EL NACIONAL - Sábado 21 de Abril de 2012 Papel Literario/4
El impactante libro de Ingrid Galster sobre Lope de Aguirre
JUDIT GERENDAS
Uno podría pensar que un libro de ochocientas cuarenta páginas, que trata de un personaje del siglo XVI, de un conquistador en tierras americanas, es, para decir lo menos, una lectura difícil. Pues resulta que no. Por lo menos no lo es en el caso de la obra Aguirre o la posteridad arbitraria, de Ingrid Galster, la cual mantiene el interés y el suspenso todo el tiempo, se lee casi como una novela policíaca, con un personaje central bien construido, que va cambiando de papel todo el tiempo: pasa de villano a héroe, para luego cambiar de rol de nuevo, hasta el desenlace final, cuando la autora, con mano firme, lo resitúa, lo ubica en su lugar y su circunstancia, dejando abierta su caracterización a la ambivalencia, a una compleja contradicción dentro de la cual se nos hace comprensible. Produce regocijo saber que un libro que en principio podría pensarse que es sólo para especialistas, en agosto de 2011 se encontraba entre los libros más vendidos en Colombia, en donde fue publicado.
Ingrid Galster nos ofrece una magistral muestra de cómo estudiar la recepción, ya que su "personaje", tal como lo he caracterizado, no surge de especulaciones, sino de un riguroso y exhaustivo trabajo de investigación de crónicas, libros de historia, libros de ficción (narrativa, teatro) y películas.
Una larga y erudita investigación, hecha con inteligencia y sensibilidad, de la cual surge la imagen múltiple de Lope de Aguirre, sostenida sobre el entramado que la autora articula, luego de revisar casi quinientos años de referencias.
La figura de Lope de Aguirre ha ejercido una fuerte seducción sobre autores y lectores, a lo largo de los tiempos. Su contradictoria condición viene marcada por el hecho de que es un rebelde capaz de escribirle una carta a su poderoso rey, Felipe II, de tú a tú y declararse independiente de la corona y, al mismo tiempo, el que la causa por la cual lo haga sea la del conquistador y colonizador que no ha recibido el botín que cree que en justicia le corresponde: encomiendas de indios y tierras.
La autora nos muestra la exclusión económica y social, y cómo la búsqueda frenética de El Dorado sólo fue un recurso utilizado por dos grupos contrapuestos, pero con el mismo fin. Es el caso de los indígenas, que enviaban siempre más y más allá a los conquistadores que preguntaban por él, para salir, con astucia, de personas que constituían una amenaza.
En el caso contrario, con mucho más peso social, el de los españoles que se habían convertido en clase dominante, el objetivo era salir de personas incómodas, desembarazarse de los españoles pobres que exigían lo que creían que les correspondía en justicia: lo que se les ofrecía entonces era una expedición fantástica en pos de un El Dorado igual de fantástico.
La manera en la que la historiografía y la ficcionalización han dado cuenta de estos hechos y de la alucinada expedición con la que Lope recorre, partiendo del Virreinato del Perú, la selva amazónica y parte de Venezuela, hasta llegar a la isla Margarita y finalmente a Barquisimeto, es revisada y analizada por Ingrid Galster a partir de la teoría de la recepción, en un admirable e impactante trabajo que, aparentemente, no ha dejado fuera a ningún cronista, historiador, narrador, dramaturgo o cineasta que se haya ocupado del tema. Finalmente ha aparecido la versión española de este importante libro, publicado originalmente en alemán en 1996.
El campo epistemológico en el que trabaja la autora es el de la hermenéutica, lo cual le permite estudiar a los autores y a la realidad extratextual. A partir de aquí reconstruye la diversidad de lecturas que se han producido, desde las crónicas de los contemporáneos de Aguirre, testigos presenciales de sus hechos o informados directamente por los que participaron en ellos, y desde la primera obra escrita en la que aparece nombrado, Elegías de varones ilustres de Indias, de Juan de Castellanos, hasta nuestros días.
El personaje, Lope de Aguirre, con su historia --rebelión, carta al rey, matanza de sus propios hombres y de los pobladores, asesinato de su propia hija, a quien quería entrañablemente, antes de ser muerto él mismo-ha sido objeto de ficcionalización por numerosos e importantes autores. Galster ofrece agudos y exhaustivos análisis de las obras de los venezolanos Casto Fulgencio López, Arturo Uslar Pietri, Luis Britto García y Miguel Otero Silva, así como de la del argentino Abel Posse y de dos películas, la del cineasta alemán Werner Herzog y la del español Carlos Saura, entre muchos otros.
Es un hecho cierto, más allá de las motivaciones que tuvo, que Aguirre sí escribió esa carta en la que se independizaba del rey, lo cual no es poca cosa.
Y este debe ser el motivo por el cual prácticamente no se habló de la carta en la "historia oficial" y que se la tapara con las crueldades de Lope (¿tan distintas de las de otros conquistadores?) y de su pretendida locura. La rebeldía fue transformada en locura, con lo cual Lope resultó doblemente excluido: primero, por no recibir la compensación económica que le correspondía, según las leyes de la época, y luego por ser calificado de loco, arrojado al territorio de los psicópatas.
Según Mikel Arizaleta, "Lope de Aguirre, a juicio de Ingrid Galster, es opresor y oprimido, cuando se le priva de esa doble vertiente se lo mitologiza en uno u otro sentido. La causa de esa privación de complejidad se debe a la utilización de su figura y de la historia, a la manipulación, al convertirle en enemigo o en figura de identificación, en monstruo o libertador, Se erradica lo histórico y cobra peso en la descripción de la figura el destinatario". (1) La autora revisa también la tradición oral venezolana, en la cual tiene una fuerte presencia cultural el fantasma de Lope de Aguirre, generalmente convertido en fuego fatuo que recorre el paisaje y genera miedo y fascinación entre los habitantes. Esta presencia mítica dentro de la literatura oral ha sido recogida por la literatura escrita, en particular en el cuento "El fuego fatuo", de Uslar Pietri, y en la obra de teatro de Luis Britto García El Tirano Aguirre o la conquista de El Dorado.
A partir de la revisión de las múltiples versiones acerca de Lope de Aguirre, la autora ilumina el quehacer de la historiografía y sus motivaciones. Así, nos explica que, en el caso de los primeros cronistas lo importante no era la propia materia a historizar, sino la reivindicación del derecho mismo a historizar, puesto que claramente había una historia oficial, desde el momento en que el cargo de cronista era por nombramiento del Rey. Los cronistas que, al margen de los nombrados oficialmente, fueron surgiendo, tenían que maniobrar hábilmente y escribir lo que se esperaba de ellos, tal cual hicieron, magnificando, minimizando o silenciando los sucesos.
Cada lectura está contextualizada dentro de los factores culturales a los que se corresponde. Este magnífico libro logra una desmitificación de la historiografía tradicional, es un aporte relevante en el ámbito de la recepción y, tal como dice Giovanna Montenegro, "aporta una contribución crítica e importante de la historia cultural de la recepción de Aguirre a través de más de 400 años en Latinoamérica, España y Alemania". (2) En la historia de la recepción que nos ofrece Ingrid Galster se va siguiendo, paso a paso, la transformación de la percepción que se tiene sobre el personaje, desde ser considerado símbolo del mal y expresión de la crueldad más pura, hasta ser calificado de príncipe de la libertad, caracterizaciones que estarían en los extremos del amplio panorama de la representación que se ha hecho de él.
La visión totalizante de Ingrid Galster está construida a partir de miles de detalles que en ningún momento se dispersan, forman parte de un entramado muy bien entretejido, cada elemento articulado con los demás. Su lectura es toda una aventura.
