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miércoles, 7 de noviembre de 2012

CAZA DE CITAS

"La ciencia-ficción se funda en el desarrollo racionalista (reductor) de uno de los centros generadores de lo fantástico: la otredad. Podría decirse incluso que la ciencia-ficción se expresa a través de la reducción de tres formas concretas de la otredad:  la otredad del ser (creación de monstruos, de homúnculos, de robots...), la otredad espacial (concepción de otro espacio, cuarta dimensión...) y la otredad temporal (viajes en el tiempo, visión desde el futuro...)"

Víctor Bravo

("Los poderes de la ficción", Monte Avila Editores Latinoamericana, Caracas, 1993: 139)

Fotografía: Tomada de la red, Nazca (Perú).

CIENCIA-FICCIÓN (1)

A propósito de un enlace
Hermann Alvino
 
Este enlace que envías ( http://www.letralia.com/273/articulo06.htm)   es fantástico por el paseo que hace de lo fundamental de este género. Te cuento una historia: a finales de los años '50 tenía yo nueve años y vivía en Barinas con mis padres, y cuando uno de ellos se iba a Caracas traía libros de todo tipo, incluso la lectura *light*de los policíacos y ciencia ficción, que los adquirían en italiano para que yo aprendiese a leer y escribir perfectamente ese idioma. Esas colecciones las editaba -y las edita aun- la empresa italiana Mondadori, y los policíacos tienen la tapa amarilla -de allí el nombre que en Italia se le da a dicho género: Giallo, o sea amarillo (en alemán, por ejemplo ese género se llama "krimi") mientras que los de ciencia ficción tienen la tapa blanca, y su colección se llama desde hace más de cincuenta años "Urania", la musa de la astronomía. Si los buscas por "Google" como "giallo
mondadori" y "urania mondadori" y ves las imágenes te percatarás de lo atractivo que eran y siguen siendo.

Eran libros muy actualizados, al estilo "pulp fiction" americano con papel reciclado pero de excelente diseño y calidad, con el añadido de que al final de la historia había unas páginas dedicadas a reseñas, historias cortas y caricaturas para engancharlo a uno más todavía. Si uno los revisa hoy comprobará que son muy superiores a las colecciones equivalentes norteamericanas como "Ellery Queen" para el policíaco y "Analog" para la ciencia ficción.

Con esos libros descubrí Asimov, Dick, Capec (cuyo hermano menos conocido fue quien primero introdujo el término "robot), pero junto a ellos había las colecciones obligatorias con las obras de Verne y Emilio Salgari, sin contar con el Libro de la Selva, que para un niño en esos años también era ciencia ficción junto a las historias de Tarzán.

Muchos años después tocó el tiempo para leer la saga de la Fundación de Asimov, y su Introducción a la Ciencia, y entrarle en serio a las Crónicas Marcianas de Philip Dick junto al Señor de los Anillos de Tolkien, la Guerra de los Mundos de Wells, y decenas de historias más, junto a muchos
de los autores que se citan en la reseña de Letras Libres. El Preludio a la Fundación de Asimov me tocó leerlo en esos años cuando se impusieron los ayatolas en Irán, e increíblemente, durante la huida de Hary Seldon por una parte del planeta Trantor, me pareció reconocer a ese país por las
costumbres de las gentes de la historia. Creo que si lo releo hoy la sensación será la misma, porque Irán no ha cambiado.

Y luego más adulto tocó leer a Stanislaus Lem, de quien no sabían si hacía ciencia ficción hablando de filosofía o al revés; en todo caso, aparte de Solaris, que no me atrajo mucho que digamos, están los hilarantes cuentos de los viajes a las estrellas de Ion Tichy, y mucho más importante es
Fiasco que nos habla del temor a los extraterrestres y la aniquilación de éstos por parte de los humanos, junto a las reseñas de libros imaginados en Vacío Perfecto y los seres digitales pero viviente sy reales que se crearonen un ordenador para luego eliminarlos dentro de un terrible drama ético.

¿Qué libro recomendar?, pues eso depende de la edad y de los gustos de cada uno. Me explico, si tienes 12 años sueñas con estar montado en un cohete, y cualquier historia es maravillosa, desde el viaje a la Luna de Verne, junto al capitan Nemo y su submarino, pasando por las aventuras de Lucky Starr de Asimov y la Guerra de los Mundos de Wells. En cambio, si se es viejo...ah, la cosa cambia, porque uno ha estado mucho tiempo en el mundo real como para emocionarse con ciencia ficción, y más si se tiene un mínimo de cultura científica como para acotar lo que es posible y lo que pueda sonar absurdo, por lo que si se quiere debutar leyendo este género habrá que ser muy selectivo para no estrellarse, y acá entra lo de los gustos de cada uno: Si te atrae la política pues el Preludio a la Fundación es obligatorio. Por cierto, de la cronohistoria como ciencia para predecir el futuro y cuyo
teórico en dicha historia es Harry Seldon , descubrí que hay una versión * real* de dicha disciplina, que la cultiva Peter Turchin y se denomina Cliodinámica. Este caballero se especializa en biología de las poblaciones, pero sus libros tratan sobre las causas de formación y decadencia de los imperios. En uno de sus trabajos académicos muestra una estadística sobre
el promedio de vida de los imperios, que es de 220 años...

