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lunes, 15 de abril de 2019

EL CABRERAZO

De la lumpen-represión
Luis Barragán


Uno de los rasgos más acusados de la masiva represión de 2017, impreso en la memoria que no ha de desaparecer, fue y es todavía el de los actos vandálicos de las fuerzas represivas.  Cualquier ocasión se hizo y hace propicia para robarle, antes de la consabida zarandeada, las pertenencias personales a una víctima – preferiblemente solitaria – asediada por un número desproporcionado de agentes y armas.

Lumpen-proletarizado el país por la dictadura socialista, nada extraña el fenómeno recurrente ante la resistencia de una ciudadanía decidida a no aceptarlo y, menos, asimilarlo.  La cultura del saqueo opera desde un taquillero que inventa un requisito adicional para el trámite de un documento, pasando por el policía que persigue y atrapa al ladrón para desvalijarlo, hasta llegar a la industria petrolera, quebrándola literalmente.

En febrero próximo pasado, los parlamentarios hicimos una penosa, larga y peligrosa travesía hacia el Táchira de la cual, abundantemente, se ocuparon los medios. El propósito no es el de volver al consabido relato, sino el de reparar en un detalle ocurrido en el túnel de La Cabrera que no deseamos perder en el copioso bosque de los testimonios.

La Guardia Nacional trató de impedir el paso de los diputados y fueron varias  las escaramuzas  libradas, aunque – en una de ellas – observamos la particular lidia del diputado Arnoldo Benítez y de la Lic. Roselina Rosales, asistente del diputado Cheo Hernández, contra efectivos un poco más enfurecidos que intentaban atravesar un tubo de barrera. Caldeados al extremo los ánimos, observamos que la periodista insistió aguerridamente con un soldado que le había – simplemente – arrebatado el móvil celular.

Alguien, muy gentilmente, nos hizo llegar un par de gráficas que muestran el momento de la lidia de Benítez y Rosales,  encontrándonos a su lado aunque la cámara no lo captara, y luego – todos en escena – bajo el estallido de los artefactos lacrimógenos, a la vez que se escucharon varios disparos.  Lejos de una crónica autorreferencial, nos importa dejar constancia del frustrado suceso  lumpen-vandálico, por llamarlo de alguna manera, pues, persistente, Roselina logró recuperar su costoso aparato que, por cierto, luego perdió – como todos – en el asalto de un comando armado que nos tuvo secuestrados por tres horas aproximadamente, al pasar las unidades autobuseras el puesto de  Peracal, ya en tierra andina.

15/04/2019:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/34708-barragan-l

sábado, 10 de junio de 2017

RAMAS SECAS



Lumpen-represión

Luis Barragán

Modalidad que viene de los tiempos precolombinos y de la conquista,  impensable para Miranda, recrudecida por Boves, frecuente en la lucha independentista, naturalizada por toda guerra y escaramuza civil hasta la victoria de Gómez en Ciudad Bolívar, por 1903, reaparece versionada en el siglo XXI. Actúa el Estado orgulloso de sus desmanes frente a toda disidencia,  concediéndole una patente de corso a la variedad insospechada de sus represores.

La suspensión indolente, repentina e indefinida del servicio eléctrico, agua o aseo a las urbanizaciones que pueden extender y extienden la protesta ciudadana a las barriadas populares, bajo el control del hampa organizada que necesita del auxilio de la GNB más que de la PNB para contenerlas, se une al acto delictivo, individual o colectivo, contra todo aquél que ofrezca el más ligero pretexto para el inmediato despojo de sus pertenencias personales. Partícipe o no de los actos de protesta, la indefensa persona es perseguida, rodeada y atacada por los muy armados efectivos que convierten el pretendido escarmiento en una celebración del pillaje, proveyéndolos de móviles celulares, prendas, dinero en efectivo, tarjetas bancarias, el momento lascivo y, ojalá que no ocurra nunca, hasta  la posibilidad del abuso sexual.

Frecuente y subrepticiamente documentado por la videociudadanía que, temerosa, duda en divulgar sus arriesgadas tomas, intuyendo una posible planimetría del acto vandálico, la práctica se ha generalizado en los cuerpos represivos que pugnan por una macabra y caprichosa compensación de sus esfuerzos. Así, el raterismo sin precedentes en la Venezuela contemporánea que convierte las faenas de opresión en toda una experiencia y realización lumpen-proletaria, retribuye a sus agentes con un botín de guerra explícita o implícitamente autorizado, desde el instante en el que llega un contingente a la autopista para quitarles los zapatos a las personas, acaso rifándose las mejores piezas, se apropian de los costosos equipos de periodistas harto acreditados, o literal y preferiblemente cazan a una mujer de vistosos zarcillos: por cierto, no constituye mejoría alguna que, distinto a los consabidos grupo de paramilitares, el efectivo de la GNB tome una cámara de grabación para estrellarla contra el pavimento, lanzándola desde un puente.

Además, se sospecha del deliberado atravesamiento e incendio de grandes autobuses oficiales, tratando de inculpar a la oposición. Ésta costosa manera de invertir los recursos públicos, quizá lleva al funcionario más avisado a intentar un desvalijamiento preventivo de la unidad, pues, lo sabe, la fogata suele tragarse piezas de muy buena cotización en el mercado.

El exceso represivo, alcanzando tan deplorables características, cuenta con la ventajosa mudez de los más altos funcionarios y hasta una posterior reinvención de los hechos de agravarse la difusión de alguna toma fotográfica o videográfica. Un ejemplo nada marcial del retroceso experimentado, la tal constituyente dirá darle una prestancia que por ninguna parte tiene a la modalidad revolucionaria.

Fotografía: LB, El Cafetal (08/06/17). 

11/06/2017: