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domingo, 10 de septiembre de 2017

(A) ATONALIDADES

EL NACIONAL, Caracas, 23 de agosto de 2017
Ética de la racionalidad
Elio Pepe Trifance

La conquista del poder asume confrontaciones ideológicas, políticas y programáticas que determinan el comportamiento de las instituciones, de las relaciones geoestratégicas, del ritmo y tipificación del crecimiento que influencian la soberanía, la independencia, la misma identidad de la nación.

De la contraposición de los planteamientos emergen las diferentes tipificaciones y objetivos que persigue el desarrollo a través de alternativas estratégicas que, bajo la estricta racionalidad entre costos, beneficios y medios empleados, configuran la estructuración del sistema productivo, económico y social. Sería contradictoria una racionalidad que no fuese permeada de vínculos y valores éticos, tanto cuando se aplica para la escogencia de las finalidades generales del desarrollo, tanto cuando se define el marco estratégico y las modalidades tácticas para alcanzarlas; es decir, el contexto en el cual la acción sustancia la postura ideológica de referencia.

No se trata de recurrir a la ética de la racionalidad simplemente como instrumento para señalar los ideales y emitir un juicio de valor sobre los medios utilizados para sus aplicaciones, sino que la toma de decisión implique como imperativo categórico el conocimiento y práctica de los valores: pues, por su propia formulación, la ética de la racionalidad encierra la esencia del Ser del hombre, los caracteres distintivos de su naturaleza. Es un principio seguramente conocido, pero que nunca ha sido aplicado en plenitud por los gobiernos de la cuarta república: pero, para el gobierno de la revolución bolivariana, conforme con la aplicación del centralismo democrático social leninista, constituye la negación de su esencia totalitaria y la admisión de una diversidad por la cual debería reconocer y aplicar el sistema democrático.  

Es una insistencia iterativa, casi una mortificación tautológica a la cual este concepto nos obliga para el perseguimiento constante de las libertades constitucionales y de una mayor justicia social. Cada día, perdura y aumenta la crisis y evidencia el estatus de necesidad determinado por la inconsistencia de la distribución equitativa de la riqueza; pero, en lo económico, sin inversiones productivas, sin el acceso al conocimiento y a la investigación como medios para la superación, sin el uso de las tecnologías y de los recursos humanos que abandonan el país se aleja la hipótesis de recuperación. Es apremiante la organización de una sociedad que difiere del simple conformismo para otorgar presunta eficacia a la solución de problemas, mientras que limita su actuación solo en defensa de los intereses particulares de grupos o de una elite: al contrario, sin el perseguimiento del bien colectivo la sociedad pierde su funcionalidad primaria por la cual se traduce en fisionomía representativa de la unidad del Estado. Por consiguiente, es perentorio otorgar a la política la significación originaria de su responsabilidad específica que con ética y sindéresis debe asumir para la administración general de los bienes públicos y del Estado.

La política asume su supremacía cuando se emplea no como arte de las posibilidades de manipulación, sino más bien como ciencia de las posibilidades de cambio de los valores, parámetros y finalidades del crecimiento de la democracia, exactamente lo que exige la hipótesis de un nuevo desarrollo; por el contrario, cuando las posibilidades se vinculan a un proyecto político que impide la valoración de los principios democráticos sometidos de manera instrumental a la praxis partidista, emergen las limitaciones ínsitas en la toma de decisiones y en las acciones consiguientes. En estas circunstancias, la ética pierde su función inspiradora y no genera reflexiones críticas sobre los contenidos, la conducción, los alcances de la acción social y económica y sus consecuencias sobre la vida de los ciudadanos.

Cuando prevalece la irracionalidad en el uso de los recursos, y el peculado y la corrupción envuelven la administración de los gastos corrientes y de los bienes públicos, el cuestionamiento de los datos económicos y políticos no puede asumir que una significación negativa: en particular deriva la inconformidad con el dinamismo presunto o real que exprime la acción gubernamental, máxime cuando a través de sus formulaciones se pretende determinar un sometimiento relativo de los valores al proyecto político que se sobrepone a las necesidades esenciales de la población que, al contrario, se deberían enfrentar como obligación prioritaria del ejercicio del poder.