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sábado, 21 de abril de 2012
sábado, 3 de marzo de 2012
DÍAZ SOLÍS (2)

EL NACIONAL - Sábado 18 de Febrero de 2012 Papel Literario/2
Gustavo Díaz Solís 1920-2012
De cazadores y animales
JUDIT GERENDAS
El discurso sereno de la cuentística de Gustavo Díaz Solís puede fácilmente llevarnos a percibir sus textos como microcosmos en los que apenas sucede algo. En verdad, hasta cierto punto eso es así. Sin embargo, una lectura otra nos mostrará el lado oscuro de estos cuentos, su aspecto desgarrado e inarmónico, a través de situaciones caracterizadas por un alto grado de ferocidad y crueldad, así como por una tensión interna sostenida y violenta, casi siempre entre un ente que ha de ser cazado y otro que se halla concentrado en llevar a cabo esta cacería.
Los primeros de estos personajes suelen estar en desventaja, viven agazapados y son objeto de una búsqueda, con el fin de ser capturados. Generalmente son animales que se encuentran a la defensiva y en correspondencia con el ritmo de la naturaleza.
La expresividad de estos cuentos, a la vez dramática y lírica, se deriva de lo que creemos es su nudo temático central: una larga, sostenida y paciente pesquisa. En medio de la luz, del color, de las aguas acariciantes, se van gestando tragedias que carecen de atenuantes. En última instancia, no nos queda más remedio que reconocer que en verdad lo único sereno y armónico es el lenguaje del discurso, que se opone radicalmente al caos de la violencia instaurado por el cazador a través de la acción desplegada a lo largo de la cacería.
Una mirada cinematográfica pasa sobre rapidísimas y breves acciones, las cuales parecen ser recorridas por una cámara que se detiene por segundos en un gato que se encoge y despereza, o en el galopar sin sentido de un caballo, el vuelo de un murciélago que pasa, aturdido, una y otra vez, o en la convulsión final de una agonía.
Son concentradas imágenes que expresan el instinto vital, eso que en uno de los cuentos más perfectos se muestra como un arco secreto que se dispara desde la sangre misma que circula en las venas.
Se hace sugestiva la presencia nítida y suntuosa de "esas cosas vivas" de las que tratan estos cuentos. Presencias inefables de animales que aparecen como una revelación, tiernos, delicados, exquisitos, animalescos, que recibirán una muerte sugestivamente perversa.
El animal es propuesto por estos textos como una forma, como aquello que se destaca, delimitado y preciso, sobre lo amorfo y, a la vez, es capaz de desarrollar un movimiento, para así ocluir el vacío y la nada que, de otra manera, invadirían el espacio disponible.
Junto al animal se hace presente el cazador, personaje que despliega reiteradamente actuaciones violentas y crueles, las cuales parecerían serle necesarias para poder sentirse existente, a partir de una soledad radical, desde la cual pareciera poder acceder a la condición de viviente solamente a partir del otorgamiento de la muerte al otro, a ese ser que en su animalidad instintiva representaría el elemento más vital posible. Desde esta perspectiva, se trataría en estos cuentos de la poetización del mal y de la crueldad, lo cual nos tiene que llevar, necesariamente, a reconocer que, en contra de la visión idílica que se asocia con la cuentística analizada, puede afirmarse que Gustavo Díaz Solís es uno de los pocos escritores venezolanos que ha sido capaz de expresar sin retórica y sin una visión paternalista la presencia de estas fuerzas oscuras y primarias.
La cacería, para los personajes-cazadores de estos textos, es un juego excitante, por medio del cual buscan el triunfo, que logran al infligirle la muerte al otro , a ese animal que está en el polo alterno de la dramática tensión establecida. Esta relación, por lo demás, no es ni simple ni lineal. Todo lo contrario, en cierto momento se logra entre los contrincantes una comunión profunda y marcada, tal como vemos en el cuento "Cachalo".
Ser cazador es una manera de insertarse en el mundo y ocupar ahí un espacio privilegiado. La cacería deviene en un acto excitante que conduce al enfrentamiento puro y desnudo de las inteligencias y los instintos de los contrincantes, en un intenso crescendo de semantización de este quehacer, hasta convertirlo en el acto más significativo de la existencia del personaje. El acto de hacer suya a la presa es un momento dramático y concentrado, que culmina en la apropiación física del animal ya muerto. En todos estos cuentos lo que configura la condición de cazador es la presencia decisiva de ese arco secreto que impulsa a desarrollar este tipo de acción, y que se lleva en la sangre, tal como es la propuesta, como ya hemos dicho, de "Arco secreto".
Otro cuento brillantemente logrado es "El niño y el mar", cuyo título remite, engañosamente, a una visión lírica que no se compadece con el texto, que es netamente dramático.
El cazador infantil protagonista de este relato manifiesta una violencia despiadada, a la vez que se maneja con la sabiduría y la intuición del depredador.
El narrador lleva de manera sostenida el argumento, en cuyo contexto se entabla la lucha de los contrincantes, de entre los cuales el cazador, aunque niño, es mucho más poderoso que los cangrejos que atrapa.
Por eso mismo resultará tan sorprendente el inesperado y poco convencional final, que nos deja con la imagen derrotada del niño cazador, que se va alejando poco a poco.
El animal es en estos cuentos un ente vivo, pero también un objeto que se ha convertido en objetivo. Tiene vida autónoma dentro del universo ficcional, pero a la vez existe también como una imagen en la mente del cazador, para quien se constituye en reclamo, en llamada; se trata de una construcción de su fantasía que ha terminado por convertirse en una obsesión.
Los cuentos muestran, una y otra vez, con gran fuerza expresiva, los movimientos de los distintos animales, su lucha por sobrevivir. En un deseo intenso se concentra toda la existencia del cazador; la cacería, por su parte, adquiere un carácter a la vez ceremonial y dramático
De esta manera vemos que la construcción de los cuentos responde a una voluntad muy precisa. Creo que todo esto es algo que hasta ahora se le ha escapado a la crítica, muy escasa, por cierto, que se ha ocupado de los textos escritos por Díaz Solís, pero que, insistentemente, sólo los considera logradas estampas líricas.
En el personaje cazador se conjugan, generalmente, sentimientos de soledad, de poder, de debilidad y de fuerza. El narrador, cazador a su vez, intenta atrapar al personaje, desde los primeros textos hasta los últimos. Se trata de un juego esencial, es decir, en el que se busca la esencia, en ese filo entre la vida y la muerte en el que el animal y el cazador se pierden y se reencuentran, articulando un vínculo a través del cual se expresan el placer y el dominio del cazador, el carácter erótico de la cacería y la condición del animal cazado, que todavía está en el umbral de la vida, aunque ya se encuentra también, simultáneamente, dentro de la muerte.
Con una delicadeza exquisita y una inteligencia refinada, el escritor ha logrado dar forma y expresión al combate entre el instinto vital del cazador y la vida instintiva del animal, a un acto puro, elemental y primario. El absoluto perseguido, al igual que en Lautréamont, se alcanza en medio del mal, a través de un intenso ejercicio de la crueldad.
Al mismo tiempo, la reiteración del animal en los cuentos de Díaz Solís responde también a la aspiración de expresar la vida en movimiento, sin más, plasmar una existencia que está ahí y es, es la existencia misma atrapada en su mera presencia. Y frente a la existencia ciega del animal, el ser humano muestra las características típicas de la racionalidad del cazador, tales como son la serenidad y el control de sí mismo.
Sin embargo, y siempre dentro de lo ambivalente y lo contradictorio, a lo largo del devenir de la acción narrativa, frente a la presa la relación puede invertirse, en las ocasiones en las que el cazador se siente superado y derrotado por el animal.
Pero el juego es más complejo todavía. A partir del desafío, de la contraposición y de la tensión de las fuerzas opuestas, se llega a momentos en los que también el cazador comienza a comportarse como un animal. Y hay también una presencia refulgente del animal, una visión fugaz que generalmente antecede a la decisión y a la acción de destrozar tanta maravilla de un sólo disparo o de una sola estocada. Frente a él, el cazador, colocado en el punto de mira y, a la vez, en el espacio de su propia soledad, se realiza en el fugaz instante de su violento triunfo sobre la serenidad y el sosiego del animal, sobre ese ser que se había desplazado en medio de la naturaleza con movimientos gráciles y morosos, frecuentemente incluso emitiendo gestos amistosos hacia aquel que terminará siendo su matador. El triunfo de éste consistirá precisamente en poder interferir el proceso propio de esta fuerza desencadenada, y en poder paralizar su movimiento.
