Evangelio Dominical: Perfectos
José Martínez de Toda, S.J.
Comentario dialogado al Evangelio que se proclama del 7° Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A, correspondiente al domingo 19 de febrero de 2017. La lectura es tomada del Evangelio según San Mateo 5, 38-48.
"Amen a sus enemigos"
¿Cuánto me puedo vengar?
Nada más ajeno a Jesús. Ninguna venganza. Todo lo contrario.
Los antiguos abusaban en sus venganzas. Si uno robaba una hectárea, el ofendido le robaba diez hectáreas para que escarmentara y no volviera a hacerlo.
Para poner algo de orden a estas exageraciones, surgió la Ley del Talión, que decía: "Ojo por ojo, y diente por diente" (v. 38), es decir, sólo te vengarás con algo igual.
Al menos tenía la ventaja de que un pobre podía reclamar ante un rico lo equivalente de lo que éste le robara.
La Ley del Talión aparece en el Código de Hammurabi, rey babilónico que codificó una serie de leyes en el siglo XVIII antes de Cristo y las preservó en una stela (un pilar). Esa stela fue descubierta en 1901 y hoy se encuentra en el Museo del Louvre (París). La Ley del Talión se practicó mucho tiempo antes de que Hammurabi lo mandara tallar en piedra.
Los judíos incorporan la Ley del Talión al Antiguo Testamento. Con el pasar del tiempo, en Israel se permitió que la persona herida recibiera compensación monetaria en vez de devolver la herida al agresor.
Algo se avanza también cuando los cristianos resuelven sus problemas entre ellos, sin tener que acudir a los tribunales públicos (1 Corintios 6:5-7), como se hace en las familias bien arregladas. Pero Jesús establece el ideal definitivo para sus verdaderos seguidores: eliminar toda venganza.
¿Qué ejemplos concretos pone Jesús?
Jesús utiliza cinco ejemplos:
1- "Si te hirieren en tu mejilla diestra, vuélvele también la otra" (v. 39b). Ese golpe en la mejilla derecha se daba con la mano izquierda o con la mano al revés; lo que para los antiguos era un grave insulto, además del dolor y susto que suponía. Cualquier cosa hecha con la mano izquierda era indigna. Aun así, Jesús pide que no nos venguemos.
2- "Y al que quiera quitarte tu camisa, déjale también el abrigo". Debemos dar más de lo que nos pidan.
3- "Y a cualquiera que te obligue a llevar una carga por kilómetro y medio, llévala pot tres kilómetros". La ley romana permitía que sus soldados y otros oficiales pudieran obligar a una persona a que llevara una carga por esa distancia. Por ejemplo, Simón de Cirene fue obligado a llevar la cruz de Jesús bajo esa provisión (27:32). Jesús pide que no nos envenenemos con resentimiento, sino que llevemos la carga más allá de lo legal.
4- "Al que te pidiere, dale".
5- "Y al que quisiere tomar de ti prestado, no se lo rehúses" (v. 42). De nuevo, la idea es dar más de lo requerido con generosidad.
Tales declaraciones de Jesús son asombrosas y llamativas. Son algo más que el lenguaje de un poeta... Es el comienzo de unas nuevas relaciones en la humanidad.
Con esto no se trata de que el ladrón y el abusador se aprovechen de uno.
¿Qué hacer con los enemigos?
Jesús continúa con más sorpresas: "Han oído que se dijo: 'Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo'. Pues yo les digo: Amen a sus enemigos y rueguen por los que os persigan". Aquí está el criterio principal del amor.
¿Qué tipo de amor nos pide Jesús?
En griego hay tres palabras para amor: eros, philos, y ágape.
Eros es el amor romántico y sexual. Esta palabra no se utiliza en el Nuevo Testamento. Philos es el amor fraterno. Se usa de vez en cuando en el Nuevo Testamento.
Ágape es el amor divino y generoso que hace lo necesario para asegurar el bienestar de su objeto. Ágape es el amor con que Dios nos ama, es el amor de una madre para su hijo, es el amor que hace que un adulto arriesgue su vida para salvar a un niño que se ahoga.
Ágape se utiliza frecuentemente en el Nuevo Testamento.
Ágape es el amor que Jesús quiere que tengamos para nuestros enemigos.
Ágape busca ayudar al prójimo a mejorar su situación, aunque no nos lo agradezca.
