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sábado, 4 de julio de 2015
viernes, 14 de noviembre de 2014
TIMBRES
Filatélicamente, suyo
Ox Armand
Es de suponer que la colección de estampillas postales es una necedad en la era de los correos electrónicos. Atrás quedan los viejos afanes, incluyendo una extensa bibliografía alusiva al tema. No olvidemos que, antaño, era frecuente una sección especializada en periódicos y revistas para una afición que, inadvertidamente, trepaba la especialización por las características técnicas, edición, diseño, motivo, corte, tinta, dimensión y hasta oportunidad de los sellos que adquirieron una alta cotización por sus errores. Pero también vale la suposición de los altos precios que la práctica “prehistórica” tiene, cuando es poca la atención que el gran público le dispensa. Alguien dirá que las leyes de la economía se imponen y el ejercicio sagaz del anticuario conquista una relevante importancia en países de reconocido desarrollo tecnológico.
En nuestro país de una interconectividad tan precaria, el correo postal está olvidado. E, incluso, injustificadamente, habrá quien clame por la liquidación de IPOSTEL y la aparente deslegitimación de la correspondencia y de los bultos intercambiados por el sector privado. La edición de las estampillas, a objeto de reforzar el ánimo de la burocracia respectiva, tiene por privilegiado motivo a Chávez Frías, sin que – por ahora – sepamos que el sucesor diligencie un propio sello. La cada vez más escasa correspondencia, transportada por avión y ya ni siquiera personalmente entregada por el cartero, un oficio extrañísimo y hasta del costumbrismo rural, se dirá, frente al impactantemente urbano de los días que corren, relega a la filatelia al rincón del desprecio por lo exótico que a las nuevas generaciones puede parecerle, si se entera del asunto. Sin dudas, de haber gozado IPOSTEL de una mayor importancia politica y presupuestaria, sus directivos serían grandes figuras nacionales con la sola edición de estampillas chavo-maduristas. Cosa que no ha ocurrido ni ocurrirá. Mientras tanto, ese trocito de papel engominado queda, como el Correo de Carmelitas, como un gracioso dato costumbrista y, quien sabe, como una posibilidad de los grandes coleccionistas foráneos.
Reproducción: Élite, Caracas, nr. 583 del 14/11/1936.
Ox Armand
Es de suponer que la colección de estampillas postales es una necedad en la era de los correos electrónicos. Atrás quedan los viejos afanes, incluyendo una extensa bibliografía alusiva al tema. No olvidemos que, antaño, era frecuente una sección especializada en periódicos y revistas para una afición que, inadvertidamente, trepaba la especialización por las características técnicas, edición, diseño, motivo, corte, tinta, dimensión y hasta oportunidad de los sellos que adquirieron una alta cotización por sus errores. Pero también vale la suposición de los altos precios que la práctica “prehistórica” tiene, cuando es poca la atención que el gran público le dispensa. Alguien dirá que las leyes de la economía se imponen y el ejercicio sagaz del anticuario conquista una relevante importancia en países de reconocido desarrollo tecnológico.
En nuestro país de una interconectividad tan precaria, el correo postal está olvidado. E, incluso, injustificadamente, habrá quien clame por la liquidación de IPOSTEL y la aparente deslegitimación de la correspondencia y de los bultos intercambiados por el sector privado. La edición de las estampillas, a objeto de reforzar el ánimo de la burocracia respectiva, tiene por privilegiado motivo a Chávez Frías, sin que – por ahora – sepamos que el sucesor diligencie un propio sello. La cada vez más escasa correspondencia, transportada por avión y ya ni siquiera personalmente entregada por el cartero, un oficio extrañísimo y hasta del costumbrismo rural, se dirá, frente al impactantemente urbano de los días que corren, relega a la filatelia al rincón del desprecio por lo exótico que a las nuevas generaciones puede parecerle, si se entera del asunto. Sin dudas, de haber gozado IPOSTEL de una mayor importancia politica y presupuestaria, sus directivos serían grandes figuras nacionales con la sola edición de estampillas chavo-maduristas. Cosa que no ha ocurrido ni ocurrirá. Mientras tanto, ese trocito de papel engominado queda, como el Correo de Carmelitas, como un gracioso dato costumbrista y, quien sabe, como una posibilidad de los grandes coleccionistas foráneos.
