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lunes, 30 de diciembre de 2019
domingo, 17 de noviembre de 2013
CONSUMACIÓN
Consumismo, sin consumo
Luis Barragán
El paladín de la guerra económica, suficiente motivo para una amarga derrota de cualesquiera golpistas que intenta adivinar y adivina, protagonizando la gesta heroica en las amables trincheras de sus ocurrencias, está derrotando – nada más y nada menos – que el capitalismo en Venezuela. Poco importa si realmente es o lo ha sido, pues basta que Nicolás Maduro lo llame así para recibir el reconocimiento universal.
Los consabidos saqueos, en mayor o menor medida debatidos a través de las redes sociales, advierten cuán lejos llega el gobierno nacional y cuán profundo es el deterioro de los valores que decimos o dijimos compartir alguna vez. Atónitos, basta con deletrear el video de amplísima circulación para decir de un gentilicio: Daka.
El oficialismo no desea discutir el asunto, ni siquiera por la cómoda circunstancia del diputado ’99 de sus tormentos y gozos. Teme a la palabra y no encuentra ni encontrará explicación alguna sobre el garrote de los miles de millones de dólares que dio a los ciegos que dice – hoy – nos atormentan.
El madurato pelea inclemente contra la sociedad de consumo, agotando los inventarios – sobre todo – electrónicos que dan o dicen dar dicha, estatus y confort. Promete un televisor de plasma, previa larguísima cola y literal marcaje de los aspirantes, aunque luego no habrá dólares para importarlos, excepto sean de procedencia china, realizando la justicia social.
Lo peor es que la prédica de siempre ha sido contra el consumismo, el consumismo superfluo de los consabidos críticos de las economías del mercado, pasando por alto un dato insólito y dramático: no consumimos ni siquiera los alimentos indispensables, condenados a correr por cualesquiera ferias gubernamentales de los productos de mala calidad con los que dicen garantizar la tal soberanía alimentaria, cola mediante. El gobierno combate el consumismo, exasperándolo, como un medio para olvidar que no tenemos ya qué consumir, desabastecidos, para sobrevivir.
Fotografías: LB, argas colas para adquir alimentos en Plaza Caracas, 17/11/13.
http://www.analitica.com/va/politica/opinion/8322066.asp
Luis Barragán
El paladín de la guerra económica, suficiente motivo para una amarga derrota de cualesquiera golpistas que intenta adivinar y adivina, protagonizando la gesta heroica en las amables trincheras de sus ocurrencias, está derrotando – nada más y nada menos – que el capitalismo en Venezuela. Poco importa si realmente es o lo ha sido, pues basta que Nicolás Maduro lo llame así para recibir el reconocimiento universal.
Los consabidos saqueos, en mayor o menor medida debatidos a través de las redes sociales, advierten cuán lejos llega el gobierno nacional y cuán profundo es el deterioro de los valores que decimos o dijimos compartir alguna vez. Atónitos, basta con deletrear el video de amplísima circulación para decir de un gentilicio: Daka.
El oficialismo no desea discutir el asunto, ni siquiera por la cómoda circunstancia del diputado ’99 de sus tormentos y gozos. Teme a la palabra y no encuentra ni encontrará explicación alguna sobre el garrote de los miles de millones de dólares que dio a los ciegos que dice – hoy – nos atormentan.El madurato pelea inclemente contra la sociedad de consumo, agotando los inventarios – sobre todo – electrónicos que dan o dicen dar dicha, estatus y confort. Promete un televisor de plasma, previa larguísima cola y literal marcaje de los aspirantes, aunque luego no habrá dólares para importarlos, excepto sean de procedencia china, realizando la justicia social.
