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viernes, 7 de diciembre de 2012

BIG (BOOM) BANG

EL NACIONAL - Domingo 18 de Noviembre de 2012     Siete Días/7
La reinvención de un continente
TULIO HERNÁNDEZ

Algunos consideran que todo comenzó en 1962 cuando La ciudad y los perros, la novela de Mario Vargas Llosa, publicada cuando su autor apenas llegaba a los 26 años de edad, ganó el Premio de Biblioteca Breve que otorgaba en Barcelona el editor Carlos Barral. Otros, que en realidad no fue por esa sola obra sino por ocho libros decisivos que se publicaron ese mismo año, entre los que brillan aún Historias de cronopios y de famas, El siglo de las luces y La muerte de Artemio Cruz.
Los más académicos, en cambio, piensan que el hecho decisivo fue la publicación de Los nuestros, libro en el que el escritor chileno Luis Harss, luego de viajar por París, Barcelona y Ciudad de México persiguiéndolos, reunió ensayos y entrevistas sobre los que consideraba los diez autores latinoamericanos más representativos del momento.
Lo cierto es que por estos días en España se conmemoran los 50 años de aquel fenómeno conocido como el "boom" de la literatura latinoamericana, dentro del cual se encontraban como antecedentes o como protagonistas, si nos atenemos a la lista del libro de Harss, escritores de edades, nacionalidades y estilos tan diversos como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Juan Carlos Onetti, Juan Rulfo, Alejo Carpentier, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Miguel Ángel Asturias, Jorge Luis Borges y Joao Guimaraes Rosa, el único de habla portuguesa.
¿Qué fue lo que ocurrió por entonces? Simple y llanamente que un lugar del mundo, América Latina, hasta entonces tenido como una especie de franquicia menor de la civilización occidental, hizo su entrada triunfal en el escenario literario internacional a través de un conjunto de escritores y de obras que vinieron a renovar la lengua española y portuguesa, introducir nuevas maneras de narrar sustentadas en una memoria colectiva deslumbrante y portentosa, y sobre todo a protagonizar una operación de marketing editorial que hizo subir las ventas de libros de una manera descomunal hasta entonces desconocida.
Si el efecto internacional más notorio del boom fue haber venido a alterar los esquemas de valoración y las jerarquías institucionalizadas en la geopolítica de las letras mundiales, a lo interno de América Latina su impronta fue aún más significativa. Las fronteras de las literaturas nacionales y nacionalistas se hicieron trizas.
Un nuevo cosmopolitismo regional había hecho eclosión y, de manera análoga a lo que comenzaba a ocurrir para las identidades caribeñas una vez que los músicos latinos reunidos en Nueva York al amparo de empresarios musicales norteamericanos inventaron la salsa, París y Barcelona con sus agentes editoriales a lo Carmen Balcells se convirtieron en el escenario desde donde la cultura latinoamericana se recomponía en una conciencia más integral de sí misma.
Es cierto que toda etiqueta literaria es siempre una simplificación de una realidad mucho más compleja. Que es muy difícil y arbitrario decidir quiénes forman parte y quiénes no del boom. Que sin Cabrera Infante, Manuel Puig, Haroldo Conti, José Donoso o Felisberto Hernández, para mencionar los primeros que se me vienen a la memoria, la literatura de la época resulta incompleta.
Pero también lo es que la contundencia y el peso de aquel fenómeno es tan grande que podemos decir que el imaginario de América Latina quedó para siempre transformado por la obra de estos autores.
Si América Latina no puede comprenderse sin las épicas de Bolívar o San Martín, tampoco hoy se hace inteligible sin todas las batallas perdidas de Aureliano Buendía o la delirante cruzada de Antonio Conselheiro en La guerra del fin del mundo. Si nuestra geografía urbana pasa por Sao Paulo, Ciudad de México o Caracas, esta resulta hoy incompleta sin ciudades como Macondo, Comala o Santa María. El boom fue también la reinvención de un continente.

