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jueves, 25 de diciembre de 2014

PINÁCULO EN LA SIMA

EL NACIONAL, Caracas, 4 de diciembre de 2014
La clase intelectual
Antonio López Ortega

Muy en el fondo de sus cavilaciones, la clase intelectual venezolana siempre se ha sentido lejos del país. Puede pensarlo, soñarlo, añorarlo, criticarlo, pero el crío siempre termina caminando hacia otro lado, buscando un horizonte agreste con gesto inconsciente. Digamos que esa correa de transmisión nunca ha funcionado: las ideas que se producen de un lado no llegan a la masa, y la masa inmadura tampoco busca guía o señales. Hay quien ha visto en ese hecho inconmovible el gran fracaso de nuestra educación, más que palpable en estos últimos años: ni el maestro goza de entusiasmo para departir conocimientos ni el joven alumno asimila nada distinto a imágenes dispares. Esa capacidad de sembrar valores en los jóvenes espíritus nunca ha sido tarea fácil, pero desde la Antigüedad griega los maestros eran verdaderas columnas de la sociedad, pues mientras transmitían las grandes verdades culturales también enseñaban a pensar. Hoy en día, sin embargo, en nuestro descoyuntado país, cualquier iniciativa instruccional se topa de inmediato con la ignorancia crasa. En términos generales, el pasado es una noción inexistente y el presente una especie de combustión instantánea.
Muchos de nuestros problemas, de nuestras taras, de nuestras inconsistencias, han sido develados durante muchos años por nuestra clase intelectual. Ahí están el retrato ominoso de Guzmán hecho por Ramón Díaz Sánchez, o la Comprensión de Venezuela de Mariano Picón Salas, o el Mensaje sin destino de Briceño Iragorry o los diarios carcelarios de Blanco Fombona. Nuestros grandes cuentistas se han encargado de desmenuzar nuestra realidad física y emotiva, hasta llegar a niveles insospechados. Y no se hable de nuestra gran poesía, capaz de atravesar la materia para dar cuenta de nuestra cosmovisión y afanes. Ese tesoro está allí, a la mano, pero nadie lo consulta, ni tampoco el gesto docente lo trae al salón de clases. Si así lo hiciéramos, veríamos que nuestra tragedia actual –minada por el caudillismo, el personalismo, el militarismo, el despotismo y la corrupción– se asemeja a retratos de época. Para un lector atento o instruido, los desmanes de hoy pueden ser los de ayer, calcados al pie de la letra en muchos casos. Ya hemos tenido grandes frescos literarios que nos han hablado del poder omnímodo y su rastro de sangre. De manera que esta película que nos quiere mostrar hombres nuevos y socialismos del siglo XXI, en verdad nos habla de hombres viejos, muy viejos, y de taras que se repiten. Vivimos en el reino de la regresión creyendo que conquistamos el futuro.
Los libros de nuestros intelectuales son señas de identidad indelebles o rastros que brillan en el vacío. Sus vidas se abocaron a construir sentido, significación, entendimiento y razón de ser, en la mayoría de los casos mucho más allá de nuestra clase política, por lo general inconsistente. Cualquier página de este legado coral, cualquier frase, le tapa la boca a las estupideces que a diario pronuncian nuestros llamados representantes, artífices del rebuzne. Esas páginas son nuestro consuelo, pero también nuestra tabla de salvación. Mirar hacia el futuro es reencontrarlas, pues no hay mapa mayor del país integral que ese legajo infinito de hojas macerado a través eza se entregaron a los otrosnf f ermedad, la c mapa mayodel paupideces que a adiario oos al pie de la letra en muchos casos de los siglos por venezolanos honorables. Vidas que desde el exilio, la enfermedad, la cárcel o la pobreza se entregaron a los otros. Vidas ejemplares sin saber que lo eran.