Si te atrae la reseña de libros entonces hay que leerse Vacío Perfecto de Lem, si en cambio uno se inclina por las historas cortas, pues Dick y Asimov sirven para soñar despierto, aunque la mejor a mi entender es la de Terry Bison "Estan *Hechos De Carne". Imperdible. Y si uno entra en el género con el pie derecho pues terminará leyendo "Contacto" de Carl Sagan, sin descartar los viejos comics de Flash Gordon, o Barbarella, que hace mucho tiempo aparecían en uestra prensa capitalina.

Nos hemos pasado media vida leyendo todo eso, y hemos viajado más que nadie a todas partes de la galaxia. Y valió la pena.

Fuente: https://www.facebook.com/groups/13765738818/

Breve nota LB: Al descubrir y colocar el link referente, Hermann nos obsequió con una nota testimonial espontánea en el grupo Libros / Facebook, la cual le agradecemos. Y, expropiada, nos tomamos el atrevimiento de orbitarla en el blog, por cierto, junto a otra referencia filmográfica inevitable. Valga la coletilla, muy escasamente aficionados al género, permitiéndonos algunas obras, admiramos a aquellos que lo cultivaron y cultiva.


Nota adicional: H. Alvino, coloca en el grupo aludido  lo siguiente: "Jeje...haber sabido que ibas a expropiar habría mencionado la misma expropiación y voladura de la tierra que los amos de la galaxia iban a hacer para que pasase una autopista intergaláctica (Douglas Adams, "Guía del viajero intergaláctico"), además de Arthur Clarcke y la Odisea Espacial junto al cine como gancho para atraer lectores a este género: Minority Report, Blade Runner, Odisea Espacial 2001, Yo Robot, Star Wars, Gattaca, Soylent Green, Flash Gordon, Total Recall, etc. Vamos, que entre lo que hemos gastado en libros y en entradas de cine nos hemos arruinado".  Expropiado !!! (08/11/12)

CIENCIA-FICCIÓN (2)