Lo peor es que la prédica de siempre ha sido contra el consumismo, el consumismo superfluo de los consabidos críticos de las economías del mercado, pasando por alto un dato insólito y dramático: no consumimos ni siquiera los alimentos indispensables, condenados a correr por cualesquiera ferias gubernamentales de los productos de mala calidad con los que dicen garantizar la tal soberanía alimentaria, cola mediante. El gobierno combate el consumismo, exasperándolo, como un medio para olvidar que no tenemos ya qué consumir, desabastecidos, para sobrevivir.Fotografías: LB, argas colas para adquir alimentos en Plaza Caracas, 17/11/13.
http://www.analitica.com/va/politica/opinion/8322066.asp
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miércoles, 13 de febrero de 2013
BIENHECHURÍAS
El barajo de la coyuntura
Luis Barragán
Quizá comenzamos a diferenciar entre uno y otro fenómeno, pues el problema ya no consiste en el febril y cosificador deseo de alcanzarlos, procurando todo sacrificio personal – incluso – por aquellos manifiestamente inútiles y banales, sino en la imposibilidad real de acceder a los bienes y servicios fundamentales. La enfermedad del consumismo es muy distinta a la de la escasez o inexistencia, aunque ésta se diga remedio de la otra. Empero, no luce fácil el contraste por la inmensa manipulación que, además, dice convencer a los propios victimarios.
Sutiles matices hallamos entre la propaganda y la publicidad alienantes de las sociedades capitalistas, y las que embriagan a las presuntamente alternativas, con una significativa desavenencia: la libertad hasta para denunciarlas. Apuntemos otra, en este lado del mundo se ha quemado un elevado porcentaje de los ingresos públicos para aceitar la perversa maquinaria arrolladora de las realidades vividas y sentidas.
Una poderosa ilusión del poder establecido que castiga, además, a quienes osen pensar que la sufren, nos embarga, aunque – insobornables – esas realidades siguen su curso. Devalúan en los días feriados, cuando negaron tercamente una medida que todavía requiere de otras indispensables; denuncian lo ya sabido sobre el armamento de guerra en un centro penitenciario, pero no establecen las responsabilidades consiguientes, agregada la ministerial; dueños de los controles, agitan el fantasma de la especulación, mas no explican el desabastecimiento que, por cierto, no lo hubo en las vecindades del Caracazo; o intentan la pronta resurrección presidencial, luego de presumir – por sus dichos y diligencias – el inevitable deceso.
El constante barajo de los escenarios de transición que, hasta nuevo aviso, capitalizan Nicolás Maduro y Diosdado Cabello, ha agotado toda capacidad de invención, aunque no de histrionismo. Y, por más que fuercen los guiones, allanando o intentando allanar las inmunidades parlamentarias de su magno antojo, les quedan tres opciones ya aleccionadas por la historia.
La una, ausentes los argumentos, la de banalizar el debate disputando las consabidas gorras tricolores a la oposición, exponiendo una debilidad simbólica a la que sólo cabe reconocer. Excepto la más brutal represión, los pueblos en crisis toman cabal conciencia de las burlas que toda maniobra de distracción sintetiza.
La otra, arriesgarse a idear y denunciar una poderosa conspiración política que, a falta de pruebas, se revierta. La invasión de Cipriano Castro que Juan Vicente Gómez eficazmente fabuló en 1913, tuvo por explicación las muy veraces que afrontó a lo largo de su tan prolongado gobierno.
Finalmente, agotada la legitimidad que les concede una Constitución torpemente violentada, retroceden a las fórmulas más elementales de la devoción presidencial, pretendiendo una canonización inmediata y utilitaria. Así, dateados por Manuel Caballero y su “Gómez, el tirano liberal” (1993), aunque no dijo de los días de carnaval, consultamos El Nuevo Diario del 08/03/1916 (Caracas, nr. 1144), para corroborar una asombrosa fotografía de Manrique, pues, la casa de habitación de Victorino Márquez Bustillos, Presidente Provisional de la República, exhibía un juego de bombillos que decía: “GLORIA A GOMEZ SUPREMO BIENHECHOR DE LA PATRIA”. Por ende, nada nuevo bajo el sol, inherente a toda encargaduría que jamás olvida al benefactor, Maduro sólo simplifica la vasta empresa publicitaria y propagandística gubernamental, enmudeciendo – sorprendido – frente a las complejas e impostergables demandas sociales.
