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sábado, 14 de abril de 2018

DEL MUNICIONADOR

De cierto proceso escriturario
Luis Barragán


El hábito es exigente y requiere de una específica y férrea disciplina, pues, la actividad política suele entorpecerlo, restándole tiempo y, faltando poco, aconsejando una mínima prudencia por la naturaleza misma del oficio. Además, bien lo señaló un novelista venezolano, residenciado en Madrid, J. C. Méndez Guédez, en un tweed afortunado: “Cómo cansa no escribir”.

Versamos sobre una tradición hoy olvidada, porque el dirigente que se reputara de tal, así fuese irregularmente, debía frecuentar las páginas de opinión para dejar el obligado testimonio de una reflexión organizada en medio de las circunstancias que le tocaba vivir.  E, incluso, en coyunturas muy exigentes, como las campañas electorales o los sucesos que lo forzaban a extremar las precauciones, solía delegar en alguien la redacción de sus planteamientos o escudarse tras un pseudónimo, como los que extraordinariamente prosperaron  para asentar una polémica ahora desconocida, aunque – eso de escribir por encargo – se hizo una práctica tan recurrente que convertía al autor en un respetable falsario.

El proceso de la escritura semanal, por lo general, dirimido a altas horas de la noche, naturalmente reporta ideas inacabadas o tentadas que aciertan o fallan, arriesgando al autor. Quizá por ello, la desconfianza cada vez más generalizada hacia los impresos que, por cierto, desestimulan las memorias de los viejos políticos, pues, se llevan a la tumba importantes secretos de los hechos que protagonizaron o atestiguaron, como de sus mismos procederes, ora para legar el buen nombre, radicalizando la confidencialidad de la logia, ora por la candidez de subestimarlos al creer que sólo caben los grandes, heroicos y noticiosos acontecimientos noticiosos,  como le ocurre a un amigo desenvuelto principalmente en las épocas de normalidad democrática.

La mayor delación del articulista que hace política, no es otra que la de su equipaje cultural y, así como hay políticos que se revelan como aceptables escritores, o al revés, los tenemos que no son una ni otra cosa, sino todo lo contrario.   Empero,  absurdo el cultorómetro, lo cierto es que los textos resultan imprescindibles para los tiempos del más intenso debate, algo ya lejano que celebra el homo videns del medio político.

Antaño, en la sociedad de libros, con la cultura de la imprenta, no había otro medio para comunicar las ideas que una respetable columna semanal o quincenal. Hogaño, la sociedad de la información, la que tiene por empeño digitalizar hasta los olores, se reduce al intercambio febril de pocos caracteres, propicio para el publicista que nos sabe alérgicos a una larga y tediosa argumentación.

Presumimos de un pluralismo que, aún en dictadura, avisa de contraposiciones, aunque – desentrenándonos – tememos a las réplicas y contrarréplicas. Esta sola posibilidad, genera desconfianza de propios y extraños que prefieren, por siempre, apelar al recurso de autoridad y, valores y principios aparte, la política es el reino de las relatividades y los eufemismos que todavía esperan por una einsteiniana aproximación.

El horario semanal sólo permite textos cortos, convengamos, más laboriosos que los largos, siendo inevitable – de uno u otro modo – la repetición de argumentos, el anclaje en palabras que devienen muletillas, las emboscadas tendidas por una sintaxis de las prisas y, con todas sus consecuencias, el no saber sobre qué escribir. Quizá estamos convencidos que, en las redes, hay mejores posibilidades para el olvido, repletos sus cementerios a favor de las jerarquizadas sandeces insepultas que los rodean, pues, resulta más fácil hallar la perdurable prensa escrita, por vetusta que fuese, que los bytes que alguna vez se dijeron promesas de un testimonio perenne, evaporados por otros portadores de un mejor juramento.

Ilustración: Economía Hoy, Caracas, 21/08/1997.