Reproducción: Élite, Caracas, nr. 583 del 14/11/1936.
domingo, 20 de julio de 2014
N DESTINATARIOS
Correo postal
Luis Barragán
Hay teóricos de cafetín que celebran la presunta pérdida de los envíos postales, proclamando el uso constante de sus correos electrónicos y demás servicios afines. A pesar del retraso que ya exhibimos en materia tecnológica, encareciéndose – sobre todo – los equipos portátiles, no se explican la vida misma sin el relacionamiento virtual, por cierto, harto temeroso de sus implicaciones en el mundo real.
El intercambio manuscrito de cartas, a veces, efímeramente aromatizadas, ha sufrido una dramática reducción. El cartero es un antiquísimo recuerdo que ya no encuentra equivalente, ni siquiera en el cobrador de los artefactos electrodomésticos que frecuentaba el vecindario del último rincón del país, excepto el instalador de la televisión por suscripción.
Lejos de acabarse, se ha incrementado el envío de los bultos postales por obra de la empresa privada que llega hasta donde no puede el incompetente Estado venezolano. El tarjetahabiente inadvertidamente contrata el servicio, aunque su solicitud y pago lo haga a través de la red de redes, así de simple.
Lo peor que también podría ocurrir es, precisamente, una ocurrencia: la de estatizar todas esas empresas que hacen el trabajo que el Estado no puede encarar, como mínimamente lo hacía década y media atrás. Valdrá cualquier pretexto imputado a uno de los tomos escritos por Marx o a algún folleto inspirado de Lenin.
De IPOSTEL poco a nada se sabe, excepto dos datos: uno, la remodelación de la fachada de la histórica sede de Carmelitas, convertida en un cascarón – obviamente - vacío. El otro, que apenas cuenta con 91 oficinas de 335 municipios que hay en el país, revelado hace dos años aproximadamente por el PSUV, cuando – peculado de uso por delante – activó los buzones dizque para una consulta nacional.
Extrañarán sus servicios los filatelistas correspondientes, se dirá burlonamente a pesar de trastocarnos en simples espectadores de los adelantos tecnológicos en otros países, inadvertidamente. Y, sin embargo, esos adelantos no prescinde del intercambio físico de objetos.
Por lo demás, priva la desconfianza hacia los servicios oficiales. Entre nosotros, la inviolabilidad de la correspondencia es un hallazgo viejo, lejano y ajeno de la doctrina constitucional.
Fuente: http://opinionynoticias.com/opinionnacional/20003-del-correo-postal
Luis Barragán
Hay teóricos de cafetín que celebran la presunta pérdida de los envíos postales, proclamando el uso constante de sus correos electrónicos y demás servicios afines. A pesar del retraso que ya exhibimos en materia tecnológica, encareciéndose – sobre todo – los equipos portátiles, no se explican la vida misma sin el relacionamiento virtual, por cierto, harto temeroso de sus implicaciones en el mundo real.
El intercambio manuscrito de cartas, a veces, efímeramente aromatizadas, ha sufrido una dramática reducción. El cartero es un antiquísimo recuerdo que ya no encuentra equivalente, ni siquiera en el cobrador de los artefactos electrodomésticos que frecuentaba el vecindario del último rincón del país, excepto el instalador de la televisión por suscripción.
Lejos de acabarse, se ha incrementado el envío de los bultos postales por obra de la empresa privada que llega hasta donde no puede el incompetente Estado venezolano. El tarjetahabiente inadvertidamente contrata el servicio, aunque su solicitud y pago lo haga a través de la red de redes, así de simple.
Lo peor que también podría ocurrir es, precisamente, una ocurrencia: la de estatizar todas esas empresas que hacen el trabajo que el Estado no puede encarar, como mínimamente lo hacía década y media atrás. Valdrá cualquier pretexto imputado a uno de los tomos escritos por Marx o a algún folleto inspirado de Lenin.
De IPOSTEL poco a nada se sabe, excepto dos datos: uno, la remodelación de la fachada de la histórica sede de Carmelitas, convertida en un cascarón – obviamente - vacío. El otro, que apenas cuenta con 91 oficinas de 335 municipios que hay en el país, revelado hace dos años aproximadamente por el PSUV, cuando – peculado de uso por delante – activó los buzones dizque para una consulta nacional.