Fotografía: http://zonaliteratura.com/index.php/2011/06/20/los-100-anos-de-seix-barral-por-elena-ramirez/

sábado, 1 de diciembre de 2012

BIG BANG ... BOOM

EL NACIONAL - Domingo 25 de Noviembre de 2012     Siete Días/7
El boom y la revista Imagen
SIMÓN ALBERTO CONSALVI

Inaugurado por el príncipe de Asturias y su esposa, doña Letizia, tuvo lugar hace poco en la Casa de las Américas, Madrid, un congreso internacional de escritores sobre El Canon del Boom, organizado por la cátedra Vargas Llosa y la Acción Cultural Española, y por un conjunto de universidades que paralelamente celebraron conferencias y seminarios sobre aquella etapa afortunada de las letras iberoamericanas. Fue una fiesta de la inteligencia, y también de la libertad. De los grandes del boom estaba presente Mario Vargas Llosa, quien recibía el gran homenaje en su nombre, y en el nombre de los amigos ausentes.
También fue celebrada la aparición de La ciudad y los perros hace medio siglo. El tiempo pasa como un carrusel endemoniado y no queda otro remedio que envejecer, pero los libros y, en especial, las novelas, guardan su encanto.
En los diálogos se resaltó a los predecesores, Alejo Carpentier y José Lezama Lima, Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti, Miguel Ángel Asturias, Augusto Roa Bastos, y los brasileños Joao Guimarães Rosa, autor de Grande Sertão Veredas, y Clarice Lispector. No habían formado parte de un movimiento específico, pero sin duda encarnaron a su tiempo la singularidad y el vigor de la expresión americana, y en el caso de los grandes cubanos, del mundo mágico del Caribe.
Al final, todos eran la misma voz del universo trasatlántico.
En el cónclave madrileño estuvo presente Jorge Luis Borges, como un gran boom personal e intemporal.
Como es obvio, El Canon del Boom celebró a sus protagonistas, el propio Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Guillermo Cabrera Infante, José Donoso. De los papeles que he tenido ocasión de leer resaltaré la conferencia del español J. M. Caballero Bonald, "La literatura que cambió el español". Un largo y erudito recorrido desde los orígenes.
Ojalá tengamos ocasión de conocer el conjunto, porque no cabe duda de que puede considerarse una jornada clave en el proceso de las letras del reino de este mundo. Si allí estuvo presente Borges, también se ensalzó la figura del chileno Roberto Bolaño, muerto muy joven, y quien reiteró como tantos otros (ahora) que el boom no había sido un fenómeno transitorio, sino que la novela era una expresión latinoamericana y permanente.
De las muchas intervenciones de Mario Vargas Llosa una me parece especialmente pertinente para los efectos de esta nota. Dijo Mario: "Desde luego que no: fue un reconocimiento de que América Latina no sólo producía dictadores o el mambo, sino también una literatura que aportaba algo novedoso, original y creativo a la literatura moderna".
Cierto. Pero aquel era un mundo regional dominado por dictadores, en el Cono Sur, Chile, Argentina, Uruguay, Brasil, y en América Central. Y los dictadores militares obligaron a los escritores a refugiarse en España, Francia o Inglaterra. La democracia venezolana participó de manera especial en el boom.
En primer lugar, el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos fue ganado por figuras estelares del boom como Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes.
El Congreso de Literatura Hispanoamericana celebrado en la UCV simultáneamente con la entrega a Mario del Gallegos constituyó un encuentro de particular relieve. Aquí estuvieron las grandes figuras de las letras de ese oscuro momento de dictadores y sargentos, y no pocos vinieron de los países que les daban asilo, porque les estaba vedado vivir en los suyos.
Tengo mi método personal de reencontrarme con aquellos episodios, y de disfrutar en la lejanía del tiempo de las vivencias del boom. Lo hago a través de las páginas de la revista Imagen en donde aquellos jóvenes novelistas encontraron casa propia. Era una de las pocas revistas literarias de América Latina guiada por el pluralismo de las ideas y la libertad más irrestricta. Verba volant, scripta manent.
Abro y recorro Imagen (1967).
En la portada, un dibujo de Calder. Un largo ensayo de Julio Cortázar: "La situación de la novela". "Un hechicero maya en Londres", un texto de Vargas Llosa sobre Asturias, y otro, "Carlos Fuentes en Londres".
Notas para un panorama de la novela en América Latina: El siglo de las luces por Guillermo Sucre; Zona sagrada por Jaime López Sanz; Los pequeños seres por Francisco Pérez Perdomo; Rayuela por Julieta Fombona; La casa verde por Rafael Pineda; La mala hora por Antonia Palacios; Juntacadáveres por Elisa Lerner; Gran Sertón: Veredas por Rodolfo Izaguirre; Casas muertas por Fernando Paz Castillo; José Trigo por María Josefina Tejera; Tres tristes tigres por Esdras Parra; Sobre héroes y tumbas por Baica Dávalos, Los burgueses por Jesús Alberto León. Leo las entrevistas a Onetti, García Márquez, Fernando Alegría y el ensayo "El mundo mágico de Fuentes" de Emir Rodríguez Monegal. Repaso la larga conversación de Mary Ferrero con Mario Vargas Llosa, ya ganador del Gallegos. Repaso las biblias del boom: Los nuestros de Luis Harss y Narradores de esta América de Emir. Valió la pena vivir esos tiempos. Vale la pena revivirlos.

