismo, LGBT, gamers, ecologistas radicales, xenófobos por citar algunos, no se asumen como miembros de ninguna expresión social distinta a esa que los reuniría y definiría. Es un mundo que a nombre del valor social de la igualdad ha tallado un espacio para el colectivo de las individualidades, la membresía política tropieza con auténticos antagonismos. Lo que la diferencia es lo único que los une. Una suerte de solipsismo compartido dibuja las distintas figuras de una geometría social que atinaría solo como parte de un rompecabezas, un puzzle, en el que si bien se admite un común denominador no supone nada ante aquel que en la excepción los define y amasija.
La llamada generación millenial asume su entorno como un lastre con el que y a pesar de ello, debe transitar su búsqueda de la novedad que la totaliza y fascina. El presente no es más que la expectativa del futuro que se mide por las convincentes innovaciones que no por tales, menos rutinarias. La democracia que conocemos no metaboliza cómoda esos giros que la desbordan y la dejan siempre, aún en las sociedades más permisivas, varios pasos atrás.
Le falta pericia a la propuesta democrática para convencer, para atraer simplemente. La ecuación vital conoce una novación permanente, ante la compulsiva demanda del imperativo comunicacional que no por ello es otra cosa que el establecimiento de vasos comunicantes en el mismo continente social, político, económico pero no en el mundo que los rodea.
La búsqueda democrática colisiona en sus movimientos porque ofreciendo libertades culmina cediéndoles los espacios al individualismo de esos grupos y segmentaciones refractarias a los otros y al conjunto que incluye a todos. Es una auténtica aporía la que la democracia del momento exhibe y muy a su pesar debe asumirlo.
Paralelamente debe la democracia percatarse que vivimos y lo he repetido antes, el tiempo de la mentira, la tergiversación, la deformación, la adulteración e incluso, de la osada e impúdica sustitución ante todos de la verdad por la versión oficial de algunos y por si fuera poco, hay que agregar al menos, dos elementos más; la ideologización del espectáculo y, la admisión del relativismo que lo debilita todo. Nada es lo que dicen que es, hay que recordar y lo he hecho a menudo, que frente a ese discurso difundido solo podemos ripostar con la verdad, susceptible también de contrariar a los mercaderes del falso consenso que todo lo matizan.
Unas breves consideraciones sobre lo que es la teoría democrática y para ello invitamos, acotamos a nuestros comentarios, a partir de un interesante trabajo que además lleva ese título y cuya autoría corresponde a politólogos norteamericanos. En efecto, ab initio se resalta una interesante constatación que evidencia, en el estado del arte correspondiente a la temática, una sorprendente inactividad que se remonta a 1979 con la publicación de un texto de James Alfred Pennock en el que no se responde a la pregunta sobre qué es la democracia, pero responder esta pregunta resulta ser bastante más difícil que plantearlo. Pennock (1979) no responde la pregunta por sí mismo; deja esa labor a la posteridad, solo afirmando que “la frase [teoría democrática] se usa a menudo como si representara un cuerpo de doctrina claramente delimitado y acordado; pero eso está lejos del caso. Incluso la cuestión de qué temas debería incluir es objeto de un amplio “desacuerdo”.
![]() |
| Robert Dahl (Wikipedia). |
Advierto que una materia tan atractiva desde el punto de vista del conocimiento y la academia, apenas deje, como lo afirma el estudio citado, testimonios mínimos de examen y, por cierto, ningún intento de problematización que hubiera servido al menos para desentrañar parangones que nos asistieran hoy en la tarea, convoca y glosa una dinámica que nos ayudará de algún modo y que trabajaremos, Dios mediante, la semana próxima.
Fuente:
https://www.elnacional.com/opinion/sobre-algunas-aporias-de-la-democracia-actual-ii/
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