La literatura de ciencia-ficción y su contribución al mundo real
Dixon Acosta

¿Se puede estar de acuerdo con un artículo de opinión y no compartir una línea o una expresión del mismo? Acabo de descubrir que sí es posible.
Admiro profundamente al escritor William Ospina y, como sé que en su calidad de intelectual, deben agradarle el debate y el disenso, debo admitir públicamente que no estoy de acuerdo, cuando en reciente y brillante columna titulada “Nostalgia del futuro” (El Espectador, domingo 1 de julio de 2012), dice que “ya se sabe que en ciencia-ficción las ideas verdaderas se les ocurren a muy pocos autores. La lista podría limitarse a diez, empezando por Philip K. Dick, Ray Bradbury, Frederik Pohl, J. G. Ballard e Isaac Asimov y siguiendo con esos otros cinco que ya está pensando el lector”.
Retomando esta última línea, al menos este lector piensa en más autores.
Jorge Luis Borges dijo en su momento que en lo literario no había nada nuevo, refiriéndose a lo poético. Si entendemos la poesía en sentido amplio como el conjunto de la creación escrita, todos los autores consagrados como Ospina, o diletantes como el suscrito opinador, giran alrededor de unos pocos temas, siempre universales, una docena de metáforas que tienen la ventaja matemática de tener millones de variables.
A pesar de esta premisa que relativiza la originalidad en lo literario, en el caso concreto de la ciencia-ficción, este género en particular ha ayudado a anticipar y modelar nuestra realidad. Dejo a consideración del Maestro Ospina y de los ocasionales lectores, una tentativa y subjetiva lista de autores, sin repetir los mencionados, sobre los cuales no hay duda de su importancia. Deseo iniciar esta subjetiva relación con Hugo Gernsback, quien fue doble inventor, de patentes en el mundo real y de la palabra que nos tiene hablando en este momento, la ciencia-ficción.
La pionera del género literario anticipatorio, Mary Shelley, en El moderno Prometeo (más conocido como Frankenstein), no sólo creó uno de los personajes emblemáticos de nuestra era contemporánea, sino que sentó las bases de la discusión ética de las investigaciones científicas que ahora se denominan clonación.
Julio Verne, un hombre bien informado de su época, es el ejemplo que se suele nombrar para hablar del poder de anticipación de los libros, desde el submarino nuclear hasta el fax o la misma computadora. De la Tierra a la Luna es una obra que por sus coincidencias con el episodio real del Apolo XI da escalofríos, en el sentido de vislumbrar incluso el sitio de lanzamiento real.
Uno las temáticas recurrentes en el género de la ciencia-ficción es la robótica, el ya mencionado profesor Asimov estableció las reglas básicas del comportamiento de los robots, su relacionamiento futuro con su creador humano. La palabra robot fue tomada de la obra de teatro R.U.R. del checo Karel Capek, quien escribió la novela La Guerra de las Salamandras.
¿Habrá un nombre más mencionado que el del “Gran Hermano” en esta época en donde las cámaras parecen seguirnos con sus miradas inquisidoras por donde vamos? 1984, más que el título de la novela, pareciera la fecha en que toda esta vorágine empezó, gracias a la intuitiva redacción de George Orwell. Este último disputa con Aldous Huxley y Un mundo feliz la supremacía de la distopía más impactante.
Existe un caso claro de la injerencia de lo literario en lo científico, Arthur C. Clarke, famoso por 2001: una odisea del espacio, quien contribuyó al desarrollo de los satélites artificiales y al descubrimiento de la órbita geoestacionaria, ese recurso que atraviesa un fragmento de Colombia, aunque nosotros nunca lo hayamos aprovechado. Carl Sagan, quien fue más divulgador que autor de ficción, alcanzó notoriedad con su novela Contacto y su versión al cine. Algunos lectores adultos describen cómo aprendieron a resolver problemas gracias a la Serie Lensman del autor E. E. “Doc” Smith.
Para no extenderme demasiado, agrego otros nombres ilustres que han dejado huella, pues más de un lector podría mencionar como clásicos favoritos a Robert A. Heinlein (Tropas del espacio, Forastero en tierra extraña), Orson Scott Card (El juego de Ender), Ursula K. Le Guin (Los desposeídos: una utopía ambigua), Theodore Sturgeon (Más que humano), Alfred Bester (El hombre demolido), Philip José Farmer (El mundo del río), Kurt Vonnegut (Matadero cinco), Joe Haldeman (La guerra interminable), Dan Simmons (Hyperion), Madeleine L’Engle (Una arruga en el tiempo), John Wyndham (El día de los trífidos), Larry Niven con Mundo Anillo, Brian Aldiss, quien inspiró ese otro gran filme melancólico llamado Inteligencia artificial). Douglas Adams es un caso especial, su Guía del autoestopista galáctico, con toda su carga irónica y humorística, es una de las obras más vendidas en la historia editorial.
Toda una generación creció con Edgar Rice Burroughs, y las aventuras de su personaje John Carter en el planeta Marte se han considerado de los primeros best-sellers de ciencia-ficción. Es difícil encontrar una saga más difundida que Duna (la serie de novelas de Frank Herbert), o los diversos análisis sobre Solaris de Stanislaw Lem. La naranja mecánica de Anthony Burgess provocó un interesante debate sobre la violencia juvenil en su momento. Jurassic Park volvió a traer del lejano pasado a los dinosaurios para convertirlos en símbolo contemporáneo gracias a Michael Crichton. Algo parecido al fenómeno de El Planeta de los Simios y sus interpretaciones gracias a la novela de Pierre Boulle. Así como William Gibson con el subgénero del cyberpunk y la gran novela Neuromante estremeció las temáticas tradicionales de la ciencia-ficción; este autor acuñó la expresión ciberespacio, que nos acompañará hasta el final de nuestra era digital.
Autores consagrados en otros géneros literarios han tenido obras realmente significativas dentro de la ciencia-ficción; podría nombrarse al inmenso Robert Louis Stevenson con El extraño caso del Dr. Jekyll y el Sr. Hyde, Arthur Conan Doyle (El mundo perdido), Cormac McCarthy y El camino; la premio Nobel Doris Lessing, quien durante una época de su vida sólo fue conocida por sus novelas de ciencia-ficción, o el autor japonés Haruki Murakami, quien incursiona en el género. Incluso en Colombia el aclamado Héctor Abad Faciolince ha “cometido” ciencia-ficción con su novela Angosta.
En castellano podemos encontrar un autor tan significativo como Adolfo Bioy Casares y La invención de Morel, o escritores tan prolíficos como Angélica Gorodischer (Trafalgar), la cubana Daína Chaviano, los españoles Domingo Santos y Elia Barceló y el colombiano Antonio Mora Vélez. Se trata de honrosas menciones, a riesgo de ignorar a muchos otros autores hispanoamericanos con ideas originales en el universo de la ciencia-ficción.
Tenemos un caso paradójico, un escritor que convirtió sus especulaciones en realidad, L. Ron Hubbard, quien se cansó de escribir relatos anticipatorios e, imitando a algunos colombianos que viven del cuento, decidió fundar su propia iglesia, la famosa y controvertida “cienciología”, que cuenta con millones de adeptos en el mundo.
Capítulo especial corresponde a los escritores de ciencia-ficción para los medios audiovisuales, pues no pueden desconocerse los aportes a la cultura contemporánea de personas como Gene Roddenberry, creador de la serie televisiva Viaje a las Estrellas (Star Trek) o en el cine autores como Steven Spielberg, James Cameron, Andrew Niccol (Gattaca) o Terry Gilliam (Brazil, Doce Monos), sin olvidar al genial Fritz Lang y su monumental Metrópolis.
La intención no es abrumar con una serie de nombres y títulos, sino intentar demostrar que efectivamente han sido más de diez los autores con ideas verdaderas en un género tan generoso y honesto como la ciencia-ficción. Como soy de los que separa claramente a la ciencia-ficción de la fantasía, o de otros sub-géneros como el terror, no menciono nombres célebres de escritores que se han destacado en dichos campos.
El día en que el hombre logre inventar la máquina para viajar en el tiempo, alguien dirá que eso ya lo había previsto un tal H. G. Wells y otros cientos de autores. Porque, como decía el buen Julio Verne, todo lo que un hombre pueda imaginar otro será capaz de realizarlo.