Fotografía: LB, 2014.

jueves, 2 de enero de 2014

SOLAMENTE ESCAMPA POR FUERA

EL ESPECTADOR, Bogotá, 28 de diciembre de 2013
El espantoso mundo en que vivimos
Héctor Abad Faciolince

Incapaz de comparar el mundo actual con el mundo de ayer, de sopesar lo ganado y lo perdido, su obsesión consiste en la crítica escandalizada, en el moralismo altivo, en el desprecio por cualquier progreso, por cualquier gusto o alegría, en la convicción de que no hay criatura más repugnante que el ser humano, ni lugar más inhóspito que la tierra.
El tipo de intelectual en el que estoy pensando es ese que se solaza en la cultura de la queja, y para el cual la sociedad contemporánea (especialmente la occidental) es una especie de invento del demonio: la cosa más grosera, burda e infernal que ha existido en toda la historia del mundo. Lo moderno, para él, es lo más violento, lo más agresivo, lo más explotador e injusto: una sociedad con la que tendríamos que arrasar para fundar otra sobre sus ruinas. Lo peor de esta perorata asqueada, de esta permanente indignación moral, es que esta supuesta “élite de la inteligencia” ha logrado convencer a millones de jóvenes —como denunciaba hace años Karl Popper— de que vivimos en el peor de los mundos que han existido. Cada vez encuentro con más frecuencia a jóvenes convencidos de que reproducirse es terrible, pues van a traer nuevos seres humanos solamente a sufrir. Y la mayoría de estos estériles voluntarios son, precisamente, los jóvenes que más han estudiado, es decir, aquellos que más han estado expuestos a la influencia nefasta de esa “intelligentsia” para la que los logros de la humanidad son una mentira.
Inmunes a toda crítica y a toda lógica, no les importa que uno muestre hechos innegables: comparar el mundo contemporáneo con un mundo sin anestesia, sin antibióticos y sin analgésicos (creen que en un mundo “natural” no habría enfermedades y los humanos vivirían 600 años, como los patriarcas de la Biblia). Decir que ha habido progreso moral desde los tiempos de la esclavitud (dicen que al esclavo de ayer se lo mimaba más que al obrero de hoy; a quienes dicen esto deberían marcarlos con un hierro candente). Demostrar con cifras que las expectativas de vida han aumentado exponencialmente en el último siglo solo les produce desprecio pues lo único que hemos logrado es que ahora haya más gente. Tampoco les parece importante que un pobre de hoy —en Colombia— reciba una atención médica mucho mejor que un rey del Renacimiento, ni que tenga mejor transporte, mejor abrigo y mejores zapatos. Que la mortalidad materno infantil —incluso entre la nobleza— era muchísimo más alta que la de los campesinos contemporáneos.
A estos intelectuales no se les puede decir sin escándalo que las cosas vienen mejorando desde hace decenios en casi todo el mundo. Que la discriminación sexual o racial era mucho peor hace 50 años ; que nunca antes los homosexuales podían defender mejor su derecho a ser libres. Que nunca en la historia ha habido tantas mujeres estudiando y trabajando en los puestos más importantes, gracias —entre otras cosas— a que existen métodos anticonceptivos y a que ellas mismas han logrado que se las respete. También la pobreza —incluso en Colombia— ha venido bajando en términos absolutos y relativos en los últimos decenios. La misma violencia, como ha demostrado Pinker para disgusto de los intelectuales pesimistas, es en la actualidad una de las más bajas de toda la historia humana.
Cuando uno es optimista queda como un bobo ante los intelectuales de la indignación y de la queja. Por supuesto que nos enfrentamos a perspectivas gravísimas (el calentamiento global es la peor de ellas), pero quizá nunca antes la humanidad había estado mejor preparada para enfrentarlas. Por estas convicciones es que uno puede desear, e incluso esperar, un año 2014 un poco menos malo que este 13 que se acaba. El mundo en que vivimos es espantoso, pero es el menos espantoso que haya habido.