Ilustración: Manolo Millares.

viernes, 14 de septiembre de 2012

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Gloria Stolk. "Aire libre: El otro eclipse". El Nacional, Caracas, 23/10/77.
- Elio Gómez Grillo. "El Plan Unión". El Nacional, 04/04/81.
- ElíasRodríguez. "Programas de gobierno". El Nacional,  31/05/78.
- Alexis Márquez Rodríguez. "Ratón de biblioteca: Se acabó el boom". El Nacional, 30/10/82.
- Eduardo López Pérez. "La muerte del Quinto Plan". Tribuna Popular, Caracas, 18/03/77.

Fotografía: Martín y Trina Pérez de Vegas. Resumen, Caracas,nr.1 del 11/11/73.

lunes, 25 de octubre de 2010

literae


EL NACIONAL - Domingo 24 de Octubre de 2010 Siete Días/6
Aquel de entre los sabios alquimistas
Vargas Llosa se presentó desde el principio como un meticuloso escritor realista, heredero del viejo Flaubert
SERGIO RAMÍREZ


Para los tiempos del boom en los años sesenta yo era un aprendiz de escritor que tuvo la suerte de tener maestros a mano, y para mí esos maestros fueron cuatro: Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. La lista es obvia para todos porque ya se volvió mítica de tanto repetirla, pero si hablo de mis años de formación se vuelve insoslayable mencionarlos. Modelos ideales, todos eran jóvenes, todos eran mundanos, casi todos habían vivido malos tiempos en París, y en literatura eran unos sabios alquimistas que habían encontrado la piedra filosofal y escribían de manera diferente de como estábamos acostumbrados a leer a los escritores latinoamericanos tradicionales, en tiempos en que tanto Borges como Rulfo eran figuras de culto, y por tanto de minorías, y de Lezama Lima aún no se sabía nada.

Gracias a la piedra filosofal, esos cuatro tuvieron el poder de modernizar de un solo golpe la literatura en lengua castellana. Este fenómeno lo lograron después de poner en la redoma y trasmutar la ya vieja y olvidada literatura universal de vanguardia del siglo XX, que García Márquez leía en traducciones que le llegaban de Buenos Aires, pero los otros lo hacían en su idioma original. Eran libros de Joyce, Virginia Wolf, Faulkner, entre otros, para no hacer la lista larga.