EL ESPECTADOR, Bogotá, 01 de Julio de 2012
Nostalgia del futuro
William Ospina

Uno sólo ve Prometeo para sentir sentir nostalgia de Blade Runner.
Pero es que para hacer una gran película de ciencia ficción no basta Ridley Scott, maestro de la producción y el encuadre, de la dirección de actores, de la edición, la luz y el sonido: se necesita una idea brillante, un guión inteligente, y ya se sabe que en ciencia ficción las ideas verdaderas se les ocurren a muy pocos autores. La lista podría limitarse a diez, empezando por Philip K. Dick, Ray Bradbury, Frederik Pohl, J. G. Ballard e Isaac Asimov, y siguiendo con esos otros cinco que ya está pensando el lector.
Scott siempre hizo memorables películas cuando contó con buenos argumentos: Los duelistas, de Joseph Conrad, Thelma y Luisa, de Callie Khouri, o Blade Runner, de Philip K. Dick. De resto, firmó producciones costosas como Gladiador, 1492 o El reino de los cielos (que irremediablemente llamaron Cruzada en Hispanoamérica) de las que nadie diría que son obras de arte.
Los duelistas es la mejor respuesta que se puede dar a quien afirme que las buenas novelas no pueden convertirse en buenas películas. Es imposible saber si es mejor el intenso libro de Conrad o la película de Scott, sobre el modo como, en medio de las guerras napoleónicas, dos oficiales de un mismo ejército se enfrentan en una guerra privada.
Thelma y Luisa parece inspirada en la impetuosa película Carrera contra el destino (Vanishing Point, 1971) cuyo guión fue escrito por Guillermo Cabrera Infante. Lo que en la atmósfera de los años setenta era el desesperado intento de un hombre por huir de la historia a 200 kilómetros por hora, en manos de Scott se transforma en la aventura de dos mujeres hartas de la frustración y la mezquindad de sus destinos, que emprenden una fuga por los hondos paisajes del oeste de los Estados Unidos y prefieren al final el abismo a la celda.
Blade Runner es más poética, más imaginativa, más asombrosa, y condensa mucho de lo que hemos llegado a presentir del futuro: el mundo en poder de las corporaciones, seres construidos por la ingeniería genética que alternan con los seres humanos, mafias policiales, ciudades vertiginosas de torres, de contaminación, de publicidad, de organismos alterados, de culturas mezcladas, de muchedumbres y de soledad, lluvias intemporales, reflectores incesantes, la melancolía industrializada y la muerte transgénica, y en medio de todo ello las eternas preguntas humanas sobre la vida y la muerte, sobre la verdad y la justicia, sobre el conocimiento y sus límites.
Treinta años después, en Prometeo, Ridley Scott es capaz de ofrecernos el cascarón de la tecnología, el refinamiento del decorado, la eficacia del diseño y el esplendor de unas tempestades fantásticas, pero nada de la estremecida reflexión sobre el mundo que había en Blade Runner. Al contrario: es asombrosa su capacidad de desperdiciar posibilidades. Todos los personajes que imagina los sacrifica en una historia truculenta y estéril. Hasta un androide hay, cuyo tronco decapitado no es más que un maniquí absurdo, y cuya cabeza sigue hablando en vano desde un admirable y lóbrego diseño de H.R. Giger, que se pierde como todo en la nulidad de la trama. Qué diferencia con aquellos replicantes que saben que van a morir y vienen a pedirle a su creador un poco más de vida; qué diferencia con ese admirable Roy de Blade Runner, que inspiró al actor Rutger Hauer, ante las cámaras, en la última escena de la película, este poema que se ha vuelto clásico: “He visto cosas que ustedes los humanos no podrían creer. Naves de ataque en llamas perdiéndose por el hombro de Orión. He visto rayos C brillando en la oscuridad más allá de la Puerta de Tanhauser. Y todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia... Es hora de morir”.
Por estos días, Ridley Scott descansa del futuro, de la tecnología y de los alienígenas, preparando The Counselor, una obra que tiene cierta afinidad con la película colombiana Sumas y restas, la historia de un abogado que entra al mundo del narcotráfico creyendo que podrá sacar provecho de él sin comprometerse. Brad Pitt, a quien Scott lanzó a la fama en Thelma y Luisa, alterna allí con su mujer Angelina Jolie, con Javier Bardem y posiblemente con Penélope Cruz. Ya veremos cuánto puede haber inspirado nuestro mayor creador cinematográfico, Víctor Gaviria, a uno de los genios del cine mundial.
Con todo, para el próximo año se anuncia un retorno de Ridley Scott a la temática de Blade Runner, que podría darle la oportunidad de recuperar el hilo de sus invenciones espléndidas. Al parecer el guionista será el mismo Hampton Fancher que tomó la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? y la convirtió en la memorable historia de Rick Deckard, el oficial encargado de retirar de circulación a los replicantes, criaturas de los laboratorios de genética diseñadas según su serie como soldados, obreros, asesinos o modelos de placer, a algunos de los cuales se les han añadido recuerdos y un esquema básico de emociones, y que terminan tan ansiosos de vivir y tan necesitados de respuestas filosóficas como nosotros mismos. En 1982 causó sensación en todo el mundo, salvo naturalmente en los Estados Unidos, y Blade Runner pronto se convirtió en un filme de culto, en la mejor película de ciencia ficción de la historia, fama que no logró arrebatarle siquiera la primera parte de Matrix, intrincada y genial.