Los cuentos muestran, una y otra vez, con gran fuerza expresiva, los movimientos de los distintos animales, su lucha por sobrevivir. En un deseo intenso se concentra toda la existencia del cazador; la cacería, por su parte, adquiere un carácter a la vez ceremonial y dramático, en la realización de la cual se hacen manifiestos la belleza y la superioridad existencial del animal. A fin de cuentas, se trata de una sofisticada expresión de la relación entre la vida y la muerte.
Luego de toda la caracterización que hemos ofrecido, creo que podemos estar de acuerdo en considerar a esta cuentística, indudablemente magistral, como una narrativa dura y violenta, cruda, hard, en oposición a una apariencia presuntamente lírica y serena. Díaz Solís ha logrado crear un mundo coherente y sugestivo, único dentro de la narrativa venezolana, en la cual ocupa un lugar primordial y señero.
Quisiera terminar este artículo con un recuerdo personal hacia el Gustavo Díaz Solís que fue el mejor profesor que tuve cuando fui estudiante en la Escuela de Letras, hace de eso ya tanto tiempo.
Elegante, sereno, amable, fue un verdadero maestro, en el sentido más alto del término. Vi con él dos cursos inolvidables, uno sobre Shakespeare y otro sobre Faulkner, dos autores que exploraron a fondo la violencia y el mal, en el contexto del devenir de la existencia humana.
EL NACIONAL - Sábado 18 de Febrero de 2012 Papel Literario/3
Gustavo Díaz Solís 1920-2012
Entonces, hirvió el agua...
ENTREVISTA
CARLOS PACHECO
Gustavo Díaz Solís: mi modesta parábola por la literatura tuvo como dos grandes arcos, que más de una vez se tocaron, se cruzaron
D esde hace tiempo me ha impresionado la intensidad y originalidad que alcanzó la escritura cuentística en Venezuela en la segunda mitad de los cuarenta del siglo XX. Al abrirse a distancia la reja de la casa de Gustavo Díaz Solís me encontré con unas empinadas escaleras al final de las cuales me esperaba uno de los protagonistas de aquel momento estelar del cuento venezolano. En el Celarg, cuando aún era yo un aprendiz de investigador en los primeros ochenta, había saludado de paso a aquel discreto profesor que era entonces miembro de su directiva. Ahora, gracias a la gentil mediación de nuestro común amigo José Tomás Angola, estaba por comenzar la primera de varias conversaciones con el autor de relatos tan admirados por mí como "El niño y el mar", "El punto" y "Arco secreto".
En su conocida antología del cuento venezolano, José Balza lo distingue con el epíteto de "cuentista absoluto". ¿Cómo se siente con tan singular elogio que en Venezuela sólo podría tal vez compartir en verdad con don Julio Garmendia? Uno se siente halagado, naturalmente. Sorprendido ante la original expresión de Balza. ¿Qué quiso decir? Quizá quiso decir simplemente que mi vocación y aptitud natural en literatura es la de escribir cuentos.
¿Corresponde su sostenida y fiel dedicación al género cuento dentro de la escritura creativa a una decisión consciente y nítida? Consciente sí, aunque no premeditada.
¿Está relacionada esa decisión con su valoración particular del género? ¿Como se han llevado en Gustavo Díaz Solís el cuentista, el profesor, el gerente académico y el traductor? ¿Se quedó finalmente este último con el trono? Bien, vamos por partes.
Desde comienzos del bachillerato me interesé por la literatura de una manera genérica: leía poesía, cuento, novela... Más adelante, fueron sin duda mis primeros cuentos, especialmente "Morichal", los que "me dieron a conocer", como se dice. Con "Llueve sobre el mar", que recibió en 1942 el premio de la revista Fantoches, vino una discreta fama.
Era una revista de mucho impacto en el medio literario de la época. Circulaba por todo el país, sus lectores la apreciaban y la guardaban. Influyó mucho en nuestra conciencia literaria nacional.
Ese premio sorprendió y me hizo conocer porque yo tenía apenas 22 años, el jurado estaba formado por intelectuales muy respetados y presidido por Rómulo Gallegos y, luego de abrir las plicas, ese jurado encontró entre los participantes escritores ya reconocidos como Guillermo Meneses, Arturo Croce o Manuel Rodríguez Cárdenas.
Las traducciones vinieron mucho después, cuando pude leer el inglés con facilidad y placer. Lo de profesor deriva de una cierta inclinación que tuve desde muchacho a explicar, a enseñar. Pero todo (incluso el haber llegado a ser profesor) derivó del éxito de mis primeros cuentos. En aquella época, si uno escribía con éxito, podía llegar a ser... ¡hasta ministro! De mis traducciones creo que quedará la de los Cuatro cuartetos de T.S. Eliot, la de Baladas líricas y la gran elegía de Whitman a Lincoln, pero son mis cuentos los que realmente me han definido.
En la segunda mitad de los años cuarenta se dio en Venezuela una muy significativa e innovadora renovación cuentística, algo así como una irrupción de la modernidad que cambió para siempre la práctica del cuento en nuestro país. ¿Cómo sintió y cómo valora desde el presente esa osada apuesta al cambio en la que su obra se distinguió entre las de Márquez Salas y Guaramato, Armas Alfonzo y Rivas Mijares, Meneses y Trejo? Así es. En aquellos años hubo mucho entusiasmo por la literatura. Se leía mucho y de todo. Se escribía "con doctrina" o sin ella. Quienes escribíamos cuentos en ese momento reconocíamos a los otros cuentistas como compañeros (algunos maestros) de una aventura compartida, como uno de los nuestros. Nos sentíamos identificados. Me sorprendió, por ejemplo, la cordialidad con la que me trató Arturo Uslar Pietri cuando me reconoció (como autor de "Llueve sobre el mar") entre los empleados del Ministerio de Hacienda, al asumir él ese despacho en 1943: me llamó enseguida a su lado, me confió el cuidado de su correspondencia personal y la coordinación de las audiencias y --en medio de tantas ocupaciones-- lograba encontrar algún rato para conversar conmigo (un estudiante de 23 años) sobre lecturas y proyectos literarios. Conservo un ejemplar de Las lanzas coloradas que me dedicó por aquellos días.
Aquel fue definitivamente un momento de mucha efervescencia literaria. Hubo grupos importantes, como Contrapunto, como Viernes, y también personalidades aisladas que descollaban, revistas, papeles literarios, concursos...
¿Cómo el de El Nacional, sobre todo?
EL NACIONAL marcaba para nosotros como una estación importante del año. Acostumbrábamos a preguntarnos unos a otros si estábamos escribiendo o si ya habíamos enviado algo a ese certamen.
Y desde luego, el anuncio del ganador era esperado por todos. Llegar a ganarlo significaba para cualquiera de nosotros una suerte de consagración a nivel nacional.
Alguno como Antonio Márquez Salas, por cierto compañero de trabajo en 1947 en la Consultoría Jurídica del Ministerio de Educación, parece que "le encontró la vuelta" a ese premio, porque llegó a ganarlo en tres oportunidades. Los cuentos ganadores y los finalistas eran leídos y comentados durante semanas.
La rama venezolana de mi "familia literaria" comenzó a formarse con la lectura de la Antología del cuento moderno venezolano (18951935) que hicieron Arturo Uslar Pietri y Julián Padrón.
Eran cuentos que leíamos una y otra vez. En el primer tomo aparece el famoso prólogo de Uslar; y en el segundo, su cuento "La lluvia". De muchos cuentos de esa antología aprendí algo
¿Considera como Uslar Pietri que el cuento es un género mayor en nuestra literatura, un marcador de sus tendencias estéticas? Sí. El cuento ha dado algunos frutos notables y muy influyentes, como "La lluvia", del mismo Uslar Pietri, o "La balandra Isabel llegó esta tarde", de Meneses; aunque ningún cuento o cuentista alcanzó el nivel de popularidad de Doña Bárbara, por ejemplo. Sin embargo, desde un punto de vista más estrictamente literario, sí hubo, sí se hicieron en el cuento cosas, digamos, más al día que la escritura de Gallegos.
