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viernes, 10 de junio de 2011

CAMINOS


EL NACIONAL - SÁBADO 04 DE JUNIO DE 2011 PAPEL LITERARIO/1
"Un imprevisto fulgor que alumbra las sombras del olvido"
ENTREVISTA
ISABEL GARCÍA CASALTA

Los venezolanos tenemos la nefasta costumbre de desechar lo pasado y de querer innovar a toda costa. Pero reinventarnos resulta banal y sin sentido cuando hemos borrado nuestra historia. Para poder innovar es necesario conocer el pasado, con el fin de evitar fallas e incoherencias.

Nuestra literatura no ha podido escapar de este círculo vicioso, de ese rechazo al pasado y de ese ímpetu alocado de querer armar sin poseer las bases. Muchos de los grandes escritores venezolanos han sido olvidados --e incluso rechazados-por las últimas generaciones. Se podría decir que hemos asumido una actitud de poca madurez ante las luces que una vez alumbraron las Letras venezolanas y hemos decidido apagarlas arbitrariamente.

Hay tesoros de la literatura venezolana ocultos, personajes sumidos en un silencio involuntario, que deben ser rescatados. Debemos honrar a nuestros predecesores y aprender de su trabajo y de su experiencia. Sólo así podremos reinventarnos como lectores y escritores.

El poeta Luis García Morales es un ejemplo de lo que hemos comentado. Nacido en Ciudad Bolívar en 1929 y conocido como "el poeta del río", es una de las voces literarias más brillantes de Venezuela. Su obra es el eco de sus vivencias frente al Orinoco que lo vio nacer y crecer. Su léxico está salpicado de imágenes sensoriales que recogió de su ciudad natal y de esas tardes en las que, de joven, se sentaba bajo un samán, a la orilla del río crecido, a presenciar el "doble atardecer": el del cielo y el que se reflejaba en el agua tranquila.

Es curioso que, en una conversación sostenida con el poeta, él haya resaltado, precisamente, ese olvido al que confinamos a muchos de nuestros escritores: "Lamentablemente, el venezolano olvida muy rápidamente a sus poetas y artistas. Allí están, por ejemplo, los integrantes del grupo Viernes que vivieron y escribieron apenas en el siglo pasado y ya casi nadie los recuerda. Ese grupo lo integraron muy buenos poetas como: Vicente Gerbasi, Otto de Sola, Luis Fernando Álvarez, Pablo Rojas Guardia y Pascual Venegas Filardo. Más recientemente, también se fueron Juan Liscano y Juan Sánchez Peláez. Y de las mujeres poetas, ¿quién recuerda hoy a Ida Gramcko y a Luz Machado? Son muchos los escritores ya olvidados que las nuevas generaciones desconocen. Confiemos en que, en algún momento del porvenir, un imprevisto fulgor alumbrará esas sombras del olvido".

Ese "imprevisto fulgor" que menciona García Morales, quizás debe ser provocado por una crítica seria y constante. Ésta debe dedicarse a publicar y a difundir ensayos en los que se ponga en evidencia la grandeza y la decadencia de todas las producciones literarias pasadas y presentes. El poeta nos demuestra su desconfianza: "En mi opinión, la verdadera crítica literaria en nuestro país, es muy deficiente. En general, se limita a un saludo laudatorio de la obra sin entrar en análisis o consideraciones de fondo sobre la forma, contenido, estilo y proyección de los textos que se comentan.

Pudiéramos decir que, en la mayoría de los casos, es poco exigente".

Esto ocurre, tal vez, porque hace falta un espacio para discutir la literatura en Venezuela. Es necesaria la formación de grupos literarios, conformados por verdaderos intelectuales, que se tomen el tiempo de leer a profundidad, analizar y difundir su parecer en revistas y otras publicaciones. García Morales vivió una época en la que este ideal era posible: "El grupo Sardio nació en el liceo Fermín Toro.

Lo creamos Rodolfo Izaguirre, Adriano González León, Elisa Lerner y yo. Todo surgió porque éramos muchachos con intereses comunes: nos reuníamos a leer y a hablar de literatura; compartíamos nuestros propios textos y los discutíamos; íbamos al teatro, al cine, a conciertos y a exposiciones. En las tardes, nos íbamos a los bares e inventábamos juegos literarios y de improvisación que nos merecían las cervezas de las personas que, alrededor, nos observaban maravillados.