CIENCIA-FICCIÓN (3)

EL PAÍS, Madrid, 19 de Julio de 2008
Reportaje:EN PORTADA | Reportaje
Una galaxia que se apaga
Jacinto Antón

La ciencia-ficción está de capa caída, un manto más oscuro que el de Darth Vader parece haber caído sobre nuestro querido género, en el terreno literario. La muerte y el crepúsculo se han adueñado de los viejos grandes maestros: el risueño Arthur C. Clarke ha fallecido (adieu Rama), JG Ballard se enfrenta a su personal apocalipsis en forma de cáncer y Ray Bradbury, a punto de cumplir 88 años, estruja su melancolía soñando con que esparcirán sus cenizas en los desiertos de Marte. Ya no están con nosotros Stanislaw Lem, Zelazny, Heinlein, Asimov... Son unos ancianos Aldiss, Pohl, Harry Harrison. No se ve surgir nombres a la altura de aquellos grandes que desaparecen. Muchos buenos autores se pasan a la fantasía. Ursula K. Le Guin acaba de publicar en Estados Unidos Lavinia, ¡una relectura de la Eneida contada por una mujer! Pero es que además, y esto es lo peor, nadie parece leer ya ciencia-ficción. Las colecciones languidecen. Editoriales que se lanzaron a publicar sellos nuevos, confiadas en un boom como el de la historia militar, se replantean la decisión. Los aficionados de siempre aparecen como aquellos vagabundos solitarios de Fahrenheit 451 que deambulaban como fantasmas con los viejos libros memorizados buscando infructuosamente a alguien a quien traspasar el legado. ¿Alguien ha oído hablar de La Fundación? ¿Qué ha sido de los Heechees? ¿Queda vida en el superjoviano planeta Mesklin, aunque sea vida muy aplastada por la gravedad?
Clarke ha muerto, Ballard padece cáncer y Bradbury, con 88 años, pide que sus cenizas se esparzan en Marte
"Las crisis en la ciencia-ficción son cíclicas, pero ahora es más serio, me temo", afirma Miquel Barceló
Como la narrativa erótica, la ciencia-ficción ha desbordado el género propiamente dicho y tiñe otras literaturas
La crisis no afecta a la fantasía, que funciona de lo lindo como prueban las novelas de Sapkowski y Georges R. R. Martin. La ciencia ya no es ficción
La era de las mutaciones
El futuro ya no es lo que era. Clarke, al que le gustaba hacer profecías científicas, había vaticinado alegremente para este julio de 2008 (véase Greetings, carbon-based bipeds, Harper Collins, 2000) que en su ochenta cumpleaños Kubrick recibiría un Oscar especial de Hollywood. Claro que también veía al príncipe Harry en 2013 en el espacio (de momento ha estado en Afganistán) y a él mismo en su centenario (16 de diciembre de 2017) alojado en el hotel espacial Hilton Orbiter... Pobrecillo, que los Superseñores de El fin de la infancia le tengan en su seno.
En fin, no sigamos poniéndonos nostálgicos. ¿Qué le pasa a la ciencia-ficción? ¿Está realmente mal la cosa?
Miquel Barceló, editor de la legendaria colección Nova, veterano fan del género, autor de una obra de referencia sobre éste (Ciencia-ficción, guía de lectura, Nova, 1990, de la que todos esperamos ansiosamente su anunciada puesta al día: ¡vamos Miquel!) y profesor en la Facultad de Informática de la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC), responde con un gesto elocuente: en la cafetería de la UPC, tan vacía en estos días veraniegos como un club de admiradores de Hal Clements -el más duro de la SF dura, muerto, por cierto, hélas, en 2003-, inclina el pulgar hacia abajo. "En la historia de la ciencia-ficción hay épocas de vacas gordas y de vacas flacas. Ésta es de flacas. Es algo cíclico. Pero ahora es más serio, mucho más serio, me temo".
Barceló, factótum del veterano premio UPC del género, hace una pausa dramática. La cafetera del bar aprovecha para emitir un ruido ominoso que recuerda los servomecanismos de los marcianos en La guerra de los mundos mientras se enciende una lucecita que sugiere el inquietante ojo escrutador de Hal (por cierto, ¿recuerdan la frase del supercomputador en 2001, una odisea del espacio?: "Tenemos un problema", ¡Clarke se adelantó dos años al leitmotiv del Apolo XIII!; parafraseémoslo: Ciencia-ficción, tenemos un problema). "La ciencia-ficción está yendo a menos. Es un hecho. En Estados Unidos hay un cambio de nombres y los nuevos no son conocidos, no logran un reconocimiento como antes. Aquí nadie se atreve a publicarlos. Las cifras de venta caen. En España, a la mitad. Ha habido un exceso de oferta en los últimos años que ha saturado el mercado, y a eso hay que añadir ahora una falta de demanda".

