viernes, 1 de mayo de 2015

SEMILLERO

EL PAÍS, Madrid, 30 de abril de 2015
Elogio del político
El intelectual y el político se deben a distintas lealtades. Quien ejerce el poder debe ser muy cauto con el ensueño radical
Jordi Gracia 

Tras un siglo tan escarmentado como el XX no hay duda de que el mal reside en los laboratorios de ideas y programas de redención, en las cábalas lujuriosas de cerebros privilegiados abstraídos de la realidad y absorbidos por sus propias energías proyectivas. El intelectual informado e imaginativo, a menudo superdotado, ha sido con frecuencia el titiritero invisible de masas enfervorizadas que ignoraban la fuerza de los hilos y apenas sospechaban que detrás de sus pasiones y movilizaciones había unas cuantas cabezas tronadas y a menudo tronantes.
La semilla del mal global, y del mal concreto y perfectamente descriptible, ha estado largamente asociada al oficio de pensar cuando ese oficio entra en zona de vicio y narcisismo, de prepotencia y megalomanía redentora. Nos tranquiliza pensar que fueron siempre otros los intelectuales tocados por la vara mágica de la causa justa y total e incluso tendemos muchos a disculpar sus muchas culpas en razón del uso erróneo o la instrumentalización perversa de ideas limpias, puras y nobles.
Bajo ese nuevo disfraz exculpatorio, la culpa entonces se desplaza por un plano inclinado de miserias y reprobaciones contra el político como auténtico responsable de la adulteración de los buenos propósitos intelectuales del hombre ético y visionario, convincente y convencido. Ortega lo meditó muy bien en un momento decisivo de su propia biografía, hacia 1924, cuando quedó fuera de juego temporalmente a causa del golpe de Estado de Primo de Rivera en septiembre de 1923 y el nuevo directorio militar que gobernó hasta 1930. Ortega empezó a fraguar su análisis de las distintas lealtades a las que se deben el intelectual y el político. El pretexto de su reflexión fue Mirabeau, pero el agente activo del fármaco estaba ya en su cabeza desde tiempo atrás. Se trataba de no reclamarle al intelectual los deberes del político ni juzgarlo en función de la ejecución práctica de sus ideas. Pero, sobre todo, exigía que no esperásemos del político la lealtad ideológica que presumimos al intelectual: sus oficios son complementarios quizá, pero sin duda también antagónicos.
El diagnóstico de Ortega no era tan cínico como pragmático y dejaba la pelota en el tejado del maligno político de forma demasiado fácil. Su amoralidad se legitima a partir de la definición de los deberes de su oficio: el poder, la conquista del poder, la preservación del poder. La semilla del mal empezaba ahora a estar claramente instalada en el lado del político y sus estrategias trileras mientras que al intelectual lo cubriría pronto una leve gasa traslúcida de bondad y nobleza incontaminada del sucio afán del poder y los poderosos.
Dejar hablar sin tasa al intelectual, sensato o iluminado, mientras el político escucha y digiere sin perder el control de los mandos del aparato
En las revueltas de esta espiral interminable, las condiciones materiales de formación y educación en Europa propician la dignificación de la política y sus acuerdos con los intelectuales, y todos a una estamos a favor porque el que más y el que menos luce de intelectual por cualquiera de las múltiples vías de intervención social de la opinión, en caracteres cortos y luminosos o en carteles pintados o en libracos solventes e interminables. Y una vaga conformidad aureola a la opinión por llegar por fin al centro de nuestras responsabilidades, comprometernos con el mal de la política y plantar una semilla diferente en él.

Y empezamos a temblar, o yo empiezo a temblar, porque el escarmiento ha sido largo y hondo, porque escritores de la talla ética de Albert Camus ha habido pocos y porque la espiral de la política y el intelectual se enreda sin remedio cuando el poder está cerca y la capacidad de decidir también.
Entonces empieza el ensueño de un mundo mejor o, más modestamente, empieza el turno del equipo intelectual sin mando directo que aconseja a un político con aptitud y formación intelectual. La ecuación modélica parece por fin al alcance de la mano, transformada en un ten con ten inteligente entre uno y otro, conscientes ambos de las funciones respectivas, pactadas, asumidas e incluso blindadas: dejar hablar sin tasa al intelectual, sensato o iluminado, mientras el político escucha y digiere sin perder el control de los mandos del aparato y sin ceder tampoco sus propias armas intelectuales.
Ese político es quizá el político óptimo de la democracia, tan cauto con el ensueño radical (porque es verbal) como aprensivo con el poder de los mandos que tiene en sus manos. La semilla del mal (que es la irresponsabilidad) se agosta y pudre porque el afán del intelectual se reconduce con el afán del político, con sus cálculos técnicos y tácticos de efectos y consecuencias. Y entonces decide, y vuelve a decidir, y se desdice y se corrige, porque esa es su función: administrar el arte de gobernar soñando (pero sólo soñando) con un bien mayor mientras se blinda cautelosamente contra la propensión arcaica a la fantasía y rumía una y otra vez el sueño del bien, sin rastro de la petulancia del redentor enfrentado con la lanza al dragón.
(*) Jordi Gracia es profesor y ensayista

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