Dentro del proyecto de estudiar los volúmenes de cuentos que han marcado hitos en la trayectoria del género en Venezuela, ¿estaría de acuerdo en distinguir, entre sus libros de relatos, Cuentos de dos tiem- pos (1950) y Ophidia y otras personas (1968 y 1989) que re- únen tal vez sus doce mejores cuentos? Sí. De hecho, considero que Cuentos de dos tiempos y Ophidia y otras personas contienen una selección aún generosa. Yo la reduciría a diez cuentos, si aplicamos un criterio estricto de originalidad de substancia y de composición y escritura, dejando de lado algunos que son, digamos, más derivados, que son principalmente producto de lecturas literarias o de historia. "Hechizo", por ejemplo, es una elaboración literaria de unas páginas de Oviedo y Baños...
¿Qué otros practicantes del cuento reconoce como su "familia literaria", como sus antecesores o como los que fueron tocados por sus aportes en la segunda mitad del siglo XX? La recepción y valoración de algunos de mis cuentos, su resonancia y permanencia, me han sorprendido una y otra vez. La inclusión "de rigor" de algunos de ellos en las antologías me satisface mucho, por supuesto. También me ha sorprendido gratamente encontrar algo así como variaciones o proyecciones de "Arco secreto", como por ejemplo el texto "Arco revelado", publicado por Milagros Mata Gil en la revista Imagen; o un cuento que un día, para mi sorpresa, me trajo aquí a casa José Roberto Duque, en el que un caballo de carreras se llama precisamente "Arco secreto". Finalmente, me ha dado gusto leer estudios extensos y documentados sobre mis cuentos, como los de Oscar Sambrano Urdaneta (1963), de Norma Valero (1992) o el libro Víbora y barro, de Cósimo Mandrillo (2004). Y desde luego, textos críticos de síntesis penetrantes, como el prólogo de Balza en la edición de 1973 o la opinión de Guillermo Meneses sobre "El cocuyo" (1964) o el estudio crítico suyo que he leído en estos días pasados.
Y si miro más bien hacia el pasado, la rama venezolana de mi "familia literaria" comenzó a formarse con la lectura de los dos tomos de la Antología del cuento moderno venezolano (1895-1935) que hicieron Arturo Uslar Pietri y Julián Padrón en 1940. Eran cuentos que leíamos una y otra vez. En el primer tomo aparece el famoso prólogo de Uslar; y en el segundo, su cuento "La lluvia".
De muchos cuentos de esa antología aprendí algo. Las cuestiones técnicas, en especial, más que las concepciones temáticas y las emociones. Recuerdo, por ejemplo, relatos como "El catire", de Blanco Fombona; "Agua sorda", de Carlos Eduardo Frías o "Candelas de verano", de Julián Padrón. Esas lecturas y algunos de los cuadernos que por entonces publicaba la Asociación de Escritores Venezolanos llegaron sin duda a constituir un ideal para mí. Por aquellos años, leíamos también con gran intensidad autores como Azorín, Lorca, Antonio Machado, Mallea, Neruda...
La otra rama de la "familia literaria" corresponde al ciclo de mi vida que se abre con mi primer viaje de estudios a los Estados Unidos. No por los estudios mismos, que no fueron de Literatura sino de Seguridad Social y cosas así, sino por lo que significó para mí el noviazgo y posterior matrimonio, en septiembre de 1945, con Hilde Gutmann, entonces estudiante de segundo año en Washington University, en Saint Louis, Missouri.
Con ella me volví bilingüe y eso permitió que se fuera abriendo para mí todo el inmenso panorama de la literatura en lengua inglesa.
Al regresar a Caracas y después de tres meses en el campo de la Creole en Caripito en 1945 (experiencia que suscitará "Arco secreto"), ingresé al Ministerio de Educación siendo ministro Humberto García Arocha. Poco tiempo después entré al Pedagógico de Caracas a estudiar, primero Castellano y Literatura, como era natural, y luego --por un inesperado cambio de horario que mi trabajo me impedía cumplir-- al Departamento de Inglés y Literatura Inglesa.
Este ha sido uno de los más afortunados accidentes de mi vida. Con el profesor Rafael Herrera F. --un dominio completo de la lengua inglesa y de todas las destrezas de la enseñanza-- "descubrí" la literatura inglesa: entré poco a poco y cada vez más en ese universo de maravillas.
Y un día leí "El oficial prusiano" de Lawrence, D.H. Lawrence. Fue mi epifanía.
Supe lo que era un genio.
Me impactó su intuición en la naturaleza de las personas, de los animales, de las cosas, que más tarde me estimularía cuando escribí cuentos como "Arco secreto" o "El niño y el mar". Años después, al leer Absalón, Absalón, de Faulkner, sentí que descubría otro genio.
De manera que mi modesta parábola por la literatura tuvo como dos grandes arcos, que más de una vez se tocaron, se cruzaron: el de mis comienzos, cuando leía, devoraba, a los del 98 español; Azorín y Valle Inclán, el de Tirano Banderas, Antonio Machado y Lorca y Gabriel Miró; y también los de aquí cerca: Azuela, Güiraldes, Quiroga, Jorge Amado, Ciro Alegría, Mallea, Neruda... El otro arco comenzó quizás con Steinbeck y Lawrence, Conrad, Hemingway y Faulkner y, desde luego, T.S. Eliot. "Para muestra basta un botón", decimos todavía y esto vale para lo que vengo diciendo.
¿Puede decirse entonces que esos dos "arcos" o momentos de sus lecturas, están relacionados con dos períodos de su creación que se ven reflejados precisamente en la estructura binaria del volumen que se titula justamente Cuentos de dos tiempos ?Así es. Después de mis lecturas de los autores del "segundo arco" cambia apreciablemente mi manera de ver, de escribir. Podría decir que se vuelve a la vez más simple, más interior, más auténtica.
"El niño y el mar" es uno de sus mejores cuentos. Deja en el lector una impresión podría decirse directa, muy fresca y convincente del medio natural, de esa playa y de la manera espontánea y tan sensible y corpórea como el niño la experimenta. Algo de esta verdad del contacto con el ambiente, algo de un impulso nada declarativo por respetarlo y protegerlo está también presente en "El punto", en "Cachalo", en "Crótalo", hasta en "Hechizo" que es un cuento de temática histórica, de las consecuencias de un enfrentamiento de culturas... ¿De dónde surge en usted esa empatía con el medio natural, este impulso que hoy podría llamarse ecologista, ambientalista? El medio natural... Hay en mí como una propensión a tener experiencias de soledad, lo que tendría que ser descifrado desde adentro: meterme en un río, estar solo en el monte, ver, conocer, los animales en libertad, montar a caballo, cazar... Me sorprende, sinceramente, que usted tenga esa impresión, si la refiere a mi persona y no a las "sublimaciones" en los cuentos, que en verdad me redimen. Porque yo, de niño y hasta no hace mucho, fui un poco depredador. Desde luego, como en todo y siempre, hubo una circunstancia condicionante, nada exclusiva, por cierto. La redención vino después, afortunadamente, con el estudio, con lo que se vivió y se aprendió.
Lo otro, lo de destruir, era lo común para ese entonces. A veces, en el curso de alguna crueldad se colaba una sensación de culpa, de vergüenza. Por suerte, esa sensación llegó a predominar, pero eso tomó años.
¿Está relacionado ese impulso con su experiencia infantil en Sucre y Trinidad? De Sucre recuerdo poco. Sus playas las vi de lejos, cuando viajaba por barco de Trinidad hasta La Guaira. Trinidad --donde viví hasta los 10 años-- ha sido indeleble en cuanto a lo natural, por ejemplo, el ruido del río en Maracas, a donde papá nos llevaba de vez en cuando.
Nunca dí con la expresión para aquel ruido. Era como un acezar continuo, vasto, invisible, que todavía a veces evoco y oigo. Años después, en otra dimensión más pequeña, ese ruido insistió en estar presente en "Cachalo".
