CIUDAD CARACAS, 31 de Julio de 2012
Patrullaje continuo: mayor seguridad y menos droga
M.A. GUZMÁN GÓMEZ
En
las sociedades de todos los países del mundo, la delincuencia e
inseguridad son flagelos que han resultado “difíciles de matar” y,
además, son temas de nunca acabar.
No existe un plan que extinga para siempre estos males de la humanidad.
En
la hermana Méjico, por ejemplo, pareciera no tener fin y más aun con el
vecino que se gasta, que en nada ayuda, por el contrario, es enorme su
población consumidora y presta a los peores delitos abominables, como el
de hace pocos días cuando un grupo de desquiciados –adictos hasta aquí–
irrumpieron oratéricos en una sala de cine para “divertirse” masacrando
al público con más de 15 muertos. Ocurre casi a diario en el país que
USA la tecnología más avanzada en todo el planeta, con un contingente de
hombres superarmados, con poderío nuclear gigantesco, etc., pero que
sólo los tiene para invadir y acabar con pueblos. ¿Qué seguridad es ésa?
En
Venezuela, con todas las imperfecciones, se ha dado un gran paso en su
combate, cuya efectividad se sentirá a mediano y largo plazo, gracias a
la acertada creación de la Universidad Nacional Experimental para la
Seguridad (UNES). De su seno académico saldrán ya unos 10 mil efectivos
profesionales –hecho inédito en el país– a fin de robustecer las
acciones hacia la seguridad ciudadana; no obstante, se hace
indispensable un despliegue de nuestros cuerpos policiales y fuerzas
armadas, con presencia oportuna en todos los sectores y énfasis en las
comunidades de mayor índice delictual, pero, además, y es lo importante,
hay que crear la percepción en el ciudadano común de que cada día crece
la confianza en “su” policía y militares, al ver complacido la
presencia, las 24 horas, de un patrullaje continuo, permanente, para
aumentar la garantía de ser oportuno en todo momento, más aun cuando es
posible evitar el delito.
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martes, 31 de julio de 2012
viernes, 8 de junio de 2012
CONSTRUYENDO UNA GRAN PRISIÓN
EL NACIONAL - Viernes 08 de Junio de 2012 Opinión/9
¡Para qué la CIDH!
HÉCTOR FAÚNDEZ LEDESMA
En la última Asamblea General de la OEA, celebrada en Cochabamba, Bolivia, del 3 al 5 de junio pasado, con el pretexto de fortalecer el sistema interamericano de derechos humanos, Venezuela, Ecuador y Brasil, con el apoyo del secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, continuaron una campaña dirigida a debilitar o, de ser posible, desmantelar la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
En este sentido, el lunes pasado, en una breve aparición pública, el presidente Chávez se preguntó para qué se necesita una Comisión Interamericana de Derechos Humanos. La pregunta es pertinente, y merece ser respondida.
Hitler, Mussolini, Franco, Stalin, Idi Amín, o Pol Pot, no se sentían sometidos a estándares internacionales que debían respetar, y no tuvieron que responder ante ninguna instancia internacional por la forma como trataban a sus pueblos. Por el contrario, en nuestro continente, dictadores como Pinochet, Videla, o Ríos Montt, debieron enfrentarse a una Comisión Interamericana de Derechos Humanos que, aunque con escasos poderes, tuvo oportunidad de visitar esos países (con el consentimiento de los tiranos), rescatar de la tortura a muchas víctimas, e incluso salvar vidas humanas. Los informes de la CIDH denunciaron ante el mundo lo que estaba pasando en esos países, e hicieron posible que la presión internacional pusiera fin a esos regímenes detestables.
El Gobierno de El Salvador debió responder ante la CIDH por el asesinato de los sacerdotes jesuitas, del mismo modo que el régimen de Fujimori encontró en la CIDH un obstáculo más para avanzar en sus propósitos dictatoriales. Tiranías de izquierda y de derecha han debido responder ante esa instancia internacional.
Incluso en países con cierta cultura democrática, la labor de la CIDH también ha tenido un impacto notable. Discrepancias razonables en torno al alcance de los derechos humanos, de sus limitaciones o de las restricciones legítimas que se pueden imponer a tales derechos en una sociedad democrática han sido abordadas por la CIDH, lo que derivado en reformas legislativas, en cambios en las prácticas policiales o militares, y en modificaciones en las tendencias jurisprudenciales. Para los Estados que tienen un compromiso genuino con el respeto a los derechos humanos, la actuación de la CIDH nunca ha sido traumática, ni se ha percibido como una amenaza para la soberanía nacional. Por eso, cuando los electores sustituyan a este gobierno, muchos chavistas se arrepentirán de no haber levantado su voz para defender a la CIDH.