García Márquez llegó hasta los confines de las barberías con Cien años de soledad porque contaba fábulas de principio a fin, enseñando que la maravilla no sólo era posible, sino real, y que pertenecía a lo cotidiano; pero Vargas Llosa se presentó desde el principio como un meticuloso escritor realista, heredero del viejo Flaubert fanático de las exactitudes, que para contar mentiras tenía que ser fiel a la verdad, o sea, a la verosimilitud.

La ciudad y los perros (1962), con toda su carga autobiográfica, no fue un libro para entretenerse mientras uno esperaba el turno de pasar por las manos del peluquero.

Estaba armado como un mecano, con base en piezas que iban a buscar su lugar en la cabeza del lector gracias a correspondencias exactas, una lectura que podía parecer para iniciados, para escritores en ciernes que querían averiguar cómo estaban dadas las puntadas y volteaban la costura al revés, que es lo que yo hice entonces con ese libro, desarmarlo como un niño que prueba a meterse en las entrañas del juguete.

La ciudad y los perros revela la Lima horrible de la que hablaba Salazar Bondy, vista por un cadete adolescente sometido a los rigores de la disciplina militar del colegio Leoncio Prado. Un libro que sufrió en su momento el obligado auto de fe de las obras que conspiran contra la santidad de las instituciones al ser quemado, y puede pasar por una novela urbana, territorio en el que Fuentes había entrado de lleno pocos años atrás con su novela, también primeriza, La región más transparente.

Pero en La casa verde (1966), Vargas Llosa regresa al territorio tradicional de los escritores latinoamericanos de la primera mitad del siglo, que definieron la escritura por espacios geográficos, como si la novela, hija de la naturaleza, fuera la geografía misma, la pampa, la cordillera, la selva, el desierto. La casa verde se construye en dos de esos territorios, el desierto y la selva: del poblado de Piura, en la costa norte peruana, a Santa María de Nieva, en la selva amazónica, y no falta el río infinito por el que el bandido Fushía, enfermo de lepra, navega hacia su muerte.

Igual que en La ciudad y los perros, la novedad está en la manera en que se cuenta, en el lenguaje, en la tesitura de los diálogos que entrelazan historias que corresponden a tiempos distintos. El procedimiento crea el misterio. Y la naturaleza será siempre personaje como antes, pero la desafían los otros personajes de carne y hueso, militares licenciosos de bajo rango, prostitutas, contrabandistas y aventureros, como en La vorágine de José Eustasio Rivera, de tantos años atrás. Una herencia transformada.

Ya Rubén Darío decía que no era un escritor para las masas pero que indefectiblemente iría hacia ellas, y lo probó, como Vargas Llosa lo probó también en menos tiempo aún: un joven escritor ambicioso que pronto se largó con una novela voluminosa, editada en dos tomos, que fue Conversación en la catedral (1969), ahora sí, una novela del territorio urbano de Lima, en la que el juego de tiempos y espacios, más complejo aún, funciona como el mecanismo de una complicada relojería que seduce y encanta; porque por mucho que sea el artificio, lo que el novelista está contando es la historia real de Perú, un país en desgracia, la fábula que no se despega del piso, una historia de la construcción del poder en la vida de personajes sórdidos como aquel Cayo Mierda, que anuncia, porque toda buena literatura termina siendo profética, a Vladimiro Montesinos.

Conversación en la catedral es, otra vez, como antes lo fue El señor presidente de Miguel Ángel Asturias, la novela de una dictadura, la dictadura sórdida del general Odría, pero otra vez es un asunto de la novedad del lenguaje y de la manera entreverada de contar. La forma no se aparta nunca del fondo y corren de manera paralela, lo que en sus novelas sucesivas vendrá a definir todo un estilo, y a hacer de Vargas Llosa un clásico que puedo volver a leer con la novedosa ansiedad de la adolescencia. Porque como dice Ítalo Calvino, un clásico es el que tiene siempre algo nuevo que enseñar.