Fuente:
http://www.noticierodigital.com/2013/02/el-barajo-de-la-coyuntura/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=940203
Luis Barragán
Quizá comenzamos a diferenciar entre uno y otro fenómeno, pues el problema ya no consiste en el febril y cosificador deseo de alcanzarlos, procurando todo sacrificio personal – incluso – por aquellos manifiestamente inútiles y banales, sino en la imposibilidad real de acceder a los bienes y servicios fundamentales. La enfermedad del consumismo es muy distinta a la de la escasez o inexistencia, aunque ésta se diga remedio de la otra. Empero, no luce fácil el contraste por la inmensa manipulación que, además, dice convencer a los propios victimarios.
Sutiles matices hallamos entre la propaganda y la publicidad alienantes de las sociedades capitalistas, y las que embriagan a las presuntamente alternativas, con una significativa desavenencia: la libertad hasta para denunciarlas. Apuntemos otra, en este lado del mundo se ha quemado un elevado porcentaje de los ingresos públicos para aceitar la perversa maquinaria arrolladora de las realidades vividas y sentidas.
Una poderosa ilusión del poder establecido que castiga, además, a quienes osen pensar que la sufren, nos embarga, aunque – insobornables – esas realidades siguen su curso. Devalúan en los días feriados, cuando negaron tercamente una medida que todavía requiere de otras indispensables; denuncian lo ya sabido sobre el armamento de guerra en un centro penitenciario, pero no establecen las responsabilidades consiguientes, agregada la ministerial; dueños de los controles, agitan el fantasma de la especulación, mas no explican el desabastecimiento que, por cierto, no lo hubo en las vecindades del Caracazo; o intentan la pronta resurrección presidencial, luego de presumir – por sus dichos y diligencias – el inevitable deceso.
El constante barajo de los escenarios de transición que, hasta nuevo aviso, capitalizan Nicolás Maduro y Diosdado Cabello, ha agotado toda capacidad de invención, aunque no de histrionismo. Y, por más que fuercen los guiones, allanando o intentando allanar las inmunidades parlamentarias de su magno antojo, les quedan tres opciones ya aleccionadas por la historia.
La una, ausentes los argumentos, la de banalizar el debate disputando las consabidas gorras tricolores a la oposición, exponiendo una debilidad simbólica a la que sólo cabe reconocer. Excepto la más brutal represión, los pueblos en crisis toman cabal conciencia de las burlas que toda maniobra de distracción sintetiza.
La otra, arriesgarse a idear y denunciar una poderosa conspiración política que, a falta de pruebas, se revierta. La invasión de Cipriano Castro que Juan Vicente Gómez eficazmente fabuló en 1913, tuvo por explicación las muy veraces que afrontó a lo largo de su tan prolongado gobierno.
Finalmente, agotada la legitimidad que les concede una Constitución torpemente violentada, retroceden a las fórmulas más elementales de la devoción presidencial, pretendiendo una canonización inmediata y utilitaria. Así, dateados por Manuel Caballero y su “Gómez, el tirano liberal” (1993), aunque no dijo de los días de carnaval, consultamos El Nuevo Diario del 08/03/1916 (Caracas, nr. 1144), para corroborar una asombrosa fotografía de Manrique, pues, la casa de habitación de Victorino Márquez Bustillos, Presidente Provisional de la República, exhibía un juego de bombillos que decía: “GLORIA A GOMEZ SUPREMO BIENHECHOR DE LA PATRIA”. Por ende, nada nuevo bajo el sol, inherente a toda encargaduría que jamás olvida al benefactor, Maduro sólo simplifica la vasta empresa publicitaria y propagandística gubernamental, enmudeciendo – sorprendido – frente a las complejas e impostergables demandas sociales.
Fuente:
http://www.noticierodigital.com/2013/02/el-barajo-de-la-coyuntura/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=940203
domingo, 15 de julio de 2012
$IVILI$A$IÓN
EL NACIONAL - Domingo 17 de Junio de 2012 Siete Días/6
La carita feliz
Los tacos mexicanos, la pizza italiana, el humus de garbanzos del Medio Oriente, el pan pita, se han vuelto productos de consumo universal
SERGIO RAMÍREZ
La sociedad global tiene un vistoso tinglado de valores y estilos culturales que toma elementos de distintos países y regiones pero, sobre todo, de Estados Unidos.
