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viernes, 25 de mayo de 2018

¿MORIR EN CARACAS DEFENDIENDO A MADURO?

EL PAÍS, Madrid, 25 de febrero de 2018
 TRIBUNA
El mayo del 68 ahora
Bernard-Henri Levy

El 50º aniversario de mayo del 68 se aproxima a galope tendido.
¿Y si la celebración eludiera las previsibles fanfarrias, los doctos estudios y los relatos de los antiguos luchadores? ¿Y si —aunque solo fuera por una noche, o una hora, o el tiempo que dura una ensoñación— acudiera a beber en las fuentes de la conmemoración, en la cascada de la impertinencia, la furia irónica y la fraternidad erudita que presidieron, hace cincuenta años, aquellas barricadas mágicas, aquellos anfiteatros rebeldes y aquellos días de locura completa en los que París recuperó una atmósfera de educación sentimental?
La insumisión dejaría de ser privativa de un partido y los inquilinos de la vieja izquierda, la de las ideas de plomo, se exiliarían, de manera definitiva, a Baden-Baden.
Los socialistas se dedicarían más a los sueños que a presentar mociones.
Los zadistas [activistas para una ZAD, una Zona A Defender en sus siglas francesas] que ocupan Notre-Dame-des-Landes se convertirían en la protagonista de Zazie en el metro, y de su no-aeropuerto se elevarían bengalas de esperanza.
Los hombres y las mujeres dejarían de ir cada uno por su lado y los enamorados, las enamoradas y los amigos del deseo y la pasión arrojarían no cerdos, sino adoquines a los instigadores del nuevo orden moral que se nos viene encima.
Explicaríamos a las feministas juramentadas que Catherine Deneuve, con sus películas, ha contribuido a aflojar el yugo de las mujeres más de lo que puedan ellas hacer jamás con sus artículos llenos de reprimendas y sus invitaciones a la delación.
Repartiríamos con gran alborozo un librito rojo con fragmentos de Marivaux, una canción de Ronsard y las páginas más eróticas de En busca del tiempo perdido.
Recordaríamos que las largas marchas siempre acaban dando vueltas sin fin y que cada uno de sus timoneles es un Timón de Shakespeare, alejado de la realidad por la falsa amistad de sus cortesanos.
Paul Ricoeur, resucitado, comprobaría que un hijo de mayo, discípulo suyo, parece haber adquirido el arte de hacer respirar a una sociedad.
El Parlamento ya no estaría en marcha, sino deambulando; se desviaría por caminos transversales y sin aduanas ideológicas; en él no solo se leerían los informes del Tribunal de Cuentas, sino también a Rimbaud, Baudelaire y Romain Gary.
Preferiríamos vivir en Montevideo con el recuerdo del poeta Lautréamont que morir en Caracas en defensa de Maduro.
Gritaríamos a los birmanos, a los egipcios, a los argelinos, que la voluntad general es más importante que la voluntad de cualquier general.
Interpelaríamos a Estados Unidos, a los empresarios corruptos y los fósiles de la energía para invitarles a que volvieran a leer a Günther Anders o André Gorz; quizá así conseguiríamos make the planet great again.
Disiparíamos, en todos los Barrios Latinos del mundo, los gases lacrimógenos pegajosos y las fumarolas de las ideas del nacionalismo extremista: se prohibiría a Orban, se gritaría: “¡Ni patria ni Putin!” y “¡FSB igual a SS!”, quedaría claro que un Donald no vale ni un Mickey Mouse y pediríamos a Erdogan que hiciera el amor con la paz y no la guerra con los kurdos de Afrin.
Los profesores y estudiantes de la Sorbona serían más partidarios de Kundera que del Che Guevara.
Erigiríamos un monumento al novelista y activista homosexual Guy Hocquenghem delante de los locales del movimiento Manif pour tous.
Los nanterrianos de hoy y los odeonistas de siempre ocuparían la rue Sébastien-Bottin hasta que Gallimard se decida a incluir a Françoise Sagan en la colección de la Pléiade.
La gente leería más a Lacan que a Laclau y bailaría en el bulevar Saint-Michel sin dejar de reírse de los populistas, los arraigados y otros “franceses de pura cepa” encantados de haber nacido en alguna parte.
Venderíamos a China esos libros que hemos leído demasiadas veces y entonces, tal vez, las misiones diplomáticas volverían con los brazos llenos, no de contratos, sino de disidentes liberados.
Se cerrarían las televisiones propagandistas para abrir los ojos a las tragedias del mundo (otra posibilidad sería obligar a Russia Today, con amenaza de una multa gigantesca, a difundir de forma continua imágenes de las guerras de Chechenia, Ucrania y Siria).
En Twitter ordenarían a los trols que se dieran a conocer y salieran de su antro anónimo y 2.0.
Seríamos astutos como zorros frente a esas otras policías que son las GAFA, las grandes empresas de Internet.
Repartiríamos adhesivos de “Te quiero” entre los policías de toda la vida, esos que vigilan el edificio de Charlie Hebdo, las sinagogas y las estaciones, y también entre los paisanos de París, caminantes genuinos de las revoluciones, no en un clic de Instagram; el sombrero de Louis Aragon entraría en el Panthéon; y todos preferirían morir a los 30 años que renunciar a sí mismos a los 60.
El fondo del aire volvería a ser rojo, y dejaría de tener el gris antracita de nuestras pasiones más tristes.

