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sábado, 29 de abril de 2017

JAMÁS FUE PACÍFICA

De uno a otro gas
Luis Barragàn


Las más recientes jornadas represivas, con un lamentable saldo de muertos y malheridos, no constituyen la curiosa novedad deseada por los voceros del gobierno, sumergidos en el detergente que no logra quitar la sangre de sus manos.  De alguna manera, el discurso oficial pudo soslayar las consecuencias generadas por el oleaje represivo de su masiva rabia en 2014, neutralizadas las numerosas faenas de años anteriores.

Apenas instalado en régimen, no por casualidad, el mismo desde 1999, cercó la sede del otrora Congreso de la República, importándole un bledo que senadores y diputados hubiesen emergido de las urnas electorales meses atrás. Todavía recordamos una de las tantas faenas, compartiendo el gas mostaza y los golpes con Carlos Moros Ghersi, ya de edad avanzada, o el coraje que, por siempre, ha exhibido Roberto Campos, bajo una lluvia de proyectiles de los que después se sabían si eran de pólvora pura, perdigones o lacrimógenos.

El gas mostaza de entonces, teñía las calles del centro histórico de Caracas con el ruidoso respaldo de los llamados Guerreros de La Vega, motorizados empistolados que lucen como los tempranos precursores de los llamados círculos bolivarianos y colectivos armados. Deslumbrada y confundida la opinión pública por la promesa constituyente, la que se concretó en una asamblea de una portentosa sobrerrepresentación gubernamental, dejó pasar aquellos eventos inaugurales de un régimen caracterizado por el audaz cinismo de una vocería que no teme a la justicia divina o terrenal.

En la esquina de San Francisco, camino  a la sede legislativa desde las oficinas administrativas, dizque pintores, solía agruparse un número escasos pero bullicioso de los partidarios de  Chàvez Frìas, cuya única labor era la de provocar a los parlamentarios y demás dirigentes de la oposición. De la agresión verbal no pocas veces se pasó a la física, asumidas como una suerte de divertimento que procurara el fortuito reconocimiento de un dignatario del novísimo gobierno. Sin embargo, en su acepción ordinaria, se levantó descomunal el mito de una transición pacífica.

Incluso, iniciando el camino de su ascenso burocrático como nunca lo pensaron sus rivales más cercanos, provenientes de la academia, el hoy embajador venezolano ante la OEA, Samuel Moncada, suscribió unas notas intituladas “Poder Legislativo: pasado, presente y futuro” (Comisión Legislativa Nacional, Caracas, 2000).  Referí el intrépido historiador: “No deja de ser un mérito que el sistema parlamentario punto-fijista murió sin violencia y por la voluntad popular.  Este mérito es compartido tanto por los vencedores como por los vencidos”.

La mentira comenzaba a edificarse, aunque ya se asomaban los signos del descontento que fueron abortados dramáticamente dos años más tarde. La destrucción del Congreso supo de una violencia administrada con saña, paciente y artera en resguardo delas meras formalidades. Y, al mismo tiempo, la asamblea constituyente resultó tempranamente secuestrada por la directiva en línea directa con Miraflores. Por supuesto, hubo la candidez de ciertos sectores de la oposición, añadidos los más importantes medios de comunicación que posteriormente fueron facturados, en un rápido contraste con aquellos que la sola y básica formación política e ideológica, por llamarlo así, impidió que mordieran el anzuelo.

Los gases de un angustioso presente, licuados con una intención homicida que cada vez se hace más evidente  para intentar frenar la protesta irrefutablemente popular, tienen por origen aquellos que cundieron la sede legislativa y sus alrededores por enero y febrero de 1999, abriendo las puertas a un precipicio histórico. Lo más importante, por entonces, era también decapitar a los elencos políticos y parlamentarios quizá – salvando las diferencias – con el mismo empeño que la generación animada por el Congreso de 1811, decapitada al caer la Primera Repùblica, por cierto, una denominación de entero cuño historiográfico.
Ilustración: Alberto Castro Leñero.


30/04/2017:

jueves, 4 de febrero de 2016

ENSAYOS PARCIALES


Una Asamblea bajo asedio
Luis Barragán

Días atrás, asistimos a la sesión de la Comisión Permanente de Política Exterior que abordó inicialmente el problema esequibano, compartiendo la presentación de las metas que los diputados adscritos se proponen cumplir este año. Nos llamó la atención el reparo que hizo la bancada oficialista respecto a lo que entendió como “propaganda” y que, a nuestro juicio, constituían expresiones legítimas y – sobre todo – razonables de un plan pendiente de aprobación.

Sencillamente -  inferimos -  no constituye propaganda la tonelada de consignas que anegó a la Asamblea Nacional en el pasado período constitucional, pero sí lo es el enunciado de objetivos susceptibles de argumentar, inspirado por la propia Constitución. Todo esto zanja una diferencia entre la necedad y la sensatez, inadvertido resultado de los todavía recientes comicios parlamentarios.

Diferencia notable al iniciarse los trabajos del novísimo parlamento, pues, bajo la conducción de la mayoritaria bancada democrática, el contenido y el estilo resultan contrastantes con el período anterior, convirtiendo la vieja sede en epicentro de la polémica pública por la sobriedad y profundidad de los planteamientos. Los que, por cierto, impotentes, no ha sabido de una contra-argumentación convincente, coherente y rotunda del oficialismo que todavía espera por el diligente vocero que lo logre y, mientras tanto, intenta o ensaya con otras incursiones temerarias que compensen todo el defecto.

A pesar de la aceptación de la actual correlación de fuerzas, protocolizada con el consenso que produjo el nombramiento de los miembros de Parlatino y Parlasur, el gobierno se resiste a los hechos. De pobrísima movilización de las huestes, ha asediado el Palacio Federal Legislativo con grupúsculos que ensayan la agresión verbal y física de los diputados opositores, por supuesto, en los días hábiles, y hasta ha estallado una que otra caja de las que llaman sonora, en sus alrededores, vomitando sendos panfletos atribuidos a una tal fuerza bolivariana armada o algo parecido.

A falta de argumentos, perdido el protagonismo de otros tiempos, fracasada la maquinaria publicitaria, pareciera que esperan por una respuesta cada vez más violenta de rechazo a una derrota electoral que, todavía incomprendida, mira con nostalgia a aquellos Guerreros de La Vega que concursaron decididamente en los ataques sistemáticos a los senadores y diputados de 1999 que, además, llegado el momento, eran secuestrados o no podían acudir puntualmente a su natural lugar de trabajo. Tratamos ahora de un asedio más o menos tenue, quizá bajo el obligado cálculo del costo político que pueda representar.

01/02/2016