El especialista tiene una teoría sobre lo que está pasando -y que a él como editor le ha llevado a recortar su número de títulos-. Son varias las razones que llevan al declive del género en su faceta literaria. "El lector de ciencia-ficción típico es una persona interesada, en mayor o menor grado, en temas tecnológicos. Es una persona que pasa mucho tiempo en internet y ese tiempo ya no lo dedica a leer. Y está el audiovisual. El aficionado a la ciencia-ficción, al que siempre le han encantado las películas, encuentra un acceso ilimitado a ellas y a las series de televisión del género en la red, puede bajarse lo que quiera y verlo tranquilamente en casa. En referencia a la televisión, estamos hablando de muchas horas: las diez temporadas de Stargate SG 1, las cuatro de Stargate Atlantis, todos los capítulos de Battlestar Galactica, Star Trek
... ¿Cuánto tiempo significa eso de recorte de lectura?".
Lo paradójico es que bastante gente sigue interesada genéricamente en la ciencia-ficción, pero no en los libros, sino en otros soportes. Como en el cine. Aunque es difícil encontrar en los últimos tiempos alguna película que compita por el título de la mejor del género o que haya influido tanto como lo hizo en su día, por ejemplo, la Matrix de los Wachowski (1999: ¡hace ya nueve años!).
Otro fenómeno que perjudica a la ciencia-ficción, apunta Barceló, es que muchos de los temas clásicos del género forman parte hoy de nuestra vida cotidiana y ya no los percibimos como tales. La bioingeniería, por ejemplo, la inteligencia artificial o la continua revolución en las comunicaciones. Eso ya no nos parece ficción, sino pura ciencia. En general, la especulación parece haber perdido el sentido que tenía antes. El mañana se está comiendo el futuro. "La realidad deja obsoleta pronto cualquier predicción o hace ridículos los escenarios imaginados. Por eso una buena parte del género se dedica desde hace tiempo al futuro cercano, inmediato, más controlable, como hizo Gibson con Neuromante (Minotauro) y como ha hecho el ciberpunk. El futuro lejano interesa menos". Gibson predijo en 1984 el ciberespacio como una realidad virtual consensuada por los usuarios que accedían a él mentalmente a través de la interfaz cerebral con el ordenador. Es verdad que algunos lugares más allá de la pantalla en los que se meten hoy en día nuestros adolescentes no resultan menos complejos y siniestros que los escenarios de Neuromante, Conde Zero o Mona Lisa acelerada...
"Si nos fijamos en los autores clásicos que mejor continúan funcionando, dentro de la crisis", apunta el estudioso, "son los de la ciencia-ficción más cercana, los de los mundos interiores, personales, obsesivos, muchas veces mundos enajenados, insanos, autores de los que atrae, más que la ciencia, la complejidad psicológica, muy interesante para la gente de hoy. Escritores como Philip K. Dick o Ballard. Significativamente, son autores que, como en el caso de Ballard, han ido saliéndose del género o creándose un lector propio".
Ballard, no lo olvidemos, capaz de revelar lo abismal que puede ser una piscina, vacía, es el hombre que ha dicho que el único planeta realmente extraño es la Tierra -no en balde pasó la II Guerra Mundial en el campo de prisioneros japonés de Lunghua con compatriotas que se negaban a desprenderse de sus palos de cricket-, y que es el espacio interior, no el exterior, el que ha de explorarse (Guía del usuario para el nuevo milenio, ensayos y reseñas, Minotauro, 2002).
"Hay un cambio cultural: creo que podríamos vaticinar la muerte de la ciencia-ficción por disolución en el contexto", continúa Barceló. Como decíamos, el mañana está tan cerca que se come la ciencia-ficción. Quién hubiera dicho que el cambio climático, por ejemplo, que ha inspirado sensacionales novelas como El mundo sumergido (1962) o La sequía (1964) -ambas en Minotauro-, por no salir de Ballard, se convertiría en un tema esencial de la actualidad inmediata.
Un síntoma de esa disolución de la ciencia-ficción es cómo la literatura generalista está apropiándose de obras que hace unos años se hubieran publicado en colecciones del género y con esa etiqueta. "La literatura digamos convencional se ha permeabilizado a los contenidos de ciencia-ficción de una manera que parecía impensable. Se han roto muchas barreras. Pasó con Criptonomicón (Ediciones B, tres volúmenes), de Neal Stephenson, publicitado como libro para hackers y muy vendido. Se intenta con Spin (Omicron, 2008), de Robert Charles Wilson (sobre un escudo misterioso instalado por unos alienígenas en torno a la Tierra), presentado como matrimonio entre la ciencia-ficción hard y la novela literaria y que ganó el Premio Hugo en 2006". Otro caso es el de Greg Bear (1951), uno de los grandes nombres actuales, un tipo tan del género que hasta se casó con la hija de Poul Anderson. Bear, autor, de Eon (Ultramar, 1988) -alucinante revisión del tema clásico del asteroide o mundo hueco- y uno de los continuadores de la saga de La Fundación asimoviana (Fundación y caos, Nova, 