Jesús pide que mostremos ágape hacia nuestros enemigos "para que (seamos) hijos de (nuestro) Padre que está en los cielos" (v. 45), es decir, para así actuar como verdaderos hijos e hijas de nuestro Padre Celestial, que también ama a sus enemigos.
Jesús pide que agrademos a nuestro Padre amando a nuestros enemigos.
"Dios hace que su sol salga sobre malos y buenos, y que llueva sobre justos e injustos" (v. 45b). Ni el sol ni la lluvia respetan nuestras líneas de propiedad.
Algunas personas trabajadoras, honestas y bondadosas tienen mucho éxito, pero a otros no les va nada bien. Hay canallas que se enriquecen, viven vidas largas y saludables, y en sus funerales tienen a muchos que se lamentan (o que quizá solo observan). Podemos creer que no hay justicia, pero Dios dispone de toda la eternidad para hacerla.
"Porque si amaren a los que les aman, ¿qué recompensa tendrán? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si Vds. abrazan a sus hermanos solamente, ¿qué hacen de más? ¿No hacen también así los Gentiles?" (v. 46-47).
El saludo judío, shalom (paz), transmite una bendición de Dios, y es algo más que un saludo superficial. ¡Qué bueno darlo a los desconocidos también, como en la Misa!
Dios espera que nosotros – sus hijos – hagamos más de lo que hace la gente común y corriente. Dios espera que demos la bendición a nuestros enemigos.
¿Qué modelo nos pone Jesús?
Nada menos que su mismo Padre: "Sean perfectos como es perfecto su Padre celestial." Aquí 'perfecto' se traduce como 'maduro, entero' es decir, "que ama sin límites"... Jesús no pretende frustrar a sus oyentes con un ideal inalcanzable; en cambio, les reta a crecer en obediencia a la voluntad de Dios – a hacerse más como Él.
Es la meta que Dios quiere que alcancemos. Igual que somos creados según la imagen divina, así podemos imitar la sinceridad moral de Dios. Pero también es una promesa de que, por la gracia de Dios, lo imposible será posible. En el nuevo mundo, Dios regenerará todas las relaciones. El Jesús de Mateo instruye a los discípulos para que vivan en el presente, sacando fuerzas del nuevo mundo que ya está en función.
Fuente:
http://radioevangelizacion.org/noticia/evangelio-dominical-perfectos
Cfr.
Mons. Antonio José López Castillo:
http://www.elimpulso.com/opinion/arquidiocesana/arquidiocesana-perdon-cristiano
Ilustración: Anton van Dyck.
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domingo, 19 de febrero de 2017
martes, 17 de febrero de 2015
DESMARGINALIZACIÓN
El nuevo nombre del amor tendría que ser “compasión”
Fray Marcos (Rodríguez)
Contexto
Seguimos en el primer capítulo de Marcos. Después de un enunciado general, que resume su habitual manera de actuar (fue predicando por las sinagogas y expulsando demonios), nos narra la curación de un leproso.
Sigue Marcos más atento a los hechos que a las palabras. El leproso no tiene nombre. Tampoco se habla de tiempo y lugar determinados. Se advierte una falta total de lógica narrativa. Apenas ha pasado un día de la predicación de Jesús y ya le conocen hasta los leprosos que vivían en total aislamiento.
Explicación
La primera lectura es suficientemente expresiva. La lepra era el motivo más radical de marginación. Lo que se entendía por lepra en la antigüedad, no coincide con lo que es hoy esa enfermedad concreta. Más bien se llamaba lepra a toda enfermedad de la piel que se presentara con un aspecto más o menos repugnante.
Tanto la lepra como las normas sobre la enfermedad, no son originales del judaísmo; se encuentran en otras culturas y religiones más antiguas. Esas normas nos parecen hoy inhumanas, pero hay que tener en cuenta la necesidad de defenderse de una enfermedad que podía causar estragos en una población. Se trataba de salvaguardar la vida de la comunidad, indefensa ante una enfermedad contagiosa y mortal.
Sin la garantía de que era Dios el que lo mandaba, no hubiera tenido ningún efecto la prohibición. Por eso todas las normas se presentaban como recibidas de Dios, aunque fueran simplemente profilácticas.
En una de las losas donde se encontró escrito el Código de Hammurabi, lo primero que aparece es la figura del rey recibiendo de Dios el escrito.