Es lo que pasa cuando el desarrollo se reduce a una política populista, como por ejemplo la que se manifiesta en la práctica de las “misiones”, sin que se hayan solucionado los problemas de fondo de las condiciones de pobreza crítica a través de la dignidad del trabajo. Igualmente, cuando se utilizan otros instrumentos de asistencia social para perseguir el continuismo administrativo del poder y se define y aplica una estrategia del desarrollo que privilegia unos pocos, se atan las aspiraciones de legitima mejora de las condiciones de vida de la mayoría a un presunto crecimiento genérico, a una hipótesis de modernización revolucionaria que no produce cambios estructurales y que deja sometidas las relaciones de participación y responsabilidad individual y colectiva al arbitrio de quien ejercita el poder.

En completa contraposición, la ética de la racionalidad política aplicada a una programación de desarrollo se transforma en la guía segura que inspira la acción de la recuperación pregonada, pues permite enfrentar las endemias presentes y transforma la evanescente dialéctica que ha rodeado y rodea la justicia social en opciones fundamentales de crecimiento. Por consiguiente, quedan evidenciados los límites, las frustraciones y la impotencia de la política volcada a la afirmación de un proyecto excluyente, seudosocialista, que utiliza para sus finalidades particulares los recursos generales del país, por ejemplo, cuando, entre otros aspectos, en la práctica gubernamental de la política habitacional, sanitaria y de asistencia social beneficia solo a los seguidores de su orientación política.

En nuestra visión, la escogencia de las opciones del ejercicio del poder debe ser realizada en favor del conjunto de la sociedad que con su pronunciamiento, en cualquier caso, las determina por los valores que previamente ha aceptado y que persigue con el ejercicio del control mediante el seguimiento específico definido en las formas y las funciones establecidas por la Constitución de 1999. Por supuesto, el desarrollo se tipifica por la aplicación de la estrategia escogida, asume el sello distintivo con el cual se manifiesta en el contexto internacional, pero su objetivo prioritario queda vinculado a la satisfacción interna de la demanda económica de bienes y servicios, a las obligaciones institucionales y a los principios de solidaridad social.

La búsqueda de nuevas posibilidades de desarrollo en una economía de mercado requiere entre otros aspectos, la formulación de  normas para facilitar las inversiones y la transferencia de tecnología; es decir, que se deben formular políticas que sean el reflejo concreto de las legítimas exigencias de progreso que la propia comunidad nacional, a través de sus estructuras jurídicas, económicas y sociales, ha logrado formular bajo la racionalidad empírica que filtra en el tiempo, a través del conocimiento científico, la solución más eficiente de los problemas.

Pero, si a la secuencia del hacer y de la racionalidad científica se contrapone la voluntad política, se producen condiciones que anulan los esfuerzos precedentes, se perjudica la gobernanza del Estado y su funcionalidad, y se inducen crisis cuyas variables, en los mejores de los casos, intentan limitar los daños preservando las instituciones, sin preocuparse del ulterior deterioro de la sociedad, pues si se  llega a la alteración de las reglas que garantizan la funcionalidad de las instituciones, se determina en los hechos la ruptura del orden constitucional, se anula la división de los poderes y se conculcan los derechos de los ciudadanos, máxime cuando la tentación totalitaria se manifiesta como hipérbole del continuismo del abuso con el cual se ha secuestrado el ejercicio del poder.

La experiencia histórica evidencia que en un sistema democrático se impone el crecimiento del conocimiento proyectado en el tiempo y en el desarrollo económico y social. Es un proceso científico que transforma y hace crecer la sociedad cuando en su actuación prevalece la racionalidad de la ética: su inspiración y conducción no solo deben caracterizar las acciones concretas de los comportamientos de las instituciones, sino que al mismo tiempo exigen la promoción de los valores de los cuales son portadores los actores políticos, económicos, sociales y culturales.

Los alcances de  libertad, de justicia, de dignidad e inviolabilidad de la persona, de los derechos humanos, de la pulcritud y transparencia de la administración pública, de su funcionalidad y eficiencia, son objetivos estratégicos que califican el sistema democrático y le otorgan la legitimación que deriva por alcanzar una superior categoría de civilización: es este el proceso evolutivo que merece el reconocimiento, respeto y aceptación como expresión de la forma más democrática a la cual la humanidad ha llegado en la estructuración del poder del Estado, muy lejos del albedrío jurídico e imposición practicada por el órgano tutor de la legitimidad democrática para inhabilitar los candidatos de la oposición a la representación de los ciudadanos.