1999), se pasó en su último libro, Quantico (Harper Collins, 2005, en España lo publicará Ediciones B, fuera de la colección especializada Nova), al technothriller, con mezcla de biotecnología y política. Del antes citado Stephenson se ha publicado Interfaz (Nova, 2007), una novela del mismo estilo escrita a medias por el autor con su tío, un profesor de Ciencias Políticas, y que trata sobre un presidente de Estados Unidos al que le implantan un chip en el cerebro. Richard Morgan (autor de Carbono alterado, Minotauro), ha ganado el Arthur C. Clarke a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en el Reino Unido en 2007 por Black Man, un thriller, de nuevo, sobre genética. "El technothriller está por todas partes", señala Barceló mirando alrededor con aire alerta como si estuviéramos en El día de los trífidos.
Una clara evidencia de la mencionada permeabilidad de fronteras es que le hayan dado el Nebula, otro de los grandes galardones del género, a El sindicato de policía yiddish, nada menos, de alguien a quien la gente relaciona tan poco con la ciencia-ficción como Michel Chabon. Es cierto que la novela es una distopía -una utopía negativa- en la que Israel ha quedado colapsado en 1948 y los judíos europeos han debido establecerse en Alaska, que ya es tema. En España la ha publicado Mondadori. En buena manera, como ha señalado muy ingeniosamente un colega, la ciencia-ficción está siguiendo los pasos de la narrativa erótica, que ha desbordado el género estricto salpicándolo todo, y perdón por la imagen. La ciencia-ficción, podría decirse, está perdiendo su identidad genérica.
Encontramos, pues, ciencia-ficción por todas partes: en los numerosos thrillers biotecnológicos que han proliferado en las colecciones de best sellers, por ejemplo. "Pero la buena ciencia-ficción", considera Barceló, "en última instancia pierde en esos formatos. Domingo Santos, el gran padre teórico del género entre nosotros, decía que la ciencia-ficción no puede ser editada en España por editoriales grandes porque tiene un clarísimo tope de mercado y eso hace impacientarse, frustrarse y desanimarse a las empresas que buscan muchos beneficios. En este país han funcionado tradicionalmente las pequeñas editoriales, de las que ahora son ejemplo Bibliópolis, La Factoría de Ideas, Gigamesh..., que publican quizá dos mil ejemplares por norma de cada título y cuidan más sus programaciones". Un problema grave para la salud de la literatura de ciencia-ficción es que el lector típico del género, que era muy coleccionista, muy seguidor de las colecciones y solía comprarse todos los títulos de sus favoritas, ha dejado de serlo. "Antes vivíamos mucho de ese lector que compraba todo lo que publicabas, que quería estar al día, seguir contigo las vicisitudes del género. Ese lector casi ha desaparecido".
Para más inri, diríase que la ciencia-ficción ha perdido punch social, parte de lo que era su función en nuestra sociedad. "La ciencia-ficción clásica hablaba de un futuro lejano. Hoy parece no tener sentido la gran especulación. Las cosas cambian demasiado deprisa. Los sueños de un futuro lejano pierden rápidamente verosimilitud. La realidad lo deja casi todo obsoleto en veinte años".
La ciencia-ficción escrita, por otro lado, parece haberse alejado, a diferencia de la fantasía, del lector que busca más la evasión, un lector al que quizá no le apetece tanto meterse en novelas que requieren una honda formación científica. "Es cierto que Asimov y Clarke, de los que ahora muchos fans de la ciencia-ficción echan pestes, escribían tan sencillito que llegaban a todo el mundo. Recuerdo haber leído algo sobre un estudio literario acerca de los tropos y metáforas en la obra de Asimov y que concluía que no los hay".
Otro elemento distorsionador es que en la actualidad la narrativa para jóvenes se ha convertido en un género con carta de naturaleza propia, mientras que antes, a falta de esos productos específicos (el paradigma sería Harry Potter), si exceptuamos la inefable Enid Blyton y sus epifenómenos, la ciencia-ficción (como la gran narrativa de aventuras) era una iniciación a la lectura para muchos jóvenes, que luego permanecían en él. O sea, que no se crea público de futuro. Curiosamente, algunos clásicos de la ciencia-ficción de los setenta que se prestan a ello están siendo reeditados para el público joven, presentados como género fantástico en un sentido amplio. Es el caso de la hermosa saga de los dragoneros de Pern, de Anne MacCaffrey -historia ambientada en una lejana colonia de la Tierra en la que los humanos han aprendido a operar simbióticamente con criaturas telepáticas semejantes a dragones en lucha contra una amenaza alienígena-, cuya trilogía original editó Acervo en 1977 y acaba de reeditar ahora Roca editorial, ¡en la estela del fenómeno Eragorn!
Hoy en día la iniciación en la ciencia-ficción es mucho más difícil. Paradójicamente, los jóvenes tecnológicamente más punteros de la historia se están perdiendo un género literario que parece hecho para ellos.

