Mostrando entradas con la etiqueta Adulterio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Adulterio. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de abril de 2019

BUENO, PERO NO TONTO

Evangelio Dominical: Adúltera
José Martínez de Toda, S.J.

Quinto domingo de cuaresma-C. Comentario dialogado sobre el evangelio que se proclama el 5° Domingo de Cuaresma, ciclo C, correspondiente al domingo 7 abril 2019.  La lectura es tomada del evangelio según San Juan 8, 1-11.

 “Anda, y en adelante no peques más”

Los fariseos le traen a Jesús un caso difícil: “Esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú, ¿qué dices?”

Los preceptos de la Ley decían "La mujer adúltera debe morir" (cf. Levítico 20,1,10; Dt 22,22s).

En verdad, el pecado de adulterio es muy grave, porque arruina el amor, la familia, las relaciones humanas, el derecho del cónyuge...

En Israel, el adulterio era tenido por delito público, pero con una interpretación machista. El hombre casado sólo era adúltero, si tenía relaciones con una mujer casada.

En cambio la mujer casada era adúltera, si tenía relaciones con cualquier otro hombre, que no fuera su esposo, fuera o no casado. Quizá por eso los fariseos acusan a la adúltera, y no al adúltero.

 ¿Cómo era el castigo?

Por ser el adulterio un pecado considerado público, la comunidad debía borrar la mancha también públicamente. El apedreamiento o lapidación debían realizarlo los vecinos del lugar en el que el pecador había sido descubierto en falta y, generalmente, el sitio del suplicio estaba fuera de los muros de la ciudad. A estos condenados se les enterraba hasta la cintura en estiércol, se les rodeaba todo el torso con estopa y se les introducía en la boca una antorcha encendida. Y los testigos del adulterio eran los primeros en arrojar las piedras contra la adúltera.

 ¿Cómo responde Jesús?

Jesús no condena a nadie. Él repetía: “No juzguen y no serán juzgados”. Sabe que todos somos pecadores ante Dios. Y quiere que todos nos sintamos pecadores.

Jesús busca que los fariseos se pongan en el lugar de la pecadora, reconozcan sus propios pecados y se arrepientan. Para ello les da tiempo, y se pone a escribir sobre la tierra (v.6), como hacían algunos jueces romanos que escribían la sentencia en la tierra.

Pero los fariseos le acosan para que se defina. Entonces Jesús se levanta y les encara:

-          "El que esté sin pecado, que tire la primera piedra" (cf. Mt 7,1-5).

E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos, hasta el último. Con esta huída reconocen que son pecadores, pero no se arrepienten de ello.

 ¿Qué hace Jesús con la adúltera?

            La mujer ha quedado sola. Jesús le da una oportunidad. Se levanta y le dice:

“¿Dónde están tus acusadores?, ¿Ninguno te ha condenado?” Ella contestó:

-          “Ninguno, Señor”. Y Jesús le dijo:

“Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”.

Jesús perdona, pero le da una libertad responsable. El peligro para ella ha terminado. Pero así como ella ha sido liberada de sus acusadores, ahora debe liberarse de su propio pecado. Jesús respeta nuestra voluntad libre, pero quiere ayudarnos a llegar a ser personas verdaderamente libres.

 ¡Qué buen gesto el de Jesús!

            Se pueden observar varias cosas:

Primero: Jesús, como siempre, se declara a favor de la persona más  necesitada, en este caso la adúltera, que estaría temblando y angustiada, pues estaba segura que iba a ser apedreada en público. Es la postura de Dios hacia la debilidad humana.

Al ofrecernos su misericordia nos enseña también a ver a los otros con ojos misericordiosos. La divinidad de Jesús se expresa a través del amor.

Segundo: Jesús es el Dios de la libertad y del respeto a las propias decisiones, aunque sean pecado. Jesús nos perdona y nos invita a que nos liberemos.

Tercero: Jesús da un paso en la civilización: no está de acuerdo ni con la pena de muerte ni con la humillación pública bochornosa. A Jesús no le gusta destruir ni la vida ni la reputación. Jesús es Dios de vida. Desearle a otro la muerte o amenazarle con ella no es cristiano.

¿Qué opina Jesús exactamente del adulterio?

Jesús condena el adulterio, tanto del hombre como de la mujer.

Pero dijo más: "El que mira a una mujer con lujuria ya ha cometido adulterio en su corazón" (Mateo 5,28).

Jesús es bueno, pero no es tonto. No nos dice "todo vale", como muchos lo repiten hoy día. Jesús llama al mal mal y lo condena. Para los seguidores de Jesús no todo vale. Jesús no vino a justificar nuestros pecados sino a liberarnos, a lavarnos y a enseñarnos una manera nueva de vivir.

Por otra parte, el sexo es santo. Pero no puede uno dejarse llevarse por él. Un río bien encauzado es hermoso, útil y presta mil servicios a la zona que riega. Pero un río desbordado arrasa y destruye todo a su paso.