Los principios que el sistema democrático expresa por su formulación y por su espíritu procedimental, relativizan las finalidades perseguidas por las otras racionalidades presentes en las estructuras del Estado y de la sociedad. Las leyes que definen el comportamiento de las diversas instituciones necesarias para la funcionalidad global de un Estado promotor de desarrollo y de las consecuentes relaciones con la sociedad indican las pautas y modalidades con las cuales se aplican los principios filtrados por la ética de la racionalidad.

Queda un axioma: la libertad es la dimensión histórica del hombre, nunca el prevalecer de la racionalidad de la ética disminuirá o conculcará libertades, sino que propiciará la continuidad entre el fin de un periodo histórico y el comienzo de otro para incorporar en la transición las modificaciones propiciadas por el principio de causalidad, la inspiración de la estética y los valores morales que deben permear las acciones de los ciudadanos en sus relaciones con las instituciones definidas en el pacto social vigente.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/etica-racionalidad_199971

domingo, 2 de julio de 2017

OFICIALISMO EXTRATERRESTRE



La fantasía dictatorial

Luis Barragán

Una rápida relación de los acontecimientos, recientes y amargos, arroja un saldo asombroso de muertos, malheridos, detenidos, torturados y perseguidos, añadido el daño y vulgar hurto de bienes muebles e inmuebles. La represión ha sido extraordinaria y, aunque el gobierno diga guardar las formas, no ametrallando franca y abiertamente a la muchedumbre, ha desarrollado métodos de consecuencias que se les equiparan: el vómito  de un artefacto lacrimógeno tiene por objeto eliminar, mas no disolver una pacífica manifestación, por ejemplo.

Yendo los bueyes detrás de las carretas, el victimario intenta trastocarse en víctima. Para Nicolás Maduro, ya citados por el Ministerio Público, sus verdugos ministeriales resultan los perseguidos, e, incluso, vela por los derechos humanos del operador de una tanqueta que no respetó alguno del ciudadano que arrolló a la vista de todos.

Menos debe sorprender que el concejal barquisimetano de uno de los partidos subsidiarios  del principal partido de gobierno, Jesús Superlano (PPT), haga un llamado para que salgan los tales colectivos armados a la calle, como si no lo hubiesen hecho, siendo – vaya casualidad -  más tarde ultimado Rubén Morillo en la capital larense.  Escuchamos las declaraciones radiales del edil que condensa la reiterada versión de los más altos y distinguidos burócratas del régimen, tratando de imputarle las muertes, destrozos, saqueos y, por supuesto, la mentada guerra económica a la oposición, tal como pretendieron hacerlo con los 43 jóvenes asesinados en 2014, muy a pesar de las excesivas evidencias.

Exige y exigen más ataques del agresivo, fatal e impune pillaje de las bandas paramilitares, toda una novedad en la historia contemporánea venezolana, renunciando a la más elemental racionalidad.  El totalitarismo siempre está expuesto a una coyuntura peligrosa y, más aún, cuando presiente un inminente derrumbe, suele desafiar la realidad con una sobredosis de fantasía que logra afectar a sus partidarios más modestos: la dictadura venezolana hace caso a sus asesores cubanos, pues, vendrán los años en los que podrá develarse todas las mentiras que anidaron en la inmensa penitenciaria caribeña de difícil imitación para la cárcel que todavía no logran ni lograrán construir en este lado del mundo.

Luego, versamos sobre un nada casual contexto para la noticia que se hizo obviamente secundaria ante el macabro cuadro de asesinatos de jóvenes pacíficos en las calles, refiriéndonos al helicóptero que sobrevoló parte de Caracas, lanzó unos artefactos explosivos sobre la sede del TSJ, fue nítidamente fotografiado con un redondo e inequívoco 350, aterrizó casi amablemente, huyendo la tripulación. Postura alguna asumimos sobre la veracidad o no del hecho, por cierto, aislado en el marco de las   multitudinarias movilizaciones de la oposición, simplemente observando que guarda correspondencia con una concepción del espectáculo que anima en demasía al gobierno, al fin y al cabo, salido de los moldes de la antipolítica.
Referencia:
Fotografía: Todavía desconocemos el nombre del autor.  