Cómo nos divertimos y nos comunicamos, qué leemos, cómo nos informamos, y a través de cuáles instrumentos, desde los videojuegos a las tabletas electrónicas, las películas que vemos en sesiones caseras y en las salas de cine, todo tiene una marca de fábrica Made in USA, no Made in China. China arma en sus fábricas esos instrumentos y artilugios que pueblan hoy nuestra vida, pero no determina lo que contienen, ni tiene nada que ver con el poder cultural que genera su uso.
Esto trae consigo una consecuencia que no pocas veces nos resiente, pero que no podemos evitar. La tecnología se produce en un determinado idioma, y ese idioma sirve para nombrar y designar los productos tecnológicos, y sus códigos de uso. Quien crea, bautiza. El idioma de la tecnología es un idioma activo, y el que lo recibe juega un papel necesariamente pasivo. Las palabras hardware, software, mouse, link, cloud, pueden tener algunas traducción adecuada, pero se seguirán usando en la lengua de importación hasta que un día queden consagradas en el diccionario; y no me refiero solamente al español, pasa lo mismo en chino.
En su libro The post American World (El mundo después de USA) Fareed Zakaria ilustra muy bien la diferencia que media entre crear y fabricar, usando la "carita feliz" que se ha vuelto ya parte del lenguaje escrito en los mensajes electrónicos: si imaginamos en esa carita la boca que sonríe, en la comisura izquierda tendríamos las ideas creativas y el diseño de alto nivel, todo lo que trata de la invención; en la parte inferior del arco, el sistema de producción fabril, que se hace en China y en otros países de mano de obra barata, se trate de aparatos electrónicos, juguetes, ropa o calzado; y de nuevo, en la comisura derecha, la publicidad, el mercadeo, la distribución al por mayor y al detal, y, por tanto, la implantación cultural de todos esos productos por la misma mano que los ha inventado. La inmensa mayoría de las patentes de invención en el mundo se registran en Estados Unidos: tanto inventas, tanto vales.
El mundo es hoy un pañuelo, claro está, y todos estamos más cerca unos de otros que antes.
Los tacos mexicanos, la pizza italiana, el humus de garbanzos del Medio Oriente, el pan pita, se han vuelto productos de consumo universal al globalizarse cada vez más el gusto por las comidas que por tradición no nos pertenecen; pero al salir de su propio ámbito entran en las líneas de producción y empaque de las grandes multinacionales de alimentos, y es desde el gran mercado cultural de Estados Unidos que son promovidas, allí mismo donde se determina qué comemos y bebemos, junto con todo lo demás que afecta nuestra vida cultural.
De alguna manera, todos venimos a ser hijos de Walt Disney. Según un reporte de The New York Times, el Instituto Disney, una división de Walt Disney Company, ha creado con gran éxito un nuevo sistema de gestión de negocios, cuya estrategia es hacer que las empresas se acerquen a sus clientes como si todo el mundo viviera bajo el canon cultural de Disney World, dentro del castillo de la Bella Durmiente.
La fantasía eficaz al servicio de las ventas. Una cadena de hospitales pediátricos de la Florida contrató a los expertos de Disney y ahora los niños son recibidos en las salas de espera por un actor disfrazado en traje de safari que toca el ukelele. Pronto veremos a los siete enanos atendiendo las gasolineras.
El traje de safari es el de los cazadores de elefantes en África, que veíamos en las viejas películas de Tarzán, y el ukelele es un instrumento musical de los mares del sur. ¿Pero qué importa? Nadie está reclamando congruencias, sino ilusiones comerciales. Disney es una compañía global, con parques de atracciones en lugares de culturas tan distantes y diferentes como París o Tokio, y el estilo Disney es ya parte de nuestras vidas. El ratón Mickey y el Pato Donald, íconos de niños y adultos, son tan atractivos como para haber provocado la salida clandestina de Corea del Norte, el país más aséptico del mundo, de Kim Jong-nam, hijo mayor del entonces líder supremo, Kim Jong-il. La ambición de su vida, desde niño, era conocer Disney World, y tenía uno a la mano en Tokio, desliz que contribuyó a que fuera desheredado del trono después de ser capturado al intentar ingresar a Japón con un pasaporte falso.