Extrañarán sus servicios los filatelistas correspondientes, se dirá burlonamente a pesar de trastocarnos en simples espectadores de los adelantos tecnológicos en otros países, inadvertidamente. Y, sin embargo, esos adelantos no prescinde del intercambio físico de objetos.
Por lo demás, priva la desconfianza hacia los servicios oficiales. Entre nosotros, la inviolabilidad de la correspondencia es un hallazgo viejo, lejano y ajeno de la doctrina constitucional.
Fuente: http://opinionynoticias.com/opinionnacional/20003-del-correo-postal
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lunes, 19 de noviembre de 2012
ESCRIBEN, PORQUE NO TIENEN QUIEN LES ESCRIBAN
La sucursal postal del PSUV
Luis Barragán
El intenso, instantáneo y personal intercambio electrónico, ha dejado presuntamente atrás el postal y telegráfico La propia estampa del repartidor de abultadas cartas y sucintos mensajes, con su penoso y largo recorrido por calles y callejuelas, convertida la filatelia en una afición de anticuarios, ha desaparecido del imaginario social. Empero, la realidad resulta engañosa.
El despacho físico de correspondencia, incluyendo la entrega circulante y su emblemático motorizado, la ha asumido el sector privado de la economía ante el evidente fracaso del Estado que prestó el servicio, acaso, como la mejor señal de su existencia. En un país de confusas e interesadas estadísticas, es demasiado evidente, por una parte, la escasa oferta del servicio público, prácticamente borradas las oficinas que otrora lo facilitaban en todo el territorio nacional; y, por otra, la sobrada desconfianza que ha generado en términos de privacidad, pues, ni el Estado mismo garantiza la inviolabilidad de la correspondencia convencional y virtual.
Nadie podrá argumentar sobre la universalidad del fenómeno, pues, otros países ejemplifican muy bien la eficacia y eficiencia en la prestación pública del servicio que, además de asegurar un ingreso por la venta de estampillas y el troquelamiento de los sobres y bultos, concita la sana competencia de los prestatarios privados. Y si bien es cierto que la telegrafía ha disminuido dramáticamente, no menos lo es que constituye un medio idóneo de notificación en los predios judiciales; o que la bancarización efectiva de la sociedad, inutilizando los necesarios y célebres giros postales de antes, obligó al perfeccionamiento de otras facetas que marcan una interesante evolución en diferentes latitudes, mientras acá sabemos de la insólito deterioro de una burocracia superviviente.
La reaparición del Instituto Postal-Telegráfico (Ipostel), en el firmamento periodístico del gobierno, no se debe a las bondades de un proceso de actualización profesional y consiguiente reconversión de sus actividades, con la finalidad de generar y ganar la confianza de los venezolanos, sino a la maléfica y descarada celebración de su definitiva adscripción como dependencia del PSUV. Un calificado vocero partidista ha anunciado la sorprendente implementación de sendos buzones en las propias oficinas de Ipostel, en todo el país, dizque para evacuar la consulta inherente a esa inmensa estafa política que llaman “debate constituyente” (¿y el debate de lo constituido?).
Además de revelar la hipotética existencia de 94 oficinas públicas en el país (17 de las cuales, caraqueñas), reconocida la precariedad del servicio respecto a una población que lo rebasa de largo, el anuncio y la disposición partidista apunta a la sonoridad inevitable del peculado de uso. Circunstancia sin precedentes en nuestro historial, trastocadas esas oficinas en sendos locales para escenificar el tal debate que deberán cumplimentar los mismos empleados de Ipostel, a menos que deseen arriesgar sus cargos, rifándolos ante el disgusto de sus (es) forzados movilizadores, lo peor es el anuncio que ha hecho el diputado Darío Vivas con absoluto desenfado (Ciudad Caracas, 16/11/12).