03/07/2017:
http://www.diariocontraste.com/2017/07/la-fantasia-dictatorial-por-luis-barragan-luisbarraganj/ 

martes, 21 de febrero de 2017

JUGGERNAUT

EL MUNDO, Barcelona, 17 de febrero de 2017
El triunfo de la fuerza irracional
Felipe Fernández-Armesto  

Los devotos se sacrificaban bajo las ruedas enormes, arrojándose alocadamente para que se machucaran los huesos y la calzada se untase de su sangre. Así, por lo menos, según el libro de viajes del autor inglés del siglo XIV, sir John Mandeville, se desenlazaban las procesiones del dios Jagganath en el santuario de Puri en India. Mandeville era un mentiroso que escribía para suscitar terror y asombro en sus lectores. Pero, como los ingleses comprobaron en el siglo XVIII, cuando comenzaron a someter el subcontinente a su imperio, el santuario sí existía, igual que el dios de aspecto aterrador, los grandes vagones pintados de colores chillones y el fanatismo de los adoradores.

Cada verano, hasta el día de hoy, durante un festival de nueve días, se saca del templo el carro de Jagganath, señor del universo, para que dé la vuelta por una serie de lugares sagrados, acompañado de miles de peregrinos, sacerdotes, músicos y huríes. Casi todo es como en el reportaje del mentiroso medieval. Lo único que no sucede son esos sacrificios imaginados por Mandeville. Pero, ¿qué más da? Ya sabemos lo llamativo de las noticias falsas, que precipitan guerras, provocan crisis políticas o elevan a un bufón a la Presidencia de EEUU. Uno de los efectos de la anécdota de Mandeville fue la incorporación en el idioma inglés de la palabra juggernaut para significar una fuerza destructora, incontrolable e irresistible que aplasta todo lo que encuentra, tanto al que lo adora como al que se le opone.

La lengua española no dispone de una palabra capaz de expresar con tanta fidelidad algunos de los fenómenos arrolladores que amenazan el mundo en la actualidad. Podemos hablar de la fuerza irracional del destino o de la naturaleza, pero un juggernaut no es producto del destino, sino que lo impulsan los seres humanos, con su comportamiento político y cultural. Y una fuerza es una abstracción invisible, mientras que los juggernauts son materiales y expuestos a la vista de sus víctimas. Vivimos en la edad del juggernaut. Presenciamos los desastres implícitos, por ejemplo, en la Presidencia de Trump, o en el auge del populismo, o en la vuelta del nacionalismo, o en el consumismo desenfrenado, o en el expolio del medio ambiente, o en la descalificación de la verdad, o en el abandono de tradiciones civilizadas. Y, por lo visto, no podemos hacer nada para frustrarlos. Como si fuéramos como los devotos dibujados de Mandeville, paralizados debajo de las ruedas.

Un juggernaut evidente es el Brexit. El día posterior del maldito referéndum que supuestamente autorizó la secesión británica de la Unión Europea, yo me atreví a sugerir que la ruptura no se realizaría. Mi error fue confiar en la racionalidad de los votantes, del Gobierno, del Parlamento y del sistema. Parecía irracional quebrar la Unión sin más apoyo electoral que el de una exigua mayoría, muchos de cuyos votos no eran sino de protesta, en un momento determinado y fugaz de circunstancias mutables. Era evidente que sería imposible conseguir un Brexit al gusto de los que votaron a su favor, por sus propias discrepancias sobre los aspectos rechazables de la UE. Y una salida justa era imposible de conseguir por el nivel decisivo de apoyo a la Unión en Escocia e Irlanda del Norte, y entre la gente joven.

Además, los problemas constitucionales y políticos parecían insuperables. Predije que los tribunales no permitirían invocar el artículo 50 sin someter la decisión al Parlamento. Y resultaba racionalmente inconcebible que Westminster respaldara tal invocación, por tres motivos. En primer lugar, la gran mayoría de los parlamentarios apuestan por la permanencia en la UE. Y, en segundo lugar, en un mundo razonable, hasta los diputados brexitistas hubieran podido darse cuenta del error táctico de sacar al país sin ningún acuerdo sobre la situación de la economía británica en su futuro aislamiento. Luego había que contar con que el Partido laborista uniera sus votos a los de los partidos regionales y los liberales, contrarios al Brexit, para acabar así con los planes del Gobierno e imponer nuevas elecciones.