Las escogencias propias son escasas, y vivimos conformes bajo la égida de los gustos globales impuestos por potestades invisibles. ¿Hijos de Disney? Quizás, mejor, hijo del ratón Mickey, y sobrinos del Pato Donald, Hugo, Paco y Luis.
Cuando la cadena McDonald’s abrió su primer restaurante en Managua, vino en visita oficial el payaso Ronald McDonald, el embajador certificado de las hamburguesas, y poco menos que fue recibido con honores de Estado.
Los teléfonos inteligentes, los libros electrónicos, las tabletas, no son, por supuesto, catástrofes culturales, sino avances trascendentales de la civilización que están alterando de manera profunda nuestras vidas, concentrando múltiples posibilidades de comunicación, instrucción y recreación en un solo instrumento manual, lo mismo que lo son las redes sociales de comunicación de las que me confieso entusiasta beneficiario. Y me maravilla, como alguien que ha visto ya muchas cosas a la largo de su vida, la velocidad centelleante con que las innovaciones y cambios tecnológicos se producen, lo cual no sólo me asombra, sino que me atemoriza ante la posibilidad de no poder asimilarlo ni disfrutarlo todo. Tener en la mano una biblioteca entera no es poca cosa.
Pero siento que la cultura se empobrece al mismo tiempo que se masifica. En los estantes de las librerías que aún sobreviven, porque decenas se cierran cada día en el mundo, abundan ahora los libros de autoayuda, los best sellers perecederos, los manuales de angelología y los libros esotéricos tipo new age, lo mismo que en los catálogos electrónicos. Lo global se vuelve pobre y las oportunidades de democratización de la cultura se desperdician. Este es el signo contradictorio del nuevo milenio.
Ilustración: Ugo
La carita feliz
Los tacos mexicanos, la pizza italiana, el humus de garbanzos del Medio Oriente, el pan pita, se han vuelto productos de consumo universal
SERGIO RAMÍREZ
La sociedad global tiene un vistoso tinglado de valores y estilos culturales que toma elementos de distintos países y regiones pero, sobre todo, de Estados Unidos.
Cómo nos divertimos y nos comunicamos, qué leemos, cómo nos informamos, y a través de cuáles instrumentos, desde los videojuegos a las tabletas electrónicas, las películas que vemos en sesiones caseras y en las salas de cine, todo tiene una marca de fábrica Made in USA, no Made in China. China arma en sus fábricas esos instrumentos y artilugios que pueblan hoy nuestra vida, pero no determina lo que contienen, ni tiene nada que ver con el poder cultural que genera su uso.
Esto trae consigo una consecuencia que no pocas veces nos resiente, pero que no podemos evitar. La tecnología se produce en un determinado idioma, y ese idioma sirve para nombrar y designar los productos tecnológicos, y sus códigos de uso. Quien crea, bautiza. El idioma de la tecnología es un idioma activo, y el que lo recibe juega un papel necesariamente pasivo. Las palabras hardware, software, mouse, link, cloud, pueden tener algunas traducción adecuada, pero se seguirán usando en la lengua de importación hasta que un día queden consagradas en el diccionario; y no me refiero solamente al español, pasa lo mismo en chino.
En su libro The post American World (El mundo después de USA) Fareed Zakaria ilustra muy bien la diferencia que media entre crear y fabricar, usando la "carita feliz" que se ha vuelto ya parte del lenguaje escrito en los mensajes electrónicos: si imaginamos en esa carita la boca que sonríe, en la comisura izquierda tendríamos las ideas creativas y el diseño de alto nivel, todo lo que trata de la invención; en la parte inferior del arco, el sistema de producción fabril, que se hace en China y en otros países de mano de obra barata, se trate de aparatos electrónicos, juguetes, ropa o calzado; y de nuevo, en la comisura derecha, la publicidad, el mercadeo, la distribución al por mayor y al detal, y, por tanto, la implantación cultural de todos esos productos por la misma mano que los ha inventado. La inmensa mayoría de las patentes de invención en el mundo se registran en Estados Unidos: tanto inventas, tanto vales.
