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sábado, 14 de abril de 2018

ESTÉTICA DEL DESCARO

Del niño que vino y se fue del mismo país
Luis Barragán


El pasado martes 10 de los corrientes, fue un día duro y penoso. Antes de acudir a la sesión parlamentaria e intentar que se debatiera la solicitud hecha por el legítimo Tribunal Supremo de Justicia para enjuiciar a Nicolás Maduro, acudimos a la funeraria del Hospital Militar para dar testimonio de solidaridad por el trágico deceso del menor hijo de una integrante del servicio médico del Palacio Legislativo.

Todavía incomprensible, el niño se ahorcó y, sobrepasando los límites de la póliza, sus familiares hicieron un extraordinario esfuerzo para sufragar los gastos del sepelio. Puede decirse, moderándonos con los detalles del doloroso caso, que el escolar vino y se marchó de un país que sus padres y muy numerosas generaciones atrás, jamás conocieron o sospecharon.

Después, coincidiendo con uno de los fotógrafos de la Asamblea Nacional, decimos caminar hacia el centro histórico de la ciudad para cumplir con nuestras obligaciones laborales, pues, fue imposible tomar el transporte público, el subterráneo o el de superficie, como ya es lógico en la trama urbana. Bajando por las instalaciones hospitalarias, nos detuvimos por un momento y logramos la gráfica de un mural relacionado con Chávez Frías, un poco más meritorio que el grafiterismo deliberado y masivo que él mismo ordenó, saturando todas los caseríos, pueblos y ciudades del hastío que el sucesor ha consagrado.

Ya en la avenida San Martín, un poco más delante del otrora INCE, aún enrejado el acceso de lo que supusimos una dependencia oficial, descubrimos otro mural en el que un niño – así es, un niño – repite el gesto violento y emblemático del socialismo del siglo XXI, con vestimenta militar y en trance de golpear con un puño la palma abierta de otra mano. Por más hipótesis que nos desbordaran silenciosamente en la funeraria, sintetizando una respuesta necesaria, es el país al que vino y del que prematuramente se fue el hijo de una abnegada enfermera que, faltando poco, ha sufrido los embates de la agresión oficialista en la sede parlamentaria.

Siempre nos inquietó ver los fragmentos de las estatuas de Antonio Guzmán Blanco, “El saludante” y “El manganzón”, en el Museo Boulton de la ciudad capital, pues, asegurábamos, debieron quedar en pie como recordatorio de su prolongado dominio en el siglo XIX, al igual que la reflexión suscitada por el inmediato desmantelamiento de las esculturas alusivas en la Rusia del derrumbe soviético, como lo ejemplifican algunas escenas de la película “Good Bye, Lenin!” de Wolfgang Becker (2003). Ahora, comprendemos a cabalidad la necesidad y la razón terapéuticas de borrar todo vestigio de las dictaduras que, al burlarse de sus víctimas, nunca dejaron de publicitarse, emplear una intensa y perversa pedagogía, y de profundizar en la pretendida  religiosidad de sus desmanes.

Mayoritariamente huérfanos de alguna novedad o mérito estético, nada asombrará el activo y espontáneo desprecio hacia los murales de un oficialismo que se ofende cuando es atacada una que otra escultura alusiva al barinés, como si él mismo no ´consintió el impune derribo de la tradicional pieza de Colón hacia Plaza Venezuela, aun tratándose de una obra pública. Por ello, creemos, estamos a tiempo de salvar la memoria de lo que fue y ha sido este régimen que tarifó todas las paredes y rincones del país con su brochazo de indignidades, por lo que luce indispensable fotografiarlos y orbitarlos en las redes antes que la rabia les dé alcance.

Mueren prematuramente muchos inocentes en la Venezuela actual, más de lo que se sabe a través de los medios. Dios acoja en su Santa Gloria al muchacho que, apenas, por instantes, se supo venezolano.

Fotografías: LB (Caracas, 10/04/2018): Murales del Hospital Militar y de la Avenida San Martín.