¿Qué nos diría desde esa cercanía con lo natural de su evidente afinidad con Horacio Quiroga? Quiroga, sí. En algún momento tuve la experiencia de leer "A la deriva" y de allí pasé a sus otros cuentos que parecían corresponder, algunos, a experiencias concretas mías. Sobre todo con las serpientes. Quiroga me puso como en retroceso y así fui a dar a Poe. Desde el impacto de esas lecturas y espoleado por una noticia leída en la prensa sobre un hecho curioso ocurrido en Perijá, donde una pobre mujer falleció de un síncope al encontrar detrás de la puerta una serpiente que su marido había colocado para asustarla, escribí "Ophidia". Vivíamos en ese momento en una casa rodeada de samanes y en medio de un desvelo, vi de pronto el cuento completo, de principio a fin. Me levanté de la cama y, de un solo tirón, escribí "Ophidia", que desciende un poco de Poe, un poco de Quiroga, a los que leo todavía de vez en cuando.
Junto con la atención al medio natural y la increíble nitidez de sus descripciones, me impresiona la atención de sus cuentos hacia el mundo interior de los personajes, no como análisis psicológico "desde afuera", sino como vivencia experimentada en el momento, como mera conciencia de sí, libre de interpretación: un sentirse siendo sin más. ¿Cómo llega a esa lucidez y cómo se vuelve ella verdad en contextos y cuentos tan diferentes como "El punto" o "Arco secreto"? Lo que dice usted sobre mi atención hacia el mundo interior de los personajes me ha deslumbrado. Es lo más profundo que he leído sobre mis cuentos. Los enaltece. Y algo más importante aún, los revela... hasta para mí. Es algo que le agradezco.
Soy de los que piensan que las osadas páginas finales de "Arco secreto" son sus mejores páginas. ¿Cómo llegó a escribir ese cuento? No puedo pronunciarme sobre esto con un sí o con un no. Pudiera sí compartir la opinión de que sean aquellas páginas las más audaces, las más osadas, especialmente en su sintaxis; sus imágenes en la representación o imitación artística de la realidad.
Pero también hay mucho alarde espontáneo de recursos retóricos, algún estímulo inmediato (cosas del desvelo) me llevó al desenfreno en la escritura y entonces fue un solo galope desde el comienzo del episodio hasta el final...
Cómo llegué a escribir ese cuento --me pregunta usted. Fueron experiencias personales, fragmentarias, que se fueron desplegando y congregando y son la substancia del cuento (y no sólo de ese cuento). Lo demás fue componerlo.
Comenzar in medias res, como enseña la preceptiva neo-clásica que se apoyaba en Aristóteles. Después, desarrollar el cuerpo central. Por último, regresar al principio y rematar, cerrar.
En el caso de "Arco secreto", sin freno, rapsódicamente. Entonces, hirvió el agua...
A veces, cuando pienso en "Arco secreto" --y en general en lo que constituye un buen cuento literario--, recuerdo aquellas palabras de la poeta estadounidense Marianne Moore cuando definió la poesía como "un jardín imaginario donde hay sapos de verdad".
Caracas, julio-septiembre de 2011.
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sábado, 14 de enero de 2012
CENTENARIO (I)
NACIONAL - Sábado 14 de Enero de 2012 Papel Literario/1
Centenario Guillermo Meneses 1911-1978
Otra vuelta de tuerca en relación a "La mano junto al muro"
El pasado 15 de diciembre se cumplieron 100 años del nacimiento de Guillermo Meneses, escritor y diplomático venezolano, autor de narraciones fundamentales de nuestra literatura como "La mano junto al muro", con la que ganó el Concurso de Cuentos de El Nacional en 1951, y "El falso cuaderno de Narciso Espejo", entre otras. Para recordar la enorme relevancia de su obra, un mes más tarde de su fecha centenaria, Papel Literario presenta a sus lectores un resumen de los textos leídos durante el encuentro que se celebró aquel día en la Universidad Central de Venezuela. Para homenajear al autor, la Coordinación de Estudios de Postgrado, la Maestría en Estudios Literarios y la Escuela de Letras organizaron el evento Meneses 2011, una jornada de reflexiones críticas sobre la obra del autor
JUDIT GERENDAS
Se ha escrito mucho sobre este brillante cuento de Guillermo Meneses, en el cual la duda se halla instalada en el centro mismo de la historia que se narra.
Gran parte de la crítica ha girado en torno al enigma que representan las evanescentes figuras masculinas que tienen papel primordial en el texto.
Yo también voy a referirme a ello, pero desde otro punto de vista, el cual me parece que se le ha escapado hasta ahora a la crítica que, en general, se ha estado preguntando de cuál hombre es que se está hablando en cada momento.
La publicación de "La mano junto al muro", en 1951, representa un corte de aguas fundamental en la narrativa venezolana: a partir de aquí sólo se podrá hablar de un antes y un después de este cuento.
Sólo en algunos momentos privilegiados se produce una ruptura tan radical como la que suscitó "La mano junto al muro".
En ese mismo año se presentan las primeras obras de Jesús Soto, Repeticiones y Desplazamiento, las cuales hasta en sus títulos se corresponden con el texto de "La mano...".
En 1955 se presentan los Coloritmos de Alejandro Otero y en 1959 la primera Fisiocromía de Carlos Cruz-Diez.
Es este el contexto en el que surge "La mano junto al muro", es a este momento estelar al que contribuye y del cual, a su vez, se alimenta.
Con todo ello se relaciona la cuestión de los personajes que pueden ser englobados bajo el término "el hombre", esa duda que permanentemente acompaña su identidad, el entrecruzarse del uno con el otro, los flashes que los caracterizan, ya que ninguno tiene historia, son meras imágenes de intensa presencia visual.
Son muchos los que hablan en el texto, todos hombres, intercambiables entre sí. Hablan de la mujer, su fugaz y momentáneo objeto del deseo: en el cuento todos hablan, menos ella, quien, sin embargo, tiene una importante presencia a través del frágil movimiento de sus dedos, que tamborilean sobre el muro, dedos que generan breves significantes: "aquí, aquí, no, no, no, adiós, adiós".
Pero si leemos con cuidado, tendremos que convenir en que la narración parte de ella. Meneses, con sabiduría de narrador, se ha situado dentro de su conciencia, que no es confusa ni es torpe, sino que, simplemente, es la conciencia de una mujer que es prostituta, cuya vida consiste en recibir a montones de hombres en un burdel.
A seres pasajeros e indeterminables, una larga serie de la que es imposible llevar la cuenta, por lo tanto para ella es irrelevante saber si eran dos o tres los marineros.
Entonces, cuando en el texto se dice "el hombre", es absolutamente coherente --y no producto del azar ni de una incertidumbre metafísica-- con el quehacer de la protagonista el que a veces todos parezcan uno sólo y otras se desdoblen en numerosos personajes.
Meneses es capaz de situarse en la perspectiva de la prostituta, sin compadecerla ni idealizarla ni juzgarla: haciéndonosla presente, a través de una técnica que nada le debe al realismo, pero sí a la visión cinematográfica y pictórica y, dentro de esta última, en particular, al cubismo y al cinetismo.
Los hombres, siluetas apenas, a veces intensamente iluminados por las luces, transformados en imágenes llameantes, se funden los unos con los otros; imágenes que en su esplendor de colores y en su movilidad cinética constituyen un brillante tour de force que logra verbalizar lo que en el cinetismo tiene índole visual.
El cinetismo, que es un arte óptico, juega con la luz y con el movimiento, así como con la apelación al espectador, que puede interactuar con estas obras, no sólo contemplarlas.
Se considera fundador de esta tendencia a Víctor Vasarely, artista francés de origen húngaro.
Pero entre sus principales creadores se destacan, con obras sumamente originales, tres artistas venezolanos: Jesús Soto, Alejandro Otero y Carlos CruzDiez. En mi opinión, la obra de ellos es el aporte más importante de Venezuela al mundo de la cultura universal.
La fragmentación de los múltiples hombres en "La mano..." remite también a la pintura cubista, que desintegra las formas y las ubica en el espacio en un orden que no es el que les corresponde en la realidad. La mujer, a su vez, está captada a través de una técnica cubista, que la hace ocupar un lugar en múltiples imágenes, que la expresan mejor que su corpórea unicidad detenida al lado del muro.