El mundo es hoy un pañuelo, claro está, y todos estamos más cerca unos de otros que antes.
Los tacos mexicanos, la pizza italiana, el humus de garbanzos del Medio Oriente, el pan pita, se han vuelto productos de consumo universal al globalizarse cada vez más el gusto por las comidas que por tradición no nos pertenecen; pero al salir de su propio ámbito entran en las líneas de producción y empaque de las grandes multinacionales de alimentos, y es desde el gran mercado cultural de Estados Unidos que son promovidas, allí mismo donde se determina qué comemos y bebemos, junto con todo lo demás que afecta nuestra vida cultural.
De alguna manera, todos venimos a ser hijos de Walt Disney. Según un reporte de The New York Times, el Instituto Disney, una división de Walt Disney Company, ha creado con gran éxito un nuevo sistema de gestión de negocios, cuya estrategia es hacer que las empresas se acerquen a sus clientes como si todo el mundo viviera bajo el canon cultural de Disney World, dentro del castillo de la Bella Durmiente.
La fantasía eficaz al servicio de las ventas. Una cadena de hospitales pediátricos de la Florida contrató a los expertos de Disney y ahora los niños son recibidos en las salas de espera por un actor disfrazado en traje de safari que toca el ukelele. Pronto veremos a los siete enanos atendiendo las gasolineras.
El traje de safari es el de los cazadores de elefantes en África, que veíamos en las viejas películas de Tarzán, y el ukelele es un instrumento musical de los mares del sur. ¿Pero qué importa? Nadie está reclamando congruencias, sino ilusiones comerciales. Disney es una compañía global, con parques de atracciones en lugares de culturas tan distantes y diferentes como París o Tokio, y el estilo Disney es ya parte de nuestras vidas. El ratón Mickey y el Pato Donald, íconos de niños y adultos, son tan atractivos como para haber provocado la salida clandestina de Corea del Norte, el país más aséptico del mundo, de Kim Jong-nam, hijo mayor del entonces líder supremo, Kim Jong-il. La ambición de su vida, desde niño, era conocer Disney World, y tenía uno a la mano en Tokio, desliz que contribuyó a que fuera desheredado del trono después de ser capturado al intentar ingresar a Japón con un pasaporte falso.
Las escogencias propias son escasas, y vivimos conformes bajo la égida de los gustos globales impuestos por potestades invisibles. ¿Hijos de Disney? Quizás, mejor, hijo del ratón Mickey, y sobrinos del Pato Donald, Hugo, Paco y Luis.
Cuando la cadena McDonald’s abrió su primer restaurante en Managua, vino en visita oficial el payaso Ronald McDonald, el embajador certificado de las hamburguesas, y poco menos que fue recibido con honores de Estado.
Los teléfonos inteligentes, los libros electrónicos, las tabletas, no son, por supuesto, catástrofes culturales, sino avances trascendentales de la civilización que están alterando de manera profunda nuestras vidas, concentrando múltiples posibilidades de comunicación, instrucción y recreación en un solo instrumento manual, lo mismo que lo son las redes sociales de comunicación de las que me confieso entusiasta beneficiario. Y me maravilla, como alguien que ha visto ya muchas cosas a la largo de su vida, la velocidad centelleante con que las innovaciones y cambios tecnológicos se producen, lo cual no sólo me asombra, sino que me atemoriza ante la posibilidad de no poder asimilarlo ni disfrutarlo todo. Tener en la mano una biblioteca entera no es poca cosa.
Pero siento que la cultura se empobrece al mismo tiempo que se masifica. En los estantes de las librerías que aún sobreviven, porque decenas se cierran cada día en el mundo, abundan ahora los libros de autoayuda, los best sellers perecederos, los manuales de angelología y los libros esotéricos tipo new age, lo mismo que en los catálogos electrónicos. Lo global se vuelve pobre y las oportunidades de democratización de la cultura se desperdician. Este es el signo contradictorio del nuevo milenio.
Ilustración: Ugo
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