Los regímenes de Pinochet y de Somoza se enfrentaron con virulencia a la CIDH, la acusaron de violar el derecho de defensa del Estado, de inmiscuirse en sus asuntos internos, de atentar contra la soberanía nacional, y de ser un instrumento al servicio de Estados Unidos. Llama la atención que el presidente Chávez recurra al mismo lenguaje y a los mismos argumentos de dictadores de extrema derecha para descalificar a un órgano encargado de proteger a los ciudadanos cuyos derechos han sido conculcados. Es irónico que un gobierno que se niega a acatar las decisiones de la Comisión y las sentencias de la Corte Interamericana de Derechos Humanos proponga crear nuevos mecanismos de protección de los derechos humanos, en el marco del Celac o de Unasur. ¿Para qué? ¿Por qué hay que desmantelar una instancia que les ofrece garantías a los ciudadanos, y sustituirla por un órgano que, sin duda, carecerá de independencia e imparcialidad? La pregunta es ¿por qué Chávez le teme a la CIDH y no permite que ésta visite Venezuela? La respuesta a su pregunta es simple, Presidente: la CIDH sirve para protegernos de gobernantes como usted.
¡Para qué la CIDH!
HÉCTOR FAÚNDEZ LEDESMA
En la última Asamblea General de la OEA, celebrada en Cochabamba, Bolivia, del 3 al 5 de junio pasado, con el pretexto de fortalecer el sistema interamericano de derechos humanos, Venezuela, Ecuador y Brasil, con el apoyo del secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, continuaron una campaña dirigida a debilitar o, de ser posible, desmantelar la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
En este sentido, el lunes pasado, en una breve aparición pública, el presidente Chávez se preguntó para qué se necesita una Comisión Interamericana de Derechos Humanos. La pregunta es pertinente, y merece ser respondida.
Hitler, Mussolini, Franco, Stalin, Idi Amín, o Pol Pot, no se sentían sometidos a estándares internacionales que debían respetar, y no tuvieron que responder ante ninguna instancia internacional por la forma como trataban a sus pueblos. Por el contrario, en nuestro continente, dictadores como Pinochet, Videla, o Ríos Montt, debieron enfrentarse a una Comisión Interamericana de Derechos Humanos que, aunque con escasos poderes, tuvo oportunidad de visitar esos países (con el consentimiento de los tiranos), rescatar de la tortura a muchas víctimas, e incluso salvar vidas humanas. Los informes de la CIDH denunciaron ante el mundo lo que estaba pasando en esos países, e hicieron posible que la presión internacional pusiera fin a esos regímenes detestables.
El Gobierno de El Salvador debió responder ante la CIDH por el asesinato de los sacerdotes jesuitas, del mismo modo que el régimen de Fujimori encontró en la CIDH un obstáculo más para avanzar en sus propósitos dictatoriales. Tiranías de izquierda y de derecha han debido responder ante esa instancia internacional.
Incluso en países con cierta cultura democrática, la labor de la CIDH también ha tenido un impacto notable. Discrepancias razonables en torno al alcance de los derechos humanos, de sus limitaciones o de las restricciones legítimas que se pueden imponer a tales derechos en una sociedad democrática han sido abordadas por la CIDH, lo que derivado en reformas legislativas, en cambios en las prácticas policiales o militares, y en modificaciones en las tendencias jurisprudenciales. Para los Estados que tienen un compromiso genuino con el respeto a los derechos humanos, la actuación de la CIDH nunca ha sido traumática, ni se ha percibido como una amenaza para la soberanía nacional. Por eso, cuando los electores sustituyan a este gobierno, muchos chavistas se arrepentirán de no haber levantado su voz para defender a la CIDH.
Los regímenes de Pinochet y de Somoza se enfrentaron con virulencia a la CIDH, la acusaron de violar el derecho de defensa del Estado, de inmiscuirse en sus asuntos internos, de atentar contra la soberanía nacional, y de ser un instrumento al servicio de Estados Unidos. Llama la atención que el presidente Chávez recurra al mismo lenguaje y a los mismos argumentos de dictadores de extrema derecha para descalificar a un órgano encargado de proteger a los ciudadanos cuyos derechos han sido conculcados. Es irónico que un gobierno que se niega a acatar las decisiones de la Comisión y las sentencias de la Corte Interamericana de Derechos Humanos proponga crear nuevos mecanismos de protección de los derechos humanos, en el marco del Celac o de Unasur. ¿Para qué? ¿Por qué hay que desmantelar una instancia que les ofrece garantías a los ciudadanos, y sustituirla por un órgano que, sin duda, carecerá de independencia e imparcialidad? La pregunta es ¿por qué Chávez le teme a la CIDH y no permite que ésta visite Venezuela? La respuesta a su pregunta es simple, Presidente: la CIDH sirve para protegernos de gobernantes como usted.
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Héctor Faúndez Ledesma,
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