La abusiva actividad impuesta a Ipostel, cuya directiva reclamará toda la gratitud que haga posible su estabilidad, es una afrenta a la vieja tradición postal y telegráfica que llegó a sintetizar el meritorio cartero venezolano. Valga la coletilla, siquitrillándolas, nos permite recordar aquellas escenas de las novelas de John Dos Passos o Paul Auster, en las que el interesado postergaba telegráficamente la cita del almuerzo con una hora o menos de antelación; o, avanzada la noche, depositaba su pieza en un buzón receptor de correspondencia cercano a casa, en la multitudinaria Nueva York de principios del siglo XX o despuntando el XXI.
Ilustración: Bryce Hudson.
Luis Barragán
El intenso, instantáneo y personal intercambio electrónico, ha dejado presuntamente atrás el postal y telegráfico La propia estampa del repartidor de abultadas cartas y sucintos mensajes, con su penoso y largo recorrido por calles y callejuelas, convertida la filatelia en una afición de anticuarios, ha desaparecido del imaginario social. Empero, la realidad resulta engañosa.
El despacho físico de correspondencia, incluyendo la entrega circulante y su emblemático motorizado, la ha asumido el sector privado de la economía ante el evidente fracaso del Estado que prestó el servicio, acaso, como la mejor señal de su existencia. En un país de confusas e interesadas estadísticas, es demasiado evidente, por una parte, la escasa oferta del servicio público, prácticamente borradas las oficinas que otrora lo facilitaban en todo el territorio nacional; y, por otra, la sobrada desconfianza que ha generado en términos de privacidad, pues, ni el Estado mismo garantiza la inviolabilidad de la correspondencia convencional y virtual.
Nadie podrá argumentar sobre la universalidad del fenómeno, pues, otros países ejemplifican muy bien la eficacia y eficiencia en la prestación pública del servicio que, además de asegurar un ingreso por la venta de estampillas y el troquelamiento de los sobres y bultos, concita la sana competencia de los prestatarios privados. Y si bien es cierto que la telegrafía ha disminuido dramáticamente, no menos lo es que constituye un medio idóneo de notificación en los predios judiciales; o que la bancarización efectiva de la sociedad, inutilizando los necesarios y célebres giros postales de antes, obligó al perfeccionamiento de otras facetas que marcan una interesante evolución en diferentes latitudes, mientras acá sabemos de la insólito deterioro de una burocracia superviviente.
La reaparición del Instituto Postal-Telegráfico (Ipostel), en el firmamento periodístico del gobierno, no se debe a las bondades de un proceso de actualización profesional y consiguiente reconversión de sus actividades, con la finalidad de generar y ganar la confianza de los venezolanos, sino a la maléfica y descarada celebración de su definitiva adscripción como dependencia del PSUV. Un calificado vocero partidista ha anunciado la sorprendente implementación de sendos buzones en las propias oficinas de Ipostel, en todo el país, dizque para evacuar la consulta inherente a esa inmensa estafa política que llaman “debate constituyente” (¿y el debate de lo constituido?).
Además de revelar la hipotética existencia de 94 oficinas públicas en el país (17 de las cuales, caraqueñas), reconocida la precariedad del servicio respecto a una población que lo rebasa de largo, el anuncio y la disposición partidista apunta a la sonoridad inevitable del peculado de uso. Circunstancia sin precedentes en nuestro historial, trastocadas esas oficinas en sendos locales para escenificar el tal debate que deberán cumplimentar los mismos empleados de Ipostel, a menos que deseen arriesgar sus cargos, rifándolos ante el disgusto de sus (es) forzados movilizadores, lo peor es el anuncio que ha hecho el diputado Darío Vivas con absoluto desenfado (Ciudad Caracas, 16/11/12).
La abusiva actividad impuesta a Ipostel, cuya directiva reclamará toda la gratitud que haga posible su estabilidad, es una afrenta a la vieja tradición postal y telegráfica que llegó a sintetizar el meritorio cartero venezolano. Valga la coletilla, siquitrillándolas, nos permite recordar aquellas escenas de las novelas de John Dos Passos o Paul Auster, en las que el interesado postergaba telegráficamente la cita del almuerzo con una hora o menos de antelación; o, avanzada la noche, depositaba su pieza en un buzón receptor de correspondencia cercano a casa, en la multitudinaria Nueva York de principios del siglo XX o despuntando el XXI.
Ilustración: Bryce Hudson.
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