La sexualidad desbordada y salvaje destruye matrimonios, familias, deja a los hijos a la intemperie, y a las personas sin raíces, sin rumbo y sin amor verdadero.

Hay muchos ejemplos de adulterio, como el de la doble personalidad:

-          “Cuando estoy aquí, soy responsable: mi trabajo, mi casa, mi familia, mi esposa, mis hijos, mi iglesia... Cuando voy a otra ciudad, soy otro: me lleva el vicio, la bebida, las mujeres, el sexo…>

            Jesús nos repite: “Anda, y no peques más”.

Despedida

Les invitamos a la Misa, a la Eucaristía, sacramento del amor. Ahí recibimos el perdón de Jesús, y nos da fuerza para no juzgar a los demás y no pecar más.

Fuente:
https://radioevangelizacion.org/noticia/evangelio-dominical-adultera
Cfr.
Laureano López: http://es.catholic.net/op/articulos/14367/el-que-est-sin-pecado-que-le-arroje-la-primera-piedra.html#modal
Ilustraciones: Jacopo Tintoretto y Åsa Fant Perdsjö.

sábado, 1 de diciembre de 2012

EL OTRO HEROÍSMO

EL PAÍS, Madrid, 18 de Noviembre de 2012
EL NACIONAL - Domingo 25 de Noviembre de 2012     Siete Días/6
Los generales y las faldas
MARIO VARGAS LLOSA

La CIA, el FBI y los más altos jerarcas militares de Estados Unidos están descubriendo sólo ahora lo que cualquier lector de literatura ha sabido desde siempre: que una amante celosa es de temer y puede provocar grandes catástrofes.
Estos son, hasta ahora, los hechos conocidos del extraordinario culebrón que remece al país más poderoso de la tierra. La señora Jill Kelley, una vistosa morena, esposa de un respetado cardiólogo de Tampa (Florida), empezó a recibir hace algunos meses unos emails anónimos amenazantes, en los que la acusaban de coquetear con el general David H. Petraeus, jefe de la Agencia Central de Inteligencia y el militar más condecorado, distinguido y admirado del país. Uno de los e-mails responsabilizaba a la señora Kelley de haber "tocado" al general por debajo de la mesa. Alarmada con este hostigamiento, la señora Kelley alertó a un agente del FBI que era su amigo y que, dicho sea de paso, acostumbraba enviarle fotos cibernéticas con el pecho desnudo y luciendo sus bíceps. El agente informó a sus jefes y el FBI inició una investigación a resultas de la cual descubrió que la anónima fuente de los e-mails era la señora Paula Broadwell, también esposa de médico, madre de dos hijos, antigua reina de belleza, campeona deportiva en la Academia Militar de West Point, con una maestría en Harvard y autora de una ditirámbica biografía del general Petraeus.
Interrogada por los agentes del FBI, Paula reconoció los hechos y entregó su computadora a los investigadores. En él estos descubrieron documentos clasificados relativos a la seguridad nacional y abundantes e-mails del general Petraeus a Mrs. Broadwell de, señala el informe, "exaltada sexualidad". La dama en cuestión negó que hubiera recibido esos documentos secretos del jefe de la CIA, pero reconoció que ambos habían sido amantes. Los investigadores entrevistaron al general quien, negando también categóricamente haber suministrado información confidencial a su biógrafa, admitió el adulterio. (Paula Broadwell viajó seis veces a Afganistán para documentarse para su biografía, cuando el general Petraeus era allí el jefe militar de todas las fuerzas de la OTAN). Aunque no se haya podido probar falla alguna en el ejercicio de sus funciones como consecuencia de su relación con Paula Broadwell, el general Petraeus renunció a su cargo, el presidente Obama aceptó su renuncia y, de la noche a la mañana, una de las figuras más prestigiosas de Estados Unidos y poco menos que un ídolo para los oficiales y reclutas de sus Fuerzas Armadas quedó desacreditado, bañado en la mugre de la prensa escandalosa y, probablemente, con un serio contencioso conyugal por resolver.