Después, fuimos integrando a otros artistas y escritores como Guillermo Sucre, Mateo Manaure, Salvador Garmendia, Marcos Miliani, Omar Carreño, Francisco Pérez Perdomo, entre otros. Creamos la librería en el centro de Caracas y allí, llevamos a cabo varias actividades artísticas y literarias. También, hacíamos crítica y una vez fui especialmente severo con un libro de Luis Pastori --aunque lo admiraba como escritor. Al final, a él no le afectó mi opinión y fuimos muy buenos amigos. Muchos de los integrantes de Sardio fueron premios nacionales y obtuvieron gran reconocimiento".

Hoy, resulta contradictorio que, teniendo siempre a nuestro alcance la gran literatura universal y nacional, sea escasa la existencia de grupos que puedan cumplir funciones como las de Sardio. Según García Morales, las condiciones de los escritores para publicar y ser leídos han cambiado mucho a través de los años: "en especial a partir de los años sesenta y setenta, cuando se creó, desde el Instituto de Cultura y Bellas Artes (Inciba) --presidido entonces por Simón Alberto Consalvi-la Editorial Monte Ávila. Para esa época, no existían verdaderas editoriales. Los poetas, novelistas, ensayistas tenían que publicar y costear la edición de sus propios libros. Sólo ciertos escritores con algún renombre lograban editar en el extranjero, lo cual era casi imposible para quienes se iniciaban en el oficio. La presencia de Monte Ávila estimuló notablemente la creación literaria, especialmente entre los jóvenes que empezaron a publicar y a darse a conocer".

Quiere decir que, en nuestra historia, hubo un momento menos difícil para las Letras.

En la actualidad, hemos vuelto a esa etapa, previa a los años sesenta, en que los escritores debían pagarse su intento de salto al reconocimiento.

Tal situación es lamentable porque, como dice García Morales, la escritura y la publicación de textos en Venezuela "no sólo es necesaria, sino imprescindible": "La cultura literaria, científica, política, económica, histórica, la compleja cultura universitaria en todos sus aspectos son de importancia capital para el progreso y la superación de los pueblos".

Es cierto que la lectura nos conduce a la evolución en todos los ámbitos. Por ello, el poeta recomienda a todos los venezolanos revisar, por encima de cualquier otro libro, la Constitución vigente de Venezuela: "para que conozcan sus deberes y derechos y, muy especialmente, las atribuciones y limitaciones del jefe del Estado, sus ministros y demás gobernantes del país. Esto porque así conocerían cuáles son las obligaciones, deberes y limitaciones a que están sometidos absolutamente todos los gobernantes".

Luis García Morales, aunque --como auténtico poeta-- no fusiona política y literatura, sí se muestra sumamente preocupado ante la situación actual del país y considera esencial que los escritores se pronuncien acerca de este tema: "Es imprescindible que los escritores se pronuncien al respecto, sobre todo cuando los gobiernos atentan contra la libertad y la justicia, contra la moral y la honestidad administrativa, y, entre otros desafueros, contra la vida. Ningún gobierno tiene el derecho de someter a un pueblo a tales desmanes, en cuyo caso, no sólo los escritores, todo ciudadano tiene el derecho de alertar contra las actitudes ilícitas, antidemocráticas y de perversiones criminales que son propias de las dictaduras. La nación entera, autorizada por su Constitución, tiene la obligación de oponerse y pelear contra las injusticias que promueven las dictaduras".

He aquí una oportunidad de escuchar y analizar a una vieja, pero muy presente, voz de la literatura venezolana. Como García Morales, hay muchos otros personajes que tienen infinidad de cosas que decirle al país.

Detengamos nuestro caótico vuelo vertiginoso hacia lo innovador y volteemos, por un instante, al pasado.