Recordaríamos a los corsos que las fronteras, en cualquier caso, no existen.
Y a los catalanes, que Mario Vargas Llosa vale más que Carlos Pousse-Démon.
París se convertiría en una segunda Comuna, desde la que diríamos al mundo que todos somos judíos alemanes, iraníes libres, turcos rebeldes, iraquíes soñadores y rohingyas en peligro.
Haríamos barricadas con las bicicletas municipales; disfrazaríamos la rue des Écoles de plaza Maidan o de Parque Gezi para decir que los verdaderos insumisos son siempre cosmopolitas; en la plaza de la Concordia, proyectaríamos en una pantalla gigante imágenes de solicitantes de asilo a los que se ha rechazado injustamente; las calles que bordean el río volverían a abrirse para dar paso a desfiles de psicoanalistas y parados indignados, patronos foucaldianos y defensores del derecho a la pereza, ecologistas californianos, carnívoros irredentos, lectores de Abdelwahab Meddeb que marcharan gritando “Ni yihad ni pañuelo”, admiradores de Rushdie y de Polanski.
Seamos realistas, pidamos lo imposible.
De esa forma, en vez de invocar a los manes extintos de los tres contestatarios de los Treinta Gloriosos, en vez de ver una y otra vez las diapositivas en blanco y negro de nuestros Gavroche [niño abandonado de la novela Los miserables], esos mocosos que hoy peinan canas, en vez de comportarnos como un país viejo y diseccionar lo mejor que tenemos, recuperaríamos la emoción de aquellas santas semanas.
(*) Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Ilustración: Eulogia Merle.
Infografía: Javier Belloso: https://elpais.com/elpais/2018/05/04/actualidad/1525432589_310000.html
Fotografía: Más de 800 mil manifestantes en París (13/05/1968): http://archives.tregor.free.fr/Mai1968/mai68.html

Fuente:
https://elpais.com/elpais/2018/02/12/opinion/1518460632_714249.html
Cfr.
Dossier de El País: https://elpais.com/tag/mayo_del_68/a?rel=mas

jueves, 17 de mayo de 2018

TRIBUNAL RUSSELL

EL PAÍS, Madrid, 15 de agosto de 2017
 TRIBUNA
Maduro, entre Castro y Pinochet
Bernard-Henri Levy

Venezuela era uno de los países más prósperos de Latinoamérica.

Se encontraba, según las cifras de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), entre las mayores reservas petrolíferas del mundo.

Aunque nunca haya sido, ni mucho menos, un ejemplo de democracia, sí se estaba dotando de instituciones sólidas.

Llega la elección del excomandante de paracaidistas Chávez.

Luego la nominación, seguida de una elección fraudulenta, de Maduro, su triste y sangriento clon.

Y el sueño se convierte en pesadilla; una mezcla de incompetencia y estupidez, la sumisión del país a una “burguesía” bolivariana, codiciosa y a sueldo una de Cuba desangrada y que ya no cree en su propio modelo, lo echa todo por tierra; y un nuevo liberador de pacotilla, agotando la bomba de dinero de la empresa petrolera nacional para nutrir su clientelismo y alimentar los fondos opacos gestionados sin supervisión por los sátrapas de su régimen, mete al país en el pelotón de cola de los países que se dirigen a la pobreza masiva (a título indicativo, una inflación equivalente a la de Zimbaue o a la de la Alemania de la década de 1920).

Recordamos a Cándido, a la vuelta de su país de Cucaña, en el que el oro —el petróleo amarillo— ya fluía a raudales.

Recordamos, en Luis Sepúlveda, Alejo Carpentier y otros, el mito de El Dorado, que nunca acabó bien.