“Se acercó, suplicándole de rodillas”. Esta actitud indica a la vez valentía, porque se atreve a trasgredir la Ley, pero también temor a ser rechazado, precisamente por eso.
“Si quieres... Quiero...” La simplicidad del diálogo esconde una riqueza de significados: Confianza total del leproso, y respuesta que no defrauda...
No le pide que le cure, sino que le limpie. Por tres veces se repite el verbo limpiar, verbo que significa también, purificar, liberar. Nos está lanzando a un significado mucho más profundo del que podía tener a primera vista una curación.
No sólo desaparece la enfermedad, sino que le restituye en su plena condición humana: Le devuelve su condición social, y su integración religiosa. Vuelve a sentir la amistad de Dios, que era el valor supremo para todo buen judío.
“Sintiendo lástima”. La devaluación del significado de la palabra “amor” nos tenía que obligar a buscar conceptos más adecuados para expresar hoy esa realidad. Siempre me ha llamado la atención que la insistencia en el amor de Jesús, se convierte en Buda en insistencia en la compasión. En el Nuevo Testamento, compasivo se dice sólo de Dios y de Jesús.
La acción de Dios se manifiesta a través de los sentimientos humanos. La compasión (padecer con) era ya una de las cualidades de Dios en el Antiguo Testamento. Jesús la hace suya en toda su trayectoria humana. Es una demostración de que para llegar a lo divino no hay que destruir lo humano, sino potenciarlo.
¡Qué poco se habla en nuestro cristianismo de la compasión! Y sin embargo, es la forma más humana de manifestar el amor. Cuando uno siente como suyo el sufrimiento del otro es cuando, de verdad, se le ha hecho próximo.
“Le tocó”. El significado del verbo griego aptw, no es en primer lugar tocar, sino sujetar, atar, enlazar. Este significado nos acerca más a la manera de actuar de Jesús. Quiere decir que no sólo le tocó un instante, sino que mantuvo esa postura durante un tiempo.
Sólo teniendo en cuenta lo que acabamos de decir de la lepra, podemos comprender el profundo significado del gesto. Es suficiente, por sí mismo, para hacer patente la actitud vital de Jesús. No sólo demuestra que está por encima de la Ley cuando se trata del bien de un hombre, sino que, al creer que era una enfermedad contagiosa, demuestra el riesgo personal que Jesús asume.
Lo echó fuera… y cuando salió…” La segunda parte del relato es de una gran importancia. Se supone que estaban en un lugar desértico, sin embargo el texto griego dice literalmente: lo expulsó fuera, y del leproso dice: cuando salió. Una vez más nos está empujando a una comprensión espiritual.
Jesús no quiere que continúe junto a él y lo despide inmediatamente; eso sí, con el encargo de no contarlo y de presentarse ante el sacerdote. Una vez más, manifiesta Marcos el peligro de que las acciones de Jesús en favor del marginado, fueran mal interpretadas. ¡Qué curioso! Jesús acaba de saltarse la Ley a la torera, pero exige al leproso que cumpla lo mandado por Moisés. Hay que estar muy atento para descubrir el significado. Jesús no está nunca contra la Ley, sino contra las injusticias y tropelías que se cometían en nombre de la Ley.
Él mismo tuvo que defenderse de malentendidos, aclarando: “no he venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud”. Jesús sólo se salta la Ley cuando le impide estar a favor del hombre. La obligación de presentarse al sacerdote para que certifique la curación, era el único modo que tenía el leproso de recuperar su estatus religioso y social. Sólo los sacerdotes podían certificar una curación.
El evangelio nos dice que las consecuencias de la proclamación de hecho, fueron nefastas para Jesús. Si había tocado a un leproso, él mismo se había convertido en apestado. “Y no podía ya entrar abiertamente en ningún pueblo”. Las consecuencias de la divulgación del hecho, podían ser nefastas para el leproso. Los sacerdotes podían ponerle dificultades si tenían conocimiento de cómo se había producido la curación. Lo mismo que era el sacerdote el que declaraba impuro al contagiado.
Aplicación
Al oír la primera lectura y la explicación sobre las consecuencias sociales y religiosas de la lepra en tiempos de Jesús, nos quedamos horrorizados. Pero pensándolo un poco, ¡qué hipócritas somos! ¿Acaso no mantenemos hoy dosis de marginación mayores que las del tiempo de Jesús?