Quizás, allí, encontremos el mensaje clave para armar el próspero futuro literario de Venezuela.

lunes, 9 de mayo de 2011

(IN) CONSTANTE


EL NACIONAL - Sábado 07 de Mayo de 2011 Papel Literario/4
De cuando la humanidad casi pierde a Rimbaud
ISABEL GARCÍA CASALTA

A lo largo de la historia, hemos conocido grandes parejas cuya unión afortunada ha engendrado maravillas que han perdurado, no sólo como vestigio de su romance sino como prueba de la sublime habilidad creativa del ser humano. Así, la unión de Mumtaz Mahal y Shah Jahan nos regaló el impresionante Taj Mahal; del amor entre Dalí y Gala, obtuvimos hermosas obras pictóricas; Pablo Neruda dedicó infinidad de versos a la figura de su amada Matilde. Otra pareja que no pasa desapercibida, pero de cuyo resultado maravilloso quizás no estamos conscientes, es la que formaron los poetas Arthur Rimbaud y Paul Verlaine durante la segunda mitad del siglo XIX.

No existe biografía alguna de Rimbaud que no destine varias páginas al relato del turbulento episodio de la relación entre ambos poetas.

Rimbaud de Edmund White no escapa a esta constante.

Uno comienza la lectura de la obra de manera escéptica, dudando acerca del aporte que el libro pueda dar a la historia del tan analizado "padre de la poesía moderna". Sin embargo, la prosa del escritor norteamericano nos atrapa inmediatamente por su forma clara y directa de describir la personalidad del poeta maldito.

White combina el análisis poético con la narración de eventos de la vida de Rimbaud, valiéndose de un sinfín de cartas, declaraciones y documentos. Además se refiere, en varias ocasiones, a las biografías más destacadas, entre las que se encuentran la famosa de Enid Starkie y la prestigiosa de Jean-Jacques Lefrère. White logra conjugar todo lo que se ha dicho previamente sobre Rimbaud y lo destila, alcanzando una verdad objetiva, despojada de drama y sentimentalismo. Incluso se toma la licencia de refutar y cuestionar ciertas afirmaciones realizadas por anteriores biógrafos acerca de importantes hechos en la vida del poeta, como su posible violación en 1871 o su vinculación al tráfico de esclavos.

Una de las partes más impactantes de la obra es cuando el norteamericano asevera que "sin los esfuerzos de Verlaine, Rimbaud sólo sería una nota a pie de página en la historia de un movimiento literario olvidado: el zutisme". Es decir, la unión entre ambos poetas dio lugar a la poesía moderna.

Imaginar por segundos la posibilidad de que Arthur Rimbaud habría podido quedar en el olvido, deja sin aliento a cualquier amante de la literatura. Según relata White, nuestro joven poeta se hizo detestar en los círculos de París con su "inmenso y sistemático desorden de todos los sentidos"; Verlaine era el único que consentía su comportamiento audaz y desagradable. Lo que empezó como una curiosidad para la gente, terminó como algo despreciable e indigno de mencionar. A sus 21 años, Rimbaud ya había decidido alejarse por completo de la poesía y había pasado a ser sólo un mal recuerdo parisino.

Nadie se acordaba de sus versos y a nadie interesaban.

Fue por ese entonces que Verlaine decidió, movido por sus tan naturales remordimientos y por su gran pasión hacia Rimbaud, dar al joven poeta el reconocimiento que merecía, aun después de todas las riñas y altercados sufridos con él.

De este modo, publicó la última obra de su antiguo compañero, tomándose la libertad de titularla Las iluminaciones.

Además, escribió una serie de panfletos, conocida como Los poetas malditos, donde exalta el ego literario de Arthur. Claudel aunó su voz a la de Verlaine y, muy pronto, Rimbaud era aclamado por todos los literatos como uno de los más grandes poetas franceses. Más tarde, en 1901, un segundo golpe de suerte permitió que Una temporada en el infierno viera la luz cuando cientos de ejemplares de la obra fueron encontrados en un almacén.

¿Qué habría sido de la literatura si los versos de ese joven poeta nunca hubieran llegado a nosotros? Es difícil imaginar un ahora sin Rimbaud, pero ¿cuántos otros escritores se habrán perdido en baúles? ¿Cuántos habrán sido borrados de la memoria? ¿A cuántos, en el presente, no se les permite ser leídos? Cabe hacerse tales preguntas en un mundo de prejuicios, en un país de círculos herméticos. Es necesario ceder espacios para la literatura, es necesario rescatar las viejas voces y dejar que las nuevas sean escuchadas. No vaya a perder la humanidad, por capricho, a algún otro Rimbaud. ¡Gracias, Verlaine!