Llegados a este punto, ¿podemos dar algunas notas de optimismo? Bueno, la ciencia-ficción interesa en cine, en parte gracias a que a Willie Smith le gusta el género. En ensayo encontramos que el Premio Anagrama de la categoría lo ha ganado este año Descenso literario a los infiernos demográficos, de Andreu Domingo, un libro sobre las distopías, con muchísimas referencias a la ciencia-ficción. Las convenciones, foros y encuentros del género siguen reuniendo a mucha gente -en Valencia uno sobre la La guerra de las galaxias logró un éxito al traer al actor Garrick Hagon, intérprete de uno de los pilotos colegas de Luke Skywalker, Biggs Darklighter (Rojo Tres), caído en el ataque a la Estrella de la Muerte-. Una de las grandes exposiciones de la temporada y que se inaugura el próximo día 22 en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) está dedicada a Ballard. Y, sin duda, se están publicando, pese a todo, buenos títulos del género. Quien firma estas líneas, sin ir más lejos, ha leído recientemente un par de novelas muy sugerentes, La vieja guardia, de John Scalzi (Minotauro), con unas entrañables tropas del espacio de la tercera edad, y Camuflaje, del viejo amigo Joe Haldeman (Omicrón), que sin ser nada del otro mundo (!) te devuelve el entretenimiento de aquellos viejos clásicos con los que aprendimos a amar el género (trata sobre dos extraterrestres capaces de modificar su aspecto enfrentados en la Tierra).
Y la crisis, y esto es un consuelo, no afecta a la fantasía, un género hermano que funciona de lo lindo. Que se lo digan a Bibliópolis, que triunfa con el polaco Sapkowski y su brujo cazador de monstruos, Geralt de Rivia. O a Alejo Cuervo, editor de Gigamesh, que pasea estos días bajo palio por España al gran Georges R. R. Martin (autor, por cierto, de una de las novelas más conmovedoras jamás escritas de la ciencia-ficción, Muerte de la luz, historia de un amor imposible en un planeta condenado, reeditada por Gigamesh, que reedita también la bellísima novela de vampiros y amistad Sueño del Fevre). Martin ha conseguido unas ventas y una popularidad extraordinarias en España con su larga serie de Fantasía Canción de hielo y fuego.
La ciencia-ficción, para acabar, sigue siendo, pese a todo, como recalca Barceló, el género mejor para explicar el presente con especulaciones sobre nuestro futuro. Sólo la ciencia-ficción nos permite imaginar las consecuencias indeseables del presente. Es nuestra mejor herramienta y no deberíamos perderla.

Fotografía: Tomada de la red, "Perdidos en el espacio" (http://es.wikipedia.org/wiki/Perdidos_en_el_espacio), fue una exitosa serie televisiva entre los venezolanos.  Cierto, está muy lejos de representar al género, e - incluso - muy distante del impacto que produjo la serie filmográfica de "La guerra de las galaxias" (http://es.wikipedia.org/wiki/Star_Wars), pero  - sin dudas - llegó (y llegaron) más allá que la literatura  en el ramo. Agreguemos "Los Supersónicos" (http://es.wikipedia.org/wiki/Los_Supers%C3%B3nicos), que cumplimentan muy bien la imaginación escriturada. Huelga todo comentario sobre Wells (LB).

CIENCIA-FICCIÓN (4)


Fuente: El Nacional, Caracas, 22/11/58.