Ilustración: Ugo (El Nacional, Caracas, 25/10/10)

lunes, 11 de octubre de 2010

tema para variaciones (2)


Breve nota
Luis Barragán


La ligadura de Gabriel García Márquez con la Venezuela que domicilió en los cincuenta, no ha sido la misma de Mario Vargas Llosa, quien nunca lo hizo, pero aún la habita desde el extranjero. Ha sido una viva y constante preocupación por nuestra suerte, sentida desde un primer momento cuando lo veíamos de lejos, asediado por las grandes y menores personalidades, al autografiar ejemplares en la vieja librería “Lectura” de planta baja del otrora distante y ahora caraqueñísimo Centro Comercial Chacaíto, estación real del metro.

Faltando una próxima entrega, en la que quizá diga algo más, la primera de Juan Carlos Zapata (Tal Cual/Caracas, 10/10/10), ofrece una versión crematística del peruano-español que casi nos explicó como el hallazgo de El Dorado. Inferimos, le dimos un tratamiento de recolector dinerario que muy bien nos distrajo, según el reportaje. Sin embargo, el empaque luce engañoso, sin que pretendamos un denso ensayo sobre la remota relación del laureado escritor con la república gobernada por la Creole, empedernida y caprichosa agresora de la causa revolucionaria cubana.
Digamos de impresiones al recordar muy anteriores vistazos a la hemerografía del patio, considerada uno que otro apunte casualmente tenido a la mano. Se trataba nada más y nada menos que de la inauguración del suculento Premio Internacional Rómulo Gallegos, vigoroso punzador de un imaginario disuelto en medio de las bonanzas petroleras.

Suponemos que los cuadros pensantes principalmente ganados para la revolución marxista-leninista, lenta y penosamente derrotados frente a los cuadros militares ya vencidos en las montañas, conocían y celebraban a Vargas Llosa por el obvio oficio lector, los afanes político-propagandísticos y el consabido “boom”. Abierta la senda de las innovaciones literarias, el gran público venezolano se acercaba con curiosidad a un candidato peruano al Premio Gallegos (como se aprecia en la revista Momento/Caracas, 16/07/67), ganador del Premio Biblioteca Breve de Novela Seix-Barral (1962), como después lo fue – y festejamos el de - Adriano González León (1968).

Temido por el discurso que daría en el acto de entrega del Gallegos, inasistente el presidente Leoni, los más informados colocaron sus acentos en la gran prensa, naturalmente ganada por el terremoto reciente: “La casa verde” y el idioma (El Nacional/Caracas, 01/08/67), Luis Serrano y la técnica de la novela de caballería en el título ganador (ibídem, 02/08/67), el trazo de RAS y la entrevista de Miyó Vestrini al autor (ibid., 03/08/67), las puntualizaciones de Germán Arciniegas y Sanín (06 y 07/08), o Vargas Llosa y el cine según Augusto Germán Orihuela (11/08/). Enorme contraste con el presente, en el que – por cierto – raras veces halla el polémico novelista a un periodista de calibre que vaya más allá de la lectura apresurada de un artículo, con anterioridad la recepción de Vargas Llosa daba ocasión para internarse en la complejidad de las corrientes literarias más recientes, intentando aprehenderlo con mayor seguridad y confianza.

Posterior, caso Heberto Padilla aparte, con las consecuencias políticas e ideológicas correspondientes, el gran público daría cuenta de la actualización de las escuelas o departamentos de letras, castellñno y literatura de universidades e institutos pedagógicos, gracias al impacto del Gallegos y la conocida elocuencia del ganador. Quizá en el terreno de la historia de las ideas, específicamente en el de las letras, mutando el propagandista político que fue, es una tarea pendiente de considerar.