Pero todas las expectativas racionales se aplastan bajo las ruedas del juggernaut. El resultado del referéndum se respeta como si la vox populi fuera la vox dei. Los diputados conservadores europeístas se han rendido ante las amenazas de May de retirarles el apoyo del partido. Y aunque los tribunales exigieron que el proceso se sometiera al voto del Parlamento, los laboristas, por pura pusilanimidad, se ofrecieron como un sacrificio al juggernaut sin arriesgarse a desafiar al Gobierno.

La actitud de los laboristas es, de todos los componentes de la aparente inevitabilidad del Brexit, el más difícil de comprender. Sus diputados representan a las zonas de Inglaterra que más dependen de las subvenciones europeas. Sus votantes son en gran parte los que van a sufrir bajo el régimen pos-Brexit por ser pobres e inmigrantes o descendientes de inmigrantes. Su financiación procede de los sindicatos, que son casi unánimes en reconocer la utilidad y hasta la necesidad de los derechos laborales garantizados por la Unión. Estratégicamente, lo que más convenía al Partido laborista era que se prolongara el debate sobre la Unión e imponer nuevos comicios, porque así se provocaría la división entre los conservadores.

Claro que el laborismo está experimentando una crisis profunda -peor, tal vez, que la que afecta a los socialistas españoles y franceses-. En un mundo posindustrial, el laborismo tradicional echa de menos su apoyo entre la clásica clase obrera. Los nuevos partidos populistas y regionalistas le quitan muchos votantes. Parece imposible hoy que el laborismo ganara unas elecciones en el Reino Unido. Pero en estas circunstancias, un líder racional, animado por precedentes históricos, hubiera proclamado, como el mariscal Foche: "Los enemigos nos rodean. Hay pocas expectativas de mejora. ¡Situación excelente! Vamos a atacar". O, por parafrasear a otro gigante francés: "¡Audacia! ¡Más audacia! ¡Siempre más audacia!". Desafortunadamente, Jeremy Corbyn, el actual líder laborista, no es ningún Foche ni Danton. Tiene la obstinación y cara dura de un Pedro Sánchez, sin su inteligencia. Corbyn no se ha atrevido a precipitar unas elecciones. Prefiere esperar. Las consecuencias le serán funestas. Cuanto más espera, más escaños perderá. Mientras existe una posibilidad de evitar el Brexit, los votantes tienen un motivo para apoyar a un partido europeísta que defiende la permanencia. Si se produce la salida, aun los europeístas moderados volverán a su lealtad tradicional conservadora o liberal.

Así que el Brexit se ha convertido en un juggernaut irreversible, a pesar de la oposición de la mayoría de los parlamentarios y de los electores tanto de la nación entera como de las regiones autónomas, y a pesar del hecho de que, en un mundo que parece estar a punto de dividirse entre Trump y Putin, la solidaridad europea es más deseable que nunca.

Algo semejante sucede en EEUU con el triunfo del trumpismo pese a que la mayoría votó en contra y mantiene su oposición. Lo que necesita EEUU ahora es más apertura hacia el resto del mundo en lugar de la fórmula aislacionista del presidente. Temo también los posibles juggernauts del populismo que nos amenaza con un Grillo en Italia o una Le Pen en Francia o un Iglesias en España. Los nacionalismos que pretenden quebrar los estados, perseguir a las minorías y rechazar a los refugiados pueden convertirse en juggernauts semejantes si no mantenemos la vigilancia. La agresividad rusa en Ucrania y el Cáucaso o la de China en los mares del sudeste asiático pueden convertirse en una fuerza irresistible, si es que no ha logrado ya serlo. No sé si el terrorismo internacional es refrenable, pero la política de Trump le presta un impulso excitando la indignación de gente tradicionalmente moderada. Hace pocos años, la democratización, el internacionalismo y el liberalismo económico parecían a punto de conquistar el mundo. Pero no les era posible reunir las condiciones para ser un juggernaut: irracionalismo, extremismo, encierro hacia sí e ímpetus destructor. Los sacrificios se multiplican bajo las ruedas de Jagganath. Mandeville era un mentiroso, pero a veces hasta los mentirosos aciertan.
(*) Felipe Fernández-Armesto es historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame (Indiana, EEUU).

Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2017/02/17/58a5e4d6e5fdea045b8b468b.html
Cfr.
http://www.altonivel.com.mx/10-preguntas-y-respuestas-sobre-el-brexit-y-su-impacto-56986/