En el texto están representadas también imágenes que remiten a lo cinematográfico y a lo teatral. En un cierto sentido, la obra pone en escena una coreografía masculina, con personajes que vienen y van, hacen gestos y se desplazan en medio de humos azulados y un permanente juego de luces.
En el centro de esta magistral escenografía se despliega la tragedia, una historia de celos, un drama de soplo shakespeariano que gira en torno al único personaje quieto, la mujer con su mano sobre el muro.
Un hecho banal, cotidiano, se transforma, mediante la poderosa fuerza narrativa del texto, en un acontecer grandioso y universal.
La mujer está ahí, con sus dedos tamborileando cinéticamente sobre el muro, desde donde se ve el espejo, con sus imágenes geométricas oscilando sobre su superficie. Hay una correspondencia entre muro y espejo, ya que ambas son superficies, una rugosa y otra lisa, sobre las cuales se escriben historias, aquellas que se muerden la cola, como la que estamos leyendo, el cuento de Guillermo Meneses.
La sugestiva y móvil presencia de la mano se contrapone a la dureza de la piedra del muro.
Parte de toda esta historia la percibimos también desde las imágenes que refleja el espejo, titilar visual que contribuye a generar la duda. El aletear del espejo se corresponde con el golpear de los dedos de la mujer sobre el muro. En algún momento ella misma se hunde en el espejo, transformándose así en su propia imagen. El espejo resulta una vía para el saber y, simultánea y contradictoriamente, para la confusión, ya que, siendo él mismo oscilante, por colgar de una cuerda, da entrada a la multiplicidad de las versiones. Sin embargo, termina por mostrar un sólo camino: el que lleva hacia la muerte.
El espejo que refleja a la mujer es el espacio privilegiado en el que se instala el relato.
Ahí funda el narrador sus dudas y sus interrogantes, para desestabilizar a la narración misma, problematizando de esta manera la escritura, que reitera de múltiples maneras la ambigüedad ficcionalizada, en la perfección que marca a este cuento, en el que el enunciado y la enunciación llevan a su más alta expresión su concertada correspondencia.
El final del texto adquiere la tonalidad de una sinfonía, en contrapunto con el comienzo, con lo cual de nuevo enunciado y enunciación se corresponden: el cuento, en su registro temático, habla de una historia que se muerde la cola, y su estructura, en rítmica correspondencia, materializa esa historia, tal como una sinfonía que se cierra, con variaciones y entradas de motivos que van enriqueciendo la partitura, de la misma manera como comenzó, ella también mordiéndose la cola.
Luego ya sólo queda el enfrentarse a la realidad, a la muerte pura y simple. Ante el espejo, la mujer está al borde de ese misterio, intentando comprender presencias y ausencias, lo que está ahí reflejado y lo que ha quedado fuera del cuadro.
Frente a la fragilidad con la que se ha estado asociando su mano, surge la mano del otro, la que trae la muerte. A partir de su presencia, que parece ofrecer un blanco cigarrillo encendido, pero que sujeta un puñal, el texto gira de nuevo y se produce una inesperada variante: la mujer alza la mano --primera y única vez el sustantivo va acompañado de un verbo, connotando una acción-- e inicia un gesto. El final de gran tragedia del cuento mantiene el carácter cinético y de alta poesía.
La muerte ya se ha instalado y, en un giro definitivo, todo movimiento se detiene: "La mano de la mujer estaba quieta junto al muro, sobre el pozo de su propia sangre" (p. 175). La gran variante de la frase final --del fraseo musical-- es de índole gramatical: la preposición sobre, que ha acompañado permanentemente al sustantivo mano a lo largo de todo el cuento, en cuanto a su ubicación espacial en relación al muro, en la última frase del cuento es sustituida --cuando se instala la muerte-- por el adverbio junto, en magnífica señalización alusiva e indirecta de la tragedia que ha tenido lugar: ya la mano no tamborilea sobre el muro, está inerte junto a él, en su propio charco de sangre. La fugacidad del tiempo se ha cumplido, la inmovilidad ha sustituido al leve temblor y se produce el gran desenlace dramático, todo ello concentrado en apenas dos partículas verbales, las cuales irradian con su significado el final del drama, así como el final de la sinfonía, que concluye con el silencio que se corresponde con la quietud de la mano.
Centenario Guillermo Meneses 1911-1978
Otra vuelta de tuerca en relación a "La mano junto al muro"
El pasado 15 de diciembre se cumplieron 100 años del nacimiento de Guillermo Meneses, escritor y diplomático venezolano, autor de narraciones fundamentales de nuestra literatura como "La mano junto al muro", con la que ganó el Concurso de Cuentos de El Nacional en 1951, y "El falso cuaderno de Narciso Espejo", entre otras. Para recordar la enorme relevancia de su obra, un mes más tarde de su fecha centenaria, Papel Literario presenta a sus lectores un resumen de los textos leídos durante el encuentro que se celebró aquel día en la Universidad Central de Venezuela. Para homenajear al autor, la Coordinación de Estudios de Postgrado, la Maestría en Estudios Literarios y la Escuela de Letras organizaron el evento Meneses 2011, una jornada de reflexiones críticas sobre la obra del autor
JUDIT GERENDAS
Se ha escrito mucho sobre este brillante cuento de Guillermo Meneses, en el cual la duda se halla instalada en el centro mismo de la historia que se narra.
Gran parte de la crítica ha girado en torno al enigma que representan las evanescentes figuras masculinas que tienen papel primordial en el texto.
Yo también voy a referirme a ello, pero desde otro punto de vista, el cual me parece que se le ha escapado hasta ahora a la crítica que, en general, se ha estado preguntando de cuál hombre es que se está hablando en cada momento.
La publicación de "La mano junto al muro", en 1951, representa un corte de aguas fundamental en la narrativa venezolana: a partir de aquí sólo se podrá hablar de un antes y un después de este cuento.
Sólo en algunos momentos privilegiados se produce una ruptura tan radical como la que suscitó "La mano junto al muro".
En ese mismo año se presentan las primeras obras de Jesús Soto, Repeticiones y Desplazamiento, las cuales hasta en sus títulos se corresponden con el texto de "La mano...".
En 1955 se presentan los Coloritmos de Alejandro Otero y en 1959 la primera Fisiocromía de Carlos Cruz-Diez.
Es este el contexto en el que surge "La mano junto al muro", es a este momento estelar al que contribuye y del cual, a su vez, se alimenta.
Con todo ello se relaciona la cuestión de los personajes que pueden ser englobados bajo el término "el hombre", esa duda que permanentemente acompaña su identidad, el entrecruzarse del uno con el otro, los flashes que los caracterizan, ya que ninguno tiene historia, son meras imágenes de intensa presencia visual.
Son muchos los que hablan en el texto, todos hombres, intercambiables entre sí. Hablan de la mujer, su fugaz y momentáneo objeto del deseo: en el cuento todos hablan, menos ella, quien, sin embargo, tiene una importante presencia a través del frágil movimiento de sus dedos, que tamborilean sobre el muro, dedos que generan breves significantes: "aquí, aquí, no, no, no, adiós, adiós".
Pero si leemos con cuidado, tendremos que convenir en que la narración parte de ella. Meneses, con sabiduría de narrador, se ha situado dentro de su conciencia, que no es confusa ni es torpe, sino que, simplemente, es la conciencia de una mujer que es prostituta, cuya vida consiste en recibir a montones de hombres en un burdel.
A seres pasajeros e indeterminables, una larga serie de la que es imposible llevar la cuenta, por lo tanto para ella es irrelevante saber si eran dos o tres los marineros.
Entonces, cuando en el texto se dice "el hombre", es absolutamente coherente --y no producto del azar ni de una incertidumbre metafísica-- con el quehacer de la protagonista el que a veces todos parezcan uno sólo y otras se desdoblen en numerosos personajes.