Esta es sólo una de las ramas de la historia. Porque ésta se bifurca, a partir de su punto de partida, es decir, de Mrs. Jill Kelley, la que recibía los anónimos belicosos de la amante celosa. Cuando los investigadores del FBI la entrevistaron, Jill accedió a entregarles su computadora, y, allí, aquellos se encontraron un tesoro chismográfico-sexual de proporciones ciclópeas: decenas de miles de e-mails de picante retórica enviados a Jill nada menos que por el general John Allen, que desde hace año y medio sucedió al general Petraeus como comandante en jefe de las fuerzas militares en Afganistán y a quien el Gobierno de Estados Unidos había propuesto para ser el próximo comandante supremo de la OTAN (esta propuesta ha sido suspendida a raíz del escándalo). El Ministerio de Defensa, que investiga estos e-mails, los califica provisionalmente de "indebidos e impropios".
El general John Allen, un marine lleno de condecoraciones y de guerras a cuestas, ha negado haber tenido jamás relaciones adúlteras con la señora Kelley, y sus amigos y defensores alegan que el general lo más que se permitía, en estos intercambios cibernéticos con Jill, eran picardías verbales. Esto, si es verdad, en vez de exonerarlo, agrava su culpa y demuestra que, aunque no sea un adúltero, sí es, sin la menor duda, un cacaseno. Porque, según The New York Times del 14 de noviembre, el número de páginas de los textos requisados de la computadora de la señora Jill Kelley que proceden del general Allen oscila entre "20.000 a 30.000 páginas". Yo me paso la vida escribiendo y sé el tiempo que toma redactar una página. Para borronear de 20.000 a 30.000 el general Allen, aunque escribiera con la velocidad del viento que se atribuye a Alexander Dumas, debe haber dedicado varias horas diarias de los 16 meses que lleva en Afganistán. ¡Y lo hacía sólo para matar el tiempo y provocar sonrisas y algún sonrojo a una dama a la que ni siquiera amaba! No me extraña que la guerra en Afganistán ande como anda, que cada día los fanáticos talibanes cometan atentados más exitosos.
Pero lo que es desolador es que a diario caigan víctimas de esos horrores tantos jóvenes soldados enviados allí por Estados Unidos y sus aliados a defender unas ideas y unos valores que ciertos jerarcas militares parecen tomar muy poco en serio.
Siempre me ha impresionado en los países de tradición protestante y puritana, como Inglaterra y Estados Unidos, la exigencia de que las figuras públicas no sólo cumplan con sus deberes oficiales sino, además, sean en su vida privada ejemplos de virtud.
Escándalos como el que protagonizó el presidente Clinton con la famosa becaria de la Casa Blanca, que estuvo a punto de ser depuesto por ello de su cargo, serían poco menos que imposibles en la mayor parte de los países europeos y no se diga en los latinoamericanos, donde se suele diferenciar claramente la vida privada de los políticos de su actuación pública. A menos que la incontinencia y los desafueros del personaje repercutan directamente en su función oficial, aquella se respeta y presidentes, ministros, parlamentarios, generales, alcaldes lucen a veces a sus amantes con total desenfado puesto que, ante cierto público machista, ese exhibicionismo, en vez de desprestigiarlos, los prestigia. Pero ahora, gracias a la gran revolución audiovisual y cibernética, lo privado ya no existe, en todo caso nadie lo respeta, y transgredirlo es un deporte que practican a diario los medios de comunicación ante un público que ávidamente se lo exige. Desde que estalló este escándalo, las televisoras, las radios, los periódicos y no se diga las redes sociales explotan lo ocurrido de una manera incesante y frenética, hasta la náusea. Esto es la civilización del espectáculo cruda y dura, vomitando insidia a raudales, por supuesto, pero, también, hay que reconocerlo, sometiendo al sistema a una autocrítica despiadada, implacable, mostrando la fragilidad que esconde detrás de su aplastante poderío, y cómo las miserias y debilidades humanas encuentran siempre la manera de enquistarse en los reductos que parecen mejor defendidos contra ellas.
¿Qué conclusiones sacar de esta historia? Que ella tiene para rato y que mucha gente sacará buen partido del interés enorme que despierta en el gran público. Habrá libros, números especiales de revistas, programas de televisión y películas que la aprovechen.
Es seguro que la biografía del general David H. Petraeus escrita por Paula Broadwell entrará en las listas de libros más vendidos y acaso la haga rica. Apuesto que Jill Kelley será tentada por algún editor oportunista para que escriba su propia versión de la historia (que ni siquiera tendrá que escribir ella misma, pues lo hará por ella un polígrafo profesional que la aderezará con todos los condimentos adecuados para que parezca ­sólo parezca­ más pecaminosa y grave de lo que fue). Si el libro tiene éxito, servirá para que el señor y la señora Kelley amorticen sus deudas, pues una de las cosas que este escándalo ha sacado a la luz es que los negocios de la pareja están al borde de la ruina. Probablemente el general John Allen se quedará sin el formidable nombramiento que iba a convertirlo en el comandante supremo de la OTAN. Su caso no me apena para nada y no creo que las fuerzas militares del mundo libre perderían con él a un gran estratega. En cambio, el caso del general Petraeus sí es trágico. Ha sido un gran militar, con una hoja de servicios impecable y que consiguió algo que parecía imposible: darle la vuelta a la guerra de Irak en la última etapa y permitir que Estados Unidos saliera de esa trampa diabólica si no victorioso, por lo menos airoso. Un "error de juicio" que duró cuatro meses lo ha hundido en la ignominia y, si es recordado en el futuro, no lo será por todas las guerras en que se jugó la vida, ni por las heridas que recibió, ni por las vidas que ayudó a salvar, sino por una furtiva aventura sexual.