La lepra producía exclusión porque la sociedad era incapaz de protegerse de ella por otros medios. Hoy la sociedad sigue creando marginación por la misma razón, no encuentra los cauces adecuados para superar los peligros que algunas conductas sociales suponen para los instalados en el bienestar. En la mayoría de los casos no somos todavía capaces de hacer frente a esos peligros con actitudes verdaderamente humanas. A veces se toman medidas para aliviar la situación de los marginados, pero a la vez, teniendo mucho cuidado de no cambiar la situación que la genera, porque eso supondría perder nuestros privilegios.
Seguimos levantando muros de separación, cada vez más eficaces, entre la sociedad satisfecha y los marginados de toda índole. Un cristiano, no sólo no debe poner un dedo para construir esos muros, sino que debe estar dispuesto a derribarlas.
Jesús se pone al servicio del hombre. Lo que tenemos que hacer es servir a los demás como hace Jesús. Dios no tiene nada que ver con la injusticia, ni siquiera cuando está amparada por la ley, sea humana o divina.
Jesús se salta la Ley, tocando al leproso. Ninguna ley humana, sea religiosa, sea civil, puede tener valor absoluto. Lo único absoluto es el bien del hombre. El valor de cada persona es absoluto en sí, no depende de ningún aditivo ajeno a ella misma. Pero para la mayoría de los cristianos sigue siendo más importante el cumplimiento de la ley, que el acercamiento al marginado.
También seguimos teniendo una actitud contraria a la de Jesús, cuando consideramos a otros apartados de Dios porque han “pecado”, o nos sentimos nosotros mismos apartados de Dios porque no hemos cumplido con las normas.
Como para los fariseos del tiempo de Jesús, la Ley sigue estando por encima de las personas. Seguimos temiendo a un Dios que sólo nos acepta cuando somos puros. Seguimos creyendo en un Dios legislador y leguleyo. Ese no es el Dios de Jesús.
No creo que haya uno solo de nosotros que no se haya sentido leproso y excluido por Dios. El pecado es la lepra del espíritu que es mucho más dañina que la del cuerpo. Es un contrasentido que, en nombre de Dios, nos hayan separado de Dios.
El evangelio de Jesús, es sobre todo buena noticia sobre Dios. El Dios de Jesús es Padre y es Madre porque es Amor. De Él, nadie nunca se tiene que sentir apartado, excluido.
La experiencia de ser aceptado por Dios, es el primer paso para no excluir a los demás. Pero si partimos de la idea de un Dios que excluye, encontraremos mil razones para excluir en su nombre. Es lo que hoy seguimos haciendo.
Seguimos aferrados a la idea de que la impureza se contagia, pero el evangelio nos está diciendo que la pureza, el amor, la libertad, la salud, la alegría de vivir, también pueden contagiarse. Tendríamos que dar este paso si de verdad somos cristianos.
Seguimos justificando demasiados casos de marginación bajo pretexto de permanecer puros. ¡Cuántas leyes deberíamos saltarnos hoy para ayudar a todos los marginados a reintegrarse en la sociedad y permitirles volver a sentirse seres humanos!
Meditación-contemplación
Si quieres, puedes limpiarme. Quiero, queda limpio.
Es imposible decir más en menos palabras.
La actitud de cada uno
no hubiera servido de nada por separado.
El efecto liberador surge por la reciprocidad.
…………………
Todos estamos con frecuencia
en la situación del leproso y de Jesús.
Como impuros necesitamos una mano que nos limpie.
Como seres humanos con entrañas,
podemos compadecernos
de los que esperan nuestra ayuda.
……………………
El nuevo nombre del amor,
tendría que ser compasión.
Todos los que encontramos en nuestro caminar
esperan que sepamos hacer nuestras sus “pasiones”.
Un mundo donde fuésemos todos
capaces de compadecernos,
sería el “Reino de Dios”.
Fuente:
http://www.feadulta.com/anterior/Ev-mc-01-40-45-MR.htm
Cfr. José Antonio Pagola: http://www.feadulta.com/anterior/Ev-mc-01-40-45-Pag.htm
IlustracióN. Anton Van Dyck.
Etiquetas:
Anton Van Dyck,
José Antonio Pagola,
Marcos Rodríguez,
San Marcos 1: 40-45
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