15/04/2018:
http://guayoyoenletras.net/2018/04/15/cierto-proceso-escriturario/

domingo, 16 de agosto de 2015

NOTA DICKENSEANA

EL NACIONAL, Caracas, 15 de agosto de 2015
El arte de escribir
Sergio Dahbar 

Todos admiramos a algún escritor. Uno de los míos es Charles Dickens. Vivió 58 años intensos (1812-1870), en los que escribió y publicó 15 novelas, decisivas para la literatura inglesa y universal. No se quedó ahí. Invirtió sus energías en el periodismo, la edición, la actuación, y la reforma social. Era un titán de una complejidad rabiosa.
Uno de los hombres mejor conocidos de Inglaterra a mediados del siglo XIX, era también uno de los más amados. Lo seguían tanto la reina Victoria como obreros analfabetas. Estos últimos compraban sus novelas en serie. Uno de ellos, el letrado, se las leía a sus compañeros.
Esta singular popularidad se desparramó por América, Europa y Rusia. El dolor le dio la vuelta al mundo cuando falleció. “Nunca pensé que la muerte de un autor pudiese generar tanto duelo”, escribió el poeta estadounidense Henry Wadsworth Longfellow. “No es una exageración decir que todo el país está sumido en el dolor”.
La herida fundacional de Charles Dickens tuvo lugar cuando era niño. Formaba parte de una familia clase media respetable, que enviaba a sus hijos a buenos colegios. De un día para otro, Charles Dickens se quedó con monedas en los bolsillos, en un cuarto alquilado, mientras la familia permanecía presa de los deudores de Marshalsea.
Su padre gastaba más de lo que podía. Sólo Charles quedó en libertad para trabajar y buscar algo de sustento. Nunca perdonó que lo separaran de la familia. “Me sorprende cómo se me abandonó a tal edad… lo juro por Dios”.
Podrá parecer la oportunidad perfecta para forjar un carácter aguerrido. Pero no fue así para quien sentía que le habían bloqueado su educación futura. Era, como dijo el crítico Robert Gottlieb, “un asunto de clase en una de las sociedades más conscientes de sus clases”. Cada tanto lo atormentaría la pregunta: “¿Charles Dickens era realmente un caballero?”.
Ese dolor de origen será crucial en la relación con las mujeres. La novia primeriza, María Beadnell, que lo atrajo y luego lo rechazó. La esposa que representará la ilusoria búsqueda de estabilidad, Catherine Hogarth, y a quien despreció después de que diera a luz diez hijos. Al final la acusó de volverse “gorda, nerviosa y enfermiza”.
La madre, Elizabeth Barrow, a quien jamás perdonará por haberlo obligado a que siguiera trabajando esforzadamente aún después de que todos los problemas económicos desaparecieran. La cuñada, Mary Scott Hogarth, quien murió prematuramente una noche en sus brazos. Y la amante, Ellen Ternan, a quien conoció cuando tenía 18 años y se volvió el amor de su vida.
Todos los días caminaba 32 kilómetros. Montaba obras teatrales de aficionados, que crecieron hacia elaborados montajes: organizaba y supervisaba todo, y era la estrella principal.
Ofrecía discursos para infinitas causas. Viajaba frecuentemente por Gran Bretaña y Europa con enorme esfuerzo. Redecoraba de manera casi obsesiva sus residencias. Asistía a fiestas. Le dedicaba tiempo real a obras de caridad, como la fundación y gerencia del hogar para prostitutas en busca de una vida mejor. Leía montañas de correspondencia.
Les dedicaba atención a sus hijos cuando eran pequeños. Mantenía a su amante Ellen Ternan. Ofrecía lecturas públicas que literalmente lo llevaron a la muerte. Todo esto ocurría mientras le legaba una obra compleja y virtuosa a la eternidad, con finos tipos humanos que reflejaban sus carencias en vida, sus heridas sin solución. Scrooge, David Copperfield, Oliver Twist, Micawber, Pecksniff, Miss Havisham, Wackford Squeers. Fue uno de los autores que gozó de mayor fama universal en vida. Todo en 58 años.