Meneses es capaz de situarse en la perspectiva de la prostituta, sin compadecerla ni idealizarla ni juzgarla: haciéndonosla presente, a través de una técnica que nada le debe al realismo, pero sí a la visión cinematográfica y pictórica y, dentro de esta última, en particular, al cubismo y al cinetismo.
Los hombres, siluetas apenas, a veces intensamente iluminados por las luces, transformados en imágenes llameantes, se funden los unos con los otros; imágenes que en su esplendor de colores y en su movilidad cinética constituyen un brillante tour de force que logra verbalizar lo que en el cinetismo tiene índole visual.
El cinetismo, que es un arte óptico, juega con la luz y con el movimiento, así como con la apelación al espectador, que puede interactuar con estas obras, no sólo contemplarlas.
Se considera fundador de esta tendencia a Víctor Vasarely, artista francés de origen húngaro.
Pero entre sus principales creadores se destacan, con obras sumamente originales, tres artistas venezolanos: Jesús Soto, Alejandro Otero y Carlos CruzDiez. En mi opinión, la obra de ellos es el aporte más importante de Venezuela al mundo de la cultura universal.
La fragmentación de los múltiples hombres en "La mano..." remite también a la pintura cubista, que desintegra las formas y las ubica en el espacio en un orden que no es el que les corresponde en la realidad. La mujer, a su vez, está captada a través de una técnica cubista, que la hace ocupar un lugar en múltiples imágenes, que la expresan mejor que su corpórea unicidad detenida al lado del muro.
En el texto están representadas también imágenes que remiten a lo cinematográfico y a lo teatral. En un cierto sentido, la obra pone en escena una coreografía masculina, con personajes que vienen y van, hacen gestos y se desplazan en medio de humos azulados y un permanente juego de luces.
En el centro de esta magistral escenografía se despliega la tragedia, una historia de celos, un drama de soplo shakespeariano que gira en torno al único personaje quieto, la mujer con su mano sobre el muro.
Un hecho banal, cotidiano, se transforma, mediante la poderosa fuerza narrativa del texto, en un acontecer grandioso y universal.
La mujer está ahí, con sus dedos tamborileando cinéticamente sobre el muro, desde donde se ve el espejo, con sus imágenes geométricas oscilando sobre su superficie. Hay una correspondencia entre muro y espejo, ya que ambas son superficies, una rugosa y otra lisa, sobre las cuales se escriben historias, aquellas que se muerden la cola, como la que estamos leyendo, el cuento de Guillermo Meneses.
La sugestiva y móvil presencia de la mano se contrapone a la dureza de la piedra del muro.
Parte de toda esta historia la percibimos también desde las imágenes que refleja el espejo, titilar visual que contribuye a generar la duda. El aletear del espejo se corresponde con el golpear de los dedos de la mujer sobre el muro. En algún momento ella misma se hunde en el espejo, transformándose así en su propia imagen. El espejo resulta una vía para el saber y, simultánea y contradictoriamente, para la confusión, ya que, siendo él mismo oscilante, por colgar de una cuerda, da entrada a la multiplicidad de las versiones. Sin embargo, termina por mostrar un sólo camino: el que lleva hacia la muerte.
El espejo que refleja a la mujer es el espacio privilegiado en el que se instala el relato.
Ahí funda el narrador sus dudas y sus interrogantes, para desestabilizar a la narración misma, problematizando de esta manera la escritura, que reitera de múltiples maneras la ambigüedad ficcionalizada, en la perfección que marca a este cuento, en el que el enunciado y la enunciación llevan a su más alta expresión su concertada correspondencia.
El final del texto adquiere la tonalidad de una sinfonía, en contrapunto con el comienzo, con lo cual de nuevo enunciado y enunciación se corresponden: el cuento, en su registro temático, habla de una historia que se muerde la cola, y su estructura, en rítmica correspondencia, materializa esa historia, tal como una sinfonía que se cierra, con variaciones y entradas de motivos que van enriqueciendo la partitura, de la misma manera como comenzó, ella también mordiéndose la cola.
Luego ya sólo queda el enfrentarse a la realidad, a la muerte pura y simple. Ante el espejo, la mujer está al borde de ese misterio, intentando comprender presencias y ausencias, lo que está ahí reflejado y lo que ha quedado fuera del cuadro.
Frente a la fragilidad con la que se ha estado asociando su mano, surge la mano del otro, la que trae la muerte. A partir de su presencia, que parece ofrecer un blanco cigarrillo encendido, pero que sujeta un puñal, el texto gira de nuevo y se produce una inesperada variante: la mujer alza la mano --primera y única vez el sustantivo va acompañado de un verbo, connotando una acción-- e inicia un gesto. El final de gran tragedia del cuento mantiene el carácter cinético y de alta poesía.
La muerte ya se ha instalado y, en un giro definitivo, todo movimiento se detiene: "La mano de la mujer estaba quieta junto al muro, sobre el pozo de su propia sangre" (p. 175). La gran variante de la frase final --del fraseo musical-- es de índole gramatical: la preposición sobre, que ha acompañado permanentemente al sustantivo mano a lo largo de todo el cuento, en cuanto a su ubicación espacial en relación al muro, en la última frase del cuento es sustituida --cuando se instala la muerte-- por el adverbio junto, en magnífica señalización alusiva e indirecta de la tragedia que ha tenido lugar: ya la mano no tamborilea sobre el muro, está inerte junto a él, en su propio charco de sangre. La fugacidad del tiempo se ha cumplido, la inmovilidad ha sustituido al leve temblor y se produce el gran desenlace dramático, todo ello concentrado en apenas dos partículas verbales, las cuales irradian con su significado el final del drama, así como el final de la sinfonía, que concluye con el silencio que se corresponde con la quietud de la mano.
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lunes, 14 de noviembre de 2011
VARIAS VACAS ... GORDAS Y FLACAS

EL NACIONAL, Caracas, 12 de Noviembre de 2011
Isaac Chocrón Serfaty: 1930-2011
La honesta e implacable mirada de Isaac Chocrón:
los desarraigados personajes de su narrativa
Son pájaros de mar por tierra, no encuentran su espacio propio, están desarraigados y andan por el mundo sin dejar huellas
JUDIT GERENDAS
La sostenida y consecuente novelística de Isaac Chocrón ha sido injustamente relegada, en comparación a la amplia difusión de su brillante obra dramática. Entre 1956, cuando aparece la novela Pasaje, y 2005, cuando se edita en formato de libro Pronombres personales, que ya había sido publicado por El Nacional en la modalidad de folletín en 2002, por capítulos, la constante labor narrativa de Chocrón se materializó en siete novelas, las cuales son, además de las ya mencionadas, Se ruega no tocar la carne por razones de higiene, de 1970; Pájaro de mar por tierra, de 1972; Rómpase en caso de incendio, de 1975; y 50 vacas gordas, de 1980.
Esta producción narrativa es una obra valiosa y valerosa, generada a partir de una inquisitiva y lúcida mirada sobre los convencionalismos y los estereotipos, a los cuales muestra con un rigor despiadado, sin concesiones. De la narrativa de Isaac Chocrón surge un universo ficcional en el que representa, de un modo implacable, la mezquindad y la mediocridad, el conformismo y las formalidades, las reglas de juego que barnizan con su existencia a las mentiras que recubren.
La superficialidad, el protocolo, las relaciones interpersonales marcadas por la indiferencia y por el desamor, aunque enmascaradas por la cortesía, expresan un mundo en el que el deseo ha sido sofocado por la rigidez de las apariencias y de los comportamientos establecidos.
Los personajes que pueblan un espacio así caracterizado son seres signados por la soledad. Únicamente cuando logran insertarse en la rutina de lo convencional consiguen fabricarse un refugio dentro del cual ocultan y disfrazan su desamparo. En algunos de estos personajes, sin embargo, sobre todo en el Micky de Pájaro de mar por tierra, la soledad es, más que una circunstancia, una condición existencial asumida y aceptada.
La visión irónica y la visión trágica presentes en esta narrativa se sitúan en el contexto cultural de las clases altas, entre personajes muchas veces pertencientes al mundo diplomático, signado por las componendas y la rutina trivial, un mundo en el que la calidad moral y humana son sutituidas por los gestos y las puestas en escena.