Un El Dorado desinflado que se paga allí a un alto precio.

Y el saqueo del país se duplica con el desencadenamiento de violencia que la sitúa al borde de la guerra civil.

120 muertos en unas semanas.

Las figuras destacadas de la oposición han sido perseguidas, cesadas en sus cargos, secuestradas, encarceladas.

Torturas en comisarías.

Y para empeorar las cosas, la farsa electoral que acaba de permitir a una asamblea deconstituyente acaparar todos los poderes y desmantelar, si quiere, el frágil equilibrio institucional del país.

Ante este desastre, deseo plantear dos preguntas.

Una pregunta franco-francesa, para empezar: ¿Hasta cuándo Mélenchon, líder de la Francia Insumisa, seguirá encontrando virtudes en este régimen asesino?

¿Cuántos muertos necesitará para llamar a las cosas por su nombre y reconocer en los policías de Maduro a los gemelos de los que, en otra época, sembraron el terror en Chile y Argentina?

¿Y a qué espera para pronunciar las palabras que son el privilegio de un hombre libre de sus alianzas y de su palabra: sí, me he equivocado; no, este régimen brutal no es una “fuente de inspiración”; y esta historia de la “alianza bolivariana”, inscrita en el artículo 62 de mi programa y que debía acercarme a los herederos de los caudillos (Castro, Chávez…) cuya muerte tanto lloré, era una idea verdaderamente mala?

De momento, nada.

Como los españoles de Podemos o los griegos de Syriza, como Jeremy Corbyn en Reino Unido, los melenchonistas creen que sus héroes con las manos teñidas de sangre tienen la excusa de la lucha contra el “imperialismo”.

Y, cuando despiertan, es para invertir los papeles y, como hizo un siniestro portavoz del partido, Djordje Kuzmanovic, comparar a los pacíficos manifestantes que luchan por la democracia y el derecho con los golpistas de Pinochet en el Chile de la década de 1970; o, como Alexis Corbière, para denunciar la “desinformación” y, añadiendo el oprobio a la cobardía, insultar la memoria de los muertos (jóvenes de los “barrios ricos” que solo han recibido su merecido), alimentar el conflicto racial (“a menudo la gente de color está en los barrios bajos”), y criminalizar a la oposición, expuesta los salvajes ataques de las milicias paramilitares del Gobierno “"a menudo la gente se quema”).

¿Estos “insumisos” son insumisos o rehenes?

De cualquier modo, esas palabras no son dignas de un partido que aspira a encarnar la oposición en Francia.

Y después, la segunda pregunta se dirige a la comunidad internacional, a la que afecta por dos razones.

En lo que se refiere a la “responsabilidad de proteger”, como establece la Carta de Naciones Unidas, y que exige aquí palabras duras: una condena firme por parte de un Consejo de Seguridad valiente; gestos de apoyo simbólicos como la recepción en París, Madrid o Washington de los últimos representantes de la oposición que aún tienen libertad de movimientos; una demostración de solidaridad de la representación nacional francesa, española, estadounidense u otra, con el Parlamento venezolano que el golpe de Estado constituyente de Maduro amenaza con disolver; y después, naturalmente, sanciones económicas y financieras que vayan más allá de las tímidas fanfarronadas de Donald Trump.

Y además, lo que ha pasado en Caracas nos afecta —de esto no estamos tan enterados— en el campo de la lucha contra el terrorismo y contra las redes de blanqueo de capitales que lo financian: ¿qué sentido tiene la alianza, “bolivariana” como tiene que ser, entre el difunto Chávez y Mahmud Ahmadineyad, expresidente de la República de Irán? ¿Qué ha sido de los miembros de las FARC colombianas que, según me confesó uno de sus jefes, Iván Ríos, poco antes de morir, en 2007, fueron enviados “en misión” al país del “socialismo del siglo XXI”? ¿Y qué crédito debemos conceder a algunos líderes de la oposición antichavista que gritan, de momento en el desierto, que no se conocen todos los lazos de Maduro con Corea del Norte, la Siria de Bachar el Asad en Siria o cierto activista de Hezbolá desterrado o en tránsito?

No son más que preguntas.

Pero preguntas que hay que plantearse.

Un régimen desesperado es capaz de cualquier vileza, y la situación en Venezuela merece comisiones de investigación, un Tribunal Russell, un mayor interés por parte de la prensa occidental; todo menos el silencio incómodo que, de momento, acoge a este pronunciamiento prolongado.

Ilustración: Enrique Flores.
Traducción de News Clips.
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2017/08/14/opinion/1502729579_535130.html