miércoles, 27 de junio de 2012

RECORRIDO DE SÍ, RECORRIDO DE OTROS

SOL DE MARGARITA, Porlamar 27 de Junio de 2012
Actualidad pedagógica
El intelectual
¿Es el intelectual un consejero social, político, cultural o religioso? Si asumimos como cierto el sentido que un intelectual buscaría el bienestar social, entonces, ¿puede ser compatible la actividad política con la actividad intelectual?
Javier Antonio Vivas Santana

¿De dónde viene la palabra intelectual? ¿Por qué se habla de cociente intelectual? ¿Qué significa eso que algunos mencionan como “propiedad intelectual? En ese contexto,  ¿ayudan a crear o destruir el pensar?¿Se puede ser inteligente sin ser intelectual o viceversa?¿Es necesaria la lectura y la comprensión intertextual para alcanzar la intelectualidad? ¿Pueden ser los niños(as) y adolescentes intelectuales? ¿Quiénes son más intelectuales, las mujeres o los hombres?
¿Es el intelecto, por si mismo, una forma de pensar o una aproximación al pensamiento? ¿Un intelectual tiene una alta dimensión axiológica? ¿La intelectualidad esta (des)asociada con los sentimientos y la espiritualidad? ¿Puede ser intelectual quien en sus textos señale la (in)existencia de Dios? En consecuencia, ¿por qué algunos pensadores como Spinoza hablarían del “amor Dei intellectualis” u otros como Nietzsche encontrarían la Muerte de Dios? ¿Pueden ser ambos intelectuales?
¿Es el intelectual un consejero social, político, cultural o religioso? Si asumimos como cierto el sentido que un intelectual buscaría el bienestar social, entonces, ¿puede ser compatible la actividad política con la actividad intelectual? ¿La intelectualidad está masificada o reducida? ¿Es pertinente la construcción semántica para hablar de  intelectuales populares, o los intelectuales conforman una élite de personas? ¿Un ermitaño, un agricultor, un taxista, un recepcionista, un mecánico,  puede ser intelectual?  ¿El intelectual es una persona de conocimiento integral o parcial sobre las cosas que rodean al Universo? ¿Quiénes practican la estética o el arte de la música, la pintura, la poesía, el teatro pueden ser considerados intelectuales? Y si es así, ¿quién(es) lo determina(n), otros intelectuales o personas comunes?  ¿Convertirse en experto jugador de ajedrez nos convierte en intelectuales?
¿Un físico, un químico o un matemático con mucho dominio sobre las ciencias naturales, necesita escribir o teorizar sus hallazgos para ser intelectual? ¿Todo aquel que ha publicado alguna propuesta teórica, ensayo, narrativa u opinión puede ser considerado intelectual? Tal vez sea complejo, pero ¿cuántas interrogantes más se pudieran generar para indagar sobre el significado de la intelectualidad?
Si bien es cierto para algunos pensadores como Gramsci, cualquier persona pudiera ser un intelectual, tampoco debemos olvidar que el ser intelectual entre muchas cualidades, requiere de un acto de intelección, es decir, darse a entender; generar sobre sus semejantes las capacidades necesarias para que pueda interpretar, aprehender y comprehender sus mensajes. Si esto no sucede se estaría trasmitiendo un mensaje lleno de vacuidad; aunque en la misma medida no debe obviarse que los receptores deben poseer un mínimo de requerimientos cognitivos para la (de)codificación de los textos que el intelectual quiera hacernos llegar. Por consiguiente,  es la educación desde una perspectiva antropológica del desarrollo del pensar y el pensamiento quien debería brindarnos esa caja de herramientas.
Es contradictorio, pero aunque el intelectual, desde siempre ha sido visto como una persona muy culta, y probablemente inteligente, asociada con el mundo de un singular conocimiento, en este siglo XXI, aún no encontramos una tesis seria e innovadora que hable sobre el papel revitalizador de éstos para poder convertirse en protagonistas para el desarrollo de la humanidad.