La sexualidad es un tema central en la narrativa del autor. Reiteradamente Chocrón construye personajes que responden a una propuesta lúcida y coherente, pionera en la narrativa latinoamericana, puesto que ya se encuentra en germen en Pasaje, un tanteo correspondiente todavía a la época juvenil. Se trata de seres con una sexualidad ambivalente, cuya presencia muchas veces es tan sutil que no es notada claramente ni siquiera por los propios personajes caracterizados de esta manera.
La propuesta del autor es mostrarnos la sexualidad en su materialidad más primaria. A lo que nos enfrenta es a un sexo degradado, cuya abyección se explora con crudeza en medio del entramado de los prejuicios sociales representados.
La homosexualidad masculina se asedia constantemente, con la misma mirada despiadada que encontramos en relación al mundo social. Desde la condena cultural por parte de esta sociedad hasta la descripción naturalista, se revisa con coraje y de una forma consecuente un tema escabroso, que será abordado unos cuantos años después por otros escritores latinoamericanos, tales como el argentino Manuel Puig o el cubano Reinaldo Arenas.
El autor explora sin concesiones el aspecto degradado y sórdido del mundo en el cual se mueven sus desamparados personajes, y no rehuye mostrar la inautenticidad de unas relaciones muchas veces no elegidas, sólo aceptadas pasivamente, al no poner resistencia numerosos personajes a una prostitución (obviamente por dinero) que corrompe las opciones individuales.
Existen también, aunque con menos frecuencia, momentos de belleza y de felicidad en estas relaciones. Pero el convencionalismo imperante en la cultura establecida, que se manifiesta en tenues, aunque férreas represiones, pocas veces le permite a los personajes asumir libremente su enmascarada identidad. Son pájaros de mar por tierra, no encuentran su espacio propio, están desarraigados y andan por el mundo sin dejar huellas, tal como el ya mencionado Micky, precisamente de la novela titulada Pájaro de mar por tierra, el cual se perderá definitivamente, sin dejar tras de sí señal de su paso sobre la tierra. Sólo quedarán rumores, suposiciones y fragmentos de testimonios, un rompecabezas imposible de armar. Se pierde en el mar, un espacio en el cual, por definición, es imposible dejar huella alguna.
Este personaje forma parte de la vasta galería de personajes masculinos pasivos, extranjeros en el mundo, en el sentido camusiano del término, que se inicia con el Ismael Campos de Pasaje, y llega hasta el Alejandro Ponte Vecchio de Toda una dama. La pasividad termina siendo una condición existencial asumida, una forma trágica de la libertad, en la que no se expone nada del mundo interior del personaje, despojado de cualquier tentación de hacer una apuesta en el juego de la vida, resguardado detrás del silencio, de la sonrisa que no compromete y del carácter enigmático.
En este contexto, duro y cruel, de "narrativa sucia", la prostitución masculina es una referencia constante. Los personajes reciben pagos en dinero o en favores como algo rutinario, sin que ello les produzca coflictos éticos y sin movilizar valores abstractos o filosóficos de ninguna especie. Son outsiders que dinamitan con su mera presencia la hipocresía del mundo en el que se mueven. Son ellos el otro, los que, con esa simple presencia, cruda, descarnada y desembozada, le sirven de espejo a los educados y protocolares personajes que se mueven elegantemente detrás de sus máscaras y de sus disfraces.
Los personajes prostituidos son objeto de transacciones mercantiles en medio de las cuales se intenta cosificarlos, hacerlos propiedad de alguien, en situaciones de una extraña ferocidad. Sin embargo, algunos logran liberarse, como el protagonista de Pájaro de mar por tierra, el cual crece y se hace consciente, asumiendo su desarraigo y escogiendo una libertad que ninguna dulzura puede proporcionarle.
Esta larga serie de personajes chocronianos, manoseables y apáticos, algunos de los cuales terminan realizándose en su soledad, se construyen sobre espacios textuales sugestivos y, en algunos casos, notables por su carácter metaficcional. Tal sucede en la novela ya varias veces citada, Pájaro de mar por tierra, en la cual el discurso narrativo tradicional se combina con las cartas que le llegan al autor personificado, de los supuestos informantes que, mediante esas cartas pagadas por un personaje narratario llamado Isaac Chocrón, el cual le manda cien dólares a cada uno, producen textos a partir de diferentes puntos de vista y con múltiples voces, en un logrado juego polifónico que coloca en primer plano el proceso de escribir mismo.
Esta autorreferencialidad, esta audaz conciencia del hecho literario, entra en juego dialógico con la otra conciencia, la relativa a la audacia temática que se expresa en esta escritura, lo cual se manifiesta claramente cuando uno de estos personajes informantes le pregunta al personaje escritor, al Sr. Chocrón, si él de verdad va a publicar todo eso, si él cree que ello le será permitido.
De esta manera Isaac Chocrón termina siendo personaje de su propia novela, en la que convive con las figuras ficticias que ha creado, ya no sólo como receptor de sus informaciones, sino como parte de la historia que se narra. Se nos dice, por ejemplo, que Chocrón invitó a cenar en un restaurant a Micky y a Gloria, o que él y Piet no eran íntimos, y se llega hasta el juego humorístico en el que una de esas figuras de papel que es, a fin de cuentas, un personaje, exclama: "¡Qué bien nos conoce, Sr. Chocrón, cualquiera creería que usted es uno de nosotros! Vaya manera de describir las cosas".
Dentro de esta narrativa, tan innovadora en la literatura venezolana y tan coherente, tan fiel a sí misma, ocupa un lugar diferenciado la novela 50 vacas gordas, cuya protagonista es una mujer. En un mundo cultural afín al de las otras obras, en cuanto a que está signado por comportamientos convencionales y rituales mundanos, formalizados y triviales, y también en cuanto a que esta protagonista es a su vez un ser marcado por la soledad, así como lo están también sus numerosas amigas, todas mujeres cincuentonas, se produce un cambio en relación a las otras novelas.
Un hecho fortuito, un crimen del cual es testigo, desencadena en Mercedes Alcántara una actividad de compromiso ético que la lleva a asumir un riesgo, a partir de unos valores que la hacen sentirse responsable y solidaria con la otra, una mujer joven y marginal que ha sido asesinada, un hecho que ha quedado impune. En una acción trepidante que mantiene el suspenso todo el tiempo, ella termina por desentrañar el crimen y encontrar el culpable, aunque todo ello será por completo inútil: la corrupción del sistema social protege al criminal, y la víctima, un ser carente de peso en el entramado de la sociedad, será fácilmente olvidada y desechada.
En un mundo caracterizado por la ostentación y el despilfarro, en un contexto histórico agudamente analizado a partir de la visión irónica, la protagonista logra algo que quizás sea poco socialmente, pero que es mucho para una existencia individual: ella adquiere una conciencia y se confronta a sí misma con un medio incomprensivo e insensible. Desde la conciencia lúcida obtiene un conocimiento y un saber, el poder reconocer el mal, a partir de lo cual asume su soledad con coraje, ya no como una condición impuesta por las circunstancias.
Irene, la muchacha asesinada, marca aquí la otredad, el mundo de lo sórdido.
Una sordidez que, en última instancia, no obstante, es la misma que la de las mujeres a cuyo grupo pertenece Mercedes, sólo que en el caso de Irene se encuentra en estado crudo y expuesto, observable a través de unos binóculos. Sin embargo, es un otro que no deja de ser lo mismo.
Es la mirada de Mercedes, con la ayuda de los binóculos, lo que define a Irene.
Pero esa visión se hace dialógica al rebotar de vuelta y obligarla a definirse a sí misma también. Tal como ha obligado a sus lectores ese gran escritor que fue Isaac Chocrón, a definirse también en relación a la temática y a los problemas éticos que de una manera sostenida y coherente ofreció en su obra narrativa, incluyendo a la última, la desgarradora Pronombres personales.
En ese conjunto de novelas que reclama el diálogo y la divulgación, la reedición de libros que hace tiempo no se consiguen.
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