16/04/2018:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/32395-barragan-

martes, 7 de julio de 2015

ANTAÑO Y HOGAÑO

Conspicuo desorden
Luis Barragán


Atriles inevitables, los muros de ciudades, pueblos y caseríos, reflejan y explican fielmente al régimen cual asiento notarial. Nos valemos de una pared como ejemplo, entre las miles del país, que escuda a un supuesto centro de deportes extremos del oeste caraqueño, cuya precariedad únicamente lo destaca  como el farallón publicitario para la hábil supervivencia de sus administradores, pues, el constante reclamo de su adhesión gubernamental lleva a Chávez Frías a empuñar una patineta ya de imposible importación y masificación entre la muchachada aficionada al atrevido deslizamiento con sus insólitas piruetas.

Muro de una ilimitada espontaneidad, desafiando el trazo más solemne de los propagandistas de oficio, ha soportado infinitas capas de pintura que, endurecidas, sospechamos lo sostienen: quizá con seis meses de duración, saturado por otros pequeños motivos gráficos del ocio rutinario,  la última edición – digamos – publicitó los delitos políticos del pasado ya remoto, resaltando a Lovera y a Pasquier; estampado por el lujoso afiche de las consabidas primarias del PSUV, sobrepuesto a la otra mano de la costosa pintura, es seguro borrador de nuevas ocurrencias; y, al pie, el árbol sobreviviente que rubrica la ajada acera presta a la condensación  y rebote del polvo y la suciedad licuados con tedio.  Estética del deterioro,  rinde fiel testimonio del desorden gubernamental que ni siquiera la sobria impresión de la Gaceta Oficial logra ocultar.

Bastará con otro ejemplo de los extravíos, como la emisión febril de dinero inorgánico que aguijonea la inflación, desabastecidos de los insumos básicos, o la tormentosa inseguridad personal que obviamente resalta las cifras de homicidios, enmascarando las lesiones físicas y psicológicas ya incontables de un hampa que goza de sendas armas de guerra.  La retórica fraudulenta, la tan predecible narrativa anti-imperialista, difícilmente esconde ese desorden inaudito y conspicuo  que no es otro que el moral.

Invertidos los valores,  pintoreteados de buenas e incumplidas intenciones, el reclamo estridente de libertad, paz, hermandad, honestidad, entre otros que agota el discurso oficial, se estrella contra la realidad de una censura, persecución y represión que ha dislocado la básica relación de premios y castigos, cuyo balance define también a una sociedad.  Hay conductas imposibles de investigar y someter al debate del país, por dolosos que sean los manejos de las autoridades públicas y casos como el del Banco de Andorra – supuestamente olvidado – y la restante acumulación delictiva de divisas exportadas y depositadas en el extranjero, por ejemplo, son intocables: lo peor es que basta el más tenue señalamiento hacia un funcionario de dudosas - y muy dudosas - actuaciones   para que inmediatamente ascienda en la jerarquía gubernamental, siendo celebrado un silencio que remitirá – presionándolos – a los jueces penales que el infortunio condena a dirimir las injurias, difamaciones o calumnias alegadas.

Poca duda cabe que la fácil prosperidad petrolera, acaparada por pocos, ha disparado todos los resortes de la ética y de la moral indispensables para la convivencia y existencia misma del país, pero ya son muchos los lustros en los que nos satura el doble discurso del poder, ejerciendo una pedagogía perversa de la mentira y de la simulación muy a lo siglo XXI, con la demoledora e intimidatoria maquinaria propagandística y publicitaria del Estado que realiza los antivalores.  Ciertamente, en la centuria pasada, como lo reporta una didáctica ilustración de Eneko (Economía Hoy, Caracas, 03/07/1989), había recrudecido la deshonestidad. Sin embargo, lejos de idealizar ese pasado, la sola vigencia de las libertades públicas garantizaba la discusión y la contención en torno a la descomposición de los valores; y, no es casual, la severa amenaza y privación de esas libertades, añadida la insana pretensión de los gobernantes atornillados por más de década década y media, ha agravado o exacerbado lo que – antaño – fue un dolor estomacal y – hogaño – un cáncer.

Fotografía:
- El muro en cuestión (Caracas, 30/06/2015).
Ilustración:
- Eneko. Economía Hoy, Caracas, 03/07/1989.
Fuente:
http://www.diariocontraste.com/caracas-el-deterioro-ilimitado-